Conquistar el mundo
Por Enda Dunleavy(*)
www.legiondemaria.org

Quiero hablaros de las conquistas para Dios. Conocéis el poema de John Oxenham, que se cita en el Manual de la Legión (1). Ninguno de nosotros quiere ir a la deriva en medio de la niebla. Queremos mejorar, controlar nuestras vidas, perseguir nuestro ideal inquebrantablemente a pesar de fallos ocasionales. Pienso que es una actitud práctica, pero que es sólo aplicable a algunos. La mayoría de nosotros vamos mucho a la deriva.

No obstante, para centrar el tema, estudiemos la vida de Nuestra Señora, tal como ella ha dejado que lo hagamos dándonos unos hechos que sirvan de guía. Demasiado frecuentemente se la presenta como si hubiese vivido en una actitud de pasiva aceptación. Fue más que eso. Fue más que la que aceptó la voluntad de Dios de forma heroica. Aún en eso no se mostró pasiva. Por encima de todos los que han vivido en todos los tiempos, estuvo al mando de su propio destino y del destino de la humanidad también. Un eminente escritor espiritual ha sugerido que Nuestra Señora ganó palmo a palmo su grandeza, excluyendo únicamente su Inmaculada Concepción. Con esto quiere decir que se le concedió el especial privilegio de ser concebida inmaculada, pero que después, por su heroísmo, su fidelidad, su valor, su oración, su iniciativa y su acción, tras Jesús, el único mediador, ella obtuvo la salvación para la humanidad. Podríamos ir incluso más lejos, diciendo que Dios previó en ella tal fortaleza de alma y tal fuerza de carácter que le dio el regalo culminante de ser concebida inmaculada y de no ser alcanzada por ninguna clase de mancha ni de verse sometida por un solo instante a la influencia de Satanás, escogiéndola de entre toda la humanidad para ser el eje real de su plan de Redención.

Podría parecer extraño colocar a nuestra Señora ante nosotros como una mujer de acción, pero en cierta manera ella fue una persona de acción. Con esto no me estoy refiriendo a la predicación ni a la realización de milagros, sino a la acción, que tuvo una influencia más importante y decisiva en toda la historia. Nuestra Señora es la nueva Eva. En la caída, por la iniciativa y acción de Eva pecó Adán. En la Redención, que invierte el sentido de la caída, por la intervención y acción de la nueva Eva y del nuevo Adán la humanidad es restablecida.

Dos grandes figuras o prototipos de nuestra Señora aparecen en el Antiguo Testamento. Una es Judit. Cuando la ciudad de Betulia fue sitiada por los ejércitos victoriosos de Asiria y los jefes judíos negociaban las condiciones de la rendición, tratando de llevar a cabo un audaz plan, Judit se entregó al enemigo. A causa de su hermosura fue llevada al general Holofernes. Quedó tan cautivado por su beldad, que organizó un gran banquete en su honor, y al final ella le cortó la cabeza, llevándosela en un gran bolso a los judíos. Luego se siguió una de las mayores derrotas de la historia, y la nación judía se salvó.

La otra es Ester, que había sido tomada como esposa por el rey Asuero de Babilonia durante una de las cautividades de los judíos. Amán, primer ministro del rey, disgustado por la negativa de Mardoqueo, prominente judío temeroso de Dios, a adorarle, planeó una matanza de todos los judíos en el cadalso, como uno de los puntos especiales del gran banquete, y colocar a Mardoqueo en la cruz. Hizo publicar un decreto sin conocimiento del rey fijando el día en que la matanza tendría lugar. El rey Asuero era un soberano que inspiraba temor. Su reino se extendía desde la India a Egipto y abarcaba todo el Oriente Medio. Cualquiera que entrase en su presencia sin permiso era condenado a muerte. Ester, estimando a su pueblo más que a su vida, llegó hasta él. Una vez más, el encanto femenino ganó la batalla con el resultado de que las tornas se volvieron contra Amán, y solamente cuando fue colgado del cadalso, que había preparado para Mardoqueo, el enojo del rey quedó satisfecho. Hay un gran significado oculto en este y semejantes episodios del Antiguo Testamento apuntando a la decisiva personalidad de nuestra Señora, a quien prefiguran.

Ahora, en relación con la vida de nuestra Señora, hay cuatro momentos en los que sabemos que se manifestó su capacidad decisiva. El primero es la Anunciación, el momento más dramático de toda la historia humana desde la caída de Adán. El Manual dice que la aceptación de María a la proposición que el cielo le hizo fue entonces inconcebiblemente el más heroico acto jamás realizado. Algunas veces los escritores parecen deducir de ello que nuestra Señora, joven entonces, aceptó el mensaje del ángel con un espíritu de resignación a la voluntad de Dios, que todo sucedió como un asunto de total sorpresa, que ella no tuvo idea hasta la vida pública de nuestro Señor que él podría ser más que ningún otro. Los escritores que siguen esta línea de pensamiento han llegado a sugerir que el mismo Señor no sabía realmente quién era hasta un momento muy tardío de su vida terrestre.

Esto no parece concordar con las tradiciones de la Iglesia, que sostienen que nuestra Señora concibió al Redentor en espíritu y en verdad, en su inteligencia tanto como en su vientre. Se nos dice que fue la oración de María por la redención de la humanidad lo que finalmente atrajo a Dios a la tierra. Había sido educada en el templo y comprendió con su entendimiento sin sombra, mejor que cualquier otro, que la redención había de ser comprada a un gran precio, que el Redentor había de sufrir mucho. Las profecías eran explícitas en este punto y mientras los judíos en su mayoría pasaban por alto este aspecto en su deseo de tener un libertador nacional poderoso, los más perspicaces, como el santo Simeón, lo comprendieron bastante bien. Nuestra Señora, con su mente penetrante, no sería ciertamente engañada, aunque las implicaciones completas de las profecías no eran discernibles totalmente. Y mientras las palabras explícitas de Simeón no le habían sido dirigidas, ella debió ser plenamente consciente en aquel momento de decidir de las grandes tribulaciones que le esperaban si aceptaba. También se le pidió sacrificar su persona, su buen nombre, su vida incluso, pues la costumbre judía era muy austera con las mujeres cuando la moralidad estaba en juego.

De cualquier manera que lo contemplemos, el consentimiento de María debía ser el más heroico acto jamás realizado por un ser humano, pues cambió la historia para siempre y ella fue un participante activo y comprensivo en aquel acontecimiento.

Llegamos al banquete de bodas de Caná. Sabemos aquella historia del vino que escasea, lo que ella dijo a nuestro Señor y su respuesta: “mi hora no ha llegado todavía”. Con todo, sin inmutarse dice a los criados: “Haced lo que os diga” (Jn 2,1-11). Luego se siguió el milagro que reveló a nuestro Señor al pueblo y por el que sus discípulos creyeron en Él. Este es el comienzo de su vida pública. La trascendencia del episodio parece ser tal que el evangelista quiere recalcar en este punto clave de la historia de la Salvación el lugar de María en la economía de la Redención.

Finalmente llegamos al Calvario. Sabemos que nuestra Señora estuvo al pie de la cruz ratificando en nombre de la humanidad y participando en el gran drama en nombre nuestro; pero la Iglesia enseña que ella fue mucho más que la Madre dolorosa. Nuestro Señor había dicho: “Tengo poder para dar la vida y poder para tomarla de nuevo”. Así que por su propia voluntad murió. Pero nuestra Señora es la colaboradora de la Salvación. Debemos, pues, aceptar que fue deseo suyo que Jesús muriese: su voluntad y la de Él son una en este punto. Eminentes mariólogos de la Iglesia han llegado a decir que, si hubiese sido necesario, ella lo hubiera clavado a la cruz por nosotros. Caso realmente extremo; pero hay madres que se han enorgullecido de ver a sus hijos morir por la fe. Nunca hubo amor como el amor de la Virgen por nuestro Señor, pero ese amor estuvo siempre sujeto a la fe y al deber.

Ahora sí podemos aceptar a Nuestra Señora como la mujer heroica, la mujer de acción por excelencia, muy por encima de cualquier hombre, de cualquier legislador, general, hombre de estado o héroe; debemos, como miembros de su Legión, tratar de reflejar esta cualidad suya. Es la respuesta a la cobardía de los católicos, tan lamentada por el Papa Pío XI, fundador de la Acción Católica.

La idea concreta que quiero relacionar con esto es una expuesta en una Peregrinatio hace algún tiempo. Decía que había llegado el tiempo de enfrentarse con la tarea de llegar a cada una de las almas en todo el mundo. La Legión de María está extendida en más de 1,900 diócesis de todo el mundo, número que no está lejos del total. Por medio de nuestros enviados, incolae y peregrini, hemos desarrollado las maneras de cruzar los océanos y las fronteras materiales. Hemos visto a la Legión recuperar un país perdido para la fe: las Filipinas se vanaglorian ahora de unos 7,000 praesidia y están comenzando a penetrar en el continente asiático, donde viven dos tercios de la población del mundo, la mayoría de ellos esperando todavía el Evangelio. A primeros de abril de ese año la enviada de la Legión Eileen Sheehy (2) llegó a Teherán. Irán es un país musulmán. ¿Cómo hay que enfrentarse con esa inmensa población? Bien, no hay fuerza local para hacer frente a la situación, pero parece que los emigrantes filipinos van a ser el medio por el que la Legión logrará establecerse en ese país. Y éste es sólo el comienzo de las conquistas espirituales que esperan a ese gran país.

Vemos el espíritu de conquista en marcha entre nuestros legionarios americanos, que son capaces de movilizar 5,000 legionarios en un esfuerzo para llegar a dos millones de personas durante un Congreso Eucarístico de Filadelfia (3), convirtiéndolo en uno de los mayores acontecimientos apostólicos del siglo. Vemos el espíritu de África, donde, en algunos casos, docenas, en otros, cientos, y en otro caso varios miles de musulmanes han sido traídos a la Iglesia por legionarios. Comienzan a abrirse inmensas posibilidades en campos de países ateos, donde las conversiones en el acto van siendo algo característico. El total hundimiento de la fe en varios sectores del protestantismo europeo ha abierto otra zona vastísima para el trabajo legionario; pero, por desgracia, el filo de nuestro apostolado se ha embotado tanto por los siglos de paz confesional (superando cualquier intento en dicho sentido) que está suponiendo esfuerzo el despertar a nuestros socios para que cumplan su deber. Entre tanto, muchísimas personas con el mayor desconcierto o sin fe alguna van a la deriva en la vida, sin que los católicos les extiendan una mano para ayudarles. Esto ha alcanzado trágicas proporciones en Holanda y norte de Alemania, y es de temer que los católicos de allí hayan pagado el precio de su inactividad perdiendo la fe ellos mismos en gran número.

Al afrontar la gigantesca operación de limpieza que nos espera, tenemos que volvernos hacia la Virgen, siempre decidida, y aprender de ella a tener valor. El Manual dice que la batalla empieza en el corazón de cada legionario. En cada uno de nosotros se libra la batalla por las almas. Nuestro trabajo semanal debe moldearse conforme al objetivo general y conformarse al gran plan en cuanto sea posible. Los oficiales deberían descubrir medios y modos de comunicar más empuje apostólico a las actividades de la Legión.

Yo tuve una vez la gran suerte de tener un presidente que siempre sacaba de su agenda el siguiente punto a tratar: “Acción de reclutamiento y contactos con no católicos”. Cada socio tenía que informar brevemente sobre los contactos particulares de la semana. Como fruto de esto, un socio, decorador de viviendas, llegó a ser pieza clave en la conversión de unas doce personas al catolicismo, a quienes conoció en el curso de su trabajo diario. Cada praesidium debería dedicar un domingo o fin de semana una o dos veces al año a una “exploratio dominicalis” en la que todos los socios pasasen un día en un lugar algo alejado, yendo de casa en casa o realizando ese contacto con la masa. Por medio de esto, de la peregrinatio, de nuestros incolae, etc., debemos enseñar a nuestros socios a levantar su mirada y a buscar los campos ya maduros para la cosecha.

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Enda Dunleavy, desempeña el cargo de Oficial del Concilium Legionis Mariae.

1. Poema citado en el Manual Cap. 33.9 Pág. 233.
2. Eileen Sheehy, fue la Enviada de la Legión de María para los países que fueron parte del África Occidental Francesa. En 1958 fundó 4 Curiae en la República de Benín.
3. Celebrado en 1976.