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Reflexionando para Vivir
Mons. Mario Teixeira Gurgel, SDS
www.legiondemaria.org

 


1.- Invocación al Espíritu Santo
Ven Espíritu Santo (Tessera)

2.- Rezar el Ave María.

3.- Leer fragmento del Manual elegido y los tres puntos de reflexión sobre el mismo, pausadamente.

El espíritu de la Legión de María es el de María misma. Y de manera particular anhela la Legión imitar su profunda humildad... su continua oración, su absoluta mortificación, su amor a Dios intrépido y sacrificado; pero, sobre todo, su fe... Animada la Legión con esta fe y este amor de María, no hay empresa, por ardua que sea, que le arredre; ni se queja ella de imposibles, porque cree que todo lo puede (Imitación de Cristo, lib. III cap. 3,5) (Manual Cap. 3 Pág. 6)

a) María modelo:
La Legión desea que los legionarios sean "copias vivientes de María" (Manual Pág. 24). Ella es, de hecho el modelo para todos los que desean ser semejantes a su divino Hijo. Como afirma el Concilio Vaticano II: "Por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos" (Lumen Gentium 65) Por eso, nuestra devoción a Ella no debe consistir apenas en honrarla é invocarla, sino sobre todo en imitarla. Y en el n.67 del mismo documento, advierte que la verdadera devoción a María, consiste en "la imitación de sus virtudes."

Después dialogar con Jesús y María, y preguntarse:

¿Qué es lo que Dios me está diciendo?

¿Qué es lo que Dios está deseando de mí?

Aquí es importante recordar lo que dice San Agustín "[Dios mío], los hombres te consultan sobre lo que quieren oír, pero no siempre quieren oír lo que tú les respondes. Y el buen siervo tuyo es aquél que no se empeña en oírte decir lo que a él le gustaría, sino que está sinceramente dispuesto a oír lo que tú le digas" - (Confesiones)

¿Qué resoluciones debo tomar?

 

b) Algunas virtudes más importantes:
Su profunda humildad: En la hora de su suprema glorificación, su respuesta es el reconocimiento de ser nada y su entera sumisión a Dios: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho" (Lc 1,38). Los Santos Padres ven en esa actitud de María, la contraposición a la soberbia y desobediencia de los primeros padres que sucumbieron a la tentación del demonio: "Serán como dioses" (Gén 3,5).
Después de la exclamación de Isabel: "¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?" (Lc 1,43), María canta en el Magníficat: "Porque se fijó en su humilde esclava" (Lc 1,48).
Después de los acontecimientos referidos a la infancia de Jesús, María no aparece más en el Evangelio, a no ser en las Bodas de Caná, cuando auxilia a los pobres novios y, a los pies de la cruz, como Madre de un condenado.
Su continua oración: María vivió en la más completa intimidad con su Divino Hijo, es por eso, que toda su vida fue una continúa oración. Es sintomático que los Hechos de los Apóstoles revelen que, en el Cenáculo la primera comunidad vivía en oración "con María, la Madre de Jesús" (He 1,14).
Su amor a Dios intrépido y sacrificado: El amor de María a Dios no era apenas afectivo, sino extremadamente efectivo. Toda su vida fue llena de renuncias hasta culminar con la valerosa aceptación de la dolorosa muerte de su Hijo en la cruz. Por eso, el Concilio Vaticano II dice que, "asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado" (Lumen Gentium 58).

Después dialogar con Jesús y María, y preguntarse:

¿Qué es lo que Dios me está diciendo?

¿Qué es lo que Dios está deseando de mí?

Aquí es importante recordar lo que dice San Agustín "[Dios mío], los hombres te consultan sobre lo que quieren oír, pero no siempre quieren oír lo que tú les respondes. Y el buen siervo tuyo es aquél que no se empeña en oírte decir lo que a él le gustaría, sino que está sinceramente dispuesto a oír lo que tú le digas" - (Confesiones)

¿Qué resoluciones debo tomar?

 

c) Sobre todo, su fe
Ella no puede comprender la acción del Espíritu Santo. Lo acepta en la fe. En Belén, nada hace translucir la debilidad escondida en aquel niño acostado en el pesebre o en aquel joven que ayudaba a José en la carpintería de Nazaret. Sin embargo, Ella es la única que, a pesar de todo, cree y ve en Jesús el Mesías prometido por Dios. Y sobre todo, en aquel Jesús, que muere en el madero, abandonado por todos. Sin embargo Ella cree. Las otras mujeres van al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús, señal de que no creían en la resurrección. María no va con ellas porque sabe que Él va a resucitar.
Con razón Santa Isabel la saluda: "¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!" (Lc 1,45). Como en María, nuestra fe no puede ser apenas una aceptación de las verdades reveladas. Es preciso tener el coraje de vivir de acuerdo con la fe. Santiago nos recuerda que la fe si no va acompañada de las obras, está completamente muerta (Sant 2, 17).

Después dialogar con Jesús y María, y preguntarse:

¿Qué es lo que Dios me está diciendo?

¿Qué es lo que Dios está deseando de mí?

Aquí es importante recordar lo que dice San Agustín "[Dios mío], los hombres te consultan sobre lo que quieren oír, pero no siempre quieren oír lo que tú les respondes. Y el buen siervo tuyo es aquél que no se empeña en oírte decir lo que a él le gustaría, sino que está sinceramente dispuesto a oír lo que tú le digas" - (Confesiones)

¿Qué resoluciones debo tomar?

 

4.- Rezar el Padre Nuestro.

5.- Oración final.
Señor, concédenos a cuantos servimos bajo el estandarte de María, la plenitud de fe en ti y confianza en Ella, a las que se ha concedido la conquista del mundo. Concédenos una fe viva, que, animada por la caridad, nos habilite para hacer todas nuestras acciones por puro amor a Ti, y a verte y servirte en nuestro prójimo; una fe firme e inconmovible como una roca, por la cual estemos tranquilos y seguros en las cruces, afanes y desengaños de la vida; una fe valerosa, que nos inspire comenzar y llevar a cabo sin vacilación, grandes empresas por tu gloria y por la salvación de las almas; una fe que sea la Columna de Fuego de nuestra Legión, que hasta el fin nos lleve unidos, que encienda en todas partes el fuego de tu amor, que ilumine a aquellos que están en oscuridad y sombra de muerte, que inflame a los tibios, que resucite a los muertos por el pecado; y que guíe nuestros pasos por el Camino de la Paz, para que, terminada la lucha de la vida, nuestra Legión se reúna sin pérdida alguna en el reino de tu amor y gloria. Amén.