DOM J. B. CHAUTARD
ABAD DE LA ORDEN CISTERCIENSE


EL ALMA DE TODO APOSTOLADO

Obra útil para fundar en la vida interior el trabajo del apostolado.

Bendecida y recomendada por la Santidad de Benedicto XV

Con licencia eclesiástica

TRADUCCIÓN DEL AUTÓGRAFO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XV AL AUTOR

"A nuestro amado hijo D. Juan Bautista Chautard, Abad de la Trapa de Nuestra Señora de SeptFons.

Le felicitamos de todo corazón por la excelente publicación de su libro titulado EL ALMA DE TODO APOSTOLADO, donde demuestra la necesidad de la vida interior para todas aquellas almas que, aplicadas a la acción exterior, se proponen obtener una asombrosa fecundidad en su ministerio.

Deseando que esta obra, en la cual se hallan reunidas las enseñanzas doctrinales y los consejos prácticos apropiados a las necesidades de nuestros tiempos, se propague prodigiosamente y produzca mucho bien.

Damos de todo corazón a su piadoso autor nuestra afectuosa bendición apostólica.

En el Vaticano, 18 de marzo de 1915.

BENEDICTUS PP. XV."


El Emmo. Cardenal Vico añade al envío de la carta del Soberano Pontífice las siguientes líneas:
"Me apresuro a enviar a V. R. el Pergamino adjunto, que nuestro Stmo. P. el Papa Benedicto XV me ha encargado transmitirle. En este augusto autógrafo leerá V. R. los elogios que hace su Santidad del precioso libro de V., titulado EL ALMA DE TODO APOSTOLADO, que el Padre Santo ha leído con suma satisfacción.

Pío X, de santa memoria, me había encargado ya transmitirle sus más cordiales felicitaciones al Piadoso prelado español que tradujo vuestra obra a su idioma nacional".



PRÓLOGO
Ex quo omnia
per quem omnia
in quo omnia.

Dios altísimo y Bondad Absoluta. Qué admirables y deslumbradoras son las verdades de la Fe, que nos descubren lo más intimo de tu Vida.

Tú, Padre santísimo, te miras desde la eternidad en el Verbo, imagen perfecta tuya.

El Verbo queda extático al contemplar tu Belleza, y del éxtasis de los -dos, surge el Espíritu Santo como un Volcán de Amor. 

Tú, Trinidad Santísima, eres la única vida interior perfecta, superabundante e infinita.

Porque eres la Bondad sin límites, deseas difundir tu vida íntima. Al conjuro de tu Voz, tus obras salen de la nada, proclamando tus perfecciones entre cantos de gloria.

Tu Espíritu de Amor, acuciado por la necesidad inmensa que siente de amar y entregarse, colmará el abismo que te separa del polvo animado por tu soplo de vida.

Así, merced a Él, en tu Seno aparece el Decreto de nuestra divinización.

Este barro amasado por tus Manos, podrá ser deificado, y tener parte en tu eterna bienaventuranza.

Tu Verbo se brinda a realizar esta obra, haciéndose carne para que nosotros nos hagamos dioses (1).

Y esto lo lograste, oh Verbo, sin dejar el Seno de tu Padre, en el cual subsiste tu Vida esencial, Fuente de donde brotarán las maravillas de tu apostolado.

Oh Jesús, "Díos con nosotros", tú entregas a los apóstoles el Evangelio, la Cruz y la Eucaristía, enviándoles a engendrar hijos de adopción para tu Padre.

Y después vuelves al Padre.

Desde ese momento a tu cargo queda, divino Espíritu, la santificación y el gobierno del cuerpo místico del Hombre-Dios (2), realizados por Ti con la colaboración de los auxiliares que escogiste para hacer que baje la vida divina de la Cabeza a los miembros.

Abrasados por el fuego de Pentecostés, se distribuyen por la tierra para sembrar en todas las inteligencias el Verbo que ilumina, y en todos los corazones la gracia que inflama, canales por los que se comunica a los hombres esa vida divina, de la cual Tú eres la plenitud.

* * *

Oh fuego divino, excita en cuantos participan de tu apostolado, el ardor que transformó a aquellos hombres dichosos que se congregaron en el Cenáculo, para que no se limiten a ser predicadores del dogma y la moral, sino transfusores de la Sangre divina en las almas.

Espíritu de luz, graba con caracteres indelebles en sus inteligencias, esta verdad: Que el módulo de la eficacia de su apostolado es la Vida íntima sobrenatural que tengan, de la cual Tú eres el PRINCIPIO soberano y Jesucristo la FUENTE.

Oh caridad infinita. Provoca en sus voluntades una sed ardiente de la Vida interior. Que tus suaves y poderosos efluvios penetren en sus corazones, haciéndoles sentir que aun en este mundo, no hay verdadera felicidad sino en esa Vida, imitación y participación de la tuya y de la del Corazón de Jesús, en el Seno del Padre de todas las misericordias y de todas las ternuras.

* * *

Oh María inmaculada, Reina de los Apóstoles, dígnate bendecir estas modestas páginas y alcanza para cuantos las lean la gracia de comprender que si Dios se sirviera de su actividad como de un instrumento regular de su Providencia, para difundir sus bienes celestiales en las almas, esa actividad suya será eficaz en cuanto participe de la naturaleza del Acto divino como tú lo contemplaste en el Seno de Dios, cuando tomó carne en tus entrañas virginales Aquel a quien nosotros debemos la merced de poder llamarte Madre nuestra.


PRIMERA PARTE

DIOS QUIERE LAS OBRAS Y LA VIDA INTERIOR

1. Las Obras y, por tanto, el Cielo, son queridos por Dios

Atributo de la naturaleza divina es la liberalidad más soberana; Dios es bondad infinita, la cual, como toda bondad, tiende a difundirse y a comunicar los bienes que posee.

La vida mortal de nuestro Señor fue una constante manifestación de esta liberalidad inagotable. Jesús, en los Evangelios, es el divino sembrador, que por todos los caminos va derramando los tesoros de amor de un Corazón ávido de acercar a los hombres a la Verdad y a la Vida.

Jesucristo transmitió esa llama de apostolado a la Iglesia, don de su amor, difusión de su vida, expresión de su verdad, reflejo de la santidad suya.

Encendida en esos ardores, la esposa mística de Cristo, continúa a través de los siglos, la obra de apostolado de su divino modelo.

Designio admirable y ley universal de la Providencia es que el hombre enseñe al hombre el camino de la salvación (1).

Sólo Jesús derramó su sangre para rescate del mundo. Sólo El hubiera sido capaz, a quererlo, de aplicar su virtud, obrando directamente en las almas, como lo realiza en la Eucaristía. Plúgole, sin embargo, servirse de cooperadores en el reparto de sus beneficios.

¿Por qué?
Exigencia fue, sin duda, de la Divina Majestad; pero también tuvo su parte, su ternura inmensa para con el hombre.

Y si el más encumbrado de los monarcas no gobierna por sus ministros, qué dignación la de Dios, al asociar unas pobres criaturas a sus trabajos y a su gloria.

La Iglesia, que tuvo su origen en la cruz al salir de la llaga abierta en el costado del Salvador, perpetúa por el ministerio apostólico la acción bienhechora y redentora del Hombre-Dios.

Este ministerio es, por voluntad expresa de Jesucristo, el factor esencial de la difusión de la Iglesia entre las naciones y el instrumento más corriente de sus conquistas.

En el apostolado ocupa el primer lugar el clero, cuya jerarquía forma el cuadro del ejército de Cristo. Clero que ilustran tantos obispos y santos sacerdotes llenos de celo; honrado tan gloriosamente con la canonización del Santo Cura de Ars.

Junto al clero oficial se agrupan, desde el origen del Cristianismo, las compañías de voluntarios, verdaderos cuerpos escogidos, cuya exuberante floración constituirá siempre uno de los fenómenos más palpables de la vitalidad de la Iglesia.

Enumeremos ante todo las Ordenes contemplativas de los primeros siglos, cuya oración incesante y cuyas ásperas maceraciones contribuyeron tan poderosamente a la conversión del mundo pagano.

En la Edad Media aparecen las Ordenes de Predicadores, las Ordenes mendicantes y militares, y las consagradas a la heroica misión de rescatar los cautivos, que estaban en poder de los infieles.

Por último, los tiempos modernos han visto nacer una muchedumbre de milicias dedicadas a la enseñanza, Institutos, Sociedades de Misioneros y toda clase de Congregaciones, para difundir el bien espiritual y corporal en todas sus formas.

También encontró la Iglesia en todas las épocas de su historia, preciosos colaboradores entre el elemento seglar, como esos católicos fervientes; que hoy son legión, denominados con la expresión ya consagrada: "Personas de obras" cuyos corazones ardientes, formando un haz que centuplica sus fuerzas, ponen sin reserva, al servicio de nuestra Madre común, su tiempo, su capacidad, su fortuna, a menudo su libertad, y algunas voces hasta su sangre.

Es un espectáculo que admira y conforta esta eflorescencia providencial de obras que nacen según las necesidades y con una tan perfecta adaptación a las circunstancias. Con la Historia, en la mano se puede observar que, al crearse nuevas necesidades o aparecer nuevos peligros, una institución nueva ha surgido para atender a las primeras y conjurar los segundos.

Por eso en nuestra época han aparecido para oponerse a los graves males presentes, una serie de obras desconocidas antes: Catecismos de preparación para la Primera Comunión; Catecismo de perseverancia; y para los niños abandonados; Congregaciones, Cofradías, Reuniones y Retiros para hombres, mujeres y jóvenes de ambos sexos; El Apostolado de la Oración; el de la Caridad; Ligas para el Descanso Dominical, Patronatos, Círculos de Estudios, Obras Militares, Escuelas Libres, Buena Prensa, etc.; que son diversas formas de apostolado; suscitadas por el espíritu que encendía el alma de San Pablo: Ego autem libentissime impendam et superimpendar ipse pro animabus vestris (2) y que quiere distribuir por todas partes los beneficios de la sangre de Jesucristo.

Que estas humildes páginas lleguen hasta los soldados que con todo celo y ardor por su noble empresa, se exponen, precisamente a causa de la actividad que despliegan, al peligro de no ser, ante todo, hombres de vida interior, y que tal vez algún día, amargados por fracasos inexplicables en apariencia o por graves daños de su espíritu, pudieran sentir la tentación de abandonar la lucha y meterse en sus tiendas, llenos de abatimiento. 

Las ideas expuestas en este libro nos han servido a nosotros mismos para luchar contra la absorción de las obras exteriores. Que puedan también ahorrar a algunos esos sinsabores y ser guía de su entusiasmo, al enseñarles que el Dios de las obras no debe ser abandonado por las obras de Dios y que el Vae mihi si non evangelizavero (3) no nos autoriza a olvidar el: Quid prodest homini si mundum universum lucretur, animae vero suae detrimentum patiatur (4).

Los padres y madres de familia para quienes La Introducción a la vida devota no es un libro pasado de moda, y los esposos cristianos que se creen en la obligación de practicar un apostolado recíproco y formar a sus hijos en el amor e imitación del Salvador, pueden también aplicarse a las enseñanzas de estas modestas páginas. Ojalá que todos comprendan la necesidad de que su vida sea no sólo piadosa, sino interior, para que su celo gane en eficacia y para perfumar sus hogares con el espíritu de Cristo, que les dará esa paz inalterable, la cual, aun a través de las más duras pruebas, será siempre la compañía de las familias fundamentalmente cristianas.

2. Dios quiere que Jesús sea la Vida de las Obras

La ciencia puede enorgullecerse con razón de sus conquistas inmensas. Pero no ha logrado ni logrará jamás crear la vida, ni producir en los laboratorios químicos un grano de trigo o una larva. Los estruendosos fracasos sufridos por los defensores de la generación espontánea, han sido el más claro testimonio de la vacuidad de sus pretensiones. Dios se ha reservado el poder de crear la vida. Los seres que pertenecen al reino animal y vegetal pueden crecer y multiplicarse, pero sometidos a las condiciones establecidas por el Creador.

En cambio, cuando se trata de la vida intelectual, Dios crea directamente el alma racional. Existe toda vía un coto cerrado que guarda - con mayor celo y es el de la Vida Sobrenatural, por ser ésta una emanación de la vida divina, comunicada a la Humanidad del Verbo encarnado.

Jesús, en virtud de su Encarnación y Redención, es la FUENTE ÚNICA de esta Vida divina a cuya participación son llamados todos los hombres. Per Dominum nostrum Jesum Christum. Per ipsum, et cum Ipso et in Ipso (5). La Iglesia tiene como función esencial, comunicarla mediante los sacramentos, la oración, predicación y las demás obras relacionadas con estos medios de vivificación sobrenatural. Nada hace Dios sino, mediante su Hijo: Omnia per Ipsum facta sunt et sine Ipso jactum est nihil (6). Esto se cumple en el orden natural, y más en el sobrenatural, al comunicarse la vida divina, dando a los hombres una participación de la naturaleza de Dios para hacerlos hijos suyos.

Veni ut vitam habeant. In Ipso vita erat. Ego sum Vita (7). Estas palabras son tan precisas, como luminosa la Parábola de la vid y los sarmientos con que el maestro aclara esta verdad. Con qué insistencia quiere grabar en el espíritu de sus apóstoles el principio fundamental de que sólo ÉL (JESÚS) ES LA VIDA, y su corolario, o sea, que para participar en esta vida y comunicarla a los demás, es preciso ser un injerto del Hombre-Dios.

Quienes recibieron el honor de colaborar con el Salvador en la transmisión de esta vida divina en las almas, deben reflexionar que son unos modestos canales acodados a esa fuente única; para tomar de ella la vida.

Si un hombre apostólico, por ignorar estos principios, se creyera capaz de producir ,el menor vestigio de vida sobrenatural, prescindiendo en absoluto de Jesús, demostraría una ignorancia teológica tan supina, como estúpida suficiencia.

Y si reconociendo que el Redentor es la causa primordial de toda vida divina, el apóstol olvidase esta verdad cuando actúa, y cegado por una presunción tan incomprensible como injuriosa para Jesucristo, no contase sino con sus propias fuerzas, cometería un desorden, que aunque menor que el anterior, no seria menos intolerable a los ojos de Dios.

Rechazar la verdad o prescindir de ella en la conducta, constituye siempre un desorden intelectual, doctrinal o práctico, y es la negación del principio que debe informar nuestra conducta.

Ese desorden aumenta cuando la verdad, en vez de iluminar la inteligencia del hombre de Obras, choca con un corazón en oposición, por el pecado o la tibieza, con el Dios de toda luz.

Esta conducta, que consiste en ocuparse en las obras como si Jesús no fuera el único principio de vida, ha sido calificada por el Cardenal Mermillod de HEREJÍA DE LAS OBRAS, expresión que sirve para estigmatizar la aberración del apóstol, que, olvidado de su papel secundario y subordinado, pretendiera lograr el éxito de su apostolado con sola su actividad y sus talentos.

¿No implica esta conducta la negación práctica de una gran parte del Tratado de Gracia?

Esta consecuencia espanta, pero, a poco que se reflexione, se ve que desgraciadamente encierra mucha verdad.

¡Herejía de las obras! La actividad febril en lugar de la acción de Dios; la ignorancia de la gracia; la soberbia del hombre que pretende destronar a Jesús; el considerar como meras abstracciones, al menos en la práctica, la vida sobrenatural, el poder de la oración y la Economía de la Redención, son casos nada imaginarios que se presentan y que, en diversos grados, un análisis de las almas acusa con frecuencia en este siglo de naturalismo en el que el hombre juzga según las apariencias y obra como si el éxito de su empresa dependiera principalmente de lo ingenioso de su organización.

Aun a la luz de la filosofía, y prescindiendo de la revelación, seria digno de lástima el hombre de valer que se negara a reconocer que todos los talentos que los demás admiran en él, los ha recibido de Dios.

¿Qué impresión produciría en un católico instruido en la religión, el espectáculo de un apóstol que hiciera ostentación, al menos implícita, de prescindir de Dios en su tarea de comunicar a las almas la vida divina aun en sus menores grados? Calificaríamos de insensato al obrero evangélico que dijera: Señor, no pongas obstáculos a mi empresa; no me la atasques: que yo me encargo de llevarla a buen fin. Este sentimiento nuestro reflejaría a la versión que produce en Dios tal desorden; la vista de un presuntuoso que se dejara arrastrar del orgullo hasta el extremo de pretender dar la vida sobrenatural, engendrar la fe, suprimir el pecado, impulsar a la virtud y hacer brotar el fervor en las almas con solas sus fuerzas, sin atribuir estos efectos a la acción directa, continua, universal y desbordante de la Sangre divina, precio, razón de ser y medio de toda gracia y de toda vida espiritual.

Por eso la humanidad del Hijo de Dios pide a su Padre que confunda a esos falsos cristos paralizando las obras de su soberbia, o permitiendo que no produzcan sino un espejismo fugaz.

Y, excepción hecha de la acción que ex opere operato se realiza en las almas, Dios está como obligado con el Redentor a retirar al apóstol hinchado de suficiencia, sus mejores bendiciones, para concedérselas al sarmiento que con toda humildad reconoce que su savia, no le viene sino de la vid divina.

Que si Dios bendijera con resultados profundos y duraderos una actividad envenenada con ese virus que hemos llamado Herejía de las obras, daría a entender que alentaba el desorden y permitía su difusión.

3. Qué es la vida interior

Las frases: vida de oración, contemplación, vida contemplativa, que algunas veces empleamos, las cuales se encuentran en los Santos Padres y en los Escolásticos, significan la vida interior NORMAL al alcance de TODOS, y no esos estados extraordinarios de oración que estudia la teología mística, y menos, los éxtasis, las visiones, los raptos místicos, etc.

Rebasaríamos nuestro propósito si nos entretuviéramos en un estudio del ascetismo. Limitémonos a recordar en pocas líneas lo que CADA UNO debe aceptar como, verdades inconcusas, para el íntimo gobierno de su alma.

1ª. VERDAD. Mi vida sobrenatural es la Vida del mismo Jesucristo por la Fe, la Esperanza y la Caridad, porque Jesús es la causa meritoria, ejemplar y final, y en cuanto Verbo, con el Padre y el Espíritu Santo, la causa eficiente de la gracia santificante en nuestras almas.

La presencia de Nuestro Señor en esta Vida, sobrenatural no es la presencia real de la santa comunión, sino una presencia de ACCIÓN VITAL como la acción que la, cabeza y él corazón ejercen sobre los demás miembros del cuerpo; Acción íntima, que ordinariamente Dios oculta a mi alma para aumentar el mérito de mi fe; Acción, por consiguiente, habitualmente insensible para mis facultades naturales, que debo aceptar formalmente por la Fe; Acción divina compatible con mi libre albedrío, la cual se sirve de las causas segundas (acontecimientos, personas y cosas) para darme a conocer la voluntad de Dios y ofrecerme la ocasión de adquirir o aumentar mi participación en la vida divina.

Esta vida que comenzó en el Bautismo por él CRISTIANA.

2ª. VERDAD. Por esta vida, Jesucristo me comunica su Espíritu. Y así se erige en principio de una actividad superior, la cual, si yo no pongo obstáculos por mi parte, me hace pensar, juzgar, amar, querer, sufrir y trabajar con Él, en Él, por Él y como Él. Mis acciones exteriores son la manifestación de esa Vida de Jesús en mí. Y así. tiendo a realizar el ideal de VIDA INTERIOR formulado por San Pablo: Ya no soy yo quien vive. Jesucristo vive en mí.

La Vida Cristiana, la piedad, la Vida interior y la santidad no difieren esencialmente, sino que son los diversos grados de un mismo amor. El crepúsculo, la aurora, la luz y el esplendor del mismo sol.

Cuando en esta obra empleamos las palabras "Vida interior" nos referimos menos a la Vida: habitual, es decir al "capital de vida divina" -valga la frase- que atesoramos en nuestra alma en virtud de la gracia santificante, que a la vida interior actual, o sea, al empleo de ese capital, por medio de la actividad del alma y de su fidelidad a las gracias actuales:
Por tanto, puedo dar de ella esta definición: diciendo que es el estado de actividad de un alma que REACCIONA para PONER EN REGLA sus inclinaciones naturales y se esfuerza en adquirir EL HABITO de juzgar y de dirigirse EN TODO por las luces del Evangelio y los ejemplos de Nuestro Señor.

Esto supone dos movimientos. Uno mediante el cual el alma se retira de todas las criaturas que se oponen a la vida sobrenatural, procurando no perder jamás su propia presencia. Aversio a creaturis. Y otro por el que el alma se lanza hacia Dios para unirse con Él: Conversio ad Deum.

Con esta conducta el alma quiere conservarse fiel a la gracia que Nuestro Señor le ofrece cada momento. Es decir, que vive unida a Jesús y realiza el Qui manet in Me et Ego in eo, hic fert fructum multum (8).

3ª. VERDAD. Quedaré privado de uno de los medios más poderosos de adquirir esa vida interior, si no me esfuerzo en tener una fe PRECISA y CIERTA de esa presencia activa de Jesús en mi y, sobre todo, en conseguir que esa presencia sea para mi una realidad viviente, MUY VIVIENTE, que penetre en el campo de mis facultades.

De ese modo Jesús será para mi, la luz, el ideal, consejo, apoyo, recurso, fuerza, médico, consuelo, alegría, amor; en una palabra, mi vida, y así adquiriré todas las virtudes.

Sólo entonces podré rezar con toda sinceridad la oración admirable de San Buenaventura que la Iglesia me propone como acción de gracias de la misa: Transfige dulcissime Domini Jesu...

4ª. VERDAD. En la PROPORCIÓN en que intensifique mi amor para con Dios, crecerá mi vida sobrenatural por momentos, en virtud de una NUEVA infusión que se me hará de la gracia de presencia activa de Jesús en mí.

Esta infusión se produce:
1. Por los actos meritorios que realice. Como son la virtud, el trabajo, las diversas formas de sufrimiento, la privación de las criaturas, el dolor físico o moral, la humillación, la abnegación, la oración, la misa, los actos de devoción a Nuestra Señora, etcétera.

2. Por los SACRAMENTOS, sobre todo por la Eucaristía. Es cierto, pues, y, esta verdad me abruma por su sublimidad y hondura, a la vez que me alegra y anima; es cierto que por cada acontecimiento, persona o cosa, tú mismo, Jesús mío, te haces objetivamente presente en mi espíritu a todas horas, y con esas apariencias cubres tu sabiduría y tu amor y me pides mi cooperación para aumentar tu vida en mí.

Alma mía, Jesús se te presenta por la GRACIA DEL MOMENTO PRESENTE, cada vez que rezas, celebras la misa o la oyes, haces una lectura espiritual o te ejercitas en actos de paciencia, de celo, de renunciación, de lucha, de confianza o de amor.

¿Te permitirás volverle la cabeza o esconderte?

5ª. VERDAD. La triple concupiscencia, ocasionada por el pecado original y acrecida con cada uno de mis pecados, origina en mi ELEMENTOS DE MUERTE opuestos a la vida de Jesús. En la misma proporción en que crecen estos elementos, reducen el ejercicio de esa vida y hasta pueden llegar a suprimirla.

No obstante, ni las inclinaciones y sentimientos. que la contrarían, ni las tentaciones, por violentas y prolongadas que sean, pueden hacerle el daño más ligero, si mi voluntad se les enfrenta; y entonces -y esta es una verdad consoladora- contribuyen, como todo elemento de combate espiritual, a aumentarla. en la medida del celo que despliegue.

6ª. VERDAD. Sin el fiel empleo de determinados medios, se cegará mi inteligencia y mi voluntad carecerá de la fuerza necesaria para cooperar con Jesús en aumentar y aun en mantener su vida en mí. Y así comenzará la disminución progresiva de esa vida y el peligro de la TIBIEZA DE VOLUNTAD (9).

Con mis disipaciones, cobardías, ilusiones y cegueras abriré el corazón al pecado venial, lo que originará la incertidumbre de mi salvación, ya que el pecado venial es una disposición fácil para el pecado MORTAL.

Si tuviere la desgracia de caer en ese estado de tibieza, y con más razón si me encontrase más abajo, deberé hacer toda clase de esfuerzos para levantarme.

1.° Reavivando el temor de Dios "por el recuerdo constante de mis postrimerías, la muerte, el juicio, el infierno, la eternidad, el pecado, etc.
2.° Haciendo que reviva mi compunción mediante el conocimiento amoroso de vuestras Llagas, oh Misericordiosísimo Redentor. Me trasladaré en espíritu al Calvario para prosternarme a vuestros sagrados pies a fin de que vuestra Sangre viva caiga sobre mi cabeza y mi corazón, disipe mi ceguera, derrita el hielo de mi alma y sacuda la modorra de mi voluntad.

7ª. VERDAD. Yo debo temer con razón que carezco del grado de vida interior que Jesús EXIGE de mí:
1.° Si no procuro aumentar mi SED de vivir de Jesús, la cual me da el deseo de agradar a Dios en todas las cosas, y el temor de desagradarle aun en las más mínimas. Esa sed cesará en absoluto en mi, si abandono los medios de sostenerla, en especial la oración de la mañana';, la misa, los sacramentos, el oficio divino, los exámenes particular y general y las lecturas piadosas, o si, por mi culpa, esos ejercicios no me aprovechan.

2.° Si no cuido de tener un mínimum de RECOGIMIENTO que me permita, en medio de mis ocupaciones, guardar el corazón en tal pureza y generosidad que no quede ahogada la voz de Jesús que me señala los elementos de muerte que se me presentan y me anima a combatirlos.

Pero ese mínimum me faltará si no pongo en práctica los medios que lo aseguran, como son: La vida litúrgica, las jaculatorias, en especial las que tienen el carácter de súplicas, las comuniones espirituales, el ejercicio de la presencia de Dios, etc.

Sin ese recogimiento, los pecados veniales pulularán en mi vida, tal vez sin llegar yo siquiera a sospecharlo. Para ocultármelos y aun para vendarme los ojos de un estado más lamentable en que me pudiera encontrar, la ilusión utilizará los recursos de mi piedad más especulativa que práctica, o su apariencia; el celo por las obras, etc. Pero mi ceguera me será imputable, porque yo soy el causante de ella, por haber abandonado el recogimiento que me era indispensable.

8ª. VERDAD. Mi vida interior será lo que sea la Guarda de mi corazón. Omni custodia serva cor tuum, quia ex ipso vita procedit (10).

Esta guarda del corazón es la solicitud HABITUAL o al menos frecuente, con que preservo todos mis actos, a medida que aparecen, de cuanto pudiera viciar su móvil o su realización.

Esta solicitud debe ser tranquila, holgada, sin fatiga, pero fuerte, porque se fundamenta en el recurso filial a Dios.

Es un trabajo más bien del corazón y de la voluntad que del espíritu, el cual debe quedar libre para cumplir sus deberes. No es obstáculo para las acciones; antes las perfecciona, al regularlas con el espíritu de Dios y ajustarlas a los deberes de estado.

Este ejercicio puede practicarse a todas horas. Es una mirada que el corazón dirige a las acciones presentes, y una atención moderada a las diversas partes de la acción a medida que se ejecuta. Es la observación exacta del Age quod, agis. El alma, como un centinela, vigila todos los movimientos del corazón y en especial lo que ocurre en su interior, es decir, las impresiones, intenciones, pasiones, inclinaciones, en una palabra, todos sus actos internos y externos, pensamientos, palabras y actos.

La guarda del corazón exige un determinado recogimiento; las almas disipadas no la logran.

Practicando este ejercicio con frecuencia, se llega a adquirir la costumbre del mismo.

Quo vadam et ad quid? ¿Qué harta Jesús; cómo se conduciría en mi lugar? ¿Qué me aconsejaría? ¿Qué me pide en este momento? Estas son las preguntas que vienen espontáneamente al alma ávida de vida interior.

Para el alma habituada a ir a Jesús por María, esta guarda del corazón reviste un carácter más afectivo todavía, y el recurso a esta buena Madre viene a convertirse en una necesidad constante del corazón.

9ª. VERDAD. Jesucristo reina en el alma que aspira a imitarle con seriedad, en todo y con todo afecto.

Hay dos grados de esta imitación:
1. El alma se esfuerza en hacerse indiferente a las criaturas, sean conformes o contrarias a sus gustos. Como Jesús, ella no quiere otra regla de sus actos que la voluntad de Dios: Descendi de coelo, non ut jaciam voluntatem meam, sed voluntatem ejus qui misit me (11).

2. Christus non sibi placuit (12). El alma se inclina con más decisión a lo que contraria y repugna a la naturaleza. Entonces realiza el Agendo contra de que habla San Ignacio en su famosa meditación del Reino de Cristo, o sea "la acción contraria a la naturaleza para llegar a la imitación de la pobreza del Salvador y al amor de los sufrimientos y humillaciones.

Entonces el alma conoce a Cristo de verdad, según la expresión de San Pablo: Didicistis Christum (13).

10ª. VERDAD. En cualquier estado en que me encuentre, si quiero, orar y ser fiel a la gracia, Jesús me ofrece toda clase de medios para llegar a una vida interior que me devuelva su intimidad y me permita desarrollar Su vida en mí. Entonces mi alma, a medida que va progresando, poseerá la alegría aun en medio de sus pruebas y en ella se realizarán estas palabras de Isaías: Amanecerá tu luz como la aurora y llegará pronto tu curación y delante de ti irá tu justicia y la gloria del Señor te acogerá en su seno. Invocarás entonces al Señor y te oirá con benignidad; clamarás y te dirá: Aquí me tienes... Y el Señor será tu guía constante; y llenará, tu, alma de resplandores y vigorizará tus huesos; y serás como huerto bien regado y como manantial perenne cuyas aguas no se secarán jamás (Isaías, LVIII, 8, 9, II)

11ª. VERDAD. Si Dios me pide que aplique mi actividad no sólo a mi santificación, sino también a las Obras, empezaré por grabar en mi alma esta convicción: Jesús debe y quiere ser la vida de esas obras.

Mis esfuerzos, de suyo nada son y nada valen. Sine me NIHIL potestis facere (14). Serán útiles y bendecidos de Dios, si en virtud de una vida interior, los uno constantemente a la acción vivificadora de Jesús. Entonces llegarán a ser omnipotentes. OMNIA possum in EO qui me confortat (15). Si nacen de una suficiencia llena de orgullo, o de la confianza en mis propios talentos, o del afán de lucirme con mis éxitos, serán reprobados por Dios; que seria sacrílega locura pretender arrebatar a Dios algún girón de su gloria para adornarme con él. Esta convicción no engendrará en mi la pusilanimidad; antes al contrario, será mi fuerza y me impulsará a la oración; para obtener esa humildad, que es gran tesoro de mi alma, la seguridad de la ayuda de Dios y la prenda del éxito para mis obras.

Convencido de la importancia de este principio, haré durante mis retiros o ejercicios, un examen serio, para averiguar -si no se debilita mi convicción de lo nulos que son mis actos, cuando van solos, y de su fuerza cuando están unidos a los de Jesús- si soy inexorable en excluir toda complacencia y vanidad, y toda satisfacción propia en mi vida de apóstol -si me mantengo en una desconfianza absoluta de mi mismo- y si pido a Dios que vivifique mis obras y me preserve del orgullo, que es el primero y principal obstáculo a su asistencia.

Este CREDO de la Vida interior, cuando llega a ser la base de la existencia para el alma, le asegura desde este mundo una participación en la felicidad celestial.

Vida interior es vida de predestinados; y responde al fin que Dios se propuso al creamos (16).

Responde también al fin de la Encarnación: Filiium suum unigenitum misit Deus in mundum ut vivamus per eum (17).

En el estado de los bienaventurados: Finis humanae creaturae est adhaerere Deo; in hoc enim felicitas ejus consistit (18).

Con ella ocurre lo contrario de las alegrías del mundo, y es que las espinas están hacia afuera y las rosas por dentro.

¡Qué dignas de compasión son las pobres gentes de este mundo!, dice el Santo Cura de Ars. Llevan sobre sus espaldas una capa forrada de espinas, y no pueden hacer el menor movimiento sin sentir sus punzadas; en cambio, los buenos cristianos tienen una capa forrada de piel de conejo. Crucem vident, unctionem non vident (19).

Es también la vida interior un estado celestial. Porque él alma viene a ser un cielo viviente (20), Y canta como Santa Margarita María:
Poseo en todo tiempo y llevo en todo lugar
el Dios de mi corazón y el corazón de mi Dios.

Es, en fin, el principio de la felicidad: Inchoatio quaedam beatitudinis (21). La gracia es el cielo en germen.

4. Qué desconocida es esta Vida interior

San Gregorio Magno, tan hábil administrador y apóstol celoso, como gran contemplativo, concreta en esta frase: Secum vivebat (22) el estado del alma de San Benito, que ponía en Subiaco el fundamento de su Regla, la cual habla de ser una de las más potentes palancas de apostolado que Dios ha utilizado en la tierra.

En cambio, de la mayoría de nuestros contemporáneos habrá que decir lo contrario. Vivir consigo y en sí, querer gobernarse a sí mismo, y no dejarse gobernar por las circunstancias, reducir a la imaginación, la sensibilidad y la misma inteligencia al papel de servidores de la voluntad y conformar siempre la propia voluntad con la voluntad divina, es un programa que cada vez tiene menos partidarios en este siglo de agitación que ha visto nacer un nuevo ideal concretado en esta frase: el amor de la acción por la acción.

Cualquier pretexto es bueno para eludir esa disciplina de nuestras facultades. Los negocios, las atenciones de familia, la higiene, el buen nombre, el amor a la patria, el prestigio de las corporaciones, hasta la pretendida gloria de Dios, son tentaciones para no vivir en nosotros mismos.

Esta especie de delirio de la vida exterior llega a ejercer en nosotros una sugestión irresistible.

¿Cómo extrañarnos, pues, de la ignorancia que existe de la vida interior? No es sólo ignorancia, sino desprecio e ironía aun por parte de quienes debían ser los primeros en apreciar sus ventajas y su necesidad.

Fue necesario que el Papa León XIII escribiera al Cardenal Gibbons, Arzobispo de Baltimore, aquella memorable carta, que era una protesta, contra las consecuencias peligrosas de la admiración exclusiva de las obras.

A fin de ahorrarse el trabajo de la vida interior, el hombre de la Iglesia llega a tomar por cosa de poco más o menos la excelencia de esa vida con Jesús, en Jesús y por Jesús, y al olvidar que en plan de la Redención, todo está tan fundado en la vida eucarística, como edificado sobre la roca de Pedro.

En relegar lo esencial a un segundo plano trabajan inconscientemente los partidarios de esa espiritualidad moderna que se llama "AMERICANISMO".

Aunque para ellos la Iglesia no es un templo protestante, ni está vacío el tabernáculo, estiman que la vida eucarística apenas puede adaptarse a las exigencias de la civilización moderna, y menos bastar para los tiempos presentes, y que pasó ya, para no volver, aquella vida interior que brotaba de la vida eucarística.

Para las personas que desgraciadamente son legión, imbuidas en estas teorías, la comunión ha perdido aquel sentido que apreciaban en ella los primeros cristianos.

Aunque creen en la Eucaristía, no la consideran como elemento indispensable de vida para si y para las obras.

Y como carecen de la intimidad eucarística, la vida interior se les antoja uno de tantos recuerdos de la Edad Media.

Ciertamente, cuando a esos hombres de obras se les oye hablar de sus hazañas, podría creerse que el Todopoderoso, el que con solo su palabra creó los mundos y para quien el universo no es sino polvo y... nada, no puede prescindir de su concurso.

Muchos fieles y aun sacerdotes y religiosos exagerados en el culto de la acción llegan sutilmente a convertirlo en una especie de dogma inspirador de su conducta que les impulsa de un modo desenfrenado a la vida exterior. Y sentirían una gran satisfacción en decir: La Iglesia, la diócesis, la parroquia tienen necesidad de mi. Yo soy más que útil a Dios. Claro que no se atreverían a pronunciar estas frases tan fatuas, pero en el fondo de su corazón anidan la presunción que las fomenta y la atenuación de la fe que les dio origen.

Es corriente prescribir a un neurasténico que se abstenga de toda clase de trabajos. Este remedio suele serle insoportable, porque precisamente su enfermedad le pone en una excitación febril, que es para él como una segunda naturaleza, la cual le empuja sin descanso a buscar nuevos desgastes de fuerzas y nuevas emociones, que agravan su mal.

Una cosa parecida ocurre con el hombre de obras en relación con la vida interior. Tanto más la desdeña y hasta la repugna cuanto más la necesita, puesto que si la pusiese en práctica, ella sería el mejor remedio para su estado morboso. Pero como procede de un modo opuesto, y de día en día se afana más en engolfarse en el aluvión de trabajos cada vez mayores y peor dirigidos, acaba por descartar toda posibilidad de curación.

Corre el navío a todo vapor; y cuando quien lo dirige admira su velocidad, Dios está viendo que, por carecer de un timonel experto, va sin rumbo fijo y corre riesgo de naufragar.

Nuestro Señor desea y pide, ante todo, adoradores en espíritu y en verdad. El americanismo se figura que da una gran gloria a Díos, enfocando principalmente el problema de las obras.

Este estado de espíritu explica la preponderancia que tienen en nuestros días las escuelas, dispensarios, hospitales, etc., con menoscabo de la penitencia y la oración, las cuales apenas son comprendidas.

Esta vida exclusivamente exterior incapacita para creer en la virtud de la inmolación oculta y por eso se califica de cobardes e iluminados a los que la practican en la soledad del claustro, acaso con mayor ardor por la salvación de las almas, que los misioneros más infatigables y hasta suele hacerse rechifla de las personas de obras que juzgan que les es necesario robar algunos instantes a todas sus ocupaciones, aun las más útiles, para dirigirse al tabernáculo a purificar y recalentar su celo y conseguir que el Huésped divino bendiga y acreciente el resultado de sus trabajos.

5. Respuesta a esta primera objeción: ¿La Vida interior es inactiva?

Este volumen se dirige exclusivamente a los hombres de obras animados de un deseo ardiente de sacrificarse, que pudieran no tomar las medidas necesarias para que su sacrificio en favor de las almas sea fecundo, sin menoscabo de su vida interior.

Estimular a los pretensos apóstoles que rinden culto al descanso; galvanizar las almas adormiladas en brazos de un egoísmo iluso, fomentador de la inactividad, como medio de crecer en la piedad; sacudir la indiferencia de los indolentes; que pudieran cargar con algunas obras, con miras a ventajas u honores, con tal que no se perturben su quietud ni su ideal de tranquilidad... esta tarea no entra en nuestro propósito, porque exigiría una obra especial.

Dejando a otros el trabajo de hacer comprender a esos apáticos las responsabilidades en que incurren ante Dios con una existencia que Él quiere que sea activa, y el demonio, de acuerdo con la naturaleza caída se empeña en hacer infecunda por falta de actividad y de celo, volvamos a nuestros queridos y venerables compañeros, a quienes estas páginas están reservadas.

No existe comparación que pueda expresar la intensidad infinita de la actividad encerrada en el seno de Dios.

La vida interior del Padre es tal que engendra una persona divina. De la Vida interior del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo.

La Vida interior comunicada a los Apóstoles en el Cenáculo inflamó inmediatamente su celo.

Esta Vida interior es un principio de celo para toda persona instruida que no se empeñe en desfigurarla.

Pero aunque la vida de oración no se manifestara en las obras exteriores, es en si misma y en su intimidad una FUENTE DE ACTIVIDAD incomparable.

Se equivocan quienes ven en ella una especie de oasis en que refugiarse para llevar una vida plácida.

Con saber que es el camino más directo que conduce al reino de los cielos, le cuadra con toda exactitud el texto que dice: Regnum coelorum vim patitur, et violenti rapiunt illud (23).

Don Sebastián Wyart, curtido en los trabajos del ascetismo, en las fatigas militares, en el estudio yen los cuidados que lleva consigo el cargo de Superior, solía repetir con frecuencia que hay tres clases de trabajos:

1. El trabajo físico casi en su totalidad, de los que ejercen un oficio manual, como los labradores, los artesanos y los soldados. Este trabajo, decía, es el menos rudo de todos, aunque se crea otra cosa.

2. El trabajo intelectual del sabio, del pensador que se fatiga en la búsqueda tan ardua, a veces, de la verdad; el del escritor o profesor consagrados con intensidad a comunicarla a otras inteligencias; el del diplomático, del hombre de negocios, del ingeniero, etcétera; los esfuerzos mentales del general durante la batalla, para prever, dirigir y decidir. Este segundo trabajo es más penoso que el anterior. Lo indica el adagio que dice: el acero gasta la vaina.

3. El trabajo, en fin, de la vida interior. "De los tres es el más fatigoso cuando se toma en serio (24). Ahora que también es el que consuela más. Y es también el más importante porque no perfecciona al hombre en una profesión determinada, sino en su propia formación. ¡Cuántos que se glorian de su valer y arrestos en los dos primeros géneros de trabajos, con los que se conquistan la fortuna y el triunfo, claudican como cobardes y perezosos cuando se trata del trabajo de la virtud!

El esfuerzo constante en dominarse a si mismo y a cuanto nos rodea para no obrar en todo sino por la gloria de Dios, es el ideal del hombre que quiere adquirir la vida interior. Para lograrlo pone todo su esfuerzo en estar siempre unido con Jesús, medio el más eficaz de tener la mirada fija en el fin que pretende y pesarlo todo a la luz del Evangelio. Así, repite con San Ignacio: Qua vadam et ad quid? (25). De esa manera, todas sus potencias, inteligencia, voluntad, memoria, sensibilidad, imaginación y sentidos, conspiran a ese fin. Pero, ¡qué trabajos los suyos para llegar a ese resultado! Ya se mortifique o se permita algún agrado permitido; ya reflexione o ponga en práctica sus pensamientos; ya trabaje o descanse; ya ame el bien o rechace el mal; ya sienta ansias o temores; ya acepte la alegría o la tristeza; ya esté lleno de esperanza o de miedo; indignado o tranquilo; siempre y en todas las cosas se esfuerza en mantener tercamente, obstinadamente, el timón en la dirección de la VOLUNTAD DE DIOS.

Cuando ora, sobre todo al pie del Tabernáculo, se aisla en absoluto de las cosas visibles, para poder tratar con el Dios invisible, como si lo viera (26). Aun en medio de sus trabajos apostólicos, aspira a realizar el ideal que San Pablo admira en Moisés.

Ni las adversidades de la vida, ni las tempestades levantadas por las pasiones, nada puede desviarle de la línea de conducta que se ha trazado. Por otra parte si flaquea un momento, inmediatamente se repone, y emprende con más brío y decisión la marcha hacia adelante.

Admirable resistencia. ¡Ah, cómo se palpa la recompensa que Dios concede aun en este mundo, a quien no desmaya ante el esfuerzo que exige ese trabajo, colmándolo de alegrías especiales!

¡Holgazanes, concluía don Sebastián, holgazanes los verdaderos religiosos y los sacerdotes de vida interior, devorados por el celo! ¡Vengan, vengan los hombres del mundo más metidos en negocios y ocupaciones a ver si su trabajo admite comparación con el nuestro!

¿Quién no lo ha probado? Cuántas veces cargaríamos con largas horas de un trabajo penoso, a cuenta de evitar nos media hora de oración bien hecha, la asistencia devota a la misma, y el rezo del Oficio divino (27).

El P. Fáber escribe con amargura que para algunos "los quince minutos de acción de gracias de la Comunión, son los más fastidiosos de todo el día". Si se trata del breve Retiro de tres días, ¡con qué repugnancia algunos lo reciben!

Prescindir durante tres días de la vida fácil, aunque esté llena de ocupaciones; y vivir de lo sobrenatural, infiltrándolo en todos los detalles de la existencia; forzar el espíritu a que durante ese tiempo lo vea todo a los resplandores únicos de la Fe, y el corazón a que todo lo olvide menos a Jesús y su vida; vivir enfrentado consigo mismo, poniendo al desnudo las propias miserias y las flaquezas del espíritu; purificar el alma en el crisol del propio examen, siendo inexorables en la acusación, todo esto presenta una tal perspectiva que hace retroceder a gran número de personas, que por otra parte estarían dispuestas a toda clase de esfuerzos, cuando se trata de un desgaste de actividad puramente natural.

Y si sólo tres días de esta clase de ocupaciones parecen tan penosos, ¿cómo reaccionará la naturaleza ante la idea de una vida entera sometida al régimen gradual de la vida interior?

No hay duda de que en este trabajo de desprendimiento, la gracia tiene una gran parte y hace el yugo suave y la carga ligera. Pero ¡cómo tiene que trabajar y esforzarse el alma! Siempre le costará enderezarse en el camino recto y volver al Conversatio nostra in coelis est (28).

Santo Tomás explica esto muy bien cuando dice: "El hombre está situado entre las cosas de este mundo y los bienes espirituales, en los cuales se encuentra la felicidad eterna. Cuanto más se apega a los unos, más se aleja de los otros" (29). En la balanza siempre, al subir uno de los platillos baja el otro la misma distancia.

Aquella catástrofe primitiva del pecado original al trastornar la economía de todo nuestro ser, hizo que este doble movimiento de atracción y repulsión cueste mucho trabajo. Para restablecer y conservar por medio de la vida interior el orden y el equilibrio en ese "microcosmos" que es el hombre, son necesarios trabajo, fatiga y sacrificio. Se trata de reconstruir un edificio derruido y de preservarlo de un nuevo derrumbamiento.

Desprender constantemente de los pensamientos terrenos, por medio de la vigilancia, el renunciamiento y la mortificación, este corazón nuestro, agobiado con todo el peso de la, naturaleza corrompida, Gravicorde (Ps IV); reformar el propio carácter especialmente en aquellos puntos en que menos se parece a la fisonomía del alma de Nuestro Señor, o sea, en la disipación, cólera, complacencias internas o externas, manifestaciones de soberbia o de naturalismo, dureza, egoísmo, falta de bondad, etc., resistir al halago del placer actual y sensible con la esperanza de una dicha espiritual, de la cual no se gozará sino al cabo de una larga espera; soltar todas las amarras amor del mundo; hacer del conjunto de las criaturas, deseos, codicias, concupiscencias, bienes exteriores, voluntad y propio juicio, un holocausto sin reservas..., ¡vaya tarea hercúlea!

Y, sin embargo, todo esto no es sino la parte negativa de la vida interior. Después de esta lucha cuerpo a cuerpo que hacia gemir a San Pablo (30), y que el P. Ravignan expresaba con esta frase: "¿Vosotros me preguntáis qué he hecho en el noviciado? Yo os lo diré. Éramos dos. He arrojado al otro por la ventana y me he quedado solo"; después de ese combate sin descanso contra un enemigo siempre dispuesto a renacer, es preciso proteger contra las menores asechanzas del espíritu natural a un corazón que, purificado por la penitencia, se encuentra actualmente, consumido del deseo de reparar los ultrajes inferidos a Dios, de desplegar todas las energías en tenerlo únicamente pegado a la belleza invisible de las virtudes que desea: adquirir para imitar las de Jesucristo y de esforzarse en conservar hasta en los menores detalles de la existencia una: confianza absoluta en la Providencia. Esta es la parte positiva de la vida interior. ¿Quién no imagina el campo ilimitado que ofrece para trabajar?

Trabajo íntimo, asiduo y constante, con el cual precisamente el alma adquiere una facilidad maravillosa y una sorprendente rapidez en la ejecución de las tareas apostólicas. Unicamente la vida interior posee este secreto.

Las obras inmensas llevadas a cabo, a pesar de su precaria salud, por un Agustín, un Juan Crisóstomo, un Bernardo, un Tomás de Aquino, un Vicente de Paúl, etc., nos llenan de asombro. Pero más nos maravilla el ver que todos esos hombres, a pesar de sus incesantes trabajos, se mantenían en la más constante unión con Dios.

Poniendo mediante la contemplación los labios de su espíritu en la fuente de la Vida, estos Santos recibían de ella una capacidad de, resistencia en los trabajos, mayor que la del resto de los mortales.

Esto mismo venía a decir un gran Obispo cargado de negocios a un hombre de Estado ocupadísimo también, al preguntarle éste cuál era el secreto de la serenidad que reinaba en su espíritu y de los admirables resultados de sus obras. A todas vuestras ocupaciones, mi querido amigo, le dijo el Prelado, añadió todas las mañanas media hora de meditación. Despacharéis más fácilmente vuestros asuntos y aún podréis tomar otros más".

En fin, ¿no sabemos que San Luis, Rey de Francia, en las ocho o nueve horas diarias que consagraba a los ejercicios de la vida interior, encontraba el secreto y la fuerza necesaria para atender a los asuntos del Estado y al bien de sus súbditos con tal solicitud que, según confesión de un orador socialista, jamás ni en nuestra época se ha hecho en favor de los obreros lo que hizo aquel santo Rey?

6. Respuesta a esta segunda objeción: ¿La Vida interior es egoísta?

Descartemos a los perezosos y a los sibaritas espirituales que ponen el contenido de la vida interior en los goces de una ociosidad agradable, y buscan los consuelos de Dios, y no el Dios de los consuelos. Estos tienen una piedad falsa. Pero con ellos se andan en la inteligencia de la vida espiritual los que a la ligera y sin conocimiento de causa, afirman que la vida interior es egoísta.

Hemos dicho antes que esta vida es la fuente pura y abundante de las generosas obras de caridad en favor de las almas y de los sufrimientos del prójimo.

Examinemos la utilidad de esa vida desde otro punto de vista.

Egoísta y estéril la vida de María y de José. ¡Qué blasfemia y qué absurdo!, y, sin embargo, no sabemos que hubiesen practicado ninguna obra exterior.

La irradiación en el mundo entero de su intensiva vida interior y los méritos de sus plegarias y sacrificios, aplicados a todos los beneficios de la Redención fueron suficientes para constituir a María Reina de los Apóstoles y a José, Patrono universal de la Iglesia (31).

Soror mea reliquit mihi sola ministrare (32), dice, repitiendo las palabras de Marta, el necio y presuntuoso que no ve más allá de sus obras exteriores y de los resultados que producen.

Su estupidez e ignorancia de los caminos del Señor no llegan hasta hacerle creer que Dios no puede prescindir de él; sin embargo, repite convencido con Marta, que era incapaz de apreciar la excelencia de la contemplación de Magdalena: Dic illi ut me adjuvet (33); y hasta llega a gritar: Ut quid perditio haec? (34), considerando como tiempo perdido los momentos que sus hermanos de apostolado, más interiores que él, se reservan para asegurar su vida intima con Dios.

Yo me sacrifico por ellos A FIN DE QUE sean santificados en verdad (35), responde el alma que ha profundizado el alcance de esta frase del Maestro: A FIN DE QUE, Y que conocedora del valor de la oración y del sacrificio, une a las lágrimas y a la sangre del Redentor sus propias lágrimas y la sangre de su corazón, que avanza en purificación todos los días.

El alma interior escucha con Jesús cómo la voz de los -crímenes del mundo sube hasta el cielo y pide para sus autores un castigo cuya sentencia tiene ella en suspenso en virtud de la omnipotencia de sus súplicas con las cuales detiene la mano de Dios, presta a lanzar sus rayos.

Los que oran, escribía después de su conversión el eminente estadista Donoso Cortés, contribuyen más que los que combaten al bienestar del mundo, y si éste va de mal en peor es porque las batallas abundan más que las oraciones.

"Las manos en alto, decía Bossuet, arrollan más batallones que las que atacan". Y en el desierto, los solitarios de la Tebaida sentían arder en su corazón el fuego que animaba a un San Francisco Javier. Parecía, en expresión de San Agustín, que habían dejado el mundo más de lo conveniente: Videntur nonnullis res humanas plus quam oportet deseruisse. Pero es que se olvidaba, agrega, que sus oraciones purificadas por aquel alejamiento del mundo, venían a ser más provechosas y más NECESARIAS para aquel mundo corrompido.

Una oración fervorosa, aunque sea corta, será más provechosa para lograr una conversión que las discusiones más largas y los más bellos discursos. El que ora trata con la PRIMERA CAUSA, Y obra directamente sobre Ella. Así dispone de todas las causas segundas que reciben su eficacia de la Primera. De esta forma se logra con más rapidez y seguridad el efecto apetecido.

Diez mil herejes, según una revelación que merece toda clase de respetos, fueron convertidos por una sola plegaria ardiente de la seráfica Santa Teresa, cuya alma inflamada en el fuego de Jesús, no podía comprender que cupiera una vida contemplativa e interior que pudiera desinteresarse de las solicitudes apasionadas que siente el Salvador por el rescate de las almas. "Aceptaría de buen grado, escribe la santa, el fuego del purgatorio hasta el juicio final, a cuenta de salvar una sola de las almas. ¿Qué me importa la prolongación de mis dolores si con ellos puedo rescatar una sola alma, y mejor muchas, para la mayor gloria de Dios?" Y exhorta a sus religiosas, diciéndoles: "Hijas mías, haced con esta mira totalmente apostólica, todas vuestras oraciones, disciplinas ayunos y buenos deseos".

Tal es en efecto la obra de las Carmelitas, Religiosas Cistercienses y Clarisas. ¡Miradlas cómo siguen el rumbo de los apóstoles, alimentándolos con sus oraciones y penitencias. Sus plegarias bajan de las alturas y se extienden hasta la lejanía en que puede encontrarse la Cruz y brillar el Evangelio sobre las almas que son su presa divina! Mejor estaría decir que su amor oculto, pero en actividad, despierta por todas partes en el mundo de los pecadores las voces de la misericordia.
Nadie en este mundo puede explicar el motivo de esas conversiones lejanas de los paganos, ni la heroica resistencia de tantos cristianos perseguidos, ni la alegría celestial de los misioneros en medio de su martirio. Todo ello está invisiblemente unido a las oraciones de una humilde monjita. Dueña de los perdones divinos y de las luces eternas, su alma silenciosa y solitaria rige la salvación de las almas y las conquistas de la Iglesia (36).

"Vengan trapenses a mi vicariato apostólico, decía Monseñor Favier, Obispo de Peking; que se abstengan de todo ministerio, para que nada les distraiga de sus trabajos de oración, de penitencia y de estudio. Sé muy bien el provecho que obtendrán los misioneros con la existencia de un monasterio de almas fervorosas que se dedican a la contemplación en medio de nuestros pobres chinos". Y algún tiempo después, añadía: "Hemos podido penetrar en una región hasta ahora inabordable. Yo lo atribuyo a nuestros amados Trapenses".

"La oración de diez Carmelitas, decía el Obispo de Conchinchina al Gobernador de Saigón, me será más útil que los sermones de veinte misioneros".

Los sacerdotes seculares, los religiosos y religiosas consagrados a la vida activa y atentos a la vida interior, tienen la misma participación en el corazón divino, que las almas del claustro. Tenemos magníficos ejemplos en un Padre Chevrier en un Don Bosco (hoy en los altares), en el Padre Antonio Marta. La Venerable Ana María Taigi era, en medio de sus funciones de pobre mujer de su casa, tan apóstol como San Benito José Labre, tan enemigo de lo trillado. M. Dupont, de Tours, famoso por su santidad, el coronel Paquerón, etc., devorados de idéntico ardor, lograban grandes éxitos en sus obras, porque eran hombres de vida interior; y el General de Sonis en el intervalo de dos batallas, encontraba el secreto de su apostolado en la unión con Dios.

¡Egoísta y estéril la vida de un Cura de Ars! Esta afirmación no merece respuesta.

Reflexionando con sensatez, hay que atribuir precisamente a la perfección de su intimidad con Dios, el celo y las conversiones de aquel sacerdote sin talento, pero contemplativo como un cartujo, cuyos progresos en la vida interior provocaban en su espíritu una sed inextinguible de las almas y merecían que Dios Nuestro Señor, de quien vivía, le diese como una participación de su Omnipotencia para operar aquellas conversiones.

¡Infecunda su vida intima! Si en cada una de nuestras diócesis hubiera un San Juan Bautista Vianney, antes de diez años, Francia estaba regenerada más a fondo que por todas las obras que se quiera, insuficientemente fundamentales en la vida interior, aunque en su organización intervinieran con toda suerte de recursos pecuniarios el talento y la actividad de los mejores apóstoles.

Sin duda alguna el motivo principal que hace mirar con confianza la futura resurrección de Francia es que tal vez nunca ha habido, aun entre los fieles, según se observa de algunos años acá, tal número de almas que desean vivir en unión ardiente con el Corazón de Jesús y extender su reinado por la difusión de la vida interior entre los que las rodean.

Cierto que estas almas escogidas son una minoría muy exigua. ¡Pero qué importa el número si cuenta la intensidad!

La restauración de nuestra Patria, después de la Revolución, debe atribuirse a ese grupo de sacerdotes que por la persecución se abrazaron íntimamente a la vida interior. Merced a ellos un torrente de Vida, divina llegó a reavivar a una generación que parecía condenada a una muerte inevitable a causa de su apostasía y su indiferencia.

Después de un periodo de cincuenta años de libertad de enseñanza en Francia, durante el cual se fundó un número considerable de obras y tuvimos a nuestra disposición toda la juventud de nuestro país y el apoyo casi total de nuestros gobernantes, ¿cómo, a pesar de la brillantez exterior de nuestros resultados, no pudimos formar en la nación una mayoría cristiana a fondo para luchar con los secuaces de Satán?

Sin duda el abandono de la Vida litúrgica y la cesación de su irradiación en los fieles contribuyeron a estos fatales resultados. Nuestra espiritualidad se ha tornado estrecha, seca, superficial, exterior, o enteramente sentimental? y carece de la penetración y empuje de alma que da la liturgia, esa gran productora de vitalidad cristiana.

Pero ¿no podremos apuntar otra causa, que es el que careciendo de vida interior, los sacerdotes y educadores nos hemos limitado a engendrar en las almas una piedad superficial carente de grandes ideales y de fuertes convicciones?

Y en nuestra enseñanza como profesores, ¿acaso no nos hemos preocupado de lograr un gran número de diplomados para que nuestras obras se prestigiasen, más que de darles una sólida instrucción religiosa? ¿No hemos gastado nuestras energías sin preocuparnos de la formación de las voluntades, para grabar en ellas con caracteres indelebles la impronta de Jesucristo? ¿Y esta mediocridad no ha tenido, a menudo, por causa la banalidad de nuestra Vida interior?

Suele decirse que a un sacerdote santo corresponde un pueblo fervoroso; a un sacerdote piadoso, un pueblo honrado; y a un sacerdote honrado, un pueblo impío. Siempre hay un grado menos de vida en los que sen engendrados.

Nosotros no nos atrevemos a suscribir esa afirmación, pero entendemos que las siguientes palabras de San Alfonso expresan con bastante claridad LA CAUSA A LA CUAL han de atribuirse las responsabilidades de nuestra situación actual:
"Las buenas costumbres y la salvación de los pueblos - dependen de los buenos pastores. Si hay un buen sacerdote al frente de una parroquia, pronto se verán florecer las buenas costumbres, la frecuencia de sacramentos y la oración mental. De esto ha nacido el proverbio: Qualis pastor, talis parochia, de acuerdo con esta sentencia del Eclesiástico (X, 2): Qualis est rector civitatis, taleset inhabitantes in ea" (37).

7. Objeción sacada de la importancia de la salvación de las almas

Pero el alma exterior, que busca pretextos contra la vida interior, podrá decir: ¿Por qué poner un limite a mis obras de celo? ¿Puedo yo gastar mis energías y emplear mi tiempo con exceso cuando se trata de la salvación de las almas? ¿Mi actividad no suple con creces a todo, por el sublime ejercicio del sacrificio? El que trabaja, ora. El sacrificio tiene su primacía sobre la oración. ¿No califica San Gregorio al celo por las almas, de sacrificio, el más agradable que puede ofrecerse a Dios? Nullum sacrificium est Deo magis acceptum quam zelus animarum (38).

Comencemos por precisar el verdadero sentido de esa frase de San Gregorio, sirviéndonos de las palabras del Doctor Angélico.

Dice el Santo Doctor: Ofrecer espiritualmente un sacrificio a Dios es ofrecerle algo que le agrada. De todos los bienes que el hombre puede ofrecer al Señor, el más agradable para Él, es sin duda la salvación de un alma. Pero el alma que el hombre debe ofrecer primeramente a Dios, es la suya propia, en conformidad con la Sagrada Escritura, que dice:
¿Quieres ser agradable a Dios? - Ten compasión de tu alma. Después de hacer este primer sacrificio, ya podemos procurar al prójimo una dicha semejante.
El sacrificio del hombre será tanto más agradable a Dios, cuanto más ESTRECHAMENTE una con Dios primero su alma, y después las de los demás. Pero esta unión, intima, generosa y humilde sólo se realiza POR LA ORACIÓN. Aplicarse uno mismo a la oración, o aplicar a otros, agrada a Dios MUCHO MÁS que entregarse a las obras y arrastrar a los demás a ese apostolado de la acción. Así, pues, concluye Santo Tomás, cuando San Gregorio afirma que la salvación de las almas es el sacrificio más agradable a Dios, no quiere decir con eso dar a la vida activa la preferencia sobre la contemplación; pretende significar que la ofrenda de una sola alma es infinitamente más preciosa a sus ojos, y para nosotros de mayor mérito que ofrecerle las mayores preciosidades de la Tierra (39).

La necesidad de la vida interior no debe hacernos abandonar las obras, si vemos claramente que tal es la voluntad de Dios, porque rehuir ese trabajo o ejecutarlo con negligencia, o sea desertar del campo de batalla con el pretexto del mejor cultivo de la propia alma y de la más perfecta unión con Dios, seria pura ilusión y, en algunos casos, causa de verdaderos peligros. Vae migi, dice San Pablo, si non evangelizavero (40).

Hecha esta salvedad, digamos rotundamente que. consagrarse a la conversión de las almas, olvidándose de sí mismo, es una ilusión más grave que la anterior. Dios quiere que amemos al prójimo como a nosotros mismos, pero no más que a nosotros mismas, es decir, nunca hasta el extremo de causarnos un grave perjuicio, lo que prácticamente equivale a exigir que tengamos más cuidado de nuestra alma que de las demás, porque nuestro celo ha de ir siempre reglamentado por la caridad, ya que el Prima sibi charitas (41) sigue siendo un adagio de Teología.

"Porque amo a Jesucristo, decía San Alfonso María de Ligorio, ardo en deseos de darle almas: PRIMERO LA MIA, y después el mayor número posible de otras". Esto es poner en práctica el Tuus esto ubique (42) de San Bernardo: "No es cuerdo quien no piensa en sí".

El Santo Abad de Claraval, verdadero fenómeno de celo apostólico, observaba esa máxima. Su secretario Godofredo nos dice: Totus primum sibi et sic totus omnibus (43).

"No te digo, escribe este Santo al Papa Eugenio III, que dejes del todo los negocios del siglo. Únicamente te exhorto a que no te entregues de lleno a ellos. Si quieres ser para todo el mundo, sé antes para ti, y si todos se acercan a beber a tu fuente, no te prives tú de beber. ¿Por qué, has de ser tú el único que permanezca sediento? Siempre has de comenzar por pensar en ti. EN VANO TE ENTREGARÁS A LOS DEMÁS SI TE ABANDONAS TÍ MISMO. Haz que todas tus reflexiones COMIENCEN y ACABEN EN TÍ. Sé para ti el primero y el último, y ten siempre presente que en el negocio de tu salvación nadie es tan allegado tuyo como el hijo de tu madre" (44).

También es muy sugestiva esta Anotación de retiro de Monseñor Dupanloup: "Observo una actividad terrible que está minando mi salud, perturbando mi piedad y que no es de provecho para mi cultura. Dios me ha dado la gracia de reconocer que esta actividad natural y este dejarme llevar de mis ocupaciones son los mayores obstáculos para la organización de mi vida interior, tranquila y fructuosa. He llegado también a reconocer que esta FALTA DE VIDA INTERIOR es el manantial de todos mis defectos, perturbaciones, sequedades, disgustos y carencia de salud.

HE resuelto, pues, poner TODO MI ESFUERZO en la adquisición de esa vida interior de que carezco, para lo cual, con la gracia de Dios, me he impuesto las siguientes reglas:

1. Tomaré más tiempo del necesario para hacer cualquier cosa; así no me veré agobiado, ni con prisas, jamás.
2. Como siempre me encuentro con más cosas que hacer, que tiempo para hacerlas, y esta consideración me preocupa y me agobia, no pensaré más en las cosas que debo hacer, sino en el tiempo de que dispongo. Lo emplearé sin perder un minuto, comenzando por los negocios más importantes, y no me inquietaré de lo que quede sin terminar, etc., etc.".

Cualquier joyero prefiere el diamante más pequeño a muchos zafiros. De la misma manera, según el orden establecido por Dios, nuestra intimidad para con Él le da más gloria que todo el bien que podamos procurarle con nuestro apostolado en favor de las almas, si es un detrimento de la nuestra. Nuestro Padre Celestial, que atiende más al gobierno de un corazón donde tiene su trono, que al gobierno natural de todo el universo y a la gobernación civil de todos los imperios, desea que reine esa armonía en nuestro celo (45).

Y algunas veces prefiere dejar desaparecer una obra, si ve que es un obstáculo para el incremento de la caridad del alma que se ocupa en ella.

Satanás, por el contrario, no vacila en halagar a un apóstol con éxitos enteramente superficiales, si puede con ello amenguar su vida interior, porque su rabia le hace adivinar dónde se encuentran los verdaderos tesoros a los ojos de Jesucristo. Es decir, da de buena gana algunos zafiros, para quitar un diamante.

SEGUNDA PARTE

UNION DE LA VIDA ACTIVA y DE LA VIDA INTERIOR

1. Prioridad de la Vida interior sobre la activa a los ojos de Dios

En Dios se encuentra toda la Vida, porque Él es la Vida. Pero el Ser infinito no manifiesta su vida del modo más intenso en sus obras exteriores, como por ejemplo la creación, sino en lo que la Teología llama operaciones ad intra, o sea en esa actividad inefable cuyo término es la generación perpetua del Hijo y la procesión incesante del Espíritu Santo. Allí se halla, por excelencia, su obra esencial y eterna.

La vida mortal de Jesucristo es la perfecta realización del plan divino. Considerémosla: Treinta años de recogimiento y soledad y cuarenta días de retiro y penitencia, son el preludio de su corta carrera evangélica. Y cuántas veces durante sus correrías apostólicas le vemos retirarse a las montañas o al desierto para orar: Secedebat in desertum et orabat (46) o pasar la noche en oración. Pernoctans in oratione Dei (47). Pero hay algo más significativo y es la escena en la cual Marta desea que el Señor desapruebe la pretendida inactividad de su hermana, proclamando así la superioridad de la vida activa. Pero la respuesta de Jesús es: Maria optimam partem elegit (48), y así declara la preeminencia de la vida interior. ¿Qué demuestra esto sino el designio bien premeditado de hacernos sentir la preponderancia de la oración sobre la vida activa?

Los Apóstoles, fieles a los ejemplos del Maestro, se dedicarán a la oración, y a fin de consagrarse al ministerio de la predicación, encomendarán a los diáconos las ocupaciones exteriores: Nos ver e orationi et ministerio verbi instantes erimus (49).

Los Papas a su vez, los santos Doctores y los teólogos afirman la superioridad de la vida interior sobre la activa.

Hace algunos años, la Superiora General de una de las Congregaciones más importantes dedicadas a la enseñanza en Aveyron, mujer de fe, de virtud y de gran carácter, recibió de sus superiores la indicación de que facilitara la secularización de sus religiosas.

Inmediatamente se le presentó este problema: ¿Qué era preferible? ¿Sacrificar las obras a la vida religiosa, o abandonar la vida religiosa, a fin de conservar las obras?

Perpleja por no poder conocer la voluntad de Dios, salió secretamente para Roma; obtuvo audiencia del Papa León XIII y le expuso sus vacilaciones, por la presión de que era objeto por parte de sus superiores en favor de las obras. El augusto anciano se recogió unos instantes para reflexionar, y le dio esta respuesta categórica: "Con preferencia a todas las cosas y a todas las obras, conservad la vida religiosa de aquellas hijas vuestras que tienen el espíritu de su estado y aman la vida de oración. Y si es imposible guardar lo que os recomiendo y las obras, Dios suscitará en Francia otras obreras, si son necesarias. Vosotras, con vuestra vida interior, y en especial con vuestras oraciones y sacrificios, seréis más útiles a Francia como religiosas, aun en el destierro, que en el suelo patrio si quedáis privadas de los tesoros de vuestra consagración a Dios".

En una carta dirigida a un Instituto muy importante dedicado a la enseñanza, Pío X declaró netamente su pensamiento con estas palabras: Nos hemos enterado de que comienza a circular la opinión de que lo primero para vosotras es la educación de los niños; antes de las obligaciones que vuestra profesión religiosa os impone, porque así lo piden el espíritu y las necesidades de nuestros tiempos. NOS OPONEMOS EN ABSOLUTO a que tal opinión encuentre eco en vuestro Instituto religioso y en los demás que se dedican a la enseñanza. Quede bien sentado en lo que os afecta, que la vida religiosa es muchísimo más importante que la vida común y que por muy grandes que sean vuestros deberes de enseñar, mayores son las obligaciones con que os ligasteis a Dios (50). ¿Pero la razón de ser de la vida religiosa y su fin principal no son la adquisición de la vida interior?

Vita contemplativa, dice el Doctor Angélico, simpliciter melior est... et potior cuam activa (51).

San Buenaventura acumula los comparativos de superioridad para destacar la excelencia de la vida interior: Vita sublimior, securior, opulentior, suavior, stabilior (52).

Vita sublimior

La vida activa se ocupa de los hombres pero la contemplativa nos adentra en el dominio de las más altas verdades, sin desviar la mirada del mismo principio de la vida. Principium quod Deus est quaeritur. Su horizonte y su campo de acción son mucho más dilatados: Martha in uno loco corpore laborabat circa aliqua, Maria in multis locis caritate circa multa. In Dei enim contemplatione et amore videt omnia, dilatatur ad omnia, comprehendit et complectitur omnia, ut ejus comparatione, Martha sollicita dici possit circa pauca (53)

Vita securior

Porque tiene menos peligros. En la vida activa en su casi totalidad, el alma está agitada y febril y desparrama sus energías, con todo lo cual va debilitándose.

Además encierra tres defectos: Sollicita est (54); las preocupaciones del pensamiento, sollicitudines in cogitatu; turbaris; estas turbaciones dan lugar a las afecciones, turbationis in affectu; por último, erga plurima, multiplicación de sus ocupaciones con la consiguiente división del esfuerzo y de los actos, divisiones in actu. En cambio, para que exista la vida interior, basta una sola cosa: La unión con Dios. Porro, unum est necessarium. Lo demás pasa a la categoría de secundario, y se realiza en virtud de esa unión y para más robustecerla.

Vita opulentior

Con la contemplación vienen todos los bienes: Venerunt mihi omnia bona pariter cum illa (55). Es la parte mejor entre todas: Optimam partem elegit (56). Todos los méritos afluyen a ella. ¿Por qué? Porque aumenta a la vez el brío de la voluntad y los grados de la gracia santificante y hace que obre el alma por un principio de caridad.

Vita suavior

El alma verdaderamente interior hace un total abandono de su voluntad en la voluntad divina, y acepta con igual semblante las cosas agradables y las adversas, llegando hasta recibir con una sonrisa las aflicciones, porque se siente feliz de llevar su cruz.

Vita stabilior

Por muy intensa que sea, la vida activa termina en este mundo: predicaciones, enseñanza, trabajos de todas clases, todo cesa en el umbral de la eternidad. En cambio la vida interior jamás declina: Quae non auferetur ab ea. Por ella nuestra vida en este mundo no es sino una continua ascensión hacia la luz, que la muerte hace más radiante y rápida.

Podemos resumir las excelencias de la vida interior con estas palabras de San Bernardo:
"En ella el hombre vive con más pureza, cae más raras veces, se levanta con más rapidez, camina con mayor seguridad, recibe mayor número de gracias, descansa con más tranquilidad, muere más confiado, es más Inmediatamente purificado y obtiene una recompensa mayor (57).

2. Las Obras deben ser el desbordamiento de la Vida interior

Sed perfectos como lo es vuestro Padre que está en los cielos (58). El modo de obrar de Dios, guardada la debida proporción, debe ser el Criterio y la Regla de nuestra vida interior y exterior.

Dios por naturaleza es repartidor de dádivas, y es un hecho comprobado que en el mundo distribuye con absoluta profusión sus beneficios sobre todos los seres, particularmente sobre la criatura humana. Así desde hace millares, si no millones de siglos, el universo entero es el objeto de esa inagotable prodigalidad que derrama incesantemente sus gracias. Sin embargo, Dios no se agota ni empobrece y esa munificencia inexhausta suya no aminora sus recursos Infinitos.

Dios da al hombre algo más que los bienes exteriores. Le envía su Verbo. En ese acto de suprema generosidad, que no es otra cosa que el don de sí, Dios nada abandona, ni puede abandonar de la Integridad de su naturaleza. Nos da su Hijo, pero conservándolo siempre en Sí mismo. Sume exemplum de summo omnium parente, Verbum suum emittente et retinente (59).

Por los sacramentos, y especialmente por la Eucaristía, Jesús- nos enriquece de sus gracias. Él las vierte sin medida sobre nosotros porque es un Océano sin orillas que se desborda sobre nosotros sin llegar a agotarse: De plenitudine ejus omnes accepimus (60).

Así, a nuestra manera, debemos proceder los hombres apostólicos que aceptamos la noble tarea de santificar a los demás: Verbum tuum, consideratio tua, quae si procedit, non recedat (61); el verbo nuestro es el espíritu interior que la gracia ha formado en nuestras almas. Este espíritu debe dar vida a todas las manifestaciones de nuestro celo, y como se gasta constantemente en provecho ajeno, deberá ser incesantemente renovado con los recursos que nos ofrece Jesús. Así, nuestra vida interior será como el tallo lleno de savia vigorosa, y las obras que ejecutemos, su eflorescencia.

A toda alma de apóstol debe inundar la luz e inflamar el amor, antes que ella con sus reflejos ilumine y caldee a los demás. Lo que vieron con sus ojos y palparon con sus manos, enseñarán a los hombres (1 Juan 1,1). Su boca derramará en los corazones la abundancia de las dulzuras celestiales, dice San Gregorio.

Podemos ya deducir este principio: LA VIDA ACTIVA DEBE PROCEDER DE LA VIDA CONTEMPLATIVA, TRADUCIRLA y CONTINUARLA AL EXTERIOR, SEPARANDOSE DE ELLA LO MENOS POSIBLE.

Los Padres y Doctores proclaman a porfía esta doctrina.

Priusquam exeat proferentem linguam, dice San Agustín, ad Deum levet animam sitientem, ut eructet quod biberit, vel quod impleverit fundat (62).

Antes de comunicar hay que recibir, escribe el Seudo-Dionisio (Coel. hiero c. III) y los ángeles más elevados no transmiten a los que están más bajos, sino las luces cuya plenitud recibieron. El Creador ha establecido en las cosas divinas un orden, en virtud del cual aquel que tenga la misión de distribuirlas, debe participar antes de ellas, y henchirse con toda abundancia de las gracias que Dios quiere conceder a las almas, por su conducto. Solamente entonces estará autorizado para comunicarlas.

¿Quién no conoce esta frase clásica de San Bernardo dirigida a los apóstoles? Si sabes obrar con cordura, sé concha y no canal. Si sapis, concham te exhibebis non canalem (Serm. 18, in cant.). Por el canal corre el agua sin dejar una gota. El depósito, en cambio, una vez lleno, deja correr lo que le sobra para fertilizar los campos. ¡Cuántos que se consagran a las obras no son sino canales, y quedan completamente secos precisamente cuando están empeñados en fecundar los corazones! Canales multos hodie habemus, conchas vera perpaucas (63), agregaba con tristeza el Santo Abad de Claraval.

Siendo toda causa superior a su efecto, es necesaria mayor perfección para perfeccionar a los demás que para perfeccionarse a sí mismo (64).

Una madre no puede amamantar a su hijo si no se alimenta ella; del mismo modo, los confesores, directores de almas, predicadores, catequistas y profesores, deben de antemano asimilar la sustancia de que han de aumentar después a los hijos de la Iglesia (65). La verdad y el amor divinos son los elementos de esta sustancia. Sólo la vida interior interpreta la verdad y la caridad de Dios de una manera eficaz para hacer de ellas un aumento capaz de engendrar la vida.

3. La Base, el Fin y los Medios de toda Obra deben estar impregnados de la Vida interior

Debemos completar el encabezamiento agregando: de toda Obra digna de ese nombre. Porque algunas de las de nuestros días no merecen ese apelativo.

Son más bien empresas organizadas al margen de la piedad, con el designio de procurar a sus autores aplausos y fama de personas hábiles, y para cuyo desarrollo se ponen en práctica toda clase de medios, aun los menos justificables.

Hay otras obras dignas de mayor estima. En ellas se busca el bien; el fin que persiguen y los medios que se emplean son irreprochables, pero a pesar de los esfuerzos empleados, sus resultados son nulos o casi nulos, porque sus organizadores no tienen fe en la influencia de la vida sobrenatural sobre las almas.

Para formarnos una idea exacta de las características que debe reunir una obra, cederemos la palabra a un hombre que ha dejado las huellas brillantes de su apostolado en toda una región, recordando la lección que nos dio al principio de nuestro ministerio sacerdotal. Se trataba de fundar un Patronato de jóvenes. Después de haber visitado los Círculos Católicos de París y de otras capitales francesas, las Obras de Valdes-Bois, etc., nos trasladamos a Marsella para estudiar las obras de jóvenes, del Santo Presbítero Allemand, y del venerable Canónigo Timon-David. Con qué emoción nuestro corazón de sacerdote recién salido de las aulas recogió las palabras, que reproducimos, del Santo Canónigo:
"Bandas de música, teatros, proyecciones, gimnasia, juegos, etc., no los censuro. En mis comienzos, yo también los creía indispensables; son puntales que se emplean para sostener la obra, a falta de otros. Pero al correr de los años, he acudido a medios sobrenaturales, porque cada día que pasa veo con más claridad que toda obra construida con elementos puramente humanos está llamada a desaparecer, y en cambio las obras que acercan los hombres a Dios por medio de la vida interior, tienen las bendiciones de la Providencia.

"Hace tiempo que dejé en el desván los instrumentos de música; el teatro también me resulta inútil, y la obra prospera como nunca. ¿Por qué? Porque mis compañeros sacerdotes y yo vemos, gracias a Dios, más claramente que al principio, y se ha centuplicado nuestra fe en la acción de Jesús y de la gracia.

"Créame; apunte siempre lo más alto posible y quedará maravillado de los resultados. Me explicaré. No confine su ideal en la elección de distracciones honestas que ofrecer a los jóvenes, para alejarlos de los placeres prohibidos y de las relaciones peligrosas, ni tampoco en darles un barniz de cristianismo a base de una misa que muchas veces oyen maquinalmente o prepararlos de tarde en tarde para confesión y comunión.

"Duc in altum (66). Aspire en un principio a formar a toda costa un grupo selecto, inculcándoles la resolución de vivir a toda costa como cristianos fervorosos, haciendo oración todas las mañanas; oyendo la misa diaria; si es posible, un poco de lectura espiritual y, desde luego, la comunión con el mayor fervor y frecuencia posibles. Ponga todo su empeño en inculcar a esa porción escogida un gran amor a Jesucristo, y el espíritu de oración, de abnegación, de vigilancia sobre si, en una palabra, de las más sólidas virtudes. Excite en sus almas, con idéntico celo, el amor a la Eucaristía. Y luego empújelos a actuar sobre sus compañeros, forme apóstoles francos, abnegados, buenos, ardientes, viriles, que rechacen la devoción meticulosa y estrecha, que sean personas de tacto, y que jamás, ni con el pretexto del celo, se conviertan en espías de sus compañeros. Antes de dos años, usted me dirá si necesita charangas o bambalinas para obtener una pesca abundante.

"-Lo comprendo -le contesté-. Esa minoría será la levadura. Pero ¿qué haré con los demás que forman la masa, y que no pueden ser elevados a ese nivel; con los jóvenes de toda edad y con los hombres ya casados que pienso también agrupar en el Círculo?

"-Darles una fe robusta, valiéndose de una serie de conferencias interesantes durante las noches de invierno. Así saldrán bien formados y armados no sólo para hacer callar a sus camaradas de taller u oficina, sino para resistir a la pérfida influencia del periódico o del libro.

"Crear en los hombres convicciones arraigadas que sepan sostener sin respeto humano, cuando se presente el caso, constituye, desde luego, un resultado apreciable; pero será preciso hacerles avanzar más, hasta formarlos en una piedad verdadera, ardiente, convencida e ilustrada.

"-¿Abriré desde el principio la puerta a todo el que llega?

"-El número no tiene importancia, con tal que los elementos sean bien escogidos. El crecimiento del Círculo ha de lograrse por la influencia del núcleo de apóstoles, cuyo centro serán Jesús y María, y usted, como instrumento de ambos.

"-¿Comenzaremos en un local modesto, esperando a allegar recursos para establecernos en otro mejor?

"-En los comienzos, las salas espaciosas y cómodas pueden, como el tambor del pregonero, llamar la atención hacia una obra naciente, Pero, vuelvo a repetírselo: si usted fundamenta su asociación en la vida cristiana, ardiente, integral y apostólica, el local estrictamente necesario bastará siempre para el funcionamiento normal de todos los accesorios que un Círculo necesita. Entonces comprobará que el ruido hace muy poco bien y que el bien hace muy poco ruido. Y que el Evangelio bien comprendido reduce el capítulo de gastos sin perjuicio de los resultados, sino todo lo contrario. Pero, ante todo usted es el que ha de obrar personalmente y sacrificarse, menos para organizar funciones de teatro o sesiones de gimnasia, que para acumular en su propio espíritu la vida de oración; porque, sépalo bien: usted será capaz de encender en los demás los ardores del amor de Nuestro Señor en la misma proporción en que vive usted de ese amor.

"-En resumen, ¿usted basa todo en la vida interior?

"-Si y mil veces sí: de esa manera tendrá usted oro puro, sin mezcla. Además, tenga fe en mi larga experiencia. Lo que acabo de decirle de las obras, de los jóvenes, tiene su aplicación en toda clase de Obras, como Parroquias, Seminarios, Catecismos, Escuelas, Círculos Militares, etc. ¡Qué bienes tan grandes produce en una ciudad una asociación cristiana cuando vive la verdadera vida sobrenatural! Obra en ella como una levadura poderosa, y, los ángeles sólo podrían decir lo fecunda que es en obras de salvación.
"¡Ah! Si todos los sacerdotes, religiosos y aun seglares dedicados a las Obras conocieran el poder de la palanca que tienen en sus manos, y tomaran como punto de apoyo el Corazón de Jesús y la vida en unión con ese Corazón divino, levantarían nuestra patria. La levantarían sin duda, a despecho de Satanás y sus secuaces".

4. La vida interior y La vida activa se reclaman mutuamente

Así como el amor de Dios se revela por los actos de la vida interior, el amor del prójimo se manifiesta por las operaciones de la vida exterior, y como el amor de Dios no puede separarse del amor del prójimo, resulta que tampoco estas dos formas de vida pueden subsistir separadas (67).

Suárez dice que no puede subsistir un estado de vida ordenado con rectitud al logro de la perfección, si no participa de alguna manera de la acción y de la contemplación (68).

Esas palabras del ilustre jesuita son un comentario de la doctrina de Santo Tomás. Los que se sienten llamados a las obras de la vida activa, dice el Santo Doctor, están en un error si creen que ese deber les dispensa de la vida contemplativa. Ese deber se agrega a esta vida y en nada disminuye su necesidad. Así las dos vidas no se excluyen, sino que se reclaman, se suponen, se mezclan y se completan; y si debe fomentarse más alguna de las dos, ha de ser la contemplativa, que es la más perfecta y necesaria (69).

Para que la acción sea fecunda, necesita la contemplación; cuando ésta llega a un grado determinado de intensidad, derrama en la primera algo de su soberanía, mediante la cual el alma toma directamente del corazón divino las gracias que habrá de distribuir por medio de la acción.

Por eso, si la acción y la contemplación se funden en una perfecta armonía en el alma de un santo dan a su vida una unidad maravillosa. Tenemos el ejemplo de San Bernardo, que fue el hombre más contemplativo y activo de su época, del cual hace esta pintura uno de sus contemporáneos: "En él la contemplación y la acción iban acordes hasta tal punto, que ese santo parecía al mismo tiempo que estaba entregado en absoluto a las obras exteriores, y absorbido del todo en la presencia y el amor de Dios" (70).

Comentando el texto de la Sagrada Escritura: Pone me ut signaculum super cor tuum, ut signaculum super brachium tuum (71), el padre San Jure hace una descripción admirable de las relaciones entre esas dos vidas.

Resumamos sus reflexiones:

El corazón significa la vida interior y contemplativa. El brazo, la vida exterior y activa.

El sagrado texto cita el corazón y el brazo para demostrar que las dos vidas pueden unirse y acordarse perfectamente en una misma persona.

Se nombra el corazón en primer lugar, por ser un órgano más noble y necesario que el brazo. Igualmente, la contemplación es mucho más excelente y perfecta y merece más estima que la acción.

El corazón late día y noche. Un instante de paralización de este órgano esencial acarrearía la muerte instantánea.

El brazo, que es sólo una parte integrante del cuerpo humano, no se mueve sino de tiempo en tiempo; por eso debemos suspender algunas veces nuestros trabajos exteriores, y en cambio no cesar en nuestra aplicación a las cosas espirituales.

El corazón da al brazo la vida y fuerza mediante la sangre que hace llegar hasta él, sin la cual el brazo se secaría. Así la vida contemplativa, que es vida de unión con Dios, merced a las luces y constante asistencia que el alma recibe en esa intimidad, vivifica las ocupaciones exteriores y es la única capaz de comunicarles con su carácter sobrenatural una utilidad efectiva. Sin ella, todo languidece, se esteriliza y se llena de imperfecciones.

El hombre, por desgracia, separa con frecuencia lo que Dios ha unido; por eso es tan rara esta perfecta unión de que hablamos; por otra parte, exige un conjunto de precauciones que ordinariamente no se toman. No aceptan empresa alguna superior a las propias fuerzas. Ver en todo habitualmente, pero con sencillez, la voluntad de Dios. Entregarse a las obras cuando Dios lo disponga, en la medida en que lo disponga, y únicamente con el deseo de ejercitarnos en la caridad. Desde los comienzos, ofrecerle nuestro trabajo, y en el transcurso del mismo, reanimar con frecuencia, por medio de santos pensamientos y de jaculatorias encendidas, nuestra resolución de no obrar sino para Él y por Él. En resumen, cualquiera que sea la atención que prestemos a los trabajos, conservarnos siempre en paz, como señores de nosotros mismos. Para el éxito, dirigirnos únicamente a Dios y no sacudirnos las preocupaciones, sino para estar a solas con Jesucristo. Tales son los sabios consejos que dan los maestros de la vida espiritual, para llegar a esta unión.

Esta constancia en la vida interior, unida en el Santo Abad de Claraval a un apostolado activísimo, había Impresionado a San Francisco de Sales, cuando escribió: "San Bernardo nada perdía del progreso que deseaba lograr en el santo amor... Cuando cambiaba de lugar, no cambiaba de amor, ni su amor de objeto..., no recibía el color de los negocios o conversaciones, como el camaleón adopta el de los lugares donde se encuentra; sino que se conservaba unido siempre a Dios, con la blancura perenne de la pureza, el rojo encendido de la caridad y la, plenitud de humildad (Espíritu de San Francisco de Sales, 17° parte, Cap. II)".

Habrá momentos en que nuestras ocupaciones se multiplicarán de tal modo que nos veremos forzados a emplear todas nuestras energías, sin poder sacudir la carga ni siquiera aligerarla. Esto traerá como consecuencia la privación por algún tiempo del placer de la unión con Dios, pero esta unión no sufrirá con ello sino por nuestra culpa. Si se prolonga esta situación, ES PRECISO LAMENTARLO, GEMIR y TEMER MAS QUE NADA EL PELIGRO DE HABITUARSE A ELLO. El hombre es débil e inconstante. Cuando descuida la vida espiritual, pronto pierde su gusto. Si se engolfa en las ocupaciones materiales, acaba por complacerse en ellas. Por el contrario, si el espíritu interior expresa su vitalidad latente por medio de suspiros y gemidos, estas quejas constantes que provienen de una herida que no se cierra en el lado mismo de una actividad desbordante, forman el mérito de la contemplación sacrificada, o más bien el alma realza esa admirable y fecunda unión de la vida interior y de la vida activa. Impelida por esa sed de vida interior que no puede mitigar a placer, vuelve con ardor, desde que le es dado, a la vida de oración. Nuestro Señor le procura unos momentos de intimidad. Le exige la fidelidad y en cambio le compensa de la brevedad de esos felices instantes, con el fervor.

En un texto cuyas palabras deben ser meditadas una a una, Santo Tomás resume admirablemente esta doctrina: Vita contemplativa, ex genere suo, majoris est meriti quam vita activa. Potest nihilominus accidere ut aliquis plus mereatur aliquid externum agendo; puta si propter abundantiam divini amoris, ut ejus voluntas impleatur propter Ipsius gloriam, interdum sustinet a dulcedine divinae contemplationis ad tempus separari (72).

Fijémonos en el lujo de condiciones que el Santo Doctor exige para que la acción sea más meritoria que la contemplación.

El móvil íntimo que empuja al alma a la acción no es otro que el desbordamiento da su caridad; Propter abundantiam divini amoris. No entran, pues, en juego ni la agitación, ni el capricho, ni la necesidad de salir de si mismo. Es, en efecto, un sufrimiento del alma: Sustinet, de ser privada de las dulzuras de la oración (73), a dulcedine divinae contemplationis... separari. Por consiguiente, no sacrifica sino provisionalmente: Accidere... interdum... ad tempus, y para un fin enteramente sobrenatural: Ut Ejus voluntas impleatur propter Ipsius gloriam, una parte del tiempo reservado a la oración.

Los caminos de Dios llevan el sello de la sabiduría y la bondad, y la dirección que marcan a las almas entregadas a la vida interior es maravillosa. Si éstas saben ofrecerle con generosidad la pena que les produce el privarse del Dios de las obras, en obsequio a las obras de Dios, esa pena tiene su pago, porque gracias a ella desaparecen los peligros de disipación, amor propio y afecciones naturales; las hace más reflexivas y fomenta en ellas la práctica de la presencia de Dios, porque el alma encuentra en LA GRACIA DEL MOMENTO PRESENTE a Jesús viviente, que se le ofrece oculto en la obra que realiza, trabajando con ella y sosteniéndola.

¡Cuántas personas de obras, por saber sufrir esa pena y sacrificar ese deseo de ir al Tabernáculo, por esas comuniones espirituales originadas en esos sacrificios, reciben como premio la fecundidad de su acción, la salvaguardia de su alma y el progreso en la virtud!

5. Excelencia de esa unión

Dice Santo Tomás que la unión de las dos vidas, contemplativa y activa, constituye el verdadero apostolado, que es la obra principal del Cristianismo: Principalissimum officium (74).

Para el apostolado se necesitan almas que se entusiasmen por una idea y se consagren al triunfo de un principio.

La realización de esta idea ha de ser sobrenaturalizada por el espíritu interior, y nuestro celo, en todos sus aspectos, fin, medios y ardor, debe estar animado del espíritu de Jesús, para que nuestra vida sea lo más perfecta posible, la vida por excelencia, la cual es preferida por los teólogos a la simple contemplación. Praefertur simplici contemplationi (75).

El apostolado del hombre de oración es la palabra que obedece al mandato de Dios y hace conquistas, en el celo de las almas y el fruto de las conversiones: Missio a Deo, zelus animarum fructificatio auditorum (76).

Es el vapor de la fe con emanaciones que llevan al cielo: Zelus, id est vapor fidei (77).

El apostolado de los santos es la sementera del mundo. El apóstol esparce el trigo de Dios en el campo de las almas (78). Es el amor en llamas que devora la tierra, y el incendio de Pentecostés que, con fuerza irresistible, se propaga por todas partes: Ignem veni mittere in terram (79).

La sublimidad de este ministerio estriba en que atiende a la salvación del prójimo, sin mengua de la del apóstol: sublimatur ad hoc ut aliis provideat.

Transmitir a inteligencias humanas las verdades divinas es un ministerio digno de los ángeles.

Cosa buena es contemplar la verdad, pero comunicarla es mucho mejor, como es mejor reflejar la luz que recibirla; e iluminar que brillar bajo el celemín. El alma se nutre en la contemplación y se entrega en el apostolado: Si cut majus est illuminare quam lucere solum, ita majus est contemplata aliis tradere quam solum contemplare (D. Thom. 2° 2ae, q. 188, a. 6).

Contemplata altis tradere: según el pensamiento de Santo Tomás, la vida de oración es la fuente de este apostolado.

Este texto y el anterior, citado al final del capitulo precedente, del mismo Santo, son una condenación del Americanismo, partidario de una vida mixta, en la cual la acción acabarla por ahogar la contemplación.

En efecto: Santo Tomás en estos textos hace las dos afirmaciones siguientes: 1° El alma ha de vivir habitualmente en una vida de oración que le permita dar de lo que sobre. 2° Por la acción no ha de suprimirse la vida de oración, y el alma, al entregarse, ha de guardar su corazón de tal modo que no corra serio peligro de sustraerse a la influencia de Jesucristo en el ejercicio de su actividad.

El Rvdo. Padre Mateo Crawley, apóstol de la entronización del Sagrado Corazón en las familias, traduce con frases sugestivas el pensamiento de Santo Tomás: "El apóstol es un cáliz lleno hasta los bordes de vida de Jesucristo, que vierte en las almas el sobrante de su contenido".

Esta mezcla de acción y contemplación, acción con todas las abnegaciones del celo y contemplación con sublimes elevaciones, ha producido los mayores santos: San Dionisio, San Martín, San Bernardo, Santo Domingo, San Francisco de Asís, San Francisco Javier, San Felipe Neri y San Alfonso, todos ellos tan ardientes contemplativos como valientes apóstoles.

¡Vida interior y vida activa! ¡Santidad en medio de las obras! ¡Unión potente y fecunda! ¡Qué prodigios tan fantásticos de conversiones realizáis! Oh, Dios mío, dad a vuestra Iglesia Santa muchos apóstoles, pero encended una sed ardiente de la vida de oración en sus corazones que devora el deseo de entregaros. Dad también a vuestros obreros esa acción contemplativa y esa contemplación activa, para que vuestra obra sea cumplida, y los obreros evangélicos que nos disteis, obtengan aquellas victorias que os plugo anunciar antes de vuestra gloriosa Ascensión.

TERCERA PARTE

LA VIDA ACTIVA, LLENA DE PELIGROS SIN LA VIDA INTERIOR, ASEGURA CON ELLA EL PROGRESO EN LA VIRTUD

1. Las Obras, Medios de santificación, para las almas interiores, son un peligro para la salvación de las que no lo son

a) MEDIOS DE SANTIFICACIÓN.- Nuestro Señor exige a aquellas criaturas suyas que se digna asociar a su apostolado, que se conserven en la virtud, y que progresen. Pruebas abundantes de esto tenemos en las epístolas de San Pablo a Tito y a Timoteo y en los apóstrofes del Apocalipsis a los Obispos de Asia.

Por otra parte, sabemos que Dios quiere las obras. Por consiguiente, es una injuria y una blasfemia contra la Sabiduría, la Bondad y la Providencia divinas, decir que las Obras, como tales, son un obstáculo para la santificación, y que, aunque emanadas de la voluntad divina, retardan forzosamente nuestra marcha hacia la perfección.

Porque podemos formular el siguiente dilema: O el apostolado en cualquiera de sus formas, practicado porque Dios lo quiere y CON LAS CONDICIONES DEBIDAS, constituye para el apóstol un medio de santificación.

O si no, al pedírsele cuentas al apóstol en el tribunal de Dios, tendrá el derecho de presentar su actividad y las fatigas y preocupaciones de su obra (mandada por Él) como excusas legitimas del abandono de su santificación.

Consecuencia de este raciocinio: Dios TIENE CONTRAÍDA CONSIGO MISMO LA OBLIGACIÓN de dar al apóstol escogido por Él las gracias necesarias para el cumplimiento de sus obligaciones, no sólo con la seguridad de su salvación, sino además, con la tranquilidad de poder adquirir las virtudes que se le exigen para llegar a ser un hombre santo.

Por consiguiente, al más modesto de los obreros evangélicos, al más humilde de los Hermanos dedicados a la enseñanza y a la Religiosa más olvidada de las que se consagran al cuidado de los enfermos, LES DEBE, en la medida necesaria, los auxilios que concedió a un Bernardo y a un Francisco Javier. Es preciso insistir en que esa es UNA VERDADERA DEUDA QUE EL CORAZÓN DIVINO tiene contraída con el instrumento escogido por Él.

Y todo apóstol, como cumpla las condiciones de tal, debe tener una confianza absoluta en el riguroso derecho que le asiste, a las gracias exigidas por unas Obras, a las cuales Dios ha hipotecado sus socorros celestiales.

Quien se consagra a las obras de caridad, dice Álvarez de Paz, piense, que no se le cierran las puertas de la contemplación, ni se le incapacita para dedicarse a ella; por el contrario, tenga por seguro, que son la mejor disposición para la misma. Esta verdad enseñada por la razón y la autoridad de los Santos Padres, está acreditada por la experiencia de todos los días, que nos muestra a algunas almas, dedicadas a las obras de caridad en favor del prójimo, como confesiones, predicación, catequesis, visita a enfermos, etc., y elevadas por Dios a tan alto grado de contemplación, que pueden ser comparadas muy bien con los antiguos anacoretas.

Con la frase "grado de contemplación", el eminente Jesuita, siguiendo a los Maestros de la vida espiritual, designa el don del espíritu de la oración, que caracteriza a la superabundancia de la caridad en un alma.

Los sacrificios que las obras exigen, hechos por la gloria de Dios y la santificación de las almas, sacan de ese doble fin tal fecundidad de méritos sobrenaturales, que el hombre entregado a la vida activa puede elevarse todos los días a un grado más alto de caridad y de unión con Dios, es decir, de santidad.

Hay casos en los cuales por existir peligro en la virtud de la fe o de la castidad, DIOS QUIERE que dejemos las obras. Pero fuera de ellos, facilita a sus obreros los medios de inmunización y de progreso en la virtud por medio de la vida interior.

Para aclarar el significado de ese progreso, nos serviremos de una frase paradójica de la siempre tan juiciosa y espiritual Santa Teresa de Jesús: "Desde que soy Priora -dice-, en mis ocupaciones y frecuentes viajes cometo más faltas que antes. Pero, como lucho con generosidad y llevo mi cargo por Dios, siento que cada día que pasa me uno más con Él". Su debilidad se manifiesta más a menudo que en la calma y el silencio del claustro. Ella lo observa, sin inquietud, porque la generosidad sobrenatural que pone en sus trabajos y sus esfuerzos, más rudos que antes, en las luchas del espíritu, le ofrecen la ocasión de obtener mayores victorias, las cuales la compensan con holgura de las sorpresas de fragilidad, que antes no le faltaban, sino que permanecían en estado latente.

Nuestra unión con Dios, dice San Juan de la Cruz, reside en la unión de nuestra voluntad con la suya, y se mide con ella.

Santa Teresa no tiene un concepto falso de la espiritualidad que consistiría en creer que únicamente en el claustro el alma puede progresar en su unión con Dios: al contrario, juzga que la actividad cuando es impuesta por Dios, y se ejerce en las condiciones que placen a la divina voluntad, viene a aumentar la unión de su alma con Nuestro Señor, el cual vive en ella y le da ánimo en sus trabajos, encaminándola hacia la santidad, y todo esto lo logra alimentando su espíritu de sacrificio, su humildad, su abnegación, su ardor y su entrega total por el reinado de Dios.

La santidad, en efecto, reside, ante todo en la caridad, y una obra de apostolado que merezca ese nombre no es otra cosa que un acto de caridad. Probatio amoris, dice San Gregorio, exhibitio est operis. El amor se muestra en las obras que exigen sacrificio, y Dios pide a sus obreros esta prueba de abnegación.

Apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas; esta es la forma de la caridad que Nuestro Señor exige al apóstol, como prueba de la sinceridad de sus protestas reiteradas de amor.

San Francisco de Asís creía que no podía ser amigo de Jesucristo sino ejercitando su caridad en favor de las almas. Non se amicum Christi reputabat, nisi animas faveret quas ille redemit (80).

Y si Nuestro Señor considera como hechas a Él hasta las obras corporales de misericordia, es porque en cada una de ellas descubre esa irradiación de la caridad (81) que anima al misionero o sostiene al anacoreta en el desierto entre sus privaciones, combates y plegarias.

La vida activa tiene su empleo en las obras de abnegación, y camina por la senda del sacrificio a zaga de Jesús, obrero y pastor, misionero, taumaturgo, curador y médico universal; proveedor tierno e infatigable de todos los necesitados de este mundo.

La vida activa debe recordar y vivir de esta frase del Maestro: Estoy entre vosotros como un servidor (82). El hijo del hombre ha venido para servir no para ser servido (83).

Recorre los caminos de la miseria humana, pronunciando la palabra iluminad ora, y sembrando en torno suyo las gracias que se tornan beneficios de todas clases. Merced a las clarividencias de su fe y a las instituciones de su amor, sabe descubrir en el más astroso de los que sufren al Dios desnudo y doliente, despreciado de todos; al gran leproso, al misterioso reo perseguido por la justicia divina y herido de sus golpes; al varón de dolores a quien Isaías vio vestido con el lujo horroroso de sus llagas y la trágica púrpura de su sangre, maltrecho y destrozado por los clavos e instrumentos de la flagelación, hasta retorcerse como un gusano que se aplasta.

Lo hemos visto y no lo hemos conocido, dice el Profeta (84).

¡Oh vida activa! Tú lo reconoces muy bien y, clavadas las rodillas en tierra, con lágrimas en los ojos, sabes servirlo en los pobres.

La vida activa perfecciona a la humanidad y, fecundando al mundo con sus generosidades, trabajos y sudores, puebla el cielo de sus méritos.

Vida santa que sabe recompensar muy bien aquel Dios que concede el paraíso como pago del vaso de agua dado a un pobre, con la misma largueza con que premia el infolio del doctor y los sudores del apóstol. Ante los cielos y la tierra, en su último día premiará con una eternidad feliz todas las obras de caridad (85).

b) PELIGRO PARA LA SALVACION.- Cuántas veces en los retiros privados que he tenido ocasión de dar, he podido comprobar que las obras, de medio de progreso espiritual que debieran ser para sus directores, se convertían en instrumentos de su ruina.

Un hombre de obras a quien al comenzar un retiro rogué que escrutara su conciencia para encontrar la causa del triste estado en que se hallaba, me dio esta respuesta exacta, aunque incomprensible a primera vista: "Mi entrega total a las obras me ha perdido". "Por mis disposiciones naturales, yo sentía un verdadero placer en trabajar y prestar servicios, y como el éxito me sonreía, Satanás supo arreglárselas para llenarme de ilusiones durante muchos años, con lo cual creció en mí el delirio de la acción, juntamente con la antipatía a todo trabaja interior, hasta caer en el precipicio".

Este estado anormal del alma, por no decir este estado monstruoso, se explica de esta manera. Aquel obrero de Dios, por dar satisfacción a su actividad natural, dejó que se desvaneciera su vida divina, que era la reserva de calorías que hacían fecundo su apostolado, y protegían su alma contra el frío glacial del espíritu natural. Había trabajado lejos del sol que vivifica. Magnae vires et cursus celerrimus, sed praeter viam (86). Por eso las obras, santas en sí mismas, se le convirtieron en espada de dos filos, que hieren al que no sabe su manejo.

Contra este peligro ponía en guardia San Bernardo al Papa Eugenio III, con estas palabras: Temo que en medio de tus innumerables ocupaciones, te desesperes de no poder llevar las a cabo y se te endurezca el alma. Obrarías con cordura ABANDONÁNDOLAS POR ALGÚN TIEMPO, para que no te dominen ni arrastren a donde no quieras llegar. Tal vez me preguntes: ¿A dónde? AL ENDURECIMIENTO DEL CORAZÓN.

Ya ves a dónde pueden arrastrarte esas OCUPACIONES MALDITAS, HAE OCCUPATIONES MALEDICTAE, si continúas entregándote a ellas del todo, como hasta ahora, sin reservarte nada para ti (87).

¿Hay empresa más augusta y santa que el gobierno de la Iglesia ni más útil para la gloria de Dios y el bien de las almas? Y, sin embargo, San Bernardo la califica de ocupación maldita, si sirve para ahogar la vida interior de quien se consagra a ella.

Esta expresión "ocupaciones malditas" vale un libro por lo que estremece y hace reflexionar. Sería como para rechazarla, si no hubiera salido de la pluma tan ajustada y precisa de un Doctor de la Iglesia, de un San Bernardo.

2. Del hombre de Obras, sin la Vida interior

Esta frase lo caracteriza: Si aún no llegó al estado de tibieza, llegará fatalmente. Ese estado de tibieza, no de sentimiento ni fragilidad, sino de voluntad, es un pacto hecho con la disipación y la negligencia habitualmente consentida o no combatida, y un pacto con el pecado venial deliberado, y, por consiguiente, es privar al alma de la seguridad de su salvación y disponerla al pecado mortal (88).

Tal es la doctrina de San Alfonso acerca de la tibieza, que con toda claridad ha desarrollado su discípulo el P. Desurmont (89).

¿Por qué el hombre de obras cuando carece de vida interior va a parar necesariamente a la tibieza? Decimos necesariamente y para probarlo nos serviremos de las palabras que un Obispo misionero dirigía a sus sacerdotes; palabras terribles que brotaban de un corazón devorado por el celo en favor de las obras y de un espíritu con tendencia al quietismo: "Es preciso -decía el cardenal Lavigerie-, adquirir esta firme persuasión. Para un apóstol no hay otra elección que ésta: O la santidad completa, al menos de deseo, trabajando para alcanzarla, o la perversión más absoluta".

Teniendo en cuenta los gérmenes de corrupción que la concupiscencia deposita constantemente en nuestra naturaleza, la guerra sin cuartel que nos hacen nuestros enemigos interiores y exteriores y los peligros que nos cercan por todas partes, representémonos la situación de un alma entregada al Apostolado, sin defensa contra los peligros que la acechan.

X... desea consagrarse a las Obras. Desde luego carece de experiencia. Su inclinación al apostolado nos permite imaginarlo lleno de ardor, de carácter vivo, ávido de trabajar y acaso de luchar también. Lo suponemos de conducta intachable, piadoso y hasta devoto, con una devoción más sentimental que sólida, que no refleja a un alma resuelta a buscar en todo exclusivamente la voluntad de Dios, sino más bien es signo de una rutina, resto de hábitos piadosos. 

La oración, si la hace, es una especie de divagación y la lectura espiritual un ejercicio de curiosidad, sin influencia real en su conducta. Acaso el mismo Satanás, haciéndole tomar por sentimiento de la vida interior lo que no es sino una ilusión de gusto artístico, provoca en él el paladeo de las lecturas que tratan de las vías extraordinarias de la unión con Dios, y el entusiasmo por ellas.

Total, que esa alma, aunque de muy buenas costumbres, muy buenas cualidades naturales y con un deseo leal, aunque un poco vago de conservarse fiel a Dios, cuenta con muy poca o ninguna vida interior.

Ya tenemos a nuestro apóstol, lleno de deseos de trabajar, dispuesto a entregarse con el mayor celo a ese ministerio nuevo para él. Pronto, en virtud de algunas circunstancias que originan nuevas ocupaciones (toda persona habituada a las obras puede comprendernos), surgen mil motivos de vivir fuera de sí, mil cebos de su curiosidad, mil ocasiones de pecado, contra las cuales se sintió protegido hasta entonces por la atmósfera tranquila de su hogar, o del seminario, noviciado o comunidad, o al menos por la tutela de un director experimentado.

Esa alma que no está preparada para resistir ninguna clase de asaltos, sentirá crecer su disipación, o despertarse en ella una curiosidad malsana de saberlo todo, mil impaciencias o susceptibilidades, la vanidad, la envidia, la presunción o el abatimiento, la parcialidad o el descrédito y la invasión de todas las flaquezas del corazón y de las formas más o menos sutiles de la sensualidad, que la forzarán a un combate sin tregua ni descanso. Por eso, no le faltarán heridas.

Pero ¿podrá resistir esa alma con su piedad superficial, entregada del todo al gusto excesivamente natural de gastar su actividad y sus talentos en provecho de una causa excelente? Satanás está al acecho, olfateando ya su presa.

Y en vez de dificultar esta satisfacción, la excita con todo su poder.

Llega por fin un día en que advierte el peligro. El Ángel de la Guarda habla al corazón y la conciencia da sus aldabonazos. Urge recobrar el propio dominio, y para ello acudir a la calma de un retiro y tomar la resolución firme de sujetarse a un reglamento, para cumplirlo en todas sus partes, aunque ello exija el abandono de alguna de sus queridas ocupaciones.

Desgraciadamente, es tarde porque el alma ha saboreado ya el placer del triunfo como premio de sus esfuerzos y se contenta con decir: Mañana, mañana...; hoy es imposible; necesito mi tiempo para continuar esta serie de sermones, escribir este artículo, organizar este sindicato o esta sociedad de caridad, preparar esta representación, hacer este viaje, poner al corriente la correspondencia, etcétera, etc. ¡Qué alivio experimenta al tranquilizarse con estos pretextos! Porque el solo pensamiento de enfrentarse con su conciencia, se le hace insoportable. Ha llegado el momento en que Satanás puede, con toda garantía de éxito, trabajar en su obra de perdición en ese corazón convertido en cómplice suyo. El terreno está preparado para ello. Las obras eran una pasión para esa próxima víctima suya; él convertirá la pasión en fiebre. Le parecía insoportable el olvido de aquel tumulto de asuntos para recogerse; el demonio le sugiere que eso es horroroso, perfilando en su alma nuevos proyectos que disfraza muy hábilmente con el santo fin de la gloria de Dios y el bien de las almas.

Y ese hombre, que poco tiempo antes estaba adornado de hábitos virtuosos, va ya de flaqueza en flaqueza, hasta poner el pie en una pendiente que es muy resbaladiza para poder evitar la caída. Y, hecho un desgraciado, persuadido de que toda esta agitación no es conforme al Corazón de Dios, se lanza más locamente que nunca en el torbellino, para ahogar sus remordimientos. Las faltas se acumulan fatalmente. Para esa alma, ya no es más que un escrúpulo despreciable lo que antes perturbaba su recta conciencia. No se recata en decir que es preciso saber ser de su tiempo y luchar contra los enemigos con iguales armas, y para ello preconiza las virtudes activas, despreciando lo que desdeñosamente califica de piedad de otra época. Y como las obras van prosperando y el público las elogia al ver nuevos éxitos, "Dios bendice nuestra obra", exclama el alma engañada, por cuyos pecados tal vez llorarán mañana los ángeles del cielo.

¿Causas de la caída de esa alma en ese estado tan lamentable? la INEXPERIENCIA, la PRESUNCION, la VANIDAD, la IMPREVISION y la COBARDIA. Se lanzó a la ventura a través de los peligros, sin preocuparse de los exiguos recursos espirituales con que contaba, y al agotarse estas reservas de vida interior, se vio en la situación de un nadador que, sin fuerzas para luchar contra la corriente, se deja arrastrar al abismo.

Detengámonos un momento a mirar el camino recorrido y la profundidad del precipicio. Procedamos con orden, contando las etapas.

Primera etapa. El alma ha ido perdiendo, en el supuesto de que las tuvo, la caridad y la fuerza de sus convicciones acerca de la vida y el mundo sobrenaturales, y de la economía del plan y acción de Nuestro Señor en cuanto a las relaciones de la vida interior y las obras del obrero evangélico. Las obras se le presentan como un espejismo alucinante, y la vanidad es el pedestal sutil en que descansa su buena intención: "Qué quieren ustedes, Dios me ha otorgado el don de la palabra, y yo se lo agradezco", decía a sus aduladores un predicador hinchado de vana complacencia, de espíritu nada interior. El alma se busca a sí misma más que a Dios. Su reputación, su gloria y sus intereses personales ocupan el primer plano. La frase Si hominibus placerem, servus Christi non essem (90), se le antoja completamente vacía.

Aparte la ignorancia de los principios, la AUSENCIA DE BASE SOBRENATURAL que caracteriza a esta etapa, es causada y fomentada por la disipación, el olvido de la presencia de Dios, el abandono de las jaculatorias y de la guarda del corazón, y la falta de delicadeza de conciencia y de reglamentación de vida. La tibieza está a un paso, si no la tiene ya.

Segunda etapa. El hombre sobrenatural, esclavo de su deber y avaro de su tiempo, lo tiene reglamentado, porque sabe que, de no hacerlo así, todo será naturalismo, capricho y vida cómoda de la mañana a la noche.

El hombre de obras, carente de base sobrenatural, no tarda en comprobar lo que acabamos de decir. Por falta de espíritu de fe en el empleo del tiempo, abandona la lectura espiritual; y aunque lea, no estudia. Que los Padres de la Iglesia se preparasen durante la semana para la homilía dominical, pase; pero él prefiere improvisar y estima que sale airoso del paso, a menos que por vanidad no se prepare... Prefiere las revistas a los libros; carece de constancia, limitándose a mariposear. Y es que la ley del trabajo es una gran ley de preservación, de moralización y de penitencia, él la esquiva, malgastando el tiempo y buscando distracciones. Todo lo que sea privarle de su libertad de movimientos, lo encuentra molesto y de pura teoría. No le basta el tiempo de que dispone para todas sus obras y deberes sociales, y para el cuidado de su salud y sus distracciones. Ciertamente, le sugiere Satanás, "tu tiempo está muy recargado de ejercicios de piedad. Meditación, rezo del oficio, misa, actos del ministerio... hay que hacer labor de poda". E invariablemente comienza por acortar la Meditación, o hacerla sin regularidad, hasta que poco a poco, acaso, acaba por suprimirla. Y esto se explica porque, como se acuesta muy tarde, y tiene sus motivos para ello, no puede madrugar ni, levantarse a una hora fija, condición indispensable para hacer la meditación.

Pero si la persona que se dedica a la vida activa abandona la meditación, es como si se pasase con armas y bagajes al enemigo.

Se atribuye a Santa Teresa esta afirmación; "Dadme una persona que haga un cuarto de hora de oración y yo respondo de su salvación". Nosotros no podemos responder de la autenticidad de estas palabras, pero la experiencia que tenemos de las almas sacerdotales y religiosas consagradas a las obras, nos permite creer que todo obrero evangélico que no haga por lo menos media hora diaria de oración seria y metódica, con la leal resolución fundada en su desconfianza y en la confianza en la oración, de practicar algunos actos que le cuesten para desarraigar un defecto o adquirir una virtud, cae irremisiblemente en el estado de tibieza.

No se trata de imperfecciones, sino de una multitud de pecados veniales. Y como desgraciadamente el alma con su conducta se ha incapacitado para vigilar su corazón, la mayor parte de estas faltas resbalan por la conciencia; el alma se encuentra en una situación en que no las ve ya. ¿Cómo podrá combatir aquello que no discierne que es un defecto? Esa enfermedad espiritual que se llama languidez está muy avanzada en esa alma, y es la consecuencia de esta segunda etapa que sé caracteriza por abandono de la ORACIÓN y de todo REGLAMENTO.

Todo está en sazón para la Tercera etapa, cuyo síntoma es la negligencia en el rezo del BREVIARIO.

La oración de la Iglesia, que debía dar al soldado de Cristo fuerza y alegría para ponerse en pie de tiempo en tiempo y, apoyado en Dios, remontarse sobre el mundo visible, se le hace una carga casi insoportable que hay que llevar.

La vida litúrgica, manantial de luz, alegría, fuerza, méritos y gracias para él y sus fieles, no es sino el motivo para cumplir un deber desagradable, que se despacha sin ganas, con todo lo cual va resintiéndose la virtud de la religión, porque la fiebre de las obras ha contribuido a secarla, y el alma sólo aprecia el culto de Dios cuando va revestido de brillantes manifestaciones exteriores. Aquel sacrificio hecho a solas y sin ostentación, pero que nacía de lo más íntimo del corazón, sacrificio de alabanzas, de súplicas, de acción de gracias y de reparación, nada le dice. Antes, al rezar sus oraciones vocales sentía cierto legitimo orgullo al pronunciar la oración In conspectu angelorum psallam tibi (91), como si se pusiera al nivel de los coros monacales; pero el santuario de esa alma, perfumado anteriormente por la vida litúrgica, se ha convertido en una plaza pública donde reinan el ruido y el desorden. El cuidado excesivo de las obras y su disipación habitual se encargan de aumentar las distracciones, que por otra parte, cada vez se las combate menos. Non in commotione Dominus (92).

Desapareció la verdadera oración, porque la precipitación, las interrupciones injustificadas, la negligencia, somnolencia, retrasos, el dejarla para última hora con peligro de ser vencido por el sueño... y acaso las omisiones más o menos espaciadas, cambian la medicina en veneno, y el sacrificio de alabanza en letanía de pecados, que acaso lleguen a ser algo más que veniales.

Cuarta etapa. Todo se encadena. El abismo llama al abismo. ¡LOS SACRAMENTOS! se los recibe o administra, desde luego, con el respeto que merecen, pero sin sentir palpitar la vida que contienen. La presencia de Jesús en el Tabernáculo o en el Tribunal de la penitencia ya no hace vibrar hasta el fondo del alma los resortes de la fe. LA MISMA MISA, el sacrificio del Calvario es un jardín cerrado. Queremos creer que el alma no ha bordeado aún el sacrilegio, pero ya no siente como antes el calor de la divina Sangre. Las consagraciones que hace son frías y sus comuniones tibias, entre distracciones superficiales. La familiaridad, la falta de respeto, la rutina y acaso el fastidio están ya acechándole.

El apóstol, así deformado, vive fuera de Jesucristo y ha dejado de ser favorecido con las palabras íntimas que Jesús reserva para sus verdaderos amigos.

No obstante, el celestial Amigo le envía de cuando en cuando un remordimiento, una luz o una llamada. Espera, llama y pide permiso para entrar: Ven a mis brazos, pobre alma herida, ven que yo te curaré. Venite ad me omnes... et ego reficiam vos (93), porque yo soy tu salvación. Salus tua ego sum (94). YO he venido a salvar lo que había perecido. Venit filius hominis quaerere et salvum lacere quod perierat (95). Esta voz tan dulce, tan tierna, discreta e insinuante, produce algunos momentos de emoción y algunas veleidades de portarse mejor, pero como la puerta del corazón apenas está entreabierta, no puede entrar Jesús, y esos buenos impulsos del alma desaparecen. La gracia ha pasado inútilmente y va a convertirse en un acusador del alma. Acaso Jesús, movido a misericordia, para no acumular motivos de cólera santa, va a dejar de llamar a aquella alma: Time Jesum transeuntem et nom revertentem (96).

Avancemos ahora penetrando hasta el fondo de esa alma, cuya fisonomía estamos bosquejando.

Los pensamientos influyen en la vida sobrenatural tanto como en la vida moral y en la intelectual. ¿Qué pensamientos predominan en esa alma? Los humanos; los terrestres; los vanos, superficiales y egoístas.

Todos ellos van a parar al Yo o a las criaturas, a menudo disfrazados de abnegación y sacrificio.

Con el desorden de la inteligencia, corre parejas el de la imaginación, que es la que debe ser más tenida a raya. Sin embargo, se le deja sin freno alguno, y campa por sus respetos, lanzándose a todos los descarríos y, a todas las locuras, y como poco a poco se abandona el recogimiento de la vista, la loca de la casa encuentra pasto en que cebarse por todas partes.

Avanza el desorden. De la inteligencia y la imaginación, baja a las afecciones. El corazón no se alimenta ya más que de quimeras. ¿Qué va a ser de ese corazón que apenas se preocupa de que Dios reine en él; insensible a las intimidades con Jesús, a la poesía sublime de los ministerios, a las bellezas severas de la liturgia, a los aldabonazos y a los atractivos del Dios de la Eucaristía; en una palabra, a las influencias del mundo sobrenatural? ¿Se concentrará en sí mismo?

Sería un suicidio. Como necesita afectos y no encuentra placer en Dios, amará a las criaturas y quedará a merced de la primera ocasión que se le presente. Se lanza hacia ellas con toda imprudencia y enloquecimiento, sin pensar en los votos que le ligan, ni en los intereses sagrados de la Iglesia, ni siquiera en su reputación. La perspectiva de una apostasía, desde luego, le da escalofríos; pero el escándalo de las almas le espanta bastante menos.

Son excepciones, gracias a Dios, los que llegan hasta el fin en la pendiente del mal, pero ¿cómo no ver que no sintiendo gusto en Dios y saboreando el placer prohibido, el corazón es arrastrado a las mayores desgracias? Del Animalis homo non intelligit (97), se va a parar forzosamente al Qui nutriebatur in croceis amplexatus est stercora (98). La ilusión cada vez más obstinada, la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón aumentan. Puede ya temerse cualquier cosa.

Para colmo de males, la voluntad ha quedado reducida a un estado de debilidad y apocamiento que casi equivalen a la impotencia.

No le pidáis que reaccione con energía contra el estado en que se encuentra, sería inútil. Es incapaz del menor esfuerzo y sólo sabe dar esta respuesta desesperante: "No puedo". Y, naturalmente no poder es avanzar camino de la catástrofe. Un impío famoso se ha atrevido a decir que no podía creer que sean fieles a sus votos y obligaciones las almas que a causa de las obras se ven forzadas a mezclarse con el mundo. "Como andan -añadía- sobre una cuerda tirante, sus caídas son inevitables".

A estas palabras que son una injuria a Dios y a la Iglesia, es preciso contestar sin titubeos que pueden evitarse estas caídas CON TODA SEGURIDAD cuando se maneja con pericia el precioso contrapeso de la vida interior; y que los vértigos y traspiés han de atribuirse al abandono de ese INFALIBLE medio de seguridad.

El admirable Jesuita P. Lallemant apunta a la causa inicial de estas catástrofes, cuando dice "Hay hombres apostólicos que nada hacen por Dios con absoluta pureza de intención. En todo se buscan a sí mismos y mezclan solapadamente sus propios intereses con la gloria de Dios, aun en sus mejores empresas. Así transcurre su vida en esta mezcla de naturaleza y gracia. Sólo en el momento de la muerte se les abren los ojos; entonces ven su vida de ilusión y tiemblan al pensamiento del inmediato y espantoso tribunal de Dios" (99).

Muy lejos está de nuestro pensamiento catalogar entre estos apóstoles que se predican a sí mismos, a aquel célebre misionero caracterizado por su celo y fuerza que se llamó el P. Combalot. Pero ¿será inoportuno citar las palabras que profirió en su lecho de muerte? "Tenga mucha confianza en Dios, amigo querido, le dijo el sacerdote que le administró los últimos sacramentos. Usted ha observado con toda integridad las obligaciones de su vida sacerdotal, y los millares de sermones que ha predicado durante su vida serán la mejor excusa para la insuficiencia de esa vida interior de que me habla.-Mis sermones: con qué nueva luz los veo ahora. Mis sermones. ¡Ah! Si Nuestro Señor no empieza a hablarme de ellos, no seré yo quien tome la palabra". Al resplandor de la eternidad, aquel venerable sacerdote veía sus obras de celo salpicadas de imperfecciones, que alarmaban su conciencia y que atribuía a la falta de vida interior.

El Cardenal del Perrón a la hora de la muerte, hizo una publica manifestación de arrepentimiento por haber empleado más tiempo y energías en cultivar su entendimiento por medio de la ciencia, que en perfeccionar su voluntad con los ejercicios de la vida interior (100).

¡Oh!, Jesús, Apóstol por antonomasia: ¿quién se prodigó como tú, cuando vivías entre nosotros? Hoy; mismo te das con más abundancia todavía en su vida eucarística, sin dejar jamás el seno de tu Padre.

Haz que tengamos siempre presente que tú no querrás saber nada de nuestros trabajos, si no están animados por un principio verdaderamente sobrenatural y hunden sus raíces en tu adorable Corazón.

3. La Vida interior, base de la santidad del obrero apostólico

Como la santidad es la vida interior elevada hasta la más perfecta unión de la propia voluntad con la voluntad divina, de ordinario, y salvo un milagro de la gracia, el alma no llega a esa altura, sino después de haber recorrido con múltiples y penosos esfuerzos todas las etapas de la vida purgativa e iluminativa. Hay que advertir que es ley de la vida espiritual, que en el camino de la santificación de un alma, la acción de Dios y la suya siguen una marcha opuesta; a medida que el tiempo pasa, crece el papel de Dios en las operaciones de aquella alma en la proporción en que disminuye el del alma misma.

Dios obra de distinta manera en los perfectos y en los principiantes. Menos visible en éstos, les impulsa ofreciéndoles de este modo un medio eficaz de obtener la gracia para aumentar sus esfuerzos.

En los perfectos obra Dios de un modo más completo y a veces no les exige sino un simple consentimiento, con el cual el alma se une a la acción soberana de Dios. Cuando el Señor quiere atraer hacia si a un principiante y hasta a un tibio o pecador, comienza por impulsarles a que le busquen; a continuación, a sentir un deseo creciente de agradarle, y, por último, a gozar de todas las ocasiones que se les presentan, de destronar el amor propio, reemplazándolo con el reinado exclusivo de Jesús. En estos casos, la acción divina se reduce a incitaciones y socorros.

En los santos, esta acción es más poderosa y completa. Al santo, en medio de sus fatigas y sufrimientos, y aunque se encuentre lleno de humillaciones o abatido por la enfermedad, le basta abandonarse a la acción divina para sostenerse. Sin ese abandono seria incapaz de soportar las agonías que, según los designios de Dios, han de acabar de madurarlo. En él tiene plena realización este texto: Deus subjicit sibi omnia, ut sit Deus omnia in omnibus (101). De tal modo vive de Jesús, que parece no vivir ya de sí mismo. Es la confesión que hacía San Pablo: Vivo autem jam non ego; vivit vero in me Christus (102).

El espíritu de Jesús es el único que piensa, decide y obra en esa alma, y aunque su divinización está lejos de alcanzar la intensidad que le espera en el cielo, su estado refleja ya los caracteres de la unión beatifica.

Huelga advertir que esto no se realiza en el que comienza o en el tibio; ni siquiera en el fervoroso.

Ciertos medios de que Dios se vale, cuadran a estos tres estados: no obstante, el principiante sufre mucho y avanza poco. Su tarea, como les ocurre a los aprendices, no es muy lucida. El fervoroso, en cambio, como el artesano experto, ejecuta las obras pronto y bien, y con menores dificultades saca más provecho.

Pero las intenciones de la Providencia con relación a los apóstoles, siempre son invariables, cualquiera que sea su categoría. Dios quiere que las obras sean un medio de santificación, siempre y para todos. La diferencia estriba en que el apostolado no es un peligro para el alma que llegó a la santidad, y lejos de agotar sus fuerzas, le ofrece muchas ocasiones de perfeccionarse y adquirir méritos; en cambio ya hemos visto con qué facilidad produce la anemia espiritual y, como consecuencia, el retroceso en el camino de la perfección de aquellas personas muy flojamente unidas a Dios, en las cuales están poco desarrollados el gusto de la oración, el espíritu de sacrificio y la guarda del corazón.

Dios jamás niega estas disposiciones a quien se las pide con instancia, y le da pruebas reiteradas de fidelidad. Y se las infunde sin tasa al alma generosa que, renunciándose a todas horas, logró transformar paulatinamente sus facultades, haciéndolas dúctiles a las inspiraciones de las alturas y capaces de aceptar con alegría las contradicciones y fracasos, las pérdidas y los desengaños.

Veamos ahora en seis rasgos principales, cómo esa vida interior, infiltrándose en un alma, la establece en la verdadera virtud.

a) LA VIDA INTERIOR ABROQUELA EL ALMA CONTRA LOS PELIGROS DEL MINISTERIO EXTERIOR

Difficilius est bene conversari cum cura animarum propter exteriora pericula (103). Hemos hablado de este peligro en el capítulo anterior.

Mientras que el obrero evangélico que no tiene vida interior ignora los peligros que las obras llevan consigo, parecido al viajero inerme que atraviesa un bosque lleno de bandidos, el verdadero apóstol lo teme, y todos los días se arma de precauciones para evitarlos, por medio de un escrupuloso examen de conciencia que le descubre su flaco.

Aunque la vida interior no tuviese otra ventaja que la de hacerse cargo de los peligros, contribuiría a librarnos de las sorpresas del camino, porque peligro previsto es peligro medio evitado; pero su utilidad es bastante mayor. Es la armadura del hombre de obras. Induite armaturam Dei, ut possitis stare adversus insidias diaboli (104), con la cual el hombre no sólo resiste a las tentaciones, y evita las asechanzas del demonio: Ut possitis resistere in die malo, sino que santifica todos sus actos: Et in omnibus perfecti stare.

Le ciñe de la pureza de intención, con la cual concentra en Dios sus pensamientos, deseos y afecciones, y le impide extraviarse tras las comodidades, placeres y distracciones: Succinti lumbos vestros in veritate.

Le reviste de la coraza de la caridad, que le da un corazón viril y le defiende de las seducciones de las criaturas, del espíritu del siglo, y de los asaltos del demonio: Induite loricam justitiae.

Le calza con la discreción y la modestia, para que en todos sus pasos sepa armonizar la sencillez de la paloma y la prudencia de la serpiente: Calceati pedes in praeparatione Evangelii.

Si Satanás y el mundo intentan inducirle a error con sofismas y falsas doctrinas, o enervar sus energías en el cebo de máximas de relajación, la vida interior les opone el escudo de la fe, que hace brillar a los ojos del alma el esplendor del divino ideal: In omnibus sumentes scutum fidei in quo positis omnia tela nequissimi ignea extinguere.

El conocimiento de su nada, la solicitud por su salvación, la convicción de la propia y absoluta inutilidad sin el socorro de la gracia, y como consecuencia la oración instante y frecuente, tanto más eficaz cuanto más confiada, son para el alma un casco o yelmo de bronce, contra el cual se estrellan los golpes de la soberbia: Galeam salutis assumite.

Así, armado de pies a cabeza, el apóstol puede lanzarse a las obras sin temor, y su celo, inflamado en la meditación del Evangelio y robustecido con el Pan eucarístico, es la espada, con la cual lucha contra los enemigos de su alma y conquista una multitud de almas para Cristo: Gladium spiritus quod est verbum Dei.

b) LA VIDA INTERIOR REPARA LAS FUERZAS DEL APÓSTOL

Hemos dicho que únicamente el hombre santo, en medio del trajín de sus negocios, y a pesar del roce constante que tiene con el mundo, puede preservar su espíritu interior y dirigir siempre sus pensamientos e intenciones a Dios. Todo desgaste de actividad exterior está en él tan sobrenaturalizado e inflamado de amor, que, lejos de aminorar sus fuerzas, le produce un aumento de gracia. En las demás personas, aunque fervorosas, cuando se han entregado por algún tiempo a las obras, la vida sobrenatural se resiente. Su corazón, preocupado con exceso de hacer bien al prójimo o absorbido por una compasión no del todo sobrenatural hacia las miserias que demandan alivio, lanza a Dios llamaradas no muy puras, porque las oscurece el humo de numerosas imperfecciones. Dios no castiga estas flaquezas con una disminución de su gracia ni es riguroso con estos desfallecimientos, si ve serios esfuerzos de vigilancia y oración durante las obras, y que el alma, al terminar el trabajo, corre a Él para descansar y reponer sus fuerzas. Ese perpetuo volver a empezar, ocasionado por las interferencias de la vida activa y de la vida interior, alegra su corazón paternal.

Por otra parte, estas imperfecciones de los que luchan van siendo menos profundas y frecuentes, a medida que el alma sabe recurrir sin desmayos a Jesús, siempre dispuesto a decirle: Ven a mí, pobre ciervo jadeante, sediento por la fatiga del camino. Ven a encontrar en la fuente de aguas vivas el secreto de una agilidad desconocida para las carreras que te esperan. Retírate un instante del tráfago de las gentes que no pueden ofrecerte el alimento que tus fuerzas agotadas necesitan: Venite seorsum et requiescite pusillum (105).

En la calma y en la paz de que gozarás junto a mi has de encontrar el vigor perdido, y aprenderás también a hacer más, cansándote menos. Elías, agotado y sin esperanzas, sintió, al comer un pan misterioso, volverle las perdidas energías. Así, apóstol mío, para que puedas cumplir esa envidiable tarea de corredentor que me plugo imponerte, te ofrezco mi palabra, que es vida, y mi gracia, que es mi sangre, para orientar nuevamente tu espíritu en la dirección de los horizontes celestiales, y renovar un pacto de intimidad entre nuestros corazones. Ven; yo te consolaré de las tristezas y desengaños del viaje, y en el fuego de mi amor volverás a templar el acero de tus resoluciones: Venite ad me omnes qui laboratis et onerati estis et ego reficiam vos (106).

c) LA VIDA INTERIOR DECUPLICA LAS ENERGÍAS Y MÉRITOS DEL ALMA

Tu ergo, fili mi, confortare in gratia (107). La gracia es una participación de la vida del Hombre-Dios. Aunque las criaturas poseen una cierta cantidad de fuerza y en cierto sentido puede decirse de ellas que son una fuerza, Jesús es la Fuerza por esencia. En Él reside plenamente la Fuerza del Padre, y la Omnipotencia de la acción divina; y su Espíritu se llama Espíritu de Fortaleza.

¡Oh Jesús!, exclama San Gregorio Nacianceno; en Vos está toda mi fortaleza.

Sin Cristo, dice a su vez San .Jerónimo, yo no soy sino impotencia.

El Doctor Seráfico, en el Cuarto Libro de su Compendium theologiae, enumera los cinco principales caracteres que reviste en nosotros la fortaleza de Jesús.

El primero es una decisión para emprender las cosas difíciles, afrontando los obstáculos con resolución Viriliter agite et confortetur cor vestrum (108).

El segundo es el menosprecio de las cosas de la tierra: Omnia detrimentum feci et arbitror ut stercora (109).

El tercero es la paciencia en las tribulaciones: Fortis ut mors dilectio (110).

El cuarto, la resistencia a las tentaciones: Tamquam leo rugiens circuit... cui resistite fortes, in fide (111).

El quinto, el martirio interior, o sea, el testimonio, no de la sangre, sino de la vida, que dice a Jesús: Yo quiero ser todo para Vos, y consiste en combatir las concupiscencias, domar los vicios y trabajar con energía en la adquisición de las virtudes: Bonum certamen certavi (112).

A diferencia del hombre exterior, habituado a contar con sus fuerzas, el hombre Interior sólo ve en ellas auxiliares útiles, pero insuficientes. El sentimiento de su debilidad y su fe en la Omnipotencia divina, le dan, como a San Pablo, la medida exacta de su fuerza. Al ver los obstáculos que se levantan a su paso, dice con humilde altivez: Cum enim infirmor, tunc potens sum (113).

Sin vida interior, dice Pío X, faltan las fuerzas para soportar de continuo las molestias del apostolado, la frialdad y falta de cooperación de los mismos hombres de bien, las calumnias de los adversarios y a veces las envidias de los mismos amigos y compañeros de armas... Sólo una virtud paciente, apoyada con firmeza en el bien, suave y delicada al mismo tiempo, es capaz de vencer o aminorar esas dificultades (114).

La vida de oración, semejante a la savia que desde el tronco de la vid corre hasta los sarmientos. hace que la vida divina descienda al apóstol para robustecer su inteligencia, dando consistencia a su fe. Así hace progresos, porque esta virtud va iluminando su camino con los más vivos resplandores, y avanza con resolución merced al conocimiento que tiene de la ruta que debe seguir, y de la forma de alcanzar su propósito.

Esta iluminación suele ir acompañada de una energía sobrenatural de voluntad, tan grande, que hasta los caracteres más débiles y de mayor versatilidad se convierten en ejecutores de los actos más heroicos.

De esta manera, el Manete in Me (115), o sea la unión con el Inmutable, con el que es el León de Judá y el Pan de los fuertes, explica la maravilla de aquella constancia invencible y de aquella fortaleza sin igual que, en el apóstol admirable que fue San Francisco de Sales, se unían a la dulzura más exquisita y a la humildad más perfecta. El espíritu y la voluntad se robustecen con la vida interior, porque se robustece el amor, ya que Jesús lo purifica, dirige y aumenta progresivamente, haciéndole participar de los sentimientos de compasión, desinterés
y sacrificio de su adorable Corazón. Cuando ese amor llega hasta la pasión, aumenta hasta el máximum las fuerzas naturales y sobrenaturales del hombre, util1zándolas para su provecho.

Fácilmente se comprenderá el crecimiento de los méritos en proporción con las energías que da la vida de oración, si se tiene en cuenta que el mérito consiste no tanto en practicar actos difíciles, como en la intensidad de la caridad con que se practican.

d) LA VIDA INTERIOR PRODUCE ALEGRÍA Y CONSUELO

Sólo un amor ardiente e inquebrantable llena de luz una existencia, porque el amor posee el secreto de dilatar el corazón aun en medio de los grandes dolores y de las fatigas más abrumadoras.

La vida del hombre apostólico es una trama en que se cruzan los sufrimientos y los trabajos. Si no está convencido de que Jesús le ama, qué tristes, qué inquietas y sombrías son sus horas, aun en el de carácter más alegre, a no ser que el astuto e infernal cazador haga brillar a sus ojos el espejuelo de los consuelos humanos y de los éxitos aparentes, para cazar la cándida alondra en sus redes enmarañadas. Únicamente el Hombre-Dios llena el alma de la satisfacción inmensa que la impulsa a lanzar este grito sobrehumano: Superabundo gaudio in omni tribulatione nostra (116). En medio de mis pruebas más íntimas y duras, dice el apóstol lo más elevado de mi ser, como Jesús en el huerto de Getsemaní, goza de una dicha que, aunque no trasciende a los sentidos, es tan viva, que, a pesar de las agonías de la parte inferior, no la cambiaría por todas las alegrías humanas.

Y el alma acepta las cruces de las pruebas, contradicciones, humillaciones, sufrimientos, pérdidas de bienes y hasta la muerte de los seres queridos, de muy distinta manera que al principio de su conversión.

Va creciendo en la caridad de día en día. Aunque su amor no tenga fulguraciones y el Maestro la lleve, como a las almas fuertes, por el camino del anonadamiento o por los senderos más arduos, de la expiación por sus culpas o las del mundo, poco importa. Con los favores del recogimiento y el alimento de la Eucaristía, su amor va creciendo sin cesar, manifestándose en la generosidad con que el alma se sacrifica y abandona; y en la entrega total de si misma que la impulsa a ir, sin preocuparse de sus penas, a buscar almas para ejercer con ellas su apostolado, con tal paciencia, prudencia, tacto y discreción, que sólo puede explicarse porque vive ya la vida de Jesús: Vivit vero in Christus.

El sacramento del amor debe ser el sacramento de la alegría. No puede haber alma interior que no sea eucarística y que no saboree íntimamente el don de Dios, gozando de su presencia y paladeando la dulzura del ser amado que posee y adora.

La vida del hombre apostólico es vida de oración. "La vida de oración, dice el Santo Cura de Ars, es la dicha mayor de este mundo. ¡Oh vida maravillosa, Unión encantadora del alma con nuestro Señor! La eternidad será demasiado corta para comprender esta felicidad... La vida interior es un baño de amor en que el alma penetra... sintiéndose como ahogada en el amor... Dios la toma entre sus manos como una madre sostiene la cabeza de su hijo para cubrirle de besos y caricias".

El hombre apostólico conoce también otra clase de dichas. Porque es un alimento de alegría contribuir a que el objeto de su amor sea servido y colmado de honores.

Las obras que practica, al aumentar su amor, hacen crecer al mismo tiempo sus alegrías y sus consuelos. "Venator animarum", tiene la satisfacción de contribuir a la salvación de muchos semejantes que hubieran sido condenados, y, como consecuencia, la alegría de consolar a Dios, dándole corazones de que hubiera estado separado eternamente, y el gozo inefable de saber que con ello recibe la seguridad de progresar en el bien y las más sólidas garantías de la gloria eterna.

e) LA VIDA INTERIOR AFINA LA PUREZA DE INTENCIÓN DEL ALMA

El hombre de fe juzga las obras de manera opuesta al que vive exteriormente. No mira a su aspecto aparente, sino al papel que desempeñan en el Plan divino y a sus resultados sobrenaturales. Por esa razón se consideran como un simple instrumento de Dios, y le horroriza toda complacencia en sus aptitudes personales, apoyándose en su impotencia y en la confianza en Dios para el triunfo de sus empresas.

De esta forma se afianza en el estado de abandono. En medio de sus dificultades, ¡qué distinta actitud la suya a la del hombre apostólico que no conoce la intimidad de Jesús!

Pero ese abandono suyo, en nada disminuye el ardor que pone en sus empresas, porque obra como si el resultado dependiera únicamente de su actividad y, al mismo tiempo, sólo lo espera de Dios (117). Ninguna contrariedad le produce la subordinación de todos sus proyectos y esperanzas a los designios incomprensibles de ese Dios que se sirve muchas veces de los reveses más que de los triunfos para el bien de las almas.

Así el alma se encuentra en una santa indiferencia para los fracasos y los éxitos, dispuesta siempre a decir a Dios: Dios mío, Vos no queréis que termine la obra comenzada. Si os place que yo me limite a obrar con generosidad, aunque siempre en paz, y a esforzarme en realizar mi obra, dejándoos a Vos el cuidado de decidir si recibiréis mayor gloria con esa empresa que con el acto de virtud que su fracaso me obligaría a practicar..., que vuestra santa y adorable Voluntad se cumpla una y mil veces, y que ayudado de vuestra gracia pueda yo arrojar lejos de mi toda vana complacencia si os place bendecir mis obras, o que sepa humillarme y adoraros si vuestra Providencia juzga oportuno anular el fruto de mis fatigas.

Ciertamente que el corazón del apóstol tiene que sangrar a la vista de las tribulaciones que sufre la Iglesia; pero no hay semejanza alguna entre sus sufrimientos y los del hombre que carece de espíritu sobrenatural. La prueba está en la actitud y actividad de éste cuando se presentan las dificultades, y en sus impaciencias, abatimiento y desesperación, y, a veces anonadamiento ante las ruinas irreparables. El verdadero apóstol utiliza los triunfos y reveses para aumentar sus esperanzas y ensanchar su alma en el abandono y la confianza de la Providencia. La más mínima porción de su apostolado suscita en él un acto de fe. En todos los momentos de su trabajo, siempre perseverante, encuentra motivo de practicar un acto de caridad, porque el ejercicio de la guarda del corazón le ha capacitado para hacerlo todo con una pureza de intención cada día más perfecta y con un abandono que convierte su ministerio en más impersonal.

Así, a medida que el tiempo pasa, todas sus acciones van impregnándose más de los caracteres de la santidad, y su amor por las almas, tal vez salpicado de muchas imperfecciones, en un principio, va depurándose, acabando por ver en las almas únicamente a Jesús por no amarlas sino en Jesús, para engendrarlas por Jesús para Dios. Filioli met quos iterum parturio, donec formetur Christus in vobis (118).

f) LA VIDA INTERIOR ES UN ESCUDO CONTRA EL ABATIMIENTO

Esta frase de Bossuet: Cuando Dios quiere que una obra sea producto exclusivo de su mano, empieza por reducir todo a la impotencia o a la nada, y obra después, es incomprensible para el apóstol que ignora lo que debe ser el alma de su apostolado.

Lo que más hiere a Dios es la soberbia. Pero cuando buscamos el éxito, podemos fácilmente, por carecer de pureza de intención, llegar a erigir nos en una especie de divinidad, considerándonos como el principio y el fin de nuestros actos.

Dios siente horror por la idolatría. Cuando ve que la actividad de su apóstol carece de esa impersonalidad que su gloria exige a sus criaturas, a veces deja el campo libre a las causas segundas, y el edificio no tarda en venirse abajo.

Imaginemos a un obrero activo, abnegado e inteligente que ha puesto manos a la obra con todo el ardor de su naturaleza; que ha conocido el triunfo en toda su brillantez, complaciéndose en él. ¿Por qué no, si es su obra? Podría hacer suya la célebre frase de César: Veni, vidi, vici. Pero esperemos un poco. Un acontecimiento permitido por Dios, o la acción directa de Satanás o del mundo vienen a herir su obra o su misma persona, ¡y se sigue la ruina total! Pero más lamentable que esto es el estrago de su espíritu, fruto de la tristeza y anonadamiento de ese desgraciado, que ayer era un valiente. Su abatimiento es tanto más profundo, cuanto más exuberante fue su júbilo.

Sólo Nuestro Señor podría restaurar esas ruinas. "Levántate, le dice a ese apóstol sin alientos, y en vez de obrar por tu cuenta, emprende de nuevo tu trabajo conmigo, por Mí y en Mí".

Pero el desgraciado no puede escuchar esta voz. Se encuentra tan anulado interiormente, tan exteriorizado, que para percibirla sería menester un milagro de la gracia, con el cual no tiene derecho a contar por sus muchas infidelidades. A ese hombre infortunado, en medio de su desolación no le queda sino una vaga convicción de la Omnipotencia de Dios y de su Providencia paternal; pero eso no basta para disipar las olas de tristeza que van asaltándole continuamente.

¡Qué distinto espectáculo ofrece el verdadero sacerdote que tiene como ideal reproducir a Nuestro Señor! ¡Sus dos grandes palancas para actuar sobre los corazones de Dios y de los hombres, son la oración y la santidad de su vida! Trabajó mucho, acaso hasta el agotamiento; pero el espejismo del éxito le pareció una perspectiva indigna de un verdadero apóstol; si en cambio las borrascas azotan su obra, reflexiona que las causas segundas tienen muy poca importancia. En medio del montón de ruinas, por haber trabajado con Nuestro Señor, siente resonar en el fondo de su corazón el mismo Noli timere que durante la tempestad dio a los discípulos pusilánimes, la paz y la seguridad.

Y el resultado de esa prueba es un impulso mayor hacia la Eucaristía y una devoción más íntima a Nuestra Señora de los Dolores.

Así su alma no queda aplastada por el fracaso; al contrario, sale rejuvenecida de su aplastamiento: Sicut aquilae juventus renovabitur (119).

¿Dónde encontrar el secreto de ese humilde triunfo en medio de la derrota? Buscadlo en su unión con Jesús y en la inquebrantable confianza que tiene en su omnipotencia, las cuales pusieron en los labios de San Ignacio de Loyola esta frase que escalofría: "Sí la Compañía fuese disuelta sin culpa mía me bastaría un cuarto de hora de oración con mi Dios para recobrar la calma y la paz". "El corazón de las almas interiores, en medio de sus humillaciones y sufrimientos, es como una roca en medio del mar" (120).

Ciertamente el apóstol sufre porque se perderán muchas de sus ovejas al esterilizarse sus esfuerzos y destruirse su obra, pero su tristeza, por amarga que sea, nunca disminuirá su ardor para recomenzar la empresa, porque sabe muy bien que toda redención, aunque sea de una sola alma, se realiza por medio del sufrimiento. Además, basta para sostenerlo la certeza de que los contratiempos y las amarguras soportados con generosidad, hacen progresar en la virtud y dan a Dios una gloria mayor.

Por lo demás, sabe perfectamente que Dios, a menudo, le pide únicamente que haga la siembra. Otros vendrán más tarde para recoger los frutos abundantes de la cosecha, y acaso creerán que a ellos se les debe; pero el cielo sabrá discernir al autor, en aquella labor ingrata y estéril en apariencia que precedió a los recolectores. Misi vos metere quod vos non laborastis; alii laboraverunt et vos in labores eorum introistis (121).

Nuestro Señor, autor de los triunfos de sus apóstoles, realizados después de Pentecostés, no quiso durante su vida pública, sino lanzar la semilla por medio de sus lecciones y ejemplos; y predijo a sus apóstoles que harían obras mayores que las suyas: Opera quae ego facio, et ipse faciet, et majora horum faciet (122).

¿Cómo va a desanimarse el verdadero apóstol, ni a dejarse arrastrar por las palabras de los pusilánimes? Pretender que los fracasos le condenan a la inacción, es no comprender ni su vida íntima, ni su fe en Jesucristo. Abeja infatigable, va con alegría a hacer nuevos panales en la colmena devastada.


CUARTA PARTE

FECUNDIDAD DE LAS OBRAS POR LA VIDA INTERIOR

1. La vida interior es para las Obras la condición de su fecundidad

Prescindiendo de la fecundidad que las obras pueden adquirir de lo que los teólogos llaman ex opere operato, hablamos aquí de la que reciben ex opere operantis y a este propósito recordamos que si el apóstol realiza el Qui manet in Me et Ego in eo, la fecundidad de su obra está asegurada por Dios: Hic fert fructum multum (123). Este texto es la prueba más convincente: huelga, después de su Autoridad, probar la tesis. Nos limitaremos a corroborarla con ejemplos.

Durante más de treinta años hemos seguido, aunque de lejos, la marcha de dos instituciones de huérfanos dirigidos por dos Congregaciones distintas. Las dos tuvieron épocas de crisis manifiestas. ¿Por qué no decirlo? De dieciséis huérfanas recogidas en idénticas condiciones, que dejaron los asilos a su mayor edad, tres de la primera y dos de la segunda pasaron, en el período de ocho a quince meses, de la comunión frecuente a la mayor abyección de la escala social. De las once restantes, una sola sigue siendo sólidamente cristiana, a pesar de que a todas, a su salida, se las colocó en casas serias.
Hace once años que una de las superioras de aquellos orfelinatos fue trasladada, quedando las demás religiosas. Seis meses más tarde podía advertirse el cambio radical que se operaba en el espíritu de la casa.
Idéntica transformación pudo observarse en el otro orfelinato, al cabo de tres años, en que siguiendo todas las religiosas con su superiora en la casa habían cambiado de Capellán.
Desde entonces, ni una sola de las jóvenes, a su salida, ha caído en el fango. Todas, sin excepción, siguen siendo buenas cristianas.
La razón de estos resultados es muy sencilla. En un principio, faltaba en el gobierno de la casa o en el confesionario una dirección interior eminentemente sobrenatural, y así se paralizó, o atenuó por lo menos, la acción de la gracia. La antigua superiora en el primer caso, y el primer Capellán en el segundo, aunque sinceramente piadosos, carecían de una sólida vida interior, y por eso su acción no era profunda ni duradera. Piedad sentimental, piedad del ambiente, de imitación, hecha exclusivamente de prácticas y hábitos, lo cual producía tan sólo unas creencias vagas, un amor poco ardiente, y unas virtudes superficiales. Piedad floja, hecha de exhibición, de cominería o de rutina. Una piedad de alfeñique, propia para formar niñas incapaces de causar la menor molestia, con inclinaciones y reverencias, pero sin vigor ni energía de carácter, dirigidas exclusivamente por la sensibilidad y la imaginación. Piedad, por tanto, incapaz de abrir horizontes amplios a la vida cristiana y de formar mujeres fuertes, preparadas para la lucha, que se limitaba a retener a aquellas jóvenes desgraciadas, que languidecían entre las cuatro paredes del asilo, esperando el día en que podrían dejarlo para siempre. Toda esa vida cristiana pudieron infiltrar en aquellas jóvenes unos obreros evangélicos que desconocían casi en absoluto la vida interior. Bastó que se hiciera el cambio de una Superiora y de un Capellán para que todo se transformase. La oración comenzó a entenderse de otra manera, y los sacramentos fueron más eficaces. Variaron las actitudes en la capilla, en el trabajo y en el recreo. El cambio operado fue radical y lo expresaban la alegría serena que reinaba en los semblantes, la animación, las virtudes sólidas y, en muchas, un deseo ardiente de tener vocación religiosa. ¿A qué atribuir aquella transformación? Sencillamente, la nueva Superiora y el nuevo Capellán eran almas interiores.
En otros muchos Pensionados, Externados, Hospitales, Patronatos, y aun Parroquias, Comunidades y Seminarios, cualquier observador perspicaz habrá podido observar que los mismos resultados obedecen a idénticas causas.
Oigamos a San Juan de la Cruz en el Cant. Espirit. est. XXIX: "Adviertan aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios (dejando aparte el buen ejemplo que se daría) si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración... Cierto, entonces harían más y con menos trabajo, y con una hora que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas espirituales en ella, porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y aun a veces daño; porque Dios os libre que se comience a envanecer la tal alma, que aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada; porque cierto es que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios. ¡Oh cuánto se pudiera escribir aquí de esto, para los que abandonan la vida interior, puesta la mira en las obras que deslumbran, para adquirir fama y ser vistos de todos! Esta clase de personas no tienen idea del manantial de aguas vivas ni de la fuente misteriosa que todo lo fertiliza."
Algunas palabras del Santo son tan duras como la frase de San Bernardo "Ocupaciones malditas", que citamos en los capítulos anteriores. No hay que calificarlas de exageraciones porque Bossuet dice de San Juan de la Cruz que es el Santo del gran sentido práctico, que se preocupa de poner en guardia contra el afán de las vías extraordinarias para llegar a la santidad y que expresa con admirable precisión los pensamientos más profundos.
Examinemos algunas causas de la fecundidad de la vida interior.

a) La Vida interior atrae las bendiciones de Dios

Inebriabo animam sacerdotum pinguedine, et populus meus bonis meis adimplebitur (124). Notemos la relación de las dos partes de este texto. No dice Dios: "Daré a mis sacerdotes más celo ni más talento", sino "Henchiré su alma." ¿Qué significa esto sino que los llenará de su espíritu y les comunicará gracia de elección, para que "su pueblo reciba la plenitud de sus bienes"?
Dios hubiera podido distribuir su gracia según su beneplácito, sin mirar a la piedad de su ministro ni a las disposiciones de los fieles. Así obra en el bautismo de los niños. Pero, por ley ordinaria de su Omnipotencia, esos dos elementos miden los dones celestiales.
Sine me nihil potestis facere (125). Tal es el principio. Corrió la sangre redentora en el Calvario; ¿cómo asegurará Dios su primera fecundidad? Por un milagro de difusión de la vida interior. Antes de Pentecostés, los apóstoles tienen una cerrazón de ideal y de celo que espantan; desciende sobre ellos el Espíritu Santo; los transforma en hombres de vida Interior, y su predicación hace maravillas. Por vía ordinaria Dios no renovará el prodigio del Cenáculo, sino que vinculará sus gracias a la libre y esforzada correspondencia de sus criaturas.
Pero al hacer de Pentecostés la fecha oficial del nacimiento de la Iglesia, ¿no da a entender su deseo de que sus ministros sean santos, antes de asumir la tarea de corredentores?
Por esto, los verdaderos obreros apostólicos confían más en sus sacrificios y oraciones que en su actividad. El P. Lacordaire hacía una larga oración antes de subir al pulpito, y de vuelta a su celda, se disciplinaba. El P. Monsabré no predicaba sus conferencias de Nuestra Señora de París sin antes rezar de rodillas los quince misterios del rosario. A un amigo que le hablaba de esto, le contestó: "Es la última infusión que tomo antes de subir al pulpito." Estos dos religiosos vivían de este principio enunciado por San Buenaventura: Los secretos de un apostolado fecundo se encuentran al pie del crucifijo, mejor que en el despliegue de las cualidades más brillantes. Manent tria haec: verbum, exemplum et oratio, major autem his, est oratio (126), dice San Bernardo. Expresión muy fuerte, pero exacto comentario de la resolución que tomaron los apóstoles de dejar ciertas obras para dedicarse a la oración. Orationi primero y después el ministerio de la palabra: Ministerio verbi (127).
¿Hemos subrayado bastante a este propósito la importancia primordial que el Salvador da al espíritu de oración? Dirigiendo su mirada al mundo y a los siglos que vendrían después, y viendo la muchedumbre c.e almas llamadas a recibir loe beneficios del Evangelio, dice entristecido: La mies es mucha y los obreros pocos. Messis quidem multa, operarii autem pauci (128). ¿Qué medios escoge para extender su doctrina con mayor rapidez? ¿Ordenará a sus discípulos que frecuenten las escuelas de Atenas o que vayan a Roma a escuchar de labios del César la estrategia para conquistar y administrar los imperios?... Hombres de celo, escuchad al Maestro. Su programa se cifra en este principio luminoso que va a descubrirnos. Rogate ergo Dominum messis ut mittat operarios in messem suam (129). Para nada menciona las organizaciones sabias, ni los recursos, ni los templos y escuelas que deben construirse. Rogate ergo. El principio fundamental es la oración; el espíritu de oración. El Maestro no cesa de repetirlo. Todo lo demás se dará por añadidura.
¡Rogate ergo! Si el tímido murmurio de la oración de un alma santa puede suscitar más legiones de apóstoles que la voz elocuente de un reclutador de vocaciones que tiene menos espíritu de Dios, hemos de confesar que la fecundidad de los trabajos de los verdaderos apóstoles tiene su origen en el espíritu de oración que los informa, el cual corre parejas con su celo.
¡Rogate ergo! Comenzad por orar; después es cuando Nuestro Señor añade: Euntes docete..., praedicate (130). Dios sin duda utilizará el medio de la predicación, pero las bendiciones que hacen fecundos los ministerios están reservadas a las plegarias del hombre de oración; plegarias que tienen el poder de extraer del seno del Padre los efluvios ardientes de una acción irresistible sobre las almas.
Pío X, con su autorizada palabra, pone de relieve la tesis de nuestra modesta obra, cuando dice:
Para restaurar todas las cosas en Cristo por medio del apostolado de las obras, es necesaria la gracia de Dios, y el apóstol no la recibe si no está unido a Cristo. Formemos a Jesucristo en nosotros, para poder devolvérselo a las familias y a las sociedades. Cuantos participan en el apostolado están obligados a ser verdaderamente piadosos (131).
Lo que hemos dicho de la oración ha de aplicarse al otro elemento de la vida interior, o sea al sufrimiento, dentro del cual entra todo cuanto contraria a la naturaleza interior o exteriormente.
Un hombre puede sufrir como un pagano, como un condenado o como un santo. Para sufrir con Jesús hay que aspirar a sufrir como un santo. Sólo entonces nos aprovecha el sufrimiento y sirve para que la Pasión pueda aplicarse a las almas.
Adimpleo ea quae desunt passionum Christi in carne mea, pro corpore ejus, quod est Ecclesia (132). Impletae erant, dice S. Agustín comentando este pasaje, impletae erant omnes, sed in capite restabant adhuc passiones Christi in membris (133). Praecessit Christus in capite; Jesucristo sufrió como Cabeza. Sequitur in corpore: Ahora le toca sufrir a su cuerpo místico. Todo sacerdote puede decir: Ese cuerpo soy yo; soy un miembro de Cristo y debo completar para su cuerpo, que es la Iglesia, lo que les falta a los sufrimientos de Grieto.
El dolor, dice el P. Fáber, es el más excelso de los Sacramentos. Este profundo teólogo muestra la necesidad del dolor y explica sus glorias. Todos los argumentos que expone pueden ser aplicados a la fecundidad de las obras, en virtud de los sacrificios del obrero evangélico, unidos al sacrificio del Gólgota, mediante los cuales participa en la eficacia infinita de la Sangre divina.

b) La Vida interior hace al Apóstol santificado por el buen ejemplo

En el sermón de la Montaña, el divino Maestro llama a sus apóstoles sal de la tierra y luz del mundo (134).
Somos sal de la tierra en la medida en que somos santos. Si la sal se desvanece, ¿para qué sirve? Ab inmundo quid mundabitur? (135). Sólo vale para ser arrojada y pisada. En cambio, el apóstol piadoso, verdadera sal de la tierra, será un eficaz agente de conservación, en medio de este mar corrompido que es la sociedad humana. Faro que brilla en la noche, lux mundi, la luz de su ejemplo, mejor que su palabra, disipará las tinieblas acumuladas por el espíritu del mundo, y hará que resplandezca el ideal de la verdadera dicha, que trazó Jesús en el Sermón de las ocho Bienaventuranzas.
Lo que más anima a los fieles a practicar una vida verdaderamente cristiana es precisamente la virtud de quien tiene la misión de enseñársela. En cambio sus flaquezas les alejan del Señor de una manera inevitable: Nomen Dei per vos blasphematur inter gentes (136). Por eso todo apóstol debe tener en las manos la antorcha del ejemplo antes que en los labios las palabras brillantes, y practicar el primero las virtudes que predica. Quien tiene la misión de decir cosas grandes, está obligado a practicarlas, según la palabra de San Gregorio (137).
Se ha dicho con razón que los médicos de los cuerpos pueden curar a los enfermos de la enfermedad que ellos padecen; pero para curar las almas es indispensable tener el alma sana, porque la cura se realiza por el don de sí. Los hombres están en su derecho al ser exigentes con quien tiene la pretensión de enseñarles a reformarse. Al momento observan si hay conformidad entre sus palabras y sus obras o si la moral de que se reviste el apóstol es una envoltura de hipocresía y en conformidad con el resultado de sus observaciones, dan o retiran su confianza.
¡Con qué autoridad podrá hablar de la oración aquel sacerdote a quien el pueblo ve con frecuencia cerca del Huésped del Tabernáculo, tantas veces solitario! ¡Con qué eficacia será escuchada la palabra del hombre trabajador y mortificado, cuando predique el trabajo y la penitencia! Y si hace la apología de la caridad fraterna, encontrará corazones que se ablandan, si él cuidó de infundir en su rebaño el buen olor de Cristo y cuida de que se reflejen en su conducta la dulzura y la humildad del divino Modelo. Forma gregis ex animo (138).
El profesor que no tiene vida interior creerá haber cumplido su deber, limitándose a la explicación del programa de su asignatura. Pero si es hombre interior, una frase escapada de sus labios o de su corazón, una emoción reflejada en su rostro, un gesto expresivo, menos aún, la forma de hacer la señal de la cruz o de rezar la oración del comienzo o del final de la clase, aunque se trate de una clase de matemáticas, pueden ser más eficaces para sus discípulos que un sermón.
La Hermana de la Caridad o la Religiosa de un asilo dispone de poder y medios eficaces para infiltrar en las almas el amor y las enseñanzas de Jesucristo, sin extralimitarse en sus atribuciones. Pero como les falte la vida interior, no llegarán ni a sospechar siquiera que tenían ese poder y se limitarán a fomentar los actos de piedad puramente exterior.
La propagación del Cristianismo se realizó no por medio de largas y frecuentes discusiones, sino por el ejemplo de las costumbres cristianas, tan opuestas al egoísmo, a la injusticia y a la corrupción paganas.
En su famosa obra "Fabiola", el Cardenal Wiseman pone de relieve el poder del ejemplo de los primeros cristianos en las almas de los paganos más prevenidos contra la religión cristiana. En dicha obra asistimos al avance progresivo e irresistible de un alma hacia la luz. Los nobles sentimientos y las virtudes modestas o heroicas que la hija de Fabio observa en personas de toda condición, impresionan a la joven. Pero qué cambio se opera en ella y qué revelación es para su alma el descubrimiento de que todas aquellas personas caritativas, abnegadas, modestas, dulces, mensuradas, que practican la justicia y la castidad, pertenecen a aquella secta que se le ha presentado siempre como la más execrable. Desde aquel momento es ya cristiana.
Al acabar la lectura del libro, piensa uno: ¡Ah si los católicos, o al menos los hombres de obras, conservasen algo de aquel esplendor de vida cristiana que describe el ilustre Cardenal, que no es otra cosa que la práctica del Evangelio! ¡Qué influencia más irresistible ejercería su apostolado sobre esos paganos modernos tan prevenidos a veces contra el Catolicismo, a causa de las calumnias de los sectarios o del carácter acerbo de las polémicas, o también del modo que tenemos de reivindicar nuestros derechos que hace pensar si nacerá de nuestro orgullo herido más que del afán de defender los intereses de Jesucristo!
¡Oh irradiación del alma unida a Dios, qué poderosa eres! Tú decidiste entrar en la Congregación del Santísimo Redentor, que tanto había de ilustrar al joven Desurmont, al ver cómo celebraba la misa el Padre Passerat.
El pueblo tiene intuiciones infalibles. Si predica un hombre de Dios, acude en tropel a oírle. Pero como la conducta de un hombre de obras no se ajuste a lo quo se esperaba de él, por muy hábilmente que organice y dirija su obra, ésta queda irremisiblemente comprometida y acaso desaparecida al poco tiempo.
Ut videant opera vestra bono, et glorificent Patrem (139), decía Nuestro Señor. San Pablo insiste en la recomendación del buen ejemplo, con sus discípulos Tito y Timoteo: In ómnibus teipsum pruebe exemplum bonorum operum (140); Exemplum esto fidelium in verbo, in conversatione, in charitate, in fide, in castitate (141). Y les dice: Quae vidistis in me, haec agite (142). Imitatores mei estote, sicut et ego Christi (143). Y su palabra, toda verdad, se apoya en aquella seguridad y aquel celo humildísimos, por otra parte, que hicieron prorrumpir a Jesús en este apostrofe: Quis ex vobis arguet me de peccato? (144).
Si el apóstol sigue el ejemplo de aquel de quien está escrito Coepit facere et docere (145), será Operarium inconfusibilem (146).
Sobre todo, hijos amantísimos, escribía León XIII, no os olvidéis de que la condición indispensable verdadero celo, que garantiza sus resultados, es la pureza y santidad de vida (147).
Un hombre santo, perfecto y virtuoso, decía Santa Teresa, hace a las almas un bien mayor que un gran número de otros que son más instruidos y mejor dotados que él, pero nada más.
Como el espíritu no se somete a la regla de una conducta cristiana y santa, declara Pío X, será muy difícil que promueva el bien en los demás. Y añade: Todos cuantos son llamados a las obras católicas, han de ser hombres de vida ejemplar y sin tacha, para que sirvan de ejemplo a los demás (148).

c) La Vida interior produce en el Apóstol una irradiación sobrenatural. Cuan eficaz es esta irradiación

Uno de los obstáculos más serios para la conversión de un alma es que Dios es un Dios oculto. Deus absconditus (149).
Pero, por un efecto de su bondad, Dios se descubre y refleja en alguna manera en sus Santos y en las mismas almas fervorosas. De ese modo lo sobrenatural llega a los ojos de los fieles, quienes tienen así algún atisbo del misterio de Dios.
¿En qué consiste esa difusión de lo sobrenatural? ¿Será acaso el brillo de la santidad y el esplendor del influjo divino que los teólogos llaman gracia santificante; o tal vez el resultado de la presencia inefable de las divinas Personas en el alma santificada?
Así lo explicaba San Basilio. El Espíritu Santo, dice, se une a las almas purificadas por su gracia para espiritualizarlas. Como el sol convierte en otro sol el cristal en que se refleja, el Espíritu santificador torna luminosas las almas donde habita, las cuales, por efecto de su presencia, son focos ardientes que irradian la gracia y la caridad (150).
Esta manifestación de lo DIVINO, que revelaban todos los gestos y hasta el reposo del Hombre-Dios, se percibe en las almas dotadas de una intensa vida interior. Las conversiones maravillosas realizadas por ciertos santos con la fama de sus virtudes, y los discípulos que iban en seguimiento de sus virtudes, proclaman con claridad el secreto de su silencioso apostolado. Con San Antonio se pueblan los desiertos de Oriente. San Benito hace que surja una pléyade innumerable de santos religiosos que civilizan Europa. San Bernardo ejerce una influencia sin par en la Iglesia, en los reyes y en los pueblos. San Vicente Ferrer provoca a su paso el entusiasmo indescriptible de las muchedumbres, y las convierte. San Ignacio de Loyola levanta un ejército de bravos de los cuales uno solo, San Francisco Javier, basta para convertir un número increíble de paganos. Sólo el poder de Dios, a través de sus instrumentos, puede realizar estos prodigios.
Qué desgracia es que a la cabeza de las obras importantes no haya personas de verdadera vida interior; lo sobrenatural se encuentra entonces eclipsado y parece que está encadenada la Omnipotencia divina; y, como nos enseñan los Santos, los países descienden en el terreno de las costumbres, como si la Providencia dejase a los malos todo el poder para hacer daño.
Las almas, sepámoslo, tienen una percepción instintiva, que no pueden definir con claridad, de esta irradiación sobrenatural. Ved, si no, cómo se prosterna a los pies del sacerdote para implorar su perdón, el pecador que ve a Dios en su representante. Y, por el contrario, ¿no es cierto que desde el día en que la santidad integral dejó de ser el ideal de los ministros de cierta secta cristiana, se vio obligada irremisiblemente a suprimir la confesión?
Joannes quidem signum fecit nullum (151), San Juan Bautista arrastra las muchedumbres, sin hacer milagros. La voz de San Juan Bautista Vianney es excesivamente débil para llegar a las muchedumbres que se congregan para oírle. Pero aunque no le oían, les bastaba ver aquel santo para quedar subyugados y convertidos. Un abogado, a quien preguntaron al volver de Ars qué es lo que más le había impresionado contestó: "He visto a Dios en un hombre."
Permítasenos resumir todo lo dicho en una comparación vulgar. De todos es conocida esta experiencia que se hace con una máquina de electricidad, "«i una persona, colocada sobre un aislador, se pone en comunicación con la máquina eléctrica, ?u cuerpo se carga de fluido, y si alguien se le aproxima o le toca, recibe una sacudida del chispazo eléctrico que sale del cuerpo electrizado. Una cosa parecida ocurre con el hombre de vida interior. Cuando se aísla de las criaturas, so establece entre él y Jesús una comunicación constante a manera de corriente continua. El apóstol se convierte en un acumulador de vida sobrenatural y condensa en su alma un fluido divino que se reparte, adaptándose a todas las circunstancias y necesidades del medio en que obra. Virtus de illo exibat et sanabat omnes (152). Sus palabras y acciones son los efluvios de esa fuerza latente, pero soberana, que derriba los obstáculos, logra las conversiones y aumenta el fervor.
Cuanto más intensas son las virtudes teologales de un corazón, con más eficacia esos efluvios producen las mismas virtudes en las almas.
POR LA VIDA INTERIOR EL APÓSTOL IRRADIA LA FE.— Las personas que le oyen, ven que Dios está presente en él. A semejanza da San Bernardo, de quien se dijo: Solitudinem cordis circunferens ubique solus erat, el apóstol se aísla de los demás, creándose una soledad interior; pero se ve que no se encuentra solo, porque reside en su corazón un huésped misterioso e intimo, con el cual está todos los instantes, y cuya dirección, consejos y mandatos observa al hablar. Se nota que está sostenido y guiado por él y que las palabras que salen de su boca son eco fiel de las de ese Verbo interior: Quasi sermones Dei (153).
Entonces no es la lógica ni la fuerza de los argumentos los que aparecen, sino el Verbum docens que habla a su criatura: Verba quae ego loquor vobis, a me non loquor. Pater autem, in me manens, ipse facit opera (154). Su influencia es duradera y bastante más profunda que la admiración superficial o la devoción pasajera provocada por el hombre, que carece de espíritu interior. Este podrá arrancar de sus oyentes confesiones como ésta: Lo que dice ese hombre es verdad y es interesante; pero esto no pasa de ser un sentimiento impotente para llevar los hombres a la fe y hacerles vivir de ella.
El Hermano trapense Fr. Gabriel (155), en sus funciones de ayudante de la hospedería, reavivaba la fe de los visitantes bastante mejor de lo que hubiera podido hacerlo un sacerdote docto con este lenguaje que habla más que a la inteligencia al corazón. El general de Miribel iba con frecuencia a conversar con el humilde Hermano y solía decir: Vengo de templarme en la fe.
Nunca se ha predicado, ni discutido, ni editado tan sabios tratados de apologética como en nuestros días, y jamás ha estado tan lánguida la fe, al menos en la masa de los fieles. Con frecuencia los encargados de adoctrinar al pueblo, no ven en el acto de fe sino una función de la inteligencia, siendo así que la voluntad tiene su parte en él. Olvidan, sin duda, que la fe es un don de Dios, y que entre la aceptación de los motivos de la credibilidad y el acto definitivo de fe, hay un abismo que solamente pueden llenar primero Dios y después la buena voluntad del que recibe la instrucción; pero ¡cuánto ayuda a llenarlo la luz divina reflejada en el que adoctrina y producida por su santidad!
EL APÓSTOL IRRADIA LA ESPERANZA POR MEDIO DE LA VIDA INTERIOR. ¿Cómo no ha de irradiarla? Su fe le ha dado para siempre la convicción de que la felicidad no se encuentra sino en Dios, Bajo esta base, ¡con qué persuasión habla del cielo, de qué recursos dispone para repartir consuelos! El medio por excelencia de hacerse escuchar de los hombres, es enseñarles a llevar alegremente la cruz, que es el lote de todo mortal. Ese secreto se encuentra en la Eucaristía y en el pensamiento del cielo que nos espera.
Qué viva es la palabra de aquel que puede aplicarse, sin mentir, el Nostra conversatio in coelis est (156). Otros, con más frases y retóricas, hablarán de las alegrías de la patria celestial, pero sus discursos no producirán fruto alguno. En cambio, una palabra del primero, convincente por ser reveladora de su estado de alma, calmará las angustias, adormecerá las preocupaciones y hará aceptar con resignación un dolor lancinante; y es que la virtud de la esperanza se comunica irresistiblemente del apóstol de vida interior a las almas que jamás la habían sentido y que estaban a punto de caer en la desesperación.
IRRADIA TAMBIÉN LA CARIDAD.— El alma, empeñada en su santificación, ansia sobre todo tener caridad. La compenetración de Jesús y el alma, el manet in Me et Ego in eo, es la aspiración suprema del hombre interior.
Los predicadores experimentados están acordes en reconocer que si los sermones de la muerte, el juicio y el infierno son necesarios en unos ejercicios o en una misión, la instrucción sobre el amor de Dios produce de ordinario una impresión más saludable. Cuando la da un verdadero misionero, capaz de hacer vibrar al auditorio en sus propios sentimientos, asegura el éxito convirtiendo a muchos. Para sacar a un alma del pecado, o hacerla subir del fervor a la perfección, el amor de Jesús es la palanca insustituible. El cristiano que estaba hundido en el fango, sí es capaz de adivinar en otro hombre un amor ardiente encendido en las realidades invisibles y ha palpado los desengaños y el vacío de los amores terrenales, comienza a sentir el disgusto del pecado; algo ha comprendido del amor de Dios y del inmenso de Jesús a sus criaturas: ha sentido también como un estremecimiento de la gracia latente del bautismo y de la primera comunión; Jesús se le ha presentado viviente, porque las ternuras de su corazón se transparentaban en la cara y en la voz de su ministro; ha entrevisto otro amor noble, puro, ardiente, y se ha dicho: Aquí, en este mundo, se puede amar también con un amor superior al de las criaturas.
No faltarán otras manifestaciones más intimas del Dios que es amor, en su ministro, para que aquella alma salga del fango en que se encontraba, sin que le espanten los sacrificios necesarios para adquirir el divino amor, hasta entonces desconocido para él.
De cuanto acabamos de decir se deduce que el apóstol verdadero puede provocar un aumento en el amor y un adelanto espiritual en las almas que dejaron el pecado y en las fervorosas. También los fieles dedicados a las obras, aunque no sean sacerdotes, pueden, si están revestidos de una ardiente caridad, hacer que nazca en torno suyo la más excelente de las virtudes teologales.
IRRADIA TAMBIÉN LA BONDAD.— El celo que no está revestido de la caridad es, en expresión de San Francisco de Sales, una caridad falsa. Cuando un alma saborea en la oración la suavidad de Aquél a quien la Iglesia llama Bonitatis oceanus (157), llega a transformarse. Si era egoísta o dura por temperamento, estos defectos desaparecen poco a poco. AI alimentarse de Aquél en quien la benignidad de Dios apareció en este mundo: Benignitas et humanitas apparuit Salvatoris nostri Dei (158), del que es la imagen y la expresión adecuada de la Bondad divina: Imago Bonitatis illius (159), el apóstol participa de la bondad de Dios y siente la necesidad de ser "diffusivus", como El.
Cuanto más unido está un corazón con el de Jesús, más participa de la principal cualidad del Corazón Divino y Humano del Redentor, que es la Bondad. Todo se decuplica en él, la indulgencia, la benevolencia, la compasión, etc., y su generosidad y abnegación llegarán, si es preciso, hasta la inmolación alegre y magnánima.
Transfigurado por el divino amor, el apóstol se captará la simpatía de las almas: In bonitate et alacritate animae suae placuit (160). Sus palabras y actos estarán impregnados de una bondad desinteresada, muy distinta de la que inspiran el afán de popularidad o el egoísmo sutil.
"Dios ha dispuesto —escribía Lacordaire— que ningún bien se le haga al hombre si no es amándole, y que la insensibilidad sea siempre estéril para iluminarlo y para hacerlo virtuoso." Y, en efecto, si alguien quiere imponerse a la fuerza, provoca la resistencia para rechazarlo; si pretende exigir el convencimiento científico, se encontrará con objeciones para sus teorías; pero cuando se topa con la bondad, como no exige humillaciones el ser desarmado por ella, siempre acaba por cederse al encanto de sus procedimientos.
La Hermanita de los Pobres, la Religiosa Asuncionista o la Hija de la Caridad, podrían citar un sinnúmero de conversiones, alcanzadas sin ninguna discusión, en virtud de su bondad infatigable y a veces heroica.
Ante esas muestras de abnegación, el pecador o el impío se ven forzados a decir: Dios está ahí. Lo veo tal como El se ha definido. El "buen Dios". Y es preciso que sea bueno para que la íntima comunicación con él haga a un ser tan delicado, capaz de pisotear su amor propio y de poner silencio en sus más legítimas repugnancias.
Esos ángeles terrestres realizan esta definición del Padre Fáber: La bondad es el desbordamiento de sí mismo en los demás. Ser bueno es poner al prójimo en nuestro lugar. La bondad ha convertido más pecadores que el celo, la elocuencia y la instrucción, y estas tres cualidades a nadie han convertido sin la intervención de la bondad. En una palabra, la bondad, nos hace a todos como dioses para los demás. La exteriorización de este sentimiento en los hombres apostólicos atrae a los pecadores y facilita su conversión.
Y agrega: La bondad es siempre la que mejor prepara los caminos de la Preciosa Sangre... Sin duda, los terrores del Señor son frecuentemente el principio de esa sabiduría llamada conversión; pero es preciso espantar a los hombres bondadosamente, porque de otro modo, el temor no hará sino infieles... (161).
Tened el corazón de madres, dice San Vicente Ferrer. Ya os propongáis alentar o causar espanto, mostrad siempre las entrañas de una tierna caridad, y que sienta el pecador que él es quien inspira vuestro lenguaje. Si queréis ser útiles a las almas, comenzad por pedir a Dios de corazón que derrame sobre vosotros la caridad, que es el compendio de todas las virtudes, a fin de que con ella alcancéis el fin que os habéis propuesto (162).
Entre la bondad natural, que es fruto del temperamento, y la bondad sobrenatural de un alma de apóstol, hay la misma distancia que entre lo humano y lo divino. Con la primera, el obrero evangélico puede conquistar el respeto y aun la simpatía, y hasta enderezar un afecto para dirigirlo a Dios. Pero Jamás logrará que las almas hagan por Dios los sacrificios necesarios para volver a su Criador. Sola la bondad, que nace de la intimidad con Jesús, puede hacer esto.
El amor creciente que profesa a Jesús y la verdadera dirección de las almas, dan al apóstol toda clase de audacias, compatibles con el tacto y la prudencia. Un católico eminente nos ha referido este episodio: "En una audiencia que tuvo con el Papa Pío X, deslizó algunas frases mordaces contra un enemigo de la Iglesia. Hijo mío, le dijo el Papa, no puedo aprobar vuestro lenguaje. En castigo, escuchad esta historia: Un sacerdote que yo he conocido muy bien, acababa de llegar a su primera parroquia. Creyó ser su deber visitar a todas las familias, sin excluir a los judíos, protestantes, francmasones, etc., y anunció desde el pulpito que repetiría las visitas todos los años. Esto causó gran revuelo entre sus compañeros, que lo denunciaron al obispo. Él obispo llama inmediatamente al acusado y le da una buena reprimenda. "Señor obispo, le responde el cura con toda modestia; Jesús en el Evangelio, manda al pastor que lleve al redil a todas las ovejas, oportet illas adducere. ¿Cómo puede lograrse esto, sin ir en su busca? Por otra parte, yo soy intransigente con los principios, y me limito a manifestar mi interés y mi caridad por todas las almas que Dios me ha confiado, sin excluir a las extraviadas. He anunciado estas visitas desde el pulpito; si vuestro deseo formal es que me abstenga de hacerlas, le ruego que me dé por escrito la prohibición, para que se sepa que yo no hago otra cosa que obedecer las órdenes que se me dan." Impresionado por lo tajante de estas palabras, el Obispo no insistió más. Por lo demás, el tiempo dio la razón a aquel sacerdote, que tuvo la alegría de convertir a algunos de aquellos extraviados y obligó a los demás a respetar nuestra sacrosanta Religión. Aquel humilde cura ha llegado a ser, por voluntad de Dios, el Papa que os da, hijo mío, esta lección de caridad. Sed inexorable con los principios, pero extended vuestra caridad a todos los hombres, aunque sean los peores enemigos de la Iglesia."
IRRADIA LA HUMILDAD.— Fácilmente se comprende que Jesús hubiera arrastrado a las muchedumbres con su dulzura y su bondad. ¿La humildad tendrá la misma eficacia? Sin duda.
Sine me nihil potestis facere (163). Elevado por el Creador a la dignidad de cooperador suyo, el apóstol va a convertirse en un agente de las operaciones sobrenaturales, pero a condición de que sólo aparezca Jesús. Cuanto más se esfume y cuide de no figurar, tanto más se manifestará Jesús. Sin esa impersonalidad que es fruto de la vida interior, el apóstol plantará y regará en vano, porque nada germinará. La verdadera humildad tiene encantos especiales, cuyo manantial es Jesús. La humildad respira lo Divino. Al empeño que el hombre de obras pone en eclipsarse, para que solamente sea Jesús el que obre, Illum oportet crescere, me autem minui (164), corresponde el don que Nuestro Señor concede a su ministro, de ganar cada vez más los corazones.
Así viene a ser la humildad uno de los medios más eficaces de actuar en las almas.
Creedme, decía San Vicente de Paúl a sus sacerdotes: no haremos la obra de Dios mientras no nos persuadamos de que de nuestra cosecha lo estropeamos todo en vez de arreglarlo.
Tal vez extrañe nuestra insistencia en los mismos conceptos, pero es que estamos persuadidos de que sólo se graban en el espíritu de quien los lee, a fuerza de repetirlos y llamar la atención sobre su importancia. La arrogancia y los aires de suficiencia esterilizan las obras.
El cristiano "moderno" es muy celoso de su independencia. Se conforma con obedecer, cuando se trata únicamente de Dios, y no aceptará las órdenes y direcciones de su ministro, ni los mismos consejos, como no vea en ellos el sello de Dios.
Para esto es necesario que el apóstol sepa esfumarse y desaparecer con la práctica de la humildad, fruto de la vida interior, no siendo, a los ojos de los que le miran, sino la Transparencia de Dios, y realizando la palabra del Maestro: Qui major est vestrum, erit minister vester. Vos autem nolite vocari Rabbi... nec vocemini Magistri (165).
Sólo el aspecto del hombre interior es una enseñanza de la Ciencia de la vida, es decir, de la ciencia de la creación (166). ¿Por qué? Porque con la humildad respira la dependencia de Dios. Y esta dependencia suya se manifiesta en el hábito que tiene de recurrir a Dios en todas las ocasiones, ya para tomar una decisión, o para recibir algún consuelo en sus dificultades, o también, y sobre todo, para adquirir la energía con que triunfar de todas ellas.
En el común de Confesores, los sacerdotes leen estas palabras de San Beda, que son un admirable comentario de la frase Pusillus grex. "El Salvador, dice, llama pequeño al rebaño de sus elegidos, porque comparado con el número de los que se condenan, es pequeño, y también porque ama con pasión la humildad, ya que por muy numerosa y extendida que se encuentre su Iglesia, quiere que siga creciendo siempre EN HUMILDAD hasta el fin del mundo, llegando así al REINO PROMETIDO, A LA HUMILDAD" (167).
Este texto está inspirado en las grandes lecciones que Nuestro Señor dio a los apóstoles, cuando queriendo éstos utilizar el apostolado para su provecho, descubrió sus ambiciones y envidias y les dijo: Sabéis que los príncipes de las gentes avasallan a sus pueblos, y que los que son mayores ejercen potestad sobre ellos. No será así entre vosotros; mas entre vosotros todo el que quiera ser mayor, sea vuestro criado; y el que entre vosotros quiera ser primero, sea vuestro siervo (Mat., XX, 25, 26 y 27).
Pero, pregunta Bourdaloue: ¿con eso no se debilita la autoridad? Tendréis la autoridad necesaria, si sois lo humildes que debéis ser; porque si la HUMILDAD DESAPARECE, la autoridad se torna ONEROSA E INSOPORTABLE.
Si el apóstol carece de la verdadera humildad, titubea entre la blandura excesiva y el despotismo, con tendencia a éste.
Dejemos a un lado la cuestión de doctrina, porque suponemos que el apóstol está lo suficientemente ilustrado para no caer ni en una tolerancia excesiva ni en una aspereza que Dios no puede aprobar. Sus principios son sanos y su ciencia, exacta. Esto supuesto, afirmamos que sin humildad, el apóstol no podrá guardar el justo medio entre esos dos extremos y que la cobardía, y con más frecuencia el orgullo, se manifestarán en su conducta.
O bien, cediendo a una falsa humildad, será un pusilánime, haciendo que su espíritu de caridad degenere en debilidad, convirtiéndose en el hombre de las concesiones exageradas, de la conciliación a cualquier precio, con lo que su firmeza en los principios desaparecerá bajo mil pretextos o por razones de prudencia, o por cálculos de corto alcance; o bien el naturalismo y la mala dirección de su voluntad harán que despierte el orgullo, la susceptibilidad, en una palabra, el YO, de lo cual se seguirán los odios personales, el "autoritarismo", "los rencores, el despecho, las rivalidades, las antipatías, las parcialidades, los apasionamientos las represalias, la ambición, las celotipias, el afán excesivamente humano de ocupar los primeros puestos, las calumnias, las maledicencias, las palabras acerbas, el espíritu de clase o de cuerpo, la aspereza en la defensa de los principios, etc., etc.
Y así, la gloria de Dios, que debiera de ser el Fin verdadero de las aspiraciones del apóstol que ennoblece sus pasiones, se convierte en Medio o Pretexto para fomentar, desarrollar y hacer excusar estas pasiones en lo que tienen de demasiado humano. Los menores ataques de que sea objeto la gloria de Dios o la Iglesia provocarán en el apóstol una reacción de cólera, en la cual un psicólogo podría apreciar un afán de defender la personalidad del obrero apostólico o los privilegios de que goza por su Iglesia considerada como Sociedad puramente humana, y no un celo sobrenatural por la causa de Dios, única razón de ser de la Iglesia, como Sociedad perfecta fundada por Nuestro Señor.
Ni la seguridad de la doctrina y lo equilibrado del juicio del apóstol bastan para preservarle de estos peligros, porque si carece de vida interior, y por tanto de humildad, será dominado por sus pasiones. La humildad es la única que puede mantenerle en la rectitud del juicio y evitar que obre por impresión, poniendo en su vida más equilibrio y estabilidad. Al unirle con Dios, le hace participar en cierto sentido de la inmutabilidad divina, como ocurre con la yedra, que aunque frágil e inconsistente, al adherirse al roble con todas sus fibras, adquiere una robustez y firmeza inquebrantables tomadas de las de ese rey de los bosques.
Estemos, pues, persuadidos de que sin humildad, si damos un traspiés a la primera ocasión, caeremos en la segunda o iremos flotando, según las circunstancias, de un lado para otro, realizando de esta manera lo que dice Santo Tomás, o sea que el hombre es un ser voluble, constante sólo en su inconstancia.
El resultado lógico de un apostolado con los defectos que acabamos de apuntar, es éste: O el desprecio de una autoridad pusilánime por parte de los fieles, o la desconfianza, y a menudo el odio, contra una autoridad que no es trasunto de Dios.
IRRADIA LA FIRMEZA Y LA DULZURA.— Los santos han sido a menudo muy severos con el error y la hipocresía. Creemos que San Bernardo, oráculo de su siglo, puede ser citado como uno de los Santos de celo más firme y enérgico. Pero el que lea su vida, verá hasta qué extremo la vida interior había hecho impersonal a este hombre de Dios. Nunca despliega la firmeza de su carácter, sino cuando ha llegado a una persuasión completa de la ineficacia de otros medios. Así, llevado de su gran amor a las almas, y de una inexorabilidad en la defensa de los principios, se le ve pasar de la indignación más santa, que exige remedios, reparaciones, prendas y promesas a una dulzura maternal, para convertir a los que antes combatió implacablemente. Sin compasión para los errores de Abelardo, se convierte en amigo de aquel que ha reducido al silencio.
Cuando no se trata de defender los principios, sino de la oportunidad del empleo de algunos medios, se erige en campeón para impedir que personas eclesiásticas acudan a procedimientos violentos. Se entera de que se pretende llevar a la ruina y acabar con los judíos de Alemania, e inmediatamente deja el claustro y corre en su defensa, predicando la cruzada de la paz. Por eso, en un documento memorable que el Padre Ratisbona cita en la Vida de San Bernardo, el gran Rabino del país expresa su admiración por el Monje de Clairvaux, "sin el cual, dice, ni uno de nosotros hubiera quedado vivo en Alemania". Y conjura a las futuras generaciones israelitas a que no se olviden de la deuda de gratitud que han contraído con el Santo Abad. "Nosotros en esta ocasión somos, decía San Bernardo, los soldados de la paz; el ejército de los Pacíficos. Deo et paci militantibus. La persuasión, el ejemplo y la abnegación son las armas dignas de los hijos del Evangelio."
Nada puede reemplazar a la vida interior para obtener este espíritu impersonal que caracteriza al celo de los Santos.
En Chablais, antes de la llegada de San Francisco de Sales, fracasan todas las tentativas. Los jefes del protestantismo se disponen a emprender una lucha encarnizada. La secta quiere nada menos que matar al Obispo de Ginebra. Este se presenta ante ellos lleno de dulzura y humildad, como un hombre en quien la supresión del YO hace que refleje el amor de Dios y del prójimo. La Historia nos enseña los resultados tan rápidos como inverosímiles de aquel apostolado. Pero también San Francisco de Sales, con ser tan dulce, supo a veces mostrar una firmeza Inexorable, y no dudó en invocar la fuerza de las leyes humanas para confirmar los resultados obtenidos por la suavidad de su palabra y el ejemplo de sus virtudes. Así, aconsejó al Duque de Saboya que tomase severas medidas contra la perfidia de los herejes.
Los santos no hacían sino copiar al Maestro. En el Evangelio, el Salvador se nos presenta acogiendo con gran misericordia a los pecadores; siendo amigo de Zaqueo, y de los publícanos; lleno de bondad con los enfermos, los afligidos y los pequeñuelos. Y sin embargo, a pesar de ser la Dulzura y la Mansedumbre encarnadas, no duda empuñar el látigo para arrojar a los traficantes del templo. Qué severidad y fuerza pone en su expresión cuando habla de Heredes o estigmatiza los vicios de los escribas y de los fariseos hipócritas.
Únicamente en casos excepcionales, y después de haber echado mano de otros medios, o cuando se sabe que son enteramente inútiles, puede recurrirse, lamentándolo, y sólo para evitar el contagio del mal, es decir, a impulsos de la caridad, a otros medios que pudieran parecer violentos.
Fuera de estos casos, y cuando no se trata de defender los principios, la mansedumbre debe dominar en la conducta del obrero evangélico. Decía San Francisco de Sales que se cazan más moscas con una gota de miel que con un cántaro de vinagre.
Recordemos la censura que dirigió el Señor a los apóstoles, cuando ofendidos y humillados en su dignidad, llevados de un celo que no era puro ni desinteresado, quisieron recurrir a la violencia, pidiendo al Señor que arrojara fuego del cielo contra los habitantes de Samaría, que no habían querido recibirlos. El Salvador les contentó: No sabéis de qué espíritu sois (Luc. IX, 55).
Uno de nuestros Obispos, cuya firmeza en defender los principios se ha citado como ejemplo, visitaba recientemente en la capital de su diócesis las familias que estaban de luto a causa de la guerra, Haciéndose todo para todos, fue a llevar sus consuelos a un calvinista que lloraba a un hijo muerto en el campo de batalla, y le dirigió algunas frases cordiales, llenas de emoción. Impresionado por este acto de caridad y humildad, el protestante dijo inmediatamente. "¿Es posible que un Obispo tan noble por su sangre y tan distinguido por su cultura, se haya dignado, a pesar de la diferencia de nuestras religiones, a franquear el umbral de mi modesta casa? El paso que ha dado y sus palabras me han llegado al corazón." El industrial que tiene entre sus empleados a ese padre, agregaba al contarnos el hecho: "En mi opinión, ese protestante está ya medio convertido y, en todo caso, el señor Obispo ha conseguido con su dulzura, en la conversión de ese hombre, lo que no hubiera logrado con las más vivas e interminables discusiones." Ese Pastor de almas manifestó la mansedumbre de Nuestro Señor, y el protestante vio, por decirlo así al Salvador que se le presentaba, y se dijo: Una Iglesia que cuenta con Prelados que tan fielmente reflejan a Aquel que yo admiro en el Evangelio, debe ser la verdadera Iglesia.
La vida interior mantiene al mismo tiempo el espíritu y la voluntad al servicio del Evangelio. Ni la indolencia ni la violencia injustificada deben desviar la dirección del alma que ve y obra en conformidad con el Corazón de Jesús. Su pureza y ardor nacen del impulso de ese Corazón adorable. Ahí está el secreto de sus triunfos.
Por el contrario, la falta de vida interior y, como consecuencia, la exteriorización de las pasiones humanas, explican tantas caídas.
IRRADIA LA MORTIFICACIÓN.— El espíritu de mortificación es otro de los principios que fecundizan las obras. Todo se resume en la Cruz. Mientras no se haga penetrar en las almas el misterio de la Cruz, nos quedaremos en la superficie de las mismas. Pero ¿quién es capaz de hacerlas abrazarse a un misterio que se opone a este horror al sufrimiento tan natural en el ser humano? Solamente aquel que pueda repetir las palabras del Apóstol: Christo confixus sum cruci (168). O aquellos que llevan consigo a Jesús mortificado: Semper mortificationen Jesu in corpore nostro circunferentes ut vita Jesu manifestetur in corporibus nostris (169).
Mortificarse es reproducir el Christus sibi non placuit (170), es renunciarse en toda clase de circunstancias, llegar a amar lo que nos desagrada y encaminarnos al ideal de ser una víctima inmolada constantemente.
Pero sin vida interior es imposible llegar a ese aplastamiento de nuestros más tenaces instintos.
Y en tanto que el pobrecillo de Asís, mientras atraviesa en silencio las calles, va predicando con sólo su aspecto el misterio de la Cruz, el apóstol inmortificado trabajará en vano al reproducir con sus palabras las páginas elocuentes de Bossuet sobre el Calvario. El mundo está tan atrincherado en su espíritu de gozar, que para derribar su ciudadela no bastan los argumentos comunes, ni siquiera los poderosos. Es preciso sensibilizar la Pasión por medio de la mortificación y el desprendimiento del ministro de Dios.
Inimicos crucis Christi, enemigos de la Cruz de Cristo, volvería a llamar San Pablo a tantos cristianos que no ven en la Religión sino una forma de "snobismo", un conjunto de prácticas exteriores recibidas por tradición, que hay que cumplir periódicamente con respeto, pero sin que exijan la enmienda de la vida, ni la lucha contra las pasiones y la introducción en las costumbres del espíritu del Evangelio. Este pueblo parece que me honra, podría decir el Señor; sí, me honra con los labios, pero su corazón está lejos da mí (171).
Inimicos crucis Christi, enemigos de la Cruz son esos cristianos blandengues, que se rodean de toda clase de comodidades, y se pliegan a todas las exigencias de la moda, y se entregan a los placeres desordenados, y escuchan con extrañeza, porque no la comprenden la palabra que Jesucristo dijo para todos: Si no hacéis penitencia, pereceréis todos de la misma manera (172). La cruz, según la palabra de San Pablo, se les convierte en un escándalo (173).
Y, sin embargo, el apóstol que no tenga vida interior ¿podrá producir nuevos cristianos?
La asistencia nutrida a determinados actos del culto podrá satisfacer al verdadero sacerdote, pero le dejará frío si ve que es debida a la rutina, o al afán de seguir las tradiciones de las familias y la observación de las costumbres antiguas, con tal que no interrumpan el curso de la vida; o el deseo de oír buena música, o disfrutar con una fiesta magnífica o escuchar una buena pieza oratoria en la que sólo se busca la elocuencia.
Pero se dirá: por lo menos las comuniones frecuentes entusiasmarán al sacerdote. Un recuerdo de mi viaje a los Estados Unidos me viene a la memoria.
Visitando varias parroquias, me encantaba ver el número de hombres que asistían a la comunión de los primeros viernes de mes. "Homo videt in facie. Deus autem in corde" (174), me dijo un santo sacerdote de Nueva York. No olvide usted que se encuentra en un país donde el respeto humano es desconocido y el "Bluff" aparece en todas partes. Reserve usted su admiración para aquellas parroquias en que pueda observar que las comuniones frecuentes manifiestan si no la enmienda completa de la vida, al menos un esfuerzo sincero de observar la vida cristiana y un deseo leal de no vivir en la intemperancia ni de ir desenfrenadamente en busca del dinero, etc."
Lejos de nosotros, no dar aprecio a los más pequeños vestigios de vida cristiana donde quiera que se encuentren. Por el contrario, lo que con estas consideraciones nos proponemos es deplorar la lamentable incapacidad a que nos expone la falta de vida interior, de obtener únicamente resultados muy pequeños, aunque, desde luego, sabemos apreciarlos también.
Nuestro Señor no quiere sino nuestro corazón. Si vino a este mundo a revelarnos las sublimes verdades de la fe, fue para conquistarlo; para hacerse dueño de nuestra voluntad y animarnos a seguir sus pisadas en el camino del renunciamiento.
El apóstol habituado a la vida interior que se funda en el Abneget semetipsum (175), se encontrará en condiciones de provocar este renunciamiento, base de toda perfección; pero será incapaz de lograrlo aquel que siga de lejos a Jesucristo cuando va cargado con la cruz. Nemo dat quod non habet (176). Si él es un cobarde y deja de imitar a Jesús crucificado ¿cómo predicará a su pueblo esa guerra santa contra las pasiones, siguiendo la invitación de Jesús?
Sólo un apóstol desinteresado, humilde y casto es capaz de arrastrar las almas a la lucha contra el aluvión, siempre creciente, de la codicia, de la ambición y de la impureza. Solamente quien tenga la ciencia del crucifijo será lo bastante fuerte para oponer un dique a este afán desmesurado de comodidades, y a este culto del placer que amenaza sumergirlo todo y destruir las familias y las naciones. San Pablo cifra y resume su apostolado en enseñar a Cristo crucificado, y porque vive de Jesús, pero de Jesús crucificado, está en condiciones de hacer que las almas gusten el misterio de la cruz y de enseñarles a vivir de él. Hoy existen muchos apóstoles que no tienen la necesaria vida interior para profundizar este misterio que vivifica, y penetrarse de él a fin de irradiarlo. Son exclusivistas al apreciar la religión, considerándola más bien desde el punto de vista filosófico social o estético propios para interesar la inteligencia o excitar la sensibilidad y la imaginación y fomentar la tendencia a no ver en ella sino una escuela de poesía sublime y de arte incomparable. Sin duda, la Religión está adornada de estas cualidades; pero limitarse exclusivamente a estos aspectos secundarios serla deformar la Economía del Evangelio, porque se consideraba como un fin lo que no es sino un medio. Es un sacrilegio hacer un Cristo de "muguet" del Cristo de Getsemaní, del Pretorio y del Calvario.
Después del pecado, la penitencia, la reparación, y e! combate espiritual son las condiciones indispensables para Vivir. La Cruz de Cristo lo recuerda siempre. Al celo del Verbo encarnado por la gloria de su Padre no le bastan admiradores. Necesita imitadores.
En su Encíclica de 1 de noviembre de 1914, el Papa Benedicto XV invita a los verdaderos apóstoles a trabajar más a fondo para desprender a las almas del bienestar, del egoísmo, de la ligereza de costumbres y del olvido de los bienes eternos. Esta invitación es un llamamiento a la vida interior, hecho a los ministros del divino Crucificado.
Dios, que tan generoso es con nosotros, exige al cristiano que desde la edad de la razón una a la Pasión sangrienta de su Hijo, algo de sí mismo, lo que podríamos llamar la sangre de su alma, es decir, los sacrificios, necesarios para observar la divina ley. ¿Quién podrá alentar al cristiano a hacer sacrificios de los bienes, placeres y honores, si no es el ejemplo del conductor de las almas que se haya familiarizado con el espíritu de sacrificio?
Al ver la serie de victorias del enemigo infernal es para preguntarse con ansiedad: ¿Cómo podrá salvarse la sociedad? ¿Cuándo comenzarán los triunfos de la Iglesia? Podemos contestar con el Maestro: Hoc autem genus non ejicitur nisi per orationem et jejunium (177). Cuando de las filas de la milicia sacerdotal y religiosa salga una pléyade de hombres mortificados, que sean como la fulguración del misterio de la cruz a través de los pueblos, esos pueblos, al ver en la mortificación del sacerdote o del religioso una reparación por los pecados del mundo, comprenderán la Redención operada por la sangre de Jesucristo.
Entonces es cuando será aplastado el ejército de Satanás, y dejarán de tener eco en el mundo las quejas de Jesús a través de los siglos, al no encontrar almas reparadoras en medio de sus ultrajes. Et quaesivi de eis virum qui interponeret spem, et staret oppositus contra me pro terra ne dissiparem eam, et non inveni (178).
Alguien quiso analizar el efecto mágico que la sola señal de la cruz, hecha por el P. Ravignán producía en los indiferentes y hasta en los impíos que acudían a oírle, llevados de la curiosidad. Se llegó entre muchos de sus oyentes a la conclusión de que la austeridad de la vida intima del predicador se manifestaba de un modo que conmovía, en aquella señal de la Cruz, con la que se unía al misterio del Calvario.

d) La Vida interior da al obrero evangélico la verdadera elocuencia

Nos referimos a la elocuencia que atrae las gracias necesarias para convertir a las almas y hacerles abrazar la virtud. Incidentalmente hemos tratado antes de este asunto. Agreguemos algunas consideraciones.
En el Oficio de San Juan leemos este responsorio: Supra pectus Domini recumbens Evangelii fluenta de ipso sacro Dominici pectoris FONTE POTAVIT et verbi Dei gratiam in toto terrarum ORBE DIFFUDIT. ¡Qué profunda lección encierran estas palabras para los predicadores, escritores, catequistas y cuantos están encargados de propagar la divina palabra! ¿No descubre en ellas la Iglesia, la Fuente de la verdadera elocuencia, para sus sacerdotes?
A pesar de que todos los evangelistas están igualmente inspirados y tienen una misión providencial, el tono de la elocuencia es distinto en cada uno de ellos. La de San Juan, a diferencia de los otros evangelistas, se dirige a la voluntad, por el corazón, en el cual deja verbi Dei gratiam. Su Evangelio y las Epístolas de San Pablo, son los libros preferidos de las almas para quienes la vida de este mundo carece de sentido si no está unida con Jesucristo.
¿Cuál es el secreto de esa elocuencia cautivadora de San Juan? ¿Ese río caudaloso, cuyas aguas fertilizantes riegan el mundo entero: Fluenta in toto terrarum orbe diffudit, en qué montaña encontró su manantial?
El texto litúrgico lo compara con los ríos del Paraíso, al decir: Quasi unus ex Paradisi fluminibus Evangelista Joannes.
¿Para qué sirven tan altas montañas y tantos glaciares? ¿Estas superficies inmensas, podrá decir el ignorante, no serán más útiles en el llano? No comprende que sin esas altas cimas el llano y los valles serían estériles como el Sahara, porque los ríos que fertilizan las tierras bajan de las altas montañas que son sus depósitos.
Esa alta cima del Paraíso, de donde mana la fuente que alimenta el Evangelio de San Juan, ¿qué es sino el Sagrado Corazón de Jesús? Evangelii fluenta de ipso sacro Dominici pectoris fonte potavit. Al percibir el Evangelista por medio de la Vida interior los latidos del Corazón del Hombre-Dios, y la inmensidad de su amor para con los hombres, su palabra vino a ser la transmisora de la gracia del Verbo divino: Verbi Dei gratiam diffudit.
Por esta misma razón, puede decirse de los hombres de vida interior, que son en alguna manera los ríos del Paraíso. Porque atraen sobre la tierra las aguas vivas de la gracia, que bajan del cielo y desvían o aminoran los castigas que merece el mundo, no sólo con sus oraciones e inmolaciones, sino también y sobre todo, porque en lo más alto de los cielos, sacan del Corazón de Aquél en quien reside la Vida íntima de Dios el caudal de esa vida y lo difunden con toda abundancia en las almas: Haurietis aquas de fontibus Salvatoris. Llamados a predicar la divina palabra, lo hacen con una elocuencia cuyo secreto conocen ellos solos. Hablan del cielo, a la tierra. Iluminan, encienden, consuelan y fortifican. Cuando una de estas condiciones falta, la elocuencia es incompleta. Y únicamente podrá reunirías el predicador que viva de Jesús.
¿Soy yo de aquellos que esperan, sobre todo de la oración, la visita al Santísimo, la misa o la comunión la verdadera eficacia de su elocuencia? De no ocurrir esto, podrí ser un sonoro cimbalum tinniens o tener el timbre solemne del bronce, velut aes sonaras, pero no seré el canal de aquel amor que hace irresistible la elocuencia de los amigos de Dios.
Un predicador de mucha ciencia, pero de una piedad mediocre, podrá exponer las verdades cristianas de tal forma que remueva las almas y las acerque a Dios, aumentando su fe. Pero para impregnarlas del sabor vivificante de la virtud, hace falta haber saboreado antes el espíritu del Evangelio, haciendo de él, por medio de la oración, la sustancia de la propia vida (179).
No nos olvidemos de que el Espíritu divino es el único principio de toda fecundidad espiritual y el que opera las conversiones y reparte las gracias que nos capacitan para evitar el pecado y practicar la virtud. La palabra del obrero evangélico, si está penetrada de la unción del Espíritu santificador, se convierte en un canal viviente que nada retiene de la acción divina. Antes de Pentecostés, los Apóstoles predicaban, pero casi sin fruto. Al cabo de aquellos diez días de retiro en que vivieron interiormente, el Espíritu de Dios los invadió, transformándolos, y entonces sus primeros ensayos de predicación fueron pescas verdaderamente milagrosas. Lo mismo acontece con los sembradores evangélicos. Con la vida interior se convierten en portadores de Cristo. Plantan y riegan con toda eficacia. Y entonces el Espíritu Santo da el ciento por uno. Su palabra es a la vez la semilla que cae y la lluvia que fecundiza, jamás les falta el sol que da el crecimiento y la sazón. Est tantum lucere, vanum, decía San Bernardo; tantum ardere, parum; ardere et lucere perfectum. Y más adelante: Singulariter apostolis et apostolicis viris dicitur: Luceat lux vestra coram hominibus, nimirum tanquam accensis et vehementer accensis (180). El apóstol encuentra la elocuencia evangélica en la vida de unión con Jesús, en la oración y en la guarda del corazón, pero también en la Sagrada Escritura, que estudia y saborea con pasión. Toda palabra salida de la boca de Dios y dirigida al hombre; toda expresión que brotó de los labios adorables de Jesús, es estimada por él como un precioso diamante, cuyas facetas admira a la luz del don de sabiduría, que tiene en él un gran desarrollo. Pero como siempre comienza por orar para abrir después los libros inspirados, no sólo admira, sino también saborea sus enseñanzas, como si el Espíritu Santo se las hubiera dictado personalmente. Qué unción la suya cuando cita la palabra de Dios en el pulpito, y qué diferencia entre las luces que difunde y las sabias o ingeniosas aplicaciones que pueda hacer un orador que cuenta exclusivamente con los recursos de su razón y con una fe casi abstracta o muerta. El primero enseña la verdad viviente, y envuelve las almas en una realidad que las ilumina y vivifica. El segundo sólo puede hablar de ella como de una ecuación algebraica, cierta sin duda, pero fría como ella y sin relación alguna con lo más íntimo de la existencia. Hace de ella una verdad abstracta, en forma de simple memorial, que únicamente mueve los corazones por lo que puede llamarse el carácter estético del cristianismo. "La majestad de la Escritura me asombra; la sencillez del Evangelio me habla al corazón", confesaba el sentimentalista J. J. Rousseau. Pero estas vagas y estériles emociones, ¿qué valen para la gloria de Dios? El verdadero apóstol tiene el secreto de mostrar el Evangelio en toda su verdad, que es siempre actual, siempre operante, e Incesantemente renovada, por ser divina, para el alma que toma contacto con aquél. Y sin preocuparse de sentimentalismos, va directamente, por medio de la palabra de Vida, hasta la voluntad donde reside la correspondencia con la verdadera vida. Las convicciones que produce, engendran amor y resolución. Sólo él tiene la verdadera elocuencia evangélica.
No hay vida interior completa sin una tierna devoción a María Inmaculada, canal por excelencia de todas las gracias, sobre todo de las gracias de elección. El apóstol, habituado a recurrir a María en todas ocasiones, con lo que demuestra su amor de hijo a esta Madre incomparable, como dice San Bernardo, encuentra en la exposición del dogma de la maternidad divina y humana de María acentos que interesan y conmueven a sus oyentes y, sobre todo, les persuaden de la necesidad de recurrir en todas sus dificultades, a la Dispensadora de la Sangre Divina. Con dejar que hablen su experiencia y su corazón, gana las almas para la Reina del Cielo y mediante ella las hace entrar en el Corazón de Jesús.

e) La Vida interior, por engendrar la Vida interior, hace que sus resultados en las almas sean profundos y duraderos

Este capítulo, añadido a las primeras ediciones, convendría escribirlo en forma de carta dirigida a cada uno de nuestros compañeros.
Hemos considerado la dependencia esencial que las obras tienen de la vida interior del obrero evangélico. La oración y la reflexión nos ha guiado a analizar desde otro punto de vista la infecundidad de algunas obras, y creemos no equivocarnos al formular esta proposición:
Una obra no echa raíces profundas, no se estabiliza, ni se perpetúa, sino cuando el obrero evangélico ha engendrado en las almas la vida interior.
Pero esto no lo logrará si él mismo no está nutrido a fondo de esta vida interior.

En el capítulo III de la segunda parte reproducimos las palabras del Canónigo Timon-David, sobre la necesidad de formar en cada una de las obras un grupo de cristianos fervorosos, para que ellos, a su vez, ejerzan un verdadero apostolado con sus compañeros. ¿Quién no aprecia la eficacia de estos fermentos y hasta qué punto pueden MULTIPLICAR esos colaboradores el poder de la acción del apóstol? Ya no trabaja solo, porque se han centuplicado sus medios de acción.
Apresurémonos a decirlo: Solamente el hombre de obras que sea verdaderamente interior tiene la vida necesaria para crear otros focos de vida fecunda.
Cuando se trata de obras laicas, es fácil encontrar cooperadores capaces dé hacer la propaganda necesaria y ocuparse en ellas e influir en su desarrollo por espíritu de camaradería o de cuerpo y aun por rivalidad con otros similares; para ello bastan el fanatismo, la concurrencia, el sectarismo, la ilusión de la gloria, el interés y la ambición. Pero ¿qué palanca que no sea la vida interior intensa podrá encontrarse para levantar los apóstoles que el Corazón de Jesús pide, partícipes de su dulzura y humildad, de su bondad desinteresada y de su celo en mirar exclusivamente a la gloria de su Padre?
Mientras las obras no realicen estos cometidos, su existencia será efímera. Hasta puede afirmarse que no sobrevivirán a sus fundadores: La razón de la perpetuidad de algunas obras es que la vida interior engendró la vida interior. Un ejemplo nos lo aclarará: El sacerdote Allemand, muerto en olor de santidad, fundó en Marsella, antes de la revolución, la Obra de Juventudes para Estudiantes y Empleados. Al cabo de más de un siglo, esta obra conserva el nombre de su fundador y tiene una prosperidad admirable. Aquel sacerdote, sin embargo, tenía las peores condiciones naturales para garantizar el éxito de su obra; era miope, tímido, carecía de dotes oratorias y parecía incapaz de desarrollar la actividad intensa que su empresa reclamaba.
Su semblante, algo grotesco, hubiera provocado la risa, sin la bondad de su alma reflejada en su mirada y en todo su porte, merced a la cual aquel hombre de Dios tenía sobre la juventud un dominio que imponía respeto, estima y cariño a la vez. Aquel sacerdote no quiso edificar su obra sino sobre la vida interior, y tuvo fuerza bastante para formar un grupo de jóvenes a los cuales no titubea en exigir dinero de sus posibilidades, una vida interior integral, la guarda del corazón sin reservas, la oración de la mañana, etc.; en una palabra, la vida cristiana completa, como la comprendían y practicaban los primeros cristianos.
Y esos jóvenes apóstoles, que han ido sucediéndose en Marsella, continúan siendo el alma de aquella Obra, que ha dado a la Iglesia muchos Obispos y sigue dándole sacerdotes, misioneros, religiosos y miles de padres de familia, que son en la ciudad fócea los puntales más importantes de las obras parroquiales y forman una pléyade de hombres, honor del comercio, de la industria y de las diversas profesiones, y foco al mismo tiempo del verdadero apostolado.
Hemos hablado de los padres de familia. Esta palabra evoca una afirmación que se oye por todas partes, y es la siguiente:
"El apostolado que se ejerce con relativa facilidad sobre los jóvenes de ambos sexos, y sobre las madres, es casi imposible cuando se trata de los hombres. Y, sin embargo, mientras no consigamos que los padres de familia sean buenos cristianos y apóstoles, la influencia tan estimable de las madres quedará paralizada o será muy efímera, y jamás llegaremos a implantar el reinado social de Jesucristo. Y, sin embargo, es inútil toda tentativa para atraer a los hombres y hacerles cristianos de fondo en esta parroquia, en esta barriada, en este hospital, en esta fábrica, etcétera."
Esta confesión de nuestra incapacidad, ¿no es muchas veces una certificación de la insuficiencia de nuestra vida interior, que es la única que nos sugerirla recursos para evitar que tantos hombres escapen a la acción de la Iglesia? ¿No abandonamos muchas veces la preparación laboriosa de sermones con que despertar en los cerebros y en los corazones de los hombres las convicciones profundas, los amores y las resoluciones, contentándonos con esos fáciles triunfos oratorios sobre auditorios de jóvenes o mujeres? La vida interior es la que podría sostenernos en esos oscuros y penosos trabajos de siembra, por otra parte, tan infructuosos en apariencia. Solamente ella nos haría comprender la fuerza de acción que podrían darnos la oración y la penitencia, y cómo nuestros progresos en la imitación de las virtudes de Jesucristo decuplicarían la eficacia de nuestro apostolado sobre los hombres.
Se nos habla de una obra militar establecida en una de las más importantes ciudades de Normandía, y tales eran los detalles que se nos daban, que la sorpresa nos hacía dudar de la verdad de las informaciones que recibíamos. Por ejemplo: que los soldados acudían a las funciones religiosas de adoración para reparar las blasfemias y vicios del cuartel, en mayor número que a los conciertos de música o a las sesiones de teatro. Hubimos de rendirnos a la evidencia cuando nos informamos del amor que tenía el Capellán al Tabernáculo y de los apóstoles que había sabido formar a los pies de Jesús.
Después de este ejemplo, ¿qué se puede pensar de otros apóstoles para quienes los cines, los tablados, la acrobacia, etc., constituyen el programa de un quinto Evangelio para la conversión de los pueblos?
A falta de otros recursos, éstos servirán para atraer adeptos o alejarlos de otros lugares peligrosos, ¡pero el provecho será tan pequeño y tan efímero! Dios nos libre de desalentar a nuestros queridos compañeros que no pueden concebir ni emplear sino esos medios y piensan (como nosotros en la misma inexperiencia de nuestros primeros años de apostolado) que sus patronatos quedarían desiertos el día en que ellos destinasen menos tiempo a la preparación de las recreaciones, que estiman condición sine qua non de la marcha próspera de sus obras. Nos limitamos a ponerlos en guardia contra el peligro de dar demasiado espacio a esos medios, a desearles la gracia de comprender la tesis del canónigo Timon-David, cuya conversación hemos relatado en uno de los primeros capítulos.
Un día, cuando no llevábamos sino dos años de sacerdocio, aquel venerable sacerdote se creyó en la obligación de terminar su conversación con nosotros con estas palabras dichas en el tono más fraternal, pero no sin un dejo de compasión: "Non potestis portare modo; más adelante, a medida que avance usted en la vida interior, podrá comprenderme mejor. Hoy, teniéndolo todo en cuenta, debe emplear esos medios de los que no puede prescindir por carecer de otros. En cuanto a mí, conservo perfectamente su número con los viejos juegos de siempre, que tienen la novedad de ser muy baratos y hacer descansar al espíritu, por su misma sencillez. Ya ha visto usted en el desván, agregó finalmente, los instrumentos de música que en mis principios consideré indispensables. Pero mire; precisamente en este momento está llegando la música que tenemos ahora. Usted juzgará por si mismo."
En efecto, pocos minutos después desfilaba delante de nosotros un grupo de unos cincuenta muchachos de doce a diecisiete años. ¡Qué zambra armaban! ¿Quién hubiera podido reprimir una carcajada a la vista de aquel batallón que el viejo canónigo contemplaba con satisfacción? "Mire, me dijo, el que va delante vuelto de espaldas, agitando el bastón como un músico mayor, o se lo lleva a los labios a guisa de clarinete, es un suboficial que está con licencia y es uno de mis más eficaces colaboradores. Cuando su cargo se lo permite, comulga todos los días y jamás deja la media hora diaria de oración. Es un ánima fiestas extraordinario, y siempre pone a contribución su talento para que no decaigan la alegría y las diversiones de los medianos. Tiene mil recursos para sostener el entusiasmo de estos jóvenes. Pero nada escapa a su vigilancia y a su corazón de apóstol." Ciertamente no podía uno menos que reírse ante aquella serie de vulgaridades, tan conocidas y oídas, que ejecutaban los músicos: "El pato abriendo las alas", "Has visto mi gorra", etc. En cuanto el jefe de orquesta daba la señal con su ejemplo, se cambiaba de pieza. Cada uno de los ejecutantes imitaba un instrumento. Unos ponían las manos a modo de bocina delante de la boca; otros soplaban sobre un papel haciéndolo vibrar, unos pocos habían hecho unas flautas con cañas. Me olvidaba del sacabuche y del bombo que llevaban dos ejecutantes de primera fila. El primero estaba formado por dos palos, a uno de los cuales el músico le daba un movimiento de tira y afloja y vaivén, y el segundo era un bidón viejo de petróleo. Tenían tal cara de satisfacción todos ellos que se veía que estaban encantados con su orquesta.
Vamos detrás de ellos, me dijo el canónigo. Al final de la avenida se levantaba una estatua de la Virgen. "Compañeros, dice el músico mayor. Todo el mundo de rodillas. Vamos a rezar a nuestra Madre un Ave maris stella, y diez Avemarías." Todos ellos quedan en silencio y luego responden pausadamente a las Avemarías como si estuvieran en la capilla. Todos aquellos meridionales, con los ojos bajos, que unos momentos antes eran unos verdaderos diablillos, se transforman en ángeles de Fr. Angélico, "No olvide usted, me dijo mi guía, que este es el termómetro de mi obra. Retener a los jóvenes aun de veinte años pasados, por medio de juegos sencillos que despierten su entusiasmo; conseguir que en sus horas de oración y recreo encuentren sus almas de niños, y que se entretengan con niñerías, y llegar a hacerles rezar, pero rezar bien, aun en medio de sus juegos; esto es lo que se proponen todos nuestros colaboradores."
Los músicos se ponen en pie y comienzan de nuevo el estrépito, que llena la plaza. Un momento después pasaron al juego de barra, que les apasionaba. Observamos que el suboficial, al levantarse después del Ave maris stella, dijo algo al oído de dos o tres de los jóvenes, quienes con semblantes alegres, y como obedeciendo a una costumbre, quitándose las blusas y las alpargatas con que jugaban, se dirigieron a la capilla para pasar un cuarto de hora a los pies del Divino Prisionero.
"Nuestra ambición —agregó entonces Timon-Da-vid con una profunda convicción—, nuestra ambición debe dirigirse a formar celadores que tengan tan intenso amor a Dios, que cuando dejen el patronato y formen una familia sigan siendo apóstoles y se preocupen en comunicar al mayor número posible de almas los ardores de su caridad. Si nuestro apostolado se limitase a la formación de buenos cristianos, ¡qué ideal tan pobre el nuestro! Debemos aspirar a la creación de legiones de apóstoles, para que la familia, que es la célula fundamental de la sociedad, se convierta en un centro de apostolado. Pero sólo una vida de sacrificio y de intimidad con Jesús podrá darnos la fuerza y el secreto de realizar este programa integral. Únicamente así nuestra acción en la sociedad tendrá la fuerza que deseamos, y se cumplirán las palabras del Maestro: Ignem veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur (181).
Por desgracia, tuvieron que pasar algunos años para que llegásemos a penetrar el alcance de aquellas lecciones vivientes del canónigo, tan psicólogo y hombre práctico, y comparar, puesta la mira en Dios, para quien nada son los éxitos aparentes, los resultados de los distintos medios empleados.
Estos medios sirven, según rué sean sencillos como el Evangelio o complicados como cuanto es demasiado humano, para apreciar las obras y sus autores.
El joven David avanzó frente a Goliat, contra quien habían luchado inútilmente los más poderosos ejércitos de Israel. Le bastaron una onda, un cayado y cinco piedras. Pero su frase In nomine Domine exercituum (182) era ya un alma capaz de llegar a la santidad.
En estos tiempos se habla mucho de las obras laicas post-escolares. Pero por muy grandes que sean las sumas que el Estado gaste en su sostenimiento, y magníficos locales en que se establezcan, las obras post-escolares de la Iglesia nada podrán temer de ellas, si se las fundamenta en la vida interior, y además porque el ideal que las inspira tiene atractivos para arrastrar a los jóvenes, llevándose a lo más escogido de la juventud.
Terminemos con un episodio al caso, que nos servirá para analizar al hombre de obras, que, al parecer sabe llevar las almas a Dios Nuestro Señor y hacer de ellas apóstoles suyos, pero que en realidad se limita a suscitar entusiasmos nacidos de la simpatía hacia su persona y de la acción magnética que ejerce en torno suyo. Entusiasmados de estar con un hombre encantador, que es muy piadoso y orgulloso de ser el objeto de sus ocupaciones y desvelos, los adeptos le hacen la corte, por decirlo así, y por darle gusto aceptan toda clase de prácticas, aun aquellas que por exigir esfuerzos parecen reflejar la verdadera devoción.
Una Congregación de Hermanas Catequistas, dignas de admiración, era dirigida por un Religioso cuya vida acaba de publicarse. Un día dijo a la Madre Superiora: "Mire, Madre, creo que la Hermana X... debe dejar de explicar el catecismo durante un año por lo menos. —Pero si es la mejor catequista que tengo. De todos los arrabales de la ciudad acuden los niños atraídos por el cariño con que los trata. Retirarla del catecismo sería ver la desbandada de todos los niños. El Padre le responde: Desde la tribuna suelo escuchar sus instrucciones. En efecto, tiene encantados a los niños, pero de un modo excesivamente humano. Si pasa otro año de noviciado se formará mejor en la vida interior y santificará su alma y la de los niños con su celo y su talento; pero ahora es un obstáculo para que Nuestro Señor ejerza su acción en esas almas, que está preparando para la primera Comunión... Veo, Madre, que os entristece mi insistencia. Pues bien; voy a proponerle una transacción. Conozco la Hermana N..., alma de gran vida interior, aunque desprovista de talentos. Pídale a la Madre General que se la envíe para unos meses. La primera acudirá al catecismo durante el primer cuarto de hora, para que no se cumplan vuestros temores de deserción de los pequeñuelos, y poco a poco irá reduciendo los minutos, hasta retirarse del todo. Usted verá cómo los niños harán mejor sus oraciones y cantarán los cantos más fervorosamente. El recogimiento y la docilidad que adquirirán serán un reflejo del carácter sobrenatural de sus almas. Ese será el termómetro."
A los quince días (la Superiora pudo comprobarlo) la Hermana N... explicaba sola la lección y el número de los niños había aumentado. Era Jesús quien daba el catecismo por ella. Con su mirada, modestia, dulzura y bondad; con la manera de hacer la señal de la Cruz; con su voz enseñaba a Nuestro Señor. La Hermana X... con su talento aclaraba y hacía más. Desde luego, trabajaba en la preparación de las explicaciones, para exponerlas con claridad, pero el secreto de su dominio sobre sus oyentes era la unción de su palabra y de su gesto. Esa unción es la que pone a las almas en contacto con Jesús.
En el catecismo de la Hermana N... no había brillantes párrafos, ni miradas atónitas, ni la fascinación que pudiera provocarse con la interesante conferencia de un explorador o la narración emocionante de una batalla.
Allí se respiraba la atmósfera del recogimiento en la atención. Los niños estaban en la sala de catecismo como si fuera la Iglesia, sin necesitar el empleo de ningún medio humano para evitar la distracción o el aburrimiento. ¿Qué influencia misteriosa planeaba sobre los asistentes? Sin duda, la de Jesús, que se ejerce directamente. Porque un alma interior explicando las lecciones de catecismo, es como una lira que suena pulsada por los dedos del divino Artista. Y ningún arte humano, ni el más maravilloso, puede compararse con la acción de Jesús.

f) La Vida interior, por la Eucaristía, resume toda la fecundidad del Apostolado

El fin de la Encarnación, y en consecuencia de todo apostolado, es divinizar a la humanidad. Christus incarnatus est ut homo fieret Deus (183). Unigenitus Dei Filius suae divinitatis volens nos esse participes, naturam nostram assumpsit ut homines deos faceret factus homo (184).
Pero el apóstol se asimila la vida divina en la Eucaristía; mejor dicho en la vida eucarística, o sea en la sólida vida interior que se nutre en el divino banquete. Así lo asegura la palabra perentoria e inequívoca del Maestro: Nisi manducaveritis carnem Filii hominis et biberitis ejus sanguinem, non habebitis vitam in vobis (185). La vida eucarística es la vida de Nuestro Señor en nosotros, no sélo por el estado de gracia que es indispensable para tenerla, sino, además, por una sobreabundancia de su acción. Veni ut vitam habeant et abundantius habeant (186). Si el apóstol debe tener una sobreabundancia de vida divina para distribuirla entre los fieles y no encuentra otro manantial que la Eucaristía para tomarla, ¿cómo imaginar que las obras puedan ser eficaces sin la acción de la Eucaristía en aquellos que, directamente o indirectamente, deben ser los dispensadores de esa vida por medio de sus obras?
Es imposible meditar en las consecuencias del dogma de la presencia real, del sacrificio del altar y de la comunión, sin llegar a la conclusión de que Nuestro Señor instituyó este Sacramento con el fin de hacerlo foco de toda actividad, de toda abnegación y de todo apostolado, que sean de utilidad verdadera para la Iglesia. Si toda la Religión gravita en torno del Calvario, todas las gracias de este misterio brotan del altar. Y la palabra evangélica del obrero que no viva del altar, será una palabra muerta, que no podrá salvar a nadie porque sale de un corazón que no está bastante impregnado de la Sangre redentora. Profundo fue el designio del Salvador al explicar después de la cena, sirviéndose de la parábola de la vid y los sarmientos, la inutilidad de toda acción que no esté animada del espíritu interior: Sicut palmes non potest ferre fructum a semetipso, sic neo vos nisi in me manseritis (187). E inmediatamente indica el valor de la acción, ejecutada por el apóstol que vive la vida interior, es decir, la vida eucarística: Qui manet in me et ego in eo, hic fert fructum multum (188).
Hic, o sea sólo él. Dios no obra con eficacia sino por él. Es lo que dice San Atanasio: "Nosotros nos hacemos dioses por la carne de Cristo." Cuando el predicador o el catequista conservan en su ser el calor de la Sangre divina, y su corazón está abrasado por el fuego que consume al Corazón Eucarístico, ¡cómo vive, arde e inflama su palabra! Y ¡cómo irradian los efectos de la Eucaristía en una clase, en la sala de un hospital, en un patronato, etc., cuando aquellos que Dios escogió para directores de sus obras reanimaron su celo en la comunión, viniendo a ser verdaderos portadores de Cristo!
La Eucaristía, vida del verdadero apóstol, hace sentir sus efectos incomparables contra el enemigo de nuestra salvación, ya se trate del demonio, tan hábil en retener las almas en la ignorancia o del espíritu soberbio o impuro que trata de emborracharlas de orgullo o de ahogarlas en el fango.
El amor se perfecciona en la Eucaristía. Ese viviente memorial de la Pasión aviva el fuego divino del apóstol cuando iba a apagarse. Le resucita Getsemaní, el Pretorio y el Calvario y le da la ciencia del dolor y la humillación. El obrero apostólico habla a los afligidos en una lengua que les hace participar de los consuelos que se encuentran en esa escuela divina. Tiene el lenguaje, de las virtudes cuyo ejemplar es Jesús, porque cada una de sus palabras es como una gota de la Sangre eucarística, derramada en las almas. Sin ese reflejo de la vida eucarística, la palabra del hombre de obras producirá un efecto momentáneo. Únicamente las facultades secundarias serán impresionadas, y ocupadas las avanzadas de la plaza; pero la ciudadela, que es la voluntad y el corazón, quedará sin ser tomada la mayor parte de las veces.
La fecundidad del apostolado, casi invariablemente, es paralela al grado de vida eucarística alcanzado por el alma del apóstol. Efectivamente, un apostolado será eficaz en la medida en que provoque en las almas la sed de participar frecuente y prácticamente en el divino banquete. Y este resultado no se obtiene sino en la medida en que el mismo apóstol vive en verdad, de Jesús-Hostia.
Semejante a Santo Tomás, que hundía su cabeza ante el tabernáculo para hallar la solución de las dificultades teológicas, el apóstol también se postra allí para confiar al huésped divino todos sus secretos, y su acción sobre las almas es el resultado práctico de sus confidencias con el Autor de la vida.
Nuestro admirable Pontífice y Padre, Pío X, el Papa de la comunión frecuente es también el Papa de la vida interior. Instaurare omnia in Christo (189) ha sido la primera palabra que dirigió, programa de un apóstol que vive de la Eucaristía y no aprecia más triunfos de la Iglesia que los progresos de las almas en la vida eucarística.
¿Por qué las obras de nuestro tiempo, tan variadas, pero tan estériles, no han regenerado la sociedad? Confesémoslo una vez más; su número es mayor que el de los siglos pasados y, sin embargo, no han logrado impedir que la impiedad arrasara en proporciones alarmantes el campo del padre de familias. ¿Por qué? Porque no están suficientemente en-quistadas en la vida interior, en la vida eucarística ni en la vida litúrgica bien entendida. Los hombres de obras que las dirigen pudieron explayar en ellas su filosofía, su talento y su piedad hasta cierto punto; lograron lanzar algunas llamaradas de luz y adoptar algunas prácticas de devoción. Pero como no bebieron de la fuente de la vida, no pudieron irradiar el calor que doblega las voluntades. En vano hubieran pretendido despertar esas abnegaciones ocultas, pero irresistibles, ni esos fermentos activos de las colectividades, ni esos focos de atracción sobrenatural, que son irreemplazables, y que silenciosa y constantemente propagan el incendio en su torno y penetran con lentitud, pero con seguridad, en todo género de personas que están a su alcance. Su vida en Jesús era muy débil para alcanzar esos resultados.
En siglos pasados bastaba una piedad ordinaria para preservar a las almas del contagio del mal. Pero para el virus actual, que tiene una violencia centuplicada, inoculada por los incentivos del mundo, se precisa un suero vivificador mucho más enérgico. Por carecer de laboratorios capaces de producir contravenenos eficaces, las obras se han limitado a provocar un fervor sentimental manifestado en grandes arranques que se extinguían a poco de nacer, o cuando han logrado mejores frutos, se redujeron a exiguas minorías. Los seminarios y noviciados no han producido esos enjambres de sacerdotes, religiosos y religiosas, bien embriagados del vino eucarístico. Por eso, el fuego que por su conducto debía transmitirse a los seglares piadosos, consagrados a las obras, ha quedado en estado latente. La Iglesia ha contado, no hay duda, con apóstoles evangélicos formados por la vida eucarística, en esa piedad integral, en esa guarda del corazón y en ese celo ardiente, activo, generoso y práctico, que se llama la vida interior.
No es raro calificar de buena y hasta excelente, a una parroquia, porque la gente saluda con respeto al sacerdote, le responde con cortesía, le manifiesta sus simpatías y hasta le presta algunos servicios, aunque la mayor parte de los feligreses trabaje los domingos en vez de ir a misa y no frecuente los sacramentos, con una ignorancia de la Religión pareja de las intemperancias y blasfemias que se escuchan, con el consiguiente quebranto de la moral. ¡Qué desgracia! ¿Y a eso se llama excelente Parroquia? ¿Pueden denominarse cristianos los que hacen una vida totalmente pagana?
¿Por qué nosotros, los obreros evangélicos, que lamentamos esos resultados no vamos con más frecuencia a esa escuela donde el Verbo instruye a los predicadores? ¿Por qué no hemos ido a beber la palabra de vida más a fondo, en esa intimidad de corazones con el Dios de la Eucaristía? Como Dios no hablaba por nuestra boca, ha sido fatal el resultado. No nos extrañemos más de la esterilidad de nuestra palabra.
Las almas no han visto en nosotros el reflejo de Jesús y de su vida en la Iglesia. Para que el pueblo hubiera depositado su fe en nosotros, habría sido preciso que circundase nuestra frente una brillante aureola, a manera de aquella que fulguraba en las sienes de Moisés cuando descendía del Sinaí y llegaba a los israelitas. Aquella aureola era a los ojos de los hebreos, un testimonio de la intimidad del embajador con quien le enviaba. Para el eficaz desempeño de nuestra misión, hubiera sido preciso que apareciéramos ante los demás, no solamente como hombres probos y convencidos, sino iluminados por un rayo de la Eucaristía que descubriese al pueblo, al Dios viviente en nosotros, a quien nada resiste.
Retóricos, tribunos, conferenciantes, catequistas y profesores, hemos cumplido a medias nuestra labor, por no haber reflejado la intimidad de Dios.
Al lamentar los fracasos de nuestras obras, los apóstoles, que sabíamos que en último término el hombre es arrastrado por el deseo de la felicidad, preguntémonos si se vio en nosotros irradiación de la dicha eterna e infinita de Dios, que nos hubiera dado la unión con Aquel que, oculto en el Tabernáculo, es la Alegría de la Corte celestial.
El Maestro tenía bien presente este alimento de la alegría tan necesario a los apóstoles: Haec locutus sum vobis ut gaudium meum sit in vobis et gaudium vestrum impleatur (190), les dijo acabada la cena, para recordarles hasta qué punto será la Eucaristía el manantial de todas las grandes alegrías de la Tierra.
Ministros del Señor, para quienes el Tabernáculo estaba mudo, el ara frío y la Hostia casi inerte, debimos dejar abandonadas las almas en sus caminos de perdición. ¿Cómo hubiéramos podido sacarlas del fango de los placeres prohibidos? Sin embargo, hemos hablado algunas veces de las alegrías de la Religión y de la buena conciencia. Pero como no supimos llegar hasta la saciedad al beber las aguas vivas del Cordero, no alcanzamos sino a tartamudear cuando hablábamos de aquellas alegrías inefables, cuyas ansias, despertadas por nosotros, hubieran roto las cadenas de la triple concupiscencia, mucho mejor que las frases más terribles sobre el infierno.
Hemos presentado ante las almas ese Dios que es todo Amor, como un legislador austero y un juez inexorable en la sentencia y riguroso en el castigo, y nos hemos callado el lenguaje del Corazón de Aquel que tanto ama a los hombres, porque nuestras efusiones con su Corazón eran tan raras como superficiales.
No carguemos la culpa a la inmoralidad de la sociedad, aunque sea muy grande, porque podemos comprobar la moralización operada en parroquias mucho tiempo descristianizadas, por la dirección de sacerdotes juiciosos, activos, abnegados, competentes y, sobre todo, amantes de la Eucaristía. A despecho de todos los esfuerzos de los ministros de Satanás, esos sacerdotes, pocos por desgracia, facti diabolo terribiles, sacando la fuerza de la fragua de la fuerza, de las ascuas del Tabernáculo, han sabido templar sus armas, tan invencibles, que todos los demonios conjurados no han podido quebrantarlas.
La oración que hacían al pie del Altar no fue estéril, porque pudieron comprender estas palabras de San Francisco de Asís: La oración es la fuente de la gracia. La predicación es el canal que distribuye las gracias que hemos recibido del cielo. Los ministros de la palabra de Dios han sido escogidos por El Gran Rey para llevar a los pueblos lo que ellos aprendieron y recogieron de sus labios, SOBRE TODO AL PIE DEL TABERNÁCULO.
Lo que más alienta nuestra esperanza es ver actualmente una generación de hombres consagrados a las obras, que no se contentan con organizar brillantes comuniones, sino que saben despertar en las almas la verdadera práctica de la comunión frecuente.

QUINTA PARTE

ALGUNOS PRINCIPIOS Y AVISOS PARA LA VIDA INTERIOR

1. Consejos a los hombres de obras para la vida interior

CONVICCIONES
El celo no es eficaz sino en la medida en que se le agrega la acción de Jesucristo.
Jesucristo es el agente principal; nosotros somos sólo los instrumentos.
Jesucristo niega su bendición a las obras en que el hombre confía únicamente en sus propios recursos.
Jesucristo no bendice aquellas obras sostenidas por sola la actividad natural.
Jesucristo no bendice las obras en que el amor propio reemplaza al amor divino (1).
Desgraciado el que resiste, cuando Dios le llama a determinadas obras.
Desgraciado quien se entrega a las obras sin asegurarse de la voluntad de Dios.
Desgraciado el que pretende gobernar las obras con independencia de Dios.
Desgraciado aquel que en el ejercicio de las obras no toma sus medidas para conservar o recobrar la vida interior.
Desgraciado quien no sabe poner orden en sus vidas interior y activa, para que no se perjudiquen mutuamente.

PRINCIPIOS
Primer principio. — No lanzarse a las obras llevado exclusivamente de la actividad natural, sino consultar a Dios, para llegar al convencimiento de que nos impulsa la inspiración de la gracia y la expresión moralmente cierta de su voluntad.

Segundo principio. — Es imprudente y perjudicial permanecer durante mucho tiempo envuelto en ocupaciones excesivas que pudieran dejar al alma en un estado incompatible con los ejercicios esenciales de la vida interior. En ese caso, sobre todo los sacerdotes y religiosos, deben aplicar, aun a las obras más santas, el Erue a te et projice abs te (2).

Tercer principio.—- Ha de imponerse y observarse si es preciso con violencia, ante el desbordamiento irrefrenable de la vida activa, un reglamento que determine el empleo habitual del tiempo, hecho con el asesoramiento de un sacerdote prudente, interior y experimentado.

Cuarto principio. — Para provecho propio y ajeno, hay que cultivar sobre todo la vida interior. A mayor ocupación, mayor necesidad de esa vida. Por consiguiente, hay que fomentar la sed de esa vida y poner los medios necesarios para que esa sed no se convierta en uno de esos deseos estériles que Satanás explota con tanta habilidad, para cloroformizar a las almas y dejarlas en la ilusión.

Quinto principio. — Cuando el alma se encuentra accidentalmente, por voluntad de Dios, muy ocupada y en la imposibilidad moral de prolongar sus ejercicios de piedad, posee un termómetro infalible que le indicará si se mantiene VERDADERAMENTE en el fervor. Si tiene verdadera sed de vida interior, y aprovecha todas las ocasiones que se le presentan para cumplir las prácticas esenciales, puede estar tranquila y contar con gracias especiales que Dios le reserva; ellas le darán la fuerza suficiente para avanzar en la vida espiritual.

Sexto principio. — Mientras el hombre de acción no ha llegado a conservarse en el recogimiento y dependencia de la gracia que deben acompañarle en todas partes, se encuentra en un estado insuficiente de vida interior. Para ese recogimiento necesario no hay que hacer esfuerzos. Basta una mirada más bien del corazón que del espíritu. Mirada segura, justa y penetrante, para conocer si en medio de nuestra actividad seguimos bajo la influencia de Jesús.

CONSEJOS PRÁCTICOS
1.° Fijar en el espíritu la convicción de que sin el Reglamento de que hemos hablado, y sin una voluntad firme de observarlo habitualmente, y en particular en cuanto a la HORA DE LEVANTARSE, determinada rigurosamente de antemano, el alma NO PUEDE vivir la vida interior.
2. ° Fundamentar la vida interior, como en un elemento indispensable, en la oración de la mañana. "Aquel —dice Santa Teresa— que está resuelto, cueste lo que cueste, a hacer todas las mañanas media hora de oración, ha recorrido la mitad de la jornada". En cambio, día sin oración, casi invariablemente, es día de tibieza.
3. ° La Misa, la Comunión, el rezo del Breviario y las funciones litúrgicas son minas incomparables de vida interior y deben ser explotadas con una fe y un fervor siempre crecientes.
4. ° El examen particular y general, han de enderezarse, así como la Oración y la Vida litúrgica, a la Guarda del corazón, por medio de la cual se realiza el Vigilate et orate. El alma, atenta a lo que pasa en su interior y a la presencia de la Santísima Trinidad en si, adquiere el instinto de recurrir a Jesús en todo momento, y especialmente cuando sospecha que corre peligro de disipación o decaimiento.
5. ° De esto se sigue la necesidad de las comuniones espirituales y jaculatorias, que son verdaderas oraciones, muy fáciles de hacer cuando hay buena voluntad, aun en medio de las ocupaciones más absorbentes, y que al mismo tiempo admiten una variedad muy grande aplicándolas a las necesidades especiales del momento presente, a las circunstancias en que se encuentre, a los peligros, dificultades, laxitud, defecciones, etc.
6. ° El estudio de la Sagrada Escritura, y especialmente del Nuevo Testamento, debe formar parte de toda vida sacerdotal, todos los días o varias veces por semana. La lectura espiritual de la tarde es un deber cotidiano que cumple toda alma generosa. El espíritu necesita refrescar la memoria de las verdades sobrenaturales, de los dogmas generadores de la piedad y de sus consecuencias morales, que se olvidan tan fácilmente.
7. ° Gracias a la guarda del corazón, que será como la preparación remota de la confesión semanal ésta podrá estar revestida de una contrición sincera, un dolor verdadero y un firme propósito, cada vez más leal y resuelto.
8. ° Los ejercicios anuales son muy útiles, pero insuficientes. El retiro mensual (de un día entero, o medio día por lo menos), con el cual el alma adquiere el equilibrio que iba a perder, es casi indispensable al hombre de obras.

2. La Oración, elemento indispensable de la Vida interior y, por consiguiente, del Apostolado

Un deseo vago de vida interior, sentido a causa de la rápida lectura de un volumen, no daría NINGÚN RESULTADO.
Es preciso fijar ese deseo en una resolución precisa, ardiente y práctica.
Muchas personas de obras nos han pedido que les facilitemos los medios de realizar sus propósitos de llevar vida interior, exponiendo algunas resoluciones generales.
Satisfacer esos deseos es agregar una suerte de apéndice a ese volumen.
Lo haremos, sin embargo, con gusto, persuadidos por una parte de que ningún hombre de obras, sea sacerdote o seglar, sacará provecho de la lectura de este libro si no está resuelto a dedicar todas las mañanas unos instantes a la oración mental, y por otra, de que todo sacerdote, para progresar en la vida interior, debe utilizar la Vida litúrgica y ejercitarse en la Guarda del corazón.
Creemos que será más práctico exponer estos tres puntos en forma de resoluciones personales.
No presumimos de enseñar un método nuevo de oración; nos limitamos a extraer el meollo de los métodos mejores.

RESOLUCIÓN DE ORAR

YO QUIERO SER FIEL A LA RESOLUCIÓN DE HACER ORACIÓN TODAS LAS MAÑANAS

I. ¿SE IMPONE ESTA FIDELIDAD?

Yo, SACERDOTE, escuché en los ejercicios espirituales que precedieron a mi ordenación estas graves palabras: Sacerdos, alter Christus y entendí entonces, que de no vivir especialmente de Jesús, no sería un sacerdote según su corazón, ni un alma sacerdotal.
Yo, SACERDOTE, debo vivir en la intimidad de Jesús. Él lo espera de mí. Jam non dicam vos servos... Vos autem dixi amicos (3).
Pero MI VIDA CON JESÚS, Principio, Medio y Fin, se desarrolla en la medida en que El es la Luz de mi razón y de todos mis actos internos y externos; el AMOR que regula todas las afecciones de mi corazón; mi FUERZA en las pruebas, luchas y obras. Y el ALIMENTO de esa Vida sobrenatural que me permite participar de la misma vida de Dios.
Ahora bien; esa Vida con Jesús, ASEGURADA POR MI FIDELIDAD A LA ORACIÓN., es moralmente IMPOSIBLE sin oración.
¿Me negaré a hacerla sabiendo que mi negativa es un ultraje al Corazón de Aquel que me ofrece este Medio de vivir en amistad con Él?
Otro aspecto importante, aunque negativo, de la necesidad que tengo de hacer oración: Según la Economía del Plan divino, la oración es EFICAZ para evitar los peligros inherentes a mi fragilidad, a mis relaciones con el mundo y a algunas de mis obligaciones.
La oración me revestirá de una armadura de acero, que me hará INVULNERABLE a las flechas del enemigo. Sin oración, ellas se me clavarán seguramente. Por tanto, muchas faltas que no advierto, o de que apenas me doy cuenta, me serán imputadas en su causa.
"El sacerdote que está en contacto con el mundo,
SI NO ORA, CORRE UN GRAN PELIGRO DE CONDENARSE, decía sin titubear el piadoso, docto y prudente P. Desurmont, uno de los más experimentados predicadores de Retiros eclesiásticos.
A su vez el Cardenal Lavigerie, escribe: "Para el apóstol no hay término medio entre la santidad adquirida, o al menos deseada y fomentada (sobre todo con la oración diaria), y la perversión progresiva."
Todo sacerdote puede aplicar a la oración que hace, estas palabras Inspiradas por el Espíritu Santo al Salmista: Nisi quod LEX TUA MEDITATIO mea est, tunc forte PERIISSEM IN humilitate mea (4). Pero esta ley impone al sacerdote la obligación hasta de reproducir el espíritu de Jesucristo.

UN SACERDOTE VALE LO QUE SU ORACIÓN. DOS CATEGORÍAS DE SACERDOTES:

1. ° Los sacerdotes que tienen la resolución firme de ni siquiera retrasar la oración con el pretexto de conveniencia, ocupaciones, etc. Únicamente en algún caso RARÍSIMO de fuerza mayor, la dejarán para hacerla más tarde durante la mañana. Pero nada más.
Estos verdaderos sacerdotes tienen el empeño decidido de obtener resultados apreciables de su oración, que distinguen de la acción de gracias de la Misa, de la lectura espiritual y, a fortiori, de la preparación de un sermón.
Estos poseen la santidad deseada eficazmente. Mientras sigan así, su Salvación está moralmente asegurada.
2. ° Los sacerdotes que sólo tienen una semi-resolución de hacer oración, y la retrasan y omiten con facilidad, desnaturalizando su fin o no haciendo esfuerzo alguno para alcanzarlo.
CONSECUENCIA: tibieza, ilusiones sutiles, embotamiento de conciencia o conciencia falsa... Peligro de resbalar hacia el abismo.
¿A cuál de estas dos categorías quiero pertenecer? Si dudo en la elección es que no hice bien los ejercicios espirituales.
Todo se encadena. Si abandono la media hora de oración de la mañana, pronto la Santa Misa, y por tanto la Comunión, no me serán de provecho personal, y podrán hasta imputárseme a pecado. El rezo penoso y casi mecánico del Breviario no será la cálida y alegre expresión de mi Vida litúrgica. Abandonaré la vigilancia, el recogimiento y, por tanto, las jaculatorias. Y, desgraciadamente, también la lectura espiritual. Mi apostolado irá perdiendo en fecundidad. Ni haré un examen sincero de mis faltas, y mucho menos el examen particular. Mis confesiones
SERÁN DE RUTINA O TAL VEZ DUDOSAS, y EL SACRILEGIO...
¡no se hará esperar!
La ciudadela, cuya defensa va abandonándose día por día, acabará por ser entregada al asalto de una legión de enemigos. Comenzarán por abrir brechas en ella, y acabará todo en un montón de ruinas.

II. ¿QUÉ DEBE SER MI ORACIÓN?
ASCENSIO MENTÍS IN DEUM (5). "Esa ascensión, dice Santo Tomás, por ser un acto de la razón, no especulativa, sino práctica, supone un acto de la voluntad."

CONSECUENCIA:

La Oración mental es un VERDADERO TRABAJO, sobre todo para los principiantes. Trabajo para desprenderse un instante de todo lo que no es Dios. Trabajo para permanecer media hora fijo en Dios y hacer un nuevo arranque camino del Bien. Trabajo penoso, indudablemente, al principio, pero que quiero aceptar con generosidad. Trabajo que, por lo demás, pronto será coronado con el mayor consuelo de este mundo, que es la paz en la amistad y unión con Jesús.
"La oración, dice Santa Teresa, es una conversación amistosa, en la cual el alma, habla de corazón a corazón, con Aquel de quien se siente amada."
CONVERSACIÓN CORDIAL. — Sería impío suponer que ese Dios que pone en mi espíritu la necesidad, a veces el atractivo y hasta la imposición de esa conversación, no va a facilitármela. Hasta cuando abandono algún tiempo a Jesús, me llama con ternura, ofreciéndome una asistencia ESPECIAL por medio del Lenguaje de la Fe, Esperanza y Caridad, que debe constituir mi Oración, según el pensamiento de Bossuet.
¿Osaré resistir a ese llamamiento de un padre que está invitando al hijo pródigo a escuchar sus palabras y a tener una expansión filial, abriéndole el corazón para unir sus latidos a los del Corazón de su Padre?
CONVERSACIÓN SENCILLA. — Procederé con naturalidad, hablando al Señor si soy tibio, como tibio o como pecador, o como pródigo o como ferviente. Le mostraré el estado de mi alma con candidez infantil, hablándole un lenguaje que sea la expresión sincera de mi estado.
CONVERSACIÓN PRÁCTICA. — El herrero mete el hierro en la fragua, no para darle brillo ni para convertirlo en un ascua, sino para hacerlo maleable.
De la misma manera, la oración ilumina mi inteligencia y enciende mi corazón para dar flexibilidad a mi alma, trabajarla y quitarle las aristas del hombre viejo, modelándola con las virtudes y dándole la forma de Jesucristo.
Esa conversación mía con Jesús elevará mi alma hasta su santidad (6) para formarla a imagen y semejanza suya. Tu Domine Jesu. Tu Ipse manu mitissima, misericordissima, sed tamen fortissima formans ac pertractans cor meum (7).

III. ¿CÓMO HARÉ LA ORACIÓN?
Para realizar en mí la definición y el fin de la oración, seguiré este camino lógico. Empezaré por abrir mi razón y, sobre todo, mi Fe y mi corazón a Jesús cuando me enseñe una verdad o una virtud. Avivaré la sed de armonizar mi alma con el ideal que he columbrado. Deploraré lo que haya en mí en oposición con el ideal. Me decidiré a saltar por toda clase de obstáculos que pudiera prever. Y, persuadido de que nada puedo de mi cosecha, alcanzaré con mis súplicas la gracia eficaz para poner en práctica estos propósitos.
Como un viajero extenuado, muerto de sed, busco dónde mitigarla. Por fin, VIDEO (8). Veo una fuente. Pero brota de una roca escarpada... SITIO. Cuanto más miro sus aguas cristalinas, que me aliviarían para poder seguir mi camino, más se me acentúa el deseo de apagar la sed, a pesar de los obstáculos que me lo impiden. VOLO. Quiero, cueste lo que cueste, llegar a la fuente y hacer toda clase de esfuerzos para lograrlo. Pero, desgraciadamente, tengo que confesar que no puedo... VOLO TECUM. Un guía se me presenta. Está esperando a que solicite su ayuda, para prestármela. Carga conmigo hasta en los pasos más difíciles. Inmediatamente bebo todo lo necesario para apagar la sed.
Esto ocurre con las Aguas vivas de la gracia que brotan del Corazón de Jesús.
La Lectura espiritual que hago por las tardes, elemento preciso de vida interior, reaviva en mí el deseo de hacer oración al día siguiente. MOMENTOS ANTES DE ACOSTARME, preveo de un modo sumario, pero neto y vivo, los puntos de la oración del día siguiente y el fruto que deseo obtener, y avivo delante de Dios el deseo de aprovecharme (9).
LLEGADA LA HORA DE LA ORACIÓN (10), quiero desprenderme de todo lo terreno y hacer UN ESFUERZO DE IMAGINACIÓN para representarme alguna escena viva que me borre las preocupaciones, distracciones, etcétera (11).
Será una representación rápida, hecha a grandes rasgos, lo suficientemente viva para que pueda impresionarme y PONERME EN PRESENCIA de Dios, cuya Actividad, hecha toda de Amor, quiere envolverme y penetrarme. De esta manera, estoy en comunicación con un INTERLOCUTOR VIVIENTE (12).

ADORABLE Y AMABLE

Al punto hago una adoración profunda. Esto se impone.
Anonadamiento, contrición, declaración de dependencia, oración humilde y confiada para que Dios bendiga ese rato que he pasado con Él (13).

VIDEO

ENTREGADO a tu Presencia viviente, oh Jesús mío, y desprendido del orden puramente natural, comenzaré estos momentos con el LENGUAJE DE LA FE, que es más fecundo que los análisis de la razón. A este fin, leo o recuerdo los puntos de la oración. Los resumo, concentrando en ellos la atención.
Eres tú, oh Jesús mío, quien me habla y enseña esta verdad. Quiero reavivar y aumentar mi Fe en eso que me presentas como absolutamente cierto, porque está fundado en tu Veracidad.
Y tú, alma mía, no te canses de repetir: CREO. Sigue repitiéndolo con más fuerza. Como el niño que lee muchas veces la lección, repite tú también muchas veces que prestas tu adhesión a esa doctrina y a las consecuencias que tiene para ti en la Eternidad (14)... Oh Jesús mío, eso es cierto, absolutamente cierto. Lo creo. Quiero que ese rayo de Sol de la Revelación sea el faro que me guíe en el día de hoy. Dame una Fe más ardiente todavía.
Inspírame deseos vehementes de vivir de ese Ideal y una santa cólera contra cuanto se le oponga. Quiero devorar ese alimento de Verdad y asimilármelo.
Si, a pesar de ese avivamiento de la Fe que debo hacer durante algunos minutos permaneciere frío ante la verdad que se me presenta, no insistiré más. Te diré, mi buen Maestro, mi pena por esta impotencia mía, y te suplicaré que suplas a ella.

SITIO

De la frecuencia y, sobre todo, de la energía de mis actos de Fe, verdadera participación en la Luz de la Inteligencia divina, dependerá el grado de amor de mi corazón, LENGUAJE DE LA CARIDAD AFECTIVA.
Las AFECCIONES, espontáneas o nacidas de mi voluntad, son flores depositadas por mi alma de niño, a los pies de Jesús que le habla: Adoración, gratitud, amor, alegría, adhesión a la voluntad divina y desprendimiento de lo demás, aversión, odio, temor, cólera esperanza y abandono.
MI corazón escoge uno o varios de esos sentimientos y se penetra de ellos, expresándooslos, Jesús mío, y repitiéndolos muchas veces con ternura y lealtad y, sobre todo, con sencillez.
Si la sensibilidad me ofrece su concurso, lo acepto. Puede reportarme alguna utilidad, aunque no me es necesario. Un amor tranquilo y profundo es más seguro y de mayor fecundidad que las emociones superficiales, las cuales ni dependen de mí ni son el termómetro de la oración fructuosa y verdadera. Lo que siempre depende de mi y me Importa sobre todo, es el esfuerzo para sacudir el embotamiento del corazón y obligarle a decir: Dios mío, quiero unirme a Vos. Quiero anonadarme en vuestra presencia. Quiero expresaros mi gratitud y la alegría que siento en cumplir vuestra voluntad. No quiero mentir más, al deciros que os amo y que detesto lo que Os hiere, etc.
Dentro de la lealtad de mis esfuerzos, mi corazón puede quedar frío y no expresar, sino tibiamente, sus afecciones. Entonces, Jesús mío, te expresaré con toda ingenuidad mi humillación y mis deseos... Y prolongaré reflexivamente mis quejas, persuadido de que con estos gemidos que exhalo en tu presencia por mi esterilidad, adquiero un derecho especial a unirme de manera eficacísima, aunque seca, ciega y fría, a las afecciones de tu divino Corazón.
Qué bello es, Jesús mío, el Ideal que veo en Ti. Pero, ¿está mi vida en armonía con ese Ejemplar perfecto? Voy a averiguarlo bajo tu profunda mirada, oh divino Interlocutor, que eres ahora todo Misericordia, y serás Justicia estricta cuando me presente a Ti en el juicio particular, en que de un solo golpe de vista escrutarás los móviles más secretos de todos los actos de mi existencia.
¿Vivo de ose Ideal? Si muriera en este instante, ¿no encontrarías, oh Jesús mío, que mi conducta estaba en contradicción con él?
¿En qué puntos deseas, mi buen Maestro que me corrija? Ayúdame a descubrir los obstáculos que se oponen a que te imite: las causas internas o externas, y las ocasiones próximas o remotas de mis caídas.
La vista de mis miserias y dificultades me obliga, Redentor adorado, a expresarte con todo mi corazón, confusión, dolor, tristeza, amargo arrepentimiento, sed ardiente de portarme mejor, ofrecimiento generoso y sin reservas de mi ser. Volo placeré Deo in omnibus (15).

VOLO

Doy un nuevo avance en la escuela del QUERER.
Es el LENGUAJE DE LA CARIDAD EFECTIVA. Las afecciones han despertado en mí el deseo de corregirme. Conozco los obstáculos que me lo impiden. Ahora me toca decir: Quiero vencerlos. El ardor con que diga y repita: QUIERO, depende, Jesús mío, de mi fervor en repetir: Creo, amo, me arrepiento, detesto.
Si alguna vez no pronuncio ese VOLO con la energía que fuera de desear, oh mi buen Jesús, lamentaré esa falta de voluntad y, en lugar de perder aliento, no me cansaré de repetir cuánto deseo participar de la generosidad que tuviste en el servicio de tu Padre.
A la resolución general que he formado de trabajar en mi satisfacción y en amor de Dios, agrego la de aplicar la oración que haga, a las dificultades, tentaciones y peligros del día. Pero mi empeño principal estriba en formar nuevamente, con un amor más vivo, LA RESOLUCIÓN (16) que constituye el objeto del examen particular (defecto que debo combatir; virtud que he de practicar). Y la robustezco con motivos sacados del Corazón del Maestro. Procediendo como verdadero estratega, determino los medios con los cuales podré asegurar su ejecución, previendo las ocasiones y preparándome a la lucha.
Si me veo en una ocasión especial de disipación, inmortificación, humillación, tentación o decisión grave, procuraré estar vigilante, ser enérgico en cumplir mi deber y, sobre todo, me uniré con Jesús y acudiré a María.
Si, a pesar de esas precauciones, llegase a caer, ¡qué abismo existiría entre estas caídas por sorpresa y las otras! Atrás la cobardía; yo sé que doy gloria a Dios con la perpetua renovación de mis propósitos, para ser más decidido, para desconfiar de mí y para acudir a Él en mis súplicas. El éxito no se logra sino a este precio.

VOLO TECUM

Exigir a un cojo que ande derecho, es menos absurdo que pretender ser santo sin Ti, oh Salvador mío (San Agustín).
¿Por qué mis resoluciones han quedado estériles, sino porque el Omnia possum no ha nacido del In eo qui me confortat? (17). Llego ya al punto, en cierto sentido, el más importante de mi oración: la SÚPLICA o el LENGUAJE DE LA ESPERANZA.
Nada puedo, oh Jesús mío, sin tu gracia. Por ningún título merezco esa gracia tuya. Pero sé que mis súplicas no te fatigan, antes determinan la medida de tu socorro y reflejan la sed que tengo de estar contigo, la desconfianza en mí y la confianza ilimitada, hasta loca, en tu Corazón. Como la Cananea me arrodillo a tus pies, oh Bondad infinita. Con su insistencia, toda esperanza y humildad, te pido no unas migajas, sino la verdadera participación en el festín de que has dicho: Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre.
La gracia me ha hecho miembro de tu Cuerpo místico, y así participo de tu Vida y méritos y oro por Ti, oh Jesús mío. ¡Padre Santo!, te suplico por la Sangre que grita misericordia. ¿Rechazarás mis plegarias? Elevo hasta Ti un grito de pordiosero, ¡oh riqueza inagotable! Exaudi me, quoniam inops et pauper sum ego (18). Revísteme de tu Fortaleza y glorifica tu Poder en mi debilidad. Tu Bondad, tus promesas, y méritos, oh Jesús, juntamente con mi misericordia y mi confianza, son los únicos títulos de mi demanda para obtener, por mi unión contigo, la guarda del corazón y la fortaleza en el día de hoy.
Si apareciera algún obstáculo o tentación, o algún sacrificio que debo imponer a mis facultades, el texto o pensamiento que guardo en mi memoria como Ramillete espiritual, me hará respirar el perfume de la oración, que ha envuelto a mis resoluciones, y otra vez en este momento lanzaré el grito de la Súplica eficaz. Este hábito, fruto de mi oración, será también su piedra de toque: A fructibus cognoscetis.

* * *

Cuando llegare a VIVIR DE FE Y DE SED HABITUAL DE DIOS, el trabajo del Video quedará suprimido algunas veces; el Sitio y el Volo surgirán desde el principio de la oración que emplearé en producir afectos y ofrecimientos, en robustecer mis resoluciones y en suplicar ante Jesús directamente, o por medio de María Inmaculada, a los Ángeles y Santos, una unión más íntima y constante con la Voluntad divina.
El Santo Sacrificio me espera. Me he preparado con la Oración. Mi participación en el Calvario en nombre de la Iglesia y la comunión que haga, serán como la continuación (19). En la acción de gracias extenderé mis súplicas a los intereses de la Iglesia, a las almas que se me han encomendado, a los difuntos, a mis pobres, parientes, amigos, bienhechores, enemigos, etc.
El rezo de las distintas horas del Breviario en unión con la Iglesia por Ella y por mí, las jaculatorias frecuentes y encendidas, las comuniones espirituales, el examen particular, la visita al Santísimo, la lectura espiritual, el rosario, el examen general, etcétera, serán los jalones de mi camino, activarán mis fuerzas y conservarán el aliento que tomé a la mañana, para que ninguno de los actos que ejecutare en el día escape a la acción de Nuestro Señor. Gracias a este aliento, el RECURSO FRECUENTE en un principio, y más tarde HABITUAL a Jesús, ya directo, ya por medio de su Madre, hará que cese la contradicción existente entre la admiración que siento por su doctrina y mi vida de emancipación; entre mi piedad y mi conducta.

* * *

Ahora reprimimos nuestro corazón que, en su deseo de ser útil a los hombres de obras, quisiera consagrar aquí una atención especial al EXAMEN PARTICULAR. Alargaríamos demasiado este volumen si realizáramos este pensamiento y, sin embargo, de la lectura de Casiano y de otros Padres de la Iglesia, como también de San Ignacio de Loyola, San Francisco de Sales y San Vicente de Paúl, resulta que los Exámenes particular y general son corolarios obligados de la Oración y tiene relación con la Guarda del corazón.
De acuerdo con su director, el alma está resuelta a vigilar, durante la oración más directamente, y después, en el transcurso del día, un defecto o una virtud, que son el manantial de otros defectos o de otras virtudes.
A veces, un carro es arrastrado por varias caballerías. El conductor las sigue a todas con los ojos. Pero en el centro del tiro va una a la cual el conductor atiende con cuidado especial, porque sabe que, si se detiene o apresura excesivamente, las otras se desvían.
El análisis que hacemos de nuestra alma por medio del examen particular, para ver si avanzamos, retrocedemos o estamos parados, en un punto bien determinado, no es otra cosa que un elemento de la guarda del corazón.

3. La Vida litúrgica, manantial de Vida interior, y, por tanto, de Apostolado

RESOLUCIÓN DE VIDA LITÚRGICA

Con la Misa que celebro, el Breviario y las demás Funciones litúrgicas, quiero, como MIEMBRO o EMBAJADOR de la Iglesia, unirme cada vez más a su Vida y revestirme mejor de Jesús, y de Jesús- Crucificado, sobre todo si soy MINISTRO SUYO.

I. ¿QUÉ ES LA LITURGIA?

Oh Jesús mío, te adoro como Centro que eres de la Liturgia. Tú das unidad a esa Liturgia que puedo definir: el culto público, social y oficial que la Iglesia da a Dios, y también: EL CONJUNTO DE MEDIOS QUE LA IGLESIA HA ESTABLECIDO, CON ESPECIALIDAD EN EL MISAL, EL RITUAL Y EL BREVIARIO, CON LOS CUALES EXPRESA su RELIGIÓN PARA CON LA SANTÍSIMA TRINIDAD, E INSTRUYE Y SANTIFICA LAS ALMAS.
Tú, alma mía, has de contemplar en el Seno mismo de la Santísima Trinidad la LITURGIA ETERNA, mediante la cual las tres Personas se cantan entre sí, la Vida divina y la santidad infinita, en ese himno inefable de la Generación del Verbo y de la Procesión del Espíritu Santo. Sicut erat in principio...
Dios ha querido ser alabado fuera de sí. Creó los ángeles y en el cielo resuenan sus aclamaciones, cuando dicen Sanctus, Sanctus, Sanctus. Ha creado el mundo visible, que entona un himno a su poder: Coeli enarrant gloriam Dei.
Aparece Adán y comienza a entonar en nombre de la creación entera el himno de alabanzas, eco de la Liturgia Eterna. Abel, Noé, Melquisedec, Abraham, Moisés, el Pueblo escogido de Dios, David y todos los Santos del Antiguo Testamento, lo cantan a porfía. La Pascua de los Israelitas, los sacrificios y holocaustos y el culto solemne a Jehová en su templo, le dan una forma oficial. Himno imperfecto, sin duda, sobre todo después de la caída: Non est speciosa laus in ore peccatoris (20).
Sólo tú, Jesús, mío, eres el himno perfecto, por ser la gloria verdadera del Padre. Nadie puede glorificarlo dignamente, sino por ti. Per Ipsum et cum Ipso et in Ipso est Ubi Deo Patri... onmis honor et gloria (21). Tú eres el LAZO DE UNIÓN entre la Liturgia y la tierra y el cielo, a la cual asocias directamente a tus elegidos. Tu Encarnación ha unido de una manera sustancial y viviente, la humanidad y la creación entera con la Liturgia divina. Así, Dios alaba a Dios. Alabanza plena y perfecta que tiene su apogeo en el Sacrificio del Calvario.
Antes de dejar la tierra, divino Salvador, instituiste el Sacrificio de la Nueva Ley para renovar tu inmolación. Has instituido también los Sacramentos, para comunicar tu Vida a las almas.
Pero dejaste a la Iglesia el encargo de envolver el Sacrificio y los Sacramentos en símbolos, ceremonias, exhortaciones y oraciones, etc., para dar un honor mayor al misterio de la Redención, facilitando a los fieles su comprensión, ayudándoles a sacar provecho de él y excitando en sus almas un respeto mezclado de temor.
Has dado también a esa Iglesia la misión de continuar, hasta la consumación de los siglos, la oración y la alabanza que tu Corazón no ha cesado de elevar a tu Padre durante tu vida mortal, y que aún les ofrece incesantemente en el Tabernáculo y en los esplendores de la gloria celestial.
Con el amor de Esposa que te profesa, con la solicitud de Madre que tu Corazón puso en ella para con nosotros, la Iglesia ha realizado esta doble misión. Así se han formado esas maravillosas compilaciones que encierran todos los tesoros de la Liturgia.
Desde entonces, la Iglesia une sus alabanzas a las que los Ángeles y los elegidos, hijos suyos,.dan a Dios en el Cielo. Así preludia su ocupación eterna.
Estas alabanzas y plegarias de la Iglesia se divinizan, por unirse con las del Hombre-Dios, y la liturgia de la tierra viene a fundirse con las de las jerarquías celestes en el Corazón de Jesús, para hacer eco en la Alabanza eterna que brota del Foco de amor infinito que es la Santísima Trinidad.

II. ¿QUÉ ES LA VIDA LITÚRGICA?

¡Señor, las leyes que tu Iglesia no me piden estrictamente, sino la fiel observación de los ritos y la pronunciación exacta de las palabras!
Pero no hay duda de que deseas que mi buena voluntad te ofrezca algo más. Quieres que mi espíritu y mi corazón se aprovechen de las riquezas encerradas en la Liturgia, para unirse más íntimamente a tu Iglesia, y llegar así a una unión más estrecha contigo.
Arrastrado por el ejemplo de tus más fieles servidores, quiero, mi buen Maestro, apresurarme a tomar asiento en el rico festín a que me convida la Iglesia, seguro de encontrar en el Oficio divino y en las fórmulas, ceremonias, colectas, epístolas, evangelios, etc., que acompañan al Santo Sacrificio de la Misa y a la administración de los Sacramentos un alimento sano y abundante para el desarrollo de mi vida interior.
Algunas reflexiones sobre la idea madre que relaciona entre sí los elementos litúrgicos, y sobre los frutos que servirán para reconocer mis progresos, me preservarán de las falsas ilusiones.
Cada uno de los ritos sagrados puede compararse a una piedra preciosa. Pero ¡qué brillo y valor adquirirán los que se refieren a la Misa y al Oficio divino, si sé engastarlos en ese conjunto maravilloso que se llama el Ciclo litúrgico! (22).
Si mi alma, durante un lapso de tiempo, se deja influir por un Misterio, y alimenta la inteligencia y el corazón de cuanto la Sagrada Eucaristía y la Tradición enseñan sobre él, orientada constantemente en el mismo orden de ideas, ha de sentir forzosamente la influencia de una tal atención, y encontrar en los sentimientos que le sugiere la Iglesia un alimento sabroso y sustancial para provecharse de la gracia especial que Dios reserva para cada período y fiesta de Ciclo litúrgico.
El misterio no se limita a penetrar en mi alma como una verdad abstracta, asimilable por medio de la meditación, sino que se apodera de todo mi ser, poniendo en movimiento mis facultades sensibles para moverme el corazón, determinando mi voluntad a la acción.
No se reduce, pues, a un sencillo recuerdo del pasado ni a un simple aniversario, sino que es un hecho, que tiene el carácter de un acontecimiento presente, que la iglesia se aplica actualmente y en el cual tiene una participación real.
En la época de Navidad, por ejemplo, al celebrar el advenimiento del Divino Niño, mi alma puede decir al pie del altar: Hodie Christus natus est; hodie Salvator apparuit, hodie in terra canunt Angeli (23).
En cada uno de los períodos del Ciclo Litúrgico, el Misal y el Breviario me descubren una nueva irradiación del amor de Aquel que es nuestro Rey, Doctor, Médico, Consolador, Salvador y Amigo. En el altar, del mismo modo que en Belén, Nazaret o a orillas de Tiberíades, Jesús se nos muestra como Luz, Amabilidad, Ternura y Misericordia, y sobre todo como el AMOR PERSONIFICADO, porque es el SUFRIMIENTO PERSONIFICADO, el Agonizante de Getsemaní y el Reparador del Calvario.
Así, la Vida Eucarística adquiere, por medio de la Liturgia, su pleno desarrollo. Y tu Encarnación, ¡oh Jesús mío!, que ha hecho que Dios se nos acerque, al mostrarlo visible en Ti, continúa prestándonos el mismo servicio en cada uno de los misterios que celebramos.
De este modo, ¡oh Jesús mío!, comparto, gracias a la Liturgia, Tu vida y la de la Iglesia. Con ellas asisto todos los años a todos los Misterios de tu Vida oculta, pública, dolorosa y gloriosa, recogiendo los frutos de estas vidas tuyas. Además, las fiestas periódicas de Nuestra Señora y de los Santos que mejor imitaron tu Vida interior, me ofrecen con tu ejemplo un aumento de luz y fuerza para reproducir en mi conducta tus virtudes e inculcar en el alma de los fieles el espíritu del Evangelio.
¿Cómo realizaré en mi Apostolado los deseos del Papa Pío X, y cómo podrán los fieles, con mi concurso, participar activamente de los Santos Misterios y de la Oración Pública y solemne de la Iglesia, que es, según el Papa, el MANANTIAL PRIMERO E INDISPENSABLE del verdadero espíritu cristiano (24), si yo mismo paso junto a los tesoros de la Liturgia sin sospechar siquiera las maravillas que encierran?
Para mejor unificar mi vida espiritual y tener una unión más íntima con la vida de la Iglesia, procuraré relacionar en lo posible con la Liturgia mis ejercicios de piedad. Por ejemplo, escogeré aquellos puntos de meditación que estén en relación con tal período o fiesta del Ciclo litúrgico; en las Visitas que haga al Santísimo reflexionaré, según la época del año, en el Niño Jesús, en su pasión, en su vida gloriosa o en su vida en la Iglesia, etc. La lectura espiritual hecha sobre un Misterio o la vida de un Santo en el día de su fiesta, completarán este plan dé espiritualidad litúrgica.
¡Maestro adorable!, presérvame de las FALSIFICACIONES o ALTERACIONES DE LA VIDA LITÚRGICA, porque son perjudiciales a toda vida interior, sobre todo en cuanto atenúan el combate espiritual.
Presérvame de esa piedad que hace consistir la Vida litúrgica en una poesía sugestiva, o en el estudio ameno de la arqueología; presérvame de la piedad que pudiera inclinarme al quietismo y a su secuela, que es la debilidad y cobardía para todo lo que es el aguijón de la vida espiritual: temor, esperanza, deseo de salvarme y adquirir la perfección, lucha contra los defectos propios y trabajo por adquirir la virtud.
Haz que arraigue en mí la convicción de que en esta época de tantas ocupaciones que nos absorben con tantos peligros, la Vida litúrgica, aun la más perfecta, no pueden dispensar a nadie de la Oración de la mañana.
Aleja de mí el Sentimentalismo y la "Sensiblería piadosa", que hacen consistir la Vida litúrgica en impresiones y emociones, dejando a la voluntad esclava de la imaginación y la sensibilidad.
Esto no significa que tú me exijas que sea insensible a la belleza y poesía de la Liturgia. Al contrario. Precisamente con sus cantos y ceremonias, tu Iglesia se dirige a nuestras facultades sensitivas para apoderarse más plenamente del alma de sus hijos y ofrecer a su voluntad los verdaderos bienes, elevándolos así con más seguridad y más facilidad y más totalmente a Dios.
Por consiguiente, puedo perfectamente saborear la saludable e inalterable frescura de los Dogmas que la Liturgia pone de relieve; puedo entregarme a la emoción de ese majestuoso espectáculo que ofrece una Misa mayor; saborear las oraciones de la absolución, y los ritos tan tiernos del Bautismo, Extremaunción, inhumación, etc., pero sin perder de vista que todos esos recursos de la Liturgia no son sino medios para alcanzar el fin único de toda vida interior que es: Hacer que muera el hombre viejo para que tú, ¡oh Jesús mío!, puedas vivir y reinar en su lugar.
Conclusión última: Yo podré decir que poseo la verdadera Vida litúrgica, cuando, penetrado del espíritu litúrgico, utilice la Misa, Oraciones y Ritos Oficiales para acrecentar mi unión con la Iglesia; para que este acrecentamiento me haga progresar en la participación de la Vida interior de Jesucristo y de sus virtudes, y para mejor reflejarlo a los ojos de los fieles.

III. ESPÍRITU LITÚRGICO

Esta vida litúrgica, ¡oh Jesús mío!, supone una atracción especial por cuanto se relaciona con el culto.
Tú das gratuitamente esta atracción a quienes te place. Otros son menos privilegiados. Pero la lograrán, como te la pidan, ayudándose con el estudio y reflexión. La meditación que haga más adelante sobre las ventajas de la Vida litúrgica, avivará en mí la sed de adquirirla a todo precio. Por ahora me limito a reflexionar sobre los caracteres que distinguen a esta Vida y le dan un lugar importante en la espiritualidad.
Sólo el unirse, aunque sea de lejos, con la Iglesia y, por medio del pensamiento y la intención, con tu Sacrificio, ¡oh Jesús mío!, y fundir las propias oraciones con la Oración oficial e incesante de tu Iglesia, ¡qué cosa más grande es! El corazón del simple bautizado vuela entonces con más seguridad hacia Dios, llevado por tus alabanzas, adoraciones, acciones de gracias, reparaciones y súplicas (25).
Tomar una parte activa, según las palabras taxativas del Papa Pío X, y cooperar a los Santos Misterios y a la Oración pública y solemne por medio de una asistencia piadosa e ilustrada y por la avidez en aprovecharse de las fiestas y ceremonias, y mejor todavía ayudando a Misa, respondiendo al celebrante y prestando su concurso al rezo o canto del Oficio divino, ¿no es acaso el medio de entrar en comunicación más directa con el pensamiento de tu Iglesia y tomar en su fuente primera e indispensable el verdadero espíritu cristiano? (26).
Pero, ¡oh, Santa Iglesia, qué noble misión es la de quien, en virtud de su ordenación o de la profesión religiosa se presenta todos los días, unido a los Ángeles y Bienaventurados, como tu Embajador de derecho ante el trono de Dios para expresar la Oración oficial!
Y esta dignidad es incomparablemente más sublime, y por encima de toda expresión, cuando yo, Ministro sagrado, me hago otro Tú mismo, ¡oh divino Redentor mío!, en virtud de la administración de los Sacramentos y, sobre todo, de la celebración del Santo Sacrificio de la Misa.
PRIMER PRINCIPIO. — Como MIEMBRO DE LA IGLESIA, debo tener la, convicción de que cuando EN MI CALIDAD DE CRISTIANO (27) tomo -parte en una ceremonia litúrgica, estoy en unión con toda la Iglesia, no sólo por la Comunión de los Santos, sino en virtud de una cooperación real y activa en un acto de religión que la Iglesia, Cuerpo místico de Jesucristo, ofrece a Dios como Sociedad. Y con esta unión, la Iglesia me facilita, con espíritu maternal, la formación de mi alma en las virtudes cristianas (28).
Tu Iglesia, ¡oh Jesús mío!, forma una Sociedad perfecta cuyos miembros, estrechamente unidos, están destinados a formar otra Sociedad más perfecta todavía y más santa: la de los Bienaventurados.
Como cristiano, soy miembro de ese Cuerpo y Tú eres la Cabeza y la Vida. Así me consideras, ¡oh divino Salvador!, y yo te procuro una alegría especial cuando, acercándome a Ti, te considero como mi Señor, y yo me veo como una ovejita de ese Rebaño, del que eres el único Pastor, que encierra en su unidad a todos mis hermanos de la Iglesia Militante, Purgante y Triunfante.
Tu Apóstol me enseña esta doctrina que me ensancha el alma y dilata mi espiritualidad. De la manera, dice, que en un cuerpo tenemos muchos miembros, mas todos los miembros no tienen una misma operación, así muchos somos un solo cuerpo de Cristo, y cada uno miembros los unos de los otros (29). Así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aunque sean muchos, son, no obstante, un solo cuerpo, así también Cristo (30).
Es la unidad de la Iglesia indivisible en el todo y en las partes, toda entera en la totalidad, como en cada una de sus partes (31), unida con el Espíritu Santo y contigo, ¡oh Jesús nuestro!, e introducida en virtud de esta unión, en la única y eterna Sociedad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (32).
La Iglesia es la reunión de los fieles que, bajo el gobierno de la misma autoridad, están unidos con una misma Fe e idéntica Caridad y tiende al mismo fin, que es la INCORPORACIÓN EN CRISTO, por los mismos medios que se resumen en la gracia, cuyos canales ordinarios son la oración y los Sacramentos.
La gran oración, canal preferido de la gracia, es la oración litúrgica, es decir, la oración de la misma Iglesia, que es mes poderosa que la de los particulares y de las mismas asociaciones piadosas, por eficaces y recomendables que sean en el Evangelio, la oración particular y la oración en común (33).
Por estar incorporado a la verdadera Iglesia, y ser hijo de Dios y miembro de Cristo en virtud del Bautismo, he adquirido el derecho de participar en los demás sacramentos, en los divinos oficios, en los frutos de la Misa, en las indulgencias y en las oraciones de la Iglesia. Puedo beneficiarme con todas las gracias y méritos de mis hermanos.
En el Bautismo quedé marcado con un carácter indeleble que me destina al culto de Dios, según el rito de la religión cristiana (34). En virtud de la consagración bautismal, me constituyo en miembro del reino de Dios y formo parte de la raza escogida, del sacerdocio real y del pueblo santo (35).
Desde entonces participo como cristiano en el sagrado ministerio, aunque de un modo lejano e indirecto, por mis oraciones, por la parte que tengo en la ofrenda y por mi concurso al sacrificio de la Misa y a los oficios litúrgicos; y multiplicado con la práctica de las virtudes, como 'lo recomienda San Pedro, los sacrificios espirituales, ejecutando todos mis actos, para mayor agrado de Dios y para unirme con El, haciendo de mi cuerpo una hostia viva, santa y agradable a Dios (36). Es lo que tú, Iglesia Santa, me haces comprender cuando por medio del sacerdote dices a los fieles: Orate fratres ut meum ac vestrum sacrificium acceptabile fiat... El sacerdote dice también en el Canon: Acuérdate, Señor, de los aquí presentes... por quienes te ofrecemos o te ofrecen este sacrificio de alabanza. Y más adelante: Dígnate, Señor, aceptar esta ofrenda que te presenta tu servidor y toda tu familia (37).
En efecto, de tal modo la Sagrada Liturgia es la obra común de toda la Iglesia, es decir, del sacerdocio y del pueblo, que el misterio de esta unidad está siempre presente en ella, por la fuerza indestructible de la Comunión de los Santos, propuesta a nuestra Fe en el Símbolo de los Apóstoles. El Oficio divino y la Santa Misa, parte principal de la Liturgia, no pueden realizarse sin que la Iglesia entera se asocie a ellos, estando misteriosamente presente a los mismos (38).
Además, en la Liturgia iodo se hace en común, en nombre de todos y para el bien de todos. Todas las oraciones se hacen en plural.
De esa estrecha lazada que une a todos los miembros entre sí, por la misma fe y la participación en los mismos sacramentos, nace en las almas la caridad fraterna, marca distintiva de los que quieren imitar a Jesucristo y seguir sus pasos: En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tuviereis caridad entre vosotros (39).
Esta unión entre los miembros de la Iglesia se hace más estrecha por la participación que la Comunión de los Santos les confiere en la gracia y caridad de la Cabeza, la cual les comunica la vida sobrenatural y divina.
Estas verdades son el fundamento de la Vida litúrgica. Ella, por su parte, me las recuerda constantemente.
¡Cómo enciende en mi corazón el amor hacia ti, Santa Iglesia de Dios, este pensamiento: Yo soy uno de tus miembros; soy miembro de Cristo! ¡Cómo inflama mi corazón en el amor de todos los cristianos, pues que ellos son mis hermanos, y que todos no somos sino una cosa en Cristo! ¡Y cómo lo enciende en el amor de mi divina Cabeza, que es Jesucristo!
Nada de cuanto os afecta puede dejarme indiferente. Entristecido si os perseguí, salto de gozo al escuchar vuestras conquistas y vuestros triunfos.
¡Qué alegría pensar que con mi santificación contribuyo a aumentar vuestra hermosura y trabajo en la santificación de todos los hijos de la Iglesia, que son mis hermanos, y hasta en la santificación de toda la familia humana!
¡Oh Santa Iglesia de Dios, yo quiero, en cuanto dependa de mí, que seas más bella, santa y numerosa; con esa belleza del conjunto que nace de la perfección de cada uno de tus hijos, fundidos en esa estrecha solidaridad que fue la idea madre de la oración de Jesús después de la Cena, y el verdadero testamento de su Corazón: Ut sint unum!... Ut sint consummati in unum (40).
¡Cómo aprecio tu oración litúrgica, oh. Iglesia, madre mía! Por ser yo uno de tus miembros, esa oración es también oración mía, sobre todo cuando asisto y tengo cooperación en ella. Todo lo tuyo es mío, y todo lo mío te pertenece.
Una gota de agua, es nada. Unida al océano, participa de su poder y de su inmensidad. Esto ocurre con mis oraciones, unidas a las tuyas. A los ojos de Dios, para quien todo está presente, y cuya mirada abarca a un mismo tiempo el pasado, el presente y el futuro, mi oración forma un todo con ese concierto universal de alabanzas que Tú, desde tu constitución, elevas y continuarás elevando hasta el fin de los tiempos, hasta el trono del Eterno.
Tú quieres, ¡oh Jesús mío!, que mi piedad sea, en cierto sentido, útil, laboriosa e interesada.
Pero me has enseñado a conocer en el orden que estableciste en las peticiones del Padre Nuestro cuánto deseas que mi piedad sea ANTE TODO, consagrada a la alabanza de Dios (41), y que no se encierre en el egoísmo, estrechez ni aislamiento, sino que, por el contrario, me impulse a abarcar en mis súplicas iodos las necesidades de mis hermanos.
Facilítame, por medio de la Vida litúrgica, esa piedad elevada y generosa que, sin detrimento del combate espiritual, da a Dios con largueza las alabanzas; esa piedad caritativa, fraternal y católica, que abraza todas las almas y se interesa por todas las preocupaciones de la Iglesia.
Tu misión, ¡oh Santa Iglesia!, es engendrar incesantemente nuevos hijos a tu divino Esposo y educarlos in mesuram aetatis plenitudinis Christi (42). Y así has recibido todos los medios necesarios para llevar a cabo esa misión. La importancia que das a la Liturgia demuestra su eficacia para iniciarnos en las divinas alabanzas y fomentar nuestro adelanto espiritual.
Durante su vida pública, Jesús hablaba como quien tiene autoridad para hacerlo (43). Tú hablas del mismo modo también, ¡oh Santa Iglesia y Madre mía! Depositaría del tesoro de la verdad, tienes conciencia de tu misión. Dispensadora de la Sangre del Redentor, conoces todos los recursos de la santificación que el Salvador te confió.
No te diriges a nuestra razón para decirnos: Examinad, estudiad. Haces un llamamiento a nuestra Fe, diciéndonos: Tened confianza en mí. ¿No soy vuestra madre? ¿Quién mejor que su Esposa conoce a Cristo? ¿Dónde, pues, encontrarás el espíritu de tu Redentor mejor que en la Liturgia, expresión auténtica de lo que siento y pienso?
Sí, santa y amantísima Madre mía, yo me dejaré que me guíes y formes, con la candidez y confianza de un niño, diciendo: 7o oro con mi Madre. Ello pone en mis labios sus propias palabras para que me penetre de su espíritu y logre que sus sentimientos pasen a mi corazón. Contigo, pues, ¡oh Santa Iglesia!, me alegraré: guadeamus, exultemus; contigo gemiré: ploremus; contigo cantaré mis alabanzas: confitemini Domino; contigo pediré misericordia: miserere; contigo esperaré: speravi, y contigo amaré: diligam. Con verdadero ardor me asociaré a las peticiones que hagas en tus admirables oraciones, para que las saludables emociones que quieres hacer brotar de las palabras y ritos sagrados, penetren más profundamente en mi corazón, le hagan más dúctil a los toques del Espíritu Santo y logren fundir mi voluntad con la voluntad divina.

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SEGUNDO PRINCIPIO. — Cuando en una función litúrgica actúo como REPRESENTANTE DE LA IGLESIA (44) Dios desea que le exprese mi Religión, por la conciencia que debo tener del MANDATO OFICIAL con que me he honrado, y que unido de esa manera cada vez más a la vida de la Iglesia, progrese en todas las virtudes.
Por ser representante de tu Iglesia para ofrecer incesantemente a Dios por Ti, oh Jesús mío, el sacrificio de alabanza y de petición, en nombre de ella y de todos sus hijos, soy, según la bella expresión de San Bernardino de Sena, persona publica totius Ecclesiae os (45).
Por consiguiente, en cada una de las funciones litúrgicas, debe producirse en mí como un desdoblamiento, semejante al que se realiza en un embajador. En su vida privada, es un particular como otro cualquiera. Pero, cuando revestido de las insignias de su cargo, habla u obra en nombre de su Soberano, se constituye en aquel momento en su representante y, en cierto sentido, en la -persona misma de él. Lo mismo ocurre conmigo cuando cumplo las funciones litúrgicas. A mi ser individual viene a agregarse una dignidad que me reviste de un mandato público. Entonces puedo y debo considerarme como el delegado, como el diputado oficial de la Iglesia entera.
Cuando hago oración, o rezo el Oficio divino, aunque sea privadamente, no lo hago exclusivamente en mi propio nombre. No soy yo quien ha escogido las fórmulas que empleo. La Iglesia me las pone en los labios (46). Desde ese momento, la Iglesia ora por mi boca, habla y obra por mí, como el rey habla y obra por medio de su embajador. Entonces, según la hermosa expresión de San Pedro Damián, Yo SOY LA IGLESIA ENTERA (47). Por mi medio, la Iglesia se une a la divina Religión de Jesucristo y dirige a la Santísima Trinidad la adoración; la acción de gracias, la reparación y la súplica.
Desde entonces, si tengo conciencia de mi dignidad, ¿cómo podré comenzar el rezo del breviario, por ejemplo, sin que se opere en mi ser una acción misteriosa que me eleve por encima dé mí mismo, y por encima del curso natural de mis pensamientos, para lanzarme de lleno en la convicción de que soy como un mediador entre el Cielo y la Tierra? (48).
¡Qué desgracia la mía si me olvidare de estas verdades! Los Santos vivían penetrados de ellas (49). Dios espera que yo las tenga presentes siempre que me disponga a ejercer alguna de mis funciones. La Iglesia me ayudará por medio de la Vida litúrgica a no perder de vista que soy el Representante suyo, y Dios me exige que lleve una vida ejemplar en conformidad con ese noble título (50).
Oh Dios mío, haz que estime en todo su valor esta misión que la Iglesia me ha confiado. ¡Ello me servirá de aguijón para sacudir la cobardía en los combates del espíritu que debo librar! Pero dame también el sentimiento de mi grandeza en mi calidad de cristiano, y haz que tenga alma de hijo para con la Iglesia, a fin de que saque mucho provecho de los tesoros de vida interior que están acumulados en la Santa Liturgia.

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TERCER PRINCIPIO. — Por ser SACERDOTE, tengo obligación, al consagrar la Eucaristía o administrar alguno de los Sacramentos, de reavivar la convicción de que soy MINISTRO DE JESUCRISTO, y por tanto, Alter Christus; y estar persuadido de que, como me lo proponga, hallaré en el ejercicio de mis funciones gracias especiales para adquirir las virtudes que el sacerdocio exige de mí (51).
Tus fieles, oh Jesús mío, forman un solo cuerpo, pero los miembros del cuerpo no tienen las mismas atribuciones (52). Divisiones gratiarum sunt (53).
Por haber querido perpetuar tu Sacrificio en la Iglesia en forma visible, la dotaste de un Sacerdocio cuya misión principal es continuar tu inmolación en el altar, distribuir tu preciosa Sangre en los Sacramentos y santificar tu Cuerpo místico por la difusión de la vida divina en él.
Tú, que eres el Soberano Sacerdote, determinaste desde la eternidad elegirme y consagrarme Ministro tuyo para ejercer por mi tu Sacerdocio (54). Me has investido de tus poderes para realizar con mi cooperación (55) una obra mayor que la creación del Universo, el milagro de la Transustanciación y ser, en virtud de esta maravilla, la Hostia y la Religión de tu Iglesia.
¡Cómo comprendo ahora las expresiones de entusiasmo de los Santos Padres, cuando proclamaban la grandeza de la dignidad sacerdotal! (56). Sus Palabras me fuerzan en buena lógica a considerarme, en virtud de la comunicación que me has hecho de tu sacerdocio, como otro Tú: Sacerdos alter Christus.
¿No hay, en efecto, identificación entre Tú y yo, cuando tu Persona y mi Persona están unidas hasta tal punto que haces tuyas las palabras Hoc est Corpus meum. Hic est calix Sanguinis mei, que yo pronuncio? (57).
Puedo decir que te presto mis labios, porque digo sin mentir: Mi Cuerpo, Mi Sangre (58). Basta que quiera yo consagrar, para que lo quieras Tú. Tu voluntad está fundida con la mía. En el acto más trascendental que puedes realizar en la Tierra, tu alma está unida con la mía. Te presto lo que verdaderamente es mío: mi voluntad. E inmediatamente la tuya se funde con la mía.
De tal modo obras valiéndote de mí, que si dijera sobre la materia del Sacrificio: Este es el cuerpo de Jesucristo, en lugar de decir: Este es mi Cuerpo, la consagración serla nula.
La Eucaristía eres Tú mismo, oh Jesús mío, bajo los accidentes del pan. Y cada una de las Misas, ¿no viene a poner más de relieve ante mis ojos que el sacerdote eres Tú mismo, oh Sacerdote único, bajo las apariencias de un hombre que has elegido para Ministro tuyo? (59).
Alter Christus! Cada vez que confiero algún sacramento, debo recordar esta palabra y vivirla. Tú solo, por ser el único Redentor, puedes decir: Ego te baptizo, Ego te absolvo, y ejercer así un poder que es tan divino como el poder creador. Yo también pronuncio esas mismas palabras. Y los Ángeles les prestan tanta atención como al Fiat que fecundó la nada (60), porque, ¡oh maravilla!, tienen la virtud de formar a Dios en un alma, y de producir un Hijo de Dios, participante de la vida íntima de la Divinidad. Creo que me dices mientras ejerzo alguna de mis funciones sacerdotales: ¿Puedes imaginar, hijo mío, que, habiéndote hecho Alter Christus en virtud de los poderes divinos de que te investí, he de tolerar que en la dirección habitual de tu vida, seas un "Sin-Cristo" o tal vez un "Contra-Cristo"?
¡Cómo! Si en el ejercicio de tus funciones estás fundido conmigo, ¿un momento después darás lugar a que Satanás ocupe mi puesto, para hacer de ti cuándo pecas una suerte de Anticristo, o para adormecerte hasta el punto de hacerte olvidar deliberadamente la obligación que tienes de imitarme y de esforzarse en revestirte de mi, según la expresión de mi Apóstol?
Absit!
Absit! Cuenta con mi misericordia, cuando caes a diario en esas faltas de fragilidad, de las que te arrepientes en seguida y procuras reparar.
Pero serme infiel a sangre fría, e inmediatamente ejercer sin ningún remordimiento las funciones más sublimes, es para excitar mi cólera; ¡no lo dudes!
Hay un abismo entre tus funciones y las que ejercían los sacerdotes de la Antigua Ley. Y, sin embargo, si mis profetas amenazan a Sión por los pecados del pueblo o sus gobernantes, escucha el resultado de la prevaricación de los sacerdotes: Complevit Dominus furorem suum, effudit iram indignationis suae; et succendit ignem in Sion, et devoravit fundamenta ejus... propter iniquitatem sacerdotum ejus (61).
Ademán, (con qué rigor prohíbe la Iglesia a los sacerdotes, que se acerquen al altar o administren los sacramentos en pecado mortal!
Bajo mi inspiración, la Iglesia avanza más. Por sus ritos te ponen en la alternativa de la impiedad o de la impostura. No tienes más remedio que decidirte o vivir la Vida interior, so pena de expresarme, desde el principio hasta el fin de la Misa, lo que no piensas o de pedirme lo que no deseas. El espíritu de compunción y de purificación de las menores faltas y, por tanto, la guarda del corazón; el espíritu de adoración y, por ende, de recogimiento; el espíritu de fe, de esperanza y caridad y, por consiguiente, la dirección sobrenatural de la conducta exterior y de las obras, todo está unido y guarda relación estrecha con las palabras y ceremonias sagradas. Me doy perfecta cuenta, Jesús mío, de la hipocresía que representa revestirse de los ornamentos sagrados, sin estar decidido a hacer el esfuerzo necesario para adquirir las virtudes que simbolizan.
No quiero, Señor, que mis genuflexiones, signos de cruz y fórmulas sean en adelante un vano simulacro que oculte el vacío, la frialdad o la indiferencia para la vida interior, que añadan a todas mis faltas la de una exhibición falsa a los ojos del Eterno. Que se apodere de mí un santo temblor cada vez que revestido de los ornamentos litúrgicos me acerque a vuestros tremendos misterios. Que las plegarias que acompañan a los actos y las fórmulas del Misal y del Ritual que tienen tanta unción y fuerza, me inviten a escrutar mi corazón, para ver si está en armonía con el Tuyo, oh Jesús mío, bajo el impulso de un deseo leal y eficaz de imitarle por medio de la Vida interior .
Atrás los subterfugios, alma mía, que pudieran servirme para creer que la obligación de ser Alter Christus se limita al tiempo en que cumplo las funciones sagradas, y que, ya que no soy un "Contra-Cristo", estoy dispensado de revestirme de Jesucristo.
Después de ser no solamente Embajador de Jesucristo crucificado, sino otro El, ¿pretendería emboscarme en una piedad cómoda y contentarme con unas virtudes de burgués?
Vana sería mi pretensión si quisiera persuadirme de que el religioso encerrado en el claustro tiene mayor obligación que yo de esforzarse en imitar a Jesucristo y adquirir la vida interior. ERROR PROFUNDO basado en una confusión.

Para alcanzar la santidad de religioso ha asumido la obligación de poner en práctica unos medios determinados: Los votos de obediencia y pobreza y el cumplimiento de la Regla. El sacerdocio no me obliga a estas observancias, pero debo intentar y realizar el mismo fin, y por títulos más urgentes que el alma consagrada, a quien no se confió la distribución de la divina Sangre (62).
Desgraciado de mí si me durmiera en esa ilusión, culpable a todas luces, porque para disiparla me basta consultar las enseñanzas de la Iglesia y los Santos. Su falsedad me saltará a los ojos en los umbrales de la eternidad.
Desgraciado de mí si no supiera aprovecharme de las funciones que ejerzo, para conocer tus exigencias, o si me hiciese sordo a las voces que me están dando los objetos santos, con que convivo; altar, confesionario, pila bautismal, paños del altar y ornamentos sagrados. Imitamini quod tractatis (63). Mundamini qui fertis vasa Domini (64). Incensum et panes offerunt Deo, et ideo sancti erunt (65).
¿Qué excusa podré presentar si cierro mis oídos a tus llamadas, ¡oh Jesús mío!, cuando cada una de las funciones que ejerzo es la ocasión de una gracia actual que me ofreces para modelar mi alma a tu imagen y semejanza?
La Iglesia solicita esta gracia. Su corazón, celoso en responder a tus llamadas, me cuida como a las niñas de tus ojos, y antes de que se ordenara me hizo saber las graves consecuencias que me acarrearía mi identificación contigo.
Impone Domine, capiti meo galeam salutis, ad... Praecinge me cingulo puritatis... Ut indulgeris omnia peccata mea. Fac me tuis semper inhaerere mandatis et a te numquam separari permittas, etc. No soy el único que te dirige estas súplicas. Todos los verdaderos fieles, las almas fervientes que te están consagradas y los miembros de la Jerarquía eclesiástica hacen suya esta pobre plegaria mía. El grito que lanzan sube hasta tu Trono. Y tú lo escuchas como la voz de tu Esposa, Y cuando tus ministros resueltos a practicar la vida interior, armonizan su corazón con las funciones que ejercen, Tú siempre das oídos a las súplicas que la Iglesia te hace en favor de ellos.
En vez de quedar excluido por mis voluntarias negligencias de los sufragios que elevo a tu Padre en favor de los fieles, al celebrar la Santa Misa o administrar los Sacramentos, quiero aprovecharme de esas gracias, ¡oh Jesús mío! En cada uno de los actos que ejerzo como sacerdote quiero abrir todo lo ancho que es mi corazón a la acción tuya, para que derrames en él las luces, consuelos y energía que, a despecho de toda clase de obstáculos, me permitan identificar mis juicios, afectos y voluntad con los tuyos, como mi Sacerdocio me identifica contigo, Sacerdote eterno, cuando por ministerio mío te constituyes en el altar en Víctima y en Redentor de las almas.
Resumiremos en pocas palabras los tres principios del espíritu litúrgico.
CUM ECCLESIA. Cuando me uno como simple cristiano a la Iglesia, esta unión me invita a penetrarme de sus mismos sentimientos.
ECCLESIA. Cuando vengo a ser la misma Iglesia, por ser su Embajador ante el Trono de Dios, siento un impulso mayor a hacer mías sus aspiraciones, para hallarme menos indigno de dirigirme a la Majestad tres veces Santa, y para ejercer, mediante la Oración oficial, un Apostolado más fecundo.
CHRISTUS. Pero, cuando en virtud de la participación del Sacerdocio de Jesucristo, soy Alter Christus, ¿qué frases pueden traducir vuestras llamadas, ¡oh Jesús mío!, para que cada día os imite más y os dé
así a conocer a los fieles, animándolos con el lado del ejemplo a seguir vuestros pasos?

IV. VENTAJAS DE LA VIDA LITÚRGICA

a) LA VIDA LITÚRGICA FAVORECE LA PERMANENCIA DE LO
SOBRENATURAL EN TODAS MIS ACCIONES

¡Qué difícil es, Dios mío, obrar ordinariamente por un motivo sobrenatural! Satanás y las criaturas colaboran con mi amor propio, para sustraer a mi alma con sus facultades, de la dependencia de Jesús viviente en mí.
¡Cuántas veces al cabo del día, por falta de vigilancia o de fidelidad, queda viciada esta pureza de intención, que es la única que podría dar mérito a mis acciones y hacer fecundo mi apostolado!
Solamente al precio de un esfuerzo perseverante podré conseguir, con el esfuerzo de Dios, que la mayor parte de mis acciones sean vivificadas por la gracia, para dirigirlas a Dios, único Fin de ellas.
Para hacer este esfuerzo me es indispensable la oración. Pero, ¡qué diferencia cuando ese esfuerzo se realiza en medio de la Vida litúrgica! Porque la Oración y la Vida litúrgica son dos hermanas que se prestan mutua ayuda. La Oración hecha antes de celebrar la Misa y rezar el Breviario, me sumerge en lo sobrenatural. La Vida litúrgica me facilita el medio de que mi oración se extienda a las ocupaciones del día (66).
Qué fácil es, ¡oh Iglesia Santa!, adquirir en tu escuela la costumbre de dar a mi Criador, al Padre, el culto que le corresponde! Por ser la Esposa de Aquel que es la Adoración, la Acción de gracias, la Reparación y la Mediación por excelencia, me comunicas por medio de la Liturgia, la sed que tenía Jesús de glorificar a su Padre. Dar gloria a Dios: este es el fin primario que te has propuesto al establecer la Liturgia.
¿No es evidente que viviendo de la vida litúrgica, quedaré enteramente impregnado de la virtud de la Religión, ya que la Liturgia no es otra cosa que la práctica constante y pública de esta virtud, la más excelente después de las virtudes teologales?
La manifestación de la dependencia que todas mis facultades tienen de Dios, la piedad, la vigilancia, el combate espiritual, etc., pueden sin duda adquirir un gran desarrollo si sé utilizar las luces de la Fe. Pero ¿cómo necesita el compuesto humano la colaboración de todas sus facultades para ayudarle a fijar el espíritu en los bienes eternos, despertar en el corazón la avidez de poseerlos y mover a la voluntad para que los pida frecuentemente y los busque sin descanso?
La Liturgia se apodera de todo mi ser. Mediante un conjunto de ceremonias, genuflexiones, inclinaciones, símbolos, cantos y textos que hablan a mis ojos, oídos, sensibilidad, imaginación, inteligencia y corazón, me orienta enteramente en la dirección de Dios, y me recuerda que todo lo mío, os, lingua, mens, sensus, vigor, todo debe ser dirigido a El.
Todo aquello de que se sirve la Iglesia para expresarme los derechos de Dios y los títulos por los que puede exigirme que le dé un culto de homenaje filial y de total entrega de mi ser desarrolla en mí la virtud de la Religión y, como consecuencia, el espíritu sobrenatural.
En la Liturgia todo me habla de Dios, de sus perfecciones y beneficios; todo me lleva a Dios; todo me muestra su Providencia, la cual me facilita constantemente los medios de santificación, por medio de sus pruebas, auxilios, advertencias, alientos, promesas, luces y hasta amenazas.
La Liturgia también me pone en la ocasión constante de hablar de Dios y expresar mi religión en las más diversas formas.
Si me consagro a esta formación litúrgica con verdadero empeño de aprovecharla, después de tantos ejercicios que practico a diario con ocasión de mis funciones de hombre de Iglesia, la virtud de la Religión tiene que echar en mí, de por fuerza, raíces muy profundas, y acabaré por alcanzar un hábito y un estado de alma especial, es decir, la Vida interior.

* * *

La Liturgia es la Escuela de la Presencia de Dios, pero manifestado en la Encarnación. O más bien, la Escuela de la Presencia de Jesús y de la Caridad.
El amor se alimenta con el conocimiento de la amabilidad del ser amado, con las pruebas de amor que nos da y, sobre todo, como dice Santo Tomás, con su presencia. La Liturgia reproduce, explica y aplica a nuestras necesidades las diversas manifestaciones de la vida de Jesucristo en la Tierra. Nos hace vivir en una atmósfera sobrenatural y divina, continuando, por decirlo así, la vida de Nuestro Señor y manifestándonos en cada uno de los misterios la amabilidad y ternura de su corazón.
Tú mismo, Jesús, continúas dándonos, por medio de la Liturgia, las grandes lecciones y manifestaciones de amor. Te percibo más cada día, no a la manera de un historiador, o sea velado por la bruma de los siglos; ni como el teólogo, a través de las más arduas especulaciones; Tú estás muy cerca de mi. Tú eres siempre el Emmanuel, es decir, "el Señor con nosotros", con tu Iglesia y, por tanto, conmigo. Tú eres Aquel con quien viven todos y cada uno de los miembros de tu Iglesia; Aquel que la Liturgia me presenta en todas circunstancias al vivo, como el ejemplar y el fin de mi amor.
En cada una de las fiestas del ciclo litúrgico; en las lecciones que ha seleccionado de los Evangelios, de las Epístolas y Actas de los Apóstoles, y en el esplendor de que reviste la administración de los Sacramentos y, sobre todo, la Eucaristía, la Iglesia te hace vivir en medio de nosotros, y nos hace escuchar los latidos de tu Corazón.
¡Qué palanca de vida sobrenatural pone en mis manos la Oración al inculcarme la fe de que Jesús vive en mí y quiere obrar en mi, si no le pongo obstáculos!
Pero frecuentemente, durante el día, la Liturgia me ofrece medios variados y sensibles para nutrirme del dogma de la gracia, de Jesús que ora y obra con cada uno de sus miembros que vivifica, supliendo a sus deficiencias y, por tanto, a las mías, y de ese modo me mantiene bajo la influencia de lo sobrenatural y me hace vivir en unión con Jesús, estableciéndome en su amor.
Amor de complacencia, de benevolencia, de preferencia y de esperanza; todas estas formas de amor brillan a través de las admirables colectas y de los salmos, ceremonias y oraciones, penetrando en mi alma.
¡De qué fuerza y generosidad revestirá mi vida interior esta manera de manifestarme a Jesús, siempre viviente y presente en mí!
Y cuando en mi deseo de vivir la vida sobrenatural practique un acto de desprendimiento o de abnegación, o cumpla una obligación que me cuesta, o soporte un sufrimiento o una injuria, cómo se me dulcificará, perdiendo su lado doloroso o repugnante, ese combate espiritual, esa virtud o esa prueba, si en vez de ver la Cruz desnuda te veo clavado en ella, ¡oh Salvador mío!, y te oigo pedirme, mientras me muestras tus llagas, ese sacrificio en prueba de mi amor.
Por otra parte, la Liturgia me facilita un auxilio precioso al repetirme que mi amor no queda aislado. No me encuentro solo en la lucha contra el naturalismo, que trata de conquistarme todos los días. La Iglesia, interesándose en mi incorporación a Cristo, sigue maternalmente mis pasos, comparte conmigo los méritos de los millones de almas en cuya comunión vivo, las cuales hablan la misma lengua oficial del amor que yo, y me renueva la seguridad de que el Cielo y el Purgatorio están conmigo para alentarme y asistirme.

* * *

Nada contribuye tanto como el pensamiento de la eternidad, a que el alma dirija "sus acciones a Dios.
Todo me recuerda en la Liturgia los novísimos, Novissima mea. Las expresiones Vita aeterna, Coelum, Infernum, Mors, Saeculum saeculi y otras, se repiten con frecuencia.
Los sufragios y oficios de difuntos, y los entierros, me ponen ante los ojos la muerte, el juicio, las recompensas y castigos eternos, el precio del tiempo y las purificaciones que son necesarias en la Tierra o en el Purgatorio para entrar en el Cielo.
Las fiestas de los Santos me hablan de la gloria de los que me precedieron en este mundo, mostrándome la corona que me está reservada, si sigo sus pisadas e imito el ejemplo que me dieron.
Con todas estas lecciones, la Iglesia clama sin cesar a mis oídos: Alma querida, mira la eternidad, para ser fiel a tu divisa: Dios en todo, siempre y en todas partes.
¡Oh divina Liturgia!; para agradecerte todos los beneficios que me dispensas, debería citar todas las virtudes. Gracias a los textos de la Escritura que pones sin cesar delante de mis ojos, y a los ritos y símbolos que me traducen los divinos misterios, mi alma se encuentra constantemente elevada de la tierra y orientada hacia las virtudes teologales, o hacia el temor de Dios y el horror del pecado y del espíritu del mundo hacia el desprendimiento, la compunción, la confianza o la alegría espiritual.

b) LA LITURGIA ME AYUDA EFICAZMENTE A CONFORMAR MI VIDA INTERIOR CON LA DE JESUCRISTO

Tres sentimientos dominan en tu Corazón, ¡oh Maestro adorado!; una dependencia completa de tu Eterno Padre y, por tanto, una humildad perfecta, una caridad ardiente y universal para con los hombres y el espíritu de sacrificio.
HUMILDAD PERFECTA. — Al entrar en el mundo, tus palabras fueron éstas: Padre, aquí me tienes dispuesto a hacer tu voluntad (67). Constantemente nos estás diciendo que toda tu vida íntima se resume en el deseo invariable de agradar en todo a tu Padre (68). Tú eres la obediencia, ¡oh Jesús obediente!, hasta la muerte y muerte de Cruz (69). Aún sigues obedeciendo a tus sacerdotes, y a su voz desciendes a la Tierra: Obediente Domino voci hominis (70).
¡Oh, qué escuela de obediencia me ofrece la Iglesia en tu imitación, si adapto mi corazón a los menores ritos, con el deseo de formarlo en el espíritu de dependencia respecto de Dios; y de domar sin descanso este "yo", ávido de libertad; y de hacer más maleables mi criterio y mi voluntad, nunca dispuestos, ¡oh Jesús mío!, a imitar el espíritu fundamental que Tú viniste a enseñar con tu ejemplo, es decir, el Culto de la Voluntad divina!
Cada vez que fuerzo a mi personalidad a doblegarse para obedecer a la Iglesia como a ti mismo, para obrar en su nombre y unirme con ella, y por tanto para unirme contigo, ¡qué precioso ejercicio práctico de cultura de mi alma, y qué provecho sacaré de mi fidelidad a las menores prescripciones de las rúbricas cuando se trate de doblegar mi soberbia en las circunstancias más difíciles! (71).
Pero hay más todavía. La Liturgia, cuando me recuerda la certeza de que tú vives en mí, y la necesidad que tengo de tu gracia, combate mí presunción y suficiencia que, desarrolladas, serían capaces de acabar con toda mi Vida interior. El Per Dominum nostrum con que terminan todas las oraciones de la Liturgia, me recordará, para que no lo olvide, que de mi cosecha nada soy y nada puedo, sino pecar o hacer actos carentes de todo mérito. Todo me penetra de la necesidad de acudir frecuentemente a Ti. Todo me está repitiendo que Tú me exiges que acuda a Ti para no extraviarme con ninguna clase de falaces espejismos.
La Iglesia, por medio de la Liturgia, insiste en persuadir a sus hijos de la necesidad de la oración, haciendo de la Liturgia la Verdadera ESCUELA DE LA ORACIÓN y, por consiguiente, de la humildad.
Con sus fórmulas, Sacramentos y Sacramentales viene a enseñarme que todo me viene por tu preciosa Sangre, y que, para cosechar los mayores frutos, lo mejor es unirme por medio de la oración humilde al vivo deseo que tienes de aplicárnosla.
Haz que me aproveche, ¡oh Jesús mío!, de estas lecciones constantes, para desarrollar en mi espíritu el sentimiento de mi pequeñez y convencerme de que no soy sino una parcelita de la Hostia que es tu Cuerpo místico, y una voz apagada en el inmenso concierto de alabanzas que está bajo tu dirección. Y que merced a la Liturgia pueda ver con mayor claridad cada día que la humildad es el medio mejor para que mi voz aumente de pureza y esta parcelita que soy yo, intensifique su blancura.
CARIDAD UNIVERSAL. — Tu Corazón, ¡oh Jesús mío!, ha extendido a todos los hombres su misión redentora. A la palabra "Sitio", que dirigiste al mundo al morir, y que repites en el Altar, en el Tabernáculo y hasta en el seno de tu gloria, debe responder en toda alma, aun en la del simple cristiano, un deseo vivo de consagrarse a sus hermanos; una sed ardiente de la salvación de todos los hombres y un gran celo en favorecer las vocaciones sacerdotales y religiosas, acompañados de unas plegarias encendidas para pedir que los fieles comprendan la extensión de sus deberes, y las almas consagradas la necesidad que tienen de la Vida interior.
Y con más motivo estos deseos deben inflamar el alma de tus ministros, a los cuales los ritos litúrgicos están recordando constantemente que Tú les fijaste en tu Cuerpo místico un lugar especial para que te incorporen el mayor número posible de almas, y sean corredentores y mediadores que sepan llorar ser un reflejo de la mansedumbre de mi dulce Salvador.
Que nunca olvide que mi único camino para el Cielo es la Cruz; que los actos de alabanzas, las adoraciones, sacrificios y demás acciones buenas no valen para el Cielo sino en virtud de la Sangre de Jesús, y que si he de salvarme ha de ser con todos los cristianos, ya que con todos los elegidos debo gozar y continuar por Jesús, durante la eternidad, el concierto de alabanzas, al cual estoy asociado en la tierra.
ESPÍRITU DE SACRIFICIO. — ¡Oh Jesús!, que sabías que la humanidad no puede ser salvada sino por el sacrificio; Tú has hecho de tu vida terrestre una inmolación perpetua.
Identificado a ti, Sacerdote contigo, cuando celebro la Misa, ¡oh divino Crucificado!, quiero ser HOSTIA contigo. Todo gravita en Ti en torno de la Cruz. Todo en mí gravitará en torno de la Misa, la cual será el centro y el sol de mis días, corrió tu Sacrificio es el acto central de la Liturgia.
Ella será para mí una Escuela de espíritu de sacrificio, al traerme sin cesar el pensamiento del Calvario, por medio del Altar y el Tabernáculo. Y haciéndome compartir los sentimientos de tu Iglesia, me hará participar de los tuyos, ¡oh Jesús mío!, y así poder cumplir las palabras de San Pablo: Hoc sentite in vobis quod et in Christo Jesu (75) y las que se me dijeron el día en que fui ordenado: Imitamini quod tractatis (76).
El Misal, el Ritual y el Breviario, me recuerdan, aunque no sea sino por las innumerables señales de la Cruz que hago constantemente, que el sacrificio es, desde que el hombre pecó la ley de la humanidad, y que sólo tiene valor unido al tuyo. Yo te devolveré, pues, hostia por hostia, ¡oh divino Redentor! Yo me constituiré en una inmolación total, FUNDIDA con la inmolación que fuiste primeramente en el Calvario y después en todas las misas que se suceden, en el mundo entero, en todos los segundos de la existencia.
La Liturgia me facilitará esta oblación de mí mismo y hará que yo contribuya a completar por medio de tu Cuerpo, que es la Iglesia, lo que falta a tu Pasión (77).
Yo llevaré la parte que me corresponde de esa hostia magna, formada por los sacrificios de todos los cristianos (78), la cual subirá hasta el cielo para expiar los pecados del mundo y hacer que desciendan a la Iglesia militante y purgante los frutos de la Redención.
Así poseeré la Verdadera Vida litúrgica, porque este revestirme de Ti, ¡oh Jesús crucificado!, y unirme prácticamente a tu sacrificio, realizando el holocausto de mí mismo por el Abneget semetipsum ¿no es, ¡oh Salvador mío!, la meta a donde me guía tu Iglesia impregnándome de tus sentimientos por medio de tus plegarias y santas ceremonias, y haciendo que invada mi corazón lo que en Ti dominaba a todo lo demás, o sea, el Espíritu de Sacrificio? (79).
Así me convertiré en una de esas piedras vivas y selectas, pulimentadas por la tribulación: Scalpri salubris ictibus et tunsione plurima, fabri polita malleo (80) destinada a la construcción de la Jerusalén celestial.

c) LA VIDA LITÚRGICA ME HACE VIVIR DE LA VIDA DEL CIELO

Conversatio nostra in coelis est (81), decía San Pablo.
¿Dónde mejor y más fácilmente que en la Liturgia podré aprender este programa? La Liturgia de la tierra, ¿no es la imitación de la Liturgia celestial, que San Juan, el discípulo amado describió en el Apocalipsis? ¿Al cantar o rezar el Oficio, no estoy cumpliendo la función con que se honraron los Ángeles ante el trono del Eterno?
Más aún. ¿La doxología de cada uno de los salmos, o himnos, y la conclusión de todas las oraciones, no me ponen en adoración, ante la Santísima Trinidad?
Las fiestas innumerables de los Santos me dan, como una intimidad de vida con mis hermanos, que en el Paraíso me protegen, orando por mí. Las fiestas de la Santísima Virgen me recuerdan que tengo en las alturas una Madre bondadosísima y Omnipotente, que no descansará hasta verme en seguridad a sus pies, en el Reino de su Hijo, ¿Será posible que todas esas fiestas y además los misterios de mi dulce Salvador, Navidad, Pascuas, y sobre todo la Ascensión, no me den la NOSTALGIA del CIELO, que San Gregorio interpreta como una señal de predestinación?

V. PRÁCTICA DE LA VIDA LITÚRGICA

Maestro bueno, tú te has dignado hacerme comprender qué es la Vida litúrgica. ¿Podré poner como pretexto las obligaciones de mi ministerio, para ahorrarme el esfuerzo que me exija la observancia de esa vida? Seguramente me responderías que EL MISMO TIEMPO SE NECESITA para cumplir las funciones litúrgicas en conformidad con tus deseos, que para hacerlas maquinalmente, y me pondrías ante los ojos los ejemplos de tantos servidores tuyos, como el santo Padre Perboyre, entre otros, que cargado de ocupaciones continuas y abrumadoras hasta el extremo, era, sin embargo, un alma litúrgica de excepción.

a) PREPARACIÓN REMOTA

Haz, bondadoso Salvador mío, que este deseo que tengo de vivir la Vida litúrgica se traduzca en un gran Espíritu de Fe para cuanto se refiere al culto divino.
Los ángeles y los santos te ven cara a cara. Nada puede desviar su espíritu de las augustas Funciones que constituyen uno de los elementos de su felicidad inenarrable. Pero ¿cómo yo, sometido a todas las flaquezas de la naturaleza humana, podré mantenerme en tu presencia, cuando te hablo con la Iglesia, si no desarrollas en mí el don de la Fe que recibí en el Bautismo?
No quiero, ni podría querer jamás, al menos estos son mi sentimientos, considerar las funciones litúrgicas como una obligación pesada, que hay que sacudir lo antes posible, o como el medio de obtener un provecho pecuniario. Espero que nunca llegaré a dirigirme al Dios tres veces Santo con una DESPREOCUPACIÓN que me avergonzaría de tener ante el más humilde de mis servidores. Jamás querría hacer piedra de escándalo de lo que debe ser sillar de edificación. Y, sin embargo, ¿está en mi mano prever dónde podré detenerme, si abandono mi propia vigilancia en lo que concierne al espíritu de Fe?
Oh Dios mío, si me encontrara en esta pendiente, dígnate contenerme, o mejor dame una Fe tan viva que, persuadido de la importancia que a tus divinos ojos tienen los actos litúrgicos, me goce en la sublimidad y me entusiasme en ellos cada día más.
¿Demostraría tener el menor Espíritu de Pe si no manifestara empeño alguno en conocer las RÚBRICAS y en observarlas? Aunque conociera perfectamente la Liturgia, este conocimiento no me serviría de excusa ante Ti, por mis negligencias en observarla. Aunque su observancia no me cause agrado alguno, ni sienta su atractivo, me basta saber que mí obediencia te complace y que ella me será de gran provecho.
En los ejercicios espirituales que practique, me examinaré sobre este punto, con relación al misal, ritual y Breviario.
Tu Iglesia, oh Jesús, ha utilizado para su culto principalmente las riquezas de los salmos. Si tengo espíritu litúrgico, mi alma descubrirá en los fragmentos del Salterio tu figura, en la vida de sufrimientos que llevaste, y sabrá que gran número de las frases íntimas y de los sentimientos que dirigiste a Dios en tu vida mortal, se encuentran en las composiciones proféticas que inspiraste al Salmista.
En ellos encontrará también, maravillosamente sintetizadas, las principales enseñanzas del Evangelio.
Bajo esos mismos velos escucharé la voz de la Iglesia, continuadora de tu vida de sufrimientos, la cual manifiesta a Dios, en el curso de sus triunfos y sus abatimientos, sus sentimientos calcados en los de su divino Esposo; sentimientos que toda alma capaz de reflejar tu Vida puede apropiarse en sus tentaciones; reveses, combates, tristezas, aplanamientos y excepciones; como también en sus victorias y consuelos.
Si reservo parte de mi lectura espiritual a la Sagrada Escritura, me aficionaré a la Liturgia y sabré atender mejor a las palabras (82).
Habituándome a la reflexión, sabré descubrir en toda composición litúrgica una idea central, en torno de la cual gravitan las diversas enseñanzas.
Qué armas tan importantes forjarás así, alma mía, contra el mariposeo de la imaginación, sobre todo si sabes aprovecharte de los SÍMBOLOS.
La Iglesia se sirve de ellos para hablar a los sentidos un lenguaje que los cautive, haciendo sensibles las verdades que simbolizan. Agnoscite quod agitis, me dijo en mi ordenación. La Iglesia da una voz significativa a las ceremonias, paños, objetos, ornamentos sagrados; en una palabra, a todo. ¿Cómo podré ilustrar a los fieles y mover sus corazones, de los cuales la Iglesia quiere apoderarse con este lenguaje tan sencillo como grandioso, si carezco de la clave de esta predicación?

b) PREPARACIÓN PRÓXIMA

Ante orationem praepara animam tuam (83). Momentos antes de celebrar la Misa y cada vez que tome el breviario, haré un acto tranquilo, pero enérgico, de recogimiento, para abstraerme de cuanto no se refiere a Dios y fijar la atención en El. Porque es Dios aquel a quien me dispongo a hablar.
Pero es también mi Padre. Al temor reverencial que hasta la misma Reina de los Ángeles tiene al dirigirse a su divino Hijo, añadiré la candidez y la ingenuidad que el tener UN ALMA DE NIÑO da hasta a los viejos cuando se dirigen a la infinita Majestad.
Esta actitud sencilla e infantil ante mi Padre celestial, reflejará con ingenuidad mi convicción de que estoy unido con Jesucristo y represento a la Iglesia, dentro de mi indignidad, y la certeza de que comparten mis oraciones los Espíritus de la milicia celestial: In conspectu Angelorum psallam tibi (84).
Este no es para ti, alma mía, el momento de razonar ni meditar, sino de hacerte alma de niño. Cuando llegaste al uso de razón, aceptabas como una verdad absoluta cuanto tu madre te decía. Con idéntica sencillez e ingenuidad debes, pues, recibir cuanto tu Madre la Iglesia te presente como alimento de Fe.
¡Este rejuvenecimiento del alma es indispensable! Porque me aprovecharé de los tesoros de la Liturgia y sentiré la poesía que de ella emana, en la medida en que forma en mí un alma de niño. En esa misma medida progresaré en el espíritu litúrgico.
Entonces, mi alma entrará con facilidad en adoración y perseverará durante la función (ceremonias, breviario, Misa, Sacramentos, etc.) en que tome parte en calidad de miembro o de embajador de la iglesia o como Ministro de Dios.
De la manera con que entre en adoración dependen en gran parte el provecho y el MÉRITO QUE obtenga del acto litúrgico, y además los consuelos que Dios ha vinculado a su perfecto cumplimiento y que deben sostenerme en mis trabajos apostólicos.
Quiero, pues, Adorar. Quiero por un impulso de mi voluntad unirme a las adoraciones del Hombre-Dios, para dar a Dios este homenaje. Ha de ser este acto un ímpetu del corazón más que un esfuerzo cerebral.
Lo quiero con vuestra gracia, o Jesús. Y esta gracia la pediré, por ejemplo, por medio del Breviario, en el Deus in adjutorium, o mediante la Misa en el Introito, rezados pausadamente.
Yo lo quiero. Este querer filial y afectuoso, fuerte y humilde, unido a un deseo vivo de que vengas en mi auxilio, es lo que exiges de mí.
Si consigo que mi inteligencia ofrezca a mi fe la contemplación de algunos bellos horizontes, y mi sensibilidad, alguna emoción piadosa, mi voluntad lo utilizará para adorarte más fácilmente. Pero no me olvidaré de que la unión con Dios reside, en último análisis, en la cima del alma; en la voluntad y, aunque le esperen la oscuridad y la aridez, la voluntad, seca y fría de suyo, emprenderá el vuelo, apoyándose únicamente en la fe.

c) CUMPLIMIENTO DE LA FUNCIÓN LITÚRGICA

El cumplimiento exacto de las funciones litúrgicas es, oh Dios mío, un don de tu munificencia. Omnipotens et misericors Deus, de cujus munere venit ut tibi, a fidelibus tuis digne et laudabiliter serviatur (85). Dígnate, Señor, otorgarme ese don. Quiero ser adorador durante los actos litúrgicos. Esa palabra resume todo el método.
Mi voluntad lanzó a mi razón y lo mantiene ante la Majestad de Dios. Yo comprendo todo su trabajo en estas tres palabras: digne, attente, devote... de la oración Aperi, las cuales expresan la actitud que deben observar mi cuerpo, inteligencia y corazón.

DIGNE. — Con su actitud respetuosa; con la pronunciación exacta de las palabras, más espaciada en los pasajes principales; con la observancia cuidadosa de las genuflexiones, etc., mi cuerpo dará a entender, no sólo que sé a quién hablo, qué digo y qué APOSTOLADO practico (86) algunas veces, sino además, que mi corazón es el que obra.
En las cortes de los reyes de la tierra, hasta los más humildes servidores creen que las funciones que desempeñan tienen mucha importancia y toman aires majestuosos y solemnes, y yo, que formo parte de la guardia de honor del Rey de reyes y del Señor lleno de Majestad, ¿por qué no he de adquirir una distinción que se traduzca en la actitud de mi alma y en la dignidad de mi porte, durante el ejercicio de mis funciones?

ATTENTE. — Mi espíritu arde en el afán de extraer de las palabras y ritos sagrados cuanto pueda alimentar mi corazón.
A veces fijaré la atención en el sentido literal de loe textos. Ya siga el sentido de cada frase, ya medite sin detenerme en el rezo el sentido de una palabra que me haya impresionado, hasta sentir la necesidad de descubrir la miel de la devoción en otra flor; en ambos casos guardo con fidelidad el Mens concordet voci (87). A veces mi inteligencia se ocupará en el misterio del día o en la idea principal del tiempo litúrgico; pero será secundario su papel, si lo comparamos con el de la voluntad, a la cual auxiliará, para que pueda mantenerse en adoración o para comenzarla.
Por muy frecuentes que sean mis distracciones, sin violencia ni rigidez, sino suavemente, como cuanto se hace con tu concurso, oh Jesús, y fuertemente, como cuanto responde con generosidad a este concurso, quiero volver a hacer el acto de adoración.

DEVOTE. — Este es el punto capital. Todo debe parar en hacer del oficio divino y de toda función litúrgica, un ejercicio de piedad y, por consiguiente, un acto del corazón.
"La precipitación es la muerte de la devoción"
San Francisco de Sales da como principio fundamental esa máxima cuando habla del breviario y o fortiori de la Misa. Yo me impongo, pues, la obligación de emplear alrededor de media hora en la celebración de la MISA, para que no sólo el Canon, sino todo lo demás, sea dicho y hecho piadosamente.
Y descartaré toda clase de PRETEXTOS que pudieran servir para realizar deprisa este acto central de mi vida diaria. Si por una mala costumbre, trunco algunas palabras o ceremonias, me detendré, aunque sea más del tiempo debido, en esos pasajes defectuosos para observarlos pausadamente (88).
Y quiero que esta resolución abarque, en la debida proporción, todas las demás funciones litúrgicas: Sacramentos, bendiciones, funerales, etc.
En cuanto al Breviario, determinaré de antemano el momento en que he de rezarlo, y enguanto llegue ese momento, lo despacharé todo cueste lo que cueste. Quiero a toda costa que el rezo del Breviario sea una verdadera oración del corazón.
Oh divino Mediador, haz que sienta el horror de la precipitación, cuando ocupo tu lugar u obro en nombre de la Iglesia. Persuádeme de que la precipitación paraliza ese gran Sacramental que es la Liturgia, y le impide que sostenga el espíritu de oración sin el cual, bajo capa de sacerdote celoso, yo podría llegar a ser a tus ojos un hombre tibio o algo peor. Graba en mi conciencia esta frase, que me haga temblar: Maledictus qui facit opus Dei fraudulenter (89).
A veces, a impulsos del corazón, captaré en una síntesis de Fe, el sentido general del misterio conmemorado en el Ciclo litúrgico, y nutriré mi alma con él.
Otras, será un acto saboreado con detención, acto de fe o de esperanza, de deseo o de pena, de ofrecimiento o de amor.
Otras, por último, me bastará una simple MIRADA. Mirada íntima y sostenida de un misterio, de una perfección de Dios, de mi nada, de mis miserias y necesidades o de mi dignidad de cristiano, de sacerdote o de religioso. Mirada completamente distinta del acto de inteligencia en el estudio de la Teología. Mirada que aumenta la fe, y más el amor. Mirada que es sin duda un reflejo pálido de la visión beatífica, pero que realiza desde este mundo lo que has prometido a las almas puras y fervorosas: Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt (90).
Así, cada una de las ceremonias vendrá a ser una diversión descansada, por ser la verdadera respiración del alma, que las ocupaciones iban a asfixiar.
Oh Sagrada Liturgia, qué bálsamo traes a mi alma con tus diversas "funciones". Lejos de ser éstas para mí una esclavitud pesada, constituyen uno de los mayores consuelos de mi vida.
¿Cómo podría ser de otra manera, ya que, llamado gracias a ti, a la dignidad de hijo y embajador de la Iglesia, de miembro y ministro de Jesucristo, he de revestirme cada día más de Aquel que es la Alegría de los bienaventurados?
La unión con El me enseñará a aprovecharme de las cruces de esta vida mortal, para hacer la siembra de mi eterna felicidad, y la Vida litúrgica, más eficaz que todo apostolado, hará que pueda arrastrar en pos de mí otras almas en el camino de la santidad y de la salvación.

4. La Guarda del Corazón, clave de la Vida interior y, por tanto, esencial para el Apostolado

RESOLUCIÓN DE LA GUARDA DEL CORAZÓN

Quiero, Jesús mío, que mi corazón tenga la preocupación constante de PRESERVARME de toda mancha, y de ESTAR CADA VEZ MÁS UNIDO a tu Corazón, en todas mis ocupaciones, conversaciones, recreos, etcétera.
El elemento negativo más indispensable de esta resolución, me obliga a evitar toda mancha en los móviles y cumplimiento de mis acciones (91).
El elemento positivo me impulsa a querer intensificar la fe, la esperanza y la caridad, que animan esta acción.
Esta resolución será el verdadero termómetro del valor práctico que tenga la oración que debo hacer todas las mañanas y de mi vida litúrgica; porque mi vida interior será lo que sea la Guarda de mi corazón: Omni custodia conserva cor tuum, quia ex ipso vita procedit (92).
La Oración y la Vida litúrgica me impulsarán a unirme con Dios. Pero la Guarda del corazón es la que permite al viajero aprovecharse del alimento que tomó antes de emprender la marcha o durante los descansos, para mantenerse constantemente en la disposición en que se encontraba al comenzar a andar.
Esta guarda del corazón es la solicitud habitual o frecuente, en preservar todas mis acciones, a medida que se presentan, de cuanto pudiera viciar sus MÓVILES O SU REALIZACIÓN.
Solicitud tranquila, cómoda, sin violencia, fuerte y humilde al mismo tiempo, porque está basada en la confianza de que puedo acudir a Dios en mi calidad de hijo suyo.
Es un trabajo del corazón y de la voluntad más bien que del espíritu, el cual debe gozar de libertad para cumplir mejor sus obligaciones. La guarda del corazón no impide la realización de las acciones, sino que las reglamenta con el espíritu de Dios y las ajusta a los deberes que mi estado me impone. Quiero practicar a todas horas este ejercicio, que será una mirada del corazón a todas las acciones presentes, y una atención moderada a cada una de las partes de una acción, a medida que voy ejecutándola. Así, será la observación puntual de Age quod agis (93). Mi alma, como un centinela vigilante, observará todos los movimientos del corazón, especialmente lo que ocurre centro de mí; impresiones, intenciones, pasiones, inclinaciones, en una palabra, todos mis actos internos y externos, pensamientos, palabras y acciones.
Claro es que esta guarda del corazón exige un determinado recogimiento y no puede llevarse a cabo con el alma disipada.
Pero con la práctica me habituaré a este ejercicio y así se me hará más fácil.
Quo vadam et ad quid? (94) ¿Qué haría Jesús y cómo se conduciría, si se encontrase en mi caso? ¿Qué me aconsejaría? ¿Qué me pide en este momento? Tales son las preguntas que acudirán espontáneamente a mi alma, ávida de vida interior.
Cuando sienta los impulsos de ir a Jesús por María, la guarda del corazón tendrá un carácter más afectivo todavía. El recurso a esta buena Madre vendrá a ser una necesidad incesante de mi corazón.
Así se cumplirá el MANETE in Me et Ego in vobis (95), que resume todos los principios de la vida interior.
Mi alma quiere lograr por medio de la guarda del corazón que la unirá contigo, lo que Tú, oh Jesús, dices que es fruto de la Eucaristía: In Me manet et Ego in eo. In Me manet. Sí; yo me consideraré como en mi casa, cuando esté en tu divino Corazón, con derecho a disponer de todas tus riquezas, mediante la utilización de los tesoros sin fin de la Gracia santificante y de la Mina inagotable de las gracias actuales.
Et Ego in eo. Pero, gracias a la guarda del corazón que practique, Tú también, amadísimo Salvador mío, estarás en mi alma como en tu casa. Porque me esforzaré en asegurar el ejercicio constante de tu realeza sobre todas mis facultades y me preocuparé no sólo de nada hacer fuera de ti, sino de insuflar en cada una de mis acciones una fuerza de amor que crezca de día en día.
La consecuencia de esta guarda del corazón será el hábito del recogimiento interior, del combate espiritual y de una vida ocupada y reglamentada, con el consiguiente y extraordinario aumento de méritos.
De esta manera, oh Jesús mío, la unión indirecta que las obras me hacen tener contigo, es decir, mis relaciones con las criaturas, en conformidad con tu divina voluntad, será la continuación de la unión que realizo directamente por medio de la Oración, la Vida litúrgica y los Sacramentos. En ambos casos, esta unión procederá de la fe y de la caridad y se realizará bajo el impulso de la gracia.
En la unión directa, no miro sino a Ti y a Ti solo. En la indirecta, me aplico a otros objetos. Pero como lo hago por obedecerte, los objetos de mi atención se tornan en medios escogidos por Ti, para mí unión contigo. Así, te dejo para encontrarte. Siempre eres Tú aquel a quien busco con el mismo amor, pero según tu Voluntad. Y esta voluntad tuya es el único faro que la Guarda del corazón me señala como guía de mi actividad en tu servicio. En ambos casos puedo, pues, decir: Mihi adhaerere Deo bonum est (96).
Por consiguiente, es un ERROR creer que para unirme contigo, oh Dios mío, debo dejar mis acciones para más tarde o esperar a terminarlas. Es un error suponer que determinados trabajos, por su naturaleza o por el tiempo en que se ejecutan, pueden dominarme hasta quitarme la libertad e impedir mi unión contigo. Esto no puede ser, porque Tú quieres que yo sea libre; Tú no quieres que la acción me domine hasta anular mi libertad. Tú quieres que yo la domine, y que no sea dominado por ella, y para lograrlo me ofreces tu gracia, a condición de que sea fiel a la guarda del corazón.
Desde el momento en que el sentido práctico sobrenatural me da a conocer por varios acontecimientos, circunstancias y detalles dispuestos por tu Providencia, que una determinada acción está ligada a tu Voluntad, mi deber es rao eludirla, ni complacerme en ella, sino comenzarla y concluirla únicamente para hacer tu voluntad. Porque mi amor propio llegaría a adulterar su valor y a disminuir su mérito (97). Si sabiendo lo que Tú quieres, oh Jesús mío, y cómo lo quieres, Quod et quomodo Deus vult, lo hago porque lo quieres Tú: Et quia Deus vult mi unión contigo, lejos de disminuir será más estrecha.

I. NECESIDAD DE LA GUARDA DEL CORAZÓN

Dios mío, Tú eres la Santidad, y en este mundo no admites a tu intimidad a las almas sino en la medida en que se aplican a evitar cuanto pudiera mancharlas.
La pereza espiritual en elevar mi corazón a Ti; la afección desordenada de las criaturas; las brusquedades e impaciencias; el rencor, los caprichos, la molicie, el afán de comodidades; la facilidad de hablar de los defectos del prójimo sin razón justificada; la disipación, la curiosidad que no tiene relación alguna con la gloria de Dios; la charlatanería, la locuacidad, los juicios temerarios acerca del prójimo; la vana complacencia en mi mismo; el desprecio de los demás y la crítica de su conducta; el ansia de estima y alabanza en los móviles de mis acciones; la exhibición de cuanto me favorece; la presunción, la testarudez, los celos, la falta de respeto a la autoridad, la murmuración; la falta de mortificación en la comida y bebida, etc., etc., qué CANTIDAD DE PECADOS VENIALES, o al menos de imperfecciones voluntarias pueden invadirme y privarme de las gracias abundantes que me tenías reservadas desde la eternidad.
¿De que me servirían la oración y la vida litúrgica sí no me facilitasen el recogimiento del alma para estar más alerta con las faltas de pura fragilidad y levantarme inmediatamente cuando mi voluntad empieza a flaquear, y si no me incitaran a imponerme sanciones cuando las necesite?
¡Pensar que por carecer de la guarda del corazón, Jesús mío, podría yo PARALIZAR la acción que ejerces sobre mí!
Las Misas Comuniones, Confesiones y demás ejercicios de piedad; la protección especial de la divina Providencia, que se preocupa de mi salvación; la solicitud del Ángel de mi guarda; hasta tu vigilancia maternal, ¡oh Madre mía Inmaculada!..., todo puede quedar paralizado y estéril por culpa mía.
Si carezco de voluntad para imponerme esa violencia a que te refieres, oh Jesús mío, al decir: Violenti rapiunt illud (Mat., XI, 12), Satanás tratará de adueñarse de mi corazón para extraviarlo y debilitarlo, y llegará hasta la perversión de mi conciencia, por medio de falsas ilusiones.
Algunas de las caídas, alma mía, que Tú dices que son de pura fragilidad, acaso Dios las ve de otra manera. Si no te ejercitas en la Guarda del corazón y te empeñas en realizar el programa concretado en estas palabras: "Quiero llegar a guardar para Jesús el móvil de cada una de mis acciones", ¿podrás afirmar lo contrario?
Si abandono la resolución de guardar mi corazón, Iré acumulando una serie espantosa de expiaciones para el Purgatorio y, aunque hasta la fecha haya evitado el pecado mortal, me encontraré en la pendiente resbaladiza que hace caer fatalmente en él. ¿Has pensado en esto, alma mía?

II. LA PRESENCIA DE DIOS, BASE DE LA GUARDA DEL CORAZÓN

Oh Trinidad Santísima, si, como lo espero, me encuentro en estado de gracia, vos habitáis en mi corazón, aunque oculto bajo el velo de la fe, con toda vuestra gloria y vuestras perfecciones infinitas como habitáis en el Cielo.
Constantemente están en mí vuestros ojos para ver todos mis actos. Vuestra justicia y vuestra misericordia actúan en mi incesantemente. En respuesta a mis infidelidades, unas veces me retiráis las gracias especiales, otras dejáis de preparar maternalmente los acontecimientos favorables para mí, y también soléis abrumarme de nuevos beneficios para volverme a Vos.
Si yo estimara que vuestra habitación en mi es el acontecimiento más considerable y el más digno de llamar mi atención', ¿cómo dejaría a veces pasar tanto tiempo sin pensar en ello?
¿No es cierto que la falta de atención a este hecho fundamental de mi existencia, es el origen de mis fracasos en las tentativas que hago de adquirir la guarda del corazón?
Si durante el día hubiera repetido el ejercicio de las jaculatorias, ellas me hubieran traído constantemente a la memoria la inhabitación, todo amor, de Dios en mí. ¿Has puesto bastante de tu parte hasta hoy, alma mía, para que las jaculatorias jalonen tu Vida, AL MENOS UNA VEZ, EN CADA HORA DEL DÍA? ¿Te has aprovechado de la Oración y de la Vida litúrgica, para entrar de vez en cuando, siquiera durante unos segundos, en lo más íntimo de tu corazón, a fin de adorar a la Belleza infinita, a la Inmensidad, a la Omnipotencia, a la Santidad, a la Vida, al Amor; en una palabra, al Bien Supremo y Perfecto que se ha dignado residir en tu corazón y que es tu Primer Principio y tu Ultimo Fin?
Comuniones espirituales... ¿qué lugar ocupáis en mis horas? Y, sin embargo, estáis a mi disposición todos los instantes para recordarme que la Santísima
Trinidad habita en mí y para hacer que esta inhabitación se intensifique mediante una nueva infusión de la Sangre del Redentor en mi alma.
¿Qué estimación he dado hasta ahora a estos tesoros colocados en mi camino? Me hubiera bastado inclinarme para recoger esos diamantes y engastarlos en mi diadema. ¡Qué lejos me encuentro de aquellas almas que, sin abandonar sus trabajos o conversaciones, vuelven mil veces al cabo del día a la comunicación con su huésped divino! Han adquirido esa costumbre y su corazón ha quedado fijo donde está su tesoro.

III. LA DEVOCIÓN A NUESTRA SEÑORA FACILITA LA GUARDA DEL CORAZÓN

Oh Madre mía Inmaculada, para que me ayudases a guardar el corazón unido por Jesús a la Santísima Trinidad, la palabra de tu Hijo en el Calvario me hizo hijo tuyo. Quiero que todas las invocaciones que he de dirigirte, cada día más frecuentemente, sirvan para la guarda de mi corazón, a fin de purificar sus tendencias, intenciones, afectos y deseos.
No quiero cerrar los oídos a tu dulce voz, que me dice: "Detente, hijo mío, y rectifica tu corazón." No es verdad, no, que en este momento buscas exclusivamente la gloria de Dios. ¡Cuántas veces, en mis disipaciones u ocupaciones desordenadas me has dirigido esta maternal invitación! ¡Y cuántas veces, ay, la he despreciado!
Madre mía, desde hoy, escucharé esa LLAMADA DE TU CORAZÓN y te demostraré mi fidelidad parándome en seco, con energía, en mis malos caminos. Un solo instante me bastará para formularme una de estas preguntas: ¿Para quién realizo la acción presente? ¿Cómo obraría Jesús si se encontrase en mi lugar? Estas preguntas, cuando se hacen habitualmente, constituyen la Guarda del corazón. Así, podré tener mis facultades con sus tendencias, aun en los menores detalles, en una dependencia habitual, cada día más perfecta, con relación a Dios, que vive en mí.

IV. APRENDIZAJE DE LA GUARDA DEL CORAZÓN

Yo gimo porque tengo que dejar la presencia de Dios durante los largos intervalos que mis trabajos exigen. Gimo al ver que en el tiempo de mi vida exterior incurro en muchas faltas, cualquiera que sea el estado de mi alma, mezcla de fervor e imperfección o tibieza. Desde hoy me propongo poner remedio a todo esto, mediante la Guarda del corazón.
Por la mañana, en la oración fijaré con DECISIÓN, CONCRETAMENTE, EL MOMENTO DE MIS OCUPACIONES en que, sin dejarlas, haré un esfuerzo en vivir de la vida interior con la MAYOR PERFECCIÓN POSIBLE, y guardar el corazón, es decir, estar vigilante a todos mis actos, bajo tu mirada, oh Jesús mío, y acudir a Ti, como si tuviese hecho el voto de hacer lo más perfecto en todas las cosas.
Comenzaré por cinco minutos o menos, mañana y tarde (98); cuidaré de hacer bien este ejercicio, más que de prolongarlo; me esforzaré en perfeccionarlo de día en día, y conducirme en mis trabajos, ,y MÁS si SON DE LOS QUE ABSORBEN DE VERAS, a la manera de los santos, por la pureza de intención, la guarda del corazón y de todas mis facultades y la nobleza de mi conducta; en una palabra, trataré de conducirme como lo hubiera hecho Jesús, de encontrarse en estas mismas ocupaciones.
Así, practicaré el aprendizaje de la vida interior, y ello servirá de protesta contra el hábito de disiparme y la evagatio mentis. Quiero a Jesús. Quiero su remado. Quiero que durante mis ocupaciones, ese reinado continúe en mí. Quiero que mi alma deje de ser como un corredor abierto a todos los vientos, incapacitada para vivir unida a Jesús; y que sea vigilante, suplicante y generosa.
Durante estos cortos instantes, sin violentar mi mirada, la fijaré en los diversos móviles de mi alma, que ha de ser inexorable consigo misma. Y tendré mi voluntad tensa y ardientemente decidida a no perdonarme nada, para vivir con toda la perfección posible, durante este corto intervalo. Mi corazón, por su parte, estará resuelto a recurrir frecuentemente a nuestro Señor, para mantenerme en ese ENSAYO DE SANTIDAD.
Este ejercicio deberá ser cordial, alegre y hecho con anchura de alma. Deberé, sin duda, no perder la vigilancia y ser mortificado para mantenerme en la presencia de Dios, y negara mis facultades y sentidos todo lo que huela a natural. Pero no me contentaré con este lado negativo de mis esfuerzos. Procuraré ante todo que este ejercicio vaya informado de esa intensidad en el amor, con la cual practicaré el Age quod agis, con más pureza de intención y con un ardor y una generosidad crecientes, que dé a mis obras todo el valor y toda la perfección de que son susceptibles.
Por la tarde, en el examen general (o en el particular, si lo hago sobre este ejercicio) ampliaré con todo rigor cómo he empleado esos minutos destinados a la guarda del corazón más estricta y sin reservas, junto a Jesús. Me impondré una sanción o una pequeña penitencia (aunque sea privarme del vino o del postre, sin que nadie se aperciba, o hacer una corta oración con los brazos en cruz, o golpearme los dedos con un objeto duro, como por ejemplo una regla), si veo que no estuve bastante vigilante, fervoroso, suplicante o amoroso durante la tentativa de la guarda del corazón; es decir, si no uní debidamente la vida interior a la activa.
¡Qué resultados tan maravillosos lograré con este ejercicio! ¡Oh, qué escuela es esta de la guarda del corazón!
¡Qué apreciación tan distinta e insospechada de mis pecados e imperfecciones! Estos benditos instantes ejercerán poco a poco una influencia VIRTUAL, sobre los que les sigan. Pero nos los prolongaré sino después de haber agotado lo que hubiere podido entrever de horizonte de santidad, de perfección, de ejecución y de intensidad de amor.
Me preocuparé más de la calidad que de la cantidad. La sed de no contentarme con los cinco minutos del principio, se me avivará en la proporción en que llegue a ver lo que soy y lo que Tú esperas de mí, Jesús mío. Y, poco a poco, familiarizándome con este saludable ejercicio, acabaré por encontrar el hábito y la necesidad de practicarlo, y Tú descubrirás a mi alma, así purificada, los secretos de la vida de unión contigo.

V. CONDICIONES DE LA GUARDA DEL CORAZÓN

Casi toda la trama de mi vida está más o menos manchada. De esta CONVICCIÓN que Satanás trata de hacerme olvidar, nace mi desconfianza en mi y en las criaturas. Este elemento, injertado en el deseo vivo que tengo de ser de Jesús producirá forzosamente:
Una vigilancia, leal y exacta, dulce y tranquila, confiada en la gracia y fundamentada en la represión de la disipación y del exceso de apresuramiento natural. Una renovación constante de mis resoluciones. Un volver a comenzar persistente, lleno de confianza en la misericordia de Jesús para el alma que lucha de verdad por llegar a la Guarda del corazón. La certeza creciente de que NO ME ENCUENTRO SOLO en mis combates, sino unido a Jesús que vive en mí, a María, mi Madre, al Ángel de mi Guarda y a los Santos. La convicción de que esos aliados poderosos me prestan su asistencia en todos los instantes, con tal que persevere en la guarda del corazón, y no me aleje de su asistencia. Por último, el recurso cordial y frecuente a todos esos apoyos divinos, para que me ayuden a hacer lo que Dios quiere, como lo quiere y porque lo quiere (99).
¡Oh Jesús mío, qué transformación sufrirá mi vida si guardo el corazón unido contigo! Mi inteligencia puede aplicarse del todo a la acción que ejecute. Pero quiero llegar a practicar en mis trabajos, aun los más absorbentes, lo que he observado en algunas almas; que están enteramente ocupadas y, al mismo tiempo, con su corazón RESPIRANDO constantemente en Ti.
La Guarda del corazón, bien comprendida, no disminuirá la libertad de acción de mis facultades en el cumplimiento de los deberes de mi estado; antes al contrario, la respiración de mi alma en la atmósfera de tu amor, Jesús mío, la aumentará, haciendo que mi vida se deslice con serenidad, a pleno sol, pujante y fecunda.
En vez de ser esclavo de la soberbia, el egoísmo o la pereza; en lugar de gemir bajo el yugo de las pasiones e impresiones, seré más libre cada vez. Y, con mi libertad perfeccionada podré, ¡oh Dios mío!, darte frecuentemente el homenaje de mi dependencia. Así me aseguraré en la verdadera humildad, sin la cual la vida interior es ficticia. Así también desarrollaré en mí el espíritu fundamental de sumisión; submissio ad Deum (100), que resume la intimidad de la vida del Salvador.
Participando de la llama de amor, que te hizo ¡oh Jesús!, tan dócil y atento a la voluntad de tu Padre, mereceré participar en el cielo de la gloria que goza tu Humanidad, en recompensa de tu admirable dependencia de Dios, fundamentada en la humildad y el amor: Factus obediens... propter quod et Deus exaltavit illum (101).

5. Necesidad que tiene el Apóstol de una ardiente devoción a María Inmaculada

Miembro de la Orden de los Cistercienses tan íntimamente consagrada a María, hijo de San Bernardo, el apóstol incomparable de Europa durante medio siglo, ¿podría olvidarme de que el Santo Abad de Claraval atribuía a María los progresos que hizo en la unión con Jesús y los éxitos de su apostolado?
Todo el mundo conoce lo que fue ante los pueblos y los reyes, en el seno de los Concilios y en la corte de los Papas, el apostolado de aquel que será el hijo más ilustre del Patriarca San Benito.
Todos exaltan la santidad, el genio, el conocimiento profundo de las Escrituras y la unción penetrante de los escritos del último Padre de la Iglesia.
Pero lo que principalmente resume la admiración de los siglos hacia el Santo Doctor es el título de Cytharista Mariae que se le da.
"Trovador de María", no ha sido superado por ninguno de cuantos celebraron las glorias de la Madre de Dios. San Bernardino de Sena y San Francisco de Sales, así como Bossuet, San Alfonso, el Venerable Simón de Montfort y otros, acudieron a la mina de los escritos de San Bernardo cuando quisieron hablar de María y hallar argumentos con que demostrar esta verdad que el Santo Doctor, se preocupa de poner de relieve: "Todo nos viene por María."
"Ved, hermanos míos, con qué sentimientos de devoción quiere que honremos a María ese Dios que ha depositado en ella la plenitud de todos los bienes. Todas nuestras esperanzas, las gracias que poseemos y las prendas de salvación, debemos reconocer que nos vienen por conducto de Aquélla, que está colmada de delicias... Suprimid el sol que ilumina el mundo, y desaparece el día. Suprimid a María, esa estrella del mar, de nuestro inmenso mar sin orillas, ¿qué nos queda sino profunda oscuridad, sombra de muerte y tinieblas espesas? Honremos, pues, a María desde el fondo de las entrañas, con nuestros mejores sentimientos. Tal es la voluntad de Aquel que quiso que todo lo recibamos por Ella" (102).
Convencidos de esta doctrina, no dudamos en afirmar que el apóstol, por mucho que trabaje en su santificación, en su progreso espiritual y en la fecundidad de su apostolado, se expone a edificar sobre arena, si su actividad no se apoya en una espacialísima devoción a Nuestra Señora.

a) PARA LA VIDA INTERIOR PERSONAL

Un apóstol no tendrá la debida devoción a María, si su confianza en ella carece de entusiasmo y se limita a darle un culto puramente exterior. Así como su Hijo, intuetur cor. Ella no mira sino a nuestro corazón y nos tiene por verdaderos hijos en la medida en que la fuerza de nuestro amor responde al suyo para con nosotros.
Un corazón firmemente convencido de las grandezas, privilegios y funciones de Aquella que es a la vez Madre de Dios y de los hombres.
Un corazón penetrado de que la lucha contra los propios defectos, la adquisición de las virtudes, el reinado de Jesucristo en nuestras almas y, por tanto, la seguridad de nuestra santificación y salvación, guardan proporción con el grado de devoción que tengamos a María (103).
Un corazón penetrado de este pensamiento: que todo es más fácil, seguro, suave y rápido en la vida interior cuando se ejecuta con María (104).
Un corazón que desborda de confianza filial, pase lo que pase, hacia Aquella cuyas delicadezas, atenciones, ternuras, misericordias y generosidades conoce (105).
Un corazón cada vez más inflamado de amor hacia Aquella que jamás separa de sus alegrías, que siempre une a sus penas y por la cual pasan todos sus afectos y cariños.
Todos estos sentimientos reflejan a la perfección el corazón de San Bernardo, que fue un ejemplar de hombre de obras.
Quién no conoce las palabras que le salen del alma, cuando explicando a sus monjes el pasaje del Evangelio, Missus est, exclama:
"Oh vosotros los que comprendéis que en el flujo y reflujo de este siglo flotáis en medio de las borrascas y tempestades en vez de pisar en tierra firme, tened fijos los ojos en esa estrella para no perecer en la tormenta. Si los vientos de las tentaciones se desencadenan y chocáis con los escollos de las tribulaciones, mirad a la estrella; invocad a María. Si os sentís sacudidos por las olas del orgullo, de la ambición, de la maledicencia, de la envidia, mirad a la estrella; invocad a María. Si la cólera, la avaricia o la codicia asaltan el frágil esquife de vuestra alma, levantad los ojos a María. Si abrumados por la enormidad de vuestras culpas, y confundidos por las llagas repugnantes de vuestra conciencia, o espantados por el horror del juicio que os espera, comenzáis a sumergiros en el abismo de la tristeza y la desesperación, pensad en María. En los peligros, en las angustias y en el tormento de las dudas, pensad en María; invocad a María. Que María no se separe nunca de vuestros labios ni de vuestro corazón. Y para tener los sufragios de sus oraciones, no olvidéis los ejemplos de su vida. Siguiéndola no os extraviaréis; invocándola, no caeréis en la desesperación; contemplándola, no os equivocaréis; con su apoyo, no podréis caer; bajo su protección, no hay por qué temer; conducidos por ella, no os fatigaréis; si os es propicia, llegaréis seguramente a puerto."
Obligados a no alargarnos, y queriendo por lo menos ofrecer a nuestros hermanos en el apostolado un resumen de los consejos de San Bernardo para llegar a ser un verdadero hijo de María, creemos lo más acertado invitarles a leer con atención el sólido y precioso volumen "La vida espiritual en la escuela del Venerable Griñón de Montfort", escrito por el Padre Lhoumeau (106). Juntamente con las obras de San Alfonso María de Ligorio y los comentarios del Padre Desurmont; con los escritos del Padre Faber, del Padre Giraud y de La Salette, ninguna obra refleja mejor que la del Padre Lhoumeau los escritos de San Bernardo que, por otra parte, cita en casi todas las páginas del libro. Sólida base teológica, unción y carácter práctico; todo lo reúne para obtener el resultado que buscaba sin descanso el Abad de Claraval; o sea, modelar el corazón de sus hijos a imagen del suyo: y darles lo que fue la característica de los autores cistercienses: la necesidad de recurrir habitualmente a María y la Vida de unión con ella.
Terminemos con las consoladoras palabras que la admirable cisterciense Santa Gertrudis, llamada por Dom Gueranger Gertrudis la Grande, oyó de labios de la Santísima Virgen: "A mi dulce Jesús no debe llamársele mi unigénito, sino mi primogénito. Primeramente le concebí a él en mi seno, pero después de él, o mejor dicho, por él os he concebido a todos para que seáis hermanos suyos e hijos míos, adoptándoos en las entrañas de mi caridad maternal." Todo cuanto en las obras de esta Santa Patrona de las Religiosas Cistercienses, tiene relación con la vida de unión con María, refleja el espíritu de su Padre San Bernardo.

b) POR LA FECUNDIDAD DEL APOSTOLADO

Todo hombre de obras, ya se disponga a sacar las almas del pecado o a prepararlas a la virtud, debe tener como preocupación, la de San Pablo, o sea engendrar Nuestro Señor en las almas. Ahora bien, dice Bossuet: "Habiendo querido Dios darnos una vez a Jesucristo por medio de la Santísima Virgen, esta disposición no puede sufrir alteración. Si Ella engendró la cabeza, debe engendrar los miembros."
Separar a María del apostolado sería desconocer una de las partes esenciales del Plan Divino. “Todos los predestinados, dice San Agustín, están en este mundo encerrados en el seno de la Santísima Virgen, que les guarda, nutre, retiene y desarrolla, hasta que los dé a luz en la gloria después muerte."
"Desde la encarnación, concluye con razón San Bernardino de Sena, María ha adquirido una especie de jurisdicción sobre toda misión temporal del Espíritu Santo, que suerte que ninguna criatura recibe las gracias que Dios le concede, sino por sus manos."
Pero a su vez, el devoto verdadero de María viene a ser todopoderoso sobre el Corazón de su Madre. Entonces, habrá un apóstol que pueda dudar de la eficacia de su apostolado, si por ser devoto de María dispone de la Omnipotencia que tiene María sobre la Sangre del Redentor?
Así vemos que todos cuantos se dedican a convertir a las almas, están animados de una devoción extraordinaria hacia la Santísima Virgen. ¿Quieren sacar un alma del pecado? ¡Con qué calor y persuasión hablan, por estar identificados con el horror al mal y el amor a la pureza con la que se ha dado el nombre de Inmaculada Concepción!
El Precursor conoció la presencia de Jesús a la voz de María y saltó de gozo en el seno de su madre. ¡Qué acentos prestará María a sus verdaderos hijos para que abran a Jesús los corazones que les estaban cerrados!
¡Qué persuasivas palabras saben encontrar los íntimos de la Madre de Misericordia para impedir que se apodere la desesperación de las almas que abusaron durante mucho tiempo de las gracias!
¿Se trata de algún desgraciado que no conoce a María? La seguridad con que el hombre de obras se la muestra como Verdadera Madre y refugio de pecadores, le abre al desgraciado nuevos horizontes.
El Santo Cura de Ars solía encontrar a veces algunos pecadores que» falsamente ilusionados, se apoyaban en algunas prácticas exteriores de devoción a la Santísima Virgen, para quedar tranquilos en el pecado, sin temor a las llamas eternas. Su palabra entonces era dominadora, para mostrar al culpable la monstruosidad de su presunción, tan injuriosa para la Madre de Misericordia, y para impulsarle a implorar la gracia de librarse de los anillos de la serpiente infernal.
Un hombre de obras poco devoto de María, que se encontrase en ocasión parecida, emplearía palabras tajantes y frías, con las cuales lograría que el pobre náufrago acabase por abandonar aquella tabla a que estaba asido, y que hubiera podido ser para él la tabla de salvación.
Cuando María vive en el corazón del apóstol, le da una elocuencia maternal para llegar al fondo de las almas en que fracasó todo intento de conversión. Parece que Nuestro Señor, con una delicadeza admirable, ha querido reservar a la mediación de su Madre, las más difíciles conquistas del apostolado, y concederlas exclusivamente a los que viven en intimidad con Ella. Per te ad nihilum redegit inimicos nostros.
El verdadero hijo de María jamás debe considerar que agotó los argumentos, medios y expedientes de conversión, aun en los casos más desesperados, cuando trata de robustecer a los débiles y consolar a los inconsolables.
El Decreto que agregó a la Letanía la invocación Mater boni consilii, se apoya en los títulos que tiene María de Coelestium gratiarum thesauraria y de Consolatrix universalis. Por ser "Madre del Buen Consejo", a sus verdaderos devotos otorga, como en Cana, el secreto de obtener, para distribuirlo, el Vino de la fuerza y de la alegría.
Pero cuando se les habla a las almas del amor de Dios, la "Robadora de corazones", Raptrix Cordium, según la frase de San Bernardo, pone en los labios de sus más íntimos devotos, palabras de fuego que encienden el amor de Jesús, haciendo germinar todas las virtudes.
Nosotros, los apóstoles, debemos amar apasionadamente a la que Pío XI llamó Virgo Sacerdos, cuya dignidad está por encima de la de los sacerdotes y pontífices. Ese amor nos dará el derecho de no considerar nunca como perdida una obra comenzada con María y continuada con Ella. María, en efecto, está debajo y encima de cuanto afecta al reino de Dios por su Hijo.
Pero cuidémonos de creer que trabajamos con Ella, cuando nos limitamos a levantarle altares o a entonar cánticos en su honor. Ella nos pide una devoción que nos permita afirmar sinceramente que vivimos habitualmente unidos a ella; que acudimos a pedirle consejo; que nuestras afecciones pasan por su corazón y que nuestras peticiones van a menudo por su conducto. Pero lo que María espera sobre todo de nuestra devoción, es la imitación de todas las virtudes que admiramos en Ella, y nuestro abandono sin reservas en sus manos, para que nos revista de su divino Hijo.
Si cumplimos esta condición del Recurso habitual a María, imitaremos a, aquel general del ejército del Pueblo de Dios que antes de lanzarse contra el enemigo dijo a Débora: "Iré, si vienes conmigo; si no, no iré", y haremos todas nuestras obras con Ella. No sólo intervendrá en nuestras más importantes decisiones, sino hasta en las imprevistas y aun en los detalles de ejecución.
Unidos a aquella cuyo título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, resume para nosotros todos los demás, no nos expondremos a falsear nuestras obras, ni nos permitiremos que se enfrenten con nuestra vida interior, ni sean un peligro para nuestras almas, sirviendo para nuestra gloria más que para la de Dios.
Nosotros, por el contrario, iremos por medio de las Obras a la Vida interior, con lo cual hará más estrecha nuestra unión con la que ha de asegurarnos la posesión de su Hijo por toda la eternidad.

Epílogo

Este modesto trabajo queda depositado a los pies de María.
Nuestro deseo es meditar siempre el ideal perfecto del apostolado en el Corazón de la Santísima Virgen.
La Virgen lleva en su pecho al Verbo encarnado, rodeado de un círculo luminoso. Como el Padre eterno, ella conserva siempre consigo el Verbo que dio al mundo.
Según la expresión de Rohault de Fleury, "el Salvador brilla en medio de su pecho como una Eucaristía, de la que se han desgarrado los velos". Jesús vive en Ella, siendo su corazón, su respiración, su centro y vida: imagen de la vida interior.
Pero el divino adolescente está allí, ejerciendo su apostolado. Su actitud, el Evangelio que tiene enrollado en la mano izquierda, el gesto de su mano derecha y su mirada... todo indica que está enseñando. Y la Virgen se une a su palabra. La expresión de su rostro parece decir que ella también va a hablar. Sus grandes ojos, enteramente abiertos, buscan almas que comunicar a su hijo: imagen de la vida activa por la predicación y la enseñanza.
Sus manos, extendidas como las de las Orantes de las catacumbas o las del sacerdote al ofrecer la Víctima divina, nos recuerdan que la oración y la unión al sacrificio de Jesús, harán más que nada profunda nuestra vida interior y fecundo nuestro apostolado.
Ella vive de Jesús y por Jesús; de su vida, amor y unión a su sacrificio. Y Jesús habla en Ella y por Ella. Jesús es su vida y Ella es la Portadora del Verbo; su portavoz, la Custodia de Jesús.
De la misma manera, el alma consagrada a la obra por excelencia, que es el apostolado, ha de vivir en Dios, para poder hablar de El con eficacia; y la vida activa, repitámoslo una vez más, no debe ser otra cosa que el desbordamiento de la Vida interior.
 

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(1) Ad communemn legem id pertinet qua Deus Providentissimus, et homines plerumque fere per homines salvandos decrevit... ut nimirum quemadmodum Chrysostomus ait, per homines a Deo discamus. (Carta de León XIII al Card. Gibbons, 22 de enero de 1899).
(2) Yo de muy buena gana daré la mía y me daré a mí mismo por vuestras almas (II Cor. XII, 15).
(3) Ay de mí si yo no evangelizare. (I Cor. IX, 16).
(4) ¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo si pierde su alma? (Mt. XVI, 25).
(5) Por Cristo Nuestro Señor.- Por Él, con Él y en Él. (Liturg.).
(6) Todas las cosas fueron hechas por Él, y nada de lo que fue hecho se hizo sin Él. (Juan, I, 3).
(7) Yo he venido para que tengan la vida (Juan, X, 10). En El estaba la vida. (Juan, I, 4). Yo soy la Vida (Juan, XVI,6).
(8) El que está en mi y yo en él. éste lleva mucho fruto (Juan, XV, 5).
(9) Esta tibieza es cosa distinta de las sequedades y aun de los sinsabores que muchas almas fervorosas experimentan a veces a pesar suyo. Los pecados veniales, de fragilidad, que son "combatidos" y detestados en cuanto nos damos cuenta, nada tienen que ver con la tibieza.
El alma tibia se siente solicitada por dos distintas voliciones, una buena y otra mala, la una caliente y la otra fría. Por una parte quiere salvarse, y por eso evita las faltas graves; por otra, no quiere someterse a las exigencias del amor de Dios, sino gozar de las comodidades de una vida libre y fácil; y por eso comete los pecados veniales deliberados.
Si "no se combate" la tibieza, existe en el espíritu una mala voluntad, no total sino parcial, es decir: una parte de la voluntad dice a Dios: "En ese o aquel punto no quiero dejar de desagradarte". (P. Desurmont, C.S.R., "Le retour continuel a Dieu").
(10) Guarda tu corazón con toda vigilancia. porque de él mana la vida. (Pro. IV. 2).
(11) He bajado del cielo para hacer no mi voluntad, sino la de Aquél que me envió. (Juan. VI. 38).
(12) Cristo no se hizo placer a sí mismo. (Rom. XV. 3).
(13) Habéis aprendido a Cristo. (Efes, IV, 20). 
(14) Sin mí, nada podéis hacer (Juan, XV, 5).
(15) Todo lo puedo en Aquél que me eonforta (Philip., IV. 13).
(16) Ad contemplandum quippe Creatorem .suum homo conditus fuerat ut semper spiclem quareret atque In solldltate amoris illlus habltaret (S. Greg. Moral. 1. VIII, c. XII).
(17) Dios envió al mundo a su Hijo unlgénlto para que vivamos por 1 (1.- Juan, IV, 9).
(18) El fin de la criatura humana consiste en estar unida con Dios. Toda su felicidad estriba en eso (D. Thom.).
(19) La Cruz se ve; pero la unción. no. (San Bernardo).
(20) Semper memineris Dei, et coelum mens tua evadit (S. Eph.). Mens animae paradisus est, in qua, dum coelestia meditatur quasi in paradiso voluptatis delectatur (Hugo de S. Víctor).
(21) D. Thom. 2a. 2 ae. q. 180, a. 4. 
(22) Vivía consigo mismo.
(23) El reino de los cielos padece violencia, y quienes se violentan lo arrebatan. (Mat. II, 12).
(24) Major labor est resistere vitils et passlonibus quam corporalibus insudare laboribus." (S. Greg.).
(25) ¿A dónde voy y a qué?
(26) Invisibilem enim tanquam videns sustinuit. (Heb. XI, 27). 
(27) El siguiente texto es de D. Festugiere, O. S. B.: "Por muy graniles que sean las "dificultades" de la vida activa sólo los que no tienen experiencia de ello se atreverán a negar las "pruebas" de la vida interior. Muchos "activos", aun entre los sinceramente piadosos, confiesan que, con frecuencia, lo que máa les cuesta no es la acción, sino la parte obligatoria de la oración. Se sienten aliviados cuando llega la hora de la acción".
(28) Nuestra conversación está en los cielos (Filip. IV. 20).
(29) Est homo constitutus inter res mundi hujus et bona spiritualia, in quibus aeterna beatitudo consistit, ita quod, quanto plus inhaeret uni eorum, tanto plus recedit ab altero, et e contrario (2a 2 ae, q. 108, a. 4).
(30) Condelector enim legoi Dei secundum interiorem hominem; video autem allam legem in membris meis repugnantem legi mentis meae, et captivantem me in lege peccati, quae est in membris meis. Infellx ego homo; quis me liberabit de corpore mortis hujus (Rom, VII, 22-24).
(31) En otro capítulo podremos ver que esta vida interior da a las obras su fecundidad.
(32) Mi hermana me ha dejado sola para servir (Lc. 10. 40).
(33) Díle, pues, que me ayude (Luc. lO, 4O).
(34) ¿A qué fin este desperdicio? (Mat. XXVI, 8).
(35) Pro eis ego santifico meipsum, ut sint ipsi sanctificati in veritate. (Juan XVII, 19).
(36) "Lumiere et flamme" (P. León, O. M.),
(37) Horno apost. VII, 16.
(38) S. Greg.. Hornilla 12 in Ezech.
(39) D. Thom. 2a. 2 ae, q. 182. a. 2 ad 3.
(40) Ay de mí, si yo no evangelizare (I Coro IX, 16).
(41) Caridad ante todo para sí mismo.
(42) En todas partes sé para ti (S. Bern. II. de Consid. c. III). En ninguna parte te desatiendas a tí mismo.
(43) Todo para sí mismo en primer lugar y después todo para los demás. (Godofredo, Vit. S. Bern.).
(44) A te tua inchoetur consideratio, ne frustra extendaris in alia, te neglecto... Tu tibi primus. tu ultimus... in adquisitione salutis nemo tibi germanior est unico matris tuae (S. Bern. 1. II de Consid. c. III).
(45) P. Lallemant., Doct. Spirit.
(46) El se retiraba al desierto a orar. (Luc., V, 16).
(47) Salió al monte a hacer oración y pasó toda la noche orando a Dios (Luc. VI, 12).
(48) María ha escogido la mejor parte. (Luc. X, 42).
(49) Nosotros atenderemos de continuo a la oración y a la administración de la palabra (Hechos, VI, 4).
(50) Omnino nolumus apud vos coeterosque vestri similes, quorum religiosum munus est erudire adolescentulos ea, quae pervulgari audimus, quidquid valeat opinio institutioni puerili primas vobis dandas esse, religiosae professioni secundas, idque aetatis hujus et ingenio necessitatibus postulari... Itaque in causa vestra illud manet religiosae vitae genus longe communi vitae praestare; atque si magno obstrici estis erga proximos officio docendi, multo majora esse vincula quibus Deo obligamini (S. S. Pío X). Pío X no censura el abandono provisional del hábito religioso para poder seguir dedicándose a la enseñanza, con tal de que sigan observándose los medios de guardar el espíritu religioso.
(51) La vida contemplativa es mejor que la activa y preferible a ella.
(52) Vida más sublime, más rica, más segura, más suave, de mayor estabUidad.
(53) Marta en un solo lugar se dedica a reducidos trabajos corporales. María, en virtud de la caridad trabaja en distintos lugares y en numerosas obras. Por la contemplación y amor de Dios, todo lo ve, a todo se extiende, todo lo comprende y abraza. Puede decirse, pues, que en comparación de María, Marta se inquieta por poca cosa (Ricardo de San Víctor, In Canto 8).
(54) Marta, Marta, muy cuidadosa estás, y en muchas cosas te fatigas. En verdad, una sola es necesaria. (Luc., X, 41 Y 42).
(55) Todos los bienes me vinieron juntamente con ella. (Sabid. VII, II).
(56) Ha escogido la mejor parte que no le será quitada. (Luc. X. 42).
(57) Haec (vita) sancta, pura et inmaculata, in quo homo vivit purius, cadit rarius, surgit velocius, incendit cautius, erogatur frequentius, quiescit securius, moritur fiducius, purgatur citius, praemiatur copiosius. (S. Bernard. Hom. Simile est. Hom. neg.).
(58) Mat. V, 48.
(59) Toma por modelo al soberano Señor de todas las cosas, que envía su Verbo y lo retieneral mismo tiempo (San Bern. I, II de Cons., c. III).
(60) Todos hemos recibido de su plenitud (Juan 1, 16). 
(61) Tu Verbo es tu consideración. Puede alejarse. pero sin salir de ti (S. Bern. I, II de Consid., c. III).
(62) Todo apóstol, antes de dar suelta a la lengua, debe elevar a Dios con avidez su alma, para exhalar lo que bebiere y distribuir su plenitud (S. Agus. Doc. Chris. 1, IV).
(63) Hoy hay en la Iglesia exceso de canales y pocos depósitos. (S. Pern. ibid.).
(64) Manifestum est autem majorem perfectionem requiri ad hoc quod aliquis perfectionem aliis tribuat quam ad hoc ut aliquis in se ipso perfectus sito sicut majus est pos se facera aliquem talem quam esse talem et omnis causa potior est suo effectu. (Di Thom. Opuse. de perf. vit. spir.).
(65) Oportet quod praedicator sit imbutus et dulcoratus in se, post aliis proponat (S. Bonav. Illus. Eccl. serm. 17).
(66) Guía mar adentro. (Luc. V. 4).
(67) Sicut per contemplationem amandus est Deus, ita per actualem vitam diligendus est proximus, ac per hoc sic non possumus sine utraque esse vita sicut et sine utraque dilectione esse nequaquam possumus (S. Isid. Differ. 1, II, XXXIV, n. 13).
(68) Concedendum ergo est nullum esse posse vitae studium recte Institutum ad perfectionem obtinendam quod non aliquid de actione et de contemplatione participet (Suárez, I, De Relig. tract. 1, I, c, V. n. 5).
(69) Cum aliquis a contemplativa vita ad activam vocatur, non fit per modum substractionis sed per modum additionis. (D. Thom. 2° Iae q.182, a. I, ad 3).
(70) Interiori quadam, quam ubique ipse circumferebat solitudine fruebatur, totua quodammodo exterius laborabat, et totus interius Deo vacabat. (Gob. Vita S. Bern., 1, I).
(71) Ponme como un sello en tu corazón, como un sello en tu brazo (Cant. VIII. 6).
(72) La vida contemplativo, como tal, es de mayor mérito que la activa. Puede ocurrir sin embargo, que se ganen mayores méritos con un acto externo; por ejemplo, cuando a causa de la abundancia de amor divino, se soporta la privación de la dulzura producida por la divina contemplación para cumplir la voluntad de Dios (2° 2ae, q. 18, a. 2).
(73) Es la dulzura que reside en lo más elevado del alma, no suprime las arideces; por eso se dice: "Exsuperat omnem sensum". La lógica de la fe pura, aunque sea árida, y fría, le basta a la voluntad para inflamar el corazón con una llama sobrenatural, con el auxilio de la gracia.
En su lecho de muerte, en Mulins, Santa Juana de Chantal, una de las almas más probadas en la oración dejó a sus hijas, a manera de testamento el principio que le sirvió para su vida con la lógica de la fe. La felicidad más grande de este mundo es poder entretenerse con Dios.
(74) 3° p., q. 67, a. 2. ad 1um.
(75) D. Thom. 
(76) S. Bonav. 
(77) S. Ambr.
(78) P. León, passim. op. cit.
(79) He venido a traer fuego a la tierra (Luc. XII, 49)
(80) S. Bonav. Vlta S. Franc., c. IX.
(81) Quamdiu fecistis uni ex his fratribus meis minimis, mihi
fecistis. (Mat. XXV. 40).
(82) Ego autem in medio vestrum sum sicut qui ministrat. (Luc. XXIII, 27).
(83) Filius hominis non venit minIstrari, sed ministrare (Mat. XX, 28).
(84) Et vidimus eum .et non erat aspectus. et deslderavlmus eum, despectum et novissimum virorum virum dolorum, et scientero infirmitatem; et quasl absconditus vultus ejus et despectus, unde nee reputavimus eum Is. LIII, 2 y 3).
(85) "Lumiére et flamme", por P. León, O.M.M. Adviértase que esta cita se refiere a una vida activa llena de espíritu de fe, y fecundada por la caridad y, por tanto, originada por una intensa vida interior.
(86) Despliegue de fuerzas y carrera acelerada pero fuera del camino (S. Agus. In. Ps.).
(87) Et quo trahere te possunt hae occupationes maledictae; si tamen pergis ut coepisti ita dare te totum illi, nil tui tibi relinquens (S. Ber. De cons. 1. II. c. II).
(88) De la doctrina de Santo Tomás resulta que si un alma en estado de gracia ejecuta un acto bueno, pero sin el fervor que Dios tiene derecho a exigirle, este acto disminuye en ella, en cierto sentido, los grados de caridad que tiene. Así se explican los textos: "Maldito sea quien ejecuta con negligencia las obras de Dios" y "Porque eres tibio... comenzaré a lanzarte de mi boca". Además los pecados veniales van disminuyendo el fervor, aunque no el estado de gracia, y disponiendo el alma al pecado mortal.
Pero cuando falta la vida verdaderamente interior, abundan los pecados veniales, que no son combatidos y a menudo ni si quiera advertidos pero no dejan de ser imputados al alma disipada o floja que cesó de vivir el "Vigilate et orate".
Así llega a encontrarse en Santo Tomás la explicación de la frase: "Ocupaciones malditas", de San Bernardo, y de todos los conceptos expresados en este capítulo. (Conf. S. Tom. 1a. 2ae q. LII, a. 3)
(89) Ver In nota del Cap. 3. pri. part. La vuelta constante a Dios.
(90) Si agradase aún a los hombres, no sería siervo de Cristo. (Galat. 1, 10).
(91) Yo te cantaré en presencia de tos ángeles (Salmo CXXXII.2).
(92) El Señor no se encuentra entre el ruido (III, Reg. XIX. II).
(93) Mat. II, 28.
(94) Salmo XXXIV.
(95) Luc., XIX, 10.
(96) Temed a Jesús, que una vez que pasa, no vuelve ya.
(97) El hombre animal no puede hacerse capaz de las cosas que son del Espíritu Santo.
(98) Los que se criaban entre púrpura, se ven cubiertos de basura (Jeremías, IV. 5).
(99) "Doct. spirit.". 
(100) "Doct. spirit.".
(101) Dios sometió a su dominio todas las cosas, para ser todo en todos (Cor., XV, 28).
(102) Y yo vivo "ahora", o más bien no soy yo el que vivo; sino que Cristo vive en mí (Gál. n. 20).
(103) Cuando se tiene cura de almas, es más dificil vivir bien, a causa de los peligros exteriores.
Quo amplior atque diffusior actio sacerdotis curati, eo periculosior, et exitiosior, nisi spiritu contemplationis fulciatur (Card. Fischer, "Opusc. de Vit. contempl.").
(104) Revestíos de toda la armadura de Dios. para contrarrestar a las asechanzas del diablo..., para poder resistir en el día aciago, y sosteneros apercibidos en todo. Estad, pues, a pie firme, ceñidos vuestros lomos con el cíngulo de la verdad y armados de la coraza de la justicia y calzados los pies, prontos a "seguir" y "predicar" el Evangelio de la paz: embrazando en todos los encuentros el broquel de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno "espíritu"; tomad también el yelmo de la salud y empuñad la espada "espiritual" (que es la palabra de Dios) (Eph., VI. a. 17).
(105) Venid a retiraros conmigo erí' un lugar solitario, y reposaréis un poquito ("Mar.", VI, 31).
(106) Venid a mi todos los que andáis agobiados por trabajos y cargas, que yo os aliviaré ("Math.", XI, 28). Aprovechando estas llamadas de Nuestro Señor a las almas de buena voluntad queremos subrayar para ellas lo que hemos escrito en punto III La Devoción a Nuestra Señora facilita la Guarda del Corazón, acerca del aprendizaje de la guarda del corazón.
(107) Tú, hijo mío, fortifícate en la gracia (II "Tim." II, 1). 
(108) Portaos varonilmente y tened buen ánimo. (Ps. XXX, 25). 
(109) Todo lo he perdido y lo tengo por basura (Filip. III, 9). 
(110) El amor es fuerte como la muerte (Cant. VIII. 6).
(111) El diablo anda como león, rugiendo...; resistidle fuertes en la fe. (Pend. 1a. V. 8 y 9).
(112) He peleado buena batalla (II. Tim. IV. 7).
(113) Cuando estoy enfermo, entonces soy fuerte (2, Cor. XII, 10)
(114) Encic. de Pío X, día 11 de junio de 1905, a los Obispos de Italia.
(115) Permaneced en Mí (Juan, XV, 4).
(116) Abunda sobre manera de gozo en toda nuestra tribulación (Cor., VII. 4).
(117) San Ignacio.
(118) Hijitos míos, de los que otra vez estoy de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros (Gal., IV, 19).
(119) Tu juventud renovará con el vigor del Águila (Salmo CII,5).
(120) El Santo Cura de Ars.
¿Serían capaces los hombres de Obras de hacer suyos los sentimientos que el General de Sonís expresó en esta admirable oración que rezaba todos los días, según refiere el autor de su "Vida"?
¡Dios mío! Aquí me tenéis, pobre, pequeño, desnudo de todo. Miradme a vuestros pies sumergido en mi nada.
¡Querría tener algo que ofreceros, pero no soy más que miseria! ¡Vos sois mi riqueza y mi Todo!
Dios mío, os doy gracias porque quisisteis que yo no fuese nada ante Vos. Yo amo mis humillaciones y mi nada. Os doy gracias también por haberme retirado algunas satisfacciones de mi amor propio, y algunos consuelos del corazón. Os doy gracias por los desengaños, las ingratitudes y las humillaciones.
Reconozco que necesitaba esas pruebas, y que los bienes de que me privaron me hubieran alejado de Vos.
Oh, Dios mío, bendito seais cuando me probáis con la tribulación. Quiero ser constante, sumiso, quebrantado, destruido por Vos. Aniquiladme cada vez más. Que sea yo en el edificio no como la piedra tallada y pulimentada por la mano del obrero, sino como el imperceptible grano de arena cogido del polvo del camino.
Dios mío, os doy gracias por haberme permitido entrever la dulzura de vuestras consolaciones, y por haberme privado de ellas. Todo cuanto hacéis es justo y bueno. Os bendigo en mi indigencia, y lo único que lamento es no haberos amado bastante. Nada deseo sino que se haga vuestra voluntad.
Vos sois mi Dueño, y yo propiedad vuestra, Volvedme y revolvedme. Destruidme y trabajadme. Quiero ser anulado por vuestro amor. Oh Jesús, qué dulce es vuestra mano aun en lo más duro de las pruebas. Sea yo crucificado pero crucificado por vuestro amor. Amén.
(121) Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros lo labraron y vosotros habéis entrado en sus labores (Juan XV, 5).
(122) Hará las obras que yo hago y mejores que éstas (Juan XIV, 12).
(123) El que está en mí y yo en él, éste lleva mucho fruto (Juan, XV, 5).
(124) Saciaré el alma de los sacerdotes con otras pingüisimas carnes, y el pueblo mío será colmado de bienes (Jer. XXXI, 14).
(125) Sin mí nada podéis hacer (Juan, XV. 5)
(126) Estas tres cosas quedan: la palabra, el ejemplo y la oración. La oración es la mayor de las tres.
(127) Act. VI, 4.
(128) Mat. IX, 37.
(129) Rogad al Señor de la mies que envíe operarlos a su mies (Mat. IX, 38).
(130) Id a enseñar..., predicad. (Mat. X, 7)
(131) Enc. de S. S. Pío X a los obispos de Italia, 11 de Junio de 1905.
(132) Suplo en mi carne lo que resta de los sufrimientos de Cristo por el cuerpo de él, que es la Iglesia (Colos. I, 24).
(133) Los sufrimientos de Cristo eran completos, pero sólo en la cabeza; faltan los sufrimientos de sus miembros místicos.
(134) Mat. V, 3.
(135) ¿Qué puede salir de puro de un manantial Impuro? (Eccl. XXXIV, 4).
(136) Por vosotros el nombre de Dios es blasfemado entre las gentes. (Rom. II, 24).
(137) Qui en'm sui loci necessitate exigitur summa dicere, hac eadem necessitate compellitur summa monstrare (San Gregr. "Pastor". 2. p. c. III).
(138) Hecho dechado de la grey con toda sinceridad (I, Pet. V, 3).
(139) Que vean vuestras buenas obras y den gloria al Padre. (Mat., V, 16).
(140) Muéstrate a ti mismo en todo por dechado de buenas obras. (Tit. II. 7)
(141) Sé ejemplo de los fieles en la palabra, en la conducta, en la caridad, en la fe, en la castidad. (Tim. IV, 12).
(142) Lo que me habéis visto hacer, practicadlo vosotros. (Fil., IV, 9).
(143) Sed mis imitadores como yo lo soy de Cristo. (I Cor. XI, 1).
(144) ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? (Juan, VIII, 46).
(145) Jesús comenzó a obrar y a enseñar. (Act. I, 1).
(146) Operario que no tiene de qué avergonzarse. (II Tim. II. 15).
(147) Enc. de S. S. León XIII, 8 septiembre 1899.
(148) Enc. de S. S. Pió X, a los obispos de Italia, 11 de junio de 1905.
(149) Isaías, XLV. 15.
(150) "De Sp. Sancto", C. IX, 23.
(151) Juan no hizo ningún milagro.
(152) De él emanaba una virtud que curaba a todos. (Lucas, VI, 19).
(153) I, Petr. IV, 2.
(154) Las palabras que os hablo, no las hablo de mí mismo. Mas el Padre que está en mí, El hace las obras. (Juan, XIV, 10).
(155) La Vida de este capitán de Dragones que en el año 1870, en la batalla de Gravelotte, hizo voto de ir a la Trapa y no quiso sino ser Hermano, ha sido narrada en el libro "Del campo de batalla a la Trapa" (Perin y Cía., ed.).
(156) Nuestra conversación está en los cielos. (Fil. III. 20)
(157) Océano de bondad.
(158) Apareció la bondad del Salvador nuestro Dios y su amor para con los hombres. (Tit. III, 4).
(159) Ibíd. VII, 26.
(160) Agradó con su bondad y ánimo resuelto (Eccl. XLV 29).
(161) Confer. espir.
(162) Tratado de la vida espiritual, 2.° p. c. X.
(163) Sin mi nada podéis hacer. (Juan, XV, 5).
(164) Es necesario que crezca él y disminuya yo. (Juan, III, 30).
(165) El que sea mayor entre vosotros, será vuestro siervo.... Mas vosotros no queráis ser llamados Rabí... ni os llaméis Maestros. (Mat. XXIII, 8 y 11).
(166) San Agustín.
(167) Hom. del V. Beda. lib., LIV, sob. Luc. XII.
(168) Estoy enclavado en la cruz, Juntamente con Cristo. (Gal. II, 19).
(169) Trayendo siempre la mortificación de Jesús en vuestro cuerpo, para que la vida de Jesús se manifieste también en vuestros cuerpos. (I Cor. IV, 10).
(170) Cristo no se hizo placer a sí mismo (Rom. XV, 3).
(171) Mat. XV, 8.
(172) Luc. XII, 3, 5.
(173) I Cor. I, 23.
(174) Brev. El hombre ve en el rostro, pero Dios, en el corazón.
(175) Renúnciese. (Mateo, XVI, 24).
(176) Nadie da lo que no tiene.
(177) Mateo, XVII, 20.
(178) Ezeq., XXII, 30.
(179) Nec enim assueti cum Deo colloqui quum de eo ad homines dicunt vel consilia christianae vitae impertiunt, prorsus carent divino afflatu; ut evangelicum verbum videatur in ipsis fere intermortuum. Vox eorum quantavis prudentiae vel facundias laude clarescat, vocem minime reddit Pastoris boni quam oves salutariter adulant; strepit enim diffluitque inania... (Pío X, Exhor. ad cler. cath. 4 agosto 1908).
Esta exhortación que el corazón paternal de Pío X dirige a los ministros de Dios es un impresionante llamamiento a la santidad sacerdotal, cuya necesidad y naturaleza expone, indicando por medio de una serie de consejos prácticos, los medios de adquirirla y conservarla.
(180) Serm. de S. J. Baut. El brillo sólo es vanidad, el' calor sólo es poca cosa; el brillo y el calor, la perfección. A los apóstoles y a los hombres apostólicos se les ha dicho: Vuestra luz ha de brillar ante los hombres. Efectivamente, deben ser ardientes y muy ardientes.
(181) Luc., XII, 49.
(182) I. Reg. XXVII, 45.
(183) Jesucristo se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. (San Agustín).
(184) Queriendo que participemos de su divinidad, el Unigénito de Dios, tomó nuestra naturaleza para que, hecho hombre, hiciera a los hombres dioses. (San Tomás, Ofic. del Corpus).
(185) Si no comiereis la carne del hijo del Hombre, ni bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. (San Juan, VI, 54).
(186) Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. (San Juan, X, 10).
(187) Como el sarmiento no puede de si mismo llevar fruto, tampoco vosotros si no estuviereis en mí. (San Juan, XV, 4).
(188) El que está en mi y yo en él, éste lleva mucho fruto. (S. Juan, XV, 5).
(189) Restaurar todas las cosas en Jesucristo. (Eles., I, 10).
(190) Estas cosas os he dicho para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea compartido. (Juan, XV, 11).

V Parte

(1) P. Desurmont, C.SS.R.
(2) Arráncalo y échalo lejos de ti. (Mat. V, 29). Ver el pasaje de San Bernardo citado en la Pág. 107.
(3) No os llamaré ya servidores. Os he llamado amigos. (Juan XV, 15).
(4) A no haber sido tu Ley el objeto de mi meditación, hubiera sin duda perecido en mi angustia.
(5) La ascensión del espíritu hacia Dios.
(6) Bella expresión de Álvarez de la Paz sobre la finalidad de la oración.
(7) Tú mismo. Señor, formas y modelas mi corazón con tus manos dulces y misericordiosísimas, pero fuertes al mismo tiempo.
(8) Video, veo. Sitio, tengo sed. Volo, quiero. Volo tecum, quiero contigo.
(9) Un libro de meditación es casi Indispensable para evitar que el espíritu divague.
Hay muchos libros, antiguos y modernos, que sirven para la meditación, mejor que para la lectura espiritual. En cada uno de los puntos se encierra una verdad que Impresiona, expuesta con nitidez, fuerza y concisión, que invita, después de bien meditada, a los afectos prácticos con Dios.
Cada uno de los puntos basta para media hora. Debe resumirse en un texto bíblico, o litúrgico, o en una Idea madre, adaptada a las necesidades de mi estado. Hay que comenzar por la meditación de los novísimos y el pecado; repitiendo estas meditaciones todos los meses. Después debe meditarse sobre la vocación, los deberes de estado, los pecados capitales, las principales virtudes, los atributos de Dios, los misterios del Rosario o alguna escena del Evangelio principalmente de la Pasión En las solemnidades litúrgicas, ellas indican el asunto.
(10) El "clauso ostio" de Nuestro Señor me invita a preferir para hacer la oración algún lugar retirado, como la Iglesia, mi cuarto, el jardín, etc.
(11) Por ejemplo: N. S. mostrándonos su Corazón y diciéndonos: Ego sum resurrectio et Vita; o, He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, o bien una escena de su vida: Belén, el Tabor, el Calvario, etc. Si después de un esfuerzo leal y corto no se logra representarse nada, hay que pasar adelante y Dios suplirá.
(12) El provecho de la oración depende a menudo del cuidado que se tenga en considerar a nuestro interlocutor, como presente y vivo, cesando de tratarlo como a una persona ausente y pasiva, es decir, casi como a una abstracción.
(13) Hay que persuadirse firmemente de que Dios no nos pide sino la buena voluntad. El alma ASEDIADA POR LAS DISTRACCIONES que con tanta paciencia y amor filial acude todos los días a su divino Interlocutor, hace una excelente oración, porque Dios suple a todo.
(14) Así se forman las firmes convicciones y se preparan los dones del espíritu de fe viva y de Intuición sobrenatural.
(15) Quiero agradar a Dios en todas las cosas. Suárez resume en esta palabra el fruto de todos los tratados de ascética.
Estos actos del SITIO disponen al alma a la resolución de nada negar a Dios.
(16) Vale más la misma resolución durante meses enteros, o de unos ejercicios a otros. El Examen particular en forma de pequeño coloquio con Nuestro Señor completa la oración, y como nos hace ver nuestros avances o retrocesos, facilita extraordinariamente nuestros progresos.
(17) Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Filip IV, 13).
(18) Escúchame porque soy pobre e indigente. (Sal. 85).
(19) La oración es el brasero donde se reaviva la guarda del corazón.
Los restantes ejercicios de piedad se vivifican cuando se es fiel a la oración. Poco a poco va adquiriendo el alma la vigilancia y el espíritu de oración, es decir, el hábito de recurrir a Dios con más frecuencia, a medida que el tiempo pasa.
La unión con Dios en la oración engendrará la unión Intima con Él, aun en medio de las más absorbentes ocupaciones.
El alma que vive unida de esta manera a Dios Nuestro Señor por la guarda del corazón, se atraerá los dones del Espíritu Santo y las virtudes infusas, y tal vez Dios le llame a un grado más elevado de oración.
El excelente volumen de Dom Vital Lehodey, titulado "Los caminos de la oración mental", precisa muy bien lo que se requiere para que el alma vaya subiendo por los diversos grados de oración, y fija las reglas para discernir si una oración elevada es un verdadero don de Dios, o fruto de la ilusión.
Antes de hablar de la oración afectiva, que es el primer grado de las más elevadas oraciones a las cuales Dios no llama ordinariamente sino a las almas "que llegaron" a la guarda del corazón por medio de la meditación. El P. Rigoleuc, S.J., en su libro tan estimado "Obras espirituales", indica diez maneras de dirigirse a Dios, cuando al cabo de algunos "ensayos serios" uno se encuentra en la imposibilidad moral de hacer la meditación con los puntos preparados la víspera.
Resumiremos al piadoso autor:
1. ° MANERA. —Tomar un libro espiritual ("El Nuevo Testamento o la Imitación"), leer a trozos algún pasaje, meditar unos momentos lo que acaba de leerse, sacarle el sentido y grabarlo en la memoria. Actuarse en santos afectos de amor de Dios o en algunas penitencias, y proponerse poner en práctica en el momento oportuno las virtudes sugeridas por la meditación.
2.° MANERA.— Tomar algún pasaje de 'la Sagrada Escritura o alguna oración vocal, como el Ave María, el Padre Nuestro o el Credo; decirlo; detenerse en cada palabra, formar algunos sentimientos de piedad, deteniéndose en ellos mientras se siente gusto.
Como terminación, pedir a Dios alguna gracia o virtud, según lo que se haya meditado.
No detenerse mucho en una palabra cuando se hace con esfuerzo o fastidio; si empieza la fatiga, pasar a otra palabra. Si algún sentimiento especial invade el corazón, detenerse mientras dura, sin hacer esfuerzo por pasar adelante. No es necesario cambiar constantemente de materia; basta detenerse en la presencia de Dios rumiando en silencio las palabras que se han meditado, o saboreando los sentimientos que han producido en nuestro corazón.
3. ° MANERA. —Cuando la materia preparada no da bastante de sí para una meditación, hacer actos de fe, adoración, acción de gracias, esperanza, amor, etc., desarrollándolos lo que se quiera y deteniéndose a gustarlos.
4. ° MANERA. —Cuando no se sabe qué meditar, ni se pueden sacar afectos (impotencia y esterilidad), manifestar al Señor la intención de hacer actos de contrición, por ejemplo, como veces se respire; o de pasar las cuentas del rosario, o de rezar alguna oración breve.
Renovar esta confesión de tiempo en tiempo. Si Dios sugiere algún buen otro sentimiento, recibirlo con humildad y detenerse en él.
5.° MANERA.—En las penas y sequedades, si uno se siente estéril o impotente para pensar u obrar, abandonarse al sufrimiento con generosidad, sin Inquietarse ni hacer esfuerzos para sacudirlo, contentándose con el abandono de sí mismo en las manos de Dios para sufrir esta prueba y cuantas le pluguiere enviar.
6.° MANERA.—Hacer un examen del propio espíritu.—Reconocer sus defectos, pasiones, flaquezas, debilidades, impotencia, miseria, su propia nada.—Adorar los Juicios de Dios en relación al estado en que uno se encuentre.—Someterse a su santísima voluntad.—Bendecirle en los castigos de su justicia y en los favores de su misericordia.—Humillarse ante su Soberana Majestad.—Hacer ante El una sincera confesión de las infidelidades y pecados, pidiéndole perdón.—Retractar los juicios falsos y errores.—Detestar todo el mal que se ha hecho y hacer propósito de corregirse en adelante.
Esta oración es enteramente libre y admite toda suerte de afectos; puede hacerse en cualquier tiempo, en especial tras algún accidente inesperado, para someterse a los castigos de la divina justicia, o, después de las dificultades de la acción, para recogerse.
7.° MANERA.—Representarse con viveza los novísimos.—Considerarse en el momento de la agonía entre el tiempo y la eternidad—entre la vida pasada y el juicio de Dios.—¿Qué quisiera yo haber hecho?—¿Cómo desearía haber vivido?—Dolor que estos pensamientos producirán.—Acordarse de los pecados, contravenciones y abusos de las gracias.—¿Cómo hubiera querido uno conducirse en tal o cual ocasión?—Proponerse remediar con toda eficacia lo que pone temor en el alma.—Imaginarse—enterrado, en putrefacción, olvidado de todos—ante el Tribunal de Jesucristo -en el Purgatorio—en el infierno.
Cuanto más vivas son estas representaciones, más provechosa resulta la oración. Esta muerte "mística" es necesaria para "desprenderse el alma de la carne"; "descansar" el espíritu y resucitar, es decir, libertarse de la corrupción de los vicios. Es necesario pasar por este purgatorio para llegar a gozar de Dios en esta vida.
8. ° MANERA. —Aplicar el espíritu a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Saludar a Nuestro Señor en el Sacramento con todo el respeto que exige su presencia real, unirse a él y a todas sus divinas operaciones en la Eucaristía, en la cual no cesa de adorar, alabar y amar a su Eterno Padre en nombre del género humano, en estado de víctima.
Imaginar su recogimiento, vida oculta, desasimiento de todo, obediencia, humildad, etc. Excitarse e imitarlo en todo esto, haciendo el propósito de cumplirlo en cuantas ocasiones se presenten.
Hacer al Padre el ofrecimiento de Jesucristo, única víctima digna de El, por medio de la cual podemos darle el homenaje que le corresponde, agradecerle los beneficios que nos ha dispensado, satisfacer a su justicia y obligar a su misericordia a que nos socorra Hacerle el ofrecimiento de nosotros mismos estando dispuestos a sacrificarle el ser, la vida y nuestras ocupaciones.
Ofrecerle algún acto cié virtud que nos disponemos a practicar; alguna mortificación que vamos a hacer para vencernos y todo ello uniéndonos a los mismos fines que tuvo Jesucristo para inmolarse en el Santísimo Sacramento. Hacer esta oblación con deseo ardiente de aumentar, dentro de nuestras posibilidades, la gloria que él da a su Padre en este augusto misterio
Acabar con la comunión espiritual.
Esta es una oración excelente, sobre todo en las visitas al Santísimo. Familiarizarse con ellos, porque nuestra felicidad en este mundo depende de nuestra unión con Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
9. ° MANERA. —Se practica en nombre de Jesucristo. —Excita nuestra confianza en Dios y nos hace entrar en el espíritu y sentimientos de Nuestro Señor.
Está, fundada en la alianza que tenemos con el Hijo de Dios, siendo sus hermanos y miembros de su Cuerpo místico, y en que nos ha hecho cesión de todos sus méritos, legándonos todas las recompensas que le debe su Padre por sus trabajos y muerte. En virtud de esto estamos capacitados para honrar a Dios con un culto digno de El, y tenemos derecho a trabajar con Dios y exigirle sus gracias de alguna manera a título de Justicia. —No es que tengamos este derecho como criaturas que somos, y menos como pecadores, porque hay una desproporción infinita entre Dios y las criaturas y una oposición infinita entre Dios y los pecadores.
Pero como aliados del Verbo encarnado, como hermanos y miembros suyos podemos presentarnos delante de Dios con confianza, tratar familiarmente con El y obligarle a escuchar favorablemente nuestras súplicas y a concedernos sus gracias, a causa de la alianza y de la unión que tenemos con su Hijo. Por consiguiente, presentarse ante Dios para adorarle o amarle o alabarle por Jesucristo que ejecuta sus operaciones en nosotros como la cabeza en los miembros y por su espíritu nos eleva a un estado enteramente divino. Presentarse ante El para pedirle algún favor en virtud de los méritos de su Hijo. Y para esto, representarse los servicios que este Hijo amantísimo le ha prestado, su vida, muerte y sufrimientos, cuya recompensa nos corresponde a nosotros exclusivamente porque El nos la traspasó.
Con este espíritu, rezar el Oficio divino.
10. ° MANERA. —Atención sencilla a la presencia de Dios y meditación.
Antes de comenzar la meditación de los puntos preparados, ponerse en la presencia de Dios, sin otros pensamientos ni sentimientos que tos de respeto y amor de Dios que nos inspira su presencia. —Contentarse con el estado de silencio ante Dios, en esta quietud del espíritu, mientras se sienta gusto en ella. A continuación, hacer la meditación en la forma acostumbrada.
Es muy bueno comenzar así la meditación, y muy útil hacerlo, al terminar cada uno de sus puntos. Así queda uno en el recogimiento interior. —Y se acostumbra a tener el espíritu fijo en evitar que esa quietud sea originada por pura pereza o por ahorrarse el esfuerzo de la meditación.
(20) La alabanza no es bella en los labios del pecador. (Eccl XV, 9).
(21) Por El, con El y en El, todo honor y toda gloria te son dadas, oh Dios Padre. (Canon de la Misa).
(22) La Iglesia, inspirada por Dios e instruida por los Apóstoles, ha dispuesto el año de forma que, con la vida, misterios y doctrina predicada por Jesucristo, se encuentra en él el verdadero fruto de todas esas cosas, en las admirables virtudes de sus servidores y en los ejemplos de sus Santos y al mismo tiempo en un compendio del Antiguo y Nuevo Testamento y de toda la Historia eclesiástica. De ahí que todas las épocas del año litúrgico son provechosas para los cristianos, y todo se encuentra lleno de Jesucristo... En esa variedad que conspira hacia la unidad tan recomendada por Jesucristo, el alma inocente y piadosa encuentra un placer celestial y alimento sólido, perpetuamente renovado del fervor (Bossuet. Orac. Fun. de María Teresa de Austria).
(23) Hoy ha nacido Jesucristo; hoy ha aparecido el Salvador, hoy cantan los Ángeles en la Tierra (Oficio de Navidad).
(24) Motu Propio de Pío X, del 22 de noviembre de 1903.
(25) Unirse a la oración de otro puede conducir a un estado avanzado de oración. Testigo, aquel aldeano que se ofreció a llevar los equipajes de San Ignacio y sus compañeros. Cuando los Padres llegaban a un mesón y se recogían en una habitación apartada para orar, él se ponía de rodillas como ellos. Un día le preguntaron qué hacía cuando se arrodillaba con ellos. "No hago otra cosa, les respondió, que decir: "Señor, estos hombres son unos santos y yo soy una bestia de carga; yo quiero hacer lo que ellos. Esto es lo que le ofrezco al Señor". (Cf. Rodríguez. Perf. crist. 1ª. Parte, tratado 5.°, capítulo XIX).
Si aquel hombre con aquel ejercicio constante llegó a sobresalir en la oración y en la espiritualidad, a "fortiori", todo hombre, aunque sea un analfabeto, podrá sacar un gran provecho uniéndose a la vida litúrgica de la Iglesia.
Un Hermano Converso de Claraval cuidaba de un rebaño, la noche de la Asunción. Procuró unirse lo mejor que pudo rezando el Ave María, al rezo de los Maitines de los Monjes,' que aunque débilmente, oía desde el lugar en que se hallaba. Dios reveló a San Bernardo que la humilde y sencilla devoción del Hermano le había sido más agradable que las de los fervorosos Monjes (Exordium magnum Ord. Cisterc. Distinct., cuarta, c. XIII).
(26) Motu propio de Pío X, 22 noviembre 1903.
(27) El sacerdote y el mismo pontífice, cuando sin ejercer función alguna asisten a una ceremonia para su provecho espiritual, lo hacen como el simple fiel, en virtud de su carácter de cristianos.
(28) Comprenderemos mejor el poder que tiene la liturgia para hacernos vivir de la gracia de facilitarnos la Vida interior, si recordamos que toda oración oficial y toda ceremonia instituida por la Iglesia lleva consigo una fuerza irresistible de impetración, "per se efficacissima". Entonces la potencia que actúa para el logro de una gracia no es sólo el "gesto individual", es decir, la oración aislada de un alma por excelentemente dispuesta que se halle; es también el "gesto de la Iglesia", que suplica con nosotros; es, en fin, la voz de la Esposa amantísima, que alegra el corazón de Dios, siendo escuchada "de cualquier manera".
Resumiendo lo que antecede en dos palabras diremos que el poder de impetración que tiene la oración litúrgica se compone de dos elementos: el "opus operantis" del alma, la cual utiliza el GRAN SACRAMENTAL, de la Liturgia y el "opus operantis Ecclesiae". Las dos acciones, del alma y de la Iglesia, son como dos fuerzas combinadas que en un mismo Ímpetu son impulsadas hacia Dios.
(29) Rom. XII, 4 y 5.
(30) 1ª Cor. XII, 12.
(31) Cada uno de los fieles es a manera de una Iglesia menor, cuando, salvo el misterio de la unidad, un hombre recibe todos los sacramentos de la Redención humana. (S. Pedro Damián, Opusc. XI, Cap. X). (Pat. lat. t. CXLV col. 239)
(32) S. Pedro Damián, citado por Dom Grea; La Sagrada Liturgia, P. 51.
(33) San Ignacio. Epist. a los Efes. n. 5. San Alfonso de Ligorio prefería una oración del Breviario a cien oraciones privadas.
(34) Charactere sacramentali insignitur homo ut ad cultum Dei deputatus secundum ritum Christianae religionis. (Cardenal Billot, De Ecclesiae Sacrament. t. I, tes, 2).
(35) Vos autem, genus electum, regale sacerdotium, gens sancta, populus acquisitionis. (I Petr. II, 9).
(36) Sacerdotium sanctum offerre spirituales hostias, acceptabiles Deo per Jesum Christum (I Petr. II, 5). En este sentido dice San Ambrosio: Omnes filii Ecclesiae sacerdotes sunt; ungimur enim in Sacerdotium sanctum, offerentes nosmetipsos Deo hostias spirituales. (In Lucam. lib. IV, n. 33. Pat. lat. t. XV, col 1645). Sicut omnes christianos dicimus, propter mysticum Chrisma; sic omnes sacerdotes, quoniam membra sunt unius Sacerdotis. (S. Agust. De civit. Dei, 1, XX, capítulo X. Pat. lat. t. XLI, col. 676).
(37) Memento Domine... et omnium circunstantium pro quibus tibi offerimus vel qui tibi offerunt hoc sacrificium laudis. Hanc igitur oblationem servitutis nostrae sed et cunctae familiae tuae quaesumus, Domine ut placatus accipias. (Canon de la Misa). "Todos nosotros hacemos la ofrenda con el sacerdote, y consentimos en todo lo que hace y en todo lo que dice. ¿Qué dice, pues?—Rogad, hermanos míos, para que mi sacrificio, que os también vuestro, sea agradable a los ojos de Dios Padre".— ¿Y qué le respondéis vosotros?—Que el Señor lo reciba de vuestras manos.—¿Qué?—Mi sacrificio que es también vuestro.— ¿Y qué más dice el sacerdote?—Acuérdate de tus siervos por quienes te ofrecemos.—¿Nada más?—Sigue diciendo: "O que te ofrecen este sacrificio". Ofrecemos, pues, con él. Ofrecemos a Jesucristo; nos ofrecemos también a nosotros mismos con toda la Iglesia católica, extendida por toda la Tierra. (Bossuet, Meditaciones sobre el Evangelio. La Cena, primera parte, día LXIII).
(38) San Pedro Damián, citado por Dom Grea: La Sagrada Liturgia, P. 51.
(39) Juan, XIII, 32.
(40) Juan, XVII, 21, 23.
Nuestro fin es servir a Nuestro Señor y el motivo de la corrección de nuestros defectos y de la adquisición de las virtudes no es otro que el Divino Servicio, constantemente mejorado: La santidad es un medio para mejorar este servicio. (Ven. P. Eymard).
(41) Creatus est homo ad hunc finem, ut Dominum Deum suum "laudet" ac revereatur eique serviens tandem salvus fiat. (Exerc. spirit. S. Ignacio).
(42) Eph. IV. 13.
(43) Sicut potestatem habens. (Matth., VII, 28).
(44) Son así delegados de la Iglesia los clérigos y religiosos, que tienen obligación de rezar el Breviario hasta cuando lo recen en particular. Del mismo modo, en sus iglesias canónicamente erigidas, los que están obligados al oficio del coro y a las misas capitulares o conventuales. Y también los que, sin haber recibido las sagradas órdenes, cumplen las funciones por tolerancia de la Iglesia, como, por ejemplo, los que ayudan a Misa.
(45) Sermón XX.
(46) Sacerdos personam induit Ecclesiae, verba illius gerit, vocem assumit (Guill. PARIS, de Sacram. Ordinis).
(47) Per Unitatem Fidei Sacerdos Ecclesia tota est et ejus vices gerit. (S. Ped. Damián. Opúsc. XI, Cap. X. Pat. lat. t. CXLV, col. 239).
Quid mirum si Sacerdos quilibet... vicem Ecclesiae solus expleat... cum per unitatis intimae Sacramentum, tota spiritualiter sit Ecclesia. (S. Ped. Damián, loc. cit).
(48) Medius stat Sacerdos inter Deum et humanam naturam; illinc venientia beneficia ad nos deferens et nostras petitiones illuc perferens. (S. Joan. Chrys. Hom. V, n. I, in illud: Vidi Dominum).
(49) ¿Por qué el sacerdote cuando reza el breviario; dice aun estando solo: Dominus vobiscum? ¿Y por qué él mismo responde: Et cum spiritu tuo, en lugar de decir: Et cum spiritu meo? San Pedro Damián responde: No, el sacerdote no está solo. Cuando celebra u ora tiene ante sí a toda la Iglesia misteriosamente presente, a la que saluda con las palabras: Dominus vobiscum; después, como él representa a la Iglesia, ésta le responde con su propia boca: Et cum spiritu tuo. (Cf. S. Ped. Dam. I. Dom. vob., c 6, 10, etc.). Hemos reproducido su pensamiento.
(50) Laudate Dominum; sed laudate de vobis, id est, ut non sola lingua et vox vestra laudet Deum, sed et conscientia vestra, vita vestra, facta vestra. (S. Agust. Enarrat. il Psal., in Ps. CXLVIII, n. 2).
Así como los hombres os piden que seáis santos cuando os presentéis ante ellos como embajadores de Dios, Dios os lo exige también cuando vais a su presencia a interceder por los hombres. Un intercesor es un parlamentario de la miseria humana ante la justicia divina. Ahora bien, para que todo parlamentario sea acogido favorablemente, dice Santo Tomás que necesita reunir dos condiciones: Primera: Que sea un representante digno del pueblo que le envía. Segunda: Que sea amigo del Príncipe a quien es enviado. Sacerdote que no te preocupas de tu santidad. ¿Serás un representante digno del pueblo cristiano, tú que no eres la expresión acabada de las virtudes cristianas? ¿Serás el amigo de Dios, cuando ni siquiera eres su fiel servidor?
Si esto puede decirse del mediador indiferente, "a fortiori" deberá, decirse del mediador culpable; porque ¿quién podría explicar las anomalías de su funesta situación? "Ruega por mí, Padre, tú que estás tan acreditado ante Dios", te dicen las almas piadosas. ¿Quieres conocer la eficacia de esa salvaguardia tan piadosamente invocada?: Plus placet. Deo latratus canum quam oratio talium clericorum. (S. Agust. Serm. 37).—P Caussette. Manresa del Sacerdote, día primero, segundo disc.
(51) Lo que decimos del sacerdote se aplica también, en la debida proporción, al diácono y subdiácono.
(52) Omnia autem membra non eumdem actum habent. (Rom. XII, 4).
(53) I Cor. XII, 4.
(54) Ipse est principalis Sacerdos qui, in omnibus et per omnes Sacerdotes novi Testamenti offert. Ideo enim quia erat Sacerdos in aeternum instituit Apostolos Sacerdotes, ut per ipsos suum Sacerdotium exsequeretur. (De Lugo, De Euchar. disp. XIX, sect. VI, n. 86).
(55) Dei adjutores sumus. (I. Cor. III, 9).
(56) Los Santos Padres parece que agotaron su elocuencia al hablar del sacerdote. Su pensamiento puede resumirse en esta frase: Esta dignidad excede a todo lo creado. Sólo Dios es mayor. —Sublimitas sacerdotis nullis comparationibus potest adaequari. (S. Ambr. lib. de Dignit. Sacerdo. cap. II). Qui sacerdotem dixit, prorsus divinum insinuat virum. (S. Dion. Aerop.). Praetulit vos regibus et imperatoribus; praetulit vestrum ordinem ordinibus omnibus, imo ut altius loquar, praetulit vos Angelis et Archangelis, Thronis et Dominationibus. (S. Bern. "Serm. ad Past." in Sinag.).— (Inter apor opp.—Patr. lat. CLXXXIV, col. 1086).—Perspicuum est illam esse illorum Sacerdotum functionem qua nulla major excogitari possit. Quare merito, non solum Angeli sed Dei etiam, quia Dei immortalis vim et numen apud nos teneant, appellantur. (Cat. Roma. De Ord. I).
(57) Reliqua omnia quae dicuntur in superioribus, a Sacerdote dicuntur... Ubi venitur ut confiteatur venerabile Sacramentum, iam non suis sermonibus utitur Sacerdos sed utitur sermonibus Christi. Ergo sermo Christi hoc conficit Sacramentum. Quis est sermo Christi?—Nempe is quo facta sunt omnia. (S. Amb. De sacramentis, lib. IV, cap. n. 14 et seq.). inter opera dubia. (Pat. lat. XVI, col. 439). Ecce Ambrosius non solum vult sacerdotem loqui persona Christi, sed etiam non loqui in propria persona, neque illa esse verba Sacerdotis. Quia cum Sacerdos assumatur a Christo ut eum repraesentet et ut Christus per os Sacerdotis loquatur, non docuit Sacerdotem, adhuc retinere in his verbis propriam personam. (De Lugo. De Euch. disp. XI, sect. V, n. 103).
(58) Ipse est (Christus) qui santificat et immolat. Cum videris Sacerdotem offerentem, ne ut Sacerdotem esse putes, sed Christi manum invisibiliter extentam... Sacerdos linguam suam commodat. (San Juan Cris. Hom. 86 in Joan, n. 4).
(59) Nil aliud sacrifex est quam Christi simulacrum (Petr. BLES., Trat. rythm. de Euch., cap. VII).
(60) Majus opus est ex impio justum facere quam creare coelum et terram (San Agust.).
(61) Thren. IV, 11, 13,
(62) Vos estis lux mundi vos estis sal terrae. Quod si sal evanuerit in quo salietur? (Mat. V, 13). Exemplum est fidelium in verbo, in conversatione, in charitate, in fide, in castitate. (I, Tim. V, 12).—In divino omni quis audeat aliis dux fieri nisi secundum omnem habitum suum factus sit Beo formissimus et Deo simillimus. (S. Dionis. De Eccles. hier).—Sacerdos debet vitam habere immaculatam, ut omnes in illiim, veluti in aliquod exemplum excellens, intueantur. (S. Juan, Chrys. Hom. 10 in Tim.). Nihil in sacerdote commune cum multitudine. Vita sacerdotis praeponderare debet, sicut praeponderat gratia. (S. Amb. Epis. 82).—Aut caeteris honestiores, aut fabula omnibus sunt Sacerdotes. (S. Bern. De Consid. 1, IV, c. 6).—Sicut illi qui Ordinem suscipiunt, super plebem constituuntur gradu Ordinis, ita et superiores sint merito sanctitatis. (S. Th. supp. q. 35).— Sic decet omnino Clericos in sortem Domini vocatos, vitam, moresque suos omnes componere, ut habitu, gestu, acenssu, sermone, aliisque omnibus rebus nihil nisi grave, moderatum ac religione plenum prae se ferant. (Conc. Trid. ses. 22 c. 1, de Reform.). Si religiosus careat ordine manifestum est excellere praeeminentiam Ordinis quantum ad dignitatem, quia per sacrum Ordinem aliquis deputatur ad dignissima ministeria, quibus ipsi Christi servitur in sacramento altaris; ad quod requiritur major sanctitas interior quum requirat etiam religionis status. (S. Th. 2, 2, q. 184).—Vix bonus monachus facit bonum clericum (S. Aug. ad Val.).—Nullam ascensus et deificationis mensuram agnoscant. (S. Greg. Naz.).—Pares Deo conentur esse sanctitate, ut qui viderit ministrum altaris, Dominum veneretur (S. Amb. S. Off. c. 5).
(63) Pontifical Romano
(64) Is. LII, 12.
(65) Levit. XXI. 6.
(66) Procuro hacer bien la oración para celebrar bien la Santa Misa. Y celebro la Misa y rezo piadosamente el breviario para hacer bien la oración del día siguiente. (P. Olivant).
(67) Ingrediens mundum, dicit: Hostiam et oblationem noluisti. Tune dixi: Ecce venio ut faciam, Deus, voluntatem tuam. (Hebr. X, 5, 7).
(68) Ego quae placita sunt ei facio semper. (Joan, VIII, 29). Meus cibus est ut faciam voluntatem ejus qui misit me. (Joan, 14, 34). Descendi de coelo, non ut faciam voluntatem meara, ned voluntatem eius qui misit me. (Joan, VI, 38).
(69) Factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis. (Fhilip. II, 5).
(70) Josué. X, 14.
(71) Qui fidelis est in minimo, et in majori fldelis est. (Luc. XVI, 10).
(72) Joel, II, 17.
(73) Juan, XVII, 19.
(74) Canon de la Misa.
(75) Filip. II, 5.
(76) Pontifical Romano.
(77) Adimpleo quae desunt passionum Christi pro corpore ejes quod est Ecclesia. (Colos. I, 24)
(78) Tota ipso redempta. Civitas, hoc est congregatio societasque sanctorum, universale Sacrificium offertur Deo per sacerdotem magnun, qui etiam obtulit in Passione pro nobis, ut tanti capitis corpus essemus… Cum itaque nos hortatus esset Apostolus ut exhibeamus corpora nostra hostias vivientem… Hoc est sacrificium Christianorum: multi unum corpus in Christo. Quod etiam sacramento altares fidelibus noto, frequentat Ecclesia, ubi ei demonstratur quod in ea reliquam offert, ipsa offeratur S. Agust. de Civ. I, X, Cap. VI).
(79) Tunc demun Sacerdoti Hostia proderit si, seipsum Hostiam faciens, velit humiliter et efficaciter imitari quod agit. (Petr, BLESEN. Epis. CXXIII). Qui Passionis Dominicae mysteria celebramus, debemus imitari quod agimus. Tunc ergo vere pro nobis Hostia erit Deo, cum nosmetipsos Hostiam fecerimus (S. Greg. Dialog. 1, IV, c. LIX).
(80) Himno de la Dedic.
(81) Philip. III. 20.
(82) Plus lucratur qui orat et intelligit quam qui tantum lingua orat. Nam qui intelligit. reficitur quantum ad intellectum et quantum ad affectum. (S. Thom. in I Cor. XIV, 14).
(83) Antes de entrar en oración, prepara tu alma. (Eccli, XVIII, 23).
(84) En presencia de los ángeles te cantaré. (Salmo CXXXVII).
(85) Oración de la Dominica 12ª. Después de Pentecostés.
(86) Apostolado o ESCÁNDALO. Para muchas almas que ven la religión a través de un vago intelectualismo o ritualismo, un sermón predicado por un sacerdote mediocre, es con frecuencia de menos eficacia que el Apostolado del verdadero sacerdote, cuya fe, compunción y piedad se exteriorizan con motivo de un Bautismo, un funeral o la Santa Misa. En él las palabras y los ritos son flechas capaces de remover los corazones. La Liturgia, VIVIDA de esa manera, refleja a los ojos de los fieles la certeza de los Misterios, la existencia de lo Invisible, y los anima a invocar a Jesús, aunque casi lo desconozcan, pero con el que palpan que ese sacerdote está en comunicación íntima. En cambio hay riesgo de que su fe se debilite o se pierda, cuando dicen con repugnancia: "No es posible que ese sacerdote crea en Dios ni que le tema, cuando celebra, bautiza y hace sus oraciones y ceremonias de esa manera". ¡Qué responsabilidad la de ese desgraciado! ¿Quién se atreverá a decir que esos escándalos no serán objeto de un juicio riguroso? ; Qué influencia tan grande ejercen en los fieles el respeto por una parte, y por otra la despreocupación en las funciones sagradas!
Estudiando en una escuela universitaria, libres de toda influencia clerical, tuvimos ocasión de ver, por casualidad y sin que él lo observara, a un sacerdote rezando el breviario. Su actitud llena de respeto, enteramente religiosa, fue para nosotros una revelación, y sentimos desde aquel momento la necesidad de rezar, pero del modo con que rezaba aquel sacerdote.
La Iglesia se nos aparecía reducida a aquel sacerdote dignísimo en comunicación con su Dios.
Por el contrario, un alma noble hace poco tiempo nos confesaba que al ver a su párroco "volar" en la celebración de la Misa, comenzó a pensar si habría perdido la fe. Desde entonces, nos agrega, dejé de rezar, porque no podía hacerlo, y hasta dejé de creer y se apoderó de mí una especie de náusea al pensar que habría de ver otra vez a aquel sacerdote decir la Misa, hasta el punto de que dejé de acercarme a la Iglesia
(87) Que el pensamiento esté de acuerdo con la voz (Regla de San Benito).
(88) Queriendo caricaturizar a una persona que hablaba saltando de una cosa a otra y sin saber lo que se decía, un literato del siglo pasado, famoso por su impiedad, y por el realismo de sus descripciones, no encontró mejor comparación que la del sacerdote que "bosteza su Misa".
(89) Maldito el que ejecuta de mala fe y con negligencia la obra que el Señor le manda. (Jerem. XLVIII, 10).
(90) Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mat. V, 8).
(91) ¿Cómo se adquiere la pureza de Intención?—Estando muy sobre sí al comenzar y continuar nuestras acciones.
¿Por qué es necesario estar sobre sí al comienzo de las acciones?—Porque si son agradables, útiles o conformes a las inclinaciones de la naturaleza, ésta se deja arrastrar por su propio impulso, por agrado o por interés. ¿Qué atención, pues, y qué dominio propio no se necesitan para evitar que la voluntad sea arrastrada por los motivos naturales que la halagan, solicitan y encantan?
P. — ¿Por qué decimos también que es preciso estar sobre si, principalmente durante la ejecución de las acciones?
R. —Porque, aunque al comenzar la acción se renuncie a las sugestiones de los sentidos y al amor propio, para seguir loa imperativos de la fe. si después se abandonan la propia vigilancia y el propio dominio, el gusto del placer y el propio interés comenzarán a insinuarse, el corazón se irá ablandando y la naturaleza, aunque dominada al principio por los primeros renunciamientos, recobrara su poder; pronto, aunque imperceptiblemente, comenzara a prevalecer el amor propio, desvirtuando los móviles puros con que comenzó la acción, resultando al cabo, como dice San Pablo, que lo que comenzó en espíritu acaba en carne, es decir, en puntos de vista bajos, terrenos e interesados. (P. Caussade).
(92) Guarda tu corazón con toda vigilancia porque de él mana la vida. (Pro. IV. 23).
(93) Haz lo que haces, es decir aplícate con toda atención a lo que ejecutas.
(94) ¿A dónde voy y por qué?—Frase que San Ignacio se repetía constantemente, a la cual se refieren con frecuencia sus Ejercicios Espirituales.
(95) Juan, V. 4.
(96) Ps. LXXII. 28,
(97) En el bien, dice el P. Desurmont, se ocultan un deleite, una gloria, un honor y un no sé qué, que la naturaleza a veces apetece con más avidez que el mismo mal.
El alma está bien alerta contra este gusano roedor, y ese egoísmo refinado que ahoga las gracias actuales.
El Señor, por bondad para con nosotros, como por celo de su gloria, se ha declarado indiferente a todos los bienes particulares. Sólo te interesa la voluntad. De suerte que una nada en conformidad con esa voluntad merecería el cielo y, sin ella, los mayores prodigios quedarían sin recompensa. Por eso, en todas las cosas, debe proponerse no sólo simplemente el bien, sino el bien que Dios quiere, es decir, la voluntad de Dios. ("La vuelta constante a Dios")
(98) Es lo que llama Bossuet "momento de soledad afectuosa, que es preciso prepararse a toda costa durante el día".
Es lo que tan insistentemente aconsejaba San Francisco de Sales con el nombre de retiros espirituales. En este ejercicio del retiro espiritual y de las jaculatorias descansa la gran obra de la devoción. Este ejercicio suple a la falta de las demás oraciones, pero si falta él, no puede ser suplido por ninguna. Sin él, la misma vida activa se hace mal y el trabajo es una perturbación. (Introd. a la vid. dev. 2ª. p., c. III).
(99) Quod Deus vult, quomodo vult et quia vult.
(100) La, humildad consiste sobre todo en la sumisión del hombre de Dios. (S. Tom.).
(101) Fue obediente..., por lo cual Dios le exaltó. (Fil. II, 9).
(102) Serm. in Nativ. B. M. V., o del acueducto. (San Bernardo)
(103) Nadie se salva sino por Vos, Madre de Dios. Nadie recibe los dones de Dios sino por Vos, oh llena de gracia. (San Germán). La santidad crece en proporción de la devoción que se tiene a María. (Faber).
(104) Con María se hacen más progresos en el amor de Jesús durante un mes, que en muchos años cuando no se está muy unido a ella. (Griñón de Montfort)
(105) Filioli, haec mea maxima fiducia est, haec tota ratio spei meae. Hijos míos, Ella es la base de mi confianza y toda la razón de mi esperanza. (S. Bern.).
(106) El P. Lhoumeau es el Superior General de la Congregación fundada por B. Griñón de Montfort.