El Camino Montfortiano
Por el Siervo de Dios Frank Duff, Fundador de la Legión de María
www.legiondemaria.org

Tradujo: Martín de Zabal  y Reina. Título original: The De Montfort Way (of true Devotion to Mary). Con licencia eclesiástica. ©

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EL CAMINO MONTFORTIANO

María es tan grande que una justa apreciación de su persona...

San Luis María de Montfort y, junto a él, los santos y doctores de la Iglesia nos describen la persona y posición de María como algo tan inmenso que parece abrumarnos. Nos dicen de diversas maneras que María es tan superior a las demás criaturas que nada en absoluto tiene de común con ellas; que representa un inefable milagro del Todopoderoso, al acercarla tanto a Sí, como una naturaleza creada puede ser exaltada por encima de toda ponderación humana y angélica; que casi toca el límite de lo infinito; en efecto, en Ella hay algo de aquella infinita perfección que propiamente pertenece al Fruto de su vientre; ni Ella misma comprende su grandeza; el Señor le ha otorgado una especie de omnipotencia, la omnipotencia de la súplica siempre escuchada; Ella reparte todos los dones, gracias y virtudes del Espíritu Santo a quien quiere, como quiere y cuando quiere; Ella es el árbitro de la salvación de cada uno de nosotros. Tantas y tan grandes son las cosas que de Ella se dicen que no sólo los de fuera de la Iglesia llegan a protestar, sino que incluso la mayo ría de los de dentro de ella, tienen por cierto que estas frases no constituyen sino piadosas exageraciones.


... parece un exceso sentimental...

El libro de san Luis María de Montfort, "La Verdadera Devoción", es acusado generalmente desde este ángulo. Innumerables vuelos de su genio, siendo expresión de las más profundas verdades teológicas, se pasan por alto como declaraciones sentimentales, no hechas sobriamente sino brotadas de su lealtad o de su amor. Esta impresión queda robustecida con la misma belleza del ropaje literario en que encierra su pensamiento. Temo que la mayoría de los lectores de la obra inmortal de san Luis María de Montfort la estimen apenas un poco más que sueños exquisitos. La palabra "exagerado" resume su nido final sobre el libro, y aun muchos no vacilarán en añadir la calificación de "extravagante". Al pensar así, caen en un error que bien se podrá calificar de fatal. Se regalan diamantes de sólida doctrina -verdaderas "gemas de la más pura y serena luz"- a pobres que las consideran como pedazos de vidrio y desperdician así lo que podría haberlos hecho ricos. Sepámoslo: María forma parte esencial de la fe. La falta de estima de su misión llega a ser un defecto de la fe y un defecto de la fe significa un empobrecimiento de la vida espiritual.


... y el hermoso homenaje montfortiano tributado a Ella...

El libro de san Luis María de Montfort ocupa un lugar propio en la Iglesia. No tiene igual. Es eminentemente teológico y profundo en su doctrina. En términos generales, esto estaría llamado a reducir su atractivo. El que enseña en la cumbre de una montaña, no verá a su alrededor a los débiles y escasamente equipados; ellos no son capaces de llegar a tanta altura. Pero "La Verdadera Devoción tiene tal carácter, que se ha impuesto a la atención del pueblo y lo ha convertido en un heraldo especial de María, universalmente recibido y escuchado. ¡Qué enriquecimiento para la Iglesia no había de ser un libro como éste, que enseña las más profundas doctrinas y, mas aún, anda en manos de todos! Evidentemente, quienes estudian "La Verdadera Devoción se rendirán a su encanto, porque el libro lo encierra todo: estilo, fervor, profunda convicción, solidez, alta elocuencia y tono de autoridad y aire de inspiración. Todo lector se sentirá conmovido por aquel ardiente amor a María que brilla a lo largo del tratado. Muchos se sentirán, incluso, impulsados a contraer el compromiso de la "consagración " tan recomendada por san Luis María de Montfort. Sin embargo, entre sus lectores, desde aquellos que sólo consideraron muy hermoso el libro, hasta los que pasaron con decisión a la práctica total de la "Devoción", ¡qué pocos son los que han otorgado al libro y sus enseñanzas un sitio en sus propias vidas, aun después de un año de haberlo leído y, a veces, mucho menos de un año!. La causa de este fracaso no es la falta de buena voluntad o de un genuino amor a María, ni la falta de profundo deseo de amarla más. Lo que ocurre es que la mayoría no tiene nada en sus mentes con que pueda relacionar sus enfáticas tesis, llamativas metáforas, ni terreno en que aquel "Árbol de la Vida" pueda echar raíces. Aun donde el libro ejerce su atracción, el encanto pronto se desvanece  porque la mayoría de los lectores jamás toma por literalmente ciertas las cosas que el santo afirma de María. La convicción no ha penetrado sus mentes.


... va más allá que la devoción...

Reflexiona sobre un punto que yo he escogido completamente al azar y propongo como harto típico. Cuando san Luis María de Montfort explica los motivos para realizar la perfecta consagración, declara que el rasgo característico de María es conducirnos sanos y salvos a Jesús, como constituye un rasgo característico de Jesús para conducirnos con toda seguridad al Padre eterno. Por tanto, las personas espirituales nunca deben caer en el error de creer que María pueda constituir para ellas un obstáculo que impida su unión con Dios... Otras criaturas -por muy santas que sean- pueden serlo; pero no podrá decirse tal cosa de María. El prosigue exponiendo con fervor que la razón por qué tan pocas almas llegan a la plenitud de la edad de Cristo es porque María, que hoy, como ayer y siempre, es la Madre del Hijo, y, como siempre, la Esposa del Espíritu Santo, no está suficientemente formada en sus corazones. El que quiera tener la fruta  bien madura y formada debe poseer el árbol que la produce. El que quiera tener el fruto de Jesucristo, debe poseer el árbol de la vida que es María.


... y la estima de los lectores.

Me temo que estas vivaces ideas, que son tan verdaderas y debieran ser suficientemente poderosas para ensanchar y vivificar nuestros conceptos de la obra de la gracia en nuestras almas, carezcan de sentido para la mayoría; ellas sirven únicamente para provocar una serie de interrogantes interiores. Las mentes de los lectores consideran que la afirmación de que María es para ellos el árbol de la vida no se ha hecho en serio, ni ven la razón por que Ella, en oposición a las demás criaturas santas, nunca retardará la unión con Dios. Consecuentemente, no entienden sino como expresión meramente pintoresca aquella queja de san Luis María de Montfort de que, debido a que María no está suficientemente formada en los corazones de los hombres, son muy pocos los que llegan a la plenitud de la edad de Cristo. No poseemos la base que supone que tengamos. San Luis María de Montfort es como un hombre que habla de lo que esta viendo a través de un telescopio a otro hombre que carece de este instrumento y que, además, es suspicaz o incrédulo.


Nuestra devoción sólo tiene categoría de tercera clase...

¿Qué se sabe generalmente acerca de María? Normalmente, este conocimiento no deja de ser muy digno. Sabemos que María es la gran Madre de Dios y que también es nuestra Madre, que siempre nos custodia, y a la que además siempre debemos orar. Sin embargo, si la gracia ha de ejercer su completo dominio sobre nosotros, hay una diferencia entre estos conocimientos y lo que san Luis María de Montfort recalca como necesario para nosotros y debido a María. ¿Existe allí por ventura un profundo abismo que se abre amenazante o es simplemente la falta del eslabón de unión? Me atrevo a asegurar que no es sino esto ultimo; unos 15 minutos de reflexión podrán dejarlo todo en su sitio. Es necesario un reajuste de ideas en las siguientes direcciones: a) en el lugar de María en los designios de Dios; b) en lo que en este orden de cosas significa la "Verdadera Devoción"; c) en el "mecanismo" de la práctica.


... y San Luis María de Montfort no es más que un espejo...

Ahora bien; lo primero de que los lectores deben persuadirse es que cuanto san Luis María de Montfort dice acerca del lugar de María y su grandeza no contiene la mínima exageración,  sino que refleja lealmente las declaraciones de los santos y las enseñanzas de la Iglesia acerca de Ella; es decir: pone de manifiesto el mismo pensamiento de Dios. Fue Dios quien comenzó primero a hablar de Ella y a asignarle un destino absolutamente único. Pues la grandeza de María tiene un principio muy lejano. Comenzó antes de la constitución del mundo. Desde el primer momento el Padre Eterno tuvo presente la idea de María junto con la del Redentor, de cuyo destino formaba parte. Desde tan antiguo ya respondió el Señor a la incrédula pregunta: "¿Qué necesidad tenía Dios de María?" Dios pudo haber renunciado completamente a la ayuda de María, lo mismo que pudo haber pasado sin Jesús. Pero, en el desarrollo del plan que le plugo adoptar, incluyó a María. Dios la colocó junto al Salvador, desde el mismo momento en que decretó la intervención de un Salvador. Aún más; en aquel plan asignó a María nada menos que el papel de Madre del Redentor? y, por tanto, Madre de todos los que se hallan unidos a El.


... de la idea divina acerca de María...

Desde toda la eternidad, pues, María ocupaba un lugar elevado, único, entre todas las criaturas y sin ningún parangón aun con la más sublime de todas ellas, distinta de todas en la idea divina, diferente, por la preparación que Ella recibió, y, por tanto, conveniente mente segregada de todas las demás en la primera profecía de la redención, al dirigirse Dios a Satanás diciendo: "Pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya  y esta descendencia aplastará cabeza" (Gn. 3, 15). He aquí resumida por el mismo Dios la futura redención. Definitivamente, María ha de moverse en un orden propio; ya antes de su nacimiento, después y siempre, es enemiga de Satanás; inferior al Salvador, pero próxima a El y parecida a El (Gn 2, 18), y lejos de todos los demás. Ningún profeta, ni siquiera el Bautista, se halla tan unido a Cristo Redentor; ni rey, ni caudillo, ni apóstol, ni evangelista, ni siquiera san Pedro o san Pablo, ni los más grandes entre los papas y pastores y doctores; ningún santo; ni David, ni Salomón, ni Moisés, ni Abraham. ¡Nadie en absoluto! Ella sola, única entre todas las criaturas habidas y por haber, es designada por Dios a ser Colaboradora de la salvación.


...tan vívida e inequivocadamente revelada en las profecías. 

El curso de las profecías continúa: Ellas hablan de "La Virgen", "la Virgen con el Niño", "la Mujer", "la Mujer con el Niño", "la Reina sentada a la diestra del Rey", etc. Es constante la afirmación repetida de que una mujer ha de ser un elemento primario en nuestra salvación. ¿Qué suerte de futuro le asigna la profecía? ¿No parece estar en línea con estas profecías, lo que Luis María Grignion, siguiendo a la Iglesia, enseña de Ella? Apenas nos damos cuenta de cuán definitivo y concluyente es el significado de las profecías que tratan del lugar que María ocupa en la religión cristiana. La profecía es una sombra, una figura de algo por venir, la mirada que penetra el tiempo como si fuera el espacio, el pálido bosquejo de un acontecimiento que se otea en lontananza. Forzosamente una profecía tiene que ser menos vívida, menos clara, menos concreta que el hecho a que se refiere. Pero necesariamente también debe conservar una armoniosa proporción con esa realidad. Una profecía que describió la redención como realizada por una Mujer y su Hijo unidos (y sólo por estos dos), los cuales aplastan la cabeza de Satanás, de ningún modo está en armonía con una redención real que relega a la Mujer a la obscuridad. Por tanto, si la profecía ha de ser realmente tal, y si la salvación es una acción continua por la que la encarnación y la muerte de Jesucristo se introducen en la misma alma humana, como declara tanto la Santa Iglesia como la Sagrada Escritura, es lógico que, en la doctrina y vida cristianas, se encuentre María unida con Jesús, inseparable de El en la obra de la salvación. Ella será la nueva Eva, dependiente de El, pero necesaria a El; en verdad, nada menos que la Mediadora de todas las gracias, título en que la Iglesia Católica resume el grandioso oficio de María.


De la misma manera la anunciación demuestra su posición clave.

Y llegamos al apogeo de las profecías. Se presenta a María el ángel del Señor y con él la hora del cumplimiento del destino de María, madurado a lo largo de tantos siglos. Se le propone que dé a luz "al que ha de salvar a su pueblo" de los pecados, al "Varón de Dolores" que la convertirá en la Madre Dolorosa. El ángel espera el consentimiento de María, lo espera, según la enseñanza de la Iglesia, como si fuese el de toda la humanidad. Esta mujer se ha convertido en el representante de toda la raza humana. En este instante el Padre Eterno sólo ve a través de Ella a la pobre humanidad caída. El destino de la humanidad depende de su palabra. La encarnación, sobre la que descansa todo el edificio de la religión con todas su figuras y profecías y todas las obras de salvación, depende del consentimiento que María va a prestar. El cielo y la tierra y todas las cosas tiemblan en una agonía de ansiedad. Mas no; María había sido creada precisamente para este momento; había sido constituida en objeto, como dice san Agustín, de una deliberación eterna y de una preparación divina, había sido elevada a la sublimidad de una gracia incomprensible e insondable; de manera que todo está bien seguro, aunque una fe y un heroísmo que sobrepasaban por mucho nuestra visión eran necesarios para asegurar una decisión que nos había de favorecer. De los labios de María brotan estas palabras y realizan el acontecimiento mas asombroso de todos los tiempos: El Redentor está ya entre los hombres. En las manos de María quedaba a salvo el plan de la misericordia de Dios, pero estaba seguro sólo porque su grandeza era tan inmensa que casi tocaba lo infinito, como en efecto casi lo toca. El fíat de María no era un mero acto formal, aun cuando, desde tiempos remotos, Dios había levantado sobre él el edificio de la salvación del mundo.


Su libre consentimiento y su fe nos abrieron el camino hacia Dios.

El consentimiento de María, fue necesariamente único y perfecto en su carácter. Fue el más libre consentimiento que jamás diera una mera criatura. Indudablemente, fue el acto más valiente, puro, tierno y fuera de toda comprensión, el más meritorio jamás realizado bajo la mirada de Dios. No podemos comprender completamente por qué tuvo que ser así. Podría parecer harto natural a nuestras torpes inteligencias, que hasta una persona de menor mérito hubiera tomado la misma decisión que Ella. Pero este caso nunca se daría, como la lógica católica afirma sin titubeo. Lo mismo prueban los argumentos de la teología. Principio de Dios es exigir en la misma medida que El ha dado. De aquí se sigue que los casi infinitos dones de gracia conferidos a María se habían de reflejar de un modo adecuado, exacto y perfecto, en su vida de actos continuos de incomparable nobleza, heroísmo, fe y amor. Sobre todo, se refiere esto al punto cardinal de todos sus actos: Su fíat a la encarnación, mediante el cual recibió al Señor en nombre y en beneficio de toda la humanidad.

La redención así comenzada se encaminó rápidamente a su consumación. ¡Hombre por hombre, sierva por sierva y, ahora, árbol por árbol! Jesús pende del árbol de la cruz y María esta de pie debajo de ella, ratificando y renovando el ofrecimiento de su Hijo en bien de los hombres; mereciendo con razón llegar a ser, como Pío X afirmó, "la Restauradora del mundo perdido y la Dispensadora de todos los dones que Jesús nos ganó con su muerte y con su sangre".


Tal pasado sin un correspondiente futuro...

¿Quién puede negar que nos hallamos ante la realización de la primera profecía de la redención? He aquí a la mujer y a su descendencia; y he aquí que han aplastado la cabeza de la serpiente. Ambos a dos, Jesús y María, cumplen el destino que les fuera señalado desde toda la eternidad. Ni en la profecía, ni en la preparación, ni en la consecución de la redención, María se separó de su Hijo. Su parte se ha subordinado a la de El; sin embargo, es esencial en el orden de cosas que El había dispuesto.

Pero éste no es el fin, sino sólo el principio. Se ha logrado la salvación y, por así decirlo, se ha incorporado en la tesorería divina. Su gracia ha de ser administrada ahora y aplicada a cada alma individual mediante actos de virtud y de culto. En este "obrar la salvación", para emplear la incisiva expresión de san Pablo (Flp 2, 12), ¿desaparece María sin más? ¡No! Y si queda, ¿cuál es su función? ¿Sugiere el pasado un futuro para Ella? Y si es así, ¿de qué suerte es? Ahora bien; juzguen los lectores de la obra de san Luis María de Montfort si lo que dice acerca del ministerio de gracia de María no corresponde a la obra que Ella realizó como auxiliadora de la redención y si este ministerio no constituye el desarrollo normal y ordenado de aquel pasado, como la flor constituye el de las raíces. La redención, como la planta, es una unidad perfecta. La consecución de la redención es la raíz y su aplicación es la flor.


... carecería totalmente de significación.

Por otra parte, este extraordinario pasado que acabamos de explicar, ¿podrá reconciliarse con la teoría y la práctica de los que le niegan todo lugar en su religión, que creen que la participación y bendición que Ella poseía concluyó en Belén y fue, por cierto, tan insignificante corno para no merecer una sola palabra de gratitud de la humanidad? ¡Oh!; si esos "incrédulos" tienen razón, ¡qué contradicción! ¡No podríamos quejamos con razón de que el mismo Dios hubiese puesto en escena una desilusión cruelmente elaborada, la misma que padeceríamos, si la eucaristía fuera tan sólo pan!


Su maternidad del Cuerpo Místico...

¡Su misión terminada en Belén! ¡Ni mas ni menos que la vida y misión de su divino Hijo acabadas en la gruta! La indivisible unión establecida entre las misiones de Jesús y María se había desarrollado sólo durante nueve meses hasta aquella noche venturosa. El tiempo se abre recientemente delante de ellos. "Porque", dice Hijo de Dios, "afirmamos una verdad al declarar que el Hijo de Dios, considerado en su adorable Persona en cierto modo es únicamente la mitad de Sí mismo. La otra parte queda constituida por las almas de los hombres: todas las almas llamadas a formar su Iglesia; y así, la Iglesia es llamada el cuerpo y la plenitud o complemento de Jesucristo (Ef 1, 23). Por eso, cuando el Hijo de Dios se presenta a la Santísima Virgen, le presenta a todas las almas que Ella ha de recibir junto con El.

Estas palabras sorprenden a primera vista. Sin embargo, no constituyen sino una explicación de la doctrina del Cuerpo Místico, la cual consiste en que Cristo y los bautizados están unidos por un lazo que se parece, pero en realidad excede sobre manera en intensidad la unión entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo humano. De este modo unos dependen de otros y una misma vida anima a todos. Cristo es la Cabeza, el Jefe, la parte perfecta e indispensable, de la que reciben los demás miembros sus poderes y su misma vida. Ellos forman parte de Cristo con tal plenitud que sus pecados se convierten en la carga de Jesús, mientras que sus satisfacciones, es decir, los infinitos méritos de su pasión, pertenece a sus miembros, como si ellos mismos los hubieran ganado. Debido a que Cristo y sus miembros forman una sola persona mística, pudo Cristo padecer por los hombres y expiar unas faltas que El mismo no había cometido. "Cristo es el salvador de su Cuerpo" (Ef 5, 23).


... es consecuencia digna de toda su historia anterior.

Y María es la Madre de ese Cuerpo (Jn 19, 26-27). En la misma medida y con igual necesidad que somos miembros del Cuerpo de Cristo, y parte de su carne y sus huesos (Ef 5, 30), somos también hijos de María, su Madre. En su seno nos moldea en forma siempre más admirable, para darnos, por su incesante cuidado maternal, la semejanza de Jesús, a fin de convertirnos en el hombre perfecto que es Cristo y hacernos llegar a la medida de su plenitud (Ef 4, 13). Sin Ella no conseguiremos este nuestro sublime destino; tal es el designio divino. Aunque Ella es verdaderamente una nada en comparación con su Creador, sin embargo el eterno Padre la ha asociado tan íntimamente a su plan redentor, que, así como toda gracia se recibe únicamente por Jesucristo, así toda gracia se recibirá sólo por la mediación de María. Ella forma tan definitivamente parte de la distribución divina de los dones como nuestro Señor mismo; Ella subordinada a Él y completamente dependiente de Él, claro está; sin embargo, no es por eso menos parte integral y vital de la economía divina de la gracia; Él por su naturaleza, Ella por su graciosa comunicación; Él como causa y primera fuente, Ella como muy importante complemento a lo que ofrecemos y como canal indispensable de lo que recibimos.


El culto es un complemento esencial de la doctrina.

Nadie debiera ser tan imprudente como para pensar que el Padre celestial, después de haber dado la vida a sus hilos también mediante esta amorosa Madre y después de seguir distribuyendo, por la misma mediación, el sustento divino, toleraría por un momento una actitud irrespetuosa de los hijos para con Ella. El culto es un necesario complemento de la doctrina. Una creencia sin servicio amoroso no es mas que medio circulo, una frustración. Así como nuestra salvación requiere que confesemos a nuestro Señor Jesucristo, así también postula que reconozcamos el menor, pero también esencial, oficio de María. Así como el culto cristiano dirige al Padre por medio de Cristo, así también este mismo culto no debe perder de vista a la Madre del Salvador y la madre de los redimidos por su muerte. Si la dejamos de lado, volvemos la espalda a Dios. Porque Ella forma definitivamente parte de la santa voluntad de Dios en cuanto a nosotros concierne, de modo que despreciar a María es despreciarle a El.

De esta manera, el simbolismo que las Escrituras nos proponen para mejor entender la relación entre Cristo y su Iglesia es el del Cuerpo Místico. Hemos visto, además, que, por virtud de su Maternidad divina, María es verdaderamente Madre del alma cristiana, una maternidad proclamada por el mismo Señor, cuando llegó a su plenitud, es decir, cuando fue consumada por la redención. Si queremos completar esta figura por otra que nos ha de ayudar a apreciar la intimidad de las relaciones de María con sus hijos, tenemos una expresiva imagen en la vida del niño que no ha nacido aún. Este niño es el alma cristiana y María la Madre.


Por tanto, toda alma debe rendir a María un culto...

"Todos los llamados a la gloria, a fin de que se conformen con la imagen del Hijo de Dios, mientras viven en este mundo, se hallan ocultos en el seno de la Santísima Virgen, donde Ella los custodia, alimenta, cría y hace crecer hasta alumbrarlos a la gloria después de la muerte, la cual es propiamente el día de su nacimiento, que es como llama la Iglesia a la muerte de los justos". Este pensamiento constituye el principio fundamental de "La Verdadera Devoción", pero estas palabras no son de san Luis María de Montfort. Las escribió san Agustín hace dieciséis siglos, y ni siquiera entonces representaron un nuevo pensamiento en la Iglesia. Por cierto que, como dice san Luis María de Montfort, la devoción se confunde e identifica con los mismos fundamentos del cristianismo. ¿No significa esto poner en práctica lógica y concreta las enseñanzas de la Iglesia sobre el Cuerpo Místico?


... correspondiente a la medida en que el alma depende de María...,

Mas ¿por qué nos hemos de referir al niño no nacido y no, más bien, al infante mecido en los brazos de su madre y nutrido en sus pechos? La razón es, porque la estrecha relación entre las almas y María, que san Luis María, de acuerdo con la Iglesia, describe, no aparecería suficientemente manifiesta con el ejemplo del niño en brazos. Ciertamente, el niño en brazos depende muchísimo de su madre, pero no enteramente. Puede vivir y de hecho vive su pequeña vida, separado de su madre. No recibe de ella el aire que respira; y parte de su alimento, y aun todo quizá, puede conseguirlo en ciertas circunstancias de origen distinto de su madre. Esa madre puede marcharse, morirse, y la vida del niño proseguirá en completa independencia de ella y, posiblemente, esté mejor sin ella que con ella.


... dependencia que es constante y absoluta.

Pero, ¡cuán distinto es el caso si se contempla el alma y su Madre María! María continúa devotamente su obra maternal de santificación. Ella recibe las gracias divinas y las vuelca, cual sangre vital, al alma. Aun la más pequeña gota de esta sangre, es decir, hasta la gracia más pequeña, desciende del Cuerpo Místico, solamente a través del Corazón de María. ¡Qué cuadro tan hermoso de dependencia total! El niño lo debe todo, absolutamente todo, después de Dios, a los buenos oficios de esa Madre. Así, pues, el niño no nacido todavía debe ser la imagen que ayuda a nuestras inteligencias a comprender el papel de la Madre de la divina gracia. Y aun esta imagen explica sólo la verdadera posición de una manera insuficiente. Los adultos, los que nos movemos y vivimos a nuestro amaño, sin embargo, dependemos de Ella tan estrecha e íntimamente que el confinamiento en el seno materno constituye comparativamente la más amplia libertad.


La Verdadera Devoción es un pleno reconocimiento...

El libro de san Luis de Montfort sólo se comprende a la luz de la doctrina del Cuerpo Místico. Supone en el lector un grado de conocimiento de esa doctrina que, normalmente, no se posee. Y aquí está, tengo la osadía de sugerir, la explicación de las dificultades que experimenta la lectura de su libro y la razón por la que no revela y entrega los tesoros que encierra. Ahora bien; si entendiéramos con perfección la idea y las implicaciones del Cuerpo Místico, no sólo aparecería en toda su claridad la doctrina de san Luis María de Montfort sobre la "Verdadera Devoción", sino también, y por el mismo camino, la idea completa y la necesidad de la devoción fundamental a María.


... de la maternidad de María, y también -por extraño que parezca-... 

Por añadidura, el análisis que venimos realizando debiera poner en claro una conclusión que puede sorprender a la mayoría. Es decir: que una forma general de devoción y entrega, por lo menos equivalente a la que nos recomienda san Luis María de Montfort, representa en realidad el único culto a María, completamente lógico y digno. Es verdad que, en comparación con los niveles corrientes, puede calificárseles con razón de "excesivos". Pero esto sólo porque estos niveles son terrenales, inadecuados para Aquella que ha nacido para estar en las mismas cumbres supremas del mundo finito.

... representa justamente el mínimum de lo que le es debido.

El verdadero culto debe, además, reflejar el servicio rendido. Por María entró el cristianismo en el mundo, como entró Cristo; por su mediación se vuelve cristiano cada uno de nuestros actos. Si esto hubiera sido todo lo que hizo por nosotros, no seria sino razonable que, de la misma manera, cada uno de nuestros actos llevase algún sello de gratitud y reconocimiento de nuestra parte. Pero, en realidad, aquello no fue sino el mero principio de su maternidad. La Iglesia la define como Medianera de todas las gracias, título que refleja suficientemente su posición. Sus cuidados, más que maternales, continúan siendo vitales para el alma. Por tanto, si todos nuestros actos y pensamientos deben rendir homenaje a nuestro divino Salvador por todo lo que hizo por nosotros, entonces cada acto y pensamiento deberán, por supuesto, en un grado menor, tributar también a María algún reconocimiento. Lo exigen el agradecimiento y las normas divinas. No es este reconocimiento el que constituye a María Madre nuestra. María es nuestra Madre, independientemente de nuestro reconocimiento y a pesar de nuestra ignorancia o irreflexión, aun pese a nuestro repudio. Pero la vida que Ella nos ofrece sólo podrá penetrar en nuestras venas, en la medida que éstas se ensanchen para recibirla. Si anhelamos la plenitud de la gracia, debemos prestarle plena cooperación.


La justa valorización es un elemento vital del culto...

¿De qué suerte ha de ser esta cooperación y este reconocimiento a María? En primer lugar debe poseer calidad; y en segundo lugar cantidad. La calidad exige que tengamos una exacta apreciación de la grandeza y del ministerio de María y el deseo de amarla y honrar-la como conviene. Es este un elemento vital, aun cuando pocas veces se encuentra, como lo evidencia la oposición que la obra de san Luis María de Montfort constantemente provoca.

Para decirlo en forma popular, si Dios nos pide una pieza de oro, ¿será suficiente darle el mismo peso en plata? Ahora bien; si rezáramos incesantemente a nuestro Señor, con una fe en El que sólo cree que es un varón santo que está en los cielos, tales oraciones no pasarían de ser una impostura. Cierto es que la buena intención podrá eximirnos de culpa al realizar esta mistificación, pero no confiere a la impostura el carácter de verdad. No; lo que determina el valor de la oración es su intrínseca riqueza, el tipo y el grado de nuestra fe, la intensidad de la valoración. Puede que estemos rezando mucho a María, pero sólo con "monedas de cobre". Rosarios enteros, no respaldados por verdaderas ideas acerca de María, quizá no tengan la dinámica de una sola avemaría, que brota de un corazón que vislumbra lo que María verdaderamente es, y trata de llenar su pequeña oración, con esa estima de Ella.


... y el culto también ha de ordenarse sin mezquindad.

En segundo lugar, nuestro culto a María ha de ser substancial, es decir, debe ocupar algo más que unos minutos o algunos acontecimientos salteados a lo largo del día. Más bien ha de ser cierto espíritu y no palabras o acciones lo que ofrezcamos a nuestra Señora. Porque el espíritu contiene y lleva consigo toda la vida y no sólo unos retazos de ella, por numerosos que sean. Sin embargo, no debemos estimar como superfluas las oraciones, fórmulas y acciones específicas. Estas son indispensables en la práctica. Para la vida espiritual son como el esqueleto en el cuerpo humano. Ponen orden, claridad y solidez; constituyen el marco para las devociones diarias cuya desintegración evitan. En términos generales podemos decir que cuanto más frecuente sea la oración, tanto más amplío y verdadero será el espíritu de piedad que inspirará la vida.


La vida entera debe anunciar su dependencia de María.

Los rasgos exactos con que esta devoción a María ha de realizarse en la vida dependerán en gran manera de cada individuo. Así como las personas son distintas, así han de variar también los métodos de expresión. Pero, si se trata del modo de devoción que va a expresar una valoración exacta, por parte nuestra, de la universal y no interrumpida influencia de María en nuestras almas, inmediatamente se sugiere como fundamental la idea de la "Consagración". Claro está que esta consagración ha de ser la más completa; debe abarcar absolutamente todo lo que se encierra en uno mismo y en su propia vida, en todo cuanto le pertenece. El acto que encarna e inaugura esta consagración ha de ser formal; ha de entenderse con todas sus consecuencias y realizarse con toda sinceridad; mas nunca se recalcará suficientemente que la consideración más importante no merece el acto inicial de la consagración, ni siquiera los otros muchos actos de renovación que pudieran hacerse, sino la creación de un estado de alma consagrada, la permanente actitud de dependencia de María.

Esta actitud de dependencia de Ella, es la necesaria consecuencia del momento de la anunciación, en que, efectivamente, fuimos constituidos dependientes de María, y Dios trató con nosotros sólo en cuanto unidos a Ella. No teníamos otra manera de ser ante el Señor que la de futuros hijos de Ella. Por tanto, ahora que llegamos a María, debemos declarar que le pertenecemos. Nuestra vida diaria no es sino la continuación de la encarnación en nosotros, es decir, la formación de nuestro Señor en nosotros; y como lo hizo entonces en Nazaret, ahora Dios espera su fíat y exige nuestra unión con Ella.


El espíritu de unión con María debe...

Esa unión constituye toda una vida, y como la vida común del cuerpo, así exige ella la palpitación rítmica del corazón, el continuo movimiento de los pulmones, el estímulo de una periódica alimentación. Tales son los impulsos de la oración, de las jaculatorias, acciones, ejercicios, pensamientos y otros medios que animan y renuevan el alma y la mantienen en el espíritu de consagración.

En la vida espiritual debe haber orden. Es necesario adoptar un sistema si queremos lograr realismo y perseverancia. Este sistema, como su mismo nombre lo dice, necesariamente ha de ser, en ciertos aspectos, automático y mecánico, lo cual no quiere decir que haya de ser por eso menos devoto o menos meritorio; sería absurdo; indicaría que, a medida que aumentaba la frecuencia de actos y se fortificaban los hábitos virtuosos, declinaban los méritos. En general, es el acto aislado el que vibra con mayor fervor. Recordemos también que el mismo Señor ama el sistema.


... conservarse por medio de un constante recuerdo de María...

Por tanto, las horas y acontecimientos del día han de ligarse a ciertas oraciones y actos de piedad. Debemos multiplicarlos en la medida de lo posible, de manera que recordemos a Dios y recurramos a Él, mas o menos conscientemente, a lo largo de todo el día. Naturalmente, el día dispuesto metódicamente para el Señor ha de disponerse también metódicamente para hacer posible que María no se pierda totalmente de vista. Al volver frecuentemente nuestro corazón a Ella, se creara en nosotros ese espíritu de devoción que anhelamos. Este espíritu invadirá los pensamientos y descenderá hasta lo mas profundo de nuestra conciencia de manera que, dondequiera se encuentre nuestra atención, sea en las divinas Personas en el cielo, o en la tierra manejando pico y pala, o en las pesadas tareas domésticas, María junto a Dios se haga presente en nuestra mente. Esta atención no necesita ser siempre -ya que esto es imposible- consciente, actual o explícita. Las herramientas que usa el artesano cumplen su oficio sin ser conscientemente atendidas todo el tiempo. Igualmente la atención a María, el gran instrumento de los designios de Dios, puede ser empleado en forma subconsciente y al mismo tiempo intensa.


... que no es preciso sea consciente o inmediata en todo momento.

"Pero ¿podré hacer dos cosas a la vez" ¡Vaya! A lo largo de todo el día estáis haciendo dos cosas al mismo tiempo. Por ejemplo, tú piensas andando, rezas trabajando, comes escuchando, hablas y ves al mismo tiempo. Verdad es que no prestas el mismo grado de atención a cada acto, pero la que dedicas al menos importante de ellos aun es substancial; tal es así que, si durante todo el día prestáramos la misma atención general a Dios mismo o a María en lugar de Dios, pronto nos colocaríamos entre los contemplativos del más alto nivel. En la práctica de la "Verdadera Devoción", san Luis María de Montfort pide mucho menos atención para María. Declara el Santo que la atención habitual que se le dedique no ha de ser necesariamente más que un vislumbraría en forma general e imperceptible.

¡Dos cosas a la vez! No hace falta ser un sicólogo, para distinguir fácilmente un tercer grado de atención, la que, en realidad, puede ser tan aguda que merezca llamarse activa. Por ejemplo, además de lo dicho, se puede, de algún modo, experimentar simultáneamente placer e incomodidad y luego, más allá de estas operaciones tangibles o mentales, queda todavía todo el reino de lo inconsciente, pasivo y lo subconsciente.


Todo cuanto se entrega a María pertenece más perfectamente a Dios.

Pero, mientras importe demostrar la inconsistencia de la última objeción propuesta con un aire tan definitivo, conviene decir que el principio de la devoción a María no descansa en idea alguna de atención dividida. En primer lugar se apoya sobre el principio de que toda ofrenda que se haga al cielo, a quienquiera que directamente se dirija, pasará por María; en segundo lugar, que todo cuanto así se entregue a María, pertenecerá a Dios y, al pasar por sus manos, logrará, como san Luis María de Montfort no se cansa de repetir, un crecimiento y embellecimiento de mérito; y, en tercer lugar, se refuerza por convicción de que hemos de reconocer y honrar esta economía divina que forma parte dependiente de la propia mediación de Cristo y a la que debemos según la voluntad de Dios, un asentimiento secundario.


No hemos entendido bien esta doctrina...

A pesar de lo que se recalque en este orden de cosas, los recelos continuarán importunándonos. Entre ellos, el más crudo es el que más impresión hace. "¿Cómo voy a prestar a María tanta atención, sin privar de algo a Dios?" Dicen nuestros hermanos separados que éste es un argumento incontestable. Más aún que en otros puntos de la fe, ven aquí una dificultad práctica que juzgan definitiva. Y otra vez tenemos aquí la vieja historia: "¿Cómo nos va a dar este hombre su carne a comer?" ¡La doctrina de tales personas ha de sujetarse siempre a las pretendidas consideraciones prácticas, a la evidencia de los sentidos y al raciocinio humano!


... por lo cual es causa de perplejidad para muchas almas sinceras.

Por tanto, desde este extremo, por toda la gama de dificultades, se insinúa intensamente esta burda objeción. En la vida espiritual de muchos católicos ejerce ella una influencia torturadora e irritante; y si molesta poco en otros casos, se debe a que María, corno diría el Padre Faber, significa tan poquita cosa para ellos. Su devoción a María es superficial, endeble y pobre. Una sombra indigna y lamentable, tan insubstancial que no es capaz de producir una perplejidad ocasional, mucho menos inspirar toda una vida.

Generalmente, los buenos católicos comprenden que alguna devoción se debe a María; creen satisfacer plenamente esta obligación siguiendo la corriente de las prácticas habituales. Rezan todas las oraciones que la ocasión les sugiere, emplean su misal o su devocionario en la misa. Quizá recen la "estación" al Santísimo provistos de su manual. Puede que hagan el vía crucis o alguna otra devoción; y si ni la hora ni el lugar prescriben determinadas oraciones, tal vez reciten el santo rosario. Mucha gente hay que reza el rosario también durante la misa.


Las ideas vagas obscurecen el papel vital de María, de manera que...

De este modo imperfecto sucede, sin duda, que María no deja de ser conocida. La cantidad exacta de oraciones que hoy le dirigen los que aun rezan es ciertamente considerable. Los fundamentos de la doctrina cristiana que todos han aprendido, los devocionarios marianos populares y la fuerza de la tradición, procuran que ésta se mantenga. Pero en el fondo queda casi siempre un sentimiento de insatisfacción acerca de ella -"la burda objeción" que ya mencionamos. Una carta de lectores en un periódico católico se desgañita contra la idea de rezar el rosario durante la misa; esta carta origina otras del mismo género. No cabe duda, la carta ha tocado una cuerda sensible en demasiados corazones; pues resulta ahora penosamente obvio que el problema real no es el misal ni el rosario, sino algo más profundo y serio. El fundamento mariano de todas estas personas era deficiente. Puede que sea mejor el misal, pero no como ellos lo usan. Luego, ¡cuán débil es la respuesta! Ataque o defensa -casi nadie cae en cuenta de la importancia capital del ministerio de María. Surgen dudas. "¿Cómo repartiré mis oraciones entre Dios y María? ¿Me entrego por ventura demasiado a Ella? ¿Le rezo en el debido tiempo y lugar? Y si quito algo a Dios rezándole a Ella en un determinado tiempo ¿no existe el peligro de que, rezando a María, quite algo a Dios en cualquier tiempo? ¿Cuándo y dónde precisamente se halla en su sitio o está fuera de lugar la plegaria a María?"


... Ella no puede moldear nuestros corazones según sus deseos.

Y entonces, cuando se lee el noble tratado de san Luis María de Montfort y se oye que todo debe entregarse a María para llegar más perfectamente a Dios, ¡oh! entonces la dificultad que se había adormecido por el ritmo de la costumbre se levanta y se estira hasta lograr su tamaño normal, y se exclama: "¿No vuelvo acaso la espalda a Dios, si dirijo todas mis oraciones a María?" Es imposible sustraerse por mas tiempo a esta conclusión. Pues ellos se encuentran dominados por la idea de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y María y los santos, son otras tantas estatuas, de manera que para volverse a una se necesita dar la espalda a las demás. En verdad, éste es un momento de gracia especial del que un gran servidor de María puede surgir después de que toda la posición ha sido completamente batida. Pero, por lo general, la armadura de nuestros conocimientos no es suficiente para hacernos triunfar en aquel conflicto. El dominio que tiene María sobre nuestros corazones tampoco es tan débil que su causa sufra una completa derrota. Por tanto, después de un período de confusión, perplejidad y turbación, en la medida de nuestra capacidad, nos volvemos al indeterminado estado de cosas en que nos encontrábamos antes de aquella crisis y que la costumbre había hecho cómodo. ¡El "Varón de María" no nació!


La Verdadera Devoción nos da una estampa adecuada...

Mientras tanto, en la "Verdadera Devoción", que tanto los asustó, estaba la clave de toda aquella situación. Podría desterrar aquellas burdas ideas que producen dificultades acerca de los caminos de oración y de gracia, introduciendo en sus mentes un cuadro distinto de convicciones superiores, basadas en las Escrituras y conformes a todas la enseñanzas de la Iglesia; es decir: la imagen de María, Madre indispensable para el alma cristiana. Somos concebidos en su seno para la gracia, es decir, hechos por el bautismo una sola cosa con Jesucristo, su Hijo bendito y divino. En Ella crecemos durante la vida, nos hacemos un solo cuerpo, un solo espíritu con Aquel que es nuestra única causa de gracia, hasta que con el nacimiento, que es nuestra muerte, María nos engendra para la vida eterna. El Espíritu Santo, al tomar posesión de María, obra en Ella ese crecimiento y la santificación. Y sobre todo reina el Autor de la gracia, Él mismo, el Padre eterno.


... de la maternidad de María y con ella la comprensión...

Esta concreta imagen sacada del desarrollo y crecimiento humano, y que, como dijimos, forma la base de la "Verdadera Devoción", ilustra efectivamente el desarrollo de la vida divina en nosotros. Esto nos ayuda a entender bien (cosa muy importante según los santos) el hecho de que cada Persona divina esta íntimamente relacionada con todas las gracias, y María subordinada a ellas. Nos indica la posición de María respecto de la Santísima Trinidad y nosotros, y nos capacita a imaginarnos cómo Ella, sin ser el origen de la gracia, puede ser una parte necesaria de cada uno de los movimientos sobrenaturales, de la oración que brota de nuestros labios como el don de vida que inunda nuestros corazones. Quizá no nos dirijamos directamente a nuestro Señor ni mencionemos su nombre, ni pensemos siquiera en Él durante nuestra oración, sin embargo toda oración descenderá de Él y derivará su eficacia de Él. De la misma manera y en su dimensión, María juega un papel vital en toda oración, no importa a quien la dirijamos, e independientemente de la mención de su nombre.


... de la economía de la grada y la oración.

Para el que comprenda estas ideas, no habrá noción o frase alguna en las obras de san Luis María de Montfort que una breve reflexión no vuelva transparentes como cristal. De la misma manera, descubrimos que vamos adquiriendo una notable facilidad de alto grado de libertad en las cosas espirituales. Caemos en cuenta de que el elemento principal de la oración no es su forma, sino las cualidades del alma que las refleja, y la solidez de su raigambre en la fe cristiana. Estimulados así, daremos rienda suelta a nuestra inclinación a la plegaria sin preocuparnos más de lo concerniente a su objeto inmediato, ni sujetarla a reglas de distribución y proporción matemáticas.


La Verdadera Devoción puede desmontar los prejuicios más violentos.

Además ¿no es cierto que esta imagen, y la devoción levantada sobre ella, da una solución aun a la perplejidad de los protestantes acerca de María? He aquí una devoción que deriva de la figura bíblica del Cuerpo Místico; que da a María todo lo que le pertenece y sin embargo no viola en manera alguna los derechos de Dios y de Cristo; por el contrario, destaca a su Divinidad con vivo relieve, y salvaguarda así aquellos derechos; brinda la idea verdadera acerca de la posición doctrinal de María y al mismo tiempo resuelve en forma sumaría los problemas del "cuánto" y "cuándo" de la práctica y de la devoción.

Por tanto, ¿no ofrece la "Verdadera Devoción" a los protestantes que tienen un instintivo amor a María (y seguramente habrá más que unos pocos) un método razonable y sencillo para concederle un lugar en sus vidas, análogo al que Ella ocupó en Nazaret, Belén y el Calvario, aquellos tiempos cumbres de la redención, en que la Mujer del Destino y su Descendencia cumplieron su profética misión de aplastar la cabeza de la serpiente?

Si, al principio, estos hijos alejados no pueden convencerse de que deben darle culto, oren al Señor en espíritu de unión con Ella. De una manera u otra, María estará presente en su vida espiritual. A su debido tiempo, hará valer totalmente sus derechos maternales.


La práctica de la "Verdadera Devoción" es un reconocimiento sistemático de...

Ya se dijo que los actos, las plegarias que con atención dirigimos a María deben ser regulares y frecuentes.

Hemos de incluir en nuestro programa diario un número determinado de actos y oraciones dirigidos a Ella. Voy a sugerir algunas estratagemas, cuyo propósito es recordar y poner de relieve el lugar que ocupa María en las devociones y prácticas que nos podíamos sentir inclinados a considerar como devociones no marianas. Una vez más tenemos que insistir en que no existe en el cristianismo práctica o devoción cristiana que no sea mariana. Si no, podríamos igualmente hablar de una devoción cristiana que no pertenece a Jesús. Pero, mientras la verdad de que nuestro Señor es la vida de toda oración no corre el menor peligro de obscurecerse, existe un verdadero peligro -y aun la probabilidad-de imaginarse que a María se dirige únicamente la oración en que aparece su nombre. Pero, digámoslo enfáticamente, María no posee ninguna porción particular y propia. Bajo Jesús, su Hijo y Señor, toda la vida cristiana es su reino y le pertenece.


... la parte que Dios asignó a María...

Las pequeñas estratagemas a que nos referimos, y que son típicas del método de san Luis María de Montfort, no son sino una afirmación de aquel principio divino. Quizá por ello son muy frecuentes. Señalan y honran la parte que tiene María en aquellas oraciones y momentos de nuestra vida en que no se menciona específicamente su nombre. No es atrevimiento, por tanto, el afirmar que una pequeña referencia a María, introducida en una oración más larga a Dios, puede realzar inmensamente su valor. Y esto, no porque Ella añade algo a cada oración que dirigimos a Dios.

Los medios que propondré en seguida sugerirán a su vez otros. Realmente, uno se siente inclinado a pedir perdón por su carácter infantil, pero quisiera recordar que, en la forma de oración que ahora consideramos, somos como niños; mas aun: como nenes. De la misma manera, muchos de los ejemplos que nos propone san Luis María de Montfort poseen un elemento de "lugar común" o de ingrediente humano que posiblemente no atraiga a todos. Pero, como se ha señalado prudentemente, la aptitud de los medios que se ponen por obra para elevar la humanidad no se debe estimar según la naturaleza de Dios, sino según la nuestra. No olvidemos que la misma encarnación se hizo para nosotros y nuestra salvación.


... en todas las operaciones de la vida espiritual.

a) Guarda en tu devocionario, en tu breviario o misal, una estampa de nuestra Señora de tu advocación preferida; hazla sobresalir de las páginas mientras lees. Coloca estampas de María como señal de lectura, de manera que, al volver la página, tendrás ocasión de hacer descansar la vista en aquella su representación ya que Ella es, en ese y todos los momentos de tu vida, el complemento esencial de tu oración y el canal en que fluyen sus frutos a tu alma. Este será un medio de recordar y testimoniar el amor leal a María.

b) San Luis María de Montfort sugiere la colocación de estatuas y cuadros en lugares donde llamen la atención y eleven los pensamientos a Dios por María.

c) Conclúyanse toda oración y devoción no dirigidas a María con una avemaría o jaculatoria mariana. Desea al mismo tiempo que esa oración ratifique formalmente la aceptación de Jesús que, en el momento de la anunciación, María declaró en tu lugar. Si, en aquella noche o aquel día, hubieras sido excluido de las palabras de su consentimiento, ahora te encontrarías fuera de la redención. Por eso tu vida debe avalar la capacidad representativa de María. En cada donación de la gracia el Señor requiere nuestro endoso explícito o implícito.

d) Aun cuando no reces a María, gózate teniendo las cuentas del rosario en la mano; servirá para recordarte que las manos de la Virgen están siempre enlazadas con las tuyas, y que, en efecto, tu oración siempre se hace en unión con la suya.

e) He aquí otro medio que podrá resultar de valor, especialmente para los que tienen la costumbre de rezar el Oficio Divino, del que tan pequeña parte se dirige expresamente a María. Cada vez que repites el "Gloria", forma simultáneamente la letra tú con el dedo en la página del libro o el reclinatorio, o en el aire, dondequiera que te encuentres con tal de que no llames la atención, en reconocimiento de la triple relación de María con las divinas Personas, para significar que, así como recibimos todas las gracias y bendiciones de la Santísima Trinidad por María, así también por medio de María les damos siempre gracias y las glorificamos.


La creencia de que la Verdadera Devoción es algo ultraexquisito...

Existe una opinión muy corriente según la cual la "Verdadera Devoción" es una devoción de selección, algo para personas de especial calidad o que poseen una gracia extraordinaria: "para gente original y mística", como muchos torpemente la llamarían. Esta opinión universal señala una situación doblemente grave. Primero, ejemplifica una apreciación popular defectuosa de María; pero ya hemos hablado bastante de este asunto. En segundo lugar, significa que la oportunidad de mejorar se ha perjudicado sin remedio. Algunos se abstendrán incluso de abrir el libro, mientras los que lo abran lo leerán con lentes de determinado color y del todo desenfocados. Reflexiona de qué manera la naturaleza humana podrá obrar bajo esta influencia y caerás en cuenta de cuál es la actitud frente a tantas cosas difíciles con que tropieza y cuán lejos queda de su aceptación el programa de la Devoción.


... se disipará con la difusión de la Legión de María...

Por tanto, es de inmenso interés a este respecto la fundación y el desarrollo de la organización conocida bajo el nombre de Legión de María, que, actualmente, se halla extendida por todo el mundo y que afirma levantarse sobre la plenitud de la devoción a María, la cual se aproxima o equivale a la forma especial enseñada por san Luis María de Montfort. La Legión, en su desarrollo, necesariamente disipará las falsas nociones acerca de la "Verdadera Devoción". En efecto, incumbe a la Legión invertir por completo las tendencias y actitudes, y convencer, finalmente, al mundo de que la "Verdadera Devoción" es una devoción popular, algo corriente en la vida diaria de los católicos. Y, ¿por que habríamos de esperarlo? Porque la Legión no está compuesta de almas especiales, da tipos extraños, sino de católicos corrientes, que viven en el mundo su vida de cada día. Sus grupos se componen de gente culta e inculta, de trabajadores y jubilados y de gente sin trabajo, de personas de todas las capas, colores, razas y clases, incluyendo a no pocos de los que el mundo diría que son personas primitivas y subdesarrolladas. En una palabra, ellos representan al catolicismo universal, de manera que lo que ellos pueden hacer, lo podrán llevar a cabo todos, con tal de que tengan buena voluntad.


... que aspira al espíritu de san Luis María de Montfort...

Si María es de importancia vital para una espiritualidad corriente, ¿cuánto mas no lo será para los que ansían llevar una vida no corriente o que tienden a una vida apostólica? Jesús no ha sido dado al mundo -ni la primera vez ni ahora- sino por María. La Legión se da perfecta cuenta de este hecho. Su nombre -Legión de María- no le fue puesto en vano. La Legión esta montada totalmente, de punta a cabo, sobre este poderosísimo principio de la unión con María. La Legión de María, reconociendo este principio, consciente, filial y perfectamente en pensamientos, palabras y obras, anhela atraer sobre sí la fructuosa y necesaria acción de María, acción que luego derramará sobre las almas por medio de un apostolado intenso.

... y quiere reproducirlo en el trabajo legionario...

De este modo los legionarios completan su título con formas de oración, ritos y emblemas que expresan y les hacen recordar el principio más importante de la Legión: el de llevar a cabo todas sus acciones en espíritu de unión con María, y esto de tal manera que el alma de María, como dice san Luis María de Montfort citando a san Ambrosio, viva en cada uno de ellos para "glorificar al Señor"; y tanto ha de vivir en ellos que puedan decir a Dios con toda confianza: "He aquí a María, tu esclava; hágase en mí según tu palabra". Desde la primera reunión a que asiste el legionario y la primera tarea que se le asigna, aprende que debe estar convencido de que cualquier trabajo de valor se cumple sólo en la medida que su servicio al prójimo refleja y encarna este principio. Pues lo que les gusta llamar su trabajo realmente es -recordadlo bien- el trabajo esencial y propio de María. Ella se había comprometido a esta labor antes de que el legionario hubiera nacido. En efecto, María ha estado firmemente ocupada en el trabajo desde la hora de la anunciación hasta aquel momento; porque Cristo y su Cuerpo Místico es uno. De aquí que los legionarios no lleven a María a sus sesiones y su trabajo para que les ayude en sus servicios a los demás miembros del Cuerpo Místico, antes por el contrario es María quien los llama para que le ayuden a Ella. Nadie puede tomar parte en este trabajo sino con su benévola permisión.


... y en las vidas de todos sus miembros.

Si tal es el espíritu de todo el trabajo legionario, pronto se verá que es muy de desear que cada legionario, no sólo los miembros activos sino también cada uno de los que componen el conjunto de socios auxiliares, posea, en la medida de lo posible, una copia de la monumental exposición montfortiana de la "Verdadera Devoción". Han de leerla una y otra vez, tratar de comprenderla bien y ponerla resueltamente en práctica en su vida espiritual. Solamente entonces penetrarán en el espíritu de la Legión de María, cuyo verdadero patrono y protector, según declaración de la Legión, es san Luis María de Montfort.


En resumen, la Verdadera Devoción depende...

Llego al término de mi exposición. Sólo restan unas palabras de resumen.

Con todo cuidado me he refrenado de hacer un comentario al libro o de parafrasearlo. Creía que algo distinto hacía falta. En el desarrollo de estas páginas, me he dirigido al lector corriente de san Luis María de Montfort como a un hombre que necesita un telescopio; y, al decir "lector corriente", me temo que piense en todo lector. Fervorosamente deseé construir este instrumento sencillo, en que unos pocos lentes están dispuestos de tal manera que dejen ver una nueva relación, un secreto natural que sirva de complemento al "secreto de gracia" de san Luis María de Montfort.


... del dominio de su principio básico.

Se advertirá que no he destacado sino una sola idea del libro; traté de demostrar que esta idea es su pensamiento central y, en realidad, la clave de todo el libro. He procurado exponer este pensamiento que forma parte de la doctrina del Cuerpo Místico y se ha cristalizado en el resumen del texto de san Agustín que cité arriba. Finalmente, he intentado demostrar que, si ponemos todas las demás ideas del libro en relación con este pensamiento central, revestirán una sencillez de forma que no tenían antes; o, más bien, todo quedará como antes, pero nosotros lo veremos bajo un ángulo distinto.


La Verdadera Devoción nos abrirá el nuevo mundo de María.

Aunque, con pluma roma, he llevado a cabo este trabajo de amor, sin embargo no puedo menos de sentir que el efecto de este simple "telescopio" es sorprendente; si "el lector corriente enfoca con él la Verdadera Devoción, se abrirá ante sus ojos todo un mundo nuevo. Algunas ideas que parecían fantásticas se vuelven doctrina necesaria. Lo que se creía explosión de intenso fervor resulta fría teología. Lo que se creía devoción para almas selectas se convierte en práctica de un catolicismo corriente, sí, pero auténtico; lo que era casi incomprensible resulta tan fácil de comprender y tan lógico, que actualmente lo estoy recomendando como medio eficaz de deshacer los prejuicios aun de aquellos que están llenísimos de recelos contra María.


Las definiciones que los lectores creen hallar en la Verdadera Devoción...

Mi "telescopio" no está montado sobre el libro. Apenas he mencionado el libro al estudiar algunas típicas objeciones; casi no he empleado citas de él; pude haber omitido del todo el nombre de san Luis María de Montfort. De este modo traté de poner el énfasis en el hecho de que esta introducción, aunque orientada a traer la atención sobre el libro, es tan independiente de él, como lo es el telescopio de la estrella. El estudio totalmente independiente de la misma materia, al llegar a la misma conclusión, añade, con la ayuda que presta al libro, algún nuevo valor al tema.

Todas las objeciones contra la Verdadera Devoción que mencioné en estas páginas oprimieron mí espíritu. Hablo también con conocimiento de la opinión de un gran número de personas que han leído el libro. No voy a repetir lo que ya dije. Afirmo simplemente que hace falta algún "mecanismo de reajuste". Creo que mi manera de pensar refleja, en términos generales, la verdad; pero, de no surtir efecto, otro debe realizar un nuevo intento. Me habría sentido feliz, si, hace tiempo, cuando leí por primera vez "La Verdadera Devoción", hubiera encontrado algo parecido. Aún conservo vivos recuerdos de mi primera lectura. Dejé el libro de lado y no lo hubiera vuelto a abrir de no ser por la amable tiranía de un amigo. Me obligó a leerlo repetidas veces y accedí de muy mala gana. Luego me di cuenta gradualmente de que el libro era una obra inspirada; me convencí de que yo estaba equivocado y el libro en lo cierto; de que lo que decía el libro era verdad y de que tenía el carácter de un mensaje especial; de que en realidad eran deficiencias mías, grandes vacíos en mis conocimientos y prejuicios y recelos de mi parte lo que me parecían exageraciones del autor. Comprobé que debía tratar de llenar las lagunas y hasta cierto punto lo he conseguido. Desde entonces el libro ha sido siempre para mí una fuente de luz, de manera que yo me sumo a aquellos que bendicen el día en que cayó en sus manos.


... en verdad son deficiencias de ellos mismos.

Se me ha de perdonar por la confesión personal que acabo de hacer; hubiera preferido no hacerla. Pero deseo de todo corazón afirmar mi parentesco experimental con el incontable número de lectores que por primera vez leen la "Verdadera Devoción" y la consideran exagerada, sintiéndose, por desgracia, inclinados a dejar a un lado el libro. Este parentesco me autoriza a decirles que la falta está en ellos. Ellos consideran en realidad a María solamente como amiga muy influyente, mientras, por el contrario, es la misma Madre de su alma; no como la Madre del niño que ha nacido, ni siquiera de la criatura aun no nacida, sino en forma mucho más intensa, mucho más vital; la Madre de nuestra total dependencia, la Madre de la gracia, como bellamente demuestra san Luis María de Montfort.


Su lectura puede ser decisiva.

Conforme a su fe recibirán. Aquí, en este punto, comience todo lector con espíritu abierto dispuesto a recibir, y conviértase este tratado regio en "el honrado comienzo de un tiempo más noble".