Yo conocí a Edel Quinn

Por una cartuja irlandesa

Nihil obstat: Cornelius Sayers, C.C. Censor Theol. Deput.

Imprimi potest: + Ioannes Carolus, Archiep. Dublinen Hiberniae Primas

Dublin, dies 3º Junii anno. 1969.

(Una publicación de la Catholic Truth Society of Ireland)

(Traducción al castellano por Greti Sorkau, 24/04/91)

 

PRESENTACIÓN A LA EDICIÓN ESPAÑOLA 

Sobre Edel Quinn se ha escrito mucho, y se ha de escribir mucho más. Su vida prodigiosa de "heroína del apostolado", sembrando incansablemente la semilla del mensaje evangélico durante ocho años en inmensas regiones de África, con su cuerpo condenado a muerte y agotado por la enfermedad,  y sin embargo alegre y animosa... Esta joven irlandesa de nuestro siglo, ya en  firme paso hacia los altares, ha de ser fuente inagotable de inspiración.

Pero unas páginas como las de este folleto no se van a volver a escribir jamás. He aquí a esta "santa" descrita con los pinceles humanos del conocimiento directo, amigo, intimo. He aquí a la Edel juvenil, la de antes de la increíble hazaña africana. He aquí a una Edel imitable para todos, encantadoramente imitable. Su amor radical y tierno a sus padres, a sus hermanos. Su eficacia corno secretaria en la oficina de una empresa. Su fidelidad expansiva en la amistad. Detalles preciosos de su temperamento, de sus modos de pensar y de obrar, de su vida ordinaria: su gusto por vestir bien, a la moda: su afición al baile, a la música, al deporte; la que se entretenía jugando con un gato... Sobre todo, la siempre alegre, la juvenilmente alegre, la afectuosa e irónicamente alegre...

Y todo ese atractivo, al servicio de una profunda vida interior y de una generosa entrega apostólica en la Legión de María.

Sí, he aquí a esta joven Edel imitable para todos: imitable porque, con su simpatía, arrastra a ser como ella; imitable, porque es una joven normal que puede ser "copiada" por cualquiera; imitable, porque debe ser imitada por todo aquel que quiera darle de verdad alegría y sentido a su vida.

Nos la presenta así, como era, una que la trató aquellos años como amiga, y que ya no ha podido olvidarla jamás. Es lo que deseo a cuantos la conozcan en estas sugestivas, vitales, impulsadoras páginas.

La versión castellana, hecha por un nombre y apellido tan poco españoles como Greti Sorkau, está excepcionalmente bien hecha.

Daniel Elcid, ofm.

 

 ¿QUIEN FUE EDEL QUINN? 

Aquí vemos a Edel Quinn a través de los ojos de una amiga, una monja contemplativa, quien la conoció siendo compañera suya en la Legión de María.

Edel nació en Kanturk, Condado de Cork, el 14 de Septiembre de 1907. Una grave enfermedad le impidió el ingreso en un Convento de contemplativas; pero a los 20 años había entrado en la Legión de María, en Dublín y se entregó completamente apostolado legionario. En 1932, gravemente enferma, pasó una larga temporada en el hospital, pero decidió volver a emprender el trabajo legionario. 

En 1936, file nombrada Enviada de la Legión de Maria para establecer la organización en África Central y Oriental. Trabajando sola, luchando contra grandes obstáculos, y con su mala salud, que la dejaba exhausta, estableció la Legión sobre una base duradera, incluso hasta un lugar tan lejano como la Isla de San Mauricio, en el Océano Indico. Movilizó a millares de africanos en el servicio de la Iglesia, y estableció firmemente centenares de ramas legionarias y múltiples Consejos.

"¡Qué confianza ilimitada deberíamos tener en el amor de Dios!", anotó ella. "Nunca podremos amar demasiado; entreguémonos al máximo y no calculemos el coste".

Después de ocho años de heroico trabajo, Edel falleció en Nairobi el 12 de Mayo de 1944.

El Proceso Diocesano, primer paso hacia su beatificación fue iniciado por el Arzobispo de Nairobi.

 

Primeras impresiones

Yo fui una de las que tuvieron el privilegio de contar con la amistad de Edel Quinn. No afirmo haber sido su amiga más íntima; pero, para mí ella fue mi amiga más íntima, y considero esto una de las mayores gracias de mi vida.

Es a la Legión de María a la que debo la dicha de haber conocido a Edel. Nos encontramos en el praesidium de Nuestra Señora de las Victorias, al que fui presentada por Mona Tierney, la misma amiga que había traído a Edel a la Legión.

Aproximadamente en el año 1930-31 entré en la Legión. Yo estaba sentada al lado de Edel en las reuniones de praesidium, pero nunca nos asignaron como compañeras de trabajo. Desde el primer momento estuve convencida de que había entrado en contacto con un alma escogida.

Lo primero que me llamó la atención fue el brillo nada común de sus ojos y el encanto maravilloso de sus sonrisa. Ella iba siempre bien vestida, con exquisito gusto y de acuerdo con la moda. Podía contarse entre las modernas de su tiempo, pero no era ultra-moderna; evitaba por ejemplo, el uso de pintalabios. Sus vestidos estaban de acuerdo con las normas de modestia, pero sin ñoñería.

Edel tenía una personalidad muy atractiva. Su actitud y manera general te daba la impresión de una gran cordialidad. Su saludo, en ocasión de un encuentro casual, siempre era desbordante de afecto. Un apretón de manos dado de todo corazón y un saludo cordialidad: ¿Cómo estás?, o "¡Qué agradable sorpresa!"

Uno sentía a su lado una conciencia de estar viviendo en la Divina presencia. Ella no hablaba de ello; sin embargo, su personalidad irradiaba una atmósfera de recogimiento. Edel era una personificación de la alegría, del buen humor. Era éste uno de los aspectos más extraordinarios de toda su conducta: con total naturalidad, y aparentemente con perfecta facilidad, Edel combinaba una profunda vida interior con todos los factores del éxito social: juventud, encanto, elegancia, gran sentido del humor, inteligencia brillante, talento para la música y habilidad para los deportes, tales como tenis, baile y golf; todo lo cual a ella le gustaba, pero lo dejó para entregarse mas de lleno al apostolado de la Legión. 

 

Sus planes cambian

Un domingo por la mañana, en enero de 1932, nos encontramos Edel y yo en el parque Stephen's Green, de Dublín. Ella se dirigía hacia "Santa María", el Hostal de la Legión para las chicas de la calle.

En respuesta a su jovial saludo, le reproché no haberme comunicado la noticia, que acababa de oír por otro lado, de que iba a entrar en un convento. Se disculpó, diciéndome que quería estar segura de su entrada antes de dejar que circulara la noticia. Me comunicó entonces que iba a entrar en las Pobres Clarisas de la Observancia Coletina, en Belfast, y que su entrada había quedado fijada para el mes de abril.

¡Que sorpresa, pues, cuando oí un par de semanas más tarde que Edel se había puesto enferma y había ingresado en un sanatorio!

Hasta entonces mis relaciones con ella eran simplemente amistosas, de un forma ordinaria, general. Fue durante su estancia en el sanatorio cuando llegamos a ser íntimas amigas. Inmediatamente después de que ella fuera allí, oí muchos comentarios que despertaron en mí un interés más profundo. Aquellas amigas que la conocían mejor que yo, hablaban de una manera que me sorprendió: "No es de extrañar que se enfermara con la vida que llevaba, ayunando a menudo, saltándose las comidas, absteniéndose de leche, mantequilla y carne... "

Esas observaciones me decidieron a intentar penetrar más profundamente en el comportamiento de Edel. Estaba convencida de su superioridad espiritual, aunque era un año más joven que yo. (Cuando nos conocimos teníamos aproximadamente 23 y 24 años respectivamente). Por aquel entonces yo estaba pensando hacerme monja, aunque diversos obstáculos me lo impidieron entonces. Le escribí a Edel diciéndoselo y pidiéndole me ayudara en mi vida espiritual, dándome consejos sobre cómo adelantar.

Edel rehusó actuar en esa calidad; simplemente me sugirió algunos libros que debería leer. La visité en el sanatorio, primero con Mona Tierney; pero luego le escribí pidiéndole que fijara un día en el cual pudiera verla sin otros visitantes. Así lo hizo, y aquella visita fue el inicio de nuestra verdadera amistad.

 

Haciendo bromas sobre su enfermedad

Descubrimos que teníamos el mismo confesor, pero ni a ella ni a mí nos iba bien. Era un sacerdote muy celoso, pero recargado de trabajo, y no podíamos recibir de él la dirección espiritual que necesitábamos. Estoy segura de que el fallo estaba de nuestra parte. Ambas éramos más bien tímidas, y no lográbamos darle a conocer nuestras necesidades y dificultades. Sea como sea, empezamos a rezar por un nuevo director, y no pasó mucho tiempo sin que lo encontráramos.

Fui varias veces a ver a Edel en el sanatorio. Su conversación revelaba un profundo espíritu sobrenatural. Ella vivía evidentemente en un estado de constante abandono a la voluntad divina, haciendo de su cumplimiento sus delicias. Ella hacía bromas sobre su enfermedad, aunque significaba la "desintegración" de su vida y de todos sus planes para el futuro.

En el sanatorio todas las ventanas y puertas permanecían abiertas, aun cuando soplaba un viento helado. La cara y las manos de Edel estaban azules de frío, pero se mostraba siempre radiante y llena de alegría, como si estuviera pasando unas encantadoras vacaciones. En la medida de lo posible evitaba cualquier alusión al estado de su salud, y nunca se quejó de su salud, ni de nadie, ni de nada.

De hecho no recuerdo haberla oído nunca, durante todo el tiempo que la conocí, emplear una expresión tal como: "sufro" o "he estado enferma". Me dijo una vez que ella había nacido el día de la Exaltación de la Santa Cruz, y añadió, riendo: "Es el día de mi fiesta". Comprobé claramente que la Cruz era su "lote" en esta vida, de muchas maneras. La llevaba con valentía, aunque estaba muy lejos de ser insensible. Pude ver que muchas cosas le hacían sufrir, aunque no lo nombrara. A veces algo profundo en sus ojos delataba un dolor oculto, a pesar de su brillo.

Cada vez que fui a ver a Edel en el sanatorio, la encontré con los mismo ánimos, rebosando buen humor e irradiando alegría a su alrededor. Normalmente era el centro de un grupo de pacientes, y tocaba a veces el piano para entretenerles.

 

La enferma en casa

Edel tuvo cuidado en mantener las normas de la institución mientras estuvo allí. Recuerdo que, cuando salía conmigo a dar un paseo por los jardines, tenía mucho cuidado en no permanecer fuera más del tiempo que le habían concedido para el paseo. Pero cuando vio que no servía de nada permanecer en el sanatorio, ya que su salud no mejoraba, pidió a una amiga que la llevara a casa. No veía qué sentido tenía pedir a su familia, que no estaba en muy buena situación económica, que continuara pagando por ella en tales circunstancias.

Durante algún tiempo, después de su regreso a casa, Edel continuó llevando una vida de enferma, pero no por mucho tiempo. Viendo cuán inútiles resultaban todos los tratamientos, y convencida de que no iban a curarle, se decidió a abandonarlos y dedicar lo que le quedaba de vida en la tierra a alguna actividad provechosa. Muy pronto encontró un empleo de secretaria en las oficinas de Ingeniería de Callow, y volvió a ser miembro activo en un praesidium de la Legión de María.

Su familia y amigo\ intentaron frenar su celo; pero Edel rechazaba con una sonrisa todos los consejos de prudencia. Tenía la virtud de vencer, con una lógica sencilla y fuerte, que desarmaba todas las interferencias bien intencionadas. Cuando yo le reproché que llevara una vida normal en sus condiciones físicas, diciéndole que me parecía realmente mal, me contestó que ella había razonado consigo misma. Después de haber dado a los doctores una buena oportunidad para que intentaran curarla, y viendo que ellos no podían hacer nada para mejorar su situación, había llegado a la conclusión de que era libre de abandonarles y organizar su vida como ella creía era mejor. Es posible que las necesidades de su familia pesaran también en su decisión.

 

Frugal en todo

Me dijo que se tomaba un día de descanso cuando tenía una hemorragia de los pulmones; pero, fuera de esto, no hacía nada especial por su salud. Su vida durante ese período fue mas bien austera para una enferma. No permitía que la enfermedad fuera un obstáculo en la busca de una más íntima unión con Dios. Aprovechaba la relativa libertad del control paterno que le aseguraba su trabajo, para practicar cualquier mortificación que le permitían las circunstancias.

Cuando compartía la comida familiar, comía lo que le ponían delante, aunque resultaba un poco difícil hacerle comer carne. Nunca la pedía en un restaurante u hotel, cuando comía fuera de casa. Me dijo que encontraba la carne realmente repugnante. Cuando le dije, antes de mi entrada en el Convento, que nuestra regla prohibía absolutamente la carne, exclamó: "¡Qué suerte!"

El director espiritual de Edel intervino para moderar su austeridad. Ella entonces comía carne, porque él le dijo que lo hiciera. Era muy frugal en todo. Muchas veces tomamos juntas el té en un restaurante, pero ella nunca pidió algo más que el té y bollos, y desde luego, en su compañía, yo tampoco lo pedía.

Una vez, el Sábado Santo, ella estaba pasando la tarde en mi casa, y le ofrecí unos dulces. Tomó algunos, pero me preguntó por qué se los ofrecía. (Comer dulces en Cuaresma era considerado permitirse un exceso..). Yo le respondí que, puesto que la Cuaresma terminaba a medianoche el Sábado Santo, yo creía que, conforme al espíritu de la Iglesia, debíamos cesar al mismo tiempo las privaciones de la Cuaresma. Edel se rió de mi salida, pero parece que no encontró válido mi razonamiento.

 

Espiritualidad

Desde el principio de mi amistad con Edel, yo tenía la costumbre de abrirle mi alma y discutir con ella todos los pequeños problemas de mi vida interior. Yo lo hacía porque encontraba su conversación muy provechosa en estos asuntos. Era evidente que ella los entendía, y hablaba con facilidad sobre los diversos temas espirituales que debatíamos. Siempre demostró un profundo interés, y normalmente, casi en cuanto nos encontrábamos, me preguntaba por "las últimas noticias", refiriéndose a si tenía nuevas ideas sobre lo que habíamos discutido juntas.

En estas conversaciones, ella expresaba libremente sus opiniones, y me daba a conocer sus preferencias en el tema doctrinal; pero nunca me dijo nada sobre su propia vida espiritual. Hice algún esfuerzo ocasional para conocer algo de vida de oración y de unión con Dios, pero sólo me dio una respuesta vaga, como diciendo que no había nada que decir. Desde luego se refería a que no había nada que ella quisiera decir.

Se encontraba claramente tan "en casa" discutiendo los profundos misterios de la Fe, que yo tenía la seguridad de que ella tenía algún conocimiento experimental de ellos. Así, aunque no puedo recordar sus palabras exactas en aquellas discusiones, sí que recuerdo sus temas principales.

Ella hablaba con mucha frecuencia sobre la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma quizás habiendo sido conducida a ella por las enseñanzas y predicación del carmelita que había sido antes su confesor. El nos había encomendado algún librito que ambas leíamos y volvíamos a leer con gran provecho: "Uno con Jesús", de De Jaegher, y "De la Sgda. Comunión a la Stma. Trinidad", de Bernadot; pero también las obras del P. Plus: "Dios dentro de nosotros, en Cristo Jesús", y "Cristo en Sus Hermanos".

 

Autores favoritos

Luego encontramos otros libros de igual interés: las obras de Don Marmion y de San Juan de la Cruz, y "La Verdadera Devoción" y "El Secreto de María", de S. Lis María Grignón de Montfort. Estos, desde luego, eran el "pan nuestro de cada día" de los legionarios. La Vida y otros escritos de Sta. Teresita eran también nuestros favoritos. De hecho, el libro titulado "El espíritu de Sta. Teresa" llegó a ser una de las obras más queridas de Edel. Lo tenía en francés y evidentemente se aplicó a vivir constantemente de acuerdo con sus enseñanzas.  

Otros de sus autores favoritos fueron Juliana de Norwich, Elisabeth Leseur, Sor Elizabeth de la Trinidad y Consummata. Ella leía también obras de Vonier y un "Tratado de Vida Espiritual", de Tanquerey, y otros muchos, de los que no puedo dar una lista completa; y, desde luego, el Nuevo Testamento y la imitación de Cristo, que eran los más leídos. Intenté hacerle leer "El Castillo Interior" de Sta. Teresa, pero rehusó ir más allá de los primeros cuatro capítulos, diciendo que consideraba una pérdida de tiempo leer sobre gracias extraordinarias, de las que ella no tenía experiencia personal.

Edel estaba profundamente interesada en la forma de concebir la Divina Presencia. Ella se daba cuenta de cuán lejos de la realidad estaban todas las imágenes y términos figurativos para expresar analogías entre Dios y las criaturas; por ejemplo, el ofrecer un triángulo como símbolo de la Stma. Trinidad. En forma similar, todas las figuras utilizadas con ilustraciones de las realidades puramente espirituales parecían distraerla más que ayudarla.

Las dos citas del Nuevo Testamento que acudían a nuestras mentes eran las siguientes: "Dios es Amor" (1 Jn. 4,16) y "En El vivimos, nos movemos y existimos" (Hch. 17,28) Cuando encontrábamos algún escrito u oíamos algún sermón que nos servían para hacernos más comprensibles las verdades sobre Dios, o que expresaban aquellas verdades en términos que correspondían a nuestra propias ideas sobre temas espirituales, estábamos encantadas; y si sólo una de nosotras hacía el descubrimiento, lo compartía rápidamente con la otra. Recuerdo cómo se iluminaba el rostro de Edel, y su exclamación de placer, cuando yo le hacía cualquier comunicación de este tipo.

 

Fuente de su alegría

Esta idea del Padre como Dios conociéndose a sí mismo, del Hijo como Dios conocido por El, y del Espíritu Santo como el Amor Infinito que es Dios, en el que el Padre y el Hijo son Uno en maravillosa unidad, era una fuente de constante alegría. Hay un refrán que dice: "todo el mundo ama al que ama". ¿Qué hombre en los tiempos modernos ha sido más amado que el Papa Juan? El se conquistó todo el mundo, simplemente por el poder de su amor. ¿Por qué entonces la gente no ama a Dios? Simplemente porque no se dan cuenta de que Dios es Amor Si la gente solamente conociera mejor lo que Dios es y lo que no es, no podrían dejar de amarle.

Edel y yo acostumbrábamos a hablar mucho sobre esto. Ella veía bien claro que todo el amor que hay en el mundo, toda la bondad y amabilidad de la gente, los sentimientos más nobles del corazón humano, desde la entrega total sublime y heroica de las madres que se olvidan de sí mismas, a la igualmente entrega heroica y sacrificada de los misioneros, en una palabra, todo lo que puede conocerse en el mundo de amor generoso, existe meramente porque Dios lo ha puesto allí. Lo ha puesto allí como una débil parpadeante llama que refleja el fuego insondable del amor que El mismo es. En su infinito abismo de Amor, nosotros y todas las criaturas vivimos, nos movemos y tenemos nuestra existencia. Esta era la fuente de la inagotable alegría de Edel.

Para Edel todo el mundo parecía estar vibrando con la presencia de Dios. ¡Cuán ciertas son esas palabras dichas cada día en la Misa: "El Cielo y la Tierra están llenos de Tu gloria"!. El comprobar esta maravillosa realidad daba a Edel la fortaleza casi sobrehumana de alma que todos admiraron en ella, la sonrisa radiante que iluminaba su rostro, y el calor de amor que ella volcaba en cada una de las personas a quienes conocía. La semilla de la Palabra que la alimentaba había caído en buena tierra, y por eso producía el ciento por uno, del que habla la parábola evangélica. Dios era su amigo más íntimo la Vida de su alma, la Alegría de su corazón, la Luz de su mente.

 

"Instrucciones espirituales"

Como un ejemplo de la materia de nuestras conversaciones, doy aquí dos citas que a ella le gustaban mucho, porque expresan algo de lo que ella sentía que era verdad sobre la unión con Dios, en un lenguaje despojado de metáforas. La primera es de S. Gregorio. No puedo decir nada más sobre ello. Lo copié en una libreta en aquel entonces; posiblemente la habría encontrado en algún libro o revista, citada por alguien. Parecía más bien como una introducción a la cita de Blosius, que le seguirá.

S. Gregorio dice: "La mente debe liberarse de todas las percepciones del sentido y de todas las imágenes de cosas corporales y espirituales, de forma que pueda hallar y considerar-se a sí misma como es en sí misma -es decir, en esencia-, y luego, por medio de la comprobación de sí mismo, así vaciada de todo, se eleva a la contemplación de Dios".

Este acto nos parecía el primer paso hacia una percepción de la divina presencia, y una comprensión de seres puramente espirituales, y de su forma de estar presente. El alma humana es realmente la mejor "imagen" de Dios que existe en la tierra, y, por la percepción de su propia naturaleza espiritual, puede elevarse a la contemplación de la divina Esencia, comprendiendo desde luego que hay una distancia infinita entre ambas.

La segunda cita es de la obra de Blosius titulada "Instrucciones Espirituales". Fue asimismo copiada de un artículo en una revista, y constituyó tema de conversación entre nosotras.

Blosius escribe: "Pocos conocen la suprema inclinación, el ápice del espíritu y la oculta profundidad del alma. En verdad, no puedes persuadir a la mayoría de la gente de que esta profundidad existe en nosotros. Porque es más íntimo y más elevado que las tres potencias del alma, pues es la fuente de estas potencias. Es completamente simple, esencial y uniforme. Pues en ella no hay multiplicidad sino unidad, y esas tres potencias son una. Aquí está el más elevado reposo, el más elevado silencio, ya que ninguna imagen puede llegar aquí".

"Por esta profundidad (en la que está oculta la divina Imagen) somos semejantes a Dios. La misma profundidad... es llamada el cielo del espíritu, pues en ella está el Reino de Dios... Pero el Reino de Dios es Dios mismo con todas sus riquezas. Por eso esta profundidad desnuda y sin imagen... trasciende lugar y tiempo, permaneciendo en una perpetua adhesión a Dios como su Inicio... Es la sima del alma y su esencia más íntima. Esta profundidad, que la Luz increada ilumina continuamente, cuando está abierta al hombre y empieza a lucir para él, le afecta y atrae maravillosamente".

 

El eterno sacrificio

Edel comprendía también de una forma muy espiritual el misterio de la Sta. Eucaristía y del Sacrificio de la Misa. Nuestro Señor como la Palabra encarnada, era para ella el centro de toda realidad en la tierra. Ella entendía que en la Sagrada Humanidad, Dios se estaba manifestando de una forma visible, tangible para nosotros; pobres criaturas. Como dijo Jesús: "Quien me ve a mí, ve al Padre": En su Sagrada Humanidad, el Hijo enseñó en un lenguaje humano todas las verdades necesarias, y nos mostró, por medio de su ejemplo, cómo ser perfectos como nuestro Padre Celestial es perfecto.

Entonces, por medio de su supremo sacrificio en la Cruz, ganó para nosotros el derecho a llegar a ser partícipes de su propia condición de Hijo. Los hechos históricos de Su vida pertenecieron hasta cierto punto al tiempo en que ocurrieron, pero los actos realizados por Jesús pertenecían a la segunda Divina Persona y, como tales, estaban fuera del tiempo. Jesús, al instituir la Sagrada Eucaristía, hizo de esta verdad una realidad vital para nosotros. Por medio del Sacrificio sacramental de la Misa, el espacio y cl tiempo ya no son obstáculos.

La gran y tremenda realidad de la Muerte en la Cruz del Hijo de Dios se hace presente hasta el fin de los tiempos. Cuando asistimos a Misa, la Sustancia espiritual íntima del Único gran sacrificio de la Nueva Ley está entonces presente a nuestra disposición, para ser ofrecida por nosotros en nuestro propio nombre y en el de toda la Iglesia. "Cuantas veces comáis de este Pan y bebáis de este Cáliz, anunciaréis la muerte del Señor". (1 Cor 11, 26). Edel tenía viva y profunda conciencia de esta verdad. Una vez me envió una estampita en la que Nuestro Señor, en la Cruz, es presentado en una nube por encima de la Sagrada Hostia mantenida en alto durante la Elevación de la Misa; y escribió: "Esta es mi imagen favorita de la Misa. Podría asistir todo el día a Misa" De hecho ella se esforzaba en asistir a cuantas Misas podía.

A Edel le gustaba mucho el libro de Dom Vonier "Una llave a la Doctrina de la Eucaristía", porque explica admirablemente la relación entre el sacramento y los acontecimiento, de la vida de Nuestro Señor, cuyas gracias especiales son aplicadas a nuestras almas. El ideal de S. Pablo: Vivo yo, mas no yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20), le atraía fuertemente. Por esto le gustaba tanto el librito "Uno con Jesús" de De Jaegher. Ella tendía constantemente a realizar es ideal, en la medida en la que le es permitido a la naturaleza humana.

 

Devoción a María

Su parte en el programa consistía principalmente en el "no yo". Intentaba morir a sí misma, para dejar que fuera Crispo quien viviera en ella tanto como El quisiera hacerlo. Por lo que yo pude ver, ella cumplió bien su parte. Parecía realmente muerta a sí misma, se olvidaba totalmente de sí misma y de sus propios intereses por los de los demás.

Una necesaria consecuencia de esta forma de espiritualidad fue una tierna devoción filial a la Madre de Cristo. María fue verdaderamente su Madre, a la que se volvía en cualquier dificultad, a la que se consagraba como una esclava de amor de acuerdo con la enseñanza de S. Luis María Grignón de Montfort. Era una de esas almas que pueden ser descritas como marianas. La influencia de María en su alma se manifestaba mediante un exquisito encanto y dulzura, que sólo poseen las almas marianas. Le gustaba mucho la poesía de Sta. Teresita: "Por qué amo yo a María".

Edel entró en la Legión de María para servir mejor a María, y por ella llevar las almas a Cristo. Ella creyó firmemente en la poderosísima intercesión de María -el poder invencible de una Madre que es amada como tal con el amor infinito del mismo Hijo de Dios. María era su modelo, cuyas virtudes y rasgos de carácter procuraba reproducir al máximo en su vida.

Ella creía totalmente que, como dice S. Luis María, no podemos elegir un camino mejor para ir a Dios que el camino que El, escogió para venir a nosotros: a través de María. Desde luego, esto no significa que no se acercara a Dios directamente en la oración. En los pasajes precedentes he intentado demostrar esto claramente. Ella vivía en la presencia de Dios, y se comunicaba directamente con Jesús y con la Santísima Trinidad; pero siempre era consciente de estar bajo el patronazgo de Nuestra Señora. Se presentaba a sí misma como una hija de María en la unión más íntima con Jesús, el Hijo de Maria por excelencia.

 

La práctica

Los medios elegidos por Edel para ayudarle a alcanzar los objetivos que ella misma se había fijado eran los comunes a todos los católicos fervientes: la Misa y Comunión diarias, Confesión muy frecuente, meditación diaria, lectura espiritual, visitas al Santísimo Sacramento, el Rosario  -creo- el Oficio Parvo de la Santísima Virgen, la práctica constante del recogimiento interior, la negación de si misma, la caridad fraterna y todas las demás virtudes cristianas. A ello se añadían algunos Ejercicios, necesariamente muy cortos, y, desde luego, el trabajo apostólico en la Legión de María. Se levantaba cada mañana a las cinco y media; y la Misa, Sta. Comunión, la meditación de la mañana, y un desayuno muy frugal, eran su preparación para el trabajo del día.  

Ella estaba todavía en el sanatorio cuando conocí al sacerdote que iba a ser su y mi director espiritual; y fue ella quien, sin saberlo, provocó mi encuentro con él, que eventualmente me conduciría a entrar en la Orden religiosa a la que tengo la dicha de pertenecer. Ocurrió que otra paciente en el sanatorio llamó la atención de Edel sobre la afirmación en un periódico de que el Papa, entonces Pío XI, había suprimido dos conventos de contemplativas cerca de Roma, y tenía la intención de dirigir las actividades religiosas de las mujeres a canales más útiles para la humanidad.

Edel recortó este anuncio y me lo envió, y me pidió que intentara aclarar con un sacerdote si eso correspondía a la verdad. La primera oportunidad se me presentó muy pronto. Fui invitada como visitante a la reunión de un praesidium que tenía como director espiritual a un sacerdote, tres miembros de cuya familia estaban en órdenes contemplativas: el P. Esteban Boylan. El mismo había estado en Roma hacía poco, de forma que yo suponía que debía conocer el pensamiento del Papi sobre las Ordenes contemplativas.

Después de la reunión, le entregué el recorte del periódico, le pregunté qué pensaba del mismo. El negó categóricamente esa afirmación, y dijo que, al contrario, el Santo Padre era muy favorable a las Ordenes contemplativas.

 

Delicadeza de conciencia

Siguió una conversación muy entusiasta, y, al final de la misma, el director espiritual me tomó aparte, y me preguntó por qué estaba yo tan interesada en los contemplativos. Le dije que yo tenía intención de entrar en una orden contemplativa. Esto nos llevó a una discusión sobre diversas órdenes contemplativas, y la consecuencia fue que yo decidí, aunque no inmediatamente, entrar en una orden que era todavía más exclusivamente contemplativa que la que yo había estado considerando. ¡No creo que esto fuera demasiado malo, como reacción a aquella propaganda, anti-contemplativa!

Cuando, más adelante, Edel y yo nos pusimos bajo la dirección espiritual de este sacerdote, acostumbrábamos ir a confesarnos con él los sábados por la tarde. Luego, con mucha frecuencia, pasábamos la tarde juntas, en casa de Edel o en la mía, u, ocasionalmente, en algún lugar tranquilo en los alrededores de Dublín, cerca del mar.

Ocurría con frecuencia que, mientras íbamos paseando juntas después de la confesión, nuestro confesor pasaba cerca nuestro con su bicicleta, saludándonos al pasar. Un día, al pasar él, le dije a Edel: "Me pregunto: ¿qué pensará él de que estemos tan a menudo juntas?" Edel contestó: "No hay problema. El aprueba nuestra amistad. Se lo he preguntado". Esto me tranquilizó, pero también me sorprendió, pues nunca se me había ocurrido pedirle su aprobación. Me hizo vislumbrar la delicadeza de conciencia de Edel.

En otras ocasiones, pude ver cómo ella actuaba de acuerdo con las normas de la perfecta prudencia y circunspección. Aunque siempre derrochaba un buen humor lleno de simpáticas ocurrencias, y dispuesta a reír de corazón a la más mínima provocación, era realmente seria en las profundidades de su alma. Era profundamente consciente de la seriedad de la vida. Esto se manifestaba en el deber, cumplido con toda responsabilidad y a conciencia.

 

Fe y Esperanza

Dos expresiones de las Sagradas Escrituras parecen ser aplicables a Edel: !Oh mujer, grande es tu fe! (Mt 15,28), dicho por el Señor a la Cananea, y aquellas palabras de S. Pablo: El justo vive de la Fe (Hbr 10,38). Toda la vida y todo el ser de Edel estaban empapados de Fe, la Fe "firme e inconmovible como una roca" que la Legión cíe María desea para todos sus miembros.

No creo que nunca sufriera de tentaciones contra la Fe. Un día le mencioné que una vez había tenido tentaciones de este tipo, añadiendo que parecía un toque del Purgatorio. Edel contestó que pensaba que debería ser como un toque de Infierno, y habló en términos tales, que yo saqué la conclusión de que probablemente ella no tenía experiencia personal de tales pruebas, pero su sólo pensamiento la horrorizaba.

Su Esperanza era tan fuerte como su Fe. Se había convertido en ella en un amoroso estado de abandono en la Voluntad y en el cuidado de nuestro Padre Celestial. Por lo que uno podía juzgar de sus palabras y acciones, ella vivía con Dios como un niño en la casa de su Padre.

No puedo recordar nada concreto que ella dijera sobre el tema, excepto unas pocas observaciones respecto a la virtud cristiana ordinaria de la Esperanza. Ocurrió que el padre de una familia que ambas conocíamos murió prematuramente, dejando a su esposa y familia en gran desolación. Una de las hijas, especialmente, estaba hundida. Los parientes próximos estaban muy preocupados por ella, y Edel me habló sobre ello en términos de desaprobación. En tales casos -le parecía a ella- deberíamos encontrar fuerza en la virtud de la Esperanza, para superar nuestros sentimientos demasiado natura les; y exagerar nuestro dolor por nuestros familiares difuntos era contrario a esta virtud.

 

Caridad

Aunque la vida espiritual de Edel, como la de todos los verdaderos cristianos, estaba basada en las tres virtudes teologales, era la virtud de la Caridad la que brillaba con mayor fulgor en todo lo que hacía y decía. El Amor a Dios y a sus prójimos la llenaban de forma desbordante. Ella vivía entera-mente para Dios, buscando sólo glorificarle y demostrarle su amor por todos los medios a su alcance.

Dios era para ella la Realidad que más le cautivaba. Acostumbraba a hablar en términos que no dejaban lugar a dudas sobre su amor a El, que lo abarcaba todo. Ella le veía siendo tan realmente el Amor mismo, tan infinitamente bueno, hermoso y verdadero, tan extremamente digno de todo amor, que sencillamente no podía dejar de amarle con todas las fibras de su ser.

Me resultaba claro que el don de la Sabiduría ella lo poseía en gran abundancia, aquel don que permite a las almas "gustar y ver cuán bueno es el Señor." Un amor tan ardiente por Dios no podía permanecer completamente escondido, aunque Edel, por motivos de humildad, evitaba hablar a la gente en general en cualquier forma que pudiera revelar la llama interior.

Ella no hablaba sobre Dios a la gente; ella les daba a Dios Su caridad fraternal no conocía límites. En simplemente la sobreabundancia del amor divino que llenaba su corazón y su alma. Se entregó sin reserva a todos. Aunque naturalmente tímida, era el centro de atracción en cualquier círculo donde llegaba a estar presente. Cada uno sentía el irresistible encanto de su personalidad. Era la más popular de las amistades, simplemente porque eran manifiestas su indefectible cordialidad y simpatía. Estaba siempre a punto para ayudar a otros por cualquier medio que estuviera en su poder. Parecía que nunca pensaba en sí misma.

La débil salud de Edel nunca fue un pretexto para rehusar un servicio. Al contrario, insistía en ayudar aún cuando otros no querían que ella lo hiciera, por temor a cansaría demasiado. Con una sonrisa encantadora y un poder irresistible de persuasión vencía todas las resistencias bien intencionadas. Recuerdo uno de estos ejemplos, cuando se encontró conmigo un día yendo a una reunión de la Legión, llevando yo un cargamento más bien pesado de manuales. A pesar mío dejé que aliviara ella mi carga.

 

Dio lo mejor de sí misma

Buscó siempre adaptarse a los gustos e incluso a las debilidades de los demás, haciéndose a sí misma "toda de todos".

Cuando se encontraba con conocidos casuales, hablaba cualquier tema que sabía era de interés para la otra persona.

A veces sería la última novedad en películas, o noticias deportivas, o vestidos. Prestaba igual atención y simpatía a todas las clases y tipos, no importándole lo pesada o aburrida qué fuera la conversación de esta persona; parecía que para ella era muy interesante. Quizás sería más verdad afirmar que ella la hacía interesante gracias a su contribución personal. A ella no le importaba nada, excepto la oportunidad de hacer el bien, dar gusto a otros y gloria a Dios. Una conversación que le brindara tal oportunidad le resultaba interesante por ese mismo motivo.

En diversas ocasiones pude observar cómo ella daba lo mejor de sí misma a toda persona con quien se encontrara. Parecía no ser consciente de diferencias exteriores en la gente; tanto si eran ricos o pobres, inteligentes o torpes, aburridos o encantadores, todo era lo mismo para ella. Les saludaba y conversaba con ellos con la misma cordialidad. A veces ocurría que el entregar ella de todo corazón su tiempo a otros, puso a prueba mi paciencia. Por ejemplo, si nos encontrábamos con alguien que tenía ganas de detenerse y conversar, aunque parecía no haber nada de importancia para decir, Edel se paraba y entraba en conversación como si no tuviera nada más que hacer, aunque quizás íbamos contra reloj.

Una vez me pidió que esperara un momento mientras ella visitaba a una familia pobre. Esperé pacientemente durante los primeros diez o quince minutos, pero, después de esto, cada momento me parecía una eternidad. Finalmente se abrió la puerta, oí las risas y voces de la familia y de Edel, mientras ella se despedía con tal cordialidad, que uno hubiera creído que esa gente eran sus más íntimos familiares.

 

Comprensión

Siempre hablaba con amabilidad de la gente en su ausencia, aunque era capaz de hacer alguna alusión jocosa sobre alguna peculiaridad de alguien. Las dos conocíamos a un sacerdote hacia quien sentíamos gran reverenda, pero que tenía una costumbre que no nos gustaba mucho -por lo menos a mí no me gustaba, y Edel lo sabía-. Acostumbraba a dirigirse a las chicas con las que hablaba como "queridita". Sabíamos, desde luego, que había contraído esta costumbre en el campo apostólico en el que trabajaba tan celosamente. A veces, cuando nos encontrábamos Edel y yo después de una función litúrgica en la que él no había estado, bromeando me preguntaba ella si no había visto a "queridita".

Edel tenía un profundo respeto por los sacerdotes, y no puedo recordar ninguna palabra de crítica dicha por ella respecto a ninguno de ellos. Su reacción espontánea procedía de un profundo sentimiento de comprensión. Una vez, las dos estábamos hablando con un joven sacerdote, quien nos contaba cómo le habían suspendido en un examen. Había participado con otros graduados universitarios en un examen que comen primer lugar; había también otros dos buenos premios.

Este sacerdote había dicho que estaba seguro de llevarse el primer premio, porque conocía a los otros dos hombres que se presentaban, y sabía que él estaba mejor preparado que ellos. También se presentaba una chica al examen, pero ésta no le preocupaba: "¡sólo es una chica!"... Luego, tuvo la gran desilusión y sorpresa, pues fue la chica quien quedó en primer lugar y obtuvo el primer premio. En ese momento, simultáneamente, Edel y yo expresamos nuestros sentimientos, ¡tan diferentes! Con una risa triunfante dije yo: "¡Le ha estado bien empleado!"; pero Edel, con más comprensión, dijo sólo "¡Mala suerte!".

 

Ansias de ayudar

Su cualidad más extraordinaria era quizás su aparentemente ilimitada energía, pletórica de ilusión y alegría. Cuando llegaba la oportunidad, ella desplegaba una energía y una viveza desbordante en su entrega de sí misma. Durante todo el tiempo que la conocí, nunca vi que se mostrara cansada o moviéndose con lentitud. Al contrario, siempre estaba ansiosa de acudir presurosa en ayuda de la gente.

Recuerdo haber estado con ella en tina fiestecita que había organizado para chicas jóvenes, de unos 15 años, que estaban haciendo un cursillo de formación como niñeras en un hogar de niños. Después del té hubo juegos, en los que ella tomó parte muy activa, corriendo, saltando o sentándose en el suelo como si tuviera la misma edad que las chicas. Sin embargo, por aquel tiempo ella estaba bastante enferma; fue al poco tiempo de su regreso del sanatorio.

En varias ocasiones observé esta aparentemente sobreabundante energía. Un observador casual habría pensado que se trataba de una jovencita que gozaba de la mejor salud. Yo la admiraba, pero me sentía incapaz de imitarla, a pesar de que yo gozaba de salud normal. Yo estaba convencida, incluso ya entonces, de que debía estar recibiendo ayuda extraordinaria de Dios.

He oído que se le ha acusado posteriormente de faltar a la caridad hacia los demás paseándose por el mundo teniendo tuberculosis, con el peligro de contagiar a otros. Debe entenderse que en Irlanda, en aquel entonces, por lo menos en nuestro círculo, no había gran temor al contagio de T.B. La opinión general era que no había peligro para quienes dormían en la misma habitación con pacientes de T.B., y que el grave peligro de contagio existía sólo durante aproximadamente los últimos seis meses antes de la muerte. Estoy segura de que Edel no pensaba que hubiera el más mínimo peligro para los demás por estar simplemente en su compañía, igual que nosotros no teníamos ningún temor a contagio estando con ella.

 

Preocupación por sus hermanas

Al principio, después de volver del sanatorio, ella compartía la habitación con sus hermanas menores, pero insistió a su familia a que cambiaran de residencia para que ella pudiera tener una habitación para ella sola. No era asunto fácil, porque su padre era muy aficionado al mar, y el piso que por aquel entonces ocupaba la familia tenía una hermosa vista sobre el mar. Mr. Quinn, lógicamente, no quería cambiarse. Sin embargo, Edel insistió con fuerza, y dijo a sus padres que, si no se trasladaban a una residencia más espaciosa, ella tendría que buscar alojamiento en otro lugar, porque, en conciencia, ella no podía seguir compartiendo la habitación con sus hermanas, haciéndoles correr el riesgo de un contagio. Esto fue suficiente: la familia se trasladó a la casa en Monkstown Road, conocida ahora como su casa.

Ciertamente, si Edel hubiera pensado que sólo el vivir en compañía de sus hermanas era un riesgo para ellas, se hubiera negado a vivir en la misma casa, al igual que se negó a compartir su habitación. Sin embargo, los hechos parecen estar a su favor, pues nadie, que yo sepa, ya sea entre los amigos o parientes de Edel, contrajo la tuberculosis como resultado de haber estado en contacto con ella.

Edel no tomó muy en serio los juicios médicos con respecto a ella, porque tenía experiencia de cuán inseguros eran. Un doctor la declaró libre de T.B.; pero, un par de semanas más tarde, su madre, que dudaba, la llevó a otro médico, quien dijo que tenía los dos pulmones afectados, uno de ellos gravemente.

Edel se reía de ello, como si fuera un chiste muy divertido, lo mismo que lo hacía cuando la gente le decía que sólo le quedaba un año de vida. No se preocupaba por su futuro, y sencillamente abandonaba todo lo que la afectaba en manos de Dios. Su único deseo era sacar el máximo provecho del tiempo que le pudiera quedar para la gloria de Dios y el bien de las almas.

 

Celo apostólico

Puesto que su mala salud le había cerrado las puertas a una comunidad religiosa, Edel decidió dedicarse al apostolado de la Legión de María. A partir de entonces esto se convirtió en el trabajo de su vida. Aunque ya no se le asignaba la tarea de trabajar por las chicas de la calle visitaba con frecuencia el hostal Santa María, para entretener a las residentes y para ayudarles a perseverar en las buenas resoluciones que las habían llevado allí. A veces pasaba fines de semana en ese hostal, para permitir que las legionarias responsables del mismo, que residían allí, pudieran disfrutar de un poco de respiro.

Ocurrió que en una de estas ocasiones hubo una escena entre las residentes, una escena más desagradable de lo normal, que le hizo a Edel derramar lágrimas. Una de las legionarias que estaba presente entonces, me habló después sobre ello y me dijo: "¿Puedes imaginarte lo que fue ver llorar a Edel? Fue la única vez en mi vida que la vi llorar".

Más tarde hablé con Edel sobre lo que ocurrió, pero ella contestó muy vagamente, deseando obviamente evitar un tema desagradable. He olvidado sus palabras textuales, pero me dejaron la impresión de que lo que la afectó tan gravemente fue la vista de la degradación moral de ciertas almas.

Ella estaba siempre llena de entusiasmo cuando hablaba de la Legión de Mafia y de su trabajo en favor de las almas. Seguía la extensión de la Legión con el más profundo interés, y entregaba su tiempo y sus fuerzas, con absoluta generosidad, a cualquier trabajo legionario que ella pudiera hacer. Emprendió con gran interés viajes de extensión de la Legión en su tiempo libre, y siempre se podía contar con ella para que ayudara en cualquier asunto extra que se presentara.

La recuerdo acudiendo a ayudar a la puesta en marcha de un nuevo praesidium en la escuela de jóvenes pensionistas de las Dominicas en Sion Hill, aunque no tenía ocasión de hacerlo. Nunca se preguntaba a sí misma si estaba obligada a hacer una buena obra. ¡Le encantaba tanto descubrir la oportunidad de hacerla!

Ella me escribió después de su breve experiencia de trabajo de extensión en Gales en 1936, y me decía que se podría prestar gran ayuda a un sacerdote si hubiera un legionario que se ofreciera para ir a vivir allí y tomar parte en el trabajo apostólico. Añadió que ella misma se estaba planteando el hacerlo. Ahora, desde luego, todo el mundo sabe que se modificó su destino y fue enviada a África.

 

Sus cartas

Al poco tiempo de llegar a África, me escribió contándome su primer éxito en la fundación de praesidia y pidiendo oraciones por el trabajo allí. Decía que los sacerdotes en África eran maravillosos. Ella estaba siempre viajando, y raras veces pasaba más de dos noches consecutivas en el mismo lugar. Me contaba cuán feliz era cuando podía pasar una noche en un convento, y me decía cuán amables eran las monjas. Añadía que incluso le lavaban su ropa: "No lo cuentes en la recreación -comentaba bromeando- y a veces incluso me hacen algún remiendo".

No tardaron en irse espaciando sus cartas. Evidentemente estaba muy absorbida por su trabajo en favor de la Legión en África. Con todo, no tardó en estallar la Segunda Guerra Mundial, que puso tan fin forzoso a toda nuestra correspondencia. Fue también responsable esta Guerra de la destrucción, por obediencia, de las cartas que yo había recibido de ella desde que entré en el convento en Italia. El peligro de una posible indiscreción en las cartas, en caso de revisión por parte de las autoridades del ejército ocupante, trajo la orden de quemar toda la correspondencia; así las cartas de Edel tuvieron que ser quemadas con las demás.

La destrucción de las cartas, mucho más numerosas y más interesantes que Edel me había escrito mientras yo estaba en casa, la había considerado, antes de entrar en el convento, un paso necesario hacia el cumplimiento de mí vocación. Esto puede parecer ahora una pena. Durante la ausencia de cada una de nosotras fuera de Dublín intercambiábamos largas cartas -unas dos o tres a la semana- en las que discutíamos las ideas que nos habían impresionado en los libros que leíamos o en los sermones que escuchábamos.

 

"Muy cerca de Dios"

Era extraordinario con qué facilidad y certeza Edel decidía prontamente en todas las ocasiones qué acciones debía emprender. Tenía una capacidad poco común de tratar con los demás y evitar indiscreciones. Su sabiduría y excepcional capacidad en este terreno habían causado honda impresión en su propia familia, de tal manera que incluso sus padres acudían a ella pidiendo su consejo en problemas difíciles y delicados. Su padre solía llamarla por eso: "abuelita". Cuando su hermano o hermanas eran enviados a una nueva escuela, era Edel quien quedaba encargada de efectuar las gestiones.

Recuerdo que su forma de actuar con esa seguridad tan pronta en todas las ocasiones, despertó en mí algún recelo, planteándome si esto estaba en armonía con la humildad que en todas las ocasiones irradiaba Edel.

Fue la Reverenda Madre Mary Martín, fundadora y actual Madre General de las Misioneras Médicas de María, quien me ofreció la clave del misterio. Después de la marcha de nuestro Director Espiritual para entrar en la vida religiosa, la Madre Mary (en aquel entonces Srta. Martín) me ayudó a encontrar un nuevo director. Me puso en contacto con un sacerdote muy renombrado, un experto que me fue muy bien, pero cuya dirección Edel no podía decidirse a seguir. No se encontraba a gusto con él, ya que ella tenía que tratar con él en relación con los estudios de su hermano en el Instituto en el que este sacerdote estaba de Profesor. Con todo, Edel tuvo cierta dificultad en encontrar un director, y durante un tiempo no tuvo ninguno. Hablé a la Srta. Martín sobre la dificultad de Edel. No era amiga íntima de Edel, se conocían sólo de forma casual, pero ella dijo en esa ocasión que creía que Miss Quinn era una de esas raras almas que no necesitan un director porque están bajo la guía del Espíritu Santo. Entonces añadió: "He observado a Miss Quinn: ella está muy cerca de Dios". Estas palabras, viniendo de una persona como la Srta. Martín, me impresionaron profundamente.

 

Ejemplo de prudencia

Un día Edel y yo fuimos a tomar té en un hotelito particular, donde acudían normalmente personas de más edad. Queríamos que no nos molestaran mientras hablábamos de nuestros proyectos. Creo que fue poco antes de que yo entrara en el convento. Para nuestra sorpresa, un clérigo no católico, que había terminado su comida, se acercó a nosotras al salir y empezó a conversar. Evidentemente él se equivocó, tomándonos también por no católicas.

Nos preguntó si éramos miembros de su congregación, y nos dijo el nombre de su iglesia. Le respondimos que no; entonces él empezó a exhortarnos a que acudiéramos allí, diciéndonos que dos mujeres jóvenes podían hacer un gran bien y atraer a otras con su ejemplo.

Edel siguió mirándole con una expresión más bien divertida. Yo abrí la boca para decirle que éramos católicas, pero Edel me dio rápidamente un pisotón por debajo de la mesa para hacerme callar. El clérigo siguió adelante, diciendo que nos buscaría en su iglesia el próximo domingo.

Luego le pregunté a Edel por qué no me dejó decirle que éramos católicas. No recuerdo la contestación exacta pero vino a decirme que no quería meterse en una discusión con él. Esto fue probablemente más prudente que lo hubiera sido mi fallida intervención.

La única esfera en la que la prudencia de Edel parecía más bien dudosa era en el tema de su propia salud. Puede ser que ella estuviera actuando bajo la inspiración del Espíritu Santo, y estaba por eso por encima de la ley general de la prudencia. Las vidas de los santos nos ofrecen muchos ejemplos de una conducta semejante, entre los más recientes está el ejemplo del que Edel tenía por modelo: Sta. Teresita. De todos modos, parecería que Dios aprobaba su actuación, pues vivió mucho más tiempo de lo que se esperaba.

 

La mujer valiente

En cuanto al cuidado de su salud, ella probablemente pertenecía a la categoría descrita como "más para ser admirada que para ser imitada". Su prudencia era probablemente del tipo que se inspira en las palabras de Cristo, en las que El nos dice que, si el grano de trigo muere, da mucho fruto (Cfr In. 12,24). Con todo, ella no desatendía totalmente su salud. Recuerdo una noche en que teníamos que ir a las Dominicas de Tallagh y no teníamos tiempo de cenar; Edel se compró dos tabletas grandes de chocolate, que comió mientras tamos hacia allí. También se apoyaba en el respaldo de su silla al sentarse, porque sus pulmones necesitaban esa posición.

En Edel, la justicia y el amor se armonizaban. Nunca la vi faltar a la virtud de la justicia. No sólo se esforzaba en dar a Dios y al prójimo todo lo que le era debido, sino que iba mucho más allá. Era plenamente consciente en el cumplimiento de los deberes de su estado de vida. Recuerdo haber tenido que esperar en el garaje en Callow mientras ella terminaba la correspondencia de la empresa, aunque ya había pasado la hora de salida.

Pienso en Edel como en la "mujer valiente" de las Escrituras. Parece imposible explicarse tal energía y alegría del alma en una persona tan minada por una enfermedad tan temida, si no es por el don sobrenatural de la fortaleza. Era realmente impresionante ver con qué energía se comportaba en todas las ocasiones, no sólo de vez en cuando, sino siempre.

No llamaba menos la atención su alegría y serenidad en circunstancias difíciles. Su buen humor era inagotable. En su vida no tenía cabida el mal humor. Durante el tiempo en que la conocí, sólo la vi un poco abatida en dos ocasiones, y esto me llamó la atención como algo completamente extraño y sorprendente.

 

Nubes y sol

La primera ocasión fue la tarde de la fiesta de despedida ofrecida por la Legión en Regina Coeli al Padre Boylan antes de que se marchara a la Cartuja. Los legionarios servían el té, utilizando grandes teteras. Aunque Edel era una de las del comité organizador, se pensó que era mejor no permitir que ella sirviera, porque las teteras eran demasiado pesadas para ella.

Antes de que empezara la fiesta, algunas de nosotras nos pusimos de acuerdo para apoderarnos rápidamente de las teteras, en cuanto estuvieran llenas, para que ella no pudiera tener acceso a ninguna. La "conspiración" nos salió bien, y Edel tuvo que conformarse con estar sentada junto a una de las mesas y dejarse servir como si fuera uno de los invitados. Estábamos todas contentas con nuestro éxito hasta el final de la fiesta, cuando ya estábamos poniéndonos los abrigos para marchar. Entonces una de las que formaban parte del "complot" se acercó a mí y me dijo: "Edel está muy enfadada con nosotras por no permitirle ayudar con una de las teteras; no nos dirige ni siquiera la palabra. Ven y mira si puedes hacer algo".

Fui y hablé a Edel, pero ella no me contestó. Entonces le dije: "¡Edel, me dejas sorprendida!"; y realmente lo estaba, pues nunca había visto a Edel enfadada de ese modo... Ella me contestó en un tono algo enérgico: "Puedes estarlo".

Fue todo lo que dijo. Evidentemente, en esa ocasión estaba dolida. Le habíamos impedido dar la última prueba de gratitud a un sacerdote que la había ayudado mucho, y al que ella se sentía muy agradecida. De todos modos, nos acompañó de vuelta hacia casa, y su pequeña ráfaga de enfado había desaparecido. Probablemente su emoción había sido demasiado fuerte para permitirle participar en la conversación.

La otra ocasión, de tipo más ligero, fue cuando fui a visitarle una tarde en su propia casa. No tenía su habitual sonrisa radiante, y su expresión general revelaba que se sentía molesta por algo. Le pregunté qué le ocurría, y me dijo que se le había llamado severamente la atención sin que por su parte hubiera una verdadera falta. Lo consideraba injusto y estaba dolida. Le di la razón, y le dije unas palabritas de consuelo. Al cabo de pocos minutos su sonrisa y su encantadora expresión volvieron a su rostro.

Con mucha frecuencia, Edel tenía ataques de tos mientras hablaba. Sí otros planteaban la cuestión o le preguntaban cómo estaba, acostumbraba contestar: "Magnífico, gracias", y cambiaba de tema, a veces preguntando por la salud de su interlocutor.

Cuando la visité en el hospital, un par de días después, de que hubiera sido ella operada de apendicitis, estaba sentada en la cama, sonriendo. Le pregunté cómo se encontraba y me dijo que se encontraba como de costumbre. Entonces observó que yo estaba resfriada, y me dijo, riendo, que la enferma era yo, no ella, ¡y me dio unos consejos sobre cómo curarme el resfriado!

 

Edel en casa

A veces me pedía que pasara la tarde con ella en su casa, cuando sabía que una determinada amiga de su madre iba a estar allí. Quería mi presencia para actuar de freno ante las efusiones bien intencionadas de esa buena señora, que tenía la costumbre de lamentarse de la poca salud de Edel y decirle a la Sra. Quinn todo lo que debería hacer para cuidar a su hija. Edel lo encontraba de muy poco gusto, ya que hacía mil aspavientos respecto a ella.

Comía muy poco, y se abstenía de cosas normalmente necesarias para un enfermo. No le preocupaba en absoluto saltarse una comida; esto ocurría sobre todo en la primera fase de su enfermedad. Más adelante su director espiritual le dijo que comiera carne, y que por la mañana se levantara un poco más tarde, y así lo hizo.

Se retiraba tarde a la noche, y se acostaba sobre una cama dura. Descubrí este hecho incidentalmente un día, en su habitación; estaba yo sentada en un extremo de su cama, y me incliné tocando con la mano hacia el centro. La noté tan dura que exclamé: "¿Cómo puedes dormir sobre una cama así? ¡Es dura como una tabla!"

Edel, que estaba de pie frente a mí, se sintió un poco turbada ante mi descubrimiento, y, tomándome del brazo, me llevó al otro extremo de la habitación.

Es muy posible que tuviera una tabla en su cama, porque algún tiempo después de este incidente me contó cómo su hermano la había llenado de confusión. Fue en tiempos del Congreso Eucarístico, cuando la gran afluencia de visitantes había ocasionado un llamamiento a todos los ciudadanos a ofrecer alojamiento en la medida de lo posible. Edel había propuesto a su hermano que él durmiera en su habitación mientras ella dormiría en cualquier parte, de forma que la habitación de su hermano, que era mejor que la suya, pudiera ser ofrecida para algún visitante. Su hermano se negó, afirmando: "¡No, gracias! ¡Tu cama probablemente es un tablón !" Hasta ese momento Edel creía que su hermano no sabia nada de sus aspiraciones espirituales o de su forma de vida.

Cuando ella y yo compartíamos habitación en unos Ejercicios en Baldoyle en invierno, las monjas pusieron cada noche unas botellas de agua caliente en nuestras camas. Lo primero que hizo Edel al entrar en la habitación fue sacar su botella y ponerla en el suelo, donde se quedó hasta la mañana siguiente. Durante los Ejercicios ella mantuvo perfectamente el silencio, a pesar de que sólo éramos dos en la habitación. Fui yo quien elegí compartir la habitación con Edel en esa ocasión; ella no tuvo ocasión de elegir. Yo había organizado los Ejercicios, y había tantos solicitantes, que las monjas pusieron a nuestra disposición una habitación con dos camas, que no se ocupaba normalmente durante los Ejercicios.

 

Irradiando alegría

Cristo dijo a sus Apóstoles un día que no le verían más y que su alegría sería plena. Añadió: Y nadie podrá quitaros vuestra alegría (Jn. 16, 22). La alegría así prometida, evidentemente era el comienzo de la "alegría del Señor", en la que los "siervos buenos y fieles" serian invitados a entrar (Cfr Mat. 25, 23). Me parece que Edel poseía en gran medida esa alegría. Nada era capaz de arrebatársela, incluso si, en raras ocasiones, durante breves momentos, una ligera nube pasaba por el sol radiante de su cielo interior.

Puedo verdaderamente afirmar que nunca conocí a nadie tan radiante en su expresión, tan llena de alegría y tan dulce y juguetona en su manera de ser.

Un día, cuando fui a visitarla cuando la familia Quinn todavía vivía en su piso junto al mar, tuve que esperar en el rellano, junto a la sala de estar, hasta que el ruido que los niños estaban haciendo dentro se calmó un poco. Siguieron llegando hasta mí las carcajadas y pequeños gritos de regocijo. Evidentemente tenía lugar un juego ruidoso. Luego, cuando una pequeña tregua me permitió hacer oír mi presencia, se abrió la puerta y salió Edel para hacerme entrar en el salón; su cara, cabello y expresión general manifestaban que había estado tomando parte activísima en la diversión. Esto era típico de ella; era como un rayo de sol irradiando luz y alegría dondequiera que estuviera.

Se reía de todo corazón ante un chiste, o ante cualquier pequeño incidente que tuviera una parte divertida. Ciertamente, a veces me hacía el efecto de que ella reía un poco demasiado ante incidentes insignificantes. Una vez le pregunté si ella era así por naturaleza, o si cultivaba esa alegría como virtud. Me respondió que "tres cuartas partes" era por naturaleza.

Me di cuenta de que su gran alegría no se debía meramente a una disposición naturalmente jovial, sino que probablemente bastante más de la "cuarta parte" procedía del Padre de la Alegría, que comunicaba su propia alegría al alma de Edel. Evidentemente ella cultivaba la alegría como virtud, probablemente queriendo parecerse en esto a su modelo celestial:

Sta. Teresita. Quizás ella se reía más en mi compañía, para curarme de ser demasiado seria.

 

¡Ella reía tanto!

Antes de que yo entrara en el convento, estábamos leyendo juntas un folleto, y en él la alegría se mencionaba como una de las cualidades necesarias para las postulantes. Dije a Edel: "Me pregunto si me encontrarán suficientemente alegre". Ella me contestó: "¡Oh' sí! Creo que lo lograrás"; y con un guiño, añadió: "¡Has mejorado bastante al respecto desde que soy tu amiga!". Se rió entonces de corazón.

Otro día estábamos en la sala de espera de un médico. Teníamos la sala para nosotras solas, hasta que un gato se decidió a entrar por una ventana. Edel inmediatamente pegó un salto y empezó a jugar con el gato por toda la sala, ante mi fastidio, pues yo quería continuar nuestra conversación. Después de unos breves momentos, se lo eché en cara, pero no se paró en seguida. Entonces le dije: "¡Creo que esto es ridículo!". Edel dejó entonces de jugar, pero dijo en un tono ligeramente ofendido: "Creo que eres algo brusca".

Después de su operación, me escribió diciéndome que el cirujano le había dicho bromeando que, ahora que le habían sacado el apéndice, pesaba menos de un lado que de otro. Añadió ella entonces divertida: "siempre habías pensado que yo era un poco desequilibrada, y ahora es un hecho". Desde luego yo nunca había pensado que ella fuera desequilibrada. Mi sentido del humor estaba lejos de ser tan fino como el suyo, por eso no siempre podía yo ver por qué ella tenía que reírse tanto. Quizás, a veces, ella reía simplemente por pura "plenitud de alegría". Probablemente ella se parecía a aquel anciano monje irlandés que estaba siempre desbordante de alegría, y quien al ser preguntado por la razón de su gran felicidad, respondió que era porque poseía a Dios y nadie podía apartarle de El. Edel hubiera podido dar la misma contestación a esa pregunta, si alguien se la hubiera llegado a plantear.

Tuve la oportunidad de comprobar que la radiante serenidad que se reflejaba en su rostro no era meramente el efecto de un deseo de ser una compañía agradable. Un día, yendo yo hacia Dun Laoughaire, en la parte superior de un tranvía de dos pisos que pasaba delante de la casa de Edel, la vi sentada en su habitación muy cerca de la ventana, ligeramente inclinada sobre una mesa en la que estaba haciendo algo, probablemente escribiendo o leyendo. Ella no me vio, pero yo la vi claramente y me impresionó su expresión radiante.

En aquella ocasión, como en realidad habitualmente, me pareció como si estuviera revestida de la divina presencia. Esto era lo admirable en Edel: a pesar de su buen humor, llena de viveza y ganas de jugar, nunca parecía disipada. Uno sentía siempre que ella realmente estaba viviendo en la presencia de Dios. Uno parecía "sentirle" a El -si se me permite esta expresión.

 

Unión de voluntades

Edel tenía una especial estima de la obediencia. PNfl elír, la ot>e'~&'én cta no era una sumisión servil, sino simplemente un amor en acción, pues nos asegura hacer siempre lo que sefl inós agradable a Dios Lo que Edel buscaba en la obediencia era simplemente el cumplimiento más perfecto posible de la voluntad de Dios. Así la obediencia y su amor a Dios eran una única y misma cosa.

Cuando tenía un director espiritual, le obedecía en todo lo que era necesario para su dirección espiritual. Su director condujo a sus penitentes a la práctica de las virtudes de la vida religiosa, en cuanto esto era compatible con los deberes de sus respectivos estados de vida, aunque no les permitió hacer el voto de obediencia a él. El insistía especialmente en la práctica de la pobreza.

Creo que Edel había hecho un voto de pobreza, por el que se obligaba a someter, para su aprobación, todos los gastos que quería hacer para sus propias necesidades, excepto en el caso de cosas pequeñas, tales como medias. Era más bien la suma a gastar lo que se fijaba. Por su sentido de la obediencia en este punto, ella adquirió una vez un equipo de invierno tan poco atractivo e inadecuado para ella, que la familia manifestó su desacuerdo. Ella siguió vistiéndose así durante todo el invierno; pero, para Pascua, se presentó radiante, con un conjunto muy a la moda y que le quedaba muy bien. Cuando me la encontré vestida así, manifesté mi sorpresa. Edel se rió y me dio que se había rendido ante las protestas de su familia. No creía que debía continuar ocasionándoles el disgusto que les había causado con su ropa de invierno. Probablemente había llegado a un acuerdo sobre este punto con su director.

Antes de que yo entrara en el convento, estuvimos discutiendo una noche la Regla bajo la que yo iba a vivir. Cuando yo le indiqué cómo toda la vida de los religiosos de nuestra Orden estaba regulada por la obediencia, frecuentemente incluso en los detalles más pequeños, ella expresó su viva satisfacción, porque creía que, en una vida así, uno podría estar casi seguro de hacer constantemente lo que es más agradable a Dios.

 

La joya escondida

Otro distintito admirable del carácter de Edel era su profunda humildad. En ella tomó la forma de saber desaparecer, procurando pasar desapercibida. Hacia todos los que se encontraban casualmente con ella, y que tenían solamente un contacto superficial con ella, se mostraba como una joven moderna, alegre, siempre riendo y haciendo bromas, tomando un gran interés en cualquier asunto que pudiera interesarles a ellos, ya sea noticias, o diversiones, o cualquier otra cosa. Ella procuraba practicar así el consejo de Nuestro Señor: "Cuando ayunéis..., apareced ante los hombres como si no ayunarais" (Cfr Mt. 6, 16-17).

Le horrorizaba ser objeto de especial estima. Dándose cuenta de que algunas personas le manifestarían su admiración si conocieran su forma de vida, hacía todo lo que estaba a su alcance para que no se trasluciera lo más mínimo cualquier práctica que sobrepasara los deberes ordinarios de todos los católicos.

Incluso sus amigos más íntimos desconocían en gran parte su vida interior. Nunca nos hablaba sobre ésta directamente, sólo a algunos reveló indirectamente las riquezas de su alma. Únicamente conozco una persona a quien habló así íntimamente en mi presencia, una monja que había sido profesora suya en la escuela. Me llevó un día con ella a visitarla. Después de presentarme, dijo a la monja: "Es una de las nuestras; podemos hablar"; y conversamos íntimamente sobre Dios y la vida espiritual, exactamente igual como lo hubiéramos hecho si hubiéramos estado solas.

Edel me pidió que le repitiera a la monja un sermón que había oído sobre la Pasión, que antes le había repetido a ella. El predicador, un Carmelita Descalzo, había explicado la naturaleza siempre actual de la sustancia interior de la Pasión. El había señalado que, en lo que respecta a Dios, los actos de la Pasión, están eternamente presentes. El tiempo no cuenta. Podemos estar presentes en espíritu en el Calvario cada vez que nos elevamos por encima de lo accidental y nos unimos a Nuestro Señor, el Verbo hecho carne, cuando la Sagrada Humanidad sufre y muere por nosotros. Esta homilía le gustó muchísimo a Edel. No puedo recordar ahora todo el contenido, pero estaba en línea con nuestros temas favoritos, ya mencionados.

 

Revelaba muy poco

Generalmente ella se esforzaba en ocultar las secretas aspiraciones de su alma, incluso ante sacerdotes y monjas; quizás todavía más ante ellos, porque, en su caso, el riesgo de atraer su aprecio hubiera sido mayor.

Observé que, después de entrar yo en el convento, las cartas que me escribía eran más corrientes que las que me escribía mientras yo estaba en casa. Me di cuenta de que escribía así para evitar revelar algo de los secretos de su alma a aquellos que sabía leerían la carta antes de entregármela. Desde luego, como ya he dicho, incluso a mí me había revelado muy poco, y ese poco sólo indirectamente. Ella creía que debía guardar el "secreto del Rey"

Yo siempre estuve convencida, a juzgar por su conversación y su vida, que ella recibía gracias especiales en la opción, gracias de luz y contemplación, que le permitan tener una comprensión más profunda que la ordinaria sobre los grandes Misterios de la fe. Era extremamente reservada al respecto. Uno sentía que ella, probablemente, tenía un secreto que esconder. Como la Virgen, ella guardaba todas las gracias interiores que recibía, "ponderándolas en su corazón" (Lc. 2, 51).

Se dice que María, la más humilde de las criaturas, proclamó en el Magnificat que Dios había hecho grandes cosas en ella, de lo que parece deducirse que no es necesariamente una falta de humildad dar a conocer las gracias de Dios en nuestra alma. Con todo, ¿no es acaso conveniente observar que María habló así a su prima Isabel sólo después de que Dios mismo le hubiera revelado a Isabel la gran gracia concedida a Maria? Anteriormente, con San José, María había guardado su secreto, ¡y a qué coste!

El Magnificat fue más bien una explicación de ese favor, demostrando que le había sido concedido sólo por el poder de Dios, que se había dignado contemplar su pequeñez. ¿No fue acaso la intención de María alejar de ella el honor que Isabel tributaba al verla? Sea como sea, Edel se sintió más atraída de imitar el silencio de María con San José, más que en su cántico con Sta. Isabel, aunque recitaba cada día el Magnificat en nombre de María.

 

Clara como el cristal

Toda la vida y personalidad de Edel daban una impresión de transparencia; algo en ella me hacía pensar en un diamante. Todas sus palabras, actos y forma de actuar estaban marcadas por una pureza transparente.

Nunca, ni por un instante, durante todo el tiempo que la conocí, llegué a ver en ella algo que pudiera ofender en el más ligero grado la pureza angélica, ni siquiera un chiste.

Una vez me dijo que le gustaban los bailes. Manifestó su disgusto cuando un joven sacerdote, amigo nuestro, expreso una condena general a los bailes. Ella me comentó entonces que nunca había encontrado en los bailes ocasión alguna de pecado para ella, ni riesgo de tentación. Más tarde, ese mismo sacerdote modificó sus ideas, y dijo que, a la luz de su reciente experiencia -probablemente como confesor-, estaba dispuesto a admitir que el bailar no era necesariamente pecaminoso. Personalmente no puedo dar ninguna opinión sobre el tema, ya que jamás en mi vida fui a un baile.

Aunque Edel era la persona más cordial que uno podría encontrar, y la más afectuosa en su saludo, no demostró ninguna señal de sentimentalismo blandengue. Su fuerte y puro amor se manifestaba de un modo que excluía cualquier asomo de debilidad. Por ejemplo, ella no usaba expresiones de ternura, ni abrazaba a sus amigas, excepto en ocasiones formales, cuando, al encontrarse, un beso era el saludo convencional, como suele suceder a veces entre mujeres.

Nos unía a nosotras dos una amistad muy fuerte, pero nunca, excepto en el tipo de ocasiones formales que acabo de mencionar, nos besábamos o acariciábamos mutuamente, ni jamás nos pasó ni siquiera por la mente la idea de hacerlo. Tampoco había un intercambio de palabras de ternura. Nuestra amistad era simplemente la mutua comunicación de nuestros pensamientos íntimos nuestros intereses comunes y nuestros deseos espirituales y la alegría que experimentábamos en tal intercambio.

 

Una amiga ideal

Antes de encontrar a Edel, muchas veces había ansiado tener una amiga ideal con quien pudiera compartir mis más secretas aspiraciones. Me fue concedido lo que anhelaba al encontrarle a ella; sin embargo, ella tuvo buen cuidado de evitar que nuestra amistad fuera ocasión de herir los sentimientos de sus otras amigas. Cuando alguna de ellas ocasionalmente se unía a nosotras, inmediatamente, con gran cordialidad, ella hacía sitio entre nosotras dos para la recién llegada. Esto, incluso me daba la impresión de que yo ocupaba sólo un lugar secundario en sus afectos.

Fue sólo la víspera de mi partida hacia el convento cuando un comentario hecho por la madre de Edel, durante una ausencia momentánea de Edel mientras yo estaba en su casa, me aseguró de lo contrario. Comprendí entonces que en las ocasiones antes mencionadas Edel había actuado por virtud, no por naturaleza.

Como ya he dicho, Edel había solicitado y obtenido la aprobación de su director espiritual para nuestra amistad. Estoy segura de que, si ésta no le hubiera sido concedida, la había roto.

Vino a verme a Dun Laoghaire cuando me marché al convento, junto con mi familia y otras amigas. No hizo ninguna demostración de pena; pero, algunos días antes, me había obsequiado con una edición grande de la autobiografía y de los escritos de Sta. Teresita, donde incluyó una foto en cuyo dorso escribió la fecha fijada para mi partida y las palabras: ¡Fiat voluntas tua! (Lc. 22,42).

 

Un descubrimiento revelador

De camino hacia el convento pasé una noche en una casa religiosa. Sabiendo que me detendría allí, Edel me mandó una postal cómica, que yo recibí mientras estaba allí. Casi chocó a la buena religiosa que me la entregó. Mostraba un hombre a la puerta de su casa hablando con un trapero, que le preguntaba: "¿Tiene Vd. algo viejo de lo que quiera deshacerse?" El hombre contestaba: "No, hoy no; mi esposa no está en casa". El mensaje de Edel escrito al dorso de la tarjeta era simplemente dándome buenas noticias de casa. Desde luego, su intención era animarme, sabiendo que probablemente ese día mis sentimientos estarían más cerca de las lágrimas que de la risa.

Fue sólo años más tarde, al leer la Vida de Edel escrita por el Cardenal Suenens, que me enteré de la historia de sus relaciones con Pierre, su pretendiente rechazado. Nunca me había hecho ni la más ligera alusión al hecho de haber tenido alguna vez un asunto de ese tipo: Realmente me hizo gracia cuando lo leí, y comprendí, mejor que nunca lo hice mientras estaba con ella, la profundidad de su virtud. Es muy poco corriente para una joven no hablar a sus amigas íntimas de alguna oferta de matrimonio que reciba: es tan agradable para nuestro amor propio, aunque uno no tenga intención de aceptarla.  

También me quedé más bien sorprendida de leer que Edel hablaba mucho sobre su familia con algunas personas. Conmigo hablaba poco de ellos, pero pudiera ser que esto fuera porque yo los conocía personalmente. Me inclino a pensar que con algunos ella hablaba de ellos para dar gusto a su oyente. Siempre procuraba hablar de aquello que sabía resultaría interesante para el otro.

Ella amaba muchísimo a su familia, y tenía la costumbre de pedir oraciones para cualquiera de sus miembros que estuviera enfermo o pasara alguna necesidad especial. Me había comentado la añoranza que sentía del hogar, y cómo lloraba cuando tenía que dejarlos para volver a la escuela. También, por ejemplo, me comentaba cualquier suceso extraordinario de la vida familiar, como, por ejemplo, cuando sus hermanas iniciaban un nuevo trabajo. Pero no era su costumbre sacar a relucir su familia como tema de conversación.

 

Impresiones perdurables

Mirando hacia atrás, puedo afirmar sinceramente que Edel Quinn dejó una marca indeleble en mi vida. Era como una luz brillante que iluminaba a cuantos se acercaban a ella, pero más especialmente a sus amigos. Esa luz no daba sólo claridad, sino calor, el calor del amor. Puedo todavía sentir sus efectos. Su amistad fue una fuente de constante alegría y felicidad. Uno no podía dejar de ser mejor por haberla conocido, por lo menos así me parece a mi.

Conociendo a Edel, llegué a un más profundo conocimiento del indecible encanto y atractivo de Nuestra Señora. Un día tuve una intuición sobre la belleza y encanto de María, como una ampliación del encanto y del amor que irradiaba Edel. En ese momento la Virgen me pareció más maravillosamente hermosa y atractiva de lo que me había parecido anteriormente.

Mi primera reacción fue la de rechazar esa intuición, como si fuera "demasiado buena para ser verdad". Pero luego pensé: "¿Por qué ha de ser demasiado hermosa para ser verdad? Si ella, una jovencita normal, era tan deliciosamente dulce y encantadora debido a su intensa unión con Jesús, ciertamente la Santísima Virgen, Madre de Jesús, debe serlo incomparablemente más. "Así, Edel fue para mí una ocasión indirecta e inconsciente para un conocimiento amoroso de María, mucho mayor y, creo yo, mucho más verdadero de lo que de otro modo hubiera podido tener.

Con frecuencia rezo a Edel, y he recibido muy importantes y preciosas favores de naturaleza espiritual que atribuyo a su intercesión. Sin embargo, no entran en la categoría de un milagro que pudiera servir para adelantar su causa de beatificación.

Lo que me parece lo más maravilloso de Edel es la perfección con la que lograba armonizar elementos aparentemente muy contrarios: el atractivo y maneras de una joven moderna de su tiempo, y una profunda vida interior; la sabiduría de un anciano, y el carácter juguetón de un niño; un espíritu de austeridad, y una amabilidad delicada, constante -e incluso una gran indulgencia- hacia los demás; una inviolable reserva sobre su propia vida interior, y una manera de ser espontánea y cordial; una sensibilidad delicada, y una inagotable paciencia y dulzura en todos los sufrimientos y pruebas; una debilidad física debida a la enfermedad, y una valentía y fuerza de espíritu capaz de superar todos los obstáculos. Finalmente, una capacidad excepcional para consolar a aquellos que pasaban penas o sufrimientos, y una fuente inextinguible de alegría en las profundidades de su alma; una alegría que ella podía -y de hecho así lo hizo- compartir con los que sufrían, sin herirles, pues no era sino la "alegría del Señor , por encima de todo sentimiento. Su alegría era el desbordamiento del más profundo amor, y, así, podía volcarlo sobre quienes sufrieran, para consolar y para curar.

A Jesús por María

 

Vuestras oraciones, hechas muy en serio y con perseverancia, por la feliz resolución de la Causa de Canonización de Edel Quinn, son de vital importancia. Se recomienda la siguiente invocación.

Padre Celestial, te doy gracias por la gracia que concediste a tu sierva Edel Quinn de esforzarse por vivir siempre en la alegría de Tu presencia, por la radiante caridad infundida en su corazón por Tu Espíritu Santo, y por la fortaleza que ella obtenía del Pan de Vida para trabajar hasta la muerte por la gloria de Tu nombre, en amorosa dependencia de María, Madre de la Iglesia.

Confiando, oh Padre misericordioso, en que su vida te fue agradable, te ruego me concedas, por su intercesión, el favor especial que ahora imploro, y des a conocer por medio de milagros la gloria de la que ella goza en el Cielo, de forma que pueda ser glorificada también por Tu Iglesia en la tierra, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Se ruega informar sobre los favores atribuidos a la intercesión de Edel Quinn a:  

LEGION OF MARY
De Montfort House,
North Brunswick Street,
Dublín 7, Irlanda

Permissu Ordinarii Dioec., Dublinen, die 5 Septembris 1966.