Un retrato de María
Manual de la Legión de María (Antigua edición). Apéndice VI, Pág. 348 -349.
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“Mi señora es bella..., hermosa sin par..., ¡ay, tan hermosa que quien la vea una sola vez, querrá morir para volver a verla! ¡Tan bella que, Cuándo se la ha visto, no hay corazón para amar cosa alguna de la tierra!...” (Sta. Bernardita Soubirous.)

San Epifanio, citado por Nicéforo, nos ha dejado un retrato hermoso de la Virgen. Estas pinceladas del siglo cuarto, hechas a base de tradiciones y manuscritos que ya no existen, constituyen el único retrato de la Virgen que ha llegado hasta nosotros.

Según este Obispo, la Virgen no era alta, pero sí de una estatura poco más que mediana; su tez, algo bronceada, como la de la Sulamita, por el sol de su tierra, tenía el rico matiz de las doradas espigas; su cabello era rubio; sus ojos, vivos con pupilas de color un poco aceitunado; cejas perfectamente arqueadas y negras; nariz aguileña, de forma acabada; labios rosados, el corte de la cara un ovalo hermoso; sus manos y dedos eran largos. Era la más consumada expresión de la divina gracia en consorcio con la belleza humana; todos los Santos Padres confiesan a porfía y unánimes esta tan admirable hermosura de la Virgen.

Pero el encanto de la belleza de la Virgen no era debido al cúmulo de perfecciones naturales; emanaba de otra fuente superior. Esto lo compendio bien San Ambrosio, cuando dijo que tan atractivo exterior no constituía sino una gasa, a través de la cual transparentábanse todas las virtudes de su interior; y que su alma, la más noble, la más pura que jamás existió, después de la de Jesucristo, se revelaba enteramente en su mirada. La hermosura natural de María era solo un lejano reflejo de sus bellezas intelectuales e imperecederas. Entre todas las mujeres era la más bella, porque era la más casta y la más santa.

“En todos los modales de la Virgen reinaba la más encantadora modestia; era buena, afable, compasiva y nunca mostraba enfado alguno contra los afligidos al oír sus prolongadas quejas. Hablaba poco, siempre al caso, y nunca mancilló sus labios con la mentira. Su voz era dulce y penetrante; y sus palabras tenían un no sé qué de bondad y consuelo, que derramaban la paz sobre las almas. Siempre la primera en las vigilias, la más exacta en el cumplimiento de La Ley divina, la más humilde; en fin, la más perfecta en todas las virtudes. Ni una sola vez se la vio airada; nunca ofendió, ni causo pena, ni reprocho a nadie. Era enemiga de toda ostentación, sencilla en el vestir, sencilla en sus modales. Ni por asomo le vino el deseo de exhibir su hermosura, su antiguo y noble abolengo, ni los tesoros que enriquecían su mente y su corazón. Su misma presencia parecía santificar a cuantos la rodeaban, y su sola vista bastaba a desterrar todo pensamiento terreno. Su cortesía no era simple formula compuesta de palabras vanas: era expresión de la universal benevolencia que brotaba de su alma. En fin, todo en Ella respiraba a la Madre de Misericordia.” (Orsini: Historia de la Santísima Virgen.)