“Y una espada traspasará tu alma”
Lc. 2, 35
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


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Un nuevo escenario del año eclesiástico ha sido notablemente caracterizado por el despojo de los pesebres y el alejamiento de los personajes que lo componían. Nuestra Señora y el Niño, San José, los pastores, los fastuosos Magos (las mejores señales de un acontecimiento) con su pintoresco séquito de camellos y criados, etc.


Este cambio señala el paso de la estación navideña, la que termina el 2 de febrero en la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen. Pero en el mismo día celebrarnos la Presentación de Jesús en el Templo y su reconocimiento como Mesías, hecho por el Santo Simeón y la anciana Profetisa Ana: éstos hacen una sensacional predicción. Se verá por tanto que la fiesta es un conjunto especial. Incorpora el característico aspecto de la vida tanto de Nuestro Señor como de su Madre: esto es, forman una inseparable combinación de gozo y tristeza, de sufrimiento y gloria. No está lejos de éste el destino cristiano.

¿CUÁNDO VINIERON?

La Presentación es uno de los Misterios Gozosos del Rosario y al mismo tiempo es el primero de los Siete Dolores -una lección de contradicciones. Se debe notar, como primer pensamiento, el hecho de que la Sagrada Familia estaba en Judea en ese tiempo- esto es 40 días después de Navidad, mostrando que los Magos no habían venido el 6 de enero anterior, como se supone comúnmente, sino mucho más tarde. Porque inmediatamente después que los Magos fueron a Belén, regresaron a sus casas por el mandato del mensaje celestial. A poco de esto el Ángel dijo a José que tomara al Niño y a su Madre y huyera a Egipto, lo cual se efectuó. La mística alemana, Ana Catalina Emmerich, cuyos escritos tienen el mérito de su originalidad, dijo que los Magos llegaron 9 meses después de Navidad, pero me inclinaría yo a la creencia de que el 6 de enero no era el caso de una fecha arbitraria, sino que posee un significado. Así que nosotros podemos creer que fue el 6 de enero del siguiente año cuando llegaron esas distinguidas figuras.

La misma Catalina Emmerich explica por qué María y José podrían haber venido al Templo, lo más pronto después de la Navidad, y la conversación de los Pastores se había ruidosamente extendido mucho, a ese tiempo, no solamente en Belén sino en Jerusalén, la que está tan sólo a 6 millas de distancia de Belén, pero estas declaraciones eran miradas como tonterías por la gente importante. Ella también dice que aquellos rumores llegaron a conocimiento de Herodes. Por supuesto todos estaban a la expectativa de semejante cosa, porque el tiempo de la venida del Mesías, conforme a las Profecías, había llegado. Por lo mismo el pensamiento de la gente estaba en piadosa expectativa. Herodes lo consideró como asunto suficientemente digno de investigación. Envió un oficial de su palacio a Belén para echar una mirada a las cosas. Este entrevistó a María y José; refirió que ellos eran simplemente gente pobre, que no hacían gran ruido y que lodo aquel asunto no era digno de tomarse en cuenta.

LA OFRENDA DEL POBRE

Según la Antigua Ley, una mujer era impura después del nacimiento de un hijo: durante 40 días si era varón y 80 en el caso de una niña. El motivo de la diferencia no es claro. La madre tenía que venir al templo y purificarse de la impureza. Tenía que dar una ofrenda prescrita en los libros de la Antigua Ley. Era un cordero y una tórtola, y si los padres eran pobres, podían sustituir una paloma al cordero. Luego el sacerdote encargado rezaba sobre ella y así quedaba purificada.

La segunda ceremonia que viene a ocupar esta fiesta, es la presentación del primogénito a Dios. Esto constituía un recuerdo para los judíos. Viene desde el tiempo de Moisés, cuando, los primogénitos habían sido salvados, mientras los de los egipcios fueron muertos. El primogénito que era ofrecido en el templo podía ser inmediatamente redimido por una cantidad de dinero determinada. En el tiempo de Nuestro Señor la suma de dinero determinada era de cinco ciclos, siendo el valor de estas ofrendas bastante considerable y provenía de cada una de las madres.

Todas las condiciones fueron cumplidas. María y José, como buenos creyentes, cumplieron estas ceremonias al pie de la letra. María no estaba sujeta a defecto alguno ni por el pecado original ni por otro, y no caía bajo la Ley. Pero no fue este motivo para ensalzarse y sobresalir.

En verdad, reflexionando se ve que le correspondería a Ella la posición en la que se colocaba. La gente no le comprendería ni le creería. Así Ella vino al templo y cumplió todas las condiciones. Una de ellas, la presentación de las ofrendas.

No es un hecho comprobado que Ella y José fueran víctimas de la pobreza. Es probable que hayan tenido tiempos duros en Egipto, donde eran extranjeros; pero esto no se aplicaría a su propio país. San José era hombre honrado, competente artesano, que ganaba bastante bien. En estas circunstancias María podría sin duda haber dado el cordero y la tórtola, pero en su lugar Ella usó el privilegio concedido a los pobres y dio una tórtola más en lugar del cordero. ¿Por qué? Aquí nos encontramos seguramente con un gran simbolismo, que debemos tratar de entender. Si razonamos, nos damos cuenta de que Ella estaba ya ofreciendo un Cordero, su Hijo Jesús, el Cordero de Dios. Cuando se insertaba, al principio en el código, esta ofrenda del cordero, en quien se pensaba era en el Cordero de Dios, el Redentor. Habría sido bastante otro cordero ordinario, y así ofreció las dos tórtolas.

PREFIGURADA "LA MUJER" DEL GÉNESIS

Es interesante averiguar por qué la tórtola suplía al cordero. Nosotros podríamos inclinarnos a preguntar: ¿debería presentar tan sólo un animal de sacrificio? No. Todas las cosas en la Liturgia del Antiguo Testamento prefiguraban a la mujer del Génesis y su Descendencia, que unidos redimirían al mundo. Todas las cosas, aunque pequeñas, tenían su significado. Se trataba de algo vital. Del mismo modo que el cordero representaba al Cordero Divino, que sería sacrificado, así la tórtola estaba representando también algo. Qué otra cosa podría significar, sino a María misma, la cual es llamada en nuestra Liturgia Eclesiástica: "Querida mía. Paloma mía. Hermosa mía".

La Ley obligaba que ella presente a su hijo a Dios. En su caso ese hijo era algo extraordinario.

Esta presentación, tratándose de una madre Judía, no era más que una ceremonia legal, algo
Frank Duff, fundador de la Legión de María.por lo que debía pasar. En María era una real entrega a Dios Padre de su Hijo, que al mismo tiempo era Hijo de Ella. Comenzaba el sacrificio para Él. Comprende aquello que Benedicto XV inapropiado a las circunstancias, en el caso de María, ofrecer ha dicho en nuestros tiempos: "La entrega de sus propios derechos sobre su Hijo". Ella tenía un más claro interior conocimiento de los caminos de la Redención. Todas las profecías de la Sagrada Escritura pasaron por su mente en este momento, aunque su conocimiento le dijo que éste no era todavía para la destrucción de su Hijo. Aun más, éste era un adentrarse en las puertas de la Redención y su paralizante estremecimiento debía haber penetrado en su corazón. Pero las cosas procedieron normalmente y Ella fue capaz de rescatar a su Hijo por cinco ciclos. Uno se mueve a hacer la reflexión que suena a cínica, pero realmente triste, y es que siempre Nuestro Señor es vendido a precio barato. Judas lo vendió a Él por algo igual a esta suma de dinero. La Ley prevenía que la Madre solamente recibiría a su hijo con el propósito de criarlo para que se haga digno del servicio de Dios, como se cumpliría en el caso de Nuestra Señora, que ofició tan perfectamente, pero a qué precio tan grande para su corazón.

UN GRAN SUEÑO FUE REVELADO

Esas ceremonias terminaron, vinieron luego los encuentros extraordinarios con el Santo Simeón y con la Profetisa Ana. Cada uno de ellos fue conducido al encuentro con la Sagrada Familia, por directa intervención del Espíritu Santo, como el mismo Evangelio lo declara -el tiempo de la venida del Mesías, según las profecías, como ya se ha dicho, estaba ante Simeón (dice el Evangelio de San Lucas 11-26)-. Había recibido la respuesta del Espíritu Santo, que no habría de morir sin antes haber visto a Cristo, el Señor. En esa expectación él estaba ansiosamente esperando. Imagínese la extraordinaria escena. María venía con el Niño que acaba de rescatar. José con Ella, y este anciano Simeón encontrándolos. Al Infante, sostenido en los brazos de María, lo reconoció. Lo tomó en sus brazos y prorrumpió en su celebrado cántico del "Nunc dimittis", el Himno de Completas: "Ahora, Dios mío, ya puedes hacer que descanse en paz tu siervo, según tu palabra, porque mis ojos han visto su salvación. Tú que has preparado a la paz de todas las gentes, una luz para la revelación de todos los gentiles y la gloria de tu pueblo Israel" (San Lucas 2, 29-32).


SIMBOLISMO DE LAS CANDELAS

Una de las ceremonias del 2 de febrero es la bendición y encendida de las candelas. De nuevo un rico simbolismo. Esto ha motivado para llamarla la Fiesta de la Candelaria: es en referencia a la frase del cántico: "Una luz para la revelación de los gentiles", y también a aquellas palabras, que Nuestro Señor mismo usaría más tarde "Yo soy la Luz del Mundo". Simeón profetizó igualmente el destino redentor a su Madre. Esto se ha hecho en el tono más solemne de la Escritura, el que se ha reservado para los primeros momentos. El relato insistente, que Simeón tenía. El Espíritu Santo habló por él. Dirigiéndose a María él dijo: "He aquí este Niño colocado para caída y resurrección de muchos en Israel y para signo de contradicción". Entonces añadió: "Una espada de dolor traspasará tu propia alma, para que los pensamientos de muchos corazones se revelen". Nosotros vemos que desde este gran acontecimiento aquella compasión de María (para usar la auténtica palabra, que describe la asociación de Nuestra Señora) fue materia de una de las más resonantes usanzas de la Escritura, una insistencia en su participación vital en la Redención. Se añadía la misteriosa referencia que "los pensamientos de muchos corazones serán revelados".

UNA PRUEBA Y REFERENCIA

¿Qué significan estas palabras? Qué más podrían significar, sino aquello que Nuestro Señor va a ser una prueba para los corazones humanos, de tal manera que algunos saldrán con éxito y se levantarán, mientras que otros fallarán y caerán, así será en consideración a María.

La aceptación de Ella o el rechazo será igualmente una prueba de los corazones de los hombres, un punto de referencia para la salvación. María estaba versada en las Escrituras. Ella conoció muy bien que iba a ser la Madre del Hombre-Dios de Dolores. Ella conoció la profundidad de los dolores: "Un gusano y no un hombre". Así Isaías había predicho la condición extrema a la que Nuestro Señor se reduciría. Pero ahora viene a Ella de labios humanos no del Sagrado Libro. Era el primero y más espantoso tañido de la campana.

Ella iba a ser torturada juntamente con El. Ella moriría místicamente con Él. "Casi muerta", Benedicto XV diría de Ella. Sin embargo no fue para Ella motivo de tristeza sino de gozo el oír esto, porque significaba, que así como Ellos habían comenzado juntos en la mente Divina desde antes de la creación del mundo y desde toda la eternidad, así tenían que estar juntos hasta el fin: El Redentor y la "Fiel" que hizo posible todo y que fue su infaltable socio en todos sus ministerios.

Había un solo destino, un martirio, una victoria, un reino. De ningún modo debe ser dividido nuestro amor y gratitud. Nuestra adoración debe colocarla a Ella a su lado o algo más.

La narración evangélica baja entonces a la tierra desde esas inmensidades.
Casi fríamente señala: "Después que había realizado todas las cosas según la ley del Señor, ellos regresaron a Galilea a su pueblo de Nazaret". (S. Lucas 2, 39).