Tener la mente de María
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org

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VOY a abordar lo más hondo de la Legión: la cuestión del motivo. Y tendré que detenerme particularmente en aquella parte del motivo, que es María, nombre que tiene a gloria llevar la Legión. María es motivo principal en la Legión con carácter de esencial.
El Gran Concilio ha hecho historia en muchas direcciones. Una de éstas ha sido respecto a nuestra Santísima Madre. No han faltado algunos en decir que el Concilio más bien la ha disminuido. Me disgusta lo perverso de esta opinión. Que citen tales palabras de disminución, a ver si las hallan. Antes al contrario, el Concilio nos la ha mostrado en alturas no vistas hasta ahora. El Decreto "De ecclesia", que se describe a sí mismo como la Constitución Dogmática de la Iglesia, es el primer esfuerzo que ha hecho la Iglesia Católica para trasladarse al papel. Allí ha dedicado toda una sección, el Capítulo 8, al lugar de María en la Iglesia. Los que siguieron los primeros pasos del Concilio recordarán la santa disputa que se levantó entre los Obispos sobre si a la Santísima Virgen habría que dedicarle un decreto aparte o incorporarla en el Decreto de la Iglesia. Un gran número de Padres pidieron ansiosamente al principio que se le dedicara un decreto separado, por cuanto la dignidad de nuestra Señora exigía un tratado especial. Darle un rincón en un documento general sobre la Iglesia les parecía como un eclipse total de María. Y fueron tan poderosos estos sentimientos que se hizo necesaria la intervención misma del Santo Padre, como de otras figuras distinguidas, para corregir semejante parecer. El Santo Padre hizo ver que lo contrario era lo correcto, que el lugar propio de la Virgen estaba en la Constitución de la Iglesia, y que retirarla de allí sería perjudicial para Ella. Por supuesto, es este punto de vista lo preciso. Si María está en la Constitución Dogmática, necesariamente tiene que ser descrita en función de la Iglesia. La doctrina no debe estar subordinada a la devoción. Con la Virgen no deben darse ni exageraciones ni tampoco disminuciones. Su oficio es constitucional y no puede ser ignorado.

En cambio tratar de la Virgen en un decreto aparte eso sí habría significado relegarla a rango secundario. Y mientras más exaltados habrían sido los términos acerca de Ella, más mirado habría sido como un decreto simplemente devocional y una actuación impulsada por sentimientos populares. Entonces el resultado habría sido contrario al que se buscaba.

Finalmente la materia fue contemplada en su perspectiva plena y a nuestra Señora se le dio un puesto glorioso en la Constitución Dogmática de la Iglesia, la que muy bien podríamos llamar la Carta Constitucional de la Virgen.

¿Cómo está manifestada allí nuestra Señora? Como parte y porción de todo el esquema de Dios. Uno no puede menos de quedar admirado de la semejanza entre ese capítulo y lo que las páginas del Manual de la Legión nos han venido enseñando. Lo que en total quiere decir que la Carta Constitucional de María -como la hemos llamado aquí- constituye un respaldo de todo cuanto se ha venido enseñando en la Legión acerca de nuestra Señora en todo tiempo. No hay nada en el Decreto sobre lo que la Legión haya ignorado. Pero esto no es propiamente lo que acredita a la Legión. Porque la Legión no ha hecho otra cosa que exponer lo que los Papas han venido enseñando, y el Concilio tan sólo ha puesto en legislación formal lo que los Papas nos venían aleccionando en sus palabras y escritos.

De modo que nuestra Señora tiene una posición clave. Ella es inseparable de la Iglesia Católica. No se la puede quitar de este su lugar sin dejar mutilada a la Iglesia. Dejaría de ser la Iglesia Católica. El puesto de María es primario.

No hay disminución de María en el Decreto. Al contrario, con sólo rebajar un tanto lo declarado acerca de Ella en dicho decreto, se interferiría con la estructura doctrinal. Es bien sabida la cita aquella del Manual acerca del tejido: con sólo arrancar un hilo se ha echado a perder el tejido. De modo semejante, pervirtiendo un punto de doctrina, la iglesia cae desplomada. La Iglesia es la hechura de las mismas manos de Dios, algo delicadamente ingeniado. Todo en ella está en el debido equilibrio y proporción. Si el hombre se entremete en ello, sufrirá daño la estructura y, en consecuencia, se herirá a sí mismo.

Partiendo de este principio voy a discutir ciertos aspectos de nuestra Señora referentes a nosotros. Como parte lógica de la doctrina del Cuerpo místico nos hemos visto urgidos a unir nuestro pensamiento al de Jesucristo mismo. Estamos hechos a la idea de que debemos actuar en unión con Él. Estamos en Él; somos sus instrumentos; dependemos de Él; y todo el esquema del Cuerpo místico descansa sobre esa cooperación entre Él y nosotros. Contribuimos con pobres pequeñas cosas que se ha dignado Él aceptarlas y aún hacerlas necesarias para Él. Por lo mismo Él derrama en esas cosas todo cuanto posee -hasta su divinidad. Es en este espíritu de unión con Él, dándoselo todo a Él y recibiendo de Él, como emprendemos nuestro apostolado. Aunque no llegamos a realizarlo a cabalidad sino cuando aplicamos la misma idea de la interacción a la más alta operación de nuestro Señor, que es su pensamiento. Claro que Él nos invita a pensar para Él en la misma medida en que llama a nuestras manos y nuestros pies a trabajar por Él. Debemos pensar para Él. Debemos hacer planes para Él. Cuando nos entregamos a nuestra tarea, su pensamiento y su plan se unen a los nuestros, aun los más pequeños, y su virtud se derrama en una acción conjunta.



La misma idea propongo con respecto a nuestra Madre María. En la primera Carta de San Pablo a los Corintios (Cap. 2,16) nos manda tener la mente de Cristo. Haciendo una adaptación del texto yo diría: tened la mente de María. La unión con María debería ser el estudio de los legionarios. En tal forma debemos unirnos a Ella que podamos entrar en cada uno de los La misión de María es esencialmente maternal. La Santísima Trinidad antes de todos los tiempos la tenía pensada como madre. Estaba destinada para dar a luz al Señor hasta entregarle a su misión, y así lo hizo. Como parte del plan Ella da a luz a todos sus miembros, unidos a Él y a Ella y entre sí, y Ella cuida de sus vidas. María es muy de veras madre para con ellos en todo aspecto. Ella trata de hacer crecer a estos miembros, sin exceptuar a nadie, a la estatura completa de nuestro Señor. Esta es la frase usada en otra de las cartas de San Pablo (Efesios 4,13) para describir el propósito de la Iglesia. Es el Espíritu Santo el que realiza este milagro, pero se hace ayudar de María como cooperadora, haciéndola así verdadera madre de los hombres. De este modo su verdadera función es desarrollar en nosotros una completa semejanza con Cristo, reproduciendo todos los aspectos de su vida y participando plenamente en su obra redentora. Como parte que somos de Cristo, debemos naturalmente hacer todas las cosas en las que Él se empeñó. María está armada con todos los medios para cumplir su misión. La culminación y cumplimiento de esa su maternidad es asociar los hombres a ella.

En otra de sus tremendas plumadas, el Concilio insiste en que todo apostolado no es otra cosa que una extensión de la maternidad de María; es una parte de su continuo dar a Cristo al mundo. De lo que resulta que nadie puede tomar parte en el apostolado o perseverar en él sino con Ella. Por lo mismo debemos buscar su ayuda. Deberíamos familiarizarnos con esta idea porque la Legión está construida sobre ella. Felizmente ahora es una doctrina enseñada por la Iglesia. María nos sostiene en nuestro apostolado. Para tener éxito en él debemos tener alguna comprensión de esta ordenación. Si ganamos méritos de cosas que no entendemos perfectamente, el entenderlas multiplica los méritos extraordinariamente. Nunca debemos quedarnos satisfechos con lo impreciso, sino esforzarnos por llegar a lo definido y claro, a una realización cada vez más grande de lo que el Señor y la Virgen están haciendo en nuestras vidas. Justamente en la medida en que conscientemente entremos en esa unión apostólica con María sacaremos fruto para nosotros mismos y para los demás.

Sabremos sacar provecho de todas las gracias si nos abrimos a ellas en la forma debida. El primer paso es implorarlas. Dios conoce nuestras necesidades, pero pide corno parte del elemento esencial de cooperación humana que nosotros imploremos lo que necesitamos. Por lo mismo debemos pedir la gracia de entrar plenamente en ese ordenamiento divino en el que María sirve de madre a las almas y nos emplea como auxiliares.

Después debemos proceder a hacer aquello por lo que hemos rezado. No nos vamos a quedar en sólo pedir ser apóstoles y luego no hacer nada apostólico. En este caso ya no seremos apóstoles aunque hayamos querido serlo con nuestras súplicas. Tenemos que actuar racionalmente y esto nos obliga a la puesta por obra.

Una manera eficaz de hacer esto es asociarse a la Legión. Esta sencilla operación proporciona los ingredientes básicos de un apostolado realizado como participación en la maternidad que María tiene frente a las almas. En primer lugar, la Legión nos hace conocer a María, lo que el Concilio nos indica como necesario. Los apostolados católicos a menudo yerran suponiendo en sus miembros un fundamento que no existe. Hacen muy poco en decir a sus miembros que su obra depende de María. El final de esto es desastroso. Jamás debería uno imaginarse una cosa como concedida.

La Legión nos guía cuidadosamente a lo largo del rudo camino del apostolado desde los verdaderos primeros pasos de entrada a sus filas hasta la consecución de las más grandes realizaciones. Si mantenemos recto nuestro espíritu y no apartamos nuestros ojos de María nuestra Madre esforzándonos por crecer en nuestra unión con Ella, un maravilloso desempeño seguirá casi automáticamente a nuestros primeros débiles pasos. Es de notar que muchos que daban sus primeros pasos vacilantes en la Legión, ya entraron a cielo en su capacidad triunfante de mártires. La Legión ha venido produciendo mártires en gran escala.

Todo lo que se requiere para entrar en la Legión y progresar en ella es buena voluntad, acompañada, por supuesto, por un acto de esa voluntad. Por lo mismo lo que la Legión busca para formar es gente de gran voluntad. Una vez encontrada, poco a poco le va imbuyendo enseñanzas y motivos que van a ser la base de su obra. Le proporciona tareas y se las organiza. No acostumbra hablarle mucho sobre apostolado ni sobre su espíritu e ideales, sino que le deja más bien el dar con la obra por sí misma y planearla. Claro que esto le traerá fracasos, pero éstos son tan necesarios como proporcionarle tareas y enseñarle motivos.

La Legión por lo tanto atiende a la cuestión de la formación y del espíritu, y no meramente a la conservación del espíritu y de la fe, sino a la exigencia de aquellas cualidades que mantienen un constante desarrollo, por lo mismo que en las cosas divinas no se dan fronteras ni últimos horizontes. Asimismo tampoco hemos de poner límites a nuestra confianza en Jesús y María y en su poder.

Conforme a la fórmula de la Legión, la obra debe hacerse por Jesús y en un espíritu tan intenso de unión con María que resulte ser Ella la realizadora de la obra. Repito que esta cooperación con Ella debe incluir el aspecto más elevado, a saber la unión de mente con María. Hemos de esforzarnos por entrar en sus maneras de pensar e imaginarnos cómo sabría mirar a las almas. Cuál sería su pensamiento en una situación particular. Muchos van a decir que esto es cosa difícil, pero en la realidad no lo es. Pensemos por ejemplo en nuestras propias madres, fijándonos en el amor que ejercitan en torno a su hijo. Ahora exaltemos esta cosa maravillosa hasta la más alta cima de un idealismo consumado. Con esto como base, imaginémonos lo que será el amor de madre de María. Ese mismo amor debemos hacerlo nuestro y participar de sus deseos.
Frank Duff, fundador de la Legión de María.¿Cuáles son sus deseos por el mundo? El Concilio nos enseña que ella es la Madre de todos los hombres, no solamente de los que se encuentran en el aprisco, o de los que la aman, sino de todos los hombres, de aquellos que no la conocen y hasta de los que la odian. En el alma de cada uno de estos mortales hay un germen de amor para con su Madre. Este germen existe por el solo hecho de haber sido traídos a la vida, aunque desgraciadamente no se desarrolle por la humana negligencia. El Papa Paulo insiste en que todo católico debe estar al corriente de este oficio de María para con todos los hombres. Aleccionados ellos podrán pasar ese conocimiento a todos los hombres. En otras palabras, en vez de estar ocultando a María de los que están fuera de la Iglesia como si ella fuera un obstáculo en su camino, debemos hacer todo lo contrario. Ella es el medio esencial de alcanzarles la gracia.

De modo que debemos desarrollar nuestra unión con Ella. Son vitales para esta unión la simpatía y la inteligencia. ¿Cómo podríamos decir que tenemos unión con Ella si tan sólo imitamos sus acciones a la manera en que un mono imitará las nuestras? Ese animal no entraría nunca en nuestra mente. La unión que sólo atendiera a lo externo y cosas por el estilo no sería más que una operación superficial, y obviamente no tendría mayor buen resultado. Porque María, a pesar de su corazón, sólo puede dar de acuerdo a las disposiciones que encuentra en nosotros. Esto no quiere decir que las disposiciones han de ser necesariamente perfectas. Porque entonces Ella no podría darnos absolutamente nada.

Lo que debe haber en nosotros es un deseo ardiente de María y una tendencia hacia Ella. Ella debe encontrar una capacidad de recibir. Entonces Ella puede dar, llegando sus dones a aumentar nuestra capacidad, con un resultado de progresivo crecimiento, Si avanzamos hasta el punto de ofrecerle una cooperación que nos cueste sacrificio Ella nos habilitará a responder según su propia medida. Tomará posesión de nuestro don y lo hará crecer hasta la dimensión de su propia maternidad.

En la Promesa de la Legión le rezamos que venga a unirse con su soldado y con su Hijo. Que es precisamente lo que Ella desea y busca. Si se sufre algún accidente no será lejos de su mirada. Si aspiramos a imbuirnos de fas condiciones de su mente, Ella se pondrá deseosísima de dárnoslas. Hasta en las cosas del orden natural veremos que una actitud semejante nos resulta de inmensa ayuda para nuestra piedad y nuestra manera de actuar con tal que tratemos de llenarnos de lo que creemos son sus pensamientos. Claro que María está muy por encima de nosotros. Ella es la Inmaculada Concepción. Esto quiere decir que tiene una vida que va mucho más allá de nuestras realizaciones humanas, elevándola hasta los confines de lo divino. De modo que María es un ser extraordinario que vive según privilegios únicos. Pero sería un error pensar que esto la pone fuera de nuestro alcance, distanciándola grandemente de nosotros, o haciéndola menos madre nuestra. No es este el caso. Las maravillas que se han operado en Ella le acercan más a nosotros. Todo ese conjunto de gracias suyas le han hecho una mujer ideal y más nuestra Madre, no siendo otro el fin de sus privilegios. Nosotros somos capaces de representarnos una imagen de la madre ideal. Esa imagen estaría todavía muy lejana de la auténtica de María, pero sería lo suficiente para encariñamos con Ella; es todo lo que importa.

Siendo María como lo hemos visto, nuestra Madre y nuestro modelo, nosotros debemos sentirnos en cierto grado capaces de imitarla y comprender lo que significa su maternidad. En nuestro empeño de amar a Jesús, no hay duda que nos servirá de inmensa ayuda el imaginarnos cómo lo amaría Ella. Este debe ser nuestro constante comportamiento. Debemos esforzarnos por entrar en su amor para con El en todos los momentos de su vida, sobre todo cuando lo contemplaba morir en la cruz. ¡Cómo habrán sido entonces su amor y su pena!

Ningún corazón ha sido hecho tan delicadamente como el suyo. Su sensibilidad era extrema. María amaba a su Hijo, y así lo que Ella sufrió en Sus sufrimientos debió haber sido extremo y horrible.

Pero no sólo en el momento final, sino a todo lo largo del curso de sus dos vidas juntas sirvió María a su Hijo con una devoción digna de Él. Este es un territorio que debemos tratar de explorar. Porque lo que nos está dando ahora es el mismo cariñoso servicio que daba a Jesús. María nos ama a nosotros como a Él. Porque para Ella somos Jesús. Desea hacer con nosotros, aunque indignos, lo que hizo por su Hijo. Si no podemos penetrar en la sublimidad de su mente, por lo menos podemos mediante una contemplación profunda y afectuosa sobre María, sentir con Ella cuanto nos sea posible. Psicológicamente es un ejercicio precioso. Pero la gracia se hace presente y eleva estos niveles naturales a alturas sobrenaturales.

No sólo estamos tratando de llenarnos de sus pensamientos y sentimientos, sino que también procuramos asociarnos a su maternidad, Y María sabrá concedernos todo cuanto es necesario para ello. Es una idea divina la que ha dispuesto que nosotros seamos absorbidos en este aspecto de la Redención. Por lo mismo, si no interponernos obstáculos sino más bien nos abrimos a lo que se nos pide como sacrificio, nuestra carrera progresiva en el apostolado será tan automática como la operación de la fuerza misma de gravedad.

San Luis María de Montfort afirma en su gran obra, que María no puede nunca ser vencida en generosidad, antes siempre nos llevará la delantera. El Santo dice -haciendo un juego de palabras francesas- que por un huevo nos dará un buey, para hacer notar la inmensa desproporción de intercambio de dones. Esta su generosidad maternal, o más bien, prodigalidad, nos anima a esperar cosas que no sólo están más allá de nuestra capacidad natural de poseer sino hasta más allá de nuestro actual poder de imaginación o de petición. Si vamos a entrar con cierta proporción o realidad en la maternidad espiritual de María, es esencial que nosotros asimilemos algo de su instinto de madre para con las almas. Debemos mirarlas tal como Ella las mira. Debemos tener cierto sentido que nos haga apreciar las almas como Ella las aprecia y nos haga adivinar lo que María desea de ellas, a fin de atinar con el preciso servicio que nos toca dar como auxiliares suyos. Nuestro esfuerzo de ayuda a las almas sólo será eficaz en la medida en que las miremos como Ella las mira. De otro modo obraremos como simples funcionarios y probablemente abandonaremos pronto nuestra tarea.

Descendiendo del apasionado anhelo de María por las almas hasta el ínfimo nivel de solicitud humana por ellas, se descubren innumerables grados. Hay personas que se dan por satisfechas durante toda su vida con insignificantes actos de servicio. Hay personas que se pasan toda la vida sin hacer un acto digno por otra persona. Podemos ayudar a las almas que se presentan a nosotros sin que nos sea posible evitarlas, si bien es mejor atenderlas por pura generosidad. También podemos prestar nuestros servicios a las personas que están en torno nuestro. O podemos salir en busca de almas en un pequeño radio de acción. Podemos sacrificarlo todo por ellas como nos lo declaran elocuentemente las vidas de los santos. Pero el peldaño más elevado es llegar a imbuirse de los mismos anhelos de María por las almas, hasta dejarnos inquietos sus necesidades y ensancharse nuestros deseos en escala universal sin excluir a nadie. Un grado semejante alcanzamos a ver realizado en forma evidente en la vida de todo santo misionero. Aún en su convento la Florecita de Lisieux miraba al mundo en esta forma. Ella tenía una especie de angustia por cada alma. No pudiendo ir tras las almas, su corazón hacía lo que no podía su cuerpo, y su corazón volaba tras cada alma.

Hay una sección en el Manual que trata de acentuar esta idea. Lleva por título: "Su último Testamento", y va describiendo toda posible clase de gente a la que debemos evangelizar en el pensamiento. Por una multiplicación de las categorías de necesidad esa lista llega a meternos la idea de ponernos en contacto con toda alma dondequiera, sin dejar escapar ni una. Nada menos que esta ambición debe estar en nosotros si queremos hacernos eco hasta en el más pequeño grado del instinto de María por las almas.

Debemos en toda forma apuntar a establecer contacto con toda alma en el mundo con intención de convertirla. ¡Cosa fantástica!, se dirá. Pero no. Eso es posible con tal que nos entreguemos enteramente a la maternidad de María. Es un caso de investigación que me hecho pensar mucho el que tantas personas de virtud puedan limitarse en su visión. Aman ciertamente a las almas, pero aparentemente sólo a las almas que se les ha encomendado formalmente. Si piensan en otras más, no lo demuestran ni se ve que se aprovechen de te oportunidad para ir más allá de su círculo. Es cosa extraña pero verdadera.

Personas que se han consagrado a la vida religiosa y que se emplean en enseñar o cuidar dan señales de que piensan más allá de su clase o de su hospital en la multitud de afligidos que hay afuera. Ni se les ocurre siquiera el formar por ejemplo un praesidium para socorrer esas almas. Está a la vista. No hacen nada ni directa ni indirectamente para alcanzar a es almas. Con esto no quiero decir que deban cambiar su puesto de obediencia o sacarse tiempo de su tarea. Pero nada les impide para que alimenten grandes deseos por las almas impulsos de un acendrado amor a María, que necesariamente les llevará a mirar a las almas modo de Ella.

Es curioso ver que legionarios de cualidades medianas logran hacerse de esta actitud universal para con las almas, y no se pierden oportunidades para auxiliarlas aún con el sacrificio de viajes. La Peregrinatio es un ejemplo palpable. Incuestionablemente todo esto es debido al hecho de que los legionarios han sido bien adoctrinados sobre la maternidad espiritual de María.

La conclusión de todo esto es la siguiente: No podemos poseer el verdadero instinto apostólico si no participamos de la mente de María. Pero hay algo más. El anhelo de María por las alma; tiene una especie de poder creativo ingeniándose maneras y medios para alcanzar a las almas. Atizando deseos y disponiendo la voluntad para obrar en caso de poder hacerlo, llega a darse en una u otra forma la manera de hacer algo. No debemos cesar de aspirar a realizar la obra misma. Nuestros vivos deseos acabarán comprometiendo la obra a la maternidad de María, aunque no siempre por medio de nosotros mismos. Las cosas se suceden no de acuerdo a la débil filosofía humana sino de acuerdo a su poder, que es el mismo poder de Dios obrando por su medio. En ese proceso nos insertamos cuando emprendemos el apostolado. Nos sumergimos en la maternidad de María, y la maternidad de María es realmente una cosa infinita porque Dios ha querido que fuese una participación de su propia paternidad.




El 11 de octubre de 1964, cuando ya había sido lanzada la idea de que insertar a María en el Decreto de la Iglesia era menoscabar a la Virgen, el Papa claramente insinuó la oportunidad de tal integración: "Nuestro Concilio está a punto de afirmar el nombre de nuestra Señora en la gran visión de la Iglesia " -dijo en presencia de los Padres Conciliares reunidos en Santa María la Mayor- y más adelante añadió: "Oh María, pueda la Iglesia de Cristo, que es también tu Iglesia, reconocerte en sí misma. El discurso de clausura confirmó estas direcciones, y sobre todo lo hizo el voto del 29 de octubre en el que se decidió la inserción por una débil mayoría.