Sufrí con el que vi sufrir (*)
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


Beata Ana Catalina Emmerich, ver imagen completa.

 

Hemos estado recibiendo un gran número de visitas de distinguidas personas que han asistido a las sesiones del gran Concilio. De sus conversaciones hemos deducido con claridad que la mayoría de los Obispos han mejorado sus opiniones acerca de la Legión, disponiéndose a otorgarle su confianza y a encomendarle las obras que tienen entre manos. Les hemos hallado familiarizados con los varios capítulos de la historia de la Legión. Lo que más ellos han admirado es la capacidad de la Legión para encender valor y tenacidad en sus miembros hasta el enfrentamiento resuelto a todo maltrato antes que retroceder.

Fácil es de ver que en aquellas palabras se ha dado una muy buen definición de la diferencia que hay entre un ejército y una multitud. El ejército cumple con su deber, y la multitud sólo sabe huir. En aquel juicio he pensado que aquellos prelados están juzgando rectamente, y que la circunstancia que más se va a poner de relieve es la de la fortaleza. Este va a ser el caso aún en puestos donde no se declaran dificultades mayores. Se acabará por cerciorarse que las tareas ordinarias, que quizá son las más importantes, dependen también de esta cualidad de fortaleza. No se debería olvidar, por ejemplo, que se requiere tanta solidez de virtud para una obra en nuestras hospederías que para hacer frente algo como China. Un encanto puede juntarse a combates más espectaculares, y al martirio mismo, lo que puede ayudarnos a sobrellevarlos. En cambio el diario llevar la cruz del sufrimiento y del fracaso, cuya sombra se extiende a lo largo de años enteros, puede ser en verdad lo que se llama martirio blanco.

Estábamos hablando con un Obispo de una de las diócesis sudamericanas. Pintaba un lúgubre cuadro de la tarea de crear un orden en el caos religioso y general de su territorio; la fe y su práctica habían desaparecido. En semejante situación puso su entera confianza en la Legión por la razón especial de que la Legión tiene columna vertebral y es capaz de comunicar igual fuerza a las personas. Sabía diferenciar las cosas aquel prelado. El veía que todas las demás cualidades sin la de la fortaleza son de dudoso valor al tiempo de la dificultad, casi como los ladrillos de una pared sin cemento o mortero. Toda virtud debe poseer fortaleza para que valga la pena.

Y esto tiene aplicación para las virtudes más suaves como para las más austeras. La mansedumbre, la bondad, el amor sin la fortaleza no sabrían hacerse otra cosa que debilidad, por decir lo menos. De aquí mi propósito de hablaros de la fortaleza en la Legión. Voy a deciros donde encontrarla y cómo obtenerla en forma equilibrada, o sea, en su propio puesto. No estamos buscando una fortaleza sin más, pues podría hacerse cruel, dura, destructora; lo que no sería ningún cosa buena.


EL SECRETO DE LA FORTALEZA

¿Dónde encuentra la Legión aquella fortaleza que la gente observa? El secreto está en actuar automáticamente en cualquier obra por motivos cristianos. Si aquellos motivos se muestran evidentes, el resultado será dominar lo bajo de nuestra naturaleza y estimular al máximo los elementos más nobles.

En todo este proceso María desempeña una parte especial. Precisamente porque es Ella la que nos ha dado a Jesucristo y con Él (como suele expresarse la Iglesia) todo otro bien. Sus regalos contienen todo bien para aquellos que los quieren recibir. Pero para recibirlos en la medida en que nos los quiere dar, es necesario estar unido en algún grado con Ella. Esta unión se efectúa solamente por un acto continuo de voluntad, por un esfuerzo que no debe cesar nunca. De ningún efecto sería un acto de consagración meramente pasiva. Se impone una relación viva, mantenida por una frecuente mirada a ella.

Debemos tratar de eslabonar nuestras acciones a las suyas similares. Lo que crea un proceso doble. En el plano humano sacamos inspiración y consolación de esta adaptación de nuestros actos a los suyos. Esto por sí mismo produce grandes efectos, ya que todo noble ejemplo nos afecta poderosamente y nos impulsa a su imitación. Pero este efecto humano es excedido enormemente por la operación de la gracia que lo levanta a un nivel superior. Es esto lo que pueda hacer fácil un acto difícil y aún capacitarnos a confrontar situaciones horribles con una suerte de placer.

Para poder unir nuestros estados a los de la Virgen Santísima, debemos proponernos conocerla.

 

CONOCER A MARÍA POR MEDIO DE LA LECTURA Y REFLEXIÓN

Debemos tratar de familiarizarnos con su vida por la lectura y la reflexión. Por tanto sabremos representarnos varios episodios de su vida, los grandes y los pequeños. Algunos de ellos son proporcionados por el Evangelio. Otros por escritores espirituales; y algunos nos los podemos imaginar nosotros mismos. Cierto número está puesto de relieve por los misterios del rosario y de la Corona de los Dolores.

Es cosa esencial leer acerca de la Virgen con miras a establecer una suerte de intimidad entre nosotros y Ella. Si no tenemos de Ella más que una idea vaga, no nos hallaremos dirigiéndonos a Ella en forma constante y confiada. Por lo mismo repito que debemos leer, y luego pensar en lo que hemos leído.

¿Cuáles han de ser nuestras lecturas sobre la Virgen? Lo que dice el evangelio sobre Ella es de inmensa importancia, pero no satisface en cantidad; y como alimento de nuestra mente debemos buscar substancia y también importancia. He aquí unas pocas obras que sugiero para su estudio.

Ana Catalina Emmerich,(1) monja agustina, ha producido lo que popularmente se llaman sus Revelaciones o Visiones. Estas son sobre todo acerca de la vida de Nuestro Señor pero incluyen también a Nuestra Señora. Hay que aclarar que la Iglesia no las ha confirmado con su sello. Hay muchas cosas en este libro que están en desacuerdo con la versión generalmente aceptada de lo que sucedió. Pero al mismo tiempo es una obra que todo católico debería leer como una meditación, porque describe con detalles familiares las circunstancias y acontecimientos que los Evangelios han resumido brevemente. De este conocimiento emergen para en uno en animado detalle las Personas de Nuestro Señor y de su Madre.

Otro libro que está tratado en igual forma es el de María Agreda, Franciscana española. Tampoco tiene autoridad especial, pero llena el mismo vital propósito de proveer de alimento a nuestra meditación y de presentarnos vivas y reales aquellas augustas vidas de las cuales dependen nuestras propias vidas.

Hay otra obra de gran excelencia, escrita por Abate Orsini, de Francia, intitulada VIDA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN. Está basada en la idea de que lo que no se puede decir acerca de la Santísima Virgen por conocimiento directo, puede ser deducido muy a menudo por relación con las circunstancias de su tiempo y por las maneras en que una muchacha de su condición vivía. Orsini se mueve sobre el principio de que María habría de haber sido fiel a las costumbres aprobadas en lo religioso y social de su pueblo. Sobre esta base da en detalle una relación de la manera cómo nuestra Señora empleaba el día; las oraciones que rezaba; cómo se vestía y demás cosas.

Cuando uno se ha familiarizado con estos tres libros, ha quedado provisto grandemente de un conocimiento de María, del que hay que saber hacer uso constantemente. Ella es nuestra Madre más que la nuestra terrenal. Ella es la guardiana de nuestra alma y de nuestra vida. La liturgia de estos tiempos nos muestra a María como a la mujer en cuyas manos ha puesto Dios nuestra salvación.

Me he referido a sus Dolores y al Rosario. Cada misterio nos enseña una lección esencial. De acuerdo con nuestro propósito de adquirir fortaleza escogeré un misterio inagotable. Me refiero al cuadro evangélico de Nuestra Señora al pie de la Cruz: "Estaba de pie junto a la cruz de Jesús su Madre". ¡Qué fuerza en pocas palabras! El Evangelista insiste en que estaba de pie. No sólo estaba de pie en su cuerpo, sino también en su mente y corazón. La Iglesia dice de María que es la Mujer fuerte de todos los tiempos. Nos es presentada María como un ideal de fortaleza, fortaleza en su pureza total. Ella es la Mujer fuerte, y el episodio del Calvario nos la presenta como tal. Son los momentos de la consumación de la Redención, cuando el sufrimiento ha llegado al punto máximo y cuando, según las reglas ordinarias de la humanidad, la debilidad se presenta de cuerpo entero, los que debemos tener presentes en los momentos más duros de nuestras dificultades. Haciéndolo así, esa noble operación de la naturaleza y de la gracia se cumplirá en nosotros. La fortaleza sobresaldrá en nosotros y nuestra crisis tomará carácter positivo. La palabra "positivo" es importante aquí. Generalmente nos enfrentamos con una dificultad en forma negativa, o sea retrocediendo un poco interiormente. Nuestra primera reacción es de debilidad. Quizás después hacemos un esfuerzo para movilizar nuestras fuerzas tratando de ser positivos. Pero en esos momentos de duda sólo la derrota se presenta como solución. A lo mejor ya se perdió un terreno que nunca se recobrará. De modo que debemos aspirar a obrar mejor, o lo que es lo mismo, a no rendirnos de ninguna manera. Si lo logramos, la prueba se hará triunfo.

 

LA COMPASIÓN DE MARÍA

Para realizar esto en la mayor plenitud posible, deberíamos tratar de entrar íntimamente en el estado mental de María mientras estaba de pie mirando a su Hijo. Debemos identificar nuestra propia miseria y necesidad con las suyas. Debemos usar nuestros propios sufrimientos como medios que nos faciliten apreciar los suyos. "El conocimiento vino con el sufrimiento", dice Browning. Si en el momento de nuestros intolerables tormentos, tornamos nuestros pensamientos a Ella, de seguro alcanzaremos un poco de comprensión de la extensión de sus sufrimientos, y no como un ejercicio teórico, sino en verdad tremendamente práctico.

Asociando nuestros sufrimientos y debilidad a Ella, sabremos la intensidad de su dolor. Luego debemos luchar desesperadamente por llegar al heroísmo de sentirnos aún dichosos de estar sufriendo con Ella en ese momento. A lo que debemos aspirar es a mantenernos en ella de pie y a sufrir en Ella en una suerte de identidad. En esto hay fuerza. Sobrenaturalizamos y suavizamos nuestro propio aprieto.

El término técnico aplicado a los sufrimientos de María es el de la Compasión. Muchas palabras han sufrido modificaciones de significado con el pasar del tiempo, y esta palabra es una de ellas. "Compasión" en el caso de María no tiene el significado convencional de hoy, que es solo sentir piedad. Lo mismo que "pasión", que solemos aplicar a la prueba de sufrimientos de Nuestro Señor, hoy sólo significa ira, apetito vehemente, lo que no podría decirse de Jesús sufriente. La Virgen Santísima no sólo le tuvo pena a su Hijo en agonía; su compasión significaba que estaba sufriendo en su corazón la misma Pasión de su Hijo. "Sufrí con el que vi sufrir". Las penas de Jesús pasaron a María por los ojos y su exquisitamente sensible sistema nervioso. De tal manera que en verdad María sufrió los padecimientos de Jesús por nosotros.

Aún más, María sufrió un verdadero dolor de muerte. Sintió agonías de muerte con su hijo y de hecho hubiera muerto con Él, de no estar milagrosamente preservada. Es la Iglesia la que nos enseña esto, describiéndonos a María como casi muerta. Pero su tiempo no llegaba todavía; pues tenía que ejercer un oficio especial de madre.

Esta idea de su compasión es esencial en el cristianismo. Plan divino fue que María participara en forma real en la misión de Nuestro Señor. Y Ella lo aceptó y se dejó absorber por Él ayudando a merecer la Redención y tomando parte en la administración de la gracia. La Iglesia le ha asignado el título de Corredentora, y es en verdad Medianera de todas las gracias en el sentido de que no se nos dan sin Ella.

Voluntad de Dios ha sido exaltada hasta el máximo grado posible. Fue profetizada en la hora de la Caída: la mujer que cooperaría en la Redención. A esta profecía de la mujer y de su Prole se aferraron todos los hombres desde la Caída. Todas las naciones al separarse y dispersarse por la redondez del globo se fueron llevando esta imagen, la que reaparece en sus religiones en una forma o en otra, desfigurada, falseada, pero reconocible: la Mujer y su Hijo de salvación.

Por eso, cuando Nuestro Señor pendía de la Cruz y consumaba la Redención, María estuvo de pie junto a ella. En ese momento solemne Nuestro Señor, al hablar a su Madre, haciendo retroceder a las mentes de todas las generaciones a la profecía original, indicando que ella era la Mujer que ayudaría a redimir, dijo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo".

Los protestantes han venido usando tradicionalmente esta palabra "Mujer" en forma impropia. Ellos piensan que nuestro Señor en ese momento tan solemne no había tenido todas las consideraciones para con su Madre, lo que más que disminuir a la madre disminuía más bien al Hijo. Entonces sus alumnos se han dado cuenta de esta indignidad y han producido una Biblia aceptada por todos los protestantes sin excepción. Es un documento respetable. En él tratan de hacer enmiendas de equivocadas interpretaciones pasadas. Entre otras cosas, a fin de desarraigar esa falsa creencia y quitar toda noción de que Nuestro Señor fuera irrespetuoso con su Madre en los últimos momentos, reemplazan la palabra "Mujer" por la de "Madre".

Por una parte es un acto de delicadeza, pero por otra parte es un error. Ellos borran precisamente la palabra intencionada y significativa. "Mujer" es aquí una palabra importante. Es la palabra que cubre como puente el abismo de años entre la Promesa y el cumplimiento de la Promesa. La Mujer está ahora dándonos a su Prole para redimir al mundo.

 

INTENSIDAD DEL SUFRIMIENTO DE MARÍA

María fue la criatura más exquisita que podía darse. Por lo mismo sus sufrimientos eran casi infinitamente más grandes que todos los demás. Sus sentimientos se aproximaban en forma única a los de su Hijo. La Iglesia pone en sus labios las palabras de la Escritura. "Todos los que pasáis, mirad y ved si hay un dolor semejante al mío". Todas las generaciones le han dado el título de Mujer de los Dolores. Como Jesús, Ella también sufrió toda la gama del dolor humano. Aunque nuestro limitado entendimiento no puede darse cuenta bien de cómo pudo ser esto posible, sin embargo los sufrimientos de Jesús y los de María contenían todos los matices de dolor. La agonía de Jesús se mostraba en el cuerpo y, al verlo, María padecía todos los tormentos en sumo grado, menos el tormento de la desesperación.

Su propia perfección aumentaba su prueba. Había sido concebida inmaculadamente y por lo mismo era sensible más allá de lo ordinario. Sólo Jesús sentía más intensamente que Ella. Asimismo su entendimiento glorioso le hacía penetrar en el corazón mismo de lo que estaba aconteciendo. En estas circunstancias su aflicción alcanzaba honduras inimaginables. Sin embargo había gozo en Ella, lo que parece una contradicción. San Bernardo, refiriéndose a este misterioso proceso, dice que Ella tenía a la vez una fe perfecta y un sufrimiento completo; que consintió de todo corazón en la Crucifixión, pero su alma quedaba atravesada de dolor. Ella sabía que volvería a ver a su Hijo después de pocos días, pero también el mundo parecía a sus ojos que se acababa ya. Para entrever cómo tanto gozo podía existir en Ella junto con un tan gran sufrimiento, tenemos que partir del hecho de la fe, que en Ella era su cualidad suprema y su consuelo. Esta fe le hizo sentir hasta el colmo tanto la hermosura como el horror de la Cruz de la que pendía la persona más amada, más inocente y más eminente que podía haber: su Hijo, amado casi infinitamente. En una palabra, su fe le hacía ver las cosas en su justo puesto y en forma acentuada, por opuestas que parecieran.

 

UNIR NUESTRO SUFRIMIENTO CON EL DE MARÍA

Familiarizándonos con estas ideas y motivos por medio de la reflexión y el ejercicio, debemos tratar de unir nuestro propio sufrimiento con el suyo cuando estaba al pie de la Cruz. Poniéndonos de este modo a su lado, o mejor en Ella, hemos de saber ser dignos de Ella, no dejándonos sucumbir ni poniéndonos a gritar y a desear morir, pues Ella no se portó así. Tampoco debemos estarnos compadeciendo a nosotros mismos, porque Ella nunca pensó en sí misma. Fuera de nosotros todo abatimiento hasta el suelo y la desesperación ya que Ella nunca se desesperó. Si queremos ser como Ella y ayudarla de veras, hemos de invocar para nosotros el valor y la fortaleza. Esta idea de querer ayudarla no es exagerada; nuestra ayuda es real, como nuestra ayuda al Señor también es real, ya que ha llegado hasta el punto de hacerse dependiente de esta ayuda nuestra, de buscarla, de apoyarse en Ella, de sentirse desvalido sin Ella.

La fortaleza, dice san Pablo, se ha desarrollado en la debilidad; pero, claro, combatiendo la debilidad. Si sufrimos valientemente en María, conferiremos a nuestro sufrimiento las cualidades del suyo. Estas cualidades nos serán participadas en todas sus formas. Recibimos su fortaleza y con ésta, la fe y todas las demás virtudes, cumpliéndose así la ley de que todos los bienes están juntos y son inseparables.

Refiriéndome a la reciente crisis de la Legión en el caso de la hospedería Regina Coeli,(2) tuve la oportunidad de probar el valor de este proceso. Es un milagro no haberme enloquecido, pues el horror de la situación fue indescriptible. Lo que veíamos era la abominación de 250 personas, las más desvalidas y vulnerables de la población, arrojadas a la destrucción. En un minuto, la obra que costó 33 años de esfuerzos desesperados y de sacrificios para verse terminada, fue lanzada a los cuatro vientos. Y no se trató solamente de las 250 personas, sino de todas las multitudes que en el futuro estarían sujetas a un naufragio por haberse apartado del arca que hubiera podido haberles salvado. Fue una visión imposible de soportar. No puedo pensar en ella sin estremecerme de dolor. La muerte parecía un camino feliz para escapar de aquella tortura. Y nadie ignora que uno de nuestros pequeños recursos en los tiempos de debilidad es desear morirse. Pero es señal de rendición en nosotros, de escape.

Entonces ensayé la fortaleza de que estoy hablando. Traté de esconderme a mí mismo y mi tormento en María, ponerme de pie en Ella al pie de la Cruz de su Hijo y la suya, sumergiendo mi pena en sus penas. Y hallé fácil el hacerlo, pues de inmediato me reconforté físicamente. Ya no me miré tanto a mí mismo; disminuyó mi tortura; me controlé. Es de suponer que las gracias consiguientes a esa situación excedieron a los beneficios entonces experimentados con tanta evidencia.

 

* Notas

Artículo publicado por la Revista Maria Legionis, edición en idioma español, noviembre de 1964. Estas notas no forman parte del artículo.

1. Actualmente, la beata Ana Catalina Emmerich es admirada por sus visiones entre los cristianos católicos. También ha sido considerada entre los ortodoxos y los grupos protestantes por medio del film La Pasión de Cristo. En el año 2003, el actor Mel Gibson, católico, eligió a Emmerich como fuente alterna al Evangelio para elaborar su película La Pasión de Cristo. Clemente Brentano, transcribió las visiones de Emmerich a forma escrita. Bajo este razonamiento la Santa Sede no ha considerado la Dolorosa Pasión en la beatificación, pero la promueve la siguiente cita: "Su palabra que salió de su habitación sencilla de Dülmen y por medio de los escritos de Clemens Brentano alcanzó a numerosos hombres en muchas lenguas, es una anunciación eminente del evangelio en el servicio en favor de la salvación hasta en los días modernos".

2. Frank Duff abrió un albergue Regina Coeli para mujeres, madres con niños pequeños y madres solteras embarazadas de todas las denominaciones o ninguna y se respeta plenamente sus creencias religiosas. Fue inaugurado en octubre de 1930.

El albergue en su totalidad es atendido por miembros de la Legión de María que trabajan las veinticuatro horas del día y de forma voluntaria. Algunos a tiempo completo y viven en el mismo albergue, mientras que otros se ofrecen de manera temporal. Sin embargo, los fondos son necesarios de vez en cuando y con los años los benefactores han ayudado en los momentos críticos.