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Con mucha insistencia hemos venido estos últimos tiempos acentuando en un aspecto particular de la Legión, cual es el de una movilización total. Se nos ha abierto una posibilidad semejante, gracias a una general aceptación de las ideas legionarias y al crecimiento de nuestras filas. Pero el número no nos debe hacer perder de vista el elemento de la calidad. Crecer en número no ha de significar para nosotros un proceso de dilución, una mezcla de agua en el vino. Se impone la necesidad de aumentar en número, pero al mismo tiempo debemos no solo mantener la calidad sino esforzarnos por afinarla más. En este aspecto la historia de la Legión ha sido muy interesante, demostrando que ha tenido capacidad para crecer numéricamente sin perder la calidad. Obras como la "Peregrinatio Pro Christo" ofrecen notable testimonio de que si nuestros dirigentes logran mantener la idea de una constante subida -a la manera como se denomina una escalera-, no habrá altura que no pueda ser alcanzada por esa calidad.

Mi palabra para vosotros es sobre la calidad y el esfuerzo de la Legión. En el Manual hay un buen número de párrafos que tienen el objeto de justificar su nombre de Legión. El Apéndice I muestra a la Legión Romana como un milagro de su tiempo, un modelo de calidad militar y, como debía esperarse en tales circunstancias, un prodigio de feliz éxito. Sobre estas bases argumenta el Manual la obligación que tienen nuestros estandartes de no ser inferiores a los paganos, sino elevados a una altura mayor, por lo mismo que nuestra causa es mayor.

Una impresionante referencia aparece en las páginas 8 y 9 de la última edición del Manual. Es una cita de San Clemente a los Corintios. Su fuerza procede en parte de la eminencia del autor. San Clemente fue el tercer Papa. Fue un convertido por San Pedro y un colaborador de San Pablo. Perteneció a la era apostólica. Lo que él enseñó no pudo ser otra cosa que lo enseñado por los Apóstoles. A la Legión Romana presenta ante los ojos de los primeros cristianos como modelo de la Iglesia, lo que apoya el uso de nuestro nombre. San Clemente mira a la Legión Romana como modelo de los cristianos a causa de su orden, disciplina, unidad, obediencia, lealtad y valor.

Luego en una muy interesante continuación del capítulo siguiente no duda en comparar esa bien ajustada máquina humana al mismo Cuerpo Místico. Otra referencia del Manual es la de los Legionarios Romanos en el Calvario. No hay más que traer la cita de Bolo que muestra a los Legionarios desempeñando un revueltísimo papel:
Verdugos y luego creyentes;
mofadores que acaban en adoradores;
perseguidores destinados a ser propagadores de la fe cristiana.

Ellos le vistieron al Señor con púrpura regia. Le pusieron una corona de espinas sobre su cabeza y una caña por cetro en su mano y, por burla, le trataron como a rey. En todo esto expresaron ellos una verdad que no comprendían, pero que sus sucesores la tomarían muy en cuenta y la robustecerían de día en día, cuando Roma se hiciera cristiana. Ellos harían reconocer a Jesucristo como Rey.

A pie de de la cruz echaron suertes sobre la túnica de que le habían despojado. No quisieron rasgarla. Los Doctores de la Iglesia nos dicen de que este hecho anunciaba el futuro de Roma, la que guardaría intacta la túnica de la doctrina que usa el Cuerpo Místico.

Ellos ponen también una inscripción encima de su Cabeza, y aquella inscripción era mucho más sabia de lo que podían darse cuenta. Proclamaba a Jesús de Nazaret como Rey de los judíos, como si se tratase de una verdad de siempre.

Ellos atravesaron el costado del Señor con una lanza, haciendo brotar la simbólica agua y sangre; y después de su muerte ellos presidieron el entierro. Fue Pilatos el que permitió que le Cuerpo de Nuestro Señor no fuese enterrado en un lugar indigno, sino en una tumba rodeada de dignidad y honor. Pilatos puso su sello sobre la roca que cerraba el sepulcro y los soldados romanos mantuvieron una guardia constante en torno del mismo. Su vigilancia sería la garantía de la verdad de la Resurrección.

Todo este contraste. Bolo dice que en el Calvario los Romanos estaban inconscientemente inaugurando el eterno destino de Roma en la Iglesia. Pero el papel de Roma comenzó mucho antes. Antes mismo de que los Romanos o Judíos llegaran a ser nación, setecientos años antes de la fundación de Roma, el ojo de Balaán, el Profeta, rasgó el futuro y vio a la armada romana invadiendo y conquistando la Judea. Mil quinientos años antes vio a los Romanos cumpliendo su ordenada tarea tal como se dijo en la profecía del Génesis (49, 10): que el Mesías vendría cuando el cetro o soberanía haya salido de Judea. (Números 24, 24).

La cronología de ese tiempo distante no es precisa, pero lo más probable es que a la última conquista de Judea siguió pronto (tal vez inmediatamente) el nacimiento de María, la mujer predicha en el Génesis. Aquel acontecimiento fue el comienzo de la Redención.

Asimismo fue un Decreto romano el que ordenó el censo y trajo a la Sagrada Familia a Belén. De otra manera habría nacido en Nazaret. Además, esta acción aparentemente inconexa de Roma prepara y ordena las circunstancias de la venida y misión del Señor. ¿Y nos podríamos ver en los oficiales romanos que presidieron el censo a los representantes de la raza blanca, mientras los Magos lo son de las otras grandes divisiones raciales, como lo son los asiáticos, los indios y los negros?.

Los Judíos no tenían derecho legal a condenar a muerte a nuestro Señor. El poder de castigar con pena capital se habían reservado los Romanos, de modo que tuvieron que proceder por medio de Pilatos. En esta forma Pilatos y sus Legionarios fueron los ministros de la Pasión y de la Muerte de Cristo. Por lo tanto la conexión entre Roma y Jesucristo no empieza en el Calvario, sino tiempos atrás, en realidad en la mente de Dios en la eternidad.

Después de lo del Calvario, los Romanos sirvieron a otro extraño fin. Habiendo llevado a cabo la sentencia lanzada contra Jesucristo por los Judíos. Crucificaron a los Judíos como ellos habían crucificado a Nuestro Señor. Es sabido que un millón de judíos murieron crucificados, cuando Jerusalén fue tomada y destruida por Tito en el año 70. "No quedará piedra sobre piedra" había dicho Nuestro Señor y los Romanos lo cumplieron. En la ruina universal, el Templo fue destruido y los sacrificios ya sin sentido fueron totalmente abolidos.

Después siguieron trescientos años de guerra entre Cristo y César, en los que Cristo fue perseguido en los cristianos. Este estado de cosas terminó con la conversión del emperador Constantino en el año 313. Hecho cristiano, puso todos sus esfuerzos en la conversión de su imperio al cristianismo y, como dice la liturgia, Roma, que había sido la maestra del error, se convirtió en la maestra de la verdad. Los ejércitos romanos fueron los mantenedores del orden cristiano; la ley romana fue el fundamento de la ley cristiana; y todas las instituciones romanas se convirtieron en propagadoras y canales del cristianismo.

En su fase cristiana, el imperio se llamó el Sagrado Imperio Romano. La sublevación protestante lo privó de la realidad, pero sobrevivió como una ficción legal hasta 1920, cuando el tratado de Versalles lo eliminó de sus Estatutos. Fue más o menos entonces cuando nació la Legión de María. Intrigante coincidencia. "Dios se realiza de muchas maneras", ha dicho Tennyson.

La venida de la Legión significa que una vez más la Iglesia de Roma tenía un ejército para protegerla y extenderla. Esta fuerza y sus armas no son del mundo; su combate es espiritual. El éxito de este nuevo ejército está a la vista de todos; es portentoso. Es innegable que la Legión romana era algo así como el símbolo y el modelo de la nuestra. Así lo ha determinado la Divina Providencia. Es para llenarse de inefable gozo el pensar que Nuestro Señor ya nos miraba desde lo alto de la Cruz en los Legionarios romanos como sucesores de su nombre. Nos gusta pensar que esta mirada le confortaba. Pero nótese que solamente en un vasto desarrollo numérico, tal como lo forma la Legión y lo consideramos ahora, es como se hace posible llegar a cada alma en el mundo entero. Y precisamente esto fue lo que mandó el Señor en el Monte Olivete.

Y ahora saco una lección más. Si partimos del supuesto de que la Legión romana fue como la figura de la Legión de María, sus cualidades lógicamente tienen que ser las nuestras. Si su indomable valor y su disciplina desempeñaron importante papel en la extensión de la Iglesia en Europa, por cierto no menos calidad pediría de nosotros el Señor, tanto más cuanto hemos tenido la osadía de tomarnos el nombre de su Madre. Pongo de relieve lo del valor y de la fuerza. La Legión es insistente en toda forma en el aspecto fuerza. La Legión sin valor sería un ridículo contraste de lo que su nombre significa. Hay que demostrar valor en todo campo de actividad. Sería ante todo denuedo moral, pero no basta. La China ha demostrado grandemente que los tormentos y la muerte estaban incluidos en nuestro título. Desde entonces, lo pavoroso se ha hecho común en la Legión. Está claro que nuestro combate no tiene límites y que la Legión no es para flojos. En todo tiempo el aviso de una muerte violenta está en la línea del deber legionario.

El valor ha de hallarse en todo cuanto trata la Legión. Valor en la oración y en la devoción, puesto que generalmente cuestan algo. De otro modo la devoción sería una cosa sin consistencia. Nuestro valor ha de mostrarse con toda claridad en las dificultades, cuando uno ha caído en ridículo, en la enfermedad,

Frank Duff, fundador de la Legión de María.en el agotamiento, contra las tentaciones de toda clase. Especialmente ha de revelarse en el aferramiento a los principios cristianos en toda circunstancia. Todo en torno nuestro, por pequeño que sea lo que podamos realizar, son oportunidades para un absoluto heroísmo. ¿Cuántos son los que se mantienen de pie en sus principios contra las burlas y las pifas?. Es de ver cómo fácilmente los hombres se dejan llevar por caminos incorrectos, intimidados por la astuta villanía de unos pocos, que motejan de "amarillos", "traidores" y cosas parecidas. Estos gritan duro y acobardan a la mayoría decente, la que desgraciadamente no ha alcanzado aquella calidad de fortaleza en grado suficiente como para saber oponerse aunque sea ante un puñado de villanos. Si los buenos supieran luchar, de seguro que prevalecerían con facilidad. La misma Santa Escritura nos asegura que el violento será el que arrebate el Reino de los cielos. La tierra necesita de hombres que sean fuertemente decididos para salir por los fueros del bien. Los valientes prevalecen siempre, pero generalmente el campo se ha abandonado a los malos elementos.
 

ROMA- Apertura de la sesión del Concilio Vaticano
realizado en la Iglesia de San Pedro
 en el día de la Maternidad de María, 11 de Octubre de 1962.

La actitud legionaria ha de ser la de mostrarse superior a las fuerzas más bajas; ser excelentes en toda empresa, ser valientemente serviciales, mostrar verdaderas cualidades cristianas, aún a costa de los más grandes sacrificios. En nuestras filas se ve la calidad se produce en abundancia. Ahí está el caso reciente de Donald Brady, que introdujo en toda su familia en la Legión. Fue una de las víctimas de la catástrofe aérea de Shannon hace poco. En el avión iban cinco jóvenes oficiales. En el accidente Donald y el piloto fueron literalmente lanzados fuera del aparato. El piloto quedó sin sentido y sin poder levantarse. No sabemos lo herido que quedó Donald, pero su único pensamiento fue en los tres que se encontraban todavía en el avión convertido en un infierno de llamas. Subió y se metió en el avión en sus ansias de rescatar a sus compañeros. El y ellos perecieron. Su epitafio fue compuesto hace mucho tiempo por su jefe: "Nadie tiene mejor amor que el que da la vida por otro". Tal es la soberbia calidad que debería seguir marcando a todo legionario. Su semilla nos la ha dado el bautismo, pero a nosotros nos toca desarrollarla con paciencia y hacerla producir. Lentamente aprendemos los principios cristianos y lentamente los llevamos a la práctica, hasta que llega un momento en que se constituyen en nuestros constantes motivos de nuestra conducta. Entonces ninguna prueba nos hallará débiles y desprovistos.

Nuestra ambición sería la cantada por el poeta: "guiar el torbellino y cabalgar la tempestad". Para una cosa semejante se requiere fortaleza, una fortaleza que no se para ante las consecuencias. Si se quiere tener una auténtica existencia, precisa ser positivos. Si nos contentamos con la mediocridad, seremos negativos, lo que quiere decir que nos portamos flojos en los aprietos, resultando dañinos y sin ninguna inspiración para con los demás.
Tan pronto como se nos ofrece una situación, la imaginación nos la oscurece, y entonces lo meramente inconveniente se nos presenta como difícil y lo difícil como imposible. Todos tienen su lado flaco. Algunos se dejan intimidar más por los alborotos y el ridículo que por un grave peligro que puede tener el brillo de cierto embeleso. Por lo mismo es necesario sujetarnos a un sistema, como el de la Legión, que ponderará las situaciones desde el punto de vista de una santa necesidad, y que no evadirá ni el verdadero peligro ni lo meramente desagradable. Quizás esto último es más temible a causa de su frecuencia.

Cierta vez se dio un preciosísimo aviso a los Legionarios en un Congreso. Y fue el que de, para llevar a cabo sus objetivos, habían de ir hasta el ridículo, lo que presupone por cierto que nuestros objetivos y nuestros métodos no son absurdos. Aquí hay una filosofía. Se requiere fortaleza para mantenerse de pie ante la befa viciosa que se distribuye a profusión cuando alguien se propone hacer algo que es recto pero de ninguna popularidad. Pero la fortaleza santa se alimenta de sí misma y acaba por vencer toda resistencia.

Sabemos una frase del Cura de Ars, pues la citamos a menudo: "El mundo pertenece al que lo ama más y sabe dar pruebas de que le ama". Con igual verdad creo que diríamos que una persona totalmente decidida puede mover el mundo, pero desgraciadamente este principio ayuda tanto a los malos como a los buenos. Tenemos un episodio que ha afectado a todas las páginas de la historia universal desde que tuvo lugar. En 1917 los alemanes concibieron una idea en la guerra contra Rusia. Con miras a crear el desorden y hacer fracasar el esfuerzo guerrero, soltaron en Rusia un número de comunistas capturados, entre ellos Lenin. Esta maniobra tuvo éxito a maravilla. Tuvo el efecto de sembrar el descontento en Rusia lo que se agravó con la derrota militar. La vehemente organización de Lenin lo absorbió todo. Todo elemento descontento se adhirió a ella y la Revolución rusa tuvo lugar en líneas similares a las de la Revolución francesa en acción demorada. Tomó el mismo curso. Ejecutó a los miembros de la familia real y se propuso acabar con la religión. finalmente Rusia, que ha sido siempre mirada como uno de los países más instintivamente religiosos, no solamente se vio privada de su fe, sino se ha convertido en un instrumento destructor de la fe. Fue Rusia la que transformó el sueño de Karl Marx en un despertamiento, en esa realidad que amenaza al mundo actual. Fue Lenin, trabajando con un reducido grupo de hombres, el que hizo a Rusia comunista.

Tal es el poder de unos pocos cuando están movidos por un motivo suficiente, bueno o malo. Parte de esa inmensa influencia se debe al hecho de que Dios ayuda a los buenos, y el demonio ayuda a los malos, pero hay también un proceso psicológico que no debería ser pasado por alto. Se parece al hecho científico formulado en estos términos: "Una masa inerte es obediente a una fuerza cualquiera que se la aplique". Ahí está por ejemplo un gran pavor listo a cruzar los mares. Generalmente no parte con sus propias máquinas sino que es empujado por un remolcador, el que es un objeto minúsculo y ridículo a lado del gigantesco vapor, pero es el que lo empuja haciendo un gran remolino y mucha espuma de agua. Por un momento parece que no hay resultado ninguno, pero luego el gran navío empieza a ceder, y pronto está deslizándose por el lugar marcado por esa pequeña fuerza. Esta es la nuestra de un inmenso cuerpo inerte sometido a una pequeña fuerza. Todo pueblo es una víctima en potencia de cualquier fuerza dominadora. ¿De qué clase será esa influencia?.

Tomemos un caso que expresa lo que podríamos llamar una situación ordinaria. Supongamos que hay dos remolcadores empujando al vapor en direcciones opuestas. Resultaría que por largo tiempo no habría ningún movimiento. Parecería que las dos fuerzas se anularan mutuamente. Pero vemos que en cierto tiempo cesa esta inercia. Es cierto que uno de los remolcadores habrá sido un poco más fuerte que el otro, y se impondrá con su fuerza. Lo mismo pasa en los asuntos del mundo. Los dos remolcadores son las fuerzas de los buenos y de los malos que luchan por el dominio sobre los pueblos y la batalla será del más fuerte.

¿Pero de qué naturaleza es esa fuerza?. No ha de consistir solamente en el número, porque Juan Sobieski en la batalla de Viena con 25,000 hombres destruyó el poder de los mahometanos y los echó para siempre de su patria, y Lenin con un puñado colaboradores ha transformado el mundo. Ni se fundamenta sólo en la virtud personal, como lo demuestra el destino de los mártires. Ni en la justicia de la causa, porque nuestra causa sufrió gloriosa derrota en la China. El hecho es que esta potencia es la combinación de números, de cualidades personales y de un buen sistema. Si falta uno de estos factores, la combinación se destruye y tanto la naturaleza como la gracia se ven impedidas. Y haríamos muy mal en causar esta destrucción por lo mismo que estamos combatiendo a un enemigo poderoso.

Esto nos lleva nuevamente a ese conjunto de virtudes que caracteriza a la Legión y la capacitaba para dominar el mundo. Tenemos que procurar asimilarnos esas cualidades en nuestra Legión. Las hemos de practicar en forma de hábito en el continuo esfuerzo por ajustarlas a lo que nos pide nuestro sistema, tan alabado por S.S. Juan XXIII como un sistema excelente.

Pero no nos quedemos con sólo las cosas que nos gustan del sistema. Querer honrar a María y ser negligente en las exigencias diferentes del deber sería un contrasentido. Y también lo sería querer trabajar heroicamente sin entender las raíces de nuestro servicio, querer entender una fe que mueva las montañas y no saber ser dependiente; querer estar colmado del amor de Dios sin ser capaz de darle a Dios a los demás. En la milicia estas cosas son brechas demasiados comunes que causan las más grandes derrotas. Pero si llegáramos a tener en forma armoniosa todas las cualidades que nos pide el sistema legionario, entonces nos hallaríamos poseídos de una potencia irrefrenable. Porque no hay que olvidar que Dios entrará en quien le sepa responder, y capacitará quizás a nuestra Legión para repetir en el orden espiritual conquistas no menores que las conseguidas por la Legión romana en el orden físico.

Para estimularnos a nosotros mismos hacia tan sobrehumano programa, volvamos al pensamiento que nos hacía ver Nuestro Señor mirando desde lo alto de su Cruz a los Legionarios romanos, y a través de ellos mirándonos inevitablemente a los que hemos heredado su título, a la Legión de su benditísima Madre María.