Perfección por María
Por FRANK DUFF
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La nota característica del trabajo legionario consiste en ser como un vehículo de la Maternidad de María. En primer lugar, somos nosotros mismos el objeto inmediato de su misión. Nos sometemos a Ella y amorosamente nos modela a semejanza de su Hijo. En segundo lugar, se sirve de este material humano dócil como de instrumento para extender a los demás la influencia de su Maternidad. Estas dos operaciones se identifican en realidad y se entrelazan de tal manera que, si María no alcanza su segundo objetivo a través de nosotros, María no está trabajando en nosotros. De aquí se sigue que nosotros debemos rendirnos a su procedimiento maternal con todas nuestras posibilidades para darle todo su campo de acción. El Manual insiste en la calidad o excelencia de nuestro trabajo es decir, en la perfección.

Esta palabra puede intimidar. Santo Tomás de Aquino llega a afirmar que aquel que no tiende a la perfección, peca. Notemos, para nuestra tranquilidad, que él no dice «realizar la perfección» sino simplemente tender a la perfección. Claro está que es posible intentarlo. Ese esfuerzo es vital para la Legión, pues toda su vitalidad depende de él. Si el corazón no se esforzara en forma convulsiva y continua en lanzar la sangre por las venas, nuestra vida no sería más que un aliento tembloroso y débil, en el caso que pudiera subsistir.

Por lo tanto, debemos buscar la perfección. Esta idea no deja de infundirnos miedo, ya que sugiere una necesidad de empujar nuestra naturaleza hacia una nueva forma de vida que lleva consigo un gran sufrimiento y un vencimiento continuo. Pero, no es preciso que se haga con tanta angustia. No ascendemos a una montaña por el flanco más escarpado, si se puede hacerlo por un atajo indirecto a fuerza de ingenio. Así mismo, la búsqueda de la perfección es cuestión de acondicionar nuestra mente, o sea de mover nuestra inteligencia por motivos adecuados y de reforzarla con buenos métodos.

Se ha definido el genio como una capacidad indefinida para soportar el sufrimiento. La perfección podría ser definida como una atención constante a los pormenores. Miguel Ángel ha dicho que los detalles insignificantes hacen la perfección pero que la perfección no es un detalle insignificante. ¿Es difícil esta atención? No puede ser tan difícil, ya que es la característica de todo buen trabajador. Traslademos esta cualidad humana al plano espiritual, y ya tenemos un Santo. La humanidad es una muchedumbre gregaria cuya actividad se halla en un punto muerto. A quien se esfuerza en elevarse un palmo sobre un nivel común, el mundo lo aclama como a un «grande». Realicemos esto en el orden espiritual y cada uno de nosotros nos distinguiremos a los ojos de Dios.

No hago juego de palabras cuando digo que el motivo-fuerza para esta búsqueda de perfección deben ser nuestros mismos motivos. Si nuestros motivos no están en orden ni se presentan vividos, no es posible el esfuerzo sostenido. No basta que nuestro motivo sea un vago amor a Dios. Toda la doctrina cristiana, o sea una comprensión razonada de lo que podríamos llamar los orígenes y aventuras de la Gracia Divina: éste ha de ser nuestro motivo. Podemos tener una noción acerca de las tres Personas Divinas, del Cuerpo Místico y de la Misión Maternal de Nuestra Señora. Esto es indispensable para quien aspira realmente a elevarse sobre el nivel ordinario. Este simple grado de conocimiento está perfectamente a nuestro alcance. Está en las páginas del Manual. Dejémonos penetrar de esos principios, y ya tendremos nuestro motivo Es una obligación de nuestra condición de cristianos, sin hablar todavía de Perfección.


Pero, ¿por qué emplear el nombre de María como un motivo que se sostiene por sí mismo? San Luis María de Montfort dedica muchas páginas a explicar este punto. Hago una síntesis de su pensamiento y le añado algo personal. Al hablar de María, de ningún modo excluimos a Jesús. Sería imposible para un católico imaginar a María separada de su Hijo. Por el contrario, es posible hablar de Jesús excluyendo la idea de María en diversos grados, que van desde la posición del católico que sufre de miopía acerca de la misión de María hasta la del protestante que la excluye del todo. Este último equivale a reducir a la nada el mensaje cristiano, como lo han hecho, una tras otra, miles de sectas que se han sucedido en esta obra nefasta. Por esta razón, es bueno apartarse al parecer del camino trillado para insistir en la presencia de María.

He dicho más arriba que la gran fuente de nuestra acción ha de ser la doctrina cristiana en su conjunto. María es el signo maravilloso de la plenitud de la doctrina cristiana. Esta idea puede resumirse afirmando simplemente que los legionarios estamos, todo el tiempo, trabajando con María para su Divino Hijo. Nosotros somos sus instrumentos para alimentar, servir y comunicar a su Hijo. Resulta obvio que si estamos para ofrecer a María la capacidad de cumplir esta función por nuestro intermedio, debemos entrar plenamente en esta intención. Hemos de esforzarnos para asimilar su espíritu y para hacer nuestro trabajo según sus métodos. Obramos según su espíritu si la tenemos, al menos indirectamente, en nuestra mente en todo momento y, distintamente: por lo menos a ratos. Obramos según sus métodos tratando de hacer bien cada cosa, de la misma manera que nos imaginamos que ella lo hubiera hecho.

La función maternal de María comprende en sí todas las gracias y se ocupa hasta de las más «microscópicas». Esto quiere decir que nuestra vida es vivida bajo sus ojos, está sujeta a su incansable cuidado, en un grado de intimidad que supera con mucho a la maternidad humana y que resulta inimaginable. Por lo mismo, no es salirse de la realidad sino, por el contrario, quedarse cortos, el representarse a María acompañándonos en todas nuestras ocupaciones; con su pensamiento y sus manos en nuestro pensamiento y en nuestras manos, semejante a la madre que sostiene las manos de su niño para que pueda hacer lo que quiere.

Si creemos que esta acción de María y la nuestra están de tal modo unidas, que la una afecta a la otra, necesariamente, la nuestra no puede fallar. Si fallara en igual medida, pervertiría, por así decirlo, la obra de María. Esto equivaldría a manejar nosotros sus manos maternales forzándola a realizar un trabajo defectuoso. Nunca debe suceder tal cosa. Por lo mismo, nuestros actos han de revestir la calidad proporcionada con la intención de hacer ellos una participación en el cuidado diario de María sobre su Familia Mística.

Pero, cabe preguntarse, ¿es posible este grado de concentración y, siendo así, significa un tal esfuerzo mental que resulte intolerable? Me aventuro a responder que es posible y que no es una tensión insoportable si está bien dirigido. Repito que el verdadero artífice tiende con naturalidad a la perfección y que, mediante estos pequeños pormenores extraordinarios, alcanza esa perfección. En segundo lugar, para el verdadero artista, no constituye un esfuerzo el tender a la perfección.
Frank Duff, fundador de la Legión de María.Pero, aquí se presenta una dificultad. Podemos decir que la perfección no está en nosotros, lo mismo que el arte no está en cada hombre. Hay que hacer una distinción muy importante: no trabajamos en una obra simplemente material ni somos juzgados tan sólo por el resultado de nuestro trabajo. Gozamos del beneficio de nuestras intenciones con tal que hayamos puesto el grado conveniente de esfuerzo; o sea que, a los ojos de Dios, cada uno de nosotros es un artista en potencia.

A
sí pues, trabajemos como lo haría un legítimo artista. Debemos realizar cada uno de nuestros actos, aunque sea sencillo, con perfección, lo cual añadirá nuestro acto a la fecunda maternidad- de María y le dará la oportunidad de prodigar sobre nosotros su «magnificencia». Y esta magnificencia no es otra cosa que el Espíritu Santo que está con María y que Ella se encarga de comunicar.

¿En qué forma repartir esta perfección en la sucesión interminable de movimientos insignificantes que constituyen un día de vida? ¿Cómo podrían entrar en este plan ocupaciones tales como los cuidados domésticos, la agricultura, el trabajo de oficina, el viajar como marinero en un barco, el cuidado de las máquinas y otras ocupaciones semejantes? ¿Tienen estas cosas alguna posibilidad en conexión con nuestro programa de perfección? Sería un error negarlo. Es posible poner en cada una de estas ocupaciones tanto cuidado y tal vez más espíritu que Miguel Ángel en sus obras maestras. Por supuesto, sus trabajos tienen una perfección de que carecen los nuestros. Pero hay que insistir que para nosotros el motivo más importante es el de ser vivos por Dios, Si el grado de nuestro empeño fuera igual al del artista y si nuestro motivo fuera más alto que el suyo, nuestro trabajo sería más perfecto. Y, sin embargo-consideración intrigante-ante el trabajo de Miguel Ángel siempre quedaremos llenos de admiración, mientras que nuestro esfuerzo, probablemente se esfumó sin haber llegado al conocimiento de los hombres, en el mismo momento en que rué realizado.

Se trata de una especie de técnica. Después de haber ensayado algún tiempo, hay que quedarse con el método que mejor le acomode.

Guardemos muy viva en la mente esta idea de PERFECCIÓN POR MARÍA. El objetivo consiste en un buen desempeño, lo mismo que el artista que pone todo el honor de su nombre en su trabajo. Luego, en cada nuevo avance, en cada pausa, en cada punto de transición, añadamos un «algo extra» a nuestra labor, como expresión consciente y deliberada del deseo de perfección. Que no falte este elemento necesario, peto que sea un leve toque que nos ocupe un instante, puesto con advertencia específica del objetivo al que se dirige. Para que esta conciencia llegue a ser definida y habitual, ha de ser cristalizada en una palabra que hemos de repetir a nosotros mismos mientras realizamos aquel pequeño «extra». Sugiere la fórmula: «Perfección por María».

¿Niñerías? Sí, si es niñería la psicología. ¿Es niñería el mecanismo? ¿Son niñerías las jaculatorias? ¿Es niñería el Ofrecimiento del Día? La fórmula propuesta tiende a hacer intensivo para toda una serie de actos lo mismo que expresa de manera general el Ofrecimiento del Día.

Es importante este pequeño procedimiento simbólico. Es «extra». Se basa en el hecho de que pone una distinción entre los trabajos ordinarios bien hechos y la perfección. Este gesto externo tiene la ventaja de recordarnos nuestro motivo y nuestro objetivo. Estas maneras de recordar son necesarias para arraigar en nosotros el motivo y para hacerlo operativo en nuestra conducta

¿De qué clase ha de ser este EXTRA? Como las ocupaciones son de una variedad casi infinita y como las mentalidades humanas son todavía más diversas, queda al criterio de cada uno el desarrollar este método. Me contento con dar algunos ejemplos en calidad de fuente de inspiración mental. Un toque adicional, una puntada, un matiz, un poco más de brillo; discreción ante un fracaso; un consuelo; una última mano de ayuda; un embellecimiento; un acto de cortesía. Y otras cosas como estas. Después de lavarnos sentimos el impulso irresistible de tirar la toalla y el jabón en cualquier sitio. Pero, así como hemos ejecutado con todo esmero la acción de lavarnos, del mismo modo hemos de completar la acción en un esfuerzo de perfección. El complemento consistiría en poner la toalla y el jabón en sus sitios respectivos. ¿Niñería? ¿Podemos creer que la Virgen Santísima, en su casa, habrá tirado los objetos como lo hace un niño de escuela? Y nosotros los tiramos tan fácilmente. El artista pone sus toques extra porque los juzga escalones necesarios para alcanzar su meta de perfección. En nuestro caso, tales pormenores, humanamente, no serían necesarios. Dar un último pase al plato que estamos secando, no lo secaría más. Pero este gesto nos une a María y nos hace entraren el mecanismo de la Redención. Los motivos adecuados proporcionan un sereno poder para conducirse. Cada movimiento resulta un esfuerzo para quien no está interesado en una cosa. En la medida en que nuestro corazón entra en lo que hacemos, la acción resulta más fácil y viene a ser un proceso que se intensifica a sí mismo hasta tal punto que uno se entusiasma por su tarea. Si amamos a Nuestra Señora, si podemos asociar nuestro trabajo al de ella y si lo consideramos de utilidad real para ella, hemos alcanzado el punto preciso en el que el trabajo es todo lo contrario del peso insoportable.

Esta idea de lo EXTRA aumenta el esfuerzo y se cambia en energía espiritual que hace más ligero el trabajo. Es como añadir azúcar a algo que es amargo, para hacerle pasable; o como poner aceite en una máquina que rechina. O todavía mejor, tomemos el ejemplo del pájaro y sus alas. Sin duda las alas se añaden al peso del pájaro y aumentan el peso. Pero este mismo peso, no sólo se eleva a sí mismo, sino al mismo pájaro que, gracias a ellas, tiene el comando de la distancia y del peso; en realidad, las alas dan al pájaro su verdadero sentido.

Todos nosotros, como el ave, necesitamos alas para realizar nuestro destino. Esta monótona sucesión de movimientos puede pesar en nuestra mente de tal modo que a ratos encaramos la vida con un sentido de desesperación. Si no aligeramos esta rutina, va a marchitar nuestro día automáticamente y, al final, va a destruir nuestro espíritu. Si no vencemos la rutina, la rutina nos vence.

Aquí vienen a salvarnos los principios acerca de la perfección. En vez de ser un peso sobreañadido, nos quita el peso, proporcionando un motivo de interés y de esfuerzo. Cambia el tedio en aliento. Da sentido a cada uno de los anillos de esta amarga cadena que nos ata. Abre una ventana y trae a la luz lo que la oscuridad impedía ver en todo su color. Nos pone alas para remontar a las alturas celestiales.

Si procuramos llegar lejos en este empeño, hemos traspasado los secretos de la contemplación. Sí la palabra «perfección» suena recio, la palabra «contemplación» suena peor. Esta realidad es mirada por nosotros como inaccesible, alejada de nuestra esfera. Y, después de todo, ¿qué es la contemplación sino la atención continua, más o menos consciente, hacia Dios? Está claro que, si en cada acto del día buscamos esta nota de perfección en unión con María y por el amor de Dios, estamos dando esta atención llena de fe a Dios que es el término de la contemplación.

Nota:
Este artículo también se encuentra en el libro El Espíritu de la Legión.