Pensando en Cristo
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


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"El cristiano, dice Olier, es, propiamente hablando, Jesucristo viviendo en el hombre". No hay idea más grande que ésta del Cuerpo Místico. Según esta realidad, Nuestro Señor se ha colocado en la posición de una genuina dependencia de sus miembros, y nosotros somos sus actuales medios de acción y expresión. Mediante nosotros continúa Jesús viviendo en una escala mayor de lo que pudo hacerlo en otro tiempo, en su tierra natal, Judea. En consecuencia, por propio designio, se ve obligado a utilizarnos plenamente. Con lo que quiere decirnos que de nuestra parte hemos de hacer todo lo posible en el ámbito de nuestra salvación y de nuestra santificación.

 

TRABAJAR POR NUESTRA SALVACIÓN

Hay en San Pablo una frase importante en gran medida que marca una diferencia decisiva entre nuestro punto de vista católico y el de los protestantes. El texto es: "Trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación" (Filipenses 2, 12). Aquí no insisto en el aspecto de temor y temblor, sino en el trabajo. No nos salvaremos sin nuestra cooperación. Esto es básico en la posición católica; pero es algo que en el protestantismo original creado por Lutero, Calvino y algunos otros, reduce al hombre a una dimensión demasiado baja. Ellos sostuvieron que el papel desempeñado por el hombre en su propia salvación era casi negativo; que la salvación era enteramente una donación de Cristo, que todo lo que se pedía al hombre era tan sólo un acto de fe.

Hay muchas sectas evangélicas que sostienen todavía este principio; es esto lo que está como soporte cuando ellos declaran ser "salvados". Han hecho el acto de fe en Jesucristo y con esto se han salvado, es suficiente. Según el rigor perfecto de esta doctrina, ellos no pueden menos de ser salvos, aunque haya de su parte las más grandes fechorías.

Esto es algo radicalmente diferente de la enseñanza católica y bíblica que dice: "trabajad con temor y temblor en la obra de vuestra salvación". Siendo ellos tan asiduos lectores de la Biblia, uno se queda pensando en el significado que darían a este texto.
 

COMPLETAR LO QUE FALTA A LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO

Semejante a éste es aquel otro brotado del mismo autor inspirado, en el que hay una referencia a un "completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo". (Epístola a los Colosenses 1, 24). Es un texto misterioso, porque nada faltó en lo que sufrió e hizo Jesucristo. Nada de lo que vino a hacer quedó inconcluso. Lo que quiere decir es que dio todo lo que tenía que dar, todo lo que estaba fuera de las fuerzas del hombre el producir. El dio valor divino a nuestros actos. Sin la contribución de su divina palabra, todos nuestros actos y oraciones no hubieran tenido más valor que el viento que sopla por entre los árboles o el silbido de los pájaros. Sufrió también para pagar mucho de lo que el hombre hubiera rehusado expiar, pero además fue una fineza suya el llamarnos a crecer en plenitud en cada circunstancia de la vida. Así pues, nosotros podemos dar fe, y es lo que se nos ha pedido; fe es la base del sistema cristiano. Podemos además contribuir con otros ingredientes de virtud-esfuerzo, sufrimiento, oración, y se nos permite y estimula a proveernos de estas virtudes en la medida más extensa y llena posible.

Esta idea de caer en la cuenta de que se pide de nosotros el hacer nuestra propia contribución para la Redención no es una rigurosa transacción -como si nosotros fuésemos piezas necesarias de una cadena, o esclavos de los que el sobrestante quiere obtenerlo todo-. Al contrario, es parte de la Ley del Amor, es en provecho nuestro, es la concepción más noble que se puede imaginar. Así nosotros estamos moldeados en la vida de Cristo, restablecidos a semejanza suya en las condiciones terrestres, capaces de participar de su riqueza con el privilegio de cooperar realmente en su misión. Como observa bien el autor de un clásico tratado sobre el Cuerpo Místico: "En la vida de Cristo nada hay tan personal que excluya la participación de sus miembros dentro de él". De este modo estamos formando una unidad con Jesús sobre la tierra, tanto que después nos uniremos a su estado celestial y participaremos de su divinidad.

El fin estará en estricta proporción con nuestra conducta terrena. Si aquí dimos poco, este poco se tendrá en cuenta en el cielo; si participamos mucho de su vida aquí abajo, gozaremos de su plenitud en la vida eterna.

Por lo tanto, la posición que se refiere a Nuestro Señor y a nosotros es semejante a la del cuerpo humano, en el cual la cabeza no hace todo, como por ejemplo no se encarga de cumplir el oficio de los pies o de las manos o de otro órgano del cuerpo. Tiene su propia y muy especial función, pero no sustituye a las otras funciones. Las otras partes deben tomar y cumplir sus respectivos trabajos.

 

Él nos ha dejado una parte que hacer, para que así llenemos lo que falta a su propio apostolado.

 

APLICACIÓN DEL PRINCIPIO A LA LEGIÓN

Nuestro trabajo en la Legión es un reconocimiento práctico de esta ley, cumpliendo las cosas que Nuestro Señor nos encargó realizar. De este modo ofrecemos nuestro apostolado como una adición al apostolado de Nuestro Señor; pues no se trata de sólo nuestro apostolado, sino que estamos inmersos en su apostolado en un grado notable que hace que Él nos utilice en su obra. Pero esta asociación con Él debe estar animada por el convencimiento de que estamos actuando en Nuestro Señor. Él ha dejado una parte para que nosotros la hagamos; estamos llenando lo que falta a su propio apostolado.
 

OBEDIENCIA Y AMOR A MARIA

Este principio no se refiere solamente al apostolado, sino a toda la actividad cristiana. Así nosotros debemos continuar la rendida obediencia de Nuestro Señor a su Madre. No hay duda de que Él la obedeció, porque la amó sobre todas las criaturas juntas. Aunque todas le hubieran abandonado, habría recibido de la Santísima Virgen la compensación de su vida y sufrimientos. Por esto la pagó con un afecto que sobrepasa a todo entendimiento. Después del amor a su Padre Celestial, el amor por su Madre terrena fue su característica especial. Por lo tanto -es maravilloso contemplarlo- esta característica de su vida terrena tiene ahora que ser evidenciada por su Cuerpo Místico. ¿Es suficiente el que este amor particular se manifieste mediante ciertos miembros selectos del Cuerpo Místico, tales como San Bernardo, San Alfonso de Ligorio, San Luis María de Montfort y otros que han sido eminentes en su devoción a María?. La respuesta es un no. Hay ciertas funciones que Nuestro Señor ha asignado a cada cristiano; por ejemplo, la prerrogativa de la infabilidad es reproducida solamente por el Papa, el ejercicio principal de su autoridad por los Obispos, el ofrecimiento del Sacrificio de la Misa y el perdón de los pecados por los sacerdotes, la ejecución de sus milagros por ciertos elegidos. Pero el amor a su Madre es una cosa que debe ser realizada por todo cristiano. En una familia no sería obvio que sólo un hijo o una hija muestre amor a su madre y el resto quede libre de amarla.

En esta materia es un hecho que el amor a María es obligatorio en cada miembro del Cuerpo Místico, como lo es la fe. La fe en Jesucristo y el amor a María son los requisitos básicos, las piedras fundamentales del cristianismo, sin las cuales la salvación está en posición dudosa. Tratándose del amor a María, podemos aplicar el texto de San Pablo, y decir que nos toca completar lo que le faltó a Jesús en el amor a su Madre.
 

NOBLE PRIVILEGIO DE PENSAR

Frank Duff, fundador de la Legión de María.Hay otro aspecto en esta obra complementaria del Cuerpo Místico que es suficientemente apreciado y que falta en nuestro concepto sobre Jesús. No es suficiente trabajar o rezar por rutina, distribuir el tiempo, superarse, y basta. Es el error que comete nuestra gente en materia de religión. Olvidar lo que es nuestro más noble privilegio, el pensar. Se reza sin darse cuenta de lo que se dice, siente la gente satisfacción con sólo pasar un poco de tiempo en plegaria; no considera la calidad de su oración, la que principalmente depende de la atención que la vivifica. El pronunciar palabras vacías de ideas puede parecerles ya una buena intención, pero no es suficiente. La oración es comunicación con Dios; la oración ha de mantenerse en nuestra mente, pues sólo entonces Dios se revela al alma. No ha de reservarse el pensar en Cristo solamente para los tiempos de oración formal. Aunque no debemos relegar este pensamiento para sesiones especiales, debemos tenerlo en cuenta en todo lo que hagamos.

Todo acto debe ser vivificado por el pensamiento, y la vida más alta es la que se vive en Cristo. Para citar una vez más a San Pablo, "Nosotros debemos tener el pensamiento en Jesucristo" (1° Cor. 2, 16). Debemos reflexionar con una luz que impulse a las buenas obras y afirme cada motivo; debemos planear, ingeniarnos, esforzarnos para descubrir mejores métodos, forjar nuevas ideas y resolver los problemas; en una palabra, debemos dar a la religión la misma concentrada atención que derrochamos en lo insignificante de la vida.

Tomemos cualquier profesión o ciencia y midamos el ilimitado pensamiento que se emplea en ellas en perspectivas de progreso; miremos las industrias modernas: son muchas las firmas que emplean grandes cantidades de dinero para las investigaciones. Parecen sumas desproporcionadas, pero son de vida o muerte para la industria. Si no se dedican a pensar, pierden en su competencia, y esto significa la extinción.

Si la gente no tiene capacidad de pensar, entonces nada hay que hacer, como dice el refrán: "No se puede sacar sangre de un nabo". Pero, ¿quién entre nosotros se cree en el número de los que no piensan?. Claro que no somos genios, pero tenemos el poder de pensar, tenemos la magia de nuestra inteligencia, como dice Byron. Esta es la facultad que nos distingue del animal y la debemos aplicar intensamente en el campo de la religión. Si no lo hacemos, no completaremos lo que falta al pensamiento de Jesucristo, y estaremos desfigurando su rostro en la forma como lo fue en su Pasión. Sabemos que debemos irradiar a Cristo, sus acciones, sus cualidades en le escenario de la vida. Pero si nosotros no pensamos por Él y con Él, no reflejaremos en nuestra vida cristiana la verdadera imagen de Cristo, cuyos pensamientos son más vastos que el mar y cuyos consejos son más profundos que el océano (Ecles. 24, 39).

Él es la Sabiduría Eterna humanada. Él quiere asimilarnos en este aspecto como en los otros. Somos canales de esta Sabiduría para el mundo, pero frecuentemente no cumplimos este designio, lo restringimos a lo secundario. Le damos la fuerza bruta, pero no la idea; por eso no pensamos, no planeamos con Él o no resolvemos nuestros problemas o no manifestamos su mentalidad. La lógica del Cuerpo Místico es aprovechar a Cristo en todas nuestras cualidades. No debemos omitir entonces la gran prerrogativa de la inteligencia. Si hacemos que Cristo piense en nosotros, sucederían cosas grandes. Si, animados por este espíritu, le consagramos nuestros pensamientos, Él los hará suyos, poderosos y los injertará en el poder creador de Trinidad. El pensamiento de Dios es omnipotente; Él piensa en el universo, y el universo con sus billones de partes sale a la existencia de inmediato en toda su vasta diversidad.
 

ENTRAMOS EN LA ORBITA DEL PENSAMIENTO ETERNO

Por el Cuerpo Místico entramos en la órbita del pensamiento eterno y omnipotente. En la medida en que estamos en Cristo y participamos de su operación, parece increíble, estamos tomando parte en la misma vida de la Santísima Trinidad.

Por nosotros mismos somos nada, pero por Nuestro Señor hemos sido unidos a la Santísima Trinidad, y nuestros pequeños esfuerzos, por simples que sean, se unen a la fuerza divina que ordena todas las cosas; "Somos de Cristo y Cristo es de Dios" (1° Cor. 3, 23).

La conversión del hombre, su santificación, la ordenación de su destino eterno, ¡qué cosas tan elevadas! Se nos han otorgado la confianza en la responsabilidad de todo esto; pero el primer principio de nuestros esfuerzos debe ser: pensar. Nuestra mente es la parte más noble de nuestra personalidad y nosotros debemos colocarla totalmente al servicio de Jesucristo. Todo depende de Él, por lo tanto también yo. Lo ha declarado Cristo: Tengo necesidad de tu pensamiento, y en un sentido más expresivo añade: "Tengo necesidad de tu ayuda" (1° Cor. 3, 21).

Esto no quiere decir que Él honrará nuestras ideas precisamente la manera en que nosotros las hemos expresado, pues necesariamente nuestro pensamiento es imperfecto, como quien mira a través de un cristal empañado, al decir de San Pablo. Quizás Jesús los remolde un poco para hacerlos dignos en sus designios, o los añada esplendor, como lo hizo con Judith para ayudarla en su proyecto (Judith 10, 4).

Él puede actuar aun creativamente a través de nuestro pensamiento, encauzándolo para descubrir lo futuro. Al proyectar algo hagámoslo con fe, lo más cerca de Cristo.

Frecuentemente nos deja ver el uso que Él ha hecho de nuestros varios sacrificios aún para la extensa incorporación en la Iglesia.

Ahí está el himno "Tantum Ergo" de Santo Tomás de Aquino: sus versos son cantados en toda bendición Eucarística en el mundo entero. ¿No es para imaginarse el gozo que él experimentaría si hubiera sabido que este iba a ser el destino grandioso de sus versos?

Pero Dios no ha dispuesto así sólo par Santo Tomás; Él invita repetidas veces aún a los más humildes fieles.

 

En la medida en que estemos en Cristo y participemos de su operación seremos incorporados a la misma vida de la Santísima Trinidad.