Mística unión entre el Espíritu Santo y María
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


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En los escritos actuales resuena esta voz: Se da demasiada importancia a María; queremos oír hablar del Espíritu Santo. Esta es la versión moderna de aquella queja más antigua de que ponemos a María en el mismo plano que a Jesús. Con relación a esta última objeción, el Cardenal Newman, con su habitual efectividad, comenta que solamente ponemos a María en el lugar de Jesús, si lo rebajamos a Él al plano puramente humano. Un argumento por el estilo se podría aplicar a la otra aseveración. Solamente intercambiamos las posiciones de María y del Espíritu Santo, si confundimos sus funciones. Cosa que no debemos hacer.

En cierto sentido, tan equivocado sería sustituir al Espíritu Santo por María como lo contrario. La omisión de uno o del otro mutila el plan divino.

María es parte esencial del plan de la gracia de Dios. En la redención fue la nueva Eva junto al nuevo Adán. En la comunicación de los frutos de la redención, ella está igualmente asociada con el Espíritu Santo. Su relación es llamada algo incorrectamente la de esposos, pero el papel de ella es diferente. Es el canal de las gracias del Espíritu Santo; pero no es un mero mecanismo distribuidor. Es una persona que coopera con una libertad de acción totalmente sin trabas.

Está llena del Espíritu Santo sin ser al mismo tiempo obligada en lo más mínimo por Él. Su propia voluntad y acción no se ven ni eximidas ni limitadas. Es ésta la incomprensible maravilla de la providencia de Dios: que cuanto más se halla Él en posesión de un alma, más libre es esa alma. María, por tanto, distribuye las gracias del Espíritu Santo con plena libertad. El párrafo de la promesa de la Legión sobre este tema, que algunos consideran como una expresión dura, declara con precisión: "Que por ella son concedidos sus dones, virtudes y gracias a quienes ella quiere, cuando ella quiere, en la medida y de la manera que ella quiere". Y desde luego esa promesa no es original cuando dice eso; solamente repite lo que dicen los santos.

La esencial libertad de la voluntad humana es un principio fundamental en teología. Con todo, parece que algunos sabios encuentran dificultad para aplicarlo a María. Lo atribuyen a la persona normal, pero no pueden aceptar que aquellas acciones suyas que afectan al destino de toda la humanidad hayan sido dejadas bajo su libertad. Eso es una inconsecuencia. La redención y sus resultados fueron edificados sobre la cooperación de la humanidad y su libre aceptación por la acción de María, que actuó como representante del género humano. Por lo tanto, esa libertad debe hallar su plena expresión en la encarnación. Sería ilógico y decepcionante si se suprimiese en aquel momento decisivo en que María, siendo el ejemplar representativo y más escogido de la humanidad, debería mostrar esa libertad en su perfección.

Esto es, en gran parte, como la moderna contumacia que excluye la existencia del pecado original y al mismo tiempo niega la Inmaculada Concepción. En otras palabras, todos somos inmaculados menos María; Esto tiene cierto aire de locura. Y yo sostengo que el mismo rasgo se descubrirá en el momento en que uno yerre en su actitud hacia Nuestra Señora; se descubrirá que va contra la recta razón. Parece como si, al rechazarla, se rechazase lo que ella representa. Y representa al entendimiento humano en su más completa integridad, no corrompida por el pecado original. Negadla de la forma más insignificante y os habréis enfrentado al sentido común.

Es una especie de anteproyecto de la conducta humana. Representa la mente perfecta orientada hacia Dios. Cualquier desviación de ese anteproyecto anuncia una falta de estar en línea con Dios, y, más tarde o más temprano, se manifestará de formas perjudiciales. La deformación se extiende a los ángeles, al pecado, a la divinidad de Cristo, al Espíritu Santo y finalmente al mismo Dios. Creo que se puede decir con verdad que la persona más sencilla que tiene principios rectos con respecto a María irá por el camino recto y llegará lejos, mientras que los que saben mucho y llevan en su bagaje todo menos a María avanzarán como el barco sin brújula ni timón.



Hace algunos años se les ocurrió a ciertos teólogos protestantes una idea ingeniosa, que luego divulgaron. Por supuesto, algunos de su cofradía católica la aceptaron con el debido respeto, y ahora veo que se expone con seriedad. Es el concepto que comencé refiriendo de que los católicos han sustituido a la Santísima Virgen por el Espíritu Santo; donde debería aparecer Él la ponemos a ella; siempre que se debe dar alabanza a Él la nombramos a ella en su lugar; Él queda excluido; ella ha sido elevada práctica o realmente al plano divino: ¡tratamos a María como a una diosa!

Por parte de sus autores protestantes, esta locura se debe al hecho de que no conocen nada mejor. Por eso debemos decir: Padre, perdónalos. Por parte de los católicos que les hacen eco, puede ser debido a malicia, pues saben que no es verdad. O quizá brota de la ley que he propuesto, a saber, que aquellos que cierran sus ojos a María dejan de contemplar como consecuencia cualquier aspecto del paisaje divino.

Desde luego todos aquellos que critican y atacan tienen su remedio para esta indebida promoción de María. Que sea relegada a su puesto verdadero, por el que dan a entender una virtual nada. Entonces el Espíritu Santo ocupará su puesto, del que ella le había desalojado.

Acto seguido, los críticos no dudarán en protestar y decir que no es su intención en absoluto suprimir a Nuestra Señora; lo que pretenden es poner las cosas en su justo medio. Pero ¿cuál es esa justa medida?; ¿cuándo ha de figurar María?; ¿nos concretarán esas personas las ocasiones en que puede ser mencionada sin ponerla en el lugar del Espíritu Santo?; ¿no se dan cuenta de que, si su argumento sobre la sustitución es correcto en general, deberá aplicarse a una única alusión?

Además seria impracticable y ridículo conceder cierta parte de nuestra atención a la Virgen María y el resto al Espíritu Santo. Porque en el momento en que se difunda la idea de que ella invade el terreno de Él, todo el mundo se enternece y se vuelve tímido respecto de ella, hasta para pronunciar su nombre. Esto destruiría todo el concepto de devoción a María.

El punto de vista de los no católicos que dicen que la devoción a María excluye al Espíritu Santo es clara y sencilla. La ven como si no tuviera ninguna función en el orden de la gracia, y objetan que es tratada como si tuviese un lugar en él; pero es doloroso ver cómo autores católicos adoptan esa línea de argumentación con tanto entusiasmo. ¡Qué radicalmente opuesta es a lo que el Concilio Vaticano ha enseñado sobre ella! Hay un silencio total sobre esas enseñanzas maravillosas y un clamor sobre la usurpación que le hace al Espíritu Santo. ¿Qué clase de catolicismo es ése?

Suponen tales personas que el Espíritu Santo recibiría automáticamente la devoción que se ha dado antes a la Virgen. Hago la observación irónica de que, de aquellos que están fuera de la Iglesia, no tantos creerían hoy en el Espíritu Santo como persona real y distinta, mientras que la devoción a la Virgen lleva consigo el creer en Él.

En segundo lugar, ¿qué ocurre a María cuando su nombre ha sido siempre sustituido por el nombre del Espíritu Santo?; ¿dónde nos hallaríamos cuando la hubiésemos eliminado de esa manera tan drástica? Mi contestación terminante es que estaríamos en terreno protestante; habríamos cruzado la frontera del catolicismo. El hecho es que María tiene un lugar concreto en la teología y tradición católicas. Es una parte vital del edificio de la religión. El Papa Pablo VI insiste en que es algo intrínseco al cristianismo, que es de su esencia íntima, de forma que, si se la suprime, se destruye su integridad. La sustancia no es la misma, ya no es cristianismo auténtico. Es algo distinto. Es una falsificación.

¿Cómo hemos de resolver esa cuestión de la relación del Espíritu Santo con María?; ¿cuáles son sus lugares respectivos?; ¿cuándo hemos de aludir al uno y al otro? Descalcémonos metafóricamente y acerquémonos de rodillas a este tema santo.

Sería un error en el más alto grado reemplazar al Espíritu Santo por la Santísima Virgen, mas asimismo seria contrario a la idea divina suprimir a la Virgen; ya que ambos tienen sus específicos papeles, que son complementarios mutuamente. Ninguno de los dos debe estar ausente o, de lo contrario, la estructura se resquebraja. No hay necesidad de argumentar sobre el lugar supremo del Espíritu Santo. La cuestión se plantea sobre la legitimidad y el grado y manera de nuestra atención a María. ¿El referirse a Ella equivale a la exclusión del Espíritu Santo?

Es asombroso el hecho de que fue del agrado de la Santísima Trinidad hacer depender la redención de la voluntad de una criatura, la Santísima Virgen María. Ella había de querer la redención; de lo contrario, no se realizaría. Todo esto es demasiado para muchos de nosotros, así como lo fue para Lucifer y sus partidarios. No lo quieren reconocer. ¡La encarnación, la redención y el destino de todo el género humano son cosas demasiado inmensas para ser el juguete de la elección de una joven! ¡Dios no podía actuar con semejante falta de seriedad! Esas son ideas descabelladas. Por esa misma razón los ángeles rebeldes rehusaron aceptar la encarnación.

La respuesta es que, si Dios ha ordenado las cosas así, entonces no hay imposibilidad ni inconveniencia. Más bien su procedimiento muestra su sabiduría y su amor sin medida. Se propone no sólo elevar de las profundidades a las criaturas caídas, sino por un recurso del más puro genio transportarlas a las alturas celestiales. No se contenta con salvarlas de una vez. Nos invita a conseguir nuestra salvación con nuestros esfuerzos hasta donde nuestra capacidad puede llegar, y luego embellece ese don de innumerables maneras. De tal manera prepara las cosas que casi parece que le ponemos una obligación para con nosotros. Hemos de ser tratados como si hubiéramos ganado de verdad el cielo, y allí disfrutaremos la encumbrada posición de la que María es ahora el modelo, el exponente actual.

El comienzo de ese maravilloso plan fue colocado en María. En Ella Dios vio la posibilidad de la elevación del hombre. Ella sola poseía el germen de virtud que Él podría extender a su misterio de amor.

La cooperación de María en la fe y en el amor fue la piedra angular de la encarnación. El Espíritu Santo viene sobre ella, y juntos engendran al Santo, al Hijo de Dios. Eso constituye la historia y el modelo de toda gracia. La gracia fluye por el poder y la acción del Espíritu Santo, pero siempre de común acuerdo con María. La virtud consiste en que entremos en ese orden de cosas, de forma que sería nocivo minimizar a María bajo ningún pretexto. Así como Dios ha hecho depender las cosas de ella, igualmente exige que se reconozca su puesto.

La ley de adoración exige que reconozcamos los servicios prestados por los poderes celestiales, mayores o menores. Debemos dar gracias a san Antonio por habernos encontrado nuestro estilo gráfica o a san Blas por habernos curado la garganta o a nuestro ángel custodio por su cuidado constante sobre nosotros. En mayor medida debemos testimoniar nuestra gratitud a la que no sólo nos abrió la redención, sino que continúa administrándonos sus frutos como verdadera Madre.

En el momento de la encarnación, la Santísima Virgen fue asociada a la generación del Hijo Eterno y por ello fue introducida en un permanente estado de unión con la Tercera Persona, que fue la más intensa que podía establecerse, sin apartarla de su condición humana. Implicaba una participación de uno en la acción del otro.
Trabajarían juntos en una especie de identidad.

Claro que esto podría significar que ella no fuese más que un canal de conducción. Aún eso sería una suprema condescendencia con ella; pero sería un cambio completo de la intención original divina, que la quiso responsable. Se le había de dar en la administración de la gracia la misma actividad decisiva que había ejercido en la encarnación.

Es constituida verdadera cooperadora, es decir, se hace depender de ella la comunicación de la gracia. Dios la trata como si estuviese en plano de igualdad con Él, así como en la casa santa de Nazaret era en todos los sentidos la Madre. No fue una marioneta o un autómata, privada de responsabilidad real por ser su Hijo tan grande. Todo lo contrario. Porque representaba al género humano y encarnaba el elemento vital de cooperación humana, fue la madre por excelencia, por encima de todas las demás, más responsable, más libre. Su personalidad era más rica que todo lo que se pueda imaginar. Tuvo que ser así porque fue de ella, de una manera natural, de quien Jesús recibiría su mentalidad y facultades intelectuales y la formación de su carácter. Al hablar de ella, no hay que temer exagerar.

Dar una idea de cómo el Espíritu Santo y María ejercen su administración conjunta está tan por encima de nuestra capacidad que cualquier intento raya forzosamente en lo ridículo. Mas hablemos al menos de ello animados por la forma en que el
Frank Duff, fundador de la Legión de María.Antiguo Testamento muestra a Dios y al hombre deliberando al estilo humano.

El Espíritu Santo mantiene consejo permanente con María y forzosamente le concede la más completa oportunidad de afirmar su personalidad. De lo contrario, la cooperación no sería real. Tenemos que imaginarios considerando cada necesidad y cada alma con todas las circunstancias concordantes y llegando a las decisiones que, acto seguido, entran en vigor. Al mismo tiempo debemos darnos cuenta de que las cosas no se desarrollan en un plano natural. No habría un debate como nosotros lo concebimos, ni problema alguno de diferencia de opinión que hubiese de resolverse invocando el poder superior de Él. Nuestra contemplación se esfuerza por elevarse por encima de ese cuadro humano, mas no tenemos, por desgracia, alas espirituales.

María, reina de cielos y tierra, Madre de todos los hombres, está preparada divinamente para ser plenamente eficaz como compañera en la administración de la gracia. En Dios ve con todo detalle su dominio terrenal y comprende las necesidades de cada uno de sus hijos. ¿Mas cómo es posible que absolutamente todo lo que pide para ellos esté en consonancia con la voluntad divina y sea de aceptación segura? Examinemos este punto vital.

Según queda ya dicho, la persona normal tiene libre albedrío. De una manera mucho más eminente y en cada acto de su vida, la Virgen ha poseído esa facultad. Podemos explicarlo. Ella es la Inmaculada Concepción, el ser humano intacto. Debe mostrar todos los atributos de la naturaleza humana, incluido el libre albedrío, en su perfección suma; pero, por otra parte, sus actos habían de tener tan incomparables consecuencias que es difícil concebir que hayan sido dejados a su voluntad completamente libre. Y la fe más débil retrocede ante semejante prodigio.

Por ejemplo, nadie fuera de la Iglesia aceptará la idea de que la salvación del mundo podía ser encomendada a su determinación última y ser con todo totalmente segura. Mas, según el designio divino, tenía que ser así. Puesto que fue consultada por el ángel en la anunciación, se sigue que tuvo que tomar una verdadera decisión. Además esa decisión necesariamente tiene que ser totalmente perfecta en su carácter; tenía que ser el más libre ejercicio de su libre albedrío que jamás se diese. Esa es la esencia de aquel momento, que es el centro de todos los tiempos. Si María es consultada verdaderamente, la negociación debe ser tan auténtica como Dios mismo puede realizarla.

El secreto reside en la perfección de María, su pureza absoluta en todos los aspectos. El libre albedrío significa que podemos escoger. El uso que nosotros hacemos de él se ve complicado por el torbellino que hay en nuestro interior y a nuestro alrededor y que tira de nosotros de diferentes ángulos. María tuvo una única preocupación su Padre celestial. Todas las fibras de su ser tendían hacia Él y se entregó a Él con una plenitud que sólo la infinitud podía superar. Nada la distrajo. Sin duda el torbellino del mundo la rodeó y trató de desviaría, pero no dudó nunca. Ni por un momento se apartó de su objetivo.

Visto así el problema, se reduce a lo más sencillo. Dios puede confiar cualquier cosa a la libre disposición de esa maravillosa criatura. Una vez que ella sabe lo que Él desea, eso basta. Así, pues, ¿dónde está el conflicto entre su libre albedrío y el plan divino de restauración?; ¿dónde está la dificultad de que el ángel ponga el destino de todos los hombres en sus manos humanas? ¿Qué desea Dios? Eso es todo lo que ella necesita saber. Su decisión es libre, mas, con todo, el mundo está a salvo.

Igualmente podemos reducir a la misma simplicidad aquella administración conjunta del Espíritu Santo y María. Con todo su corazón y con toda la plenitud de su voluntad ella refleja la voluntad de Dios. No se le impone por la fuerza. No podía poseer mayor libertad ni ejercería más plenamente. Tal es la maravilla deliciosa del plan divino, que incluso le seria posible al Espíritu Santo confiarle la administración total de sus gracias; no obstante, el resultado sería el mismo que si actuase solo.

¡Qué milagro de amor nos muestra todo esto, por el cual la voluntad de Dios actúa en su plenitud y la voluntad de María es asimismo libre en el gobierno de todos sus Hijos, alimentándolos, vistiéndolos, enseñándoles, en el orden de la gracia! Para sacar un beneficio completo de ese poderoso milagro debemos adentramos totalmente en él. En todos los tiempos y antes del tiempo Dios ha edificado sobre María, y ahora es nuestra Madre. Repito que en esa función no es mero canal, por discreta que sea, de la bondad divina. Es administradora responsable. Ninguna madre podría ser tan madre como ella lo es.

De nuestra admiración casi extasiada ante esas disposiciones divinas nos traen brutalmente a la tierra escritos como los citados al principio. Su insistencia sobre la primacía del Espíritu Santo hasta el punto de dudar en nombrar a María es contraria del plan de Dios y es totalmente mala.

Es doloroso encontrar personas que tienen al menos la capacidad de escribir artículos que manifiestan puerilidad al tratar de María. Someten lo sobrenatural a las leyes naturales. ¡Si uno se dirige a la Santísima Virgen, se aparta del Espíritu Santo! ¡Al parecer, es sólo el acercamiento directo lo que cuenta! Pero esto es positivamente infantil. Llevado a su conclusión lógica, significaría que, si estamos comprometidos en un deber absorbente que nos impide pensar expresamente en Dios, lo estamos dejando de lado.

Por el contrario, hemos de encontrar a Dios con menos seguridad en los sentimientos de fervor que en la recta intención, en la doctrina verdadera, en los debidos principios y en el cumplimiento del deber. De paso diremos que María es la encarnación y primer modelo de todos esos caminos hacia Dios y que nos conduce por ellos.

La unión establecida en la encarnación entre el Espíritu Santo y María permanece para siempre. María está con Él en todo lo que Él hace. No es el hecho de que pensemos en ella lo que la hace presente. El desarrollo de esta idea nos lleva a campos exuberantes de meditación, que la descubren donde no habíamos pensado que estuviese.

El misterio del rosario que sigue al de la encarnación es la trascendental visita a Isabel llevando a su Hijo divino en sus entrañas. De ellos sale la gracia curativa cuando se encuentran las dos madres. Asimismo en María está el Espíritu Santo. La santificación de san Juan es su primera comunicación oficial de la gracia en unión con María. Y es la primera aparición de ella en su papel de mediadora de la gracia.

Y más tarde, cuando María cumple aquel solemne requisito de la Ley Antigua presentando a su "Primogénito" a su Padre celestial, el Espíritu Santo estaba realizando invisiblemente aquella ceremonia con ella y dándole su verdadero significado y valor; pero el papel de ella no fue menos esencial. Representaba a todas las otras madres que realizarían aquel rito simbólicamente.

En Caná, que prefigura la Ultima Cena, somos testigos de la dramática intervención de María; pero no está presente en la Ultima Cena cuando se inaugura el milagro de la eucaristía. A pesar de todo, sentimos que la que nos dio el Cuerpo de Cristo en un principio debió estar allí como parte misma del misterio. Muchos de los santos lo dicen así y hablan de Ella como si estuviera en una habitación contigua, recibiendo la Santa Comunión después de la ceremonia. Pudo haber sido así; pero no hay necesidad de recurrir a una solución semejante; pues el Espíritu Santo estaba presidiendo la realización de la eucaristía, como había estado en la formación del cuerpo real de Nuestro Señor. Realizó lo uno igual que lo otro a través de María. En Él estaba ella presente en la encarnación y en la institución de la eucaristía, visiblemente en la primera, invisiblemente en la segunda.

Una ulterior ilustración de esa constante y fructífera unión se da en la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos. Los Hechos nos la describen: "De repente vino un ruido del cielo como de viento impetuoso y llenó la casa donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego que se dividían y posaban sobre cada uno de ellos y todos se llenaron del Espíritu Santo" (Hech 2, 2-4).

No debemos pensar que tuvo que hacer un viaje de lo alto. No tuvo que hacerlo. Estaba ya presente en aquella asamblea oculto en María, cumpliendo los días de espera de la Promesa del Padre (Hech 1, 4). La idea tradicional de que las lenguas brotaban de María representaría un pensamiento justificado. La mostraría en un papel que ha tenido siempre por destino cumplir. Ella inauguró el Cuerpo Místico de Cristo, así como había concedido y dado a luz a su cuerpo real. Es Mater Ecclesiae con la misma verdad con que es Mater Christi.



Después de la venida del Espíritu Santo, el Rosario nos presenta la asunción. En ese misterio se cree popularmente que la Virgen fue transportada al cielo por ángeles, visible o invisiblemente. La idea es que, en contraste con la ascensión de Nuestro Señor, ella es llevada para dar a entender su condición humana inferior. ¿Pero no podríamos suponer que como morada viviente del Espíritu Santo está en una categoría propia y habría subido como su Hijo a su reino sin ayuda angélica?

De lo anterior queda claro por qué se os ha recomendado reconocer en el rosario la mejor oración al Espíritu Santo.

La devoción a María no es una "posibilidad", sino algo "imprescindible". No es divina; por eso no la adoramos. Admitido esto, no debe haber restricción en el grado o modo de nuestro acercamiento a ella. Que vayamos directamente a las Personas Divinas o a ella, es lo mismo; todo va a Dios. No nos apartamos de los demás si hablamos a uno. Incluso en el orden natural no hace falta que sea así. La misma mirada abarca a la mujer y al hijo en sus brazos. Pero lo sobrenatural se muestra muy superior, como para tener que proporcionarnos tales imágenes. María está en el Espíritu Santo con tal intensidad que son virtualmente uno con identidad de acción, de forma que la devoción a uno lleva consigo la devoción al otro. Que tal sea nuestra intención. Concentrémonos como deseemos, en cualquiera de los dos, pero conservemos al otro en un segundo plano de nuestra vista.

En todo caso no seria practicable distribuir nuestras oraciones entre ellos. ¿Cuánto le daríamos a ella? ¿El cinco, el diez o el quince por ciento? La idea seria totalmente absurda. La idea de cualquier especie de partición sería imposible. Aplicado a Dios, ¿cómo haríamos la distribución entre las tres Personas?

Es un amaneramiento, por parte de muchos hoy, recalcar la importancia del Espíritu Santo, como si las otras Divinas Personas no existiesen.

Mencionan a María con gesto de disgusto y se observará que "no hay sitio en la posada" para Jesús tampoco.

La división más sencilla es seguir la libertad tradicional permitida por la Iglesia, asegurándonos de no ser demasiado tacaños con María. Así, lejos de monopolizar para sí lo que se le ofrece, ella lo entrega todo junto con su propia importante aportación. De una manera real también ayuda a nuestro pobre entendimiento a cierta comprensión de la Trinidad y a la necesaria distinción entre las Personas. Es probable que sin su ayuda nos perdiésemos con relación a esta doctrina y a otras doctrinas menores. Ella es la verdadera guardiana de la Doctrina cristiana. Quitadla y el edificio comienza a desmoronarse.

Pelbarto, uno de los grandes escritores de la Iglesia, considera el caso en que ciertas personas santas están tan prendidas en el amor de María que parecen estar absortas en ella más que en las Divinas Personas; se sienten impulsadas a dirigirle la mayor parte de sus oraciones. ¿Qué hay que pensar de esto?

El escritor dice que en esas personas debemos ver la acción del Espíritu Santo, que se sirve de ellas para proporcionar una expresión humana del amor supremo que el Eterno Padre tiene por su hija, que Jesús tiene por su Madre, y que el Espíritu Santo derrama en la Mujer inigualable que ha sido su compañera en la Creación. Es parte de la idea divina que este amor de la Santísima Trinidad por Ella, que ha sido llamada su complemento, debe reproducirse de manera dramática por el Cuerpo Místico a través de algunos de sus miembros. De una manera semejante, cada rasgo especial de Nuestro Señor es casi asombrosamente resaltado por distintos santos.

Así, pues, si sintiésemos esa ardiente atracción hacia María, no debemos volvernos aprensivos por sugerencias de que privaríamos a Dios del honor que se le debe; pues es Él quien nos introduce en esa comunión de gracia que tiene con María. Pueden estar haciendo planes para servirse de nosotros.