María y el Espíritu Santo
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


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VOY a descender al principio fundamental. Voy a hablar de las cosas importantes que deben estar presentes en vuestro trabajo, si ha de producir verdadero impacto. Vuestra ambición es colosal: conquistar de golpe, convertir una población en una semana más o menos. Es magnífico y fantástico al mismo tiempo. Pero se convierte en algo posible, si os hacéis canales del Espíritu Santo. Pues él puede convertir de un golpe, en una abrir y cerrar de ojos.

Voy a discutir con vosotros la mecánica de todo esto. Voy a hablar sobre lo más excelso, la Santísima Trinidad y María, la gran Madre de Dios. Tened paciencia conmigo en esta tarea, la más difícil de todas. Trato de hacer lo que siempre he procurado, reducir las cosas a la sencillez. Estoy animado a ello por unas palabras del Arzobispo de Dublín dirigidas a vosotros en el Manual; "No puede haber en la enseñanza de la Iglesia un cuerpo interior de doctrina que sólo unos pocos puedan captar."

Puesto que María es la esposa del Espíritu Santo, llena de su gracia, inseparable compañera en su misión externa, se. sigue que se ha hecho semejante a él hasta aquel grado en que una criatura puede serlo. La Iglesia nos enseña que ha sido llevada hasta las mismas fronteras de lo infinito. Partiendo de esto podemos continuar diciendo que ella proporciona la más completa expresión humana de él.

Jesús y el Espíritu Santo


Aquí viene la objeción de que ciertamente es Jesús quien más fielmente refleja al Espíritu Santo. Por supuesto que éste está en Jesús en un grado más alto de lo que está en María, pero no es ésta la cuestión. Estoy pensando en términos de proyección humana. Además, ver a Jesús como reflejando la Segunda y Tercera Personas llevaría a una identificación de estas Personas y no a una deseable distinción de las mismas. Servimos a este propósito, cuando consideramos a Jesús reflejando la Segunda Persona (que El es) y a María como reflejándonos la Tercera Persona, con cuyo papel está tan divinamente entrelazada.

Mientras tales imágenes, como la paloma o las lenguas de fuego, se nos presentan como símbolos del Espíritu Santo, no puede decirse que se le asemejan. Por otra parte, el Espíritu Santo al establecer una unión tan inexpresable con María está haciendo necesariamente una verdadera revelación de sí mismo a través de ella. A primera vista esto desconcertara a los que han pensado en María como en mero canal de las gracias del Espíritu Santo, mientras es mucho más que eso. Vuelvo al hecho de que Jesús es la revelación de la Segunda Persona, y María de forma menor y puramente humana cumple la misma misión respecto a la Tercera Persona. Una plena comprensión de esto está, desde luego, fuera de nuestro alcance, pero algo —y aun mucho— puede ser entendido, puesto que eso se ha pretendido. Todas las verdades divinas se nos dan para entenderlas en parte. La razón debe reforzar la fe, y esto progresivamente.

Esto se aplica en el caso presente. El Espíritu Santo no se proyectaría a través de María en un sentido humano, si esta operación estuviese fuera de nuestro alcance para comprenderla. Si el Espíritu Santo se propone manifestársenos humanamente, tendría que escoger no meros símbolos pictóricos o artísticos, sino una persona. Y esta persona necesitaría estar en el punto más alto de la escala humana.

Tendría que haber una razonable adecuación o compatibilidad entre él y aquel medio que él escoja para reflejarle. Así como la Segunda Persona no desdeñó valerse de la humanidad de Jesucristo y del seno de María para su intervención en los asuntos humanos, así no hay ninguna incongruencia en que el Espíritu Santo haga un uso algo semejante de un ser humano excelso como la Virgen.

La Segunda Persona Divina


Desde luego que hay una diferencia. Desde el momento en que la Segunda Persona se encarnó, fue una con Jesús y ahora no existe de otra manera. Jesús es la Segunda Persona Divina. Por eso debe dar de forma humana la misma imagen de Dios, Hijo, a quien veremos en el cielo. De otra manera Jesús no estaría realizando la intención divina de proporcionarnos el más completo retrato de la Segunda Persona que los recursos finitos pueden proporcionar.

La mente se esfuerza ineficazmente con la idea de que Jesús nos manifiesta de forma real la "imagen" misma de la Segunda Persona. Pero debe haber una verdad en ello, que estarnos obligados a descifrar un poco.

Por ejemplo, cuando los que vivieron con Jesús entraron en el cielo, le contemplaron en toda su gloria como Segunda Persona y seguía siendo el mismo Jesús que ellos habían conocido. Su manifestación o transfiguración en pura divinidad no quería decir que él se presentaba a ellos como alguien diferente, al cual debían ser presentados, por así decir. No, habrían entrado con toda naturalidad en la vieja familiaridad respetuosa de trato, como lo lucieron después de su Resurrección. Esto es lo que quiero decir al afirmar que Jesús mientras estaba en la tierra habría reflejado de alguna manera para ellos la imagen de la Segunda Persona.

¿Hasta qué punto podemos argumentar igualmente con relación a la Virgen María y al Espíritu Santo? Podemos ciertamente llegar lejos. María, aunque no era divina, estaba sumergida en la Divinidad hacía el máximo: grado posible sin dejar de ser criatura. A efectos prácticos esto significaría que podemos aplicar a María y al Espíritu Santo la misma idea que aplicamos a Jesús y a la Segunda Persona. Los apóstoles al entrar en el cielo verían al Espíritu Santo tan semejante a María que tendrían que dirigir como una segunda mirada para distinguirlos.

En el caso de Jesús no habrá problema de distinguirle de la Segunda Persona, que es él, sino solamente de ver la esencia divina. Mas el Espíritu Santo y María, por muy parecidos que puedan ser, son personas distintas, una divina y la otra humana. En este problema de identificar y separar al mismo tiempo dos cosas distintas, tenemos esta imagen que puede ayudarnos. La pantalla de un televisor tiene su propia forma externa, pero una vez que la imagen retransmitida llega a la pantalla, la forma de ésta se pierde en la imagen. Este ejemplo muestra cómo el efecto de lo menor se fusiona con lo mayor.

El caso de María y del Espíritu Santo es, desde luego, de un orden mucho más alto. Por contraposición al caso, de la televisión; cuanto más se afirma el Espíritu Santo en María, más es ella María, más personal se hace. Ya no es un caso de supresión sino de acentuación. Esta manifestación Divina se da en su punto más alto en María, pero no se limita a ella. Es parte del misterio del interés de Dios por la personalidad humana. Cuanto más nos abandonamos a él y nos perdemos en él, más se desarrolla nuestra personalidad.

Imagen distinta


Aclaradas estas cosas, me acerco ahora a la cuestión de la imagen del Espíritu Santo. Cada un de las tres Personas Divinas tiene su propia imagen exterior y distinta. La diversidad es una de las notas de la Trinidad Santa Contempláremos esa imagen durante toda la eternidad. Pero no es suficiente dejar este asunto de la imagen para la eternidad como si no tuviese relación con nuestra vida en la tierra. Verdaderamente nos interesa aquí muy íntimamente, porque afecta ciertamente y vitalmente nuestra actitud para con estas Personas.

Nuestras vidas deberían entrar cada día en relación con cada una de estas Divinas Personas por medio de la adoración y oración. Tal acercamiento debe tener algo en qué apoyarse. No podemos rezar en el vacío, esto es, sin idea de adonde o a quién van nuestras plegarias. Se puede llenar en cierta manera este vacío poniendo un nombre delante, es decir concretándonos a nosotros mismos que estamos a punto de dirigirnos a una de las Personas Divinas, a la Virgen María o a un santo. Pero esto es solamente un débil paso si no tenemos una imagen correspondiente para vestir el nombre con una forma. Es duro en todas las circunstancias realizar el acto espiritual de rezar. Esa dificultad se aumenta inconmensurablemente si no tenemos más que un nombre a quién dirigirnos, o si tenemos solamente símbolos desmerecedores para proponer a nuestra imaginación, por ejemplo la Santísima Trinidad bajo la forma de un triángulo luminoso o el Padre Eterno como mi ojo humano.

El punto más alto que ordinariamente alcanzamos con relación al Padre es tal como lo pinta Miguel Ángel, es decir un anciano de barba patriarcal. Para la Segunda Persona tenemos una imagen justificada, la de Jesucristo. ¡Para el Espíritu Santo tenemos la paloma o una lengua de fuego! No es bastante. Tales símbolos impedirían nuestra comunicación con el ciclo y la reducirían al mínimo. Sería en el mismo orden como mirar las bellezas de la naturaleza a través de una venda sobre nuestros ojos o tratar de hablar con una mordaza.

Una relación importante


Por eso es un asunto de importancia realmente grande que establezcamos una relación razonable con el Espíritu Santo que es el agente de todas las acciones externas de la Trinidad, el dador de toda gracia, de la que depende nuestra vida ahora y siempre.

Es sobrecogedor pensar que la Segunda Persona Divina hubiera podido encarnarse en un animal, por ejemplo en un cordero, que es la figura bíblica del Hijo de Dios. Si él se hubiera encarnado así, la inmolación del Cordero podría haber realizado la Redención, aunque es difícil ver cómo podría haber establecido el Cuerpo Místico o elevado al hombre hasta Dios.

Entonces ese Cordero real, al ser Dios, exigiría nuestra adoración. Pero en esa presentación de sí misma hecha por la Segunda Persona habría una falta tal de aptitud como para excluirla. Es cuanto nuestra imaginación puede hacer para contemplar a Dios uniéndose de forma tan íntima con la humanidad, y no podemos descender más en la escala.

El mismo pensamiento de aptitud nos llevará a conceder a la humanidad de Jesucristo tal grado de excelencia en todos los aspectos, que constituiría una real adecuación para la unión con la divinidad. Una debida adecuación desde nuestro punto de vista tendría que incluir no solamente la santidad y una cualidad humana sublime sino también una forma física excelente. Aquí es donde nuestra imaginación falla. No podemos entender cómo la esencia divina puede reflejarse en muí imagen humana. Pero exactamente porque nuestra razón puede dirigirse, a Dios, a quien no podemos representar, nuestra misma razón nos dice que Jesucristo debe proporcionarnos una adecuada semejanza humana con la Segunda Persona Divina.

El papel de María: meramente humano


Ahora vamos a aplicar la misma línea de razonamiento al caso diferente del Espíritu Santo y María. Es diferente porque el Espíritu Santo no llegó a encarnarse en ella.. La dejó en todos los aspectos una persona humana, una pura criatura. Su papel en la encarnación y redención había de ser completamente humano. Esto era necesario según la concepción que Dios tenía del gran drama. Proyectó que la participación de María, mientras parecía, en muchos aspectos sumergirse en la divinidad, permaneciese no obstante humana. Es evidente que esta intervención la coloca en el punto más alto posible de la capacidad humana, tan próxima a Dios, que no podemos elevar nuestra imaginación tan lejos. Pero el principio esencial de la Redención es que la participación de María sea humana. Tenía que actuar en provecho de toda la humanidad.

No obstante, supuesto que no es divina, ¿no se le aplican a ella las mismas consideraciones, como hemos sugerido con relación a Jesucristo? ¿No se aplicaría el mismo argumento de acomodación a su unión con el Espíritu Santo? Puesto que esa unión es tan intensa como Dios puede hacerla, ¿no podemos razonar válidamente que María es hecha y destinada a mostrarnos una semejanza análoga con el Espíritu Santo, parecida a la semejanza de Jesús con la Segunda Persona Divina?

Al lado de esta función de interpretar, por así decir, al Espíritu Santo para nosotros, parecería como si María tuviese una función adicional de un personaje intrigante. Al encarnarse en Jesucristo, Dios ha tomado la forma de hombre. Esto hace que algunos digan que la mujer ha sido relegada a un lugar inferior en la economía divina. Pero ésta no podía ser en ninguna circunstancia la intención divina. Dios no es varón y no tendría ninguna razón para promocionar al hombre a un grado más elevado. Verdaderamente puede suceder que cuando se haga el balance final, la mayor parte de los habitantes del cielo: sean mujeres. Si por ciertas razones de conveniencia él se encarna en un hombre, lo más probable es que equilibre la balanza de alguna forma en el orden temporal.

Detalle de la Virgen - Murillo. (Museo del Prado. Madrid)


Las mismas palabras usadas con relación a la entrada del hombre y la mujer en el mundo contienen una igualdad esencial: "Hombre y mujer los creó" (Gen 1, 27). La forma de sus cuerpos y la estructura de sus mentes señalan lo mismo. Las diferencias son solamente funcionales. Tampoco podemos imaginar las almas de un sexo como inferiores a las de otro sexo.

Funciones diferentes


Es verdad que hay diferencias evidentes de funciones. Algunas de éstas son interpretadas como si indicasen una superioridad masculina, una fuerza física 
Frank Duff, fundador de la Legión de María.mayor y algunos aspectos mentales. Pero es concebible que estos podrían ser ilusorios y podrían incluso llevarnos en dirección contraria. Por ejemplo, ¡por qué dar una importancia a la fuerza física que podría entonces usarse para argumentar que el animal es superior al hombre! Lo mismo podría aplicarse al entendimiento; si se pudiese alegar que el hombre presenta una superioridad en determinadas direcciones no podría ser "la postura real igual que en un caso de músculos más fuertes, es decir que lo que está en juego es solamente una función u oficio, no una cualidad real; y que el oficio de la mujer pueda ser más delicado y discreto, pero no de un nivel inferior en lo esencial.

El hombre tiene una misión que desempeñar en el mundo, la cual requiere ciertas cualidades para llevarla a cabo, y lo mismo se aplica al caso de la mujer. Al fin el hombre será el que ejercita la fuerza y las cosas que siguen a esa fuerza. Pero esto no significa virtud. El oficio del hombre puede ocupar un puesto más alto, exactamente como el dinero, en la evaluación tosca de la humanidad, pero no en la mente de Dios. Los preciosos datos de su sistema monetario son la fe y el amor puro. Por eso, a sus ojos el atavío de cualidades en la mujer no es inferior. No sería inteligente que una mujer fuera seducida por signos más tangibles y mundanos.

No obstante es un hecho que Dios se ha hecho hombre. Esto, ¿no nos muestra a Dios elevando al sexo masculino por encima de la mujer? Un hombre y no una mujer se hace Dios. ¿De qué forma podemos suavizar esta aparente disparidad radical?

Me parece que tenemos la respuesta más fácil en la Virgen María y en las ideas que hemos estado sugiriendo. Si Dios se ha encarnado en un hombre, ha establecido la relación más alta y cercana que pueda citarse. La razón, además, para realizar esa relación especial con una persona varón no era la de proporcionar un grado más alto de honor o de preferencia al sexo masculino sino que fue hecha por otras razones suficientes, algunas de las cuales podemos entrever. Por ejemplo, el papel redentor al que nuestro Señor fue destinado era tal que no podemos imaginar a una mujer desempeñándolo, por lo menos en los tiempos de Cristo. Sigamos este camino y veremos qué desentonada estaría una mujer en él. Habría sido un ultraje para la forma de pensar de aquel tiempo el hacer que una mujer se sometiese a realizar las diversas partes de ese papel. No necesitamos completar este cuadro.

Por qué no una mujer


Pero dice nuestro objetante: "¿No podría Dios encontrar otra forma apropiada para asignar a una mujer el papel de Redentor?" La omnipotencia de Dios no sufriría, desde luego, menoscabo. Pero esto acarrearía sin duda un drástico reajuste del primer plan elegido y sólo con el propósito en la mente del objetante de privar al hombre de una supuesta superioridad para dársela a una mujer. ¡Esto sería verdaderamente feminismo con venganza! ¡Y traspasaría el motivo de queja al hombre!

Quizá pueda admitirse entonces que el tiempo y las circunstancias requerían que la Encarnación se realizase en un hombre. Pero eso no da al género masculino una superioridad o supremacía. Además, ese eminente teólogo que es Laurentín, arguye que en Jesucristo deben encontrarse todas las cualidades femeninas, de forma que en él la mujer es exaltada igualmente con el hombre. Aunque cierta, es esta una idea bastante abstrusa que pocos podrán captar. Por otra parte, no todas las mujeres verán como suficiente la representación hecha por un hombre. Sería bueno que hubiese una solución más evidente y aceptable.

Creo que la tenemos en la idea de la cooperación de María. Esta no pasa por alto la explicación de Laurentín, pero la complementa. Todo aquello referente a la mujer, que en cierto grado Jesús no pretende exaltar en sí mismo, lo realiza María. Ella no lo hace en su calidad de esclava de Nazaret, sino, si es que podemos distinguir, en su papel de esposa del Espíritu Santo. Por medio de María la tercera persona de la Trinidad Santa se nos presenta de forma semejante a como la segunda lo hace por medio de Jesucristo.

Un ulterior propósito a la vista sería el sumamente importante de hacernos patente la diferenciación de personas de la Santísima Trinidad. No hasta mirar a Dios constituyendo tres personas de una manera confusa. Debemos disociar lo mejor que podamos la Trinidad en sus personas, cada una de las cuales desempeña un papel distinto con relación a nosotros y a nuestra salvación: y con cada una de las cuales deberíamos tener determinadas y claras relaciones.

Jesús hace esto con relación a la segunda persona divina, que es realmente. En Jesús está también el Espíritu Santo, pero contentarse con esto sería esa falta de diferenciación que tratamos de evitar y que María viene a aclarar. Por María se establece esa diferenciación de forma sencilla y viva.

Diferenciación de las personas


El mero hecho de conseguir esa diferenciación entre las tres Personas Divinas sería un avance. Pero yo pienso aquí en términos de una especie de revestimiento de carne de cada una de las divinas personas, es decir, atribuir a cada una un carácter, una personalidad, que podamos entender y que nos capacite para dirigirnos a ellas sin esfuerzo, lo cual, en cierto modo, nos las hace presentes.

Si, siguiendo el tema de esta descripción, vemos en Jesús a la segunda persona divina y en María en cierta manera a la tercera persona, hemos tenido ciertamente éxito, alejando de nuestras mentes cualquier vaguedad que podríamos haber tenido con relación a la Trinidad. Además, podemos ver que la divinidad se acerca a la humanidad manifestándose a Jesús como hombre y en María como mujer.

Esta forma de pensar nos capacita para ver especialmente en el Espíritu Santo lo que podemos llamar el lado femenino de Dios y que de otra manera podríamos pasar por alto. María fue hecha semejante al Espíritu Santo, en la medida en que una criatura podía serlo, y refleja en consecuencia su imagen en el grado más completo humanamente posible.

La Inmaculada Concepción fue el nacimiento espiritual de María. ¿No será permitido sugerir que, como cualquier progenitor, imprimió el Espíritu Santo en ella su propia imagen y figura? Esto se vería acentuado por el consiguiente crecimiento de gracia que había de convertirla en digna madre de Jesús y apta cooperadora del mismo Espíritu Santo. El se revela por ella en tal medida que casi podemos verle en ella. Es de esta manera revelaciones de Santa Brígida de Suecia: "Aquel que me ve, puede ver la divinidad y la humanidad en mí como en un espejo y a mí en Dios. Pues cualquiera que ve a Dios, ve las tres divinas personas en él; y cualquiera que me ve, ve, por decirlo así, las tres personas en él; y cualquiera que me ve, ve, por decirlo así, las tres personas. Pues la divinidad me envolvió en sí misma con mi cuerpo y alma y me llenó de toda virtud" (Introducción a la Verdadera Devoción, del Cardenal Vaughan).

"Retrato humano" del Espíritu Santo


Y por supuesto lo mismo puede decirse a la inversa. Si María ha sido hecha en la medida de lo posible para que se parezca al Espíritu Santo, se sigue que el Espíritu Santo es semejante a ella. Ella nos proporciona de forma humana un retrato inteligible de él, pero que vive y hace entrega de la virtud interior así como de la imagen externa.

En las consideraciones anteriores hay un adicional rayo de luz con relación a esta sublime mujer a quien la Trinidad Santa escogió antes de los tiempos como su cooperadora en el drama de la humanidad, entretejiendo estrechamente sus destinos con el Redentor. Ella cubre la insalvable distancia entre el hombre caído y su Creador y hace posible la Redención. Es la verdadera madre de la segunda persona divina, presentándonosla de una forma que nos capacita a todos para amarla y a algunos para amarla en el más alto grado.

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra... " (Lucas 1, 35)


Entonces la encontramos realizando una finalidad casi igual con relación a la tercera persona divina. Aquí hay un pequeño punto de reflexión. El catecismo, o mejor un estadio ulterior a éste, enseña que el Padre engendra al Hijo y que al mismo tiempo el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. El es engendrado, por decirlo así, por el conocimiento y el amor mutuo consiguiente. Esta operación trinitaria comenzó antes del tiempo o más bien no comenzó nunca y continúa desarrollándose siempre. Este es un pensamiento demasiado profundo para detenernos en él. Nuestras mentes no pueden resistirlo más de lo que nuestros ojos aguantan la vista del sol.

El Padre realizó esta operación en el tiempo, cuando hizo que su Hijo, la segunda persona, tomase carne en María. Hizo esto por el poder del Espíritu Santo, que lleva a cabo todas las obras externas de la Trinidad. Esto significó que un ser humano era introducido de una forma especialmente íntima en la vida de Trinidad Santa. Ella, llegó a ser verdaderamente la madre del Dios-hombre, Jesucristo, y cooperó libremente con la fuerza del Espíritu Santo en el sublime misterio de la Encarnación. Puesto que María es para siempre la madre de Jesucristo, es también para siempre la cooperadora con el Espíritu Santo en todas las obras de salvación. Esto la constituye mediadora de todas las gracias.

Podríamos pensar más profundamente y decir que, ya que cooperó libremente en la Encarnación del Hijo de Dios, es por ello, con el agrado divino, asociada con el Padre y el Hijo en la obra de comunicar el Espíritu Santo en todas las tareas de santificación, exactamente igual que, a través de su libre voluntad, ella dio a Jesucristo al mundo. Este es un rasgo de grandeza y la razón, que trasciende a todas las demás razones, de por qué es llamada compañera, abogada, cooperadora, mediadora.

Este múltiple papel suyo, que la muestran en una relación característica con cada persona divina, ha hecho que sea descrita por la Iglesia como el complemento de la Trinidad Santa. Es esta una expresión que debe ser tomada en el sentido más pleno, pues ha sido incorporada de una forma externa pero vital a las operaciones de la Trinidad. No podemos comprender la mayor parte de todo esto. Pero lo que es comprensible debe ser probado, porque es necesario para nuestra vida espiritual. Debemos tener una idea de las tres divinas personas y captar la extraordinaria participación de María, uno de cuyos aspectos es que hace acercarse a cada persona desde su distancia divina y les confiere una sustancialidad que nos hace capaces de tratar con familiaridad con días hasta el punto de conversar en las formas de un avanzado amor humano, y hasta el punto de hablar y comportarnos como niños. A María debemos el establecimiento de una relación tan escogida, una relación de amor y no de miedo.

Diría que como resultado de tratar do asociar al Espíritu Santo con la Virgen María a lo largo de las anteriores líneas, he conseguido acercar al Espíritu Santo desde su anterior completa vaguedad y hacer que sea en mi imaginación una persona muy real con un elemento de algo sustancial. Le veo como poseyendo características análogas a las de la Virgen María, escondiéndose en ella mucho, pero siempre como una persona distinta, realmente femenina (aunque la costumbre me obliga a decir "él") y combinando la delicadeza, que vemos en la Virgen María, con un infinito poder y amor. Para los fines del mecanismo de comunicación, esto representa un gran avance. Rezamos a un ser gracioso, radiante, amoroso, y no ya a una sombra temible.

¿Esposo de María?


A esta altura tal vez se diga que el Espíritu Santo, siendo esposo de María, no se le puede imaginar con caracteres femeninos. Pero ese término "Esposo de María" no debe contener el sentido de que el Espíritu Santo es el marido de María o el padre de Jesucristo. No es ninguna de estas cosas. Es el medio y la fuerza a través del cual el Padre produce a su Hijo en María. Por esta razón muchos escritores han buscado otro término distinto del de esposo para describir su relación con María.

¿De qué manera influye María en nuestra forma de pensar con relación al Padre? Pues bien, si hemos alcanzado el grado de familiaridad con algunos miembros de una familia, se establece por lo mismo un lazo parecido con otro miembro al que no hemos visto. Por María hemos llegado a una intimidad con la segunda y tercera personas de la familia divina, y esa intimidad alcanza y llega también al Padre. Es necesario acercarnos más a él por razón de la insuficiencia, de la imagen común que de él tenemos. No es un temible señor de barba gris. No es hombre en modo alguno. Es un ser extraordinariamente hermoso, que nos ama de forma que no podemos comprobar y que arrebatará nuestros corazones en la eternidad. Debemos tener alguna forma de concepción digna de él. Pero esto queda para otro día.