La Mujer vestida del sol
Por FRANK DUFF
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La parte esencial del plan de Dios en la salvación fue elevar al hombre lo más alto posible. Para ello necesitaba Él, individualmente y colectivamente, un hombre en quien se realizara plenamente su propia salvación y por consiguiente en quien se cumpliera la medida más colmada de gloria futura. Pero como se requería al mismo tiempo una reparación adecuada, no se daba este nombre en ninguna parte; fue necesario que Nuestro Señor Jesucristo se hiciera parte de la humanidad para dar a los actos humanos una dignidad suficiente.

 


Una vez venido, la acción más pequeña de su parte habría bastado para realizar la redención. Pero esa suerte mínima de redención habría dejado fría a la humanidad. De modo que Nuestro Señor brindó una pasmosa demostración de amor, de perfección y sufrimiento que desde entonces (como lo dijo Napoleón en su profundo análisis del papel inmortal de Cristo en el mundo) multitudes innumerables se han esforzado por devolver aquel amor y por sufrir y morir por Él. Pero al mismo tiempo dejó sitio para la inclusión de la contribución humana en el precio de rescate. Este es el sentido de aquella frase bíblica de que podremos completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo.

Actualmente esta es la idea clave de la salvación. Este es un punto de diferencia entre el protestantismo histórico y el catolicismo. El protestantismo estimó que toda la obra de la salvación había sido hecha por Cristo, y que por lo mismo todo lo que a nosotros se nos pedía era un acto de fe en Él. Calvino fue todavía más lejos con su doctrina de la predestinación para la salvación o la condenación. Lutero repudió la Epístola de Santiago por hablarse en ella de la necesidad de las buenas obras además de la fe.

El catolicismo exige que cada uno asuma la participación más amplia en la tarea de la salvación tanto a nivel personal como mundial. La Santísima Virgen fue creada precisamente para esto. Ella fue hallada a los ojos de Dios capaz para desempeñar una parte única y ésta se la fue asignada. La liturgia aplica a su cooperación la expresión de haberla merecido. Esta cooperación alcanzó alturas más allá de las cuales no se podría imaginar una más elevada. Fue concebida Inmaculada para establecer una semejanza entre Ella y Jesucristo, el que a su vez la capacitaría para concebirlo dignamente y de acuerdo al hecho de ser el Hijo de Dios. Igualmente para la realización posterior de la Redención se estableció una relación especial entre Él y Ella que era equivalente a la que existía entre Adán y Eva en la caída. La redención tenía que seguir un proceso trastrocado del detalle de la caída. Aunque el hombre es salvado en Jesús y no en María, sin embargo un examen de toda la función de Eva en la Caída actual y después en el alumbramiento y crianza de los hijos, hace ver la magnitud de la parte desempeñada por María como cooperadora en toda circunstancia. Como muy bien la llama una expresión popular: Ella es Corredentora.

 


Es evidente que la idea de Dios tocante a Ella es exaltarla, no solamente en la estimación del hombre, lo que podría mirarse como secundario, sino en la esencia de toda la acción redentora. En otras palabras, Dios deseaba darle toda la participación que estuviese en sus manos. No estamos nosotros en capacidad de calibrar toda la inmensidad de María y de su contribución, que es tal, que las Escrituras nos dicen que todas las generaciones le felicitarán por ello. El padre Faber dice que es tal su grandeza que Dios no puede revelarnos en toda su amplitud por cuanto nos deslumbraría y confundiría. Otros grandes escritores han dicho que con el correr del tiempo Dios irá revelando progresivamente otros aspectos de su magnificencia.

En una palabra, fue tan grande la parte de María en la Redención que su Hijo y Ella forman un principio único y unidad de Redención. Siendo las cosas así, llegaríamos a reflejar las ideas y la intención de Dios procurando apreciarlas y glorificarla justamente con Jesús. Esto pondría en aprietos a cierta escuela de pensamiento que se ocupa en disminuirla hasta el extremo de privarle del todo de función. Es para sufrir contemplar a esos católicos cuya única ocupación parece ser pasarse perforando la enseñanza tradicional sobre la Virgen Santísima. Yo no puedo calificar a una persona así sino de católico dudoso y hasta de alma en peligro. Se está apartando de la línea católica y se va extraviando por atajos no ortodoxos y quizás está ya dentro del protestantismo.

El hecho es que el Concilio ha enseñado que María es Abogada, Auxiliadora, Cooperadora y Medianera. Ha descrito su extensa función en el último Capítulo de la Constitución de la Iglesia, que al juicio de algunos, es una paráfrasis del Manual de la legión.

Un artículo en boga del eminente mariólogo Laurentín, se dedica a un aspecto bastante nuevo de toda esta cuestión de la cooperación de María. Discute esa nueva escuela de pensamiento protestante que por algún tiempo ha venido dando pasos de tentativa hacia la Mariología, pero que cree todavía que nosotros nos exageramos en este asunto. Cita un gran número de escritores que gritan la objeción de que en el sistema católico la Santísima Virgen le ha usurpado el puesto al Espíritu Santo; de que le señalamos funciones que la Escritura predica solo del Espíritu Santo; y de que al hacerlo así ni siquiera mencionamos el nombre del Espíritu Santo.

Lo que sí es verdad en parte es que muchas veces mencionamos el nombre de María y no el del Espíritu Santo sin que por esto creamos que Ella lo está eliminando. Antes de tratar de esta objeción quiero señalar que la paralela de ésta es la protestante que nos dice que ponemos a María en el puesto de Jesús.

Estos escritores aducen un buen número de textos para sostener su aserto. Uno de ellos es cuando San Juan nos dice que la maternidad de María comenzó solamente en forma plena luego de la partida de Jesús. Pero los católicos hablan de la maternidad de María a partir del Calvario. Otro texto:

Jesús habla de la intimidad que existe entre Él y el Espíritu Santo. Pero los católicos insisten en la intimidad entre María y Jesús. Otro texto: Jesús declara: "No los dejaré huérfanos: les enviaré al Paráclito". Sin embargo la piedad católica insiste en que es María la que nos ha adoptado como hijos. Asimismo el Espíritu Santo, según San Juan, es el Confortador y Abogado. Pero los católicos hablan de María como confortadora y abogada. También la Iglesia Católica dice que María forma a Cristo en nosotros, cuando esa modelación es fundamentalmente la obra del Espíritu Santo. A primera vista, estos extractos nos acusan. Pero el hecho teológico es que ellos tienen razón y nosotros también. Indudablemente esas funciones en cuestión son propias del Espíritu Santo por apropiación en el seno trinitario. Pero son igualmente la función de María por razón de su unión o desposorio con el Espíritu Santo. Lo que hace el uno, hace la otra. Esta es la doctrina constante y tradicional respecto a la relación entre el Espíritu Santo y la Santísima Virgen. Pero viene la pregunta: ¿Por qué no hablar del Espíritu Santo en vez de hablar tanto de María, por lo mismo que Él es mayor en la obra? Por lo mismo, ya por la dignidad divina del Espíritu Santo ya para evitar toda mala inteligencia, esos eruditos protestantes quisieran que nos dejáramos de referirnos a María para relacionarlo todo al Espíritu Santo.

Hay dificultades en esta propuesta: primero, si no se le toma en cuenta a María, entonces el pueblo llegaría a pensar que Ella no tiene ninguna función, cuando Ella ha recibido esa función vital, aunque de grado menor, de cooperación en todas las fases de la Redención, hasta el punto que ésta puede describirse como dependiente de Ella. Una cadena compuesta de varios eslabones queda deshecha por la ruptura de cualquiera de los eslabones. Por lo mismo, es esencial conservar la función de María con primores de cuidados frente a las mentes para protegerlas del peligro de olvido, omisión o supresión. ¿Pero acaso no nos trae esto la objeción de que en este mismo momento estamos cometiendo la falta opuesta y más grande de suprimir al Espíritu Santo? No hay tal cosa, porque un católico medianamente instruido sabe que el Espíritu Santo es el operador de todas estas funciones de gracia, y que María se hace presente solo como cooperadora. En segundo lugar, sería incorrecto decir que se está suprimiendo del todo el nombre del Espíritu Santo. La realidad es que de Él se habla constantemente como operador de todos esos misterios. En resumidas cuentas, lo que resulta es que los objetantes no quieren en realidad ninguna inclusión del nombre de María en estas operaciones de la gracia. Para nosotros, en cambio, nos es un deber reconocer su parte; esta es la ley del culto cristiano. Nosotros los católicos reconocemos aquello con firmeza y así estamos cumpliendo con este deber. También lo cumplimos respecto al Espíritu Santo creyendo que es Él quien obra todos estos misterios. Creo que hacemos una referencia concreta a este hecho con muchísima frecuencia. ¿Se le puede acusar a la Legión de no contener referencias al Espíritu Santo?

La objeción insiste: Pero nosotros no mencionamos el hecho lo bastante; de quien
Frank Duff, fundador de la Legión de María.se habla comúnmente es de María. Quizás eso es verdad. Para fines de nuestro argumento lo concedemos como una probabilidad, para luego dar la razón de por qué nos permitimos tal cosa.

Es fácil y natural remitirse a la parte desempeñada por María en todos los misterios de la salvación. Y todo porque Ella fue un agente visible en ellos. Ella participaba en aquellos acontecimientos en una manera que en gran parte es comprensible para nosotros. Por lo mismo no es fácil captar esa parte y hablar sobre ella.

En cambio, no podemos ni ver ni apreciar al Espíritu Santo. Los oficios propios de las Personas de la Santísima Trinidad están más allá de nuestro entendimiento y tenemos que recibirlos en pura fe. Cuando tenemos que hablar de lo visible y comprensible como también de lo invisible e incomprensible, el esfuerzo se nos va inevitablemente por lo más simple.

Como un claro ejemplo de esto basta ponernos en otra situación análoga, esto es, cuando tenemos que referirnos a Nuestro Señor Jesucristo y a la Segunda Divina Persona. Nos hallamos refiriéndonos mucho más frecuentemente a Nuestro Señor que a la Segunda Persona, y por la misma razón que en el primer caso. Sin embargo es la Persona Divina la que es el principio animador del Dios-Hombre, Jesucristo. Rara vez o nunca, nos ponemos a expresar que la Segunda Divina Persona predicaba a las multitudes, obraba los milagros, era azotada, etc. Y con todo era la Segunda Persona la implicada en todas estas cosas y la que les daba su valor.

La réplica que estos especiales escritores protestantes podrían hacer a este razonamiento sería de que esta omisión de referencia a la Segunda Persona Divina no tiene importancia porque la Persona y Jesucristo son una y la misma Persona. Por lo tanto lo que se dice de la una se dice de la otra. Y llegarían a argüir que en cambio la Tercera Persona Divina y María son dos Personas, y que en consecuencia mientras se refiere a la una se omite a la otra.

Esto parece una objeción válida y debe ser contestada. Es verdad que si hablamos de Jesús, nos estamos refiriendo por lo mismo a la Segunda Persona. Pero aún aquí podría darse un grave error, hemos de recordar que la famosa Santa Teresa de Jesús obtuvo una vez la noción de que la Sagrada Humanidad de Jesús era solamente una grada para llegar a la Segunda Divina Persona. Y así se concentraba tanto en la Divinidad que llegaba a omitir el recurso a la Humanidad. Ella nos cuenta que Nuestro Señor se le apareció para corregir este error y para insistir que Él debe ser honrado en su Humanidad.

En segundo lugar, hago notar que la incredulidad moderna ha privado a Jesús de la Divinidad, de tal modo que estos incrédulos no intentarían referirse a la Segunda Persona Divina al hablar de Jesús. Habiendo dicho estas cosas respecto a la Segunda Persona Divina, paso ahora a la Tercera Persona Divina y a María. Es cosa certísima que la Sagrada Humanidad posee una unión más alta con la Segunda Persona Divina que María con la Tercera Persona Divina. Porque, como se ha dicho, Jesús es la Segunda Persona Divina mientras que María no es el Espíritu Santo.

Pero no es este propiamente el punto en juego. El principio en cuestión es el de que una cooperación de carácter intenso y único entre el Espíritu Santo y María fue ideada y querida por la Santísima trinidad, precisamente porque fue juzgada necesaria para la Encarnación misma y para todas las consecuencias de la Encarnación. Además estuvo en el plan de Dios como medida absoluta que fuese reconocida esta parte de María. Por lo mismo, como consecuencia completa, María debe ser pensada y mencionada dentro de esta conexión. Sería faltar a las exigencias de Dios hablar siempre del Espíritu Santo y nunca de María.

Resumiendo: a los protestantes no se les ocurre mencionar a María en conexión con ninguna de las funciones del Espíritu Santo porque no comprenden su parte. Pero los católicos deberían comprender su parte y en consecuencia, deben mostrarse que hablan de este reconocimiento, en una forma suficiente. Laurentín en una de las Revistas eclesiásticas hace la interesante indicación de que la Legión de María presenta la mejor fórmula popular de dar un reconocimiento práctico a la participación de María en el oficio del Espíritu Santo.

Ahora me aventuro a subir un escalón más. Pienso que la devoción a María tiene una raíz mucho más profunda aún que aquella importante de dar el honor cuando es debido el honor. Está explicado por la teología que aparte aún de los fines de la Redención, la Encarnación era necesaria a causa de la incapacidad del hombre para concebir a Dios en una forma real o inmediata o íntima. Abandonado a sí mismo, el hombre no haría otra cosa que o alejarse de Dios o irse por el portillo de la adoración a los ídolos. Jesucristo es la respuesta a estas dos alternativas. Él trae a Dios al hombre en una forma incomprensible y atractiva.

¿No puede aplicarse en algún modo una idea semejante al Espíritu Santo y a María? La ha sido calificado de el Paráclito olvidado, e indudablemente la devoción y la advertencia a Él ha sido débil. Es por lo mismo intrigante ver que en la Legión hay una marcada devoción a Él, un saber distinguirle como Persona distinta de la Santísima Trinidad, el atreverse su operación en relación con todo el esquema cristiano. ¿Por qué ha de darse este fenómeno en la Legión cuyos miembros representan tan solo el material humano medio? Esta facilidad la atribuye abiertamente la Legión a su devoción a María.

A los legionarios se les enseña a hacerlo todo, dentro y fuera de la Legión, en unión con María. Se les explica que Ella es la Esposa del Espíritu Santo; que Él obra en unión inseparable con Ella; que Ella saca de Él sus gracias y toda su función. En nuestro culto no se daría nunca malestar ninguno; el pensamiento del uno atraería al otro a la mente.

Ella está tan cercana a Él, que nosotros no le alcanzamos a Ella sin alcanzarle a Él. Ella es en tal forma su agente, que en Ella es visto Él en ejecución. Ella está tan llena de Él que le retrata a Él en forma humana.

Esta enseñanza es literalmente absorbida por las personas más sencillas y se traduce a la práctica en una adecuada devoción a la Tercera Persona Divina.



Si María no hiciera más que reflejar en su propia persona el esplendor de su Esposo, ya sería muchísimo. Pero este extraordinario Espejo de Justicia hace más; Ella proyecta una imagen de su perfección y acción. Ella le hace tangible a las mentes y en cierto sentido visible en el mundo. Él se presenta a nuestra conciencia como una persona real y reclama nuestro homenaje.

En esta forma, María hace en gran manera por el Espíritu Santo, lo que Jesucristo hace respecto a Dios en general. Recordemos también que María fue la mujer que trajo a Jesús a la tierra y le dio la misión redentora de aplastar la cabeza de la serpiente.

Por todo esto, se ve que la posición es exactamente lo contrario de la propuesta por aquellos escritores protestantes, por otro lado simpáticos. Este reconocimiento de María del que ellos se quejan, en lugar de suplantar el Espíritu Santo y mermarle honor, le saca de la oscuridad del desconocimiento y de las tinieblas del olvido, y le da viveza ante las mentes de los hombres cuando es posible respecto a las Personas y a las cosas que pertenecen al orden puramente espiritual. Ella asegura al Espíritu Santo un puesto y una gloria que de otra manera el no recibiría de los hombres.

Hay algo tremendo escondido aquí. ¿No se da aquí una forma de un nuevo punto de vista para estudiar? Indudablemente, éste da un grave aspecto a cualquier forma de alejamiento de esta mujer cooperadora. Los rayos de luz ordinaria sólo se hacen visibles cuando tocan algo material. En gran parte puede aplicarse lo mismo a la Luz inmortal, a la Luz divina. La Inmaculada, penetrada de Ella, es esencialmente un camino de mediación por el cual podemos entrar hasta el conocimiento del Bendito Espíritu creado.