La Medalla Milagrosa
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


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Es cosa sabida que la Medalla de la Inmaculada Concepción, llamada vulgarmente "La Medalla Milagrosa" estuvo notablemente asociada a los comienzos de la Legión. La estatua que formó el centro de la primera reunión de la Legión, y ahora guardada en una urna en el Cuartel General del Concilium, fue de la Medalla Milagrosa. Pertenecía a una pequeña sociedad llamada Hermandad de la Inmaculada Concepción, que se empeñaba en la defensa directa de la fe, que entre nosotros llamamos antiproselitismo. Innumerables agencias protestantes se habían dedicado a la tentativa de arrancar del catolicismo a los irlandeses pobres mediante groseros métodos basados en la "compra" en variadas formas.

Una de estas agencias operaba en el edificio N° 6 ½ de la Calle Whitefriar, de Dublín, usando el medio de la paga en alimentos por cada asistencia a los oficios. La Hermandad de la Inmaculada Concepción fue fundada por un zapatero, J.J. Gabbet, con el fin de impedir la asistencia de los católicos a los oficios del 6 ½ de la Calle Whitefriar, y al mismo tiempo para proveer a sus necesidades. La estatua fue comprada por Gabbet con fondos reunidos con donaciones de sólo jovencitas. La cuota fue de un penique. No se admitieron contribuciones de hombres. Al cabo de algunos años se disolvió la Hermandad, pero con la satisfacción de haber cumplido con su fin. Sus modestas pertenencias, incluida la estatua, fueron a parar a la casa Myra y cada objeto estuvo destinado a desempeñar su parte en la historia de la Legión.
 

Estatua de la Medalla Milagrosa
que formó parte del primer altar
de la Legión de María

En las primeras vísperas decisivas de la vida de la Legión la estatua fue empleada como el punto céntrico del altar de la Legión. Aquellos primeros miembros se vieron obligados a tener devoción a la Medalla Milagrosa y a utilizarla en sus contactos. Así mismo comenzaron a rezar la invocación de la Medalla Milagrosa: Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti.

Todas estas situaciones fueron acogidas como mandatos. Los legionarios pusieron, pues, toda su confianza en la Medalla, de modo que más tarde, cuando la Catena llegó a ser parte de las obligaciones legionarias, la invocación, como automáticamente, tomó lugar en ella.

El Vexillum no fue parte del equipo original. Cuando se hizo su primer modelo, fue de plata, y hecho a mano. Su diseño fue tal como se lo ve ahora, con la excepción de que el óvalo no llevaba la Medalla Milagrosa sino una imagen convencional de la Inmaculada. El diseño original completo se conserva en la urna de la que ya se habló. Habría podido esperarse que este diseño se robusteciera con la tradición, haciéndose difícil su alteración. Pero no, cuando el Vexillum fue producido en cantidades para uso de los Praesidia, el óvalo en ambos lados llevó la Medalla Milagrosa.

 

ANIVERSARIO SENSACIONAL

Poco después, una fecha sensacional volvió a llamar la atención sobre esta relación de la Medalla con la Legión. En el centenario de la Medalla, a los cien años precisos de la Aparición de la Santísima Virgen a Catalina Labouré, comenzaba la audiencia con el Cardenal Verdier, Arzobispo de París, para discutir la fundación de la Legión en Francia. Como lo muestra le liturgia de la Iglesia, Dios da importancia a los aniversarios y en forma especial seguramente a los centenarios. Por eso se puede ver muy bien una estrechísima y bien definida unión entre la aparición de 1830 y la Legión.

Y estaban para venir más cosas. Poco después de 1930, el Rdo. P. Dr. José Donovan, C.M. vino a París al Capítulo de su Congregación, y aprovechó la ocasión para visitar a su compatriota la Rvda. Hermana M. Reeves, en la calle Du Bac. La Hermana le enseñó un ejemplar del Manual de la Legión y algunos otros escritos de la Legión, sugiriéndole que tratase de fundar la Legión en los Estados Unidos por la gran falta que allí hacía esta obra. El Padre había reaccionado diciendo: Sí, es verdad, es precisamente una sociedad semejante la que veníamos esperando. Se impresionó tanto por el hallazgo, que a su vuelta a Norte América escribió el célebre artículo que hizo nacer allí a la Legión. El día en que comenzó el primer praesidium fue el 27 de Noviembre de 1931, fiesta de la Medalla Milagrosa. Es de aclarar que los fundadores del praesidium no eligieron deliberadamente esta fecha y no advirtieron en la coincidencia. Otra vez más se muestra una indicación sobrenatural en los hechos de ser en 1930 cuando por primera vez supo de la Legión la Rvda. Hermana Reeves y de ser el Convento de la Medalla Milagrosa, donde ella interesó al Dr. Donovan, hermano suyo en religión por ser Lazarista.

Estos intrigantes acontecimientos se describieron en la revista María Legionis, julio de 1945. Aquí hay más que meras coincidencias.
 

ORIGEN DE LA MEDALLA

 

 

Volvamos al origen de la Medalla misma. Este tuvo lugar cuando la larga disputa sobre la Inmaculada Concepción llegaba a su formulación final, o sea a la definición de la doctrina. El sábado anterior al primer sábado de adviento de 1830, en el Convento de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, calle Du Bac, en París, Catalina Labouré tuvo una visión de la Santísima Virgen que le decía que tuviera una Medalla, según un diseño que lo describió detalladamente a la Hermana. "Los que lleven esta Medalla bendecida,- declaraba nuestra Señora-, recibirán grandes gracias, especialmente si la llevan al cuello. Las gracias serán abundantes para los que tengan confianza".

Catalina comunicó los detalles a su Director Espiritual, el Padre Aladel. El Padre la observó cuidadosamente con una mirada investigadora para observar si alguna inestabilidad o alguna inconsistencia en el relato había en ella. Una vez que se aseguró a sí mismo, informó del asunto al Arzobispo de París, Monseñor de Quélen. Esto fue a los comienzos de 1832. El juicio del arzobispo fue que la cuestión de la Medalla podría ser vista aparte de la cuestión de la autenticidad de la aparición, y que en el diseño propuesto no se hallaba nada contrario a la fe. Dio permiso para hacer la Medalla.

El 30 de junio de 1832, dos mil Medallas fueron entregadas al Padre Aladel, el cual de inmediato dio algunas de ellas al arzobispo, que resolvió poner a la más severa prueba la promesa de que grandes gracias seguirían a quienes llevasen la Medalla. Por ese tiempo el Arzobispo de Malinas, Monseñor de Pradt, estaba en lucha abierta con la Iglesia, y parecía estar enteramente tenaz. Monseñor de Quélen juzgó que era asunto para probar la eficacia de la Medalla, y así fue con ella a Monseñor de Pradt, sin obtener desgraciadamente audiencia, pero se la envió inmediatamente después. El resultado fue un triunfo completo. Monseñor de Pradt se reconcilió con la Iglesia.

El Arzobispo de París, aunque maravillado, no quedó satisfecho. Sometió la Medalla a otras pruebas parecidas, y declaró que siempre había tenido resultados felices. También investigó casos en que la Medalla había logrado éxitos por manos distintas de las suyas. Como consecuencia se quedó completamente convencido de su eficacia.

La Medalla prendió como fuego en la selva. En Nápoles el Rey hizo acuñar un millón de Medallas para distribuirlas durante la peste de cólera que cundió allí. El mismo Papa las distribuyó a muchos.

En 1836 se formó un proceso diocesano acerca de las circunstancias de la Aparición de la Medalla ocurridas en París, quedando como resultado la aprobación de la Medalla. Asimismo fueron autorizadas las imágenes y estatuas de la Santísima Virgen que representen la aparición de 1830. Luego el primero de enero de 1839, la diócesis de París fue consagrada a la Inmaculada Concepción. El esparcido uso de la Medalla dio sin duda alguna peso a la doctrina misma y sostuvo la orientación en el paso importante que pronto se daría, cuando Pío IX en 1854 proclamarían como dogma de fe la Inmaculada Concepción. Después en 1858 siguió Lourdes, y a su vez vino a confirmar la Inmaculada Concepción, y la acción del Papa al definirla.

LA MEDALLA Y LA LEGIÓN

El uso de la Medalla pronto se hizo general en todo el mundo. Las victorias de gracias que le esperaban fueron tan grandes y brillantes que por aclamación universal se la llamó la Medalla Milagrosa. La Legión, al adoptarla en 1921, no hizo ningún descubrimiento; la Legión no hacía sino sintonizar la creencia general en el poder de la Medalla.

Frank Duff, fundador de la Legión de María.La Medalla ha continuado en uso vigoroso entre los legionarios. Este hecho avisa la influencia de la gracia. En primer lugar, si se hubiera tratado sólo de entusiasmos de comienzo o novedad, no hubiera estado en tanta boga. Claro que por burlas un chusco les aplicó el apodo de "los medalleros milagrosos".

En segundo lugar -y esto tuvo mucha importancia- por muchos años se desencadenó una campaña contra la Medalla y cosas semejantes. En muchos círculos se las juzgaba de cosas primitivas y un tanto supersticiosas. Hablando en general, esto tuvo lugar entre los que trataban de atraer en bloque a los protestantes a la Iglesia, pero al parecer no les importaban gran cosa las conversiones individuales; algunos, en efecto, van tan lejos hasta repudiar la idea de buscar las conversiones individuales como si fueran un obstáculo para las conversiones en masa. En último término, no han ganado conversiones ni individuales ni en bloque.

Esta escuela de pensamiento no tolera a la Medalla. La ven como ejercicio supersticioso, y fuera de esto, como una demostración de devoción excesiva a la Santísima Virgen. La piensan como una barrera a la entrada de los protestantes, y, por lo mismo, dicen que no hay para que enfatizarla. La tienen en menos y parece que sólo saben hablar de ella para tratarla de "excesos". Miran los sacramentales marianos (escapularios, medallas, etc.) como reliquias de una época menos culta y ya pasada, que debe ser superada o, lo que es mismo, abolida.

Estos minimizadores tienen una frase altisonante en sus labios: "Toda Doctrina ha de repensarse hasta ponerla de acuerdo a las exigencias modernas". Claro, pero dentro de los justos límites. Todo en la Doctrina Cristiana ha de seguirse meditando con el propósito de sacar nuevas luces. Pero esto no quiere decir que todo indiferentemente se ha de echar al horno de fundición. Esto significaría dar al traste con todo el pensamiento cuidadosamente elaborado y con la madurez de los siglos pasados. Así tendríamos nuevos instrumentos y fórmulas de gracia sustituyendo precipitadamente a los siempre clásicos de la Iglesia. Y todavía más, se quiere que la Iglesia no los objete de manera alguna. Como si la teología fuera cosa de táctica y acomodo.

Hasta la Virgen Santísima ha sido sometida a estas cosas que se quiere sean aprobadas por los no católicos. Ninguna otra exigencia sobre la Santísima Virgen que lo que ha sido formalmente definido. Y todo esto porque no han faltado sectores que decían que los Dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Asunción han sido definidos inoportunamente. Como si al hablar de la operación del Espíritu Santo, no fuera lo mismo inoportuno que incorrecto.

Las enseñanzas formales de los Papas sobre el puesto de María en la gracia han sido rudamente tenidas por nada por ese grupo, so pretexto de no ser enseñanzas ex-catedra. Pero este menosprecio del magisterio o autoridad ordinaria de enseñar de la Iglesia sería propiamente anularla.

Un exponente de esta nueva escuela de pensar nos cuenta que "La renovación de la Teología" de 1950 había descartado del todo la discusión sobre la mediación de María.

Aquí debo repetir lo que ya se ha dicho: que la razón real y principal de este ataque a las Medallas y Escapularios es por constituir una expresión, salvaguarda y alimento de la creencia popular en el oficio de protectora de María.

Contemplando a estos minimizadores, uno queda de inmediato admirado del hecho de que la Legión es realmente lo opuesto a ellos. Y ese grupo se ha dado cuenta rápido de este hecho, y por eso ha despreciado a la Legión. Pasada de moda la han dicho, amasijo de obscuridades, necesitada de reforma completa.

Extraña tanta crítica y desprecio por un lado y por otro lo interesado que se muestran en ella llamándola todavía Legión y queriéndola reformar, lo que según ellos se lograría con solo cambiarle de vestidos. No. Cambiarle de lo que ellos llaman vestidos sería alterarle desde su base y no dejarle nada de lo esencial.

LA SANTÍSIMA VIRGEN ES DEFENSORA DE LA FE

Por supuesto, la Santísima Virgen es una barrera para quienes no quieren creer. En este sentido, Ella aleja a los incrédulos y atrae a los creyentes. Es cosa clara que echadas abajo las principales barreras y pruebas de la fe junto con ésta de María, ya no se puede seguir hablando de Iglesia Católica. Si alguien entra a la Iglesia sin aceptar a María y todo lo que con Ella se relaciona, es como si no hubiera entrado. Ha entrado sí, pero a una iglesia de su imaginación, similar a la Alta Iglesia Anglicana o Alta Iglesia Luterana.

Y digo esto porque la Santísima Virgen está siempre cumpliendo con su oficio de defensora de la fe. Desde el principio Dios le encargó esta tarea cuando dijo: "Pondré enemistades entre ti y la mujer". María ha sido la piedra de toque de la doctrina auténtica. Estando con Ella estamos seguros.

Aquellos antitradicionalistas no admitirían la omisión de María. Dicen que sólo quieren quitar lo no esencial, las excrecencias y los elementos supersticiosos que son como lapas que se pegan a su devoción. Pero ya hemos visto lo que hierve debajo de todo esto. Esas mismas personas nos han dicho que no debemos aceptar otra cosa acerca de María que lo prescrito en los años 431, 1854 Y 1950. Esto significaría para nosotros quedarnos sin guía alguna sobre su oficio en la economía de la salvación; la extensión de la parte por Ella realizada en el campo de las almas queda determinada por cada individuo. Y si solo se trata de cosas opcionales, ¿por qué tanta guerra en muchas partes para abolir el Rosario y el Altar de la Legión en las reuniones del Praesidium? Con una guerra así no hay la tal libertad por ellos mismos proclamada. Más que otra cosa es una acción similar a la de los Reformadores de hace quinientos años.

Es histórico que Lutero, Calvino y otros jefes de la Reforma, mientras por un lado le negaban a María toda función en el reino de la gracia, por otro le tenían una especie de devoción. Pero sus sucesores ya no hicieron caso alguno de María. Todo el protestantismo incurrió en este indiferentismo, y en consecuencia llevó a la negación de la misma Encarnación.

¿Pero es que es posible ser completamente correcto en la doctrina y al mismo tiempo desechar lo que a Ella se refiere, como son las Medallas y Escapularios? En primer lugar, me permito señalar que en ese rechazo se da una gran herida a la mente ordinaria de la Iglesia, la que por siglos ha recibido aquellas cosas y ha creído en su auxilio.

En segundo lugar, sacudiría duramente el uso tradicional de la Iglesia. Porque en la categoría de medallas, etc., se incluyen también el crucifijo, las estatuas, imágenes, agua bendita, rosario, reliquias, urnas y una multitud de prácticas de devoción que han representado un crecimiento respaldado por la Iglesia, los Papas y los Santos y por la evidencia de un sinnúmero de milagros. Sin duda alguna un ataque victorioso a la Medalla Milagrosa pondría en peligro las demás cosas similares.

Aquí un ejemplo: una Rvda. Madre quiso barrer con todas las imágenes de su capilla. No se atrevió a hacerlas añicos pero las arrinconó al cuarto de trastos viejos. Ninguna casa las hubiera querido para sí por muy grandes. Eventualmente los Padres Franciscanos las rescataron para que no quedasen arrinconadas. Muchas de las recientes Iglesias ya no tienen ninguna imagen de María.

Estas cosas nos hacen pensar en los antiguos destrozadores de imágenes, los Reformadores y otras varias herejías pasadas.

Tirando contra las medallas y otros sacramentales, es como para excitar al pueblo sencillo en lo que respecta a la devoción de María en general. ¿Dónde está, uno que lo detenga? ¿Cuáles son las extravagancias? Pero aquellas personas que la están ensombreciendo, están jugando su destino a muerte, como bien lo muestra la historia. La negación de María lleva inevitablemente a la negación de la Encarnación.

UNA VALEROSA AVENTURA

En las manos de los legionarios, la Medalla Milagrosa ha demostrado su eficacia de maneras innegables en número y notoriedad. Su uso con verdaderos efectos en un campo de no imaginarse es digno de anotarse. Estaba trazado el plan de acercamiento a una extensa área donde los habitantes eran exclusivamente no católicos y donde no había ni sacerdote ni iglesia. La gente tenía tal fama de hostil al catolicismo que de buena gana hubiera empleado la violencia física contra quienes se atrevieran a ir a ellos en nombre de la Iglesia. Sin miedo alguno los legionarios avanzaron al territorio y hablaron al pueblo en contacto individual pidiéndoles les permitieran explicarles la fe católica. En casi todos los casos les fue concedida la oportunidad. Los legionarios no tuvieron ningún recelo en hablarles de María, explicándoles su función a cabalidad.

Entre palabra y palabra les ofrecían la Medalla Milagrosa, de lo que se aprovechaban para darles una explicación sobre la Santísima Virgen. Les recibían de buena gana y después la usaban. Esto ya era para maravillarse, pues la Santísima Virgen siempre ha sido la piedra de escándalo para los enemigos de la Iglesia. Habrá que añadir que en toda la operación de extensión, llevada a cabo por 9 sacerdotes y 88 legionarios no experimentaron otra cosa que una bondadosa acogida. No se dio ningún caso de molestia física.

Los legionarios jamás deben dejarse seducir por estas tendencias minimizadoras, sea que sus ataques se dirijan contra la Santísima Virgen misma o contra las cosas benditas que Ella usa como medios de la manifestación de su poder, y que son al mismo tiempo su armadura de defensa. Es cosa probada que, lesionados estos objetos, pronto el ataque es contra la persona misma de María. Así, pues, continuemos en creer en la Medalla Milagrosa y en utilizarla. Ella nos convida a pensar en María en forma muy importante. Es una representación de su Inmaculada Concepción, de su maternidad de la gracia, y de su compañía con nosotros en nuestras misiones apostólicas. Nos encaminamos confiadamente hacia las peores situaciones y a las gentes más difíciles. ¿No es para animarse el pensar que a la Legión le ha cabido en suerte la parte principal en el acercamiento a los no católicos en anhelo de su conversión? Alguien creería que la Legión, por su nombre y por su devoción a María, sería la menos apta para un éxito seguro en este campo.