La fe es la sutil cadena que nos ata a lo infinito, la voz de una profunda vida interior
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


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La fe es la exigencia central del cristiano; es la base de nuestra religión. De ahí que la oración de la Legión sea una petición de fe; y con mucha razón porque la fe es el resorte principal de toda obra legionaria, la que depende frecuentemente de un brevísimo contacto, y solamente la fe es capaz de hacer saltar la chispa y encender la fe católica.

¿Qué es la fe? Esencialmente es un don de Dios. No es asunto de lógica ni instrucción. El Arzobispo Williams decía “Se la acepta, no se la aprende”. Parece que se esquiva al método. Dios la da donde quiere y la sujeta a una ley que no podemos definirla. Podemos ver algunas de sus condiciones: Dios la otorga ordinariamente por el Bautismo y por herencia, o sea, de padres a hijos. Esto parece introducir un canal biológico de la fe independientemente de la conducta, las cualidades, el conocimiento y aún la elección de parte del recipiendario. Es concedida a través de padres indignos, incrédulos, mientras es rehusado a multitudes que parecen ser buenas.

Hay malvados que se agarran a ella en el umbral de la puerta. Personas que han gastado sus vidas luchando por el ateísmo se han hecho católicos. Asimismo dirigentes comunistas de varios países han acabado por ser fervientes católicos. Pranzini, el multimatón y el odiado de Dios, se comportó en el patíbulo en una forma que convenciera a la Florecita (1) que él había aceptado la fe. En cambo, muchos que han simpatizado con la Iglesia católica en todos sus aspectos y deseaban realmente creer, no obtuvieron aquel don. Otros también son dechados de mundana perfección pero parecen estar desposeídos de todo sentido o instinto sobrenatural. Es razonable suponer que en ellos hay una incapacidad para Dios.

Aún más, hay todo un aspecto que parece ser puramente accidental. Un misionero va a un nuevo territorio, visita al jefe y le gana para la fe. El jefe ve que su pueblo se vuelva por entero a la fuente bautismal y nace así un pueblo cristiano.

O un misionero naufraga en una playa, predica ahí a la gente y los enrola en la Iglesia. Y el lugar al que iba destinado queda sin él y sin cristianismo.

O uno de nosotros hace un contacto en la calle que fructifica en un aumento de miembros de la iglesia. Conozco a personas que se han convertido a la primera palabra hablada a ella.



¿Es que todas estas cosas representan el puro juego de lo casual respecto a la posesión de la fe? Pero, esto sería absurdo. Debe mirarse la cuestión desde el aspecto de la naturaleza real de Dios, el Incomprensible, el Omnipotente, que reconcilia los opuestos aparentes y combina un millón de imposibilidades en cada actuación suya. Al pensar en Dios, no deberíamos perturbarnos por problemas que hasta una computadora podría resolver. Dios hace una cosa; por lo mismo es razonable y perfecta. La palabra “imposible” no debería decirse en tratándose de Dios. Esto es valedero absolutamente en todo. Nada está fuera de su dulce providencia. Esto se aplica en lo grande y lo pequeño, y nuestro acto de fe debe comenzar con la convicción de que el designio de Dios lo atraviesa todo.

Viene al caso el verso aquel: “Por falta de un clavo se perdió la herradura; por falta de un caballo, se perdió la batalla”. ¡Y por haberse perdido la batalla un país se gana o se pierde para la fe! Se levanta una horrible tormenta; la Armada es destruida y se salva Inglaterra. Juan Sobiesky hace su acto de fe y una Europa postrada es preservada del mahometismo.

Ahora veamos el otro extremo opuesto de la providencia. Alguien sale de excursión y reza por un buen día. Llueve, el día queda arruinado. ¿Fue acaso desoída la oración? No, eso sería imposible, porque Dios dice: “Pedid y recibiréis”. Por lo mismo ese rezo debe recibir. Viene la protesta: “Yo pedí un buen día y no lo conseguí”. Que espere verlo plenamente en otro mundo. Entonces admitirá que consiguió lo que pidió y que Dios es justísimo con su palabra.

Pudiera traer una serie gigantesca de casos en que las personas se convirtieron en un visitante de algo fortuito, probándose el carácter divino del procedimiento con una vida eminente de esas personas en la Iglesia.

Alfonso de Ratisbona se convirtió instantáneamente en una visita a una Iglesia. Janet Erskine (mencionada en el Manual) se convirtió en unas "Cuarenta horas" (2) en un segundo. Nuestra primera hermana interna de la Regina Coeli se convirtió durante una Misa en el Oratorio de Brompton.

La fe es lo que la teología hace bien en llamarla; un don. No es un don irracional. Está basado en una cualidad que Dios ve en un alma. Se la concede conforme a un sistema de reglas muy propias de Él. Estas pueden ser que no concuerden con nuestras maneras de buen obrar, lo que ha motivado que se oigan conceptos de que Dios es arbitrario, o cruel o irrazonable. Después porque no se logra ver la razón, no faltan quienes llegan a decir que si nuestra fe se basa sobre cosas sin explicación debe ser algo absurdo. Un raciocinio semejante da risa por infantil, porque lo primero que deberíamos afirmar es que Dios y sus caminos no caen bajo nuestro análisis. Nosotros sólo podemos razonar dentro de ciertos límites, y en muchísimos casos ayudados por la religión.

El hecho es que Dios es infinito y no podemos ni siquiera remotamente imaginarnos lo que esto significa. El sostiene a las cosas en su existencia por un acto de su voluntad y mantiene constantemente todas las leyes que gobiernan al hombre y a la naturaleza.

Puede ser que personas de pensamiento profundo imaginen captar un destello de la infinitud de Dios. Pero esto sería una contradicción en los términos. Es imposible que lo logren. Aquí se aplicaría mi vieja comparación del mono midiendo al hombre. Nosotros comprendemos de Dios mucho menos de lo que el mono pudiera penetrar en nuestras operaciones intelectuales. Podemos llegar a lo más encumbrado sin que por eso hayamos logrado acercarnos a las fronteras de lo infinito.

¿Cuántas hojas hay en el mundo? Dios no solamente las sostiene a cada una de ellas en su existencia, sino que las conoce a cada una en una medida mucho más grande que una madre conoce a su hijo. El conoce cada vena de cada hoja y toda característica microscópica de cada hoja. El conoce esto no como nosotros pudiéramos diferenciar entre las cosas menores mediante marbetes numerados, sino mediante un discernimiento y apreciación íntimos. La Escritura dice: “tiene El contados todos los cabellos de nuestra cabeza”. Nótese que la palabra “contados” es inadecuada por la siguiente razón: porque cada cabello es para él una obra de arte aparte y lo que he venido diciendo de cabellos y hojas se aplica a cualquiera otra cosa de la creación. Y así pudiera yo avanzar sin ningún peligro de confusión, diciendo que cada protón, electrón, neutrón de cada átomo es en cierta manera su hijo, bien conocido o parecido, con un encargo para algo.

Aunque todo esto es abrumador, sin embargo no lo es sino en la categoría de lo que nosotros podremos vislumbrar, algo como una multimagnificación de los poderes del hombre. Porque en cierto sentido se puede decir que el hombre es capaz para recordarlo todo e identificarlo todo, pero considerando a todos los hombres juntos e incluyendo inventos mecánicos. Hasta cierto punto podemos condensar en un acto de imaginación toda esa capacidad reunida en un solo hombre que —aunque estupendamente inmenso, siguiera siendo finito; y con todo permanecería infinitamente distante de la capacidad de Dios—.

Por más vuelo que demos al pensamiento no podremos nunca imaginar los grados de perfección y poder de Dios. Las vidas de todos los hombres y de todos los ángeles de todos los tiempos están en sus manos en minúsculo detalle, como parte de un plan infinito. Ponerse a pensar en esto nos lleva a un momento en que la misma imaginación se paraliza. Pensamientos así no quedan malgastados, porque representan para nosotros un ejercicio piadoso. Con la Escritura exclamamos: “Oh Dios, ilumina nuestra oscuridad” (Salmo 17). No obstante, nuestros acercamientos a Dios deben ser siempre realistas y profundamente humildes. Porque la vida real de Dios solamente comienza en donde se acaba nuestro pensar.

El puente que cubre ese abismo infinito entre Él y nosotros es la fe. La fe no solamente establece una relación con Dios mediante cierto conocimiento sino también una relación de poder. Si en un contacto hay fe quiere decir que el Espíritu Santo está trabajando. Tenemos una parte en Dios. El nos eleva a la inmensidad, no de una comprensión plena de Dios, sino de un asentimiento a El sin reservas.

¿Cuál es la composición de la fe? La fe no es algo que debamos ejercitarlo poco o nada, como lo enseñaron Lutero y Calvino. La fe requiere ciertas circunstancias cooperadoras. El germen de la fe privada de estas circunstancias experimenta las mismas consecuencias que la semilla de la parábola evangélica al caer en tierra inhóspita. Dentro de esta categoría se halla nuestra conducta, la que debe corresponder en cierta medida a la grandeza del don.

Pues se hace necesaria una cierta dosis de conocimiento. La fe requiere un objeto en que creer. Pero teniendo en cuenta que no se trata de una dependencia total del conocimiento ni que la riqueza de la fe dependa del grado del conocimiento. El saber no es fe; es una de sus condiciones coadyuvantes. Es un grave error de este tiempo equiparar la fe y el intelectualismo, de tal manera que la religión es casi considerada como asunto de conocimiento. Categóricamente no es eso. Gran número de nuestros intelectuales católicos de hoy dan la impresión de una falta de fe.

¿Qué cantidad de conocimiento es necesario en una conversión a la fe? Propiamente la Iglesia al recibir a un convertido no exige más conocimiento que el de los principales misterios, y a veces aún menos.

Hay casos en los que el saber aparece totalmente excluido. Leemos que cinco mil espectadores se convirtieron cuando los
Frank Duff, fundador de la Legión de María.leones rehusaron tocar a San Genaro y sus compañeros. Conversiones semejantes se han repetido a menudo en los primeros anales de la iglesia. Por ejemplo, San Adaucto, el desconocido legionario romano que se adhirió a la procesión de los que eran llevados al martirio, por haber quedado inmensamente impresionado por su conducta; o aquel otro soldado romano que conmovido por una visión de ángeles se sumó a los treinta y nueve que iban a morir.

Ellos tenían poco saber pero fue suficiente para indicarles la verdadera fe. Su fe particularmente pura y heroica descansaba sobre una simple creencia en Jesucristo, la que implícitamente contenía todas las enseñanzas aún no conocidas. Toca a los legionarios estar alerta a este último tipo de fe; que cree casi a primera vista todo, pero debe ser luego adoctrinada.

He aquí algunos casos de mi experiencia. Un muchacho judío de unos doce años fue llevado por sus compañeros católicos a una Bendición eucarística. Sintió una conmoción que en el centro de su ser creció hasta hacerse fe en el catolicismo. Esta persistió en él. Tan pronto como entró en mayoría de edad entró a la Iglesia y a la Legión. Al contarme su historia en su partida de Irlanda, me mencionaba que sus dos sobrinas, de ocho y diez años, habían caído recientemente en unas Cuarenta Horas y después dijeron a su madre con gran simplicidad que quisieran hacerse católicas cuando grandes. ¿Qué vamos a pensar de esto? ¡Una mera noción infantil! Quizás no. Sería interesante conocer la post historia de esto.

Otro caso es el de una familia judía que huyó de Rusia, padre, madre, una pequeñita. Peregrinaron por Europa quedándose algún tiempo en diferentes ciudades y luego trasladándose. En uno de estos lugares la pequeña se hizo amiga de unas niñas católicas. Estaba a la vista que era una judía. Esto afligió a sus amiguitas católicas quienes le dijeron que la hacía falta creer en Jesús. Ella accedió a creer y las pequeñas la llevaron a la bomba del pueblo y la bautizaron. Ella se guardó bastante de ponerles al tanto de este acontecimiento a sus padres. Reflexiónese en esto y se verá que se trata aquí de una circunstancia grandemente importante. Siguió adelante la peregrinación de la familia. Durante ella murieron los padres. La chica llegó a Inglaterra y luego a Irlanda ya señorita. Aquí la Legión trabó contacto con ella sabiéndola judía y la llevó a un Retiro. Las charlas le hicieron revivir el recuerdo de su bautismo y de ello habló con el sacerdote. El resultado fue la instrucción y la recepción en la Iglesia. En estas circunstancias debemos ver el bautismo original que le administraron las niñas aquellas no como un accidente sino como un acto determinado por el Espíritu Santo.

Yo creo que de una manera o de otra hay un punto central: la Fe que es completamente simple y que se reduce a un conocimiento elemental. Permanece dominante como una fortaleza en medio de cualquier conocimiento que llegue a adquirirse, y todo depende de esa fortaleza. En las cosas de aquellos individuos de gran saber que han dejado la Iglesia, esa fortaleza se ha derrumbado aunque el conocimiento circundante haya quedado intacto. Aquella fortaleza es una realidad sobrenatural; el conocimiento es una cosa natural. El centro puede permanecer firme sin más saber. Y a menudo permanece intacto a pesar nuestro, por así decirlo.

Hay otra extraña circunstancia en la fe. Yo diría que no importa lo que se haga para confirmar a una persona en la fe. Dios siempre deja una abertura por la cual puede escapar el creyente que no quiere creer. Parecería que nada de lo que se halla como suplemento natural puede obstruir esta abertura. La persona cuya fe esencial ha venido a agrietarse no se moverá por una serie de pruebas por adecuadas que fueran. El gran escritor francés, Zola, que fue ateo, vino a Lourdes a investigarlo. Dios aceptó el reto y obró dos milagros de primera clase ante sus ojos. La respuesta trágica de Zola fue: “Lo estoy viendo pero no creo”. No penetraron en el alma de Zola.

En cuanto a las cosas de Dios, la gente profesa una pobreza de pensamiento que no lo tiene en asuntos mundanales. ¡Qué pensamiento más barato se asoma a través de ojos ciegos! Las maravillas científicas del día con cuanta facilidad se las engullen. Pero cuánto escepticismo despliegan en los asuntos del espíritu. Qué pueriles son los argumentos que rigen y forman las opiniones de la gente. He aquí algunos de ellos.

Jesús no puede estar en dos lugares al mismo tiempo. Por lo mismo la Eucaristía es un absurdo.

Dios no puede ser visto ni tocado. Luego no existe.

Dios e infierno son claramente dos ideas irreconciliables. Por lo mismo uno de los dos no existe.

Los católicos creen que las almas son salvadas por la Misa. Pero la Misa es vendida, por dinero. Luego la salvación es solamente un asunto de dinero.

¿Es que no han visto ustedes que el destino de un alma se hace depender de gestos supersticiosos tales como el uso de medallas?

La resurrección del cuerpo es a las claras imposible; ¿cómo podría un cuerpo original volver a ser armado después de „haberse reducido a polvo y ser luego desmenuzado por la naturaleza mediante sus infinitas mutaciones. ¡Contadle esta objeción a Dios, que puede desenredar todo pensamiento humano, y veréis lo indigesta que es!

Y recordaréis las afirmaciones muy serias que se hicieron en tiempo de los primeros astronautas rusos, cuando estos dijeron que habían acabado con la idea de la existencia de los ángeles; no habían encontrado ninguno en su vuelo.

Y así continúa la superficial letanía, mostrando en cada afirmación la poca idea que de Dios tiene el objetante. No pasan estas gentes de considerarle a Dios más que como un hombre de gran magnificencia.

Quizás en este rato cuando debo volver a lo que probablemente es el argumento más razonable y posiblemente el más mortal contra la iglesia y contra toda verdadera religión. Consiste en afirmar que la religión no es otra cosa que asunto de herencia. Sería bueno examinar esto a la luz de todo lo que hemos venido diciendo de Dios.

El Sr. Quintin Hogg, hablando recientemente, dijo que si su padre hubiera sido católico, también él lo hubiera sido, probablemente un católico bien convencido. Esta afirmación puramente humana de las cosas no podía menos de encontrar un eco en muchas mentes, y a la verdad habrá creado dudas respecto al valor de la fe. La conclusión sería que la fe solo es asunto de educación y que se basa en el nacimiento. Muchas personas habrán quedado convencidas de ello y habrán adoptado una actitud cínica frente a la diferencia entre las religiones. Yo he oído este argumento de Quintin Hogg tan a menudo que he llegado a concluir que es el más efectivo de los argumentos contra la Iglesia. Reduciendo al catolicismo actual a pura herencia o cualquier dimensión accidental, se le ha dado un golpe fatal en las mentes de aquellos cuya valuación de Dios y sus caminos no va más allá del nivel humano.

Estas personas no reflexionan nunca que cuando Dios se pone a crear un alma posee también el poder menor de hacerla nacer dónde y en qué circunstancias le parezca. Si entre la almas que va a traer al mundo El ve algunas que las cree dignas de recibir el don de la fe, dispone generalmente hablando de dos medios de operación. El uno, procediendo completamente por el método de la conversión, o sea permitiendo que las personas nazcan sin religión o en religiones locales, para luego proveerlas de canales de conversión. Pero para este proceso tan complicado se requiere exceso de maquinaria, para interesar primero y luego instruir a cada uno por separado, quedando la Iglesia sin que hacer alguno.

El otro según nuestra vista humana, sería una forma más fácil para Dios el proceder normal- mente haciendo nacer a esas almas escogidas en medio de las comunidades católicas, donde luego pueden ser atendidas con medidas masivas.

Pero entonces ¿por qué además del método masivo se permite Dios el de la conversión? Volviendo a hablar en lenguaje humano, Dios tiene que proceder así porque de otra manera la posesión de la fe estaría sujeta siempre a una operación de herencia. Por lo tanto, y en una escala lo más grande posible, el principio de conversión debe seguir poniéndose en juego. Otra razón para esto es la necesidad de que sean visibles los ejemplos y medios de conversión. De lo contrario nadie querría convertirse. Se llegaría a sostener por principio que para ser católico hay que nacer católico.

En esta forma equilibrada, Dios como solo Él puede hacerlo, la realización de estos diferentes sistema de otorgamiento de su don a las almas.

Hay un ingrediente más que tiene que entrar en la fe: Es la intervención de María. Este a veces no se muestra desde el principio, pero siempre está presente por divina exigencia, precisamente por haber sido Ella por su fe la primera en recibir al Salvador para darlo luego a todos los hombres. Formado en estas ideas, el Legionario participa en la prerrogativa de María de comunicar el divino magnetismo a las almas.

1 "La Florecita" se refiere a Santa Teresita de Liseux, Doctora de la Iglesia.
2 "Cuarenta horas", al parecer una forma de Retiro o Jornadas de reflexión espiritual
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