Fiabilidad (*)
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


 

Voy a tratar el tema de la fiabilidad. El Manual dice algo en el sentido de que sin valor todas las otras virtudes no sirven mucho; pues sin valor no pueden resistir la presión hostil o mantenerse firmes cuando se necesitan, es decir, en el momento de la crisis. Probablemente lo mismo cabe decir de la fiabilidad, esa formalidad, responsabilidad en que se puede confiar. ¿De qué sirve cualquier cosa si no se puede confiar en ella? Una virtud de la que no se puede fiar es una contradicción en los términos. Podríamos hablar igualmente de una fe que no cree.

Aunque parezca mentira, esta idea de la fiabilidad siempre fue muy importante para mí, pues era algo que mi madre repetía en expresión que aplicaba a mi comportamiento, cuando yo era joven. Os la repito, por cierto, no con jactancia, pues siempre me da miedo el dicho tan atinado de que el orgullo precede a la caída. La cito porque es muy afín a mi criterio.

De vez en cuando acostumbraba a llamarme "entrañable formalidad", porque yo siempre estaba presente cuando se me necesitaba. Hablaba sin darle importancia y nunca pudo figurarse hasta qué punto sus palabras calaron en mí y marcaron mi forma de pensar. Yo apreciaba este elogio y procuraba obrar con arreglo a él.

Hablamos de la cola que mueve el perro para expresar la idea de algo que parece ser solamente añadidura, o algo sin importancia, pero qué puede, no obstante, controlar todo el cuerpo del que forma parte. Esa imagen de la cola del perro se aplica generalmente a los asuntos humanos, y deberíamos siempre tener cuidado de no despreciar las cosas pequeñas en los terrenos en que no son importantes.

Si juzgásemos todo por su fuerza, por su tamaño visible, terminaríamos por equivocarnos casi siempre. Podríamos pensar que el elefante es más importante que el hombre o que las estrellas lo son más que el alma. Con relación a esto, Pascal dijo que todas las estrellas y toda la creación material tienen menos importancia que un pensamiento humano. Esto parece muy radical, pero es verdad.

Por eso es esencial que no dejemos que nuestra atención sea acaparada por lo que a primera vista nos imaginamos que es el factor principal. No despreciéis los detalles, pues uno de ellos puede ser el centro del cual procede la fuerza motriz. Por ejemplo, los enormes petroleros modernos son propulsados por máquinas que representan una parte insignificante del total del harca. Y sobre todo el alma, que es la parte más importante del hombre, es invisible, y por tanto se puede negar su existencia.

En esta panorámica de cosas que pueden parecer de poca importancia, pero que de hecho pueden llegar a ser circunstancias decisivas, es donde planteo el tema de la fiabilidad.

El plan de la Legión se puede decir que descansa en este elemento de fiabilidad, formalidad de sus miembros. Si examinamos el Manual, encontraremos que la fiabilidad se presupone como una necesidad. Es el lazo de unión entre el miembro y la obra. La doctrina del Cuerpo Místico se apoya en la interrelación de la cabeza y todas sus partes. Hasta tal punto es la Legión una manifestación de todos los aspectos de esta doctrina, que el Manual se podría llamar Manual del Cuerpo Místico. La eficacia de la Legión depende de la labor fiel de cada individuo, que no juzga la superioridad de lo espiritual para justificar el olvido de los puntos más pequeños. De hecho, lo más alto y lo más bajo pueden estar tan unidos entre sí, que sean una misma cosa. Lo espiritual puede depender de lo material. El alma depende del cuerpo.

Una y otra vez el Manual insiste en que no debemos mostrarnos reacios con el sistema; que se ha de valorar como miembro eficaz aquel que cumple todas las obligaciones establecidas, sin tener en cuenta su aparente importancia. Esto es sentido común. Si los legionarios pudieran atribuir una escala de valores a los diversos artículos del sistema de la Legión y luego despreciar lo que ellos no valoran, se seguiría que no habría sistema en absoluto. Se habría reducido a un "actúe como le agrade". Han demostrado esto los actuales aspirantes a reformadores de la Iglesia, cuyas proposiciones no habrían dejado nada en pie y cuya inclinación ha sido exaltar lo humanístico a costa de lo espiritual, para continuar despreciando todas las reglas so pretexto de que éstas traban la iniciativa del individuo. Podríamos decir: quítale al cuerpo humano todos los huesos, y será más flexible.

Por increíble que parezca, esa opinión ha estado rigiendo la marcha de todo el apostolado. Se ha considerado virtud el no tener reglamentos y animar a cada uno a perseguir sus objetivos de la manera que crea más oportuna.

Lo más reciente es la recomendación que procede de una Conferencia Internacional, de que el futuro del rosario debía ser confiado a una pluralidad dirigida. ¿Qué clase de pluralidad? ¿Y quién la ha de dirigir? Pluralidad dirigida suena algo así como caos controlado, y el caos ha escapado ya a toda dirección.

Resumo los resultados finales de esta escuela del pensamiento con las palabras de una eminente autoridad. Acaba de declarar que la Legión está a punto de recibir su oportunidad más importante a causa de la total desintegración de la Acción Católica mundial. Atribuyo este fracaso al desprecio, hoy en boga, por la "estructura", en otras palabras, por toda organización y reglas. Es una tragedia excepcional que 45 años de esfuerzo bajo la bandera de la Acción Católica terminen tan infructuosamente por falta de método y sentido común.

Así, pues, partiendo de esta triste contemplación y provechosa enseñanza, volvamos al tema de la fiabilidad, no sólo como el más característico y obligatorio de los métodos de la Legión, sino también como algo que ocupa el mismo papel decisivo en todos los asuntos humanos. Fiabilidad es la gran palabra de toda propaganda. Tratan de convencernos de que el producto que anuncian es de fiar. No nos defraudará. Podemos confiar siempre en él.

Por eso trato sobre este distintivo fundamental de la fiabilidad.

Si miramos a nuestro alrededor, comprobamos que podemos hacer, a grandes rasgos, una división de miembros en dos grupos: aquellos en que se puede confiar, que son formales, y los que no lo son tanto. Uno se siente perplejo contemplando a aquéllos. ¿Qué les pasa? ¿Cuál es el valor de su pertenencia a la Legión, para ellos y para la Legión? Si uno siente la tentación de pensar que la Legión estaría mejor sin ellos a causa del mal ejemplo que dan, luego le viene la reflexión opuesta de que se vendrían abajo si se les apartase de la Legión, y así uno oscila entre dos pensamientos opuestos, indeciso, y permitiendo que el daño continúe.

Esa inestabilidad es el rasgo y el fenómeno actual. Los compromisos no significan una garantía de ninguna clase; la gente sólo intenta cumplirlos, si no se ofrece nada más atractivo. La puntualidad ya no se estila. ¿Se tiene una función o reunión con la presencia inicial de todos los que van a tomar parte? En el caso del legionario esto adquiere una gravedad especial, ya que llegan tarde a una cita con nuestra Señora y desprecian sus oraciones. Entonces son inconsecuentes al rezar al final pidiendo constancia y tenacidad.

¿Por qué muchos Presidentes tienen un reloj ante sí sobre la mesa, si no dejan que rija los actos?

Es verdad -y esto nos satisface- que la Legión actúa en esos aspectos mejor que el mundo en general. Por ejemplo, un fin de semana, en que se produjo en Dublín el sobresalto de la explosión de una bomba, solamente se presentaron en el Hotel Four Courts 30 de los 160 que habían reservado plaza. La tarde siguiente de un número semejante acudieron todos. Pero la Legión no se porta generalmente tan bien. Nos entretenemos unos a otros esperando en las esquinas, y cuando llegamos, dejamos escapar una excusa: "el tráfico" -sea lo que sea lo que esto significa-. ¿Esperaban que no hubiera tráfico en las calles? ¿O no lo tuvieron en cuenta? Un fallo de mal cálculo se puede perdonar siempre, pero cuando se alega siempre el tráfico, uno ve que no es más que un pretexto.

Los legionarios asumen la responsabilidad de mantener correspondencia con curias de otras partes. Esto implica el intercambio de cartas con dichas curias y otras obligaciones. Los frecuentes ejemplos del descuido de este deber muestran que algunos lo han aceptado alegremente y esas curias se resienten. No hagáis promesas sin intención razonable de cumplirlas.

Se cuenta del gran Duque de Wellington que una niña de 8 años le pidió que le contase la batalla de Waterloo. El miró su reloj y contestó: "Tengo una cita dentro de 10 minutos y esto sería muy poco tiempo para contarte lo que quiero. Pero vendré dentro de una semana y te haré un relato completo". Cumplió la promesa, pero dejó traslucir que para hacerla tuvo que renunciar a una importante invitación.

Seguramente nuestro deber para con nosotros mismos nos obliga, como a Wellington el suyo, a aceptar nuestras obligaciones. El componente adicional entra en juego, por cuanto que, si nos movemos según principios espirituales, nuestras promesas y citas se hacen con la Reina de los Cielos.

Los legionarios aprecian mucho el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, en el que Nuestro Señor enuncia una consecuencia de la doctrina del Cuerpo Místico: lo que hacéis a otros, a mí me lo hacéis. Según lo que hagáis, así recibiréis la vida eterna. Esto es una espada de dos filos. Y si nos dijera a uno de nosotros: "Nunca pude confiar en ti, ¿por qué confías en mí?"

No es normalmente algo culpable que la gente se muestre poco seria. Es que sus ideas están en completo desorden. No tienen un orden de prioridad. No tienen un método para sopesar una cosa frente a otra. Las emociones desempeñan en ellos un papel demasiado importante: y el deber, otro demasiado pequeño. ¿Qué sucede cuando ese desorden mental trata de solucionar una situación? Bueno, es sólo por casualidad, si sucede lo que debe. Os pongo un ejemplo.

En una reunión del P.P.C. en Rusia una chica describió el miedo que se apoderó de ella cuando estaba para entrar en Rusia. Fue tal el pánico que, de no ser porque estaba en un grupo que le arrastraba, se hubiese vuelto atrás y hubiese huido.

Encontramos aquí varias lecciones aprovechables. En primer lugar, que una persona requiere disciplina o espíritu de equipo para mantenerse firme. Un hombre solo es presa de ideas opuestas, y no es seguro que prevalezca la mejor. Las emociones, como las olas y el viento, pueden desviar el barco de su curso y lanzarlo contra las rocas de la costa.

Esto pudo sucederle a la chica de Moscú. Se había dejado llevar por el miedo hasta tal punto que perdió la razón. Bajo la influencia del pánico, su cerebro dejó de actuar: se dejó arrastrar a una condición puramente animal. Poco después de hablar ella, otra refirió que había sentido el mismo ataque de miedo, pero que se dijo para sí en seguida: ¿De qué tengo miedo? ¿Qué es lo peor que puede sucederme? Entonces recordó una orden que el grupo había recibido antes de emprender el viaje, en la que se anotaba que no se enfrentaban a un peligro real, que lo peor que podía suceder era que fuesen enviados a casa, y que esto sólo se produciría por alguna falta importante. Inmediatamente aquel miedo irracional había desaparecido. Un argumento lógico había restablecido el equilibrio de la mente.

Pero la mente debe estar siempre en equilibrio. No se le debería permitir nunca caer bajo la influencia de la pura emoción.

Al mismo tiempo no debemos reducir la fiabilidad a un mero proceso psicológico. Es correcto usar todos los medios para urgirnos a ir por la senda del deber, pero el camino que recorremos es un camino de fe, y la fe debe regir nuestros pasos. Un enfoque puramente lógico de un problema podría desvanecer las emociones como el miedo, pero podría reemplazarlo por un frío egoísmo que nos llevaría igualmente en una dirección equivocada. Debemos pensar cada situación con balanza espiritual. Debemos referir todo a Jesús y a María.

El resultado de hacer esto puede ser notable. Lo que daba miedo llega a ser atractivo. Esta simplificación no es una presentación milagrosa. Únicamente hemos relacionado unas cosas con otras. Las dudas se debían a que nuestro criterio daba a los ingredientes de la situación valores equivocados. Todo estaba desajustado, y las emociones se iban desmandando. Pero, como quien pone el coche en su debida marcha, nos volvemos a Jesús y a María y todo queda transformado. Es como si nos encontrásemos en una habitación desconocida totalmente oscura: llega a ser una pesadilla. Pero, en cuanto nuestra mano encuentra el interruptor de la luz, ¡qué transformación!

El Manual llama la atención sobre el hecho de que María es el símbolo y encarnación del valor. La Liturgia la llama la Mujer Fuerte. Esto no debe aplicarse solamente al punto culminante del Calvario, sino a todos los acontecimientos de su vida: fue su característica. El Señor había dicho a Satanás: "pondré enemistades entre ti y la Mujer...", es decir, en todos los aspectos posibles era diferente de él. Junto con su Hijo había sido designada desde toda la eternidad para ser la enemiga de Satanás; en todas las cualidades y en todos los acontecimientos -o mejor, como una secuencia continua- sería contraria a él y había de estar en el lado opuesto.

En otras palabras, ella es un auténtico modelo de fiabilidad. Aunque totalmente apacible y femenina, ninguna fuerza, ningún temor podría hacerle desviarse de la senda de su destino. No hubo nunca en ella ninguna vacilación, ni siquiera al pie de la Cruz, donde sufrió con Jesús todo, excepto la muerte. Durante ese indecible tormento, su resolución nunca falló; por eso la Iglesia ha desaprobado los cuadros que la presentan en estado de postración.

Pero la misma clase de seriedad marcaría todos y cada uno de sus actos. Podemos verlo en la tremenda entrevista con el ángel Gabriel. Él le dirige palabras que son humanamente imposibles de creer y desoladoras en sus consecuencias. Aunque no está casada, va a tener un niño, y el niño va a ser el Señor. ¡Qué perspectivas tan complicadas con San José y con todo aquel a quien éste lo relate en presencia de ella! Pero ahí la tenemos: la única en la que Dios pudo confiar.

De toda la humanidad del pasado, del presente y del futuro, ella es la única que tiene la fe inmensa y el valor total que se requiere para la Encarnación.

Luego viene la Visitación: la Escritura nos dice que fue con prisa; lo cual no significa que se excitó demasiado dejando todo desordenado tras de sí. No; quiere decir que puso todo en orden y partió en la primera oportunidad. Santa Isabel la necesitaba. Allí estaba ella.

O la huida a Egipto, momento de terror, pero no por causa suya. El Niño dependía totalmente de ella, y también José. No fue una criatura temblorosa, estremecida, llorosa, la que emprendió el viaje en lo más cerrado de la noche para atravesar los caminos montañosos. Sabemos que no tuvo que ser confortada y consolada. Era una fuente de fortaleza. Si José hubiese vacilado un momento -cosa que no podemos pensar- no hubiera tenido más que mirar a ella, y todo se hubiera arreglado. Era agonía por dentro, y calma completa por fuera.

O el peor de todos los misterios, la pérdida de Jesús en Jerusalén. ¡Quién podría contar el dolor que sintió en aquellos tres días de separación! Podríamos aplicar a aquel momento las palabras: "todos los que pasáis, mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor".

Podríamos continuar con estos episodios: cada uno de sus dolores y misterios relata la misma historia.

En cada uno de ellos se muestra bajo la misma capa de suave fortaleza. Ella no fallará. Todo está seguro en sus manos.

Quizás se puede tomar un último cuadro que la muestra en un papel más sencillo, pero donde las cosas giraron en torno de ella. Me refiero a la fiesta de bodas de Caná. Ella fue la que tuvo los ojos abiertos, y la que estuvo vigilante teniendo en cuenta todos los detalles. Vio lo que los otros no captaron y acudió a remediarlo. Entonces, como es propio de las operaciones divinas, lo mayor dependió de lo pequeño. La fiesta de bodas inició la misión de Nuestro Señor. La trasformación del agua en vino fue su primer milagro público. Sus discípulos creyeron en Él. María fue la mediadora de aquellos acontecimientos de salvación. Siempre se puede confiar en María.

Cuando Nuestro Señor quiso ensalzar en forma expresiva el espíritu de Juan Bautista, lo describió como una caña que no se deja doblegar por el viento (Lc 7, 25). Mucho más podría aplicar la misma imagen a su madre. ¡Qué triste sería que la idea que tiene de algunos legionarios fuese de cañas agitadas por el viento!
 

* Tomado de Maria Legionis 1, 1974.