El Rosario es irremplazable
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


 

Ponerse al día es el grito del día. Se pide rejuvenecimiento. El primero en pedírselo con el invento mismo de la palabra aggiornamento fue ese santo hombre, el Papa Juan XXIII. Desgraciadamente no han faltado intérpretes falsos de la palabra. La han querido traducir por cambio, por el sólo gusto de cambiar, por calificación de primitivismo a todo lo pasado -por lo tanto hay que desecharlo sin más; por designación de vejez a todo lo de ayer-, por lo tanto hay que revolucionar.

Insensatez es lo que aparece en pensar así, y locura sería el llevarlo a la práctica.

Siempre estamos viviendo del pasado. Si tendríamos que suprimir nuestra estatura de ayer para ser nuevos hoy, simplemente dejaríamos de ser. Sí nuestro desarrollo mental fuera borrado, quedarían los reducidos a un nivel inferior al de los mismos animales, pues estaríamos desprovistos hasta del instinto. Sin nuestra herencia de ideas, la jungla sería nuestro asiento, en lucha con las bestias para nuevamente comenzar la lenta ascensión al conocimiento y la civilización. La misma insensatez aparecerá sí se aplica tal principio a otras manifestaciones de la vida.

Sencillamente -hay que confesarlo- vivimos sobre los hombros del pasado.

Debemos, eso sí, movernos siempre hacia adelante. El progreso es nuestra tarea, y hemos de saber cumplirlo en forma palpable. No todo lo que brilla es oro, ni todo lo nuevo es bueno. Al sumergirnos arriesgadamente en lo extraño y desconocido debemos mantener contacto con lo que tenemos.

En primer lugar, solo con un previo saber podemos alcanzar un nuevo. Sin una experiencia anterior no podríamos estar seguros ni aún de lo que comemos.

En segundo lugar, hay ocasiones en que nos vemos obligados a retomar a lo antiguo. Dejar a un lado prematuramente lo presente querría decir quedarse propiamente sin nada. No tenemos más que mirar cómo la ciencia cósmica va avanzando con pasos muy medidos hasta llegar a poner un hombre en la luna. Como culminación de este proceso ordenado y prudente no hay duda que un día el hombre tomará posesión de esta porción del dominio de Cristo, y volverá con curiosos informes.

Aquí me atrevo a insertar la sabia enseñanza del noble Juan XXlll. Al ir en pos de un futuro halagüeño agarrémonos bien de lo que tenemos en posesión. Ascendamos como se sube una escalera, grada por grada. Evolucionemos con método; evitemos la revolución.

Estas consideraciones me sirven para este tópico mío del Rosario. ¿Por qué estas palabras de precaución? Porque el Rosario ha sido una de las víctimas de la falsa actualización.

Fuera de la Legión, porque nunca faltamos a él, se ha desplegado una campaña contra el Rosario, provocando su abandono. Este abandono se ha efectuado en muchos lugares. Una frase del Evangelio contra la vana repetición ha sido aplicada al Rosario, con el pretexto de que toda repetición es siempre vana y que ninguna oración es para ser repetida. Según este argumento no habría cómo decir una oración dos veces. Nuestro Señor, al enseñarnos el Padre Nuestro, claro, quiso que lo repitiésemos a menudo.

Otro pretexto para la supresión del Rosario es tacharlo de oración de analfabetos, y que en estos días de tanto saber ya no hay por lo mismo sitio para el Rosario. Más adelante me ocuparé de esta objeción.

Otro ataque, y muy justificado, es a causa del modo de rezar el Rosario. Con frecuencia se lo reza con rapidez. Es un hecho innegable. Es algo que en verdad desedifica, con el raro resultado de que mientras con más prisa se lo reza, más largo parece.

Es lastimoso y extraño que el Rosario establecido precisamente como una oración especialmente común, sea así tan mal rezado y echado a perder con la amenaza misma de su existencia. Pero con abusos y todo no podemos consentir en ser privados de una de las pocas oraciones comunes que tenemos.

El remedio es sencillo. El Rosario debe ser rezado con reverencia. No se ve ninguna dificultad para ello. La Legión lo reza siempre así. ¿Por qué no seguir su ejemplo?

El Rosario no es la única oración susceptible de ser mal rezada. Toda oración corre el mismo riesgo de ser pronunciada con una rapidez que no se usa en una conversación, y por esto mismo se cae en la cuenta de que se está rezando ligero, pues hablar así tan rápido en una conversación sería desedificante e irrespetuoso para con la persona a quién se dirige.

Otra objeción, que se oye de vez en cuando, es de tipo matemático. ¿Por qué un Padrenuestro a Dios y diez Avemarías a María?, se dice; como que este desigual reparto significara desigualdad de atención a las respectivas personas. Yo creo que los que traen esta objeción llegarían a pensar que si se suprimiera el Padrenuestro Dios no sacaba nada del Rosario. Es evidente el absurdo de este punto de vista.

Toda palabra del Rosario es una oración a Dios. Se hace oración a Dios siempre que hacemos algo por Dios.

El diario quehacer queda marcado de oración si es ofrecido a Dios, aunque de por sí el trabajo no incluye un pensamiento dirigido expresamente a Dios. No quedaría bien emplear en orar a Dios el rato de hacer una obra. Asimismo no queda bien dirigirse expresamente a Dios el rato mismo de dirigirse a María. Dejar de dirigirse a María por miedo de creer que así queda disminuido Dios, es incorrecto y hasta puede ser herético.

Ante todo hay que decir que dar algo a María es dárselo a Dios, sencillamente porque eso le agrada a Dios.

Y luego hay que dejar claro que un rechazo a rezar a la Virgen indica que no se ha comprendido nada de la doctrina católica, en la cual María ocupa un puesto tan elevado que lleva un nombre especial el culto a Ella. Si está mal decir: “voy directo a Dios sin necesidad de Jesús”, también está mal, aunque en forma relativa, decir de María: “no tengo necesidad de ir a Ella”.

En una oración hay algo más que una presentación a Dios de alabanzas, gracias, peticiones. La oración es una actitud, una elevación del alma a Dios, y no exclusivamente un asunto de palabras. La oración es por lo tanto una expresión de nuestra fe. Nuestro culto tiene que conocer y asimilar todo cuanto se ha hecho en nuestro beneficio y por quién. Igualmente debe servirnos para un recuerdo constante de todas esas consideraciones. En una palabra, nuestra oración es en parte una pequeña lección de catecismo que hacemos. Esto significa que nuestras oraciones tomadas en conjunto, son enseñanzas de los misterios cristianos y declaración de nuestra fe en ellos.

Toda oración, sostenida por una fe correcta, es un acto de adoración a Dios. Pero no toda oración es expresión de doctrina. Hay muchas oraciones en las que no se sugiere doctrina alguna. Por ejemplo, los Salmos son himnos a Dios, que han sido además elevados a voz de la Iglesia. Son muy recomendados a los legionarios que hacen de Pretorianos y Adjutores. Pero no por eso se va afirmar que los Salmos enseñan las doctrinas católicas o las expresen, pues son tomadas del Antiguo Testamento, y son anteriores a la venida de Nuestro Señor. Tomados aisladamente, ¿nos enseñarían algo del catecismo?

Lo mismo habría que decir de ciertas formas de oración. Pero tratándose del Rosario es otra cosa. El Rosario es una oración de especial valor desde este punto de vista doctrinal. Es una instrucción de Doctrina cristiana. Y tal fue el objetivo de su instauración. A todos aparece claro lo difícil y pesado que se hace el adoctrinamiento cristiano para el individuo le exige mucha atención y tiempo. Pero el Rosario lo hace del mejor modo, por su facilidad y sencillez. No hay que olvidar que la oración debe ser un ejercicio esencialmente sencillo. Sin esta simplicidad, no se de la oración; y por esta misma simplicidad deberíamos recelarnos de establecer diferencias entre oración para gente sencilla y para gente que se dice letrada. En el orden espiritual estas categorías sufren a menudo un cambio total. Muchas veces me he encontrado con intelectuales carentes de todo sentido espiritual.

Aún más, el Rosario, por lo mismo que nos enseña el Cristianismo en detalle y nos fila su recuerdo, nos incita también a referírselo todo a Dios en forma de adoración, de amor, de alabanza, de acción de gracias y peticiones, elementos todos estos de un verdadero acercamiento a Dios. Quizás para algunas personas el Rosario se ve superado por otras formas de oración, por ejemplo, por el Oficio Divino que los sacerdotes rezan bajo obligación grave. Pero hay que notar que no por eso dejan de ser provistos de otros elementos educativos y devocionales (incluida la misma Virgen), de los que carecen los Salmos. La Legión pide de sus Pretorianos y Adjutores no sólo el rezo del Rosario sino también de los Salmos, por ser estos la voz oficial del Cuerpo Místico. Pero he de atreverme a decir que pedir el rezo de los Salmos a gente sin preparación bíblica sería un gran error.

Parte de los elementos que brinda el Rosario en forma infalible es la Santísima Virgen, pues la va juntando a la Santísima Trinidad y a Nuestro Señor en todas las circunstancias de su vida. Y es esto lo que Dios mismo ha hecho, pidiéndole a la Virgen su intervención en todo. El Rosario combate toda tendencia a relegar a la Virgen a un campo secundario en la vida cristiana. El Rosario nos brinda un cuadro de síntesis cristiana, mostrándonos la obra redentora en todas sus fases de principio a fin, dándonos una visión de Jesús con los lugares, circunstancias y personas de su vida, en desarrollo dramático de imágenes vivas, y todo esto en estilo de oración.

En todo este proceso de la Redención, de principio a fin, está María desempeñando un papel vital e importantísimo, de tal modo que nadie puede separar los beneficios de la Redención de la actuación de María. Ella debe figurar prominentemente en el tributo de gratitud que ofrecemos al cielo. Todas las generaciones le deben "felicitar".

Y ahora viene lo terriblemente serio de verdad. ¿Hasta que punto esa actitud hostil contra el Rosario es realmente debida a la falta de convicción respecto a la obra de María? Para los que ven en María una simple pieza de adorno en la obra Redentora, ciertamente el Rosario debe parecérseles una grave exageración, y entonces es natural que traten de deshacerse de excesos y extravagancias. Pero María no es mero adorno ni mero sentimiento en la Religión Cristiana. Su posición es única. Hasta el 21 de noviembre de 1964 había todavía lugar a errores y tentaciones contra la Virgen. Pero a partir de esa fecha ya no se dan excusas. La Constitución “De Ecclesia” promulgó como cosa de fide, o sea como Doctrina que deben recibir los católicos como parte de su fe, que María tiene una parte esencial en todos los misterios cristianos. Fue entonces llamada Madre de la Iglesia y de todo ser humano del mundo entero, lo que quiere decir que es nuestra Abogada, la Cooperadora en la salvación, nuestra Auxiliadora desde nuestra cuna al sepulcro, la Mediadora de todas las gracias. María debe ser predicada a todos los que se hallan fuera de la Iglesia, haciéndoles ver que es su Madre y mostrándoles esta maternidad en su historia y sus funciones. Esta, nueva promulgación debió haber provocado una simpática aceptación de parte de quienes hasta entonces venían objetando que el Rosario le pone a María en un lugar demasiado elevado en nuestro culto.

El Rosario se estableció por el año 1.200. Desde el primer minuto se arraigó en el pueblo entre arranques de entusiasmo, lo que probaba tener carácter eminentemente popular. Desde entonces ha venido siendo parte importante de la vida cristiana; ha ocupado un lugar prominente en la literatura devocional; ha sido elemento en las vidas de los Santos de la Iglesia, y tema de las enseñanzas de los Papas y Doctores. El Rosario ha sido traído por la Virgen en muchas de sus comprobadas apariciones, y ha entrado en muchos acontecimientos milagrosos, algunos de los cuales han salvado, al mundo. A él se atribuye innumerables favores. No es pues de admirarse que desde el siglo XIII ningún santo lo haya descuidado.

La idea de que sólo las mentes infantiles se acomodan a él no está justificada. Yo podría dar toda una lista de personas notables que han sido devotas del Rosario. Pero bastan unos pocos nombres. El Cardenal Newman fue un gran devoto de él a pesar de sus orígenes protestantes. Marconi, Miguel Ángel, Mozart, José Haydn, fueron unos de los genios que amaban el Rosario y que creían que él les daba inspiración en sus realizaciones. León XIII enseñaba que el Rosario contenía todo el culto debido a María.

Desde su primer día la Legión se armó del Rosario, haciendo de él su oración y propagándolo celosamente. El cuadro de la Tessera lo lleva como marco. Los legionarios lo andan al llevar así en la Tessera. En nuestras reuniones es la oración ideal con que se crea una atmósfera maravillosa. Nos sorprendió grandemente en cierta etapa de nuestro progreso, descubrir que la Iglesia Oriental no lo practicaba, ni siquiera en la sección llamada de los Uniatas, que tienen comunión con el Papa. El gran cisma que separó la Iglesia Oriental de la Occidental tuvo lugar en 1054, o sea 150 años antes de la introducción del Rosario, de modo que la Iglesia Oriental ya no pudo llevárselo consigo a su voluntario destierro.

Cuando la Legión comenzó a crecer entre los Uniatas y luego entre los Ortodoxos o sección no unida al Papa, hubo que afrontar el problema de reemplazar el Rosario por otra oración. ¿Por qué no imponerles, se diría el Rosario? Es que Roma nos ha dicho que no, que no hay que latinizarlos. Entonces buscamos un substituto. Los esfuerzos realizados en ese sentido han tenido un proceso importante, pero es largo contárselo. Basta decir que cada expediente era puesto a prueba y fracasaba, hasta que al fin los Uniatas Griegos nos ayudaron mediante un acuerdo. Y fue así.

Adoptaron una suerte de Rosario, con 7 de nuestros Misterios. Cada uno de esos misterios iba preludiado de una ligera introducción o meditación, seguido de un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria. En otras palabras el Rosario Uniata vino a constar de 7 preludios, 7 Padrenuestros, 21 Avemarías, 7 Glorias, todo esto seguido del resto de las oraciones de la Legión. Fue todo un éxito; pues produce los mismos resultados que nuestro Rosario. No ha podido hacerse otra cosa que imitar el Rosario, demostrando con ello lo irremplazable de su modalidad. Esta es una lección profunda, que nos exhorta a acercarnos al Rosario con respeto, y conscientes tanto de su carácter de antigüedad y universalismo en la Iglesia, como de su fuerza psicológica maravillosa. Tiene el donde adaptarse a la inteligencia humana y no se puede dudar de que es Dios mismo su inspirador. Se adapta a letrados y no letrados, menos a los orgullosos. Sus mismas cuentas que hacen pensar en algún aparato contador tiene un valor importante, semejante al ábaco en que los niños aprenden a contar. Y que no se lo reproche porque tenga un parecido con la cuerda de cuentas que usan los budistas. No hay más que probar cómo tan pronto como se deja de seguir las cuentas del Rosario, se pierde el poderoso halago de rezarlo. Si se pone uno a rezarlo contando con los dedos, el resultado es generalmente un Rosario incompleto.

Lo vuelvo a repetir: el Rosario es irremplazable, y si se quiere inventar algo distinto con éxito feliz -aunque se ha dado en forma parcial- es acercándose al estilo del Rosario.

Por lo tanto, todas esas personas modernas que, movidas por una falsa actualización quieren suplantar el Rosario, deberían darse cuenta que no están haciendo otra cosa que una obra de vandalismo. Porque destruir sin edificar es vandalismo, aunque sólo sea en el campo del espíritu. Vandalismo es también dejar destruir, no hacer nada cuando se requiere nuestra acción, o contentarse con una protección estrictamente necesaria. Y es culpable de lo mismo y mantiene igual proceder intolerable el que retira su estímulo acerca del Rosario con un silencio de vacío. El día en que cesara de enseñarse el cristianismo, habrá muerto también el Rosario.

Hay otra forma de herir al Rosario, y es la de enfatizar exageradamente la perfección con que se lo debe rezar. Claro que lo que se requiere es la meditación de los Misterios según la capacidad de cada uno, pero en forma moderada; porque el Rosario no es una meditación ni formal ni completa. El Rosario no pide un serio esfuerzo mental, pues no se lo inventó para eso. El Rosario es rezo de oraciones que hay que conservarlas en su puesto y significado. Eso demasiado pedir que mientras se rezan esas oraciones se esté pensando en otras ideas completamente distintas.

No hay palabras más solemnes que las frases del Avemaría que nos trae la Escritura. Ellas nos brindan una densa meditación sobre la Encarnación del Hijo de Dios. Nadie me podrá convencer que demorarse en este Misterio con una constante repetición de sus palabras es cosa vana, irrespetuosa y peligrosa; porque si logramos fijar en nuestras mentes el hecho de la Encarnación, nos hemos enriquecido enormemente, por más que nos faltaran otras cosas. Por el contrario, sí no llegamos a apreciar este acontecimiento, seguiremos viviendo en miseria, aunque tuviésemos ganado el mundo entero.

Son, pues, tan preciosas esas palabras que debemos saber volver a ellas a menudo, cuidando que no queden como absorbidas por ninguna otra meditación.

El Rosario es una oración que se adapta a todo cambio de circunstancias. Para los tiempos de enfermedad y cansancio, no puede darse cosa más útil. Está a nuestro alcance. Lo que entonces necesitamos es quietud en espíritu de oración. Déjense, pues, correr las cuentas del Rosario entre los dedos sin pararse a analizar en qué mismo se está pensando, porque precisamente es en Dios en quien se está descansando, y es a María a quien se está atendiendo. Esto es la esencia de la oración. La oración es un estado más que un recitado.

Al rezar el Rosario los Misterios nos sirven unas veces como telón de fondo, otras como escenario. De aquí que, buenos o malos para meditar, sin quererlo, expresamente vamos aprendiendo los Misterios. Ellos nos van trayendo situaciones fotográficas con el material de oídas o de vistas que hemos reunido en nuestra mente cuando nos hemos informado de ellos. Por otra parte, la gracia se apropia de este conjunto de cuadros y sucesión de escenas, dándoles interés y fuerza fructífera.

Esta operación no debemos complicarla. El Rosario debe seguir siendo cosa sencilla. Su idea principal es conversar con nuestra Madre acerca de su Hijo, de Ella y de todos los elementos de Salvación. Rezamos el Padrenuestro en absoluta unión con Ella. Luego nos entretenemos unos ratos con Ella apoyándonos generalmente en las palabras que le vamos diciendo. Y al fin de cada decena Ella reza el Gloria con nosotros como lo hizo con Santa Bernardita, en Lourdes, ¿os acordáis? Todo el que reza el Rosario llegará a tener una idea completa y viva de la Historia Sagrada del Cristianismo; y vuelvo a decir que esta base es necesaria para toda oración. En efecto, ¿qué de bueno pueden tener las oraciones si no descansan sobre certidumbres doctrinarias?

Como ejemplo de los resultados negativos de un Rosario rezado con excesivo esfuerzo mental está el caso del llamado Rosario Alemán. A causa del piadoso propósito de hacer meditar al pueblo durante todo el rezo, se ha insertado en cada cuenta el tema del Rosario, pero entonces las 5 decenas emplean 35 minutos. En consecuencia el Rosario ya no se reza en Alemania, con excepción de la Legión que emplea el método ordinario. Esto justifica el dicho común de que lo perfecto es enemigo de lo bueno.

Lo que propugno es, pues, que el Rosario es un tesoro con el que debemos encariñarnos más y más. El Rosario combina una multitud de elementos, entre los cuales se yergue María como Madre de la Iglesia y de cada alma y de los mismos ajenos de la Iglesia. El Rosario cumple bien su cometido de enseñarnos la religión cristiana y de inducirnos a orar. Si se hiere al Rosario, el puesto de María sufrirá mengua, y por lo mismo se menguará también nuestra oración, porque ninguna otra oración logrará sustituir al Rosario. Es lo pasado donde el vandalismo ha acabado con el Rosario. Se lo ha echado al olvido y nada se puso en su lugar. El Rosario es irremplazable.

Lo que sí me apena un poquito es la poca extensión del Rosario en cuanto al número de Misterios. Lo quisiera ver mas ampliado con otros misterios que no son menos importantes para la consideración del pueblo cristiano que los habitualmente propuestos. Los Misterios de ampliación parece que serían los siguientes:

El primero, la Inmaculada Concepción. Sorprende que este Misterio no forme parte de los 15 Misterios, y eso que es el fundamento de todos, los privilegios de María y la preparación para la Encarnación. Parece que esta falta se debe al criterio con que se seleccionaron al principio los Misterios, y que consistía en proponer misterios no sujetos a discusión. En ese entonces la Inmaculada Concepción era tema de disputa y no un dogma.

El segundo, la Natividad de María, que podría ser considerado como la primera aurora de la salvación para la tierra.

El tercero, el matrimonio de María, por ser la constitución de la Sagrada Familia, la inmediata preparación para la Encarnación, y lo que nos muestra a San José en lugar prominente, despertando en nosotros mayor devoción hacia él.

El cuarto, las Bodas de Caná, que inaugura la misión pública de Nuestro Señor que culminó en el Calvario.

El quinto, la Institución de la Eucaristía, que es la corona de todos los misterios.

Estos misterios formarían una serie más sobre las tres ya existentes.

Finalmente, esta es mi certidumbre: no hay método más maravilloso y psicológico que el Rosario para la enseñanza de la doctrina cristiana y su eficaz asimilación de parte del pueblo cristiano, con el resultado lógico final de rendimiento de culto a Dios.


 

Lo siguiente no forma parte de este artículo:
Con el Papa Juan Pablo II en 2002 se añadieron los Misterios luminosos en la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae.