El orgullo
Por FRANK DUFF
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1. San Miguel Arcángel por Ernesto Tamariz, Basílica Nuestra Señora de Guadalupe, México.

 

“En el orgullo, en el orgullo racional radica nuestro error. Todos abandonan su campo y se lanzan a los cielos. El orgullo tiene por meta las moradas bienaventuradas. Los hombres querrían ser ángeles y los ángeles dioses” (Ensayo sobre el hombre por Alexander Pope, poeta inglés)
     
Vivimos una época de arrogancia intelectual. El hombre cree que conoce todo. La causa inmediata de esto es el asombroso progreso científico de los últimos cien años. Se están investigando los recónditos secretos de la naturaleza y se están produciendo crecientes frutos. Ha ocurrido lo inimaginable. El hombre se ha lanzado al espacio, ha llegado a la luna y ha colocado allí instrumentos que ahora nos transmiten información de toda clase. Este es sólo un primer paso. Los vehículos espaciales aún no tripulados, van surcando el espacio exterior girando alrededor de los planetas, tomando fotografías de los mismos desde puntos relativamente cercanos. Después esos vehículos serán tripulados y llevarán sus cargas humanas en viajes a otros sistemas solares que durarán años y que irán a Dios sabe dónde. Esto conduce a algo extraordinario que no podemos imaginar.

Vamos penetrando también en el conocimiento de la materia. Ya tenemos una idea bastante aceptable del átomo, que es la unidad de la sustancia. Sabemos con aproximación qué sucede dentro de este cuerpo infinitamente pequeño. Conocemos que es un universo en sí mismo, que reproduce en boceto el sistema solar, del que forma parte la tierra. Nuestro conocimiento actual nos ha capacitado para tocar las fuerzas ocultas de la naturaleza. La fuerza nuclear es ya utilizada y sigue ofreciendo perspectivas de realizaciones tan enormes que nos da vértigo. El aspecto positivo de esto es que nos daría el control de una energía inmensa para poder reorganizar la tierra prácticamente a nuestro gusto. En el lado negativo se afirma que las existencias en bombas nucleares son ya en esta etapa primera suficientes para destruir el mundo.

Estos aspectos no agotan, por supuesto, lo que queda por descubrir. No es sorprendente que el hombre se pueda desequilibrar un poco. Se comporta como si él fuese la causa de ese conocimiento y de ese poder. Está convencido de estar llamado a dominar la naturaleza de una forma más amplia y de que una de sus futuras proezas será producir la vida humana, no por el medio normal de la generación, sino directamente por reacciones químicas en tubos de ensayo. A esto hay que decir que es una ironía que la ciencia piense en producir nueva vida humana, mientras que al mismo tiempo se concentra su esfuerzo en evitarla y destruirla mediante la anticoncepción y el aborto. Esta aparente incongruencia es explicable por el hecho de que los científicos no quieren realmente más vida en la tierra, especialmente si lo que produjeran pudiera ser monstruoso, quizá al estilo de Frankenstein, sin alma. Lo que sí quieren es dar una muestra suprema de su propio genio y probar de paso que la ciencia se basta para explicar el origen del hombre del universo, y que no hay necesidad de presuponer un Creador.

Se dan plena cuenta de que hasta ahora no han hecho más que montar cosas, y desean vivamente hacer algo que pueda ser llamado creación. La producción de la vida a partir de la materia inanimada tendría esa apariencia, y por eso han puesto toda su ilusión en ello. Pero es certísimo que todo lo que realicen en ese sentido no será creación auténtica de vida, tal como Dios la realiza.

Mas todo este éxito y los comentarios confiados en torno al mismo han conseguido envanecer, no solamente a los realizadores de esas maravillas, sino también al grupo general de personas que contemplan con la boca abierta. Estos pasan por alto el hecho de que todo lo que se ha hecho lo ha sido en el orden mecánico. El hombre va ahondando solamente, como un minero, en lo que está ya ahí, y se dedica a ello desde que fue puesto sobre la tierra. Ha ido averiguando cosas que estaba destinado a descubrir. El no hizo las diferentes materias de la ciencia. Únicamente descubrió sus propiedades, y las utilizó. El vuelo consiste sólo en la utilización del poder de soporte del aire, lo mismo que el barco se basó en el del agua. La cámara fotográfica, la televisión, etc., proceden de un conocimiento de las leyes de la luz. El viaje por el espacio depende del conocimiento de las leyes de gravedad y atracción. La electricidad estaba ahí de siempre, manifestando su presencia de formas dramáticas y pidiendo prácticamente ser utilizada. Y así sucesivamente.

No hay creación en todo eso. Solamente un descubrimiento progresivo. El hombre ha estado caminando por una senda marcada de antemano. Va únicamente juntando elementos de forma más ambiciosa que la que usó para hacer antes un hacha, una rueda, un arco y una flecha, o para utilizar posteriormente el vapor, la electricidad y los diferentes rayos. El hombre no hace más que recoger esas cosas y aprender a explotarlas. Va recorriendo su camino a través de un complejo sistema de fuerzas y de leyes, que existían desde el principio de la creación. El no ha hecho ninguna de ellas. No ha hecho ni su propio cerebro, que es el medio con que ha realizado esa competente investigación. Ni siquiera tiene una pista sobre cómo funciona ese cerebro, ni por qué o en qué es diferente al cerebro de los animales.

El hombre se enorgullece de sus inventos, como si fuesen creaciones suyas. También llegaría a pensar, por su forma de hablar, que fue un solo individuo quien ha llevado a cabo la totalidad del descubrimiento, Como si éste no fuese el producto de una cadena de hombres, cada uno de los cuales ha añadido algo a lo recibido de los que le precedieron. Uno de los rasgos más fascinantes de la humanidad es la incapacidad del individuo aislado. Cada uno necesita la cooperación de muchos en cualquier tarea de construcción. No parece que nadie haga un descubrimiento completo, aunque pueda presentarse así. Puede hacer funcionar algo que los anteriores de la cadena no consiguieron, y por eso es aclamado como el inventor. Mas todo lo que hizo en realidad fue poner el último ladrillo o encajar el tornillo que faltaba.

Cuando se contempla el resultado final, si en verdad hay una finalidad en él, se puede generalmente ver con claridad que el resultado era inevitable desde el comienzo, que era parte del plan de Dios, y que desde el principio de la Creación todo ese proceso de inventos estaba destinado a servir al hombre en general. No es una casualidad feliz, sino parte del método divino de que sea el cerebro humano el que los desarrolle.

Una mente directora, que no era la del hombre, había concebido originariamente aquel objetivo, y lo había manifestado a esa larga cadena de investigadores poco a poco, punto por punto, eslabón a eslabón. A cada uno se le reveló una nota de inspiración o un aspecto de una ley. En toda esa cadena de descubrimiento tan laborioso e ingeniosamente conjuntado no hubo nada que pudiera ser llamado creación. Fue todo un proceso de descubrimiento, conjuntación y configuración.

Pero al hombre no se le puede obligar a ver todo esto. Se ha convencido de que es una especie de creador, aunque no tenga idea de cómo ha comenzado a existir toda la materia del universo, ni cómo nació su complejo y armonioso sistema de leyes. Lo supone, como si fuese un asunto secundario, sin importancia, y sobre él, como sobre un cimiento, prosigue su partecita de construcción como si fuese de la misma categoría que la Creación primera; como si él fuese un nuevo creador, que toma posesión de su cargo de manos del que se retira.

Desde luego la desviación de esa forma de pensar es colosal. Es en cierta manera igual que si una araña, que ha hecho su telaraña en el rincón de una habitación, cree que ha construido toda la casa. La tragedia de esto es que el hombre, habiéndose colocado en ese puesto central, es incapaz de aceptar el relato cristiano.

Y aquí creo que empezamos a vislumbrar lo que ocurrió hace muchísimo tiempo en la caída de los Ángeles. Para nosotros es casi inconcebible que aquellas brillantes inteligencias, tan cercanas a Dios y tan superiores a las nuestras para comprender la infinita distancia que los separaba de Dios, se encontraran afirmándose contra Él, como si hubiese cierta igualdad. A nosotros nos es posible comportarnos de forma tan ridícula, porque conocemos tan poco, que podemos decirnos que Dios no existe. Pero los Ángeles estaban más cerca de Él. Según el cuadro que presenta la Escritura, estaban tan cerca que podían hablarle cara a cara. A pesar de todo, insistieron en su punto de vista.

El hombre científico ha entrado en un estado de ánimo semejante. Dios le ha permitido desempeñar su papel en el despliegue gradual de las maravillas del mundo, pero se ha identificado hasta tal punto con el proceso, que se imagina ser el director en vez del aparato proyector. Con esta concepción deformada de su papel se está acercando peligrosamente a los pasos dados por Lucifer.

Examinemos humildemente esa misteriosa situación de los ángeles rebeldes y la semejante de nuestros primeros padres.

¿Por qué actuaron tan incomprensiblemente? Quiero dar una explicación basada en nuestra propia forma de comportarnos.

En el momento en que descubrimos tener talento o tan propio como tenemos el poder en nuestras manos, nos enorgullecemos de ello. Nos creemos iguales a aquellos que antes parecían estar por encima de nosotros. ¡Lo que tenemos de otros, nos pertenece! ¡Todo es fruto de nuestras cualidades! Nos hemos hecho orgullosos en el sentido teológico de la palabra. Somos autosuficientes. Estamos convencidos de que, si se nos diese autoridad, revolucionaríamos lo que nos rodea.

Argumentando a partir de esta peculiaridad mental nuestra, diría que es la misma falta de equilibrio, por supuesto en una forma más grave, pues tenían mayor inteligencia y más control de su voluntad que nosotros, lo que hizo caer a nuestros primeros padres. Debieron ser personas extraordinarias, al proceder sus cuerpos e inteligencia directamente de las manos de Dios, no manchadas por el pecado, de inigualable perfección. Eran íntimos de Dios y la Escritura nos refiere cómo conversaban con Él. Él tenía planes especiales para ellos. Podemos estar seguros de que disfrutaban de singulares poderes. Los había colmado de bienes. En esa situación podemos ver una semejanza lejana con los mas privilegiados de entre nosotros, y podemos razonablemente trazar una línea desde nosotros hasta Adán y Eva y ver que se dejaron arrastrar, como nosotros lo hubiésemos hecho, por su aparente grandeza. Se apropiaron los dones que Dios había derramado en ellos, y en un instante el filo de una injusta independencia había penetrado en ellos. ¿Independencia de qué? Independencia de Dios. Creyeron que eran capaces de tener sus propios juicios y de mantener una opinión distinta de la de Dios y de insistir finalmente en ella.

Esa fue, según pienso, la manera en que les vino la prueba. Se habían lanzado por la pendiente deslizante del orgullo, y cayeron en el terrible fondo.

Y a continuación aplico el razonamiento a los ángeles rebeldes. Ellos también se bañaron en el resplandor de Dios. Sus dones y facultades superaron en mucho a las de Adán y Eva. Tuvieron un entendimiento sin par, que abarca todo conocimiento. Podían moverse por el espacio con la velocidad de la luz. Podían hacer lo que quisieran con el poder que Dios había puesto a su disposición. ¿No podemos concluir que su caída se debió a los mismos elementos que hicieron caer a Adán y Eva?

Creyeron realmente, a pesar del sentido común de que estaba dotada su inteligencia, que tenían una posición particular; que podían afirmarse frente a Dios. No llegaron a comprender su total dependencia de Él, y esta incomprensión se convirtió en orgullo. Su suerte fue como la del barco que arrastra el anda y va contra las rocas. Dejadme que aclare aquí las cosas. No es orgullo reconocer que tenemos unas cualidades. Sería falsa humildad fingir no tenerlas si las tenemos.

2. Otro de los extraordinarios cuadros de Gustavo Doré: Satán en concilio. Es legítimo alegrarse de tener unos dones y de ser utilizado por Dios para fines importantes. Pero esto es totalmente distinto del orgullo que consiste en gloriarse en esas cosas como si fuesen posesión exclusivamente por lo que no estamos obligados a nadie y que podemos usar como creamos oportuno. Esto es orgullo total.

Esa postura de independencia frente a Dios es lo que constituye el orgullo. Es una locura tan grande como la del electricista que proclamase ser autor de la luz y de la fuerza que él solamente dirige.

Esta ofensa pone al alma en una relación tan incorrecta para con Dios, que Él tiene por el mismo bien de esa alma que hacérselo ver de alguna manera, normalmente por la disminución de lo que le ha estado dando.

Si leemos a la luz de lo anterior aquel pasaje del Manual sobre la humildad que normalmente se comenta de forma jocosa, aparecerá como de primera importancia, quizá como lo más importante de todo. En cierto sentido es la piedra angular de la Legión, pues sin humildad verdadera nuestro trabajo no vale nada. Sería solamente un ejercicio del yo, y la búsqueda del propio yo es apartarse de Dios. Ese primer pecado original, fue una afirmación del yo. Nuestros primeros padres habían recibido el más solemne mandato de evitar una cosa, y aparentemente una única cosa. A pesar de todo, por increíble que pueda parecer, ellos fueron y desobedecieron el mandato. Además lo hicieron con un grado de deliberación y determinación que no interviene en nuestras transgresiones; pues su naturaleza no era una naturaleza caída, y tenía un perfecto control de sus pasiones, cosa que no ocurre con nosotros. No somos los autores, sino las víctimas del pecado original, que ha oscurecido nuestra inteligencia y debilitado nuestra voluntad. Nuestra resistencia es débil y caemos antes de ser tentados.

No era ése el caso de ellos tenían capacidad plena de escoger. Además hay una leyenda que encontraréis en el “Paraíso Perdido”, de John Milton, que describe a los ángeles caídos enterándose de que Dios iba a crear un nuevo orden de seres que llenarían los lugares del cielo que ellos habían perdido. El sentimiento normal de envidia es horrible y empuja a las personas a hacer cosas extremas. Pero en aquellos ángeles habría sido como un fuego devastador. La idea de que otros ocupasen sus sitios era insoportable. Tienen que hacer algo. Milton describe la celebración de un consejo de guerra y la decisión tomada de desbaratar, como sea, el nuevo plan de Dios.

Se envían exploradores al espacio para descubrir la nueva creación. El libro muestra una valoración precisa de lo que representa el espacio, aunque fue escrito hace más de trescientos años. Viajando a la velocidad de la luz, esos espíritus tardan mucho tiempo en escudriñar el universo.

3. La conferencia con el Ángel Rafael. Otro cuadro de Gustavo DoréPor fin llega a su conocimiento la existencia de nuestro pequeño planeta y son encontrados nuestros primeros padres. Satán es enviado a negociar con ellos. La narración de Milton y las exquisitas ilustraciones de Gustavo Doré, que adornan las ediciones caras del libro, muestran a Satán llevando a cabo un cuidadoso reconocimiento, lo que las novelas policíacas llamarían “estudio detallado del lugar”.

El método adoptado está basado en su propia experiencia. Emplearán contra Adán y Eva los mismos medios que fueron su ruina, es decir, el de orgullo. Había sido tan eficaz en su caso, que difícilmente podría fallar contra seres a quienes consideraban muy inferiores. Por eso el plan era el de arrastrar a Adán y Eva al orgullo y a la desobediencia.

Hasta aquí la narración de Milton sigue a la tradicional, pero en este punto introduce algo original. No sé si se basa en una leyenda o si es un adorno suyo. Dios llega a ser sabedor de la conspiración y envía al Arcángel Rafael al paraíso para hacer una solemne advertencia a la pareja amenazada. Uno de los cuadros muestra la conferencia entre ellos y el Arcángel en unos parajes de incomparable esplendor.

La idea de esta advertencia, revistiera o no esta forma, es buena, porque subraya el aspecto esencial de que si Adán y Eva hubiesen estado en un peligro de tal clase, hubieran sido alertados contra él de una u otra manera. No hubiera sido conforme el obrar por parte de Dios dejarlos como dos niños expuestos en el bosque a los engaños de seres inteligentes totalmente malos y astutos; pues en esto se habían convertido aquellos antiguos ángeles de luz en el momento en que se separaron de la gracia de Dios. Es completamente cierto que aquellos primeros seres fueron advertidos y preparados para la prueba a que iban a ser sometidos con permiso divino.

La solemnidad de aquel único mandamiento al que habían sido sometidos quedaría más acentuada. Podemos estar seguros de que los dos escucharon atentamente e hicieron firme promesa de su lealtad a Dios. Pero, a pesar de todo, fallaron. Cometieron la grave ofensa de una desobediencia abierta e inexcusable. Era de nuevo el caso de la caída de los ángeles y por la misma causa. ¡Ellos sabían más! ¡Esta era una situación en la que se sentían capaces de juzgar mejor que Dios! ¡Su mandamiento no había tenido en cuenta aquella situación especial en que la serpiente les había puesto! ¡Esto era algo especial! Por supuesto lo habían discutido entre ellos de modo casi convincente. Realmente Dios porque se trataba de Dios no podía ver las cosas desde su punto de vista. ¡Si lo hiciera, comprendería y estaría de acuerdo!

Esto parece ridículo, pero es precisamente la forma como razona el orgullo. El orgullo nos dice que nosotros sabemos que somos los más calificados para juzgar y que debemos insistir en nuestra opinión.

Ese fue el pecado original y toda la economía cristiana tiene origen en él. Pero es una historia demasiado sencilla para ser aceptada por muchas potentes inteligencias modernas. Si se hubiese propuesto como un oscuro proceso psicológico debidamente adornado con las palabras acuñadas al uso, podría ser que estas mentes condescendiesen en aceptarlo. Pero no de esta manera.

El orgullo es independizarse de Dios, lo cual puede llegar a tomar una postura de oposición frente a Él y nos puede aislar de Él tanto como la goma nos aísla de la electricidad.

A causa de nuestra debilidad, no nos es fácil a la generalidad de los hombres equivocarnos en un grado tan lamentable. Pero podemos caer en grados menores de orgullo. Poco podemos contra Dios. Podemos reclamar como nuestro lo que nos esté dando. Podemos despreciar el darle la debida gloria. De ese modo impedimos que Él nos dé a nosotros. Nos protegemos del sol de la gracia y nos quedamos fríos en la oscuridad, desamparados.

No es ésa la voluntad de Dios. Quiere darnos todo. Se servirá de nosotros para sus fines si se lo permitimos. Pero debe haber una compatibilidad entre Él y nosotros para que Él actúe plenamente en nosotros. Esa compatibilidad consiste en el reconocimiento, por nuestra parte, de nuestra relación real con Él, que es de total dependencia. Somos esencialmente malos. El bien que hay en nosotros es don suyo. Si nos atribuimos ese bien y sus efectos, no hacemos más que satisfacer nuestro orgullo y convertir de esa manera el don y la gracia en nuestro daño; por eso Dios tiene que retirarnos por nuestro bien esas cosas. No entra en sus planes realizar nada importante a través de nosotros, si va a resultar veneno para nuestras almas.

Por eso a toda costa debemos evitar la más ligera actitud de independencia de Dios. Debemos ver su acción en todo lo santo que llega a nosotros. Esto establece la compatibilidad que nos capacita para desplegar su poder en nosotros.

Hay, no obstante, una exigencia más. Es que se permite a la Santísima Virgen entrar en nosotros, pues es prerrogativa particular combatir el orgullo. Así como la serpiente fue la morada y el símbolo del orgullo, así fue Ella la encarnación de la virtud contraria. Por eso Dios comenzó a cambiar de sentido la victoria de la serpiente sirviéndose de Ella. Su plan dependía de Ella, ya que era el único ser en quien no dominaba el orgullo. Dios edificó sobre su perfecta humildad y pudo por Ella emprender la obra de la Redención de todo el género humano.

De forma distinta su papel sigue siendo el mismo. Entonces era la Sirvienta y ahora es nuestra Madre. Continúa aportando al plan de la Redención el elemento vital de la dependencia de Dios, de la compatibilidad con Dios, que llamamos humildad. Dios nos comunica ese elemento por medio de Ella y no de otro modo.

Esto es válido hasta tal punto que yo pienso que la marcha descendente hacia formas más graves de orgullo comienza siempre y sigue por una actitud de suficiencia hacia María. A pesar de la declaración inequívoca de su función, hecha por el Concilio Vaticano, los elementos progresistas siguen desestimándola. El fin de esa política es tristemente cierto. Ofrecer campo abierto al orgullo, que es grande en ellos y que actuará tan regularmente como la ley de la gravedad. Terminará por despreciar la misma fe.

Dios comenzó su plan total de Redención asentándolo sobre Ella, como cimiento. Sabía que no interferiría ni desviaría ningún rayo de su gracia; que daría tan plenamente como había recibido. Esa es la razón primera por la que pudieron ser utilizados sus servicios para salvar al mundo. La misma ley se aplica a nosotros en la debida medida. Si queremos transmitir lo que recibimos sin apropiarnos nada, se nos darán igualmente grandes gracias. Jesús y María desean vivamente asociarnos consigo en la tarea de espiritualizamos y de salvar al mundo, pero la condición indispensable es que no nos apropiemos la gloria de Dios en el menor grado.

Ahí se halla la fórmula breve que puedo presentar para hacer algo de nuestras vidas. No puede fallar, si se hace uso de ella.


 

Imágenes de este artículo:
1. San Miguel Arcángel por Ernesto Tamariz, Basílica Nuestra Señora de Guadalupe, México.

2. Otro de los extraordinarios cuadros de Gustavo Doré: Satán en concilio.

3. La conferencia con el Ángel Rafael. Otro cuadro de Gustavo Doré.