El núcleo vigoroso
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org

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Dando una mirada al mundo, da pena ver la lucha en que se hallan empeñadas la religión y la verdad para subsistir, mientras, por el contrario, el mal florece como por encanto. El Cardenal Newman hace una investigación de este fenómeno y saca de ella un par de notables argumentos. Con el primero de ellos debemos encontrarnos de acuerdo porque es justamente una base de la posición cristiana. El argumento afirma que esta fuerza universal y la prevalecencia del mal es la prueba visible del Pecado Original. Y explica adecuadamente la razón de parecer la atmósfera misma del mundo toda saturada del mal, y el poderoso dominio de todo lo malo. Si negamos el pecado original, dice el gran Cardenal, que se nos diga entonces, de dónde proviene esa extraña potencia del mal. ¿Cómo se la explicaría? Y llega a juzgar que se trata de un argumento incontestable hasta el punto de formar a base de la posición cristiana.

Respecto a su segundo argumento, no estoy muy de acuerdo. El discute la siempre presente debilidad de la Iglesia, siempre padeciendo y fracasando y decayendo en persona de sus miembros. Sus momentos de debilidad son muchos y hasta incesantes. Sus momentos de triunfo son pocos. El vivir luchando en esa constante miseria parece ser la característica de su vida. Sólo al fin del mundo comenzará el tiempo de la victoria.

Espero no estar exagerando un poco su argumento, pero debo decir que no me siento cautivado por su idea. Por otra parte no quiero que se interprete esto como que sugiero que todo debería ser éxito y triunfo. El mal es demasiado real para hacerse esta ilusión, y nuestra debilidad humana es demasiado considerable para creer en un triunfo total. Lo que no acepto de ningún modo, es creer que la Iglesia no está presente sino por la debilidad y el sufrimiento y que es una gran hazaña que sobreviva.

Y con todo, parece que no es otra cosa lo que está pasando. Al dar una mirada al pasado, vemos a todas las venerables naciones cristianas debilitarse en su curso y luego decaer en la fe que han ayudado a edificar. Tan pronto como una comunidad cristiana aparece lanzada exitosamente en una carrera de crecimiento y conquista, se hacen presentes de inmediato esas debilidades, a modo de freno y carga. Entonces, la lucha sólo atiende a la supervivencia, y el programa cristiano se convierte en un asunto de puro devocionismo; lo que nos hace creer que en la estructura de las naciones y de las comunidades se han omitido, por cierto, elementos vitales o se han construido algo así como con madera que pronto es destruida por las hormigas, o con hierro que no se tomó la precaución de hacerlo inoxidable. De ahí que pronto se vengan al suelo o haya que ignominiosamente sostenerlas a fuerza de puntales.

Mírense todas las comunidades cristianas de hoy y se encontrará que están luchando una batalla inevitablemente perdida, sin ser capaces de mantenerse como una realización cristiana. No se las ve sino organizarse entre las convulsiones de una verdadera anarquía.

Pero en lugar de conformarnos con el argumento de que tal cosa es consecuencia inevitable del Pecado Original, consideremos por un momento si nosotros, los cristianos, estamos cumpliendo realmente con lo que debemos hacer. Lo que quizás descubriremos es que el mal ha hecho lo suyo con fidelidad y perfección, mientras que el bien no. En otras palabras, que lo que estamos culpando a un complejo sobrenatural o sicológico es simplemente debido a nuestros propios defectos. Lo que puede estar básicamente errado son nuestras normas católicas.

Apartándome ahora de esta amplia mirada, me limito a un punto del Manual que puede tener vital orientación. Toda la fuerza de su mensaje está quizás obscurecida por estar expuesto en forma de anécdota. Se trata de la conversación entre San Pío X y un grupo de Cardenales. El Papa les pidió le expongan sus opiniones sobre lo que consideraban más necesario para salvar la sociedad. Cada uno de los Cardenales dio su propia respuesta a la pregunta; todas fueron diferentes. Uno dijo, construir escuelas católicas; otro, multiplicar iglesias; otro, promover vocaciones para aumentar el clero; otro, fomentar la prensa católica. No, decía el Papa a cada sugerencia. Una vez que todos habían hablado, el Papa afirmó: "Lo más necesario es tener en cada lugar un grupo de seglares virtuosos, instruidos, decididos y verdaderamente apostólicos".

El Papa Pío X.


Aquí tenemos que preguntar por qué, según el juicio del Santo Pontífice, las iglesias, las escuelas, el clero y la prensa serían cosas secundarias. Y es porque el Papa estaba formulando un principio religioso de primera magnitud: estaba dictando una ley para el influenciamiento de grupos humanos. Ahora estudiemos por qué nada podría ser más importante.

Actualmente la Legión ha hecho suyo este principio y gran parte del éxito de la Legión proviene de la fuerza de este principio. Nosotros debemos examinarlo para ver por qué. Toda población, grande como una nación o pequeña como una aldea, es esencialmente pasiva en su naturaleza y fácil presa de los elementos activos que hay en ella; como éstos son muchos y diferentes, y su interacción en la comunidad es un proceso complicadísimo, no puedo pretender hacer un análisis. Aun más, muchas de esas influencias son ínfimas y se anulan unas a otras. De modo que, más bien, voy a reducir todo ese cúmulo de fuerzas a la simple lucha entre el mal y el bien.

Un praesidium de la Legión de María en Austria.


En una comunidad cualquiera, por buena que sea, no dejará de darse un elemento de maldad; pero por un fenómeno extraordinario de contraste, ese elemento del mal será intensamente activo, grandemente decidido y entregado a su tarea de maldad con verdadero entusiasmo. No así el bien. A veces en el caso de una comunidad buena, ese cuerpo del mal puede ser relativamente pequeño y puede obrar bajo falsas apariencias. El que el mal sea pequeño y escondido no debe engañarnos pensando que su influencia es despreciable. No, es más bien grande, porque los meros números comparados con la intensidad son como la materia comparada con el espíritu. Ese pequeño grupo destilará veneno y se dará modos para irlo derramando poco a poco por toda la comunidad, con resultados destructores. A todo el mundo se le imputará más intenciones; toda autoridad y todo canon de decencia serán declarados transgresores de la libertad del individuo; todo lo que se ponga por encima de las concepciones materialistas es el blanco de burlas, de tal manera que se hace imposible hablar con acentos de idealismo. Los creyentes son apodados de esclavos de los curas, retrasados mentales, víctimas de la superstición. La religión es tratada de un buen negocio para hacer dinero, y aún más, que la ciencia ha probado la falsedad de la religión y sólo un lunático o un necio podría ser religioso después de semejante juicio de la ciencia; y tantas otras cosas más.

En los lugares que todavía permanecen bastante buenos, la gente se queda tranquila con despreciar aquella propaganda como trivial en magnitud y en efectividad. Esto podría ser un costoso error, porque esa campaña de ningún modo es ineficaz; muy al contrario, es tan efectiva que es casi seguro que prevalecerá.

Pero ¿por qué ha de ser así? ¿Dónde está la tendencia contraria en esa comunidad? ¿Qué se ha hecho el núcleo bueno cuyo oficio es estar codo con codo con el mal para oponérselo? Desgraciadamente lo bueno generalmente estará ausente. No habrá nada que pueda ser descrito como núcleo equivalente al que hemos estado considerando, aunque haya buenas influencias. Yo hago una distinción entre una buena influencia y los núcleos vigorosos porque hay una radical diferencia. En la práctica no habrá nada que merezca el nombre de fuerza con excepción del mal. El campo será abandonado a él y éste acabará por hacer de las suyas. En la ausencia de una verdadera contra-potencia en la comunidad, esa bebida del maligno se rezumará en las mentes, enfriará las lealtades, despertará prejuicios, sembrará dudas, envenenará las mentes de la comunidad e introducirá un orden anticristiano.

Todo esto será una simple operación en la ausencia del núcleo de potencia. Ahora quizás veremos la razón por la que Pío X dio tanta importancia y prioridad a ese núcleo consagrado, anteponiéndolo al clero, las iglesias, las escuelas y la prensa. Si el mal no es detenido por un núcleo bueno irá neutralizando todo lo que las otras fuerzas puedan realizar.

Después de todo lo dicho, no hay duda ante todos reconocerán
Frank Duff, fundador de la Legión de María.la necesidad de un núcleo consagrado en cada comunidad. Sólo que es más fácil proponerlo que hacerlo. Todo el mundo acepta esto en principio, pero tan pronto se llega al "cómo" y al "qué", las dificultades se presentan.

Lo que desconcierta es que las dificultades parecen salir al paso sólo al bien, en tanto que el núcleo del mal surge casi espontáneamente y se propaga como de por sí. Y eso es así en función de sus ideas naturales y porque está más seguro de sí mismo. El mal pensamiento posee una atracción que el espiritual no logra tener; así, esa creencia es vulnerable a la incredulidad.

La creación de un núcleo vigoroso es un problema porque no es suficiente ser bueno solamente; tiene que ser también una fuerza. Hay muchas influencias, sociedades y grupos buenos, pero son pocos los que pueden ser llamados fuerzas.

Y aquí llego al punto principal. Yo creo que el praesidium es un material preparado para ese núcleo. El praesidium parece tener una aplicación universal: puede realizar las más humildes ocupaciones que miran al cuidado pastoral de las almas; puede introducirse en un sector económicamente arruinado y desespiritualizado y producir un rápido mejoramiento; puede ayudar a evangelizar las naciones y una de sus ambiciones es tomar parte en la obra de devolver la religión a Rusia! Y todo esto lo hace no por un mágico secreto de su propiedad, sino porque sabe la manera de poner la doctrina católica del Cuerpo Místico en una detallada y determinada acción.

Un praesidium juvenil de la Legión de María. Ver la foto amplia...


Pero la presente intención no es la de discutir el praesidium como solución de problemas o agencia de conversiones, o como un mecanismo apostólico, sino en su aspecto especial de núcleo de potencia, o sea como la acción de combate en una comunidad, contra el núcleo subversivo y anárquico del mal. Para ilustrar esta afirmación he tomado algunas situaciones muy importantes que, en verdad, difícilmente habrían sido más excelentes. Incidentalmente, es de observar que las mayores probablemente contendrán las menores. Si la Legión es capaz de trabajar en esos gigantescos problemas, es fácil presumir que puede trabajar con igual éxito en tareas más sencillas. Cito los casos de China, Kerala, Ceilán y el Congo. En cada uno de esos lugares la Legión comenzó su carrera, que estuvo destinada a ser tan dinámica, con un sólo praesidium, sin ningún valor a los ojos mundanos. Pero en pocos años se halló en la posición de núcleo vigoroso, en combate abierto contra fuerzas poderosas, las que resultaron ser también núcleos de potencia con tal ímpetu de crecimiento que se tomaron el poder y fueron dominando sus respectivas situaciones.

En uno de esos casos, en la China, la Legión fue combatida a muerte. La victoria lograda sobre la Legión sólo fue posible por la deslealtad del Gobierno a sus principios. Este punto merece especial atención porque es el más importante. Porque ¿cómo puede cualquier organización, aún una nación, pretender y proclamar haber triunfado si ese triunfo ha sido obtenido en abierta oposición a sus fundamentales principios? Un cuerpo así no puede exigir respeto; obviamente, es incapaz de tener responsabilidad, y no puede menos que desmoralizar a aquellos sobre quienes tiene autoridad.

Cuando la Guerra Civil terminó, el comunismo se vio indesafiable con un control total sobre la población, de modo que juzgó que podría actuar en términos de libertad y tolerancia. En la Constitución constó la declaración de libertad religiosa, lo que significaba que los misioneros y la Legión podían trabajar libremente, y esto lo hicieron con tal eficacia que las conversiones se multiplicaron, atrayendo entonces la preocupada atención del Gobierno.

Pero podemos hacernos una pregunta: ¿Por qué se inquietaban ante la conversión de algunos miles al cristianismo? ¿Acaso no tenía en sus manos incontables millones de gente y toda la maquinaria de adoctrinamiento e influencia? Pero estaba preocupado y tenía razón para ello. El Gobierno no levantó a la multitud contra las conversiones, sino a los legionarios contra su propio círculo interno de afiliados convencidos. Ellos comprendieron el principio del núcleo consagrado. Por esto es que el comunismo trabaja sobre ese principio. Los comunistas vieron que en la Legión, de más o menos cuarenta mil miembros, se estaban enfrentando con una fuerza igual a la suya, por lo cual se sintieron inseguros y pensaron: "Estamos perdiendo la batalla de ideas". Y perdieron sus nervios hasta traicionar sus profesiones de libertad general y religiosa. Se quitaron su máscara de legalidad y recurrieron al asesinato al por mayor. Ese comienzo con los legionarios los precipitó a una pendiente resbaladiza y acabaron haciendo el holocausto humano más grande de la historia.

Es vital hacer nuestra esta lección. El comunismo no se cansa de afirmar que sus ideas son tan buenas, tan necesarias para la humanidad que basta que sean propuestas para que prevalezcan. Pero cuando encontraron que otro idealismo no sólo fue capaz de hacerles resistencia sino de avanzar por sobre ellos, dejaron a un lado su alarde de dialéctica y métodos pacíficos, y en la forma más inconsistente y cobarde invocaron los plenos poderes del Estado. Pero declararon que los legionarios no eran reprimidos por razones religiosas, sino porque eran reos de alta traición. ¿En qué forma?

Algunos años atrás, un simpatizante comunista solicitó expulsar a la delegación china en un Congreso Internacional y les reprochó la incorrección de su conducta respecto a la Legión. Argumentaba que el mundo entero miraba ese trato como un ataque a la religión, contrariamente a su Constitución, y que esto había hecho un daño incalculable a la causa del comunismo. La airada defensa de la delegación fue que había sido necesario un trato drástico a la Legión porque fue culpable de alta traición. Su réplica fue: "La Legión de María no podía haber estado ofendiendo a la Constitución sólo porque ustedes han pronunciado un edicto especial declarando a los miembros de la Legión reos de alta traición, condenada con la muerte. Ustedes declararon a la Legión rea de alta traición porque sus avances eran superiores a los suyos".

He traído esta página histórica para probar lo que estaba sosteniendo anteriormente, es decir, que lo que cuenta en la multitud no es sólo el número sino núcleos ardorosos. El núcleo del mal triunfará sobre la inercia, aun sobre una virtuosa inercia. Pero un núcleo del bien prevalecerá sobre un núcleo del mal.

En ese caso ellos ganaron una victoria dudosa, si bien mediante métodos de barbarie. Quiero ocuparme también de otros casos en los que el comunismo salió victorioso a pesar de poseer autoridad y de emplearla en forma cruel. Me refiero a Kerala y Ceilán. En estas regiones el comunismo se adueñó del poder en forma tan completa que todo parecía perdido; pero en cada una de esas regiones la Legión estuvo presente en mayor escala que en la China. La Legión suministraba un poderoso fermento de firmeza de espíritu que finalmente se comunicó de por sí a toda la población. La persecución y la fuerza fueron inadecuadas para extinguir ese espíritu, y más bien, esos Gobiernos fueron derrocados y echados al exilio. Era la primera vez que tal cosa les sucedía a regímenes comunistas reinantes.

Otro ejemplo. Cuando la insurrección se desató en el Congo, los elementos antireligiosos se pusieron a explotar este eslogan: "Fuera el colonialismo y la religión colonial". Lo normal hubiera sido que esto prendiera en un pueblo inflamado por la crisis y que el catolicismo corriera el destino de la expulsión. Pero el principio de núcleos animosos había dado ya sus frutos. Los cuatro mil praesidia congoleses se rieron de la idea de que su amado catolicismo fuera colonialismo, y así la Iglesia se hizo allí más fuerte que nunca.



Y aquí surge un pensamiento intrigante: de no habernos sido adversas desafortunadas circunstancias, con disponer de veinte años en la China para organizamos, hubiéramos llegado a ser tan fuertes como la camarilla interior del comunismo cuando llegó al poder. En ese caso sería razonable suponer que lo que sucedió en Kerala y Ceilán se hubiera repetido en la China. Esto es, que el Gobierno habría sido expulsado y la historia del mundo ciertamente habría sido alterada.

¿Quién no ve que este relato del núcleo vigoroso justifica ampliamente el aserto del Papa Pío X? De modo que un lugar sin un cuerpo de ardorosos católicos está en el más grave peligro, porque allí la fuerza del mal se pondrá a la obra incuestionablemente y prevalecerá, si es que algo más potente no le opone resistencia.