El lenguaje de la fe por signos
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


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Dios en todo momento conserva las cosas -incluso las personas- en la existencia, y ello en un espíritu de amor infinito. ¿Carece por lo mismo de razón suponer que en todo tiempo nos está dando indicaciones sobre lo que quiere que hagamos tanto en nuestra vida personal como en nuestras relaciones con los demás? En cuanto a nuestra vida privada, no necesita Dios tanto estarnos dando señales especiales, porque su voluntad está manifiesta en los deberes de estado. Pero en lo que mira a los demás, tiene Dios que hacernos alguna indicación y arreglo porque es propio de nuestra débil naturaleza actuar egoístamente y mantenerse alejada de toda intervención en la vida espiritual de los demás. Por eso en lo concerniente a los demás. Dios no tiene que hacer más que dejarnos a nuestra propia iniciativa. El tiene que intervenir un poco, facilitar entradas, hablarnos en lo que lo llamaría el lenguaje por signos de la fe. Si estamos atentos, y si entendemos algo este lenguaje, descubriremos que las invitaciones a la acción se presentan a cada trecho de nuestro gran camino de la vida.

Lo notable en este proceso de divinas indicaciones es la deliberada aparición en escena de María. Por supuesto no se puede olvidar que Ella está realmente siempre en escena. Ella es parte del plan de Dios. Ella es la madre de todas las almas, de las que no la conocen y de las que la conocen sólo para deshonrarla. Toda operación espiritual en las almas desde el nacer hasta el morir está sometida a su maternal cuidado. Desgraciadamente este cuidado puede ser rechazado allí donde se impone el deber de invocarlo. Donde la madre no puede actuar, no puede darse sino una pérdida y quién sabe una pérdida infinita.


Por eso debemos llevarla a aquellos que dicen no necesitar de ella. Si lo hacemos, resultaría, en virtud de la unión del Cuerpo Místico de Cristo, como si la misma alma invocara la ayuda de María.

Atendemos a estas magnificas palabras de Chesterton: "¿A quién ha saludado Ella sin brindarle gracia al saludarle? ¿A quién ha tocado Ella sin llenarle de paz?". Por eso lo primero y vital es facilitar este encuentro dador de vida entre María y cada uno de sus hijos. De modo que siempre que vuestros ojos den con una de esas extrañas señales, pedirle explícitamente a María que os guíe.

Albergue Estrella de la Mañana, en Dublín, Irlanda

Cuando hace un tiempo hablé sobre este mismo tópico a un grupo vuestro, presenté algunas selecciones impresionantes de lo que califiqué el libro de casos de la Legión. Por lo menos algunos de vosotros habréis oído esos ejemplos particulares; por eso citaré una serie diferente de episodios. Felizmente el número no es lo importante. Lo difícil no está en el hallazgo sino en la selección.

Caso N.° 1: El año anterior a la apertura del Estrella de la Mañana, vino un hermano de Inglaterra a tomar parte en la obra. Era inglés y convertido. Estaba impaciente por saborear la obra, lo que me hizo llevarle al Dormitorio "San Vicente de Paúl" en la Bride Street. Después de observarlo preguntó si había un Alojamiento del Ejército de Salvación en Dublín. Había entonces uno cerca en la casa N.° 56 de la Bride Street. Insistió en su deseo de verlo. Le dije que formaba parte del sistema de proselitismo, que los huéspedes tenían que presentar una solicitud, y que un alojamiento libre se ofrecía a los hombres que asistían diariamente a un culto religioso. Le añadí que una visita de inspección de nuestra parte no sería bien vista. Pero pensé de inmediato que al callarme yo, su magnífico acento oxfordiano le haría abrir las puertas. De modo que recorrimos la corta distancia a la posada. Era como las cuatro de la tarde y no llegaban todavía los clientes. Nos encontramos con uno de los miembros uniformados del Ejército y mi compañero le dijo que él era de Oxford (lo que era un hecho) y que estaba interesado en la obra, y que se le permitiera observar el local.

Este contacto tuvo éxito y comenzó nuestra gira de inspección. En el primer dormitorio donde entramos había un hombre en cama y nuestro acompañante nos explicó que se hallaba enfermo. Conocedor como yo de que los hombres enfermos no eran detenidos sino enviados de inmediato al Hospital, le pregunté por qué él permanecía allí. La respuesta fue que se le consideraba demasiado enfermo como para moverlo. Esto despertó muchos pensamientos en mí. Nada yo decirle que deberían pedir un sacerdote para enfermo tan grave porque tal diligencia era una práctica inaceptable por entonces. Me acerqué. Estaba gravísimo. Le pregunté su nombre; era un nombre católico inconfundible. Le pregunté sí era católico y me dijo que lo era. Le dije: "Ud. está muy enfermo, ¿no quisiera ver a un sacerdote?". Me respondió que con mucho gusto.

Después de esto proseguimos en nuestras vueltas, pero mis pensamientos volaban por otros caminos, y acorté grandemente nuestra visita. Al salir cogimos derecho la calle Francis y pusimos el caso en manos del Padre Creedon. El Padre no se demoró. Armado de los Grandes Misterios, se presentó en la posada, pero se le negó la entrada. Los que conocieron al Padre Creedon no necesitan que se les diga cómo reaccionó ante el rechazo. Si la negativa duraba, el Padre hubiera apelado a los transeúntes de la calle, lo que automáticamente habría puesto fin a la resistencia. Llegó hasta el pobre enfermo y le confortó y le dio curación, que es lo que necesitaban todos los huéspedes de la posada. Al siguiente día el hombre murió.

Este episodio tuvo lugar antes de que se me ocurriera la idea de los designios. Pero al examinarlo ahora, el designio aparece evidente en la insistencia de aquel hermano por visitar el local y en su condición de inglés que le facilitó la entrada. Nosotros fuimos sin percatarnos del designio y así hubiéramos podido no irnos. Pero si hubiéramos caído en la cuenta del designio, habría sido razonable probable que no hubiéramos podido menos que seguirlo.

Ahora el episodio N.° 2 de nuestro Libro de Casos. Hace muchos años un amigo me repitió una conversación que había tenido con cierto doctor. Este era protestante, casado, afiliado a su grupo religioso y del cual vivía en gran parte. Le decía a mi amigo que deseaba muchísimo ser católico pero que se lo impedían esas circunstancias sociales y otras; pero que si cayera enfermo, mi amigo debería estar listo para asistirle con un sacerdote. Esta conversación se me pegó como con cola en mi mente ¿Quién no dirá que fue inolvidable?

Pasó el tiempo. El doctor se retiró y se trasladó con su familia a Inglaterra, poniéndose totalmente fuera de nuestro alcance. Algunos años más tarde en Navidad, mi amigo recibió una carta de saludo de la mujer del doctor, contándole que su marido estaba desamparado y en un hospital.

Mi amigo me leyó la carta faltando poco para la medianoche de Navidad. Discutimos el asunto y acordamos en que si teníamos en cuenta las instrucciones previas del doctor, esta intimación de su enfermedad no podía ser otra cosa que una señal divina del viejo encargo impuesto por el doctor a mi amigo.

De modo que con un mapa ante nosotros, debatimos cómo podría cumplirse aquel encargo; el Padre Aedan McGrath estaba pasando la Navidad con su hermano en Deal. Le llamamos por teléfono y aunque el operador nos dijo que tendríamos que esperarle largo, le encontramos al punto. El Padre McGrath quedó en venir dentro de poco y lo cumplió. Al llegar al hospital le encontró en estado de coma cuidado por su hija, la que siendo protestante creaba un obstáculo. El Padre le preguntó si le permitiría dar a su padre una bendición. Ella accedió con gusto y se arrodilló para participar de la bendición. Con la bendición el Padre le dio la absolución apoyándose en la validez del bautismo y en su deseo declarado de hacerse católico. Más no cabía hacer en circunstancias semejantes. A los pocos días murió el doctor sin haber recobrado la conciencia.

Quiero hacer notar que la llamada repentina y urgente a medianoche al Padre McGrath rogándole que fuera a Inglaterra no se la hubiera podido hacer sin un convencimiento de que se trataba de un designio divino. Y véase cómo se cumplió esto a cabalidad. Aquel viejo encargo impuesto por el doctor a su amigo para que le proporcionase un sacerdote en su artículo de muerte se cumplió con fidelidad y con éxito.

Caso N.° 3: En los primeros días de su sacerdocio el Padre James Robinson fue capellán del Hospital de San Vicente, pero
Frank Duff, fundador de la Legión de María.vivía en su propia casa. En las primeras horas de una noche el Hospital le llamó al Padre para un hombre "moreno" herido a bala y que se moría. El Padre Robinson no se demoró ni un instante, lo que fue una gracia; pues al llegar al Hospital se le recibió con disculpas, ya que el hombre no era católico, diciéndole que luego de la primera llamada se le hizo enseguida otra para cancelar su venida, pero ya había estado el Padre de camino.

Admirado por lo raro de las circunstancias el Padre Robinson decidió ver al hombre. Le explicó que se le había llamado por equivocación, pero que tal vez podría ayudarle de algún modo. La respuesta del moribundo fue electrizante: "Ud. es la persona que necesito ver, Padre. Yo deseo ser recibido en la Iglesia. He estado aquí en Irlanda cerca de dos años. A poco de llegado se me vino a la mente hacerme católico y me puse en catequesis en la que no perseveré por inconstante, pero mi intención no se cambió nunca. Sé que mi tiempo es corto y sé también que Dios le ha enviado a mí. "A poco rato de su recepción Dios se lo llevó para sí".

Cualquier otra persona, al informarse que el hombre era protestante y que sus servicios no eran solicitados, se hubiera regresado. El Padre Robinson vio un designio y lo siguió con voluntad obteniendo resultados maravillosos.

Caso N.° 4: Este lleva el nombre de Henry O'Mahony. Después que Biddy Slicker entregó a todas sus chicas al Sancta María, ella convirtió todos sus haberes en una posada para hombres. Un día el Padre Creedon acudió a la posada llamado para atender a un enfermo. La Sra. Slicker le salió al encuentro a la puerta y le recalcó que el enfermo era especialísimo y que el Padre Creedon va a tener una muy buena tarea con él. El Padre Creedon quedó intrigado. Ese modo de hablar era raro, pero el Padre no se detuvo a examinarlo.

El enfermo era un anciano venerable con una flotante barba blanca. Al mencionarle el Padre Creedon los Sacramentos, declaró que no era Católico. Esto desconcertó por poco tiempo al Padre, pero luego advirtió éste que se trataba de un designio e iba a probarlo.

El Padre le pidió disculpas de su intrusión explicándose que la Sra. Slicker le había hecho una llamada de rutina para enfermos. Luego se dio maneras de pedirle su nombre y le preguntó si se sentía con fuerzas para una conversación. El hombre replicó que le gustaría mucho conversar, y de inmediato los dos se sintieron amigos, especialmente cuando se descubrieron ser ambos del mismo condado sureño. De modo que Henry (así se presentó desde el primer momento) descubrió su propia vida. Era un orfebre que había trabajado casi exclusivamente en hacer vasos sagrados. El sabía todo detalle sobre ellos y mucho respecto a la práctica católica en general.

Finalmente el Padre Creedon dijo que era extraño que uñó que sabía tanto sobre la Iglesia no haya pensado nunca en entrar en ella. A lo que el anciano contestó enfáticamente que había varias cosas en el catolicismo intragables. El Padre Creedon le preguntó que cuáles y Henry especificó dos. Eran ciertamente dos grandes mentiras, lo contrario de la fe católica. El Padre Creedon le demostró el contenido erróneo y le explicó la posición correcta.

Henry era incrédulo. El Padre Creedon casi le juraba que le estaba diciendo la verdad, pero al fin el moribundo quedó satisfecho. El resultado fue del todo extraordinario cuando Henry O'Mahony pidió ser recibido en la Iglesia. El Padre Creedon fue al teléfono; obtuvo las licencias necesarias y añadió una nueva alma a la Iglesia católica. Entre los presentes a la ceremonia estuvo Biddy Slicker que había sido un elemento tan básico en todo el proceso del designio.

El Caso N.° 5 es con un bien conocido medico de Dublín. Había ido a atender un caso y halló que el enfermo era grave. Urgió fuertemente que se lo lleve al Hospital pero la señora de la casa dijo que no con gran determinación. Entonces dijo el doctor que debían atenderle dos enfermeras y les dio el nombre de una agencia que podría proporcionárseles. Era un tiempo en que era difícil hallar enfermeras.

Un poco más tarde, la directora de la agencia le telefoneó al doctor para decirle que la señora había pedido dos enfermeras protestantes y que sólo podía obtenerse una. El doctor le respondió que mandase una católica. Las dos chicas se presentaron y fueron interrogadas sobre su religión La enfermera católica fue devuelta y se renovó la búsqueda. Finalmente la señora quedó en aceptar a una enfermera protestante de maternidad en lugar de una católica especializada. El doctor no pudo menos que asombrarse de esta perversidad claramente innecesaria, sabiendo fijamente que la vida del marido estaba en un hilo. Sin darse mayor cuenta entrevió que se trataba de un designio.

Después de algunos días, salía el doctor de visitar aquella casa, cuando un hombre fornido se interpuso en su camino y le preguntó: "¿Cómo está mi viejo amigo Smith?" "No muy bien", replicó el doctor. "¿Cuáles son sus posibilidades?" "Me temo que muy pocas", contestó el doctor. Pero en esos momentos las posibilidades eran nulas. "Bien, entonces", dijo el hombre, "él debería tener un sacerdote". "¡Un sacerdote, imposible! Si es protestante", exclamó el doctor. "No importa", dijo el hombre. Es un católico que abandonó la fe. Soy su vecino de puerta. Soy protestante, pero sé todo de él. Su mujer no quiere que le atiendan enfermeras católicas de miedo que influencien en él. El se educó en el Colegio X y fue un gran católico hasta que se casó. Cuando una vez se es católico, se lo es siempre. De modo que él se pertenece al catolicismo. Y precisamente ahora que Ud. está saliendo vaya y busque un sacerdote para él."

El doctor no entendía el lenguaje de signos de su fe, pero actuó de acuerdo a él. Dijo: "Si así lo hiciera sería yo borrado del Registro Médico. ¿No lo podría hacerlo Ud.?" "Claro que sí, lo haré, pero cómo y dónde" "Así y el doctor le llevó a la casa parroquial distante una cuadra.

El sacerdote se apuró y salió con su guía un tanto inseguro. El doctor se puso a esperar ansiosamente en la casa parroquial hasta que los vio entrar a los dos en la casa del paciente. Luego se fue a casa lleno de maravillamiento.

Al día siguiente fue a visitar muy temprano a su enfermo. La criada que abrió la puerta le dijo que su paciente había muerto a la noche añadiendo lo siguiente: Oh, doctor, luego que usted salió de aquí ayer sucedieron cosas terribles. Ese viejo maldito y borracho de la puerta vecina y protestante él también llegó con un sacerdote al remolque, y se entraron a la fuerza, y el resultado de todo fue que el patrón murió católico.


¿No es esto algo maravilloso?

La reacción natural ante la idea de las señales o designios es el decirnos a nosotros mismos que es pura fantasía; y que esto pronto nos llevaría a forzar callejones sin salida. Mi primera respuesta es que nosotros vemos tan poco y no demasiado. En segundo lugar, nuestro sentido de fe es tan débil que no logramos discernir aquellos signos sino en muy pocos casos. En tercer lugar, la proporción de los casos en que creímos ver un designio y nos pusimos a cumplirlo y obtuvimos extraordinaria ganancia, ha sido inmenso. En cuarto lugar, no digo que nos hemos de esforzar por imaginarnos designios. Pero sí deberíamos permitirnos verlos cuando peculiaridades bien definidas atraen nuestra atención.

¿Podría uno detenerse ante el hecho de que un ex propietario de cada de perdición fuerza a un sacerdote a atender a un protestante moribundo? ¿Cuándo es uno llamado a un hospital por la noche equivocadamente y halla que un protestante moribundo le ha estado esperando a uno? ¿O cuando un saludo navideño tiende un puente sobre un espacio de muchos años y en ese lenguaje de signos de fe le hace un llamado para ayudar a un alma? ¿O cuando un visitante con acento de Oxford es el que descubre a un católico que está muriendo en el desamparo? ¿O cuando un borracho público protestante se hace el instrumento de una divina maniobra que rompe todas las cuidadosas defensas de un loco fanatismo y rescata un alma aprisionada?

Sin lugar a duda deberíamos sentir un gran estremecimiento en nuestra espina dorsal a la primera indicación de tales peculiaridades espirituales, para ponernos en plena disponibilidad para un posible segundo paso providencial.