El Infierno
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


 

La idea del infierno es una de las que el pensamiento rehuye. La noción de castigo eterno es rechazada en el acto por la mentalidad que se resiste a imponer el más ligero castigo a los criminales. No se piensa en las víctimas de esos criminales. Las condiciones de la mayoría de las prisiones no son punitivas. Son verdadero regalo para una gran parte de los reclusos. En las prisiones donde las condiciones no son tan buenas debido a la multitud de presos y donde éstos pueden alternar libremente, la mayor carga es, al parecer, la compañía mutua.

Pero ¿es este sentimentalismo total el ángulo correcto desde el que se ha de enfocar la doctrina del infierno? ¿Qué es sentimentalismo? Quizá podríamos definirla como un criterio superior basado en la emoción, que se asusta de la realidad y que oscila con violencia de un extremo a otro, según que nuestro sentimiento cambia de la benevolencia a la ira. Hoy colmamos de beneficios a los necesitados y afligidos, y mañana de distinto humor lanzamos una bomba atómica sobre una ciudad.

Estas explosiones de generosidad raras veces se llevan a cabo con sacrificio propio. Es fácil jugar con las vidas ajenas, gastar dinero del bolsillo de los demás y ser compasivos y perdonar a los delincuentes cuando nosotros no hemos sido las víctimas.

Ese sentimentalismo es el más peligroso artículo de consumo. Es una buena manera de barrer el polvo tóxico debajo de la alfombra, de diferir molestas decisiones, de transferir un problema actual al futuro. Ese criterio es totalmente irresponsable y se reduce a mera actuación para la galería y a auténtica falta de honradez. Pero siempre se presenta cuando quitamos importancia a los principios, leyes y normas. Por eso debemos guardarnos de no introducir la cuestión del infierno en esa especie de computadora, pues sabemos la solución que saldrá. Será una solución que eludirá los problemas reales.

El objetivo del infierno es éste: Que, al no haber posibilidad de diferir indefinidamente el problema, tiene que ocuparse del delincuente endurecido en el orden espiritual, el que ha logrado transformar su vida en el pecado último de rechazar a Dios de una manera que puede llamarse deliberada. Se ha ejercido toda influencia para inducirle a ablandarse. No digo “reformarse”, pues Dios es indulgente con la debilidad hasta el punto de perdonar constantemente, con tal de que intervenga el más ligero elemento de arrepentimiento. No es de ese tipo de trasgresor del que aquí se trata, sino del que es candidato formal al infierno. Puede que no sea un criminal en este mundo, sino alguien que ha sido aclamado como famoso o digno de admiración. Mas en él hay una carencia vital. No quiere dar lo que Dios exige de un habitante del cielo. Repito que no hay posibilidad de diferir el problema. Se le ha ofrecido todo y no ha dado resultado. Todo se ha reducido a un dilema final: sí o no, y el candidato contesta firmemente “no”.

Pero volvamos de nuevo de ese momento final para echar otra mirada a los conceptos normales de justicia y consiguientes actitudes hacia la perpetración del mal.

No se me debe interpretar en el sentido de que los criminales son irremediablemente malos o que deben ser tratados cruelmente. Yo no creería en ninguna de las dos cosas como lo evidencia el tratado de la Legión; pero sí insisto en que nuestro criterio debe caracterizarse por los principios, métodos y sentido común. La reforma se llevará a cabo solamente presentando los motivos correctos. La mera condescendencia con la mala conducta da la impresión de hacer daño e incluso de convertir en héroes a los más espectaculares criminales. Básicamente los motivos rectos son proporcionados por la religión, y una parte vital de la religión es que no hacemos nada impunemente. No importa cuanto retrasemos la rendición de cuentas, nos espera en algún lugar.

Es ley divina que el hombre tiene que pagar por sus transgresiones hasta el último centavo. Ese pago se hará ya en el otro mundo, bien en éste, o en ambos. No es una ley de venganza. Es una ley de amor, basada en la idea de que el hombre es responsable y que debe, en la medida de lo posible, ganar el cielo. No tenemos que aceptar este último hecho con la fe sólo. Aun a nuestra oscura manera podemos razonarlo. ¿Tiene un padre realmente cariño a su hijo al permitirle hacer lo que le agrade? Seguramente le está ocasionando daño, si le deja ir sin control por caminos indebidos. La respuesta que se dan a esto es que al niño desde luego se le debe aconsejar, decir lo que está bien y urgir a obrar mejor. ¿Hasta qué punto esto afronta realmente el caso?

Por supuesto, no debe haber severidad desproporcionada. Al niño hay que razonarle con mucha paciencia, pues está en juego su formación. No se debe hacer una operación delicada con movimientos bruscos. ¿Y si el niño es reacio a un trato suave?

Conviene enfrentarse con el hecho de que hay realmente niños atrevidos y malos. Se puede ver el pecado original que asoma de alguna manera desde una edad muy temprana. Sencillamente no se puede permitir que esa tendencia determine el curso de las cosas en alguien a quien se ama. Para un niño en quien el mal comienza a mostrarse no es suficiente repetirle: “Mira, no debes hacer eso”. Se necesita algo más que esa actitud inútil, y ello significa el castigo de alguna forma. Sólo por la alabanza o la recriminación y el castigo se pueden fijar los criterios morales y enseñar la diferencia entre el bien y el mal a las inteligencias jóvenes, y a todas las inteligencias en verdad. ¿De qué manera han de aprender las personas lo que es malo, si no se siguen más que palabras cuando obran mal?

Luego está el aspecto supremo de la responsabilidad, el elemento que distingue al hombre del animal. No que un animal sea totalmente irresponsable; todo el adiestramiento de los animales se basa en que hasta cierto punto se les puede hacer comprender lo que se espera de ellos. Pero esencialmente el hombre es un ser responsable que está destinado a tener en cuenta sus actos, ya que tienen una profunda repercusión sobre sí y sobre los demás, en el tiempo y para la eternidad. En la medida en que este sentido de responsabilidad falta, el hombre desciende a la categoría del animal, y, como tal, se convierte en un problema distinto y aparte, el problema de los irresponsables que deben ser tratados en verdad con guantes de terciopelo. Pues no se puede castigar, si no hay responsabilidad. Sólo se pueden imponer restricciones y proteger a los demás. Esa es una cuestión distinta.

Por ello entra en la esencia de las cosas el que uno debe ser tenido por responsable de sus acciones. Pero ¿puede alguien afirmar lo contrario? Ciertamente toda la idea de este artículo es que la generalidad de las personas están contradiciendo la idea de responsabilidad. La comunidad, con su actitud, está negando la existencia de la responsabilidad; está dejando que un inmaduro sentimiento se la arrebate. En este proceso, demasiados psicólogos dan una falsa orientación. Se les ve proponer una filosofía del crimen que contradice al sentido común porque toda persona normal sabe cuándo ha obrado mal, pero los expertos están proclamando que lo que parece mala conducta brota de fuentes que están fuera del control del trasgresor, tales como la herencia, ambiente o enfermedad mental. Sin duda esas cosas desempeñan un papel; pero hacer creer que en el caso normal no hay responsabilidad ni pecado -y por tanto ninguna responsabilidad ante el castigo- es una monstruosa afirmación, que hace inmenso daño. Pero ahí está. El nuevo evangelio dice: No hay pecado; la mala conducta es patológica; por eso hay que rehabilitar, dar “tratamiento”, que significa consejo y drogas, especialmente éstas últimas.

El efecto destructor de todo esto sobre la comunidad y sobre el carácter del individuo es general. El hombre, que ha aprendido por la vigencia de este código que puede hacer impunemente casi todo, es una persona echada a perder; queda reducido a esa categoría degradada a que nos hemos referido ya, el irresponsable, que es virtualmente un animal. Ese hombre es inútil para este mundo, y sólo Dios es quien ve cómo puede valer algo para el otro mundo. En ese exceso de sentimentalismo desaparece la noción de justicia. Se habla mucho hoy sobre el reinado de la justicia. No es muy claro lo que se quiere decir con esto; pues los que más hablan de ella son frecuentemente los que más delinquen contra ella. La justicia y el sentimentalismo están al menos la mitad del tiempo en oposición mutua, y la popular concepción de la justicia es solamente sentimentalismo.

¿Qué es exactamente “justicia”, tal como se pregona desde la tribuna? Se ha de entender que lleva consigo la liberación de alguna forma de opresión; pero esto equivaldría a la anarquía, porque es idea de muchos que cualquier clase de autoridad es opresión. Y, al parecer, todo código de moralidad equivale a una tiranía; a la gente se le debe permitir ser tan promiscua y abominable como le agrade, tan pornográfica como los explotadores quieren hacerla, y virtualmente de conducta tan mala como quiera serlo. La gran mayoría, que sufre el tormento de toda esa mala conducta, no tiene el derecho en absoluto.

La ley, que debe ser la justicia encarnada, está dejando libres a los criminales en la comunidad a la que aterrorizan. O bien a los culpables se les dan sentencias que guardan poca relación con el delito cometido. En estas actuaciones los tribunales no dudan en manipular el código de la ley que deben aplicar. Están eliminando el freno de la mala conducta y con ello perjudicando a toda la comunidad. La ley está ahí en el Código de Leyes. Si es demasiado severa, que sea modificada o retirada; pero, mientras esté ahí, que se aplique. El abuso de sentencias suspensorias y de libertad condicional han hecho ridícula la ley. Al parecer, no se ha caído en la cuenta de que, cuando se han dejado libres a una suficiente cantidad de personas, se ha convertido en injusto el condenar a alguien; de forma que la ley se habría transformado en una injusticia cien por cien, universal.

Aquí tenemos un ejemplo actual de lo que puede suceder cuando todos los principios han sido abandonados. Un grupo de desalmados dio una paliza a un revisor de autobús. El conductor fue rápidamente a una comisaría y consiguió su arresto. Posteriormente el magistrado les leyó una breve y bonita homilía, y los soltó. La apaleada víctima se quedó mirando incrédulamente y entonces sugirió al magistrado que les diese caramelos para llevar a casa. El magistrado se enfadó, exigiendo para sí una consideración que él no quiso conceder a la víctima o a la comunidad; condenó inmediatamente al revisor a prisión por desacato al tribunal. Rápidamente retiró la sentencia previendo los indignados encabezamientos de los periódicos al día siguiente. Pero sigue en pie el hecho de que mimó a los culpables y trató duramente a la víctima, que debía ser protegida en el desempeño de su obligación como primera medida pública.

Es una burla de la justicia sustituir así el artículo real de la ley por tales prácticas de injusticia, sentimentalismo, irresponsabilidad y escandalosa inconsecuencia.

Alguien ha dicho que la civilización consiste en vivir bajo un justo código legal. Si eso es cierto, es la más cruel injusticia para un pueblo burlar la ley y desprestigiarla.

Dar a toda la gente corriente la impresión de que los individuos de malas inclinaciones pueden hacer lo que quieren es destructor. Es una violación de ese principio fundamental de la responsabilidad personal de las propias acciones. Sustituye a la civilización por un proceso de desmoralización y desintegración.

¿Es ese insensato caos el tipo de justicia que vamos a recibir de Dios? Nada de eso. Ciertamente el único consuelo que tenemos en la confusión de este mundo es que exista la superior economía de Dios para rectificar la mala administración de la justicia y la injusticia.

A cada uno nos concede ese libre albedrío sin el que no podría haber mérito o demérito. Él recompensa el bien y castiga el mal, todo ello sometido a una efusión de amor y a una infinita consideración con la debilidad con que está tratando; pero debe haber un punto en el que intervengan el arrepentimiento y la compensación. Si algo aparece claro en la Escritura es eso. El hombre debe arrepentirse de su pecado y expiarlo antes de entrar en el Reino de los Cielos. Y aquí es donde la ley divina y la humana se entremezclan. A veces un hombre se arrepiente durante su vida y a veces no lo hace hasta el mismo final. Algunas veces paga la deuda con un castigo directo del mismo, otras a través de las tribulaciones de la vida, y otras con buenas obras. Más normalmente se presenta en el último tribunal del Juicio sin haber sido cancelada toda su deuda. Entonces tendrá que enfrentarse a la responsabilidad total y a la genuina justicia. Nada manchado puede entrar en el celo. Esto lleva consigo la Doctrina Católica del Purgatorio. La creencia protestante de que un acto de fe sola salva totalmente y coloca a una persona en el cielo hace violencia a la responsabilidad del hombre sobre la que Dios mismo ha construido su sistema.

Pero hay un último peldaño en esa escala de la responsabilidad. Es el infierno.

Como he dicho, la idea del infierno es una de las que la mente moderna rechaza. La noción del castigo eterno es rechazada de plano por la mentalidad que olvida el mal que se ha hecho y rehuye imponer la más ligera pena al trasgresor. Pero el infierno hace frente a la última responsabilidad. A diferencia del purgatorio, donde el problema para el alma arrepentida era el de una tarde equivocada en el balance de la vida, el del infierno es el tremendo problema de una persona que está decididamente opuesta a Dios. Aparte del grado de su maldad, es impenitente. Sus pecados no son la cuestión principal. El hecho excepcional es que no quiere a Dios. Está contra Dios. Su vida se había adaptado en cierta etapa a esa corriente y finalmente se inmovilizó en ella.

Toda la historia del trato de Dios con las almas muestra cuánto está dispuesto a tolerar en el camino de la mala conducta. Los monstruos humanos, horrorosos ejemplares de mala vida, demonios de crueldad y destrucción, tratan de agarrarse a la gracia a veces en el último momento e increíblemente se salvan, teniendo que pasar por el mecanismo amoroso del purgatorio.

Pero algunos no pueden ser movidos. Ninguna gracia los vence. Han establecido en sí una especie de incompatibilidad con Dios. Como lo dice la expresión religiosa, son al fin impenitentes, obstinados. ¿Qué ha de hacer Dios con ellos? Con plena comprensión de lo que ello supone rechazan el cielo y el purgatorio. Tienen que ir a algún lugar. La única morada que queda es ese lugar que fue preparado para el demonio y sus ángeles, y allí es adonde les arrastran sus corazones. Su razón no está oscurecida. Sólo se les pide un acto de sumisión, pero no quieren ofrecerlo.

Nos hallamos aquí en las profundidades de lo incomprensible. ¿De qué naturaleza es esa obstinación? ¿De dónde viene esa incompatibilidad entre ellos y Dios, para que definitivamente no lo quieran? Prefieren la indecible privación de Dios, que significa la pérdida de todo lo que es bueno y deseable para nuestras almas.

No existe misterio mayor que éste; pero no carece de paralelo. La misma característica se da en la caída de los ángeles. Nos puede parecer incluso más extraña que el caso de los hombres, puesto que los ángeles eran seres espirituales con inteligencias muy superiores a las nuestras. No obstante rechazaron a Dios con la máxima deliberación. Y ahora estamos contemplando a sus compañeros del género humano que repiten el desafío de aquellos ángeles cuyo grito de guerra fue: “No serviremos”.

Lo más cerca que podemos llegar de la comprensión de esto, que es incomprensible, es considerando los efectos del orgullo en nosotros mismos. Desde luego se está siempre agitando en nosotros de alguna manera. Muy de tarde en tarde muestra realmente los dientes. Cuando contemplamos la vida pasada, encontramos algunas ocasiones en que casi nos perdió. Alguna voluntad, divina o humana, chocó con la nuestra y reaccionamos de manera alarmante. Estábamos resueltos. Nos dijimos que nada nos obligaría a ceder aunque ello significara la destrucción. Felizmente cedimos, probablemente porque había en nosotros más rabia que malicia, pero habíamos mirado al abismo y desde aquella posición podemos trazar una línea y vislumbrar algo de la obstinación de Lucifer y del alma que se pierde.

Así, pues, Dios no condena en realidad a un alma al infierno. El alma va allí a pesar de todo lo que Dios puede hacer dentro de su ley para hacerle volver. Se puede decir: Pero Dios es omnipotente. ¿No puede Él extender su gracia hasta imponerse a aquella alma? Mas Dios, según su propia ley, no puede violentar a un alma. Le dio libertad de voluntad y no se arrepiente de sus dones. Darla y quitarla, cuando una persona está a punto de usarla de mala manera, sería una medida tan radical como sustituir a una persona por otra.

Esto plantea otra objeción. Si Dios prevé que un alma irá al infierno, ¿por qué no se abstiene de crearla? Esto nos hace venir a parar a algo incomprensible más profundo, pues ¿no le ha dado Dios, al ver a esa alma, alguna forma de existencia de manera que Él cambiaría radicalmente su plan?

Aun si nos saltamos esa abstrusa situación y suponemos que Dios decide no llamar a la existencia a un alma que ve que terminará resistiéndole, ¿no implicaría eso una intromisión en el principio absoluto de la libertad humana, que Dios mismo ha establecido?

Aquí tenemos otro extraño pensamiento. Se ha dicho que una existencia cualquiera es mejor que la no existencia. Por tanto, un alma en el infierno es algo preferible a la no existencia. Si al demonio se le ofreciera el ser eliminado, no lo aceptaría. ¿No sería aplicable lo mismo al alma en el infierno si se le ofreciese igualmente su eliminación?

Pero es inútil seguir con estas suposiciones. El problema es incomprensible para nosotros. Es parte de la impenetrabilidad e incomprensibilidad de Dios. Cae en el terreno de la pura fe. Debemos examinar la cuestión desde el ángulo de que Dios es la misma perfección. El hecho de que Él haga una cosa quiere decir que está bien. Todo lo que Él hace está basado en el amor. Las mismas personas peores están sometidas a este amor, incluso los que se burlan de Él y atraviesan decididamente las puertas terribles del infierno. Se ha dicho que el mismo infierno es una merced. Esto nos desconcierta. Por eso debemos recurrir a la fe.

He sugerido antes que somos menos capaces de comprender a Dios que un mono nuestra completa vida. Las operaciones de Dios escapan infinitamente a nuestras imaginaciones más fantásticas. Advertid que cuenta y recuerda todos los pensamientos de cada hombre que ha vivido y sigue la pista del efecto de aquel pensamiento en todos los hombres de la historia. Con todo, esto es sencillo en Dios. Por eso abstengámonos de pequeños razonamientos necios sobre lo que es amoroso en Dios y lo que no es.

He aquí una última palabra: práctica en relación a entrar o no en discusión con alguien sobre el infierno. Aseguraos de que se basa en una mutua creencia en Dios. Sería inútil defender una doctrina ante una persona que rechaza todas las doctrinas, o discutir sobre la Trinidad con el que no admite a Dios, o hablar en favor de la Inmaculada Concepción con quien niega el pecado original totalmente. Tales discusiones serían, como normalmente se dice, absolutamente inútiles.

María, Madre querida, concédenos ser sensatos para abstenernos de hablar neciamente sobre la tremenda doctrina del infierno, pues sicológicamente el próximo paso sería extraviarnos temerariamente por los caminos que llevan a tal lugar.


 

Lo siguiente no forma parte de este artículo:
Imagen tomada de la película El Gran Milagro producida por Dos Corazones, muy recomendada.

“Cuando recéis el Rosario, decid depués de cada misterio: Oh! Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de Tu misericordia. Amén.
(Nuestra Señora a los pastores de Fátima)