El Cielo
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org


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Probablemente sería una exageración decir que la literatura no religiosa, por lo corriente, se burla del Cielo. Pero, sin duda, esas referencias son ligeras y llenas de frivolidad. En esta clase de literatura de intriga, el hombre basto de la calle, puesto en aprieto, declara que no tiene ganas de irse al Cielo todavía. Que nunca le gustó "tocar el arpa". Por lo visto, ésa es una idea muy extendida acerca del Cielo. Allí se pasa el tiempo arrodillado y tocando el arpa, con intermedios, por supuesto abundantes, de himnos y más himnos. Lógicamente, la idea del Cielo en la mente de muchos, y aun demasiados, es inadecuada, por no decir otra cosa. Por cierto, la persona un poquito común, ese tipo que es el corriente en la mayoría del mundo, no puede quizá imaginarse un Cielo cómodo.


UN CIELO SIN ATRACTIVO 

Un pequeño episodio que tuvo lugar en el albergue para hombres pobres, "Morning Star", de Dublín, es elocuente a este propósito. Acababa de morir uno de ellos. El acontecimiento se reflejó en una mayor asistencia a las oraciones de la noche. Al salir de la Capilla todos en montón, se reunieron, naturalmente, en torno a la tabla donde se anuncian los nombres de nuestros muertos, ya que son una gran asamblea. Al tiempo que repasaban estos nombres refrescando el recuerdo, uno de ellos mirando entre la gente, desde el fondo, exclamó: "Si todos esos individuos están en el Cielo, aquello debe ser un infierno de cuidado." He aquí una opinión.

La idea del Cielo es totalmente nula para, ellos. Ni idea del Cielo. No pueden comprender que ellos, o tipos como ellos mismos, puedan estar allí arriba. Y, naturalmente, con estas ideas, que son, tendré que repetirlo, corrientes, el Cielo no tiene positiva atracción para mucha gente. Únicamente, se supone la evitación del infierno.

Si nos fijamos en esta situación, la hallaremos definitivamente seria. Lo que debiera ser una atracción formidable e irresistible para el cristiano, es decir; la cosecha del premio de sus labores; el ver cara a cara al Señor y a su Madre, y el vivir por siempre con estas maravillosas personas, no lo es de ninguna manera. Yo tendría miedo que esto nos hiciera llegar a una situación en que el temor, y no el amor, fuera lo que nos urgiera en la religión. Nada más destructivo que esto, en mi opinión. Así pues, los pensamientos de las personas deben moverse en un plano superior. Lo cual no quiere decir podamos presentar una idea suficiente del Cielo, pero, a lo menos, podremos dar una explicación mejor que la de tocar el arpa y cantar los himnos. Debo confesar que, si hubiera de ocuparme allí con sólo estos trabajos, yo mismo no sentiría ninguna atracción por el Cielo. Por ejemplo, reconozco que ya no puedo cantar más la popular canción: "Cantemos un himno a María"; hasta ahora la habré cantado como unas diez mil veces y he llegado a cansarme.


DIOS ES EL CIELO 

Naturalmente es imposible dar una explicación adecuada del Cielo. Sencillamente el Cielo es Dios. El Cielo lo hace su presencia, cosa que no podemos ponderar. Ni por mucho que forcemos nuestra imaginación conseguiremos dar una imagen del Cielo. A lo más, un retrato humano. Ni más ni menos, lo que podría explicar un pez acerca de la vida intelectual del hombre, o la idea que daría de las matemáticas un mono.

Supongámonos ahora en contacto con ese mono; veríamos que sus acciones eran semejantes a las nuestras y aun muy parecidas. Si, por ejemplo, nos ve leer un libro, podría imitar ese proceso, incluso colocarse un par de gafas en la nariz y volver las páginas. Pero el animal no tiene ni la más ligera idea de lo que está usted haciendo; ahora bien, entre nosotros y Dios existe una diferencia infinitamente más profunda. No tenemos la menor noción de lo que es Dios en su esencia, de manera que describir el Cielo, que es nuestro gozo de Dios, está más allá de nuestra capacidad humana. Cuando nos esforzamos por conseguirlo, lo único que logramos es enumerar muchísimas cosas buenas, para afirmar después que el Cielo se eleva mucho por encima de todas ellas. Así reproducimos una imagen de inmensa felicidad. Esto nos levanta hasta un cierto punto y nos puede llenar con un gran deseo de poseer esa felicidad. Pero lo que, en última instancia, hemos logrado, no pasa de describir un Cielo humano. Es un producto de nuestra propia, mente, incapaz de remontar ese nivel, porque hubiéramos omitido lo más real y auténtico del Cielo, por nuestra incapacidad de comprenderlo.


LA SATISFACCIÓN DE TODOS LOS DESEOS LEGÍTIMOS 
 

Sin embargo, hemos de hacer lo que podamos. Veamos hasta dónde nos puede llevar nuestra lógica. En primer lugar, es razonable suponer que el Cielo ha de satisfacer todo legítimo deseo. Esta completa satisfacción de que carecemos aquí abajo. Nada es completo en nuestra existencia actual. Siempre hay algún tropiezo en todo. Bien sea un placer que hemos deseado largo tiempo y no llega; o nos saciamos con él. Hemos deseado algo de todo corazón. Lo conseguiremos y después, ¡qué desilusión! Cada situación lleva su inconveniente; cada dulce, su gota de acíbar; cada rosa, su espina; cada felicidad, su cruz. Tal vez ésta es nuestra condición humana.

No así en el Cielo. Allí llega todo, y todo excede nuestras esperanzas. Allí no hay desilusiones. Sus torrentes de delicias no nos hartan. Ni el ojo se cansa de ver ni el corazón de sentir. La cruz está allí únicamente para añadir a todo más felicidad.
Pero, ¿qué son los deseos legítimos? Podemos decir que sobre la tierra son todas las cosas, excepto las formalmente prohibidas: carne los días de vigilia, bebidas en exceso, asesinato y robo en todas circunstancias, ejercicio de la sensualidad en ciertas circunstancias. Bueno, en el Cielo no habrá deseo de matar y robar, ni ayunos, ni abstinencias, ni relaciones carnales. De manera que no debemos mirar todas estas cosas desde un distinto punto de vista.

Presumiblemente, todo será lícito en el Cielo. Pero, ¿vamos a trasplantar al Cielo los deseos y placeres terrenales? Es lógico suponer que sí, si los queremos; el Cielo debe encerrar todos los deseos del corazón. A no ser que el corazón humano sea transformado hasta el punto de cambiarlo radicalmente, lo que no creo, este corazón en el Cielo puede continuar deseando aquellas cosas menores. Y entonces, ¿qué? Repito, el Cielo ha de encerrar toda la satisfacción de los mismos.


LOS PLACERES HUMANOS Y EL CIELO 

Veamos unos pocos de estos placeres de la tierra. Por ejemplo, los dulces; he aquí un placer popular. Lo mismo la bebida, que para muchos que le dedican tiempo, es placer principal y fuente de los mayores goces. No es, que digamos, la más alta forma de satisfacción, pero está permitida y no podemos entregarnos a una mera condenación. Es cosa mala cuando se bebe con exceso.

¿Se satisfará en el Cielo esta sed de beber si uno la padece? Con toda seguridad, sí. ¿Será esto quizá, por el sistema de trasladarle al interesado a una taberna celestial, donde una angelical tabernera escancia vaso tras vaso de néctar para nuestro placer? Esto nos llevaría a ciertas complicaciones, porque alguna parte del placer de la bebida consiste en perder el control y buen sentido. Todo se vuelve excitante y de color de rosa. Por un momento se olvidaron las miserias del mundo. Claro está; en el Cielo no hay pérdida de control, nadie puede salir haciendo eses, ni hay necesidad de prestarle encanto a nada. Ni existe tampoco el fenómeno de la "resaca" después de la borrachera. Contentémonos, pues, con decir que la forma de conseguir placeres particulares como dulces, bebidas u otras semejantes será distinta. Al mismo tiempo será más que equivalente. Será perfecta; ninguna desventaja, ni remordimiento, ni día de liquidación final.

Y ahora, he aquí otra ocupación humana: el deporte, que una gran parte del mundo sigue muy ardientemente y es tan necesario a una vida equilibrada. Y, ¿de qué manera lo vamos a encontrar reproducido en el Cielo? A buen seguro que no nos vamos a amontonar en grandes estadios, en partidos como "Conversos" contra "Cristianos viejos"; o "Santos de siempre" contra "Pillos de última hora".

Nuestra inmediata reacción ante esta posibilidad es de broma. Imposible concebir semejante entretenimiento en el Cielo. No tenemos noción de detalles. Ni siquiera nos atrevemos a sonreír

Frank Duff, fundador de la Legión de María.de ver aquellos equipos rivales. El Cielo está tan sobre nuestra imaginación que tales juegos pueden darse allí; al fin y al cabo, son aspectos humanos de nuestro ser, trasladados a aquellas sublimes alturas. Y añado que, probablemente, no harán falta árbitros. Si los hubiera, por algo que no sabemos, seguro estoy de que habrán de pasarlo mejor que acá en la tierra. De todas maneras, es bueno decir a los aficionados al fútbol de aquí abajo, que podrán, de una u otra manera, no muy clara para nosotros, proseguir allí, aquella afición sin la cual no serían muy felices en la tierra. Esto brinda a sus mentes una idea distinta de la de tocar el arpa.

Veamos ahora las cosas más serias. Antes mencioné el sexo. La relación del hombre y la mujer puede ser exquisita; el abuso ha torcido nuestro punto de vista, lo cual nos dificulta el tratar este tema con franqueza y propiedad. ¿Habrá sensualidad en el Cielo? Otra vez tenemos que repetir que habrá algo equivalente. La Escritura nos enseña que no habrá trato carnal. Ahora
bien; tendrá que darse algo que represente o continúe aquel compañerismo instituido por Dios y puesto por El, como canal de las almas para la entrada lo mismo en este mundo que en el Cielo. Sea lo que sea, aquello habrá de sobrepasar sin medida la comunión de los corazones, el placer de la compañía y el deseo de unión, cuyo producto es una relación terrenal sin semejante.

Por cierto, tal será el derramarse el mutuo amor en el Cielo que es probable que el mero encuentro de una persona con otra, produzca más delicias que produciría el más sublime amor conyugal.


LA PURIFICACIÓN DEL PLACER 
 

Tengamos presente que en el Cielo se ha de percibir todo placer con un sistema nervioso purificado de todo lo terrenal; el cuerpo estará glorificado. Limpio de los abusos y excesos de los que ha sido víctima en la tierra, será un instrumento delicadísimo. Su sistema nervioso será exquisitamente sensitivo para responder a los impulsos, de una manera más allá de toda imaginación en el día de hoy. Pongo, por ejemplo, el caso del Santo que se arrebata en éxtasis al pensar en Dios. Esto nos da una idea de lo que puede hacer un extremado placer, aun en la tierra, a una persona que está finamente cultivada para ello. Su alma queda sobrepasada y, a su vez, el alma transvasa en el cuerpo esta sensación.

Ya conocemos los casos de los artistas, músicos, etc., en los que arrebatados por la súbita aparición de algo extraordinario y bello, por un descubrimiento en la línea de su genio, puede sobrevenirles la emoción con tanta fuerza como para dejarles momentáneamente aniquilados.

De la misma manera, los placeres intelectuales del Cielo empaparán -nuestras almas dotadas de una sensibilidad casi infinita, conmoviéndolas profundamente con circunstancias que en la tierra hubieran pasado inadvertidas o que apenas hubieran alterado el pulso. Además nuestro placer será algo que podremos llamar universal. Aquí en la tierra uno se interesa por muy pocas cosas. Somos incapaces de llegar a más. Y así, son limitados los horizontes de nuestra alegría. En el Cielo estaremos interesados en todo: ciencia, música y las demás cosas que hoy se hallan fuera de nuestro alcance.

Quizá alguien se sienta movido a decir: "De seguro que en Cielo no se preocupan de todas estas cosas. ¿No nos vamos a. ocupar exclusivamente en la contemplación de Dios?"

No, porque el volvernos a Dios no excluye necesariamente las cosas que no son Dios. Todo arte, toda ciencia, toda criatura la veremos allí como un aspecto de Dios, como un medio de comprenderlo más perfectamente y de gozarlo más y más.

Según esto, será un encanto verse entre ellas. Cada una de ellas será un nuevo viaje de descubrimiento, más grande que los que se hacían a América en los tiempos de Colón.


LA DELICIA QUE NO ES EL CIELO 

Cada cosa será una nueva fuente de alegría y maravilla porque veremos su significación y la parte que en el plan de Dios suponía. Todas esas cosas incomprensibles de la tierra cuya finalidad no podemos siquiera adivinar, encajarán allí en su maravilloso lugar. Todo está unido a la Encarnación; y así, todo sin excepción toma alguna parte en la salvación.

Y, ¿qué decir de nuestros parientes y amigos allá arriba? ¿Los vamos a conocer? Segurísimo; si la vida de la tierra va a tener su reflejo en el Cielo, y los deseos humanos van a tener allí su realización. Yo creo que casi todo el mundo tiene su previsión de la esperanza del Cielo, el deseo ardiente de encontrar arriba sus amores otra vez. ¡Es un deseo bien digno! Sí; ése será uno de los mayores placeres. De nuevo abrazaremos a todos los nuestros, en una unión que nunca terminará ni se marchitará. Ninguna de las alternativas que se interfieren con las cosas de aquí abajo; ninguna de las pequeñas fisuras de la armonía que molestan nuestras uniones terrenales; ningún defecto; nada, sino un encuentro dichoso que durará por toda la eternidad.

Podríamos seguir indefinidamente en esta línea. Mientras la mente va completando el cuadro, la acumulación de los encantos nos asusta. No podemos comprenderla y a veces nos vemos obligados a parar; llegamos a un punto de saturación. Y entonces, empezamos a pensar que ya estamos gozando las maravillas del Cielo. Y aun esta misma acumulación, esta contemplación que nos marea todavía no es el Cielo. Todo lo que hemos estado razonando, solamente equivale al Limbo. No es más que un plano natural y Limbo es todo eso en su plenitud y perfección. Pero el Limbo no es el Cielo.

Por eso, todos estos pensamientos y otros que podríamos construir sobre esa base, dejan aún el Cielo indescriptible. Porque, justamente, la verdad es que los Cielos comienzan sólo allí donde terminan nuestros pensamientos. No importa lo alto que levantemos nuestra mente, siempre quedaremos como el mono que observa al hombre. Pero al menos, y es necesario hacerlo así, hemos descrito un Cielo más digno que el del arpa y los cánticos. En Dios Nuestro Señor probaremos lo que aquí no podremos ni siquiera concebir. Veremos todo; sabremos todo; poseeremos todo. Podremos hacer todo, porque viviendo en Dios recibiremos una participación de su poder. Con Él jugaremos como un niño con sus Juguetes. Así está, en este mismo momento, Nuestra Señora.

¿Dónde está el Cielo? El Cielo es un lugar, un estado, porque el cuerpo de Nuestra Señora se encuentra allí. Un escritor dominico hizo recientemente esta intrigante proposición: Que el Cielo estará sobre esta tierra después de la resurrección de la carne. Que cuando la tierra haya pasado la prueba final, quizá una prueba de fuego purificada, como nuestros cuerpos serán glorificados, y que viviremos sobre ella. Naturalmente no padeceremos necesidad de andar, como hoy, ni de albergue, ni de casa, a la maniera de hoy, que de ellos dependemos. Pero al propio tiempo, podemos adivinar los fines de recreación sobre la tierra. Hoy ella nos suministra todo lo necesario para nuestro sustento; y, de la misma manera, su continuación habrá de ser adecuada. Nos será dado ver y visitar los escenarios donde se desarrolló nuestra vida y recorrer una vez más los senderos que nos han llevado hasta aquella morada de bendición.

Santo Tomás de Aquino sostiene que aún existe sobre la tierra el Jardín del Edén, y que aún está guardado por el Ángel con la espada de fuego, para evitar la entrada de ningún mortal. Los exegetas han sugerido que el Ángel no sería visible pero que la espada podría ser como un volcán o alguna otra emisión de fuego que no pareciera puramente natural y aun cumplir algún otro papel. Ahora bien, ¿por qué se va a preservar así el Jardín del Edén, si no hay otro plan eventual para esa otra restauración de toda la tierra?