Algunas especiales intervenciones divinas a favor de la Iglesia
Por FRANK DUFF
www.legiondemaria.org

 

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Estos son tiempos de una gran prueba para la fe. La Iglesia está en lo que nosotros vemos como un profundo invierno, del que muy muchos piensan que sea una muerte. Una proporción grande de católicos está declarando que las doctrinas del catolicismo tienen que ser redefinidas para que estén de acuerdo con la mentalidad moderna. Los teólogos ultra-progresistas han propuesto que cada doctrina debe ser sujeta a la crítica destructiva como una manera de determinar lo que es bueno en ella. Luego las partes defectuosas se harían buenas por nuevas construcciones. En otras palabras se destruye la ciudad con el propósito de encontrar lo que se debe reconstruir dejando un lugar libre para edificar. Esto puede tener un cinco por ciento de sentido aplicado a una ciudad terrena. Aplicada a la ciudad de la fe, esto es una locura. Esto quiere decir en efecto, que la fe de la gente, debe ser destruida con el propósito de que en el futuro sea reconstruida. Repito y grito: ¡Locura! ¡Como si fuera tan fácil reconstruir una fe destruida! Es terrible que tanta tontería como ésta se encuentre entre aquellos que son maestros.


 

Mientras los innovadores no han tenido éxito en mover todo, han producido una situación amenazante, y muchos se están rindiendo a la depresión. La depresión no es un buen estimulante para remediar, especialmente en cosas espirituales, porque es casi contrario a la fe. Debemos preguntarnos a nosotros mismos ¿Cuál es exactamente el poder de una fe deprimida?

Es una fuente de alegría ver que la Legión se mantiene fuerte en ese asalto a la fe. La mayor razón para ello, es la devoción de la Legión a la antorcha de la fe que es María, que destruye toda herejía. Otra razón sería la constante oración de la Legión por la fe. La oración legionaria es una oración por la fe. Uno es animado en la esperanza de que la Legión esté destinada a tomar una parte importante en apoyar a la Iglesia en esta crisis de invierno espiritual y a una gloriosa primavera. Pero por supuesto, no deberíamos quedarnos contentos de reposar en una fe firme; debemos actuar fuerte y valientemente.

Algunas veces las cosas van tan mal en la campaña que es necesario retirarse detrás de las fortificaciones para esperar reforzamiento, y para reanimar el coraje. Cuando Napoleón echó a Wellington fuera de España y Portugal, el Duque se refugió detrás de la fila de las Torres Vedras, cerca de Lisboa, con espaldas al mar. Allí él reconstruyó su ejército y después de un tiempo salió adelante victoriosamente.

Pero no hay necesidad de que la Iglesia haga esto -que sería casi el equivalente a retirarse a las catacumbas como ocurrió en el pasado. No estamos en tiempos del Imperio Romano, ¡ni estamos viviendo en la China actual! Tenemos nuestro total poder de acción y debemos usarlo. Pienso que la Legión está continuando haciendo eso, sin ser detenida por los peligros que la rodean.

Como sea, es importante que congreguemos junto a nosotros todas las ayudas posibles. Además de emplear nuestro sistema a todo dar, perfeccionando todos nuestros recursos espirituales, debemos también fortalecer nuestra fe de la que en última instancia todo depende. Me he referido antes al hecho de que no estamos en el apretón de muerte cercana, sino en un invierno. De ese invierno, la Iglesia está destinada a emerger no solamente intacta, sino como en la primavera de la naturaleza, esto es, a una renovación de vida. Habrá desechado mucha sustancia decaída y estará reventando de expansión y florecimiento. Otra prueba será dada en la verdad de esas monumentales palabras: 'Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo".

No hace qué tormenta sea permitida asaltar la barca de Pedro, no hace qué tan largo parecerá que duerme el Señor, el momento llegará cuando Él se levante y ordene a la tempestad calmarse.

En orden a ejemplificar aquello así como hacer más brillante para nosotros la siempre presente protección divina, citaré unos cuantos momentos de la historia en los que se atentó fuertemente a falsificar la Iglesia y donde las cosas se veían muy mal. Cuando los recursos humanos parecían inaccesibles, Dios intervino de un modo dramático, y a pesar de los grandes poderes terrenales, afirmó la verdad y tumbó lo falso. Sin embargo aunque sólo mencionaré un par de casos, no es por falta o pobreza de material. Porque la historia de la Iglesia abunda en tales acontecimientos sobresalientes. Allí donde la capacidad humana ha sido reducida a lo inútil, la exhibición del poder divino entra a reajustar el balance. Es razonable suponer que donde la Iglesia ha pasado de su invierno a una bella primavera, ocurrirá nuevamente con no menos seguridad que los acontecimientos similares de la naturaleza que se cumplen solos.

Mi primer episodio concierne al Templo de Jerusalén. Hablando un día respecto del Rey Salomón, necesariamente hablé de su más grande hazaña que es la construcción del Templo. Era una de las maravillas del mundo. No podría ser excesivo, por su pura magnificencia. Se dice que en su construcción y embellecimiento de plata sólo tasaba como uno de los metales más bajos.

El Templo alojaba la ceremonia central del Pueblo Escogido: el sacrificio de la Antigua Ley que prefigura el Calvario y la Misa. Obviamente el Sacrificio de Cristo haría inmediatamente vacío y sin sentido el sacrificio del Templo. Con eso el Templo se hizo obsoleto, -excepto que fuera convertido a uso católico, que para el caso no fue destinado.

Mirando esa futura fecha desde cerca el año 534 antes de Cristo, el profeta Daniel predicó que no solamente el Templo sería abandonado por Dios, sino que sería completamente destruido. Estas son sus palabras: "Después de las sesenta y dos semanas será muerto un ungido, sin que se encuentre culpa en él; y la ciudad y el Templo serán destruidos por el pueblo de un rey que vendrá" (Daniel 9, 26). Esta profecía fue confirmada por nuestro Señor con palabras de infinito dolor. Este es el texto pertinente según San Mateo (24, 1-2): "...sus discípulos le hacían notar las importantes construcciones del Templo. Jesús les dijo: ¿Ven todo eso? En verdad les digo: No quedará ahí piedra sobre piedra. Todo será destruido".

Esas profecías se cumplieron cuando primeramente Vespuciano tomó, y luego Tito (70 A. D.) destruyó completamente Jerusalén y el Templo.

Ahí tenemos una posición clave. De acuerdo con el Cristianismo la Nueva Ley y un nuevo orden han suplantado al Antiguo que nunca será renovado. Como parte de esto, los judíos fueron esparcidos por todo el mundo y despojados de su ceremonia central -el sacrificio. Hablando antes al respecto, sugerí que era extraño que los judíos no habían reproducido el sacrificio en su historia subsiguiente, aunque a veces una gran multitud de ellos vivían juntos en un lugar, un hecho que parecería requerir la renovación de su culto. Ni uno ni otro trataron de reconstruir el Templo ni entonces ni cuando su vida nacional fue restablecida en Palestina. Una explicación para lo último, es que el sitio queda actualmente en la parte árabe de Jerusalén. Pero, ¿era necesario que se construyera un nuevo Templo en el exacto lugar donde estuvo el viejo? De cualquier manera toda Jerusalén está hoy en posesión de los judíos. ¿Trataron de reconstruir el Templo? Yo pienso que no.

Ahora tengo que volver a mi tema original, que concierne al asombroso esfuerzo de hacer eso mismo: reconstruir el Templo en su sitio antiguo. Este proyecto procedió de lo menos esperado, nada más que del Emperador romano, Juliano, llamado el Apóstata.
 
Una palabra respecto de este personaje extraordinario sería interesante. Él era sobrino de Constantino el Grande, quien tornó todo el Imperio Romano al cristianismo. Juliano fue educado como cristiano, pero no tenía ningún gusto por ello. Toda su atracción estaba centrada en las antiguas cultura y filosofía paganas. Formalmente él se alejó de la fe. Suplantó como Emperador a su primo Constantino. Luego en la noche de una batalla grande entre primos, Constantino murió, y Juliano quedó como Emperador sin disputa. Esto ocurrió el año 361.

Juliano inició su reinado como un declarado y entusiástico pagano. La restauración del culto pagano sería el gran fin y principio controlado de su gobierno. Viciosamente atacaba y perseguía el cristianismo. Como parte de su sistemático plan para derribar el cristianismo, él estaba determinado a reconstruir el Templo de Jerusalén. En esto, él nos da un buen ejemplo: el error es siempre inconstante. En realidad él odiaba la religión judía así como odiaba el cristianismo, pero él vio en la reconstrucción del Templo un medio para falsificar el cristianismo. Él consideraba que con la reconstrucción del judaísmo con todo su ceremonial y en el Templo, le daría la mentira a los profetas y, a Jesús mismo, quien había insistido que el Templo no se levantaría nuevamente. Juliano se burlaba de estas profecías llamándolas locuras y chismes de ancianas. Así que en el año 363 él se puso los zapatos de Salomón y aspiró restaurar el Templo con toda su magnificencia. Esto significaba un doble peligro para la Iglesia. En primer lugar, tenía su particular punto de vista de falsificar las profecías y las palabras de nuestro Señor. Segundo, esto representaba los primeros pasos a un conflicto abierto con los cristianos, y un inevitable paso de este tipo da lugar a otro. La Enciclopedia Británica cree que su actitud pudo haber logrado una drástica persecución y luego una guerra civil.

En estas circunstancias todo el mundo veía su asombroso experimento con dolorosa curiosidad. Los cristianos declararon que él no cumpliría sus intenciones y que nuestro Señor y los profetas lo harían a su manera. Sin embargo ellos estarían en agonía y ansioso temor, viendo las inmensas preparaciones que hacía Juliano para la reconstrucción.

Juliano hizo de esta preparación un proyecto de primer orden en su Imperio. Inmensas cantidades de dinero fueron proporcionadas al fisco. Alipio, un cercano amigo de Juliano fue nombrado para llevar a cabo este trabajo; él era el más competente organizador. Los judíos fueron llevados a un fanático entusiasmo en cuanto a la restauración. Ellos ayudaron con una gran colección de materiales y obreros. El resultado de todas estas ventajas fue que el trabajo se inició en el espíritu de una cruzada. El entusiasmo no tenía límites. Se dice que hasta las herramientas estaban hechas de plata para reproducir el ambiente del Templo de Salomón. Mujeres y niños ayudaron, y la tierra era transportada en costosos cubos y hasta en manteles de seda.

Tratemos de imaginar esa dramática escena. Por toda su fe los cristianos debieron haberse sentido reducidos al abismo. Todo recurso humano les había fallado. Todo el poder del Imperio parecía estar movilizado contra ellos. ¿Qué pasó? Lo que yo recuento está atestiguado por toda autoridad, incluyendo el mismo Juliano. En la reseña que hace Ammianus Marcellinus, el historiador oficial del reino, amigo, admirador y compañero de Juliano, un hombre de negocios, educado, sincero e imparcial, según toda apreciación de su carácter.

Los entusiastas trabajadores anfitriones, movidos por la autoridad suprema, iniciaron sus labores. Hombres y mujeres de todas filas, tomaron parte. Entraron en las ruinas, limpiaron la basura, abrieron los cimientos.

Luego de repente el Cielo se declaró. Cito la descripción del Cardenal Newman: "El trabajo fue
Frank Duff, fundador de la Legión de María.interrumpido por un violento ciclón que desparramó cantidades de cal, arena, y otras materias colectadas del edificio. Una tormenta de truenos y relámpagos siguió. Dice Sócrates, que cayó fuego, y las herramientas de los trabajadores, azadas, hachas y serruchos se derritieron. Luego vino un terremoto que levantó las piedras de las antiguas fundaciones del Templo (dice Sócrates), llenando las excavaciones (dice Theodoret) que se habían hecho para los nuevos cimientos, y -(como Rufinus añade)- destruyó los edificios de la vecindad, especialmente los pórticos públicos donde un número de judíos ayudaban, y que fueron enterrados en las ruinas. Cuando finalizó el terremoto, los trabajadores retornaron a su trabajo, pero salían llamas de fuego por debajo, dice Ammianus; y se reiniciaba cada vez que ellos trataban de renovar sus esfuerzos. El fuego corrió por las calles por horas. San Gregorio apunta que cuando unos huyeron a refugiarse en una Iglesia, el fuego los alcanzó en la puerta deteniéndolos con pérdida de vida o de miembros del cuerpo. Al fin la conmoción se detuvo. San Gregorio añade que en el cielo apareció una Cruz luminosa rodeada de un círculo. Las prendas y los cuerpos de las personas quedaron marcados con cruces. Por la noche eran luminosos, y en otros tiempos de color oscuro, no se quitaban.

En consecuencia, el esfuerzo fue abandonado. Jesús y sus profetas tuvieron la última palabra. El mismo Emperador Juliano escribe particularmente sobre este acontecimiento, admitiendo que había fallado y hablando en una forma delirante sobre las propiedades destructivas de fuego. Pero con esto no acabó la historia de la falla de Juliano; en ese mismo año, el 26 de junio de 363, fue mortalmente herido en batalla. Sabemos en efecto, por la leyenda, que mientras moría gritó: "Has vencido, oh Galileo". Verdaderamente el Galileo había conquistado tan completamente el efecto final de Juliano, que hasta las piedras de los antiguos cimientos del Templo habían sido levantadas para que las profecías se aplicaran a ellas también.


Mi segundo episodio concierne una posición más peligrosa, la más grande herejía de la historia de la Iglesia Católica fue el arrianismo. Arius era un sacerdote de Alejandría que enseñaba que el Hijo no era igual al Padre, no verdadero Dios, con lo que negaba la doctrina de la Trinidad. Arius enseñaba que nuestro Señor era simplemente una criatura, mucho más perfecto que las otras criaturas, que fue usado por Dios. En otras palabras que Él colocó a Jesús donde nosotros colocamos a María. Esta herejía se desparramó por todo el mundo católico y a veces parecía triunfar. La gran figura levantada por Dios para combatir el arrianismo fue San Atanasio, y fue oficialmente condenada en el Concilio de Nicea el año 325. Pero esa condenación no la acabó porque entró en un período de inmensa prosperidad que duró unos 600 años.

Ciertamente el año posterior al Concilio de Nicea, provee el punto alto del peligro. Porque en ese año Constantino, el Emperador romano, fue ganado por los partidarios del arrianismo y dio la orden de que Arius fuera recibido por la Iglesia. Como le pareció a la gente de ese tiempo, a nosotros nos parecería algo horrible. Es evidente, que dejar de lado la condenación del Concilio, y reintroducir a Arius a la Iglesia sin ninguna retractación suya a su doctrina, sería verdaderamente implicar la destrucción de la Iglesia. Sería lo mismo que si Lutero y Calvino hubieran sido readmitidos con sus propios términos, esa misma amenaza sucedió en el caso de Arius.


 
* Ver nota al final.

Constantino llamó a Arius a Constantinopla, la nueva capital del Imperio que había sido inaugurada el año 330 y dedicada a la Santísima Virgen María, exigiendo al obispo de esa sede, San Alejandro, el que entonces tenía 97 años de edad, que restaurara a Arius en el seno de la Iglesia.

El obispo estaba totalmente espantado, viendo muy claras las implicaciones de ese acto. Destruir con una mano, sería condonar semejante herejía. Con la otra mano, ¿cuáles serían las consecuencias de desafiar al Emperador? En ese momento, el favor del Emperador parecía estar de lado del cristianismo. No solamente lo había sacado de su condición dolorosa de persecución, sino que había convertido el Imperio en un medio de propagación de la religión. Perderlo en semejante momento, se parecía a usar todas las fuerzas para echar abajo los cimientos de un edificio, así que el prospecto era totalmente espantoso. ¿Cómo resolver tal situación?

Se fijó cierto domingo para recibir a Arius en la Iglesia. La semana anterior a ese día, el obispo y su gente se entregaron a la oración y el ayuno. Alejandro se encerró en la Iglesia dedicándose a suplicar día y noche. El sábado fue llamado ante Constantino y recibió la orden de cumplir con el deseo del Emperador. Alejandro se negó a hacerlo, ante lo cual Constantino se enfureció. Puede imaginarse el estado mental en el que Alejandro se despidió de su presencia.

Cayó su rostro sobre el altar e imploró a nuestro Señor que rescatara su Iglesia del peligro y la desgracia que la amenazaban. Lo siguiente es la petición formal que él pronunció en su agonía y que nos fue transmitida por Macarius, quien la escuchó, y por San Atanasio: "Si Arius recibe la comunión mañana, deja que tu siervo muera y no destruyas a los justos con los malos. Pero si Tú salvas tu Iglesia, y yo sé que la salvarás, da respeto a las palabras de los eusebianos y no des a tu heredad la ruina y el reproche. Llévate a Arius para que no entre en la Iglesia, que si su herejía entrara con él, la religión sería tenida como irreligión".

Esta oración fue dicha como a las tres de la tarde del sábado. Esa misma noche Arius caminaba por la plaza de Constantinopla, cuando de repente se puso muy enfermo. Yendo adentro, su destino fue como el de Judas. En otras palabras, él estalló y sus entrañas se esparcieron. El edificio donde ocurrió esto es el registro de ello para los tiempos futuros. El historiador Sócrates nos dice que "la manera de la muerte de Arius se hizo memorable porque todos los que pasaban por allí apuntaban con su dedo".

Todo esto es pura y completamente auténtica historia. Todo sucedió en presencia del poder más alto y hostil que fue intimidado por él, y cambió su política. La Iglesia fue salvada de las complicaciones de una herejía, es decir salvada de la destrucción. La situación parecía estar fuera de toda esperanza y más allá de la solución, pero Dios se declaró, dando la solución y una brillante esperanza a su infante Iglesia.

Gibbon, ese incurable incrédulo, dice que lo que ocurrió, o fue un total milagro o bien que sucedió por la administración de veneno. Vemos, como él admite completamente que el acontecimiento sucedió en la forma en que se le atribuyó. Poniendo atención a su sugestión típica y sin valor, de que el veneno fue la razón, se debe notar que todo sucedió en una ciudad y en una Corte arrianas y ante los poderosos adversarios de veloz mirada. Esa sugestión nunca fue hecha entonces y habría sido de hecho una completa imposibilidad, así uno podría decir también que Judas debía su suerte al veneno.

En conexión con esa resistencia a creer cualquier cosa que diga algo en favor de la religión y que está dispuesta a creer lo más absurdo de esta contra-religión, déjenme decir unas palabras de una personalidad del día: Malcom Muggeridge: "Hacia cualquier tipo de ciencia "fetiche" nosotros desplegamos una credulidad que debe ser la envidia de los doctores brujos de África. Mientras nos alejamos con desdén de la narración de la Creación en el Libro del Génesis, probablemente estamos listos a asentir a cualquier disparate que un Profesor Hoyle dice sobre cómo llegó a ser, siempre que se nos diga en la línea de lo que nosotros queremos oír".

Siempre he dicho, que si no recibimos religión, pronto nos encontraremos en el puño de la superstición. Si rechazamos lo milagroso, nos encontraremos declarando lo absurdo.

Estos dos episodios que he narrado son para reforzar nuestra confianza. Quizás la Iglesia en la crisis presente no está en tan gran peligro como en esas veces que yo he descrito y por consiguiente muchos se permiten trabajar bajo la dirección de su propio vapor. Pero podemos estar seguros de que si el peligro fuera tan grande como en aquellos tiempos, y si toda ayuda humana fallara, entonces Dios se declararía una vez más con señales inequívocas y restauraría la posición de la Iglesia.

Yo no debo dejarlos sin dibujar un precedente moral en el tema de nuestra Bendita Señora.

El acto administrativo más importante del Imperio romano después de que se hizo cristiano, fue el de transferir la capital de Roma a Constantinopla y su solemne inauguración el año 330. Es sumamente significante que la nueva capital fue dedicada a la Santísima Virgen. Vierte una luz reveladora sobre la posición de María Santísima en la Iglesia primitiva, la Iglesia de las catacumbas de donde apenas había surgido. Los anti-marianos ordinariamente han sostenido que lo que ellos llaman mariolatría comenzó después del Concilio de Éfeso en 431. Lo que es bastante temprano, ¡Dios lo sabe! Pero aquí, un siglo antes, hay conclusivamente, absoluta prueba de lo que los primeros cristianos pensaban de Ella. Ella es mostrada recibiendo de la Iglesia y del Estado igual veneración que la que los más católicos le dieran hoy.

* Se observa al centro del ícono al Patriarca Macarius en el púlpito elevando la Cruz. A la derecha Santa Elena, madre del Emperador Constantino que descubrió la Santa Cruz.
Los diáconos pueden ser vistos con velas.